El largo itinerario de Zavaleta que se inicia, como es sabido, con la publicación en 1948 del relato El cínico y más formalmente con el libro de relatos La batalla de 1954, y se prolonga con extraordinaria fecundidad hasta nuestros días (ocho novelas, varias decenas de cuentos), significa, en primer lugar y en lo que se refiere al mundo representado en sus textos narrativos, la superación de la tradicional antítesis entre el campo y la ciudad, entre la provincia y la capital, entre la sierra y la costa que ha caracterizado como reflejo del rostro roto de la sociedad peruana a nuestra narrativa desde su fundación decimonónica (pero particularmente en nuestro siglo). En el prólogo a sus Cuentos Completos (1997) texto de gran riqueza que revela algunos aspectos centrales de sus ideas y de sus propósitos como escritor dice Zavaleta: ... así como ellos (Alegría y Arguedas) tenían su sierra, así yo también podía tener la mía; ignoraba el quechua y no había pasado por las vivencias de Arguedas, es verdad, pero mi puesto era el de un niño o adolescente observador de los indios y de la vida serrana.
Más bien, la asume libre y creativamente. Quiero decir que sin dejar de lado sus hondas raíces andinas (que siempre renovadas por el recuerdo y los esporádicos retornos, mantienen vigor y vigencia) se ha incorporado plenamente, en lo personal, al espacio urbano y, en su vasta obra de creador, ambos universos geográficos y socioculturales configuran alternativa o simultáneamente (pero respetando las diferencias y sin pretender artificiosas síntesis) el ámbito donde se desarrollan sus ficciones que de este modo constituyen pertinente correlato literario (es decir, artístico, ficcional, no antropológico ni sociológico) de la pluralidad que es la principal seña de identidad de la realidad peruana. Cuando Zavaleta escoge el mundo andino no es por cierto el simple observador de los indios y de la vida serrana como con modestia se presenta a sí mismo en el prólogo citado. Por el contrario, sus relatos pienso por ejemplo en esas piezas de antología que son El Cristo Villenas o Los Ingar, pero cosa igual podría decirse de muchos textos posteriores muestran un elevado nivel de compenetración con el orbe serrano, especialmente con el de los mestizos que lo habitan y su entorno. De aquí que las historias que cuenta, los conflictos que presenta, los personajes que crea o recrea, los paisajes que describe, tienen como en los narradores de raza la fuerza avasalladora y la verosimilitud suficientes para grabarse profundamente en la sensibilidad del lector e instalarse para siempre en su memoria. Y es que Zavaleta ha vivido en ese mundo, ha pertenecido a él, lo conoce desde niño y mucho antes de que se definiese su vocación de escritor (habría que recordar la reveladora confesión del propio escritor: el drama de Los Ingar, lo viví yo, en parte, en un pueblecito de Ancash). De allí, pues, de los recovecos más guardados de la memoria que el fuego inextinguible de la evocación ilumina una y otra vez, brotan el impulso y los materiales que alimentando su don imaginativo, su talento de narrador nato, su pericia de escritor, dan origen a tantos memorables relatos. Por otra parte, Zavaleta, como se ha visto, ha vivido en Lima desde los catorce años y las distintas estancias de su experiencia en esta ciudad y en el Perú urbano en general, constituyen la complementaria fuente principal que nutre constantemente otra serie de sus textos que, aún más que en el caso de lo andino, no son una simple crónica de lo vivido, sino el resultado de un proceso de transmutación literaria de la experiencia, que el libre despliegue de la capacidad ficcionalizadora y el ejercicio de la voluntad de estilo del escritor conducen a la escritura de textos a menudo memorables. Desde el punto de vista del mundo representado y de las historias urdidas, la obra narrativa de Zavaleta ofrece todavía una tercera modalidad conformada por los cuentos y novelas en que la acción discurre entre uno y otro mundo, el de la provincia serrana y el de la ciudad capital, haciendo aún más tangible el propósito globalizador y contrapuntístico a que se alude en el revelador prólogo tantas veces citado. Un cabal ejemplo de esta tercera línea lo constituye Los aprendices (edición definitiva de 1998), novela de formación cuyos jóvenes protagonistas son tanto serranos como limeños y las historias que viven van y vuelven de uno a otro mundo. La novela se halla