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Francisco Vegas Seminario, narrador, en su centenario
Manuel Velázquez Rojas
Era diciembre de 1954. Ya el calorcito de un sol de verano incipiente
invadía casas y corazones. Aquel sábado, al mediodía, los intelectuales, profesores y
periodistas celebramos un evento social que nos convocaba a todos: era la despedida de
soltero de Jorge Puccinelli. Para unos, el amigo; para nosotros, el joven maestro. La
alegría y la conversación se unían. En un momento, don Raúl Porras Barrenechea me
llama con un ademán cortés. Me acerco, saludo y espero. Porras, con su voz de dicción
precisa y eufonía constante, me dice: Le voy a presentar a un amigo de su padre y
además de su misma tierra, Piura. Y así vi, por primera vez, a Francisco Vegas
Seminario. Un rostro que reflejaba inteligencia y bondad. En su frente amplia las primeras
canas ya asomaban, y sus cejas pobladas eran el marco de sus ojos de mirada tranquila y
profunda, nariz proporcionada, labios prontos al comentario agudo y a la risa franca, y
con un mentón vigoroso que denotaba su firme voluntad e integridad para las acciones de
su vida. En ese momento en que lo conocí, ya tenía 55 años, porque había nacido el 25
de setiembre de 1899. Me contó que, con largas conversaciones nostalgiosas sobre Piura,
consolidó su amistad con Juan Luis, mi padre, en el agitado París del año 1933. Vegas
Seminario después de una corta pero fructífera labor docente en su alma mater, el
Colegio Nacional San Miguel, ingresó a la carrera diplomática el 22 de
febrero de 1932, y fue enviado a Europa a cumplir su servicio, primero a Sevilla, luego
París, Bremen y otras ciudades del viejo continente, hasta 1949, año en el que fue
destacado a Caracas, Venezuela. Como todo funcionario del Ministerio de Relaciones
Exteriores, estaba obligado en el transcurso de su carrera, a permanecer un determinado
tiempo en nuestro país. Tal era la razón por la cual se encontraba en Lima en 1954,
ocupando un cargo importante en la Oficina de Organismos y Conferencias Internacionales.
Mi voracidad de lector y mi orgullo de ser piurano me habían llevado a leer ya su libro
Chicha, sol y sangre, publicado en 1946, con prólogo del narrador y excelente cronista
Ventura García Calderón. Esta edición francesa, la primera, estaba conformada por
catorce cuentos, por cierto, todos con temas, paisajes y personajes piuranos. Yo leí esta
obra en la Biblioteca Nacional, recuerdo que a través de su lectura mi soledad se
esfumaba y regresaba a Piura, con todos los míos, individuos y comunidad, porque,
felizmente y para siempre, fui criado por mi abuela Eva, inteligente y culta, que me
enseñó a querer todo el pasado de nuestra soleada tierra. En su prólogo consagratorio
Ventura García Calderón afirma que Vegas Seminario en sus cuentos es un
excelente costumbrista y satírico. Quiere decir que el narrador ofrece, con
realismo artístico, una cosmovisión (formas de vida de todos los estratos sociales) de
fines del siglo XIX en nuestra ciudad dorada, como él la rebautizó. Esta
cosmovisión agrega internamente un espíritu de humor franco que llega a la sátira de
las costumbres nefastas por caducas o injustas. Estimo, y lo digo al paso, que uno de los
principales rasgos de la cultura del algarrobo, es el humor. Entre el estado agotador por
la canícula y el viento que refresca y calma, está la palabra humana que, siempre, se
nutre de la vida y su alegría. El piurano es por naturaleza optimista, su alegría de
vivir nace del color y del calor del sol. Vive, critica, y muere, sonriendo. Así es la
literatura de Vegas Seminario en su raíz telúrica. Veamos, ahora, su propuesta
individual.
Tres son las pistas de la trayectoria creadora de Francisco Vegas
Seminario. La primera y más abundante es la que denominó narrativa
regionalista, que la integran dos volúmenes de cuentos, el ya citado y el titulado
Entre algarrobos y, en especial, sus cuatro novelas que llevan los nombres siguientes:
Montoneras, Taita Yoveraqué, El Honorable Ponciano, y Tierra embrujada. La segunda pista
es el bloque de las novelas históricas, que develan un amplio mural de las
guerras civiles en las primeras décadas de nuestra vida republicana. Los títulos
sugestivos y sucesivos son: Cuando los mariscales combatían, Bajo el signo de la
mariscala, y La gesta del caudillo. Finalmente, la tercera es la narración
urbana y la novela que la representa El retablo de los ilusos.
