
Índice de autores
Clemente Palma (Lima, 1872 -
1946)
Periodista,
psicólogo y aficionado a la filosofía, fue en verdad, ideólogo y practicante de cuentos
y narraciones modernistas (ver Cuentos malévolos, 1904), bajo el abierto influjo de los
decadentistas franceses. Favorecido por el apellido de su padre ante una parte
de la crítica, tiene un valor propio, inferior al divulgado, y sus últimos libros,
Historias malignas (1925), y X Y Z (1934), merecen estudios serios.
Junto a los cuentos y a su novela final, la contribución de Clemente Palma a la
literatura peruana es asimismo valiosa como director de publicaciones periódicas, como,
por ejemplo, de Variedades (1908-1931), órgano que difundió específica- mente textos
ahora revalorizados, a la luz del estudio de las escuelas modernista, vanguardista e
indigenista.
Enrique López Albújar (Chiclayo,
1872Lima, 1966)
Uno de los grandes narradores peruanos de todos los tiempos. Sus famosos Cuentos andinos
se entenderán mejor si recordamos el subtítulo del libro: Vida y costumbres indígenas,
frase que explica el libro (realista, psicologista y sociológicamente hablando) en un
abanico de miradas distintas. La denuncia social predomina sobre el ser humano y su
explotación histórica. Matalaché, novela superior a los cuentos, le permite mayor
variedad temática, de personajes y aun de costumbres, sin olvidar su puño de defensor
del mulato. En todo caso, para no discutir por qué defendió menos al indio que al
mulato, mejor es elogiar Matalaché como novela del mestizo peruano y su trágico ambiente
de dos mundos.
Obra narrativa principal: Cuentos andinos. Vida y costumbres indígenas (1920). Pról. de
Ezequiel S. Ayllón. Libro dedicado a sus hijos. Matalaché (1928), novela
retaguardista. Nuevos cuentos andinos (1937), El hechizo de Tomayquichua (1943),
novela. Las caridades de la señora Tordoya (1955), cuentos.
José Antonio Román (Iquique,
1873Barcelona, 1920)
Es una figura injustamente olvidada, y por ello es necesario reconocerla y divulgarla cada
vez más. Graduarse de doctor en 1895 con una tesis sobre Enrique Ibsen es casi como estar
al día con la literatura europea, como lo estaba el juvenil James Joyce, quien también
amaba a Ibsen casi por el mismo tiempo. Luego, es autor de cuentos en que la psicología y
el estilo se disputan la primacía. Por fin, es uno de los pocos doctorados tres veces en
San Marcos, como la historiadora Ella Dunbar Temple.
Su destreza técnica y su morosidad para pintar retratos destacan en su única novela
Fracaso (1918), que no fue tal, por supuesto. Tres años antes de que Pirandello
estrenara, el 10 de agosto de 1921, Seis personajes en busca de autor, ya Román había
entretejido su historia sobre los posibles enredos entre los autores y sus personajes. Él
convierte en personaje a una dama real, a doña Lucrecia, de quien la Lima chismosa se
hacía malas lenguas. Al publicar sobre ella, pierde a una amiga y a su pequeño círculo.
La fantasía, pues, es un mundo difícil y aun peligroso.
Obra narrativa principal: Hoja de mi álbum (1903), cuentos; Almas inquietas (1916), dos
novelas cortas y un cuento; Sensaciones de Oriente (1917), apuntes de viaje; y Fracaso
(1918), novela.
Carlos E. B. Ledgard (Tacna,
1877Lima,1953)
Los trabajos de investigación de los críticos Estuardo Núñez y Ricardo González Vigil
lo han señalado como uno de los primeros, cronológica y artísticamente hablando,
prosistas de nuestro siglo. Su único tomo de cuentos, conocido hasta ahora, Ensueños
(1899) es buena muestra de su elección por el modernismo, cauto y bello a la vez, sin los
excesos de otros, además de dosificar el argumento y desarrollar éste con propiedad. Él
es en verdad nuestro gran pionero del cuento, junto con Román.