organizada en una secuencia que no respeta la linealidad cronológica sino que, en el caso de Edgardo, personaje principal, se configura en lo temporal como un cuidadoso contrapunto del pasado (la infancia, la escuela, las primeras vivencias familiares, los conflictos campesinos percibidos desde el mirador de la adolescencia) y el presente (la juventud, la universidad, el descubrimiento del amor y la política, nuevos problemas agrarios). Y en lo espacial como otra funcional relación dialéctica entre la sierra (Sihuas en Ancash) y la costa, el campo y la ciudad, la provincia y la capital. La pareja prota-gónica encarna precisamente esta dualidad (Edgardo serrano, Matilde limeña) y el desgraciado accidente que le ocurre a la joven limeña Matilde, cuando a caballo se dispone a explorar el otro mundo, ese otro Perú para ella desconocido, adquiere un valor metafórico que pareciera aludir a la dificultad que para la gente de la ciudad supone descubrir el cosmos andino y tratar de superar los abismos no sólo geográficos que separan a las regiones del Perú. Otro caso entre muchos que podría citarse en que la contradicción fundamental del Perú se trata con especial brillo, es el del cuento El amo ante el abismo del libro La marea del tiempo (1982). A partir de la frase inicial de Juan: Desde que yo era niño y dejé la sierra, hace treinta años, recuerdo a Zenón y Pío dos o tres veces por año, el relato se va tejiendo en un delicado trabajo de evocación de aquellos dos personajes inolvidables, sirvientes a veces maltratados, sí, pero sobre todo compañeros de los años infantiles y camaradas en andanzas y aventuras de la vida serrana que al calor del recuerdo, se abren como paréntesis cada vez más amplios como rememo-raciones cada vez más intensas, en la experiencia limeña del protagonista de la que también se da cumplida cuenta. Pero Lima no es solamente el observatorio desde donde el protagonista mira el espacio andino y rememora los años allí vividos, sino también (y presentado con similar riqueza) el otro y complementario ámbito de la acción. Pero al final Juan decide volver físicamente a Sihuas y es el reencuentro emotivo de gentes, costumbres y paisajes, la comprobación desconsolada de que el tiempo no ha borrado la pobreza secular de las gentes y las ideas. Pío y Zenón, aunque envejecidos, siguen allí como testigos sobrevivientes de su pasado, como la huella indeleble de la niñez lejana. Cabría mencionar aún otra variedad de la narrativa de Zavaleta: es la que conforman los cuentos cuyos escenarios son ciudades extranjeras en las que ha vivido. Demostración excelente de la versatilidad del autor, sólo diremos en esta ocasión que ellos exhiben todas las virtudes que hemos señalado en el resto de su obra de ficción. Nos hemos detenido con cierta calma en la riqueza polisémica del mundo representado en los relatos de Zavaleta. Es una exploración que de hallazgo en hallazgo y de análisis en análisis, podría prolongarse indefinidamente. No podemos seguir, sin embargo, otros temas vinculados esta vez al oficio de escritor, aunque cabe destacar algo imprescindible: la riqueza del poder ficcional de Zavaleta, en primer término, pero también su singular capacidad para la construcción de personajes de rica complejidad psicológica, personajes round que diría Forster, su habilidad en el montaje de tramas, su poder recreador de ambientes, el ritmo convincente de su prosa, la fuerza de su lenguaje, el perfil artístico de su estilo como dice Eduardo Hopkins. Y por cierto su maestría en el dificil arte de escribir cuentos. Creo con Cortázar que un cuento logrado es como una buena fotografía que basándose en la esmerada delimitación de lo que debe aparecer o no aparecer en el breve rectángulo de cartulina, impone una imagen, a la vez que propone al lector asomarse al resto del mundo al cual lo fotografiado pertenece. Así ocurre con los grandes cuentos que capturando el interés del lector con la intensidad del conflicto, con el suspenso de la trama, con lo viviente de los personajes, le abren al mismo tiempo la posibilidad de vislumbrar la realidad total de la que lo narrado es sólo una parte. Comparto, de otro lado, la opinión de José Miguel Oviedo, en el sentido de que el lenguaje del cuento se parece al del poema en que no puede tener una sola falla o desmayo sin riesgo de echar a perder su magia. Pues bien, los mejores cuentos de Zavaleta, que son muchos, cautivan por su excelencia la atención de quien