Es necesario hacer ahora el análisis de algunas de las novelas
citadas. Montoneras es la de mayor riqueza argumental. Su espacio fundamental es la
hacienda Casagualá, de propiedad de los hermanos Valdivia. Una hacienda piurana y un
apellido que se reconocía trágico desde los lejanos tiempos coloniales. No necesitaban
tener enemigos foráneos, simplemente se mataban entre familiares y, preciso, sus
discordias sangrientas se originaban, siempre, por una mujer. Vegas Seminario posee la
serenidad y ponderación de los clásicos, jamás abusa de la truculencia de sus
personajes. Y para corroborar esta aseveración, me permito citar el final de un
triángulo amoroso (producido en la familia Valdivia, en los añejos tiempos coloniales),
el novelista dice así: Y una noche tempestuosa mata a puñaladas a su mujer, coloca
luego el cadáver a horcajadas en una mula, manteniéndolo erguido por medio de una estaca
adherida a la montura y envía el fúnebre presente a su hermano, que ha descendido horas
antes al pueblo. Un esclavo negro tira de la bestia y dos más alumbran la senda con
hachones. Sobrecogidas de pavor, las gentes contemplan el macabro cortejo. Un
párrafo con notoria economía verbal, precisión conceptual y, en suma, una descripción
directa y sin retórica sentimental y, por ello mismo, una verdadera y estremecedora
estampa de horror.
Considero, además, que Vegas Seminario, con acierto esti-lístico, ha
escrito esta novela teniendo en cuenta el tiempo real en el que se desarrolla
la trama argumental. Digo: las montoneras propagan y ejecutan sus acciones
político-militares a favor de Nicolás de Piérola y en contra del cacerismo en los años
1894 y 1895, año en que triunfan y toman el poder. Por ceñirse, en su opción, a este
período de la historia, el narrador utiliza y conserva la linealidad temporal
(pasado-presente-futuro), propia de las novelas del fenecido siglo XIX.
La literatura hace posible que lo propio sea ajeno por propia voluntad
del creador, vale decir lo que el autor piensa y siente lo trasvasa a la conciencia de su
personaje. Y el lector avisado o el crítico literario son los que vuelven a restituir lo
donado. Tal ocurre, en la novela Montoneras, en los apartados dedicados a evocar la ciudad
del sol amarillo; en ellos percibimos que el yo narrativo (que, en la
escritura, es el hermano menor de los Valdivia) y el yo autoral son uno solo y
conforman una misma visión y sentimiento. Por esta razón se puede decir simplemente:
¡cuánta ternura coloca Vegas Seminario en sus palabras sobre Piura! No me resisto a la
tentación de citarlo y lo hago con emoción compartida: Mi ciudad advertid
que digo ¡mi ciudad! es dorada. Dorada por el sol y ensalmada por la luna. Con
calles alegres, plazuelas románticas e iglesias prestigiadas por la pátina de los
siglos. //Siempre la amé como algo mío. Algo que vive en lo hondo de mi espí-ritu,
enfervorizado por las tradiciones y aromado por las leyendas. Y es que desde niño
aprendí a descifrar el enigma de sus vericuetos y rincones, el carácter de sus gentes, y
el sabor de sus costumbres. Soñaba en su Plaza de Armas, en-tre tamarindos jóvenes. Me
adormecía en el puente, sintiendo el tumor de las aguas del río y la caricia de la
brisa. Recorría el viejo y bullicioso mercado, donde se compraba y vendía bajo el palio
de algarrobos añosos. Visitaba a menudo la iglesia de Belén, cuyas severas naves,
envueltas en penumbra, invitaban al recogimiento, y cuyas campanitas tenían un fresco
tañido que hasta ahora resuena en mi alma con las mágicas vibraciones y el encanto de
las voces lejanas y dulces.
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Vista Cerro
Saraja |
El
final de la novela Montoneras es una tragedia de contornos épicos. El protagonista Juan
Martín Valdivia ha caído en una celada preparada por su enemigo y pariente Sebastián
Valdivia. Entre estos dos señores feudales está doña Carmen, la bella, enamorada del
primero, y esposa del segundo. Después de una tensa y dramática escena plena de ofensas,
reproches y palabras de amor, Juan Martín, con orgullo temerario, decide cumplir su
destino y sale de la casa a la plaza. Alto, erguido, inmenso, parecía desafiar a las
fuerzas naturales y humanas. De los cuatro costados de la plaza, salieron las balas que lo
lanzaron a tierra, pero antes, por la luz de la luna, pudo verse, que una última sonrisa
iluminó su rostro. Así somos los piuranos, parece decirnos, satisfecho, el novelista
Vegas Seminario.
En la biografía de la novela Montoneras, cabe destacar que, por su
calidad literaria, recibió el Premio Ricardo Palma de Fomento a la Cultura,
en 1955; fue distribuida ese mismo año, aunque su fecha de edición es de 1954.