lee a la vez que lo mueven a imaginar el contexto y como en los buenos poemas, nada en ellos falta o sobra. Y es que Carlos Zavaleta, es hora de decirlo con claridad, es sin discusión uno de los grandes cuentistas hispanoamericanos. Cuanto acabamos de mencionar merece por cierto extenso tratamiento, pero lo dejamos apenas esbozado para poder dedicar la parte final de estas palabras al Zavaleta teórico de la literatura, al Zavaleta crítico literario, al Zavaleta traductor. Se ha encarecido muchas veces y con razón su rol como introductor en el Perú de técnicas de composición narrativa tomadas de la literatura en lengua inglesa. Lo que hay que señalar, empero, es que no se trató de un simple afán de novedades, sino del fruto de su convicción acerca de la necesidad de renovar la narrativa nacional y resultado de su extenso conocimiento de autores como Joyce y Faulkner y otros escritores anglosajones, que se refleja en estudios como su tesis universitaria Algunos experimentos de William Faulkner en el tiempo y el espacio o sus trabajos: William Faulkner, novelista trágico, El influjo de James Joyce sobre William Faulkner, Entre dos mareas, Ulises y Finnegans Wake, trabajos ahora reunidos en el volumen Estudios sobre Joyce y Faulkner de 1993. Zavaleta ha hecho además, traducciones justamente elogiadas de escritores como el mismo Joyce, Eliot, Ginsberg, Williams. Sin embargo, y como es natural, los trabajos críticos de Zavaleta han tenido también como tema frecuente, obras y autores peruanos como, por citar sólo algunos ejemplos: La prosa de César Vallejo, Retrato de Ciro Alegría, José María Arguedas, aprendizaje y logros del novelista, La obra inicial de Vargas Llosa. Estos y otros ensayos críticos han sido recogidos en 1997 en un libro hermoso como su título, El gozo de las letras. En los últimos años, no obstante, la preocupación crítica de Zavaleta se ha dirigido a un tema apenas tocado entre nosotros, la novela poética peruana en el siglo veinte, vasta y sapiente investigación que, en su parte medular, ha constituido el brillante discurso de incorporación que acabamos de escuchar. Manejando con destreza su noción de que la novela poética, novela de la concentración de la prosa, es aquella en que predominan el ritmo y la musicalidad, Zavaleta recorre los caminos de nuestra narrativa iluminando con nuevas visiones textos conocidos, reinterpretando otros, inaugurando así una nueva historia de la narración en el Perú. Fruto maduro de detenidas lecturas y de una larga y profunda reflexión, este texto constituye un aporte significativo que enriquece sustancialmente el caudal de los estudios literarios de tema nacional, a la vez que abre una serie de inéditas perspectivas de análisis. Zavaleta, que es también maestro universitario de antigua data, dicta de este modo una nueva y estimulante lección. En tiempos remotos el reconocimiento a los poetas se expresaba en la corona de laurel que como máxima consagración se colocaba sobre sus sienes. Como el andar del tiempo, los grandes premios literarios reemplazaron a los simbólicos laureles. En el Perú de nuestros días en que no existen ya premios consagratorios, una de las pocas formas de celebración pública no sólo del poeta, sino también del escritor, del hombre de letras, del humanista, consiste en su ingreso a la Academia Peruana de la Lengua. La acertada elección de Carlos Zavaleta como miembro de la Academia tiene, pues, todo el alto valor de un homenaje calificado, pero es ante todo un acto de estricta justicia que reconoce tanto las calidades de una obra literaria de particular relevancia (no habrá elogio de nuestra narrativa actual sin él, ha dicho Luis Jaime Cisneros) como lo admirable de una vida dedicada primordialmente a la literatura, de una vida obediente al imperativo de transformar el fuego interior en palabras. Con pasión y con paciencia, con fe y con tenacidad, Zavaleta ha ido construyendo un singular universo narrativo y crítico y diseñando a la vez los trazos de una ejemplar biografía literaria. Una y otra llenan con brillo un capítulo de la historia de las letras peruanas en el siglo veinte. Por todo esto y con la seguridad de que su presencia enriquecerá sus debates y dará nuevo impulso a sus trabajos, la Academia Peruana de la Lengua expresa por mi intermedio su mayor y mejor complacencia por contar desde hoy a Carlos Eduardo Zavaleta como su Miembro de Número.
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