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Iglesia de
las Nazarenas (Lima) |
Taita
Yoveraqué es una novela de denuncia social; pese a que su acción se ubica en el año
1912, su vigencia temática permanecía a la fecha de su publicación en 1956, porque las
injusticias y las expoliaciones que sufría el campesinado piurano y, por extensión, el
peruano, continuaban como si el tiempo no sirviese para cambiar la situación de los
grupos sociales. Recordemos, ahora, que la obra Taita Yoveraqué obtuvo el premio en el
Concurso de Novela, convocado por los editores Juan Mejía Baca y Pablo L. Villanueva. El
jurado estuvo conformado por Jorge Puccinelli, Luis Jaime Cisneros y José Durand,
intelectuales de reconocido prestigio. Ellos, en el Acta del fallo, entre otros conceptos,
expresaron: Un aliento humano y una animación sostenida conceden a esta obra
calidades que la hacen ampliamente merecedora del premio: Sí, me permito agregar,
es una novela tan cautivante que se lee de un tirón, y José Celestino Yoveraqué es un
ser humano inolvidable. Acerquémonos a verlo. Es un campesino anciano, sobrio y digno,
casi lencioso, por sus arrugas parecía una momia, por su carácter un añoso
algarrobo que desafía al sol y al desierto. Su contraparte humana es el dueño de la
Hacienda La Fraternidad, Eustaquio Escalona, un gordo, de carnes fofas y
colgantes, innoble por la molicie y la perversidad moral. Vive como un parásito: de los
demás. Su dinero y poder sólo están al servicio del mal. Su cinismo lo llevará a
acusar a su mayordomo de todas las tropelías cometidas para cumplir con el eufemismo de
la expansión indispensable de la hacienda. En el desarrollo argumental, Taita
Yoveraqué es una especie de Job bíblico. Lo agobian todas las desgracias: le roban su
tierra amada, aquella que él ha cultivado por toda su vida, y al igual que él, desde
tiempos inmemoriales, todos sus antepasados. Pero ¡ay! No posee título de
papel para probar que esa tierra es suya, como lo son la luz del sol y el canto de
los pájaros. Pero, las calamidades siguen. Le roban y deshonran a su nieta, una muchacha
en flor. Luego, por sus protestas lo aherrojan con los delincuentes. Ya su vida es un
infierno, porque la esperanza de alcanzar justicia es una luz que se va extinguiendo en su
corazón. Para culminar sus desgracias, muere en prisión. Pero, su espíritu permanece.
Yoveraqué trabajó y luchó por su amada tierra, que era su vida misma; cuando la perdió
porque se la robaron, murió. Taita Yoveraqué es y será el símbolo del campesinado.
En el fluir de la novela van apareciendo los personajes con sus
diferentes roles sociales. El tinterillo que redacta los alegatos para el juez, entre idas
y venidas a la chichería, que en su alta caña ostenta un pañuelo blanco. ¡Pañuelo de
marinera al viento! Y vemos, más allá, lejos, en la Iglesia, al señor cura que,
impotente, ve cómo se ejecutan todas las injusticias y los crímenes, y él sólo reza
para que Dios, el omnipotente, se apiade de los pobres. Y si seguimos caminando en el
otrora centro tallán, Catacaos, de seguro nos topamos con asco con el
mayordomo de la Hacienda La Fraternidad, chacal ladino y cruel, capaz de todas
las villanías para contentar a su amo. Y, finalmente, para no cansaros, avistaremos al
bandolero de los caminos, que vive oculto y perseguido por los custodios del desorden
social establecido, y que cumple, en la novela, una labor justiciera o vengativa, (por
ser, además, hijo de Yoveraqué), así: incendia la casa hacienda, mata al mayordomo, y
hace enloquecer al nefasto patrón. En suma: una novela clásica en su género. Téngase
en cuenta que la literatura no resuelve los problemas sociales, pero los presenta para que
todos tomen conciencia de ellos. Taita Yoveraqué es una novela piuranísima, y
peruanísima, con altos logros artísticos, justos reclamos sociales, y nobles esperanzas
en el horizonte humano.
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| Plaza de la Constitución, Lima |
Finalizó diciendo: ahora que celebramos los cien años de nacimiento de Francisco Vegas
Seminario, redescubrimos su legado literario para siempre: unos viriles y luminosos
cuentos, unas sabrosas y documentadas novelas, y valoramos a través de ellos su mensaje
que se nutre de un amor inmenso al terruño y a sus gentes, que es, además, la mejor
forma de amar al Perú.
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| Monumento al Combate del 2 de
Mayo, Lima |
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