Ventura García Calderón (París,
18861959)
Devoto del estilo modernista, castizo y enjoyado de adjetivos, apareció como súbito
crítico literario, a quien la generación de Colónida (Federico More, en
especial) atacó a fondo. Luego, desde 1914 y 1924, escribió cuentos
peruanistas, que sin duda le recordaban el país, pero cada vez con mayor
vaguedad y menos nitidez, marginándose de la realidad nacional lo cual no es
defecto alguno, pero sin crear un mundo valioso y propio. Sus principales cuentos se
hallan en Dolorosa y desnuda realidad (1914), La venganza del cóndor (1924), Páginas
escogidas (1947) y Cuentos peruanos (1952).
Abraham Valdelomar (Ica,
1888Ayacucho, 1919)
Mucho se ha dicho y se dirá de las virtudes cuentísticas de este gran literato, casi un
autodidacta, pero formado en una variedad de artes, desde el dibujo y la caricatura, desde
el periodismo y el humor, hasta la estampa regional, el cuento, la novela corta
artística, además de la profundidad de su mente polifacética y genial. Todavía faltan
estudios sobre sus aficiones históricas, estilísticas, filosóficas y teatrales. Valde-
lomar da para mucho.
Obra narrativa principal: La ciudad muerta, novela corta, 1911; La ciudad de los tísicos,
novela corta, 1911; El caballero Carmelo, cuentos, 1918; Los hijos del sol, cuentos, 1921;
Obras completas, 4 tomos, ed., pról., y notas de Ricardo SilvaSantisteban (Lima:
PetroPerú, 2001). Ver además El cuento peruano hasta 1919, 2 tomos, por Ricardo
González Vigil (Lima: PetroPerú, 1992).
César Vallejo (Santiago de Chuco,
1892París, 1938)
Excelente poeta, cada vez mejor comprendido en el ámbito internacional, pero, al mismo
tiempo, gran experimentador de la prosa narrativa, desde las estampas quietas y extáticas
de Escalas, hasta los cuentos más enigmáticos y osados de la segunda parte de este mismo
libro, de 1923. Ahora circulan ediciones revisadas por él, cuya pugna de dos estilos, el
retórico y el coloquial, se ha resuelto a favor del segundo, y así el libro ha ganado en
soltura y propiedad artística. Tales nuevas ediciones llevan el nombre de
Manuscrito Couffon, en honor al crítico francés que, en 1994, lanzó la
edición corregida en Arequipa.
Obra narrativa principal: Escalas (1923),
estampas y cuentos; Fabla salvaje (1931), novela corta. Novelas y cuentos completos, ed.
Ricardo González Vigil (1998). Narrativa completa, ed. Ricardo SilvaSantisteban
(Lima, 1999), que incluye la versión corregida del Manuscrito Couffon. Contra
el secreto profesional (1973). El arte y la revolución... (Lima: Mosca Azul, 1973).
Francisco Vegas Seminario (Piura,
1899-Lima, 1988)
En este autor piurano, precoz periodista y maestro de historia universal, se produce una
mezcla plausible de escritor regional, que no olvida escenas y temas de su terruño
norteño, con su pronta maestría del lenguaje formal y efectivo (su principal maestro fue
Ventura García Calderón), así como el desenvolver las fuerzas internas del cuento. De
otro lado, fue un dilatado e infatigable novelista, y aquí también, de los primeros
temas regionales, pasó a la modernidad de una novela cosmopolita, entre romántica y
bélica, como es Hotel Dreesen.
Obra narrativa principal: Chicha, sol y sangre (1946), cuentos, prólogo de V.G.
Calderón; Entre los algarrobos (1955), cuentos; Taita Yoveraqué (1956), novela; El
honorable Ponciano (1957), novela; y Hotel Dreesen (1999), novela. Para una bibliografía
completa del autor Cfr. El cuento peruano, 19421958, por Ricardo González Vigil
(Lima, 1991), pp. 225-226.
Emilio Romero (Puno, 1899Lima,
1993)
Muy conocido como geógrafo, economista, experto en carreteras y en descentralización del
país, Emilio Romero sintió como pocos el problema indígena. Balseros del Titicaca
(1934) sigue siendo un libro pintoresco, pero emotivo, con cuentos sencillos y valiosos.
José Diez Canseco (Lima, 19041949)
Quienes juzgan ligeramente a Diez Canseco como ligado al costumbrismo y a sus repeticiones
locales, olvidan el papel protagónico suyo al descubrir nuevos temas urbanos, así como
personajes del mundo popular. Si lo llaman criollo es porque desconocen la
variada extensión de sus cuentos y narraciones, donde él se ha impuesto por su manejo
gradual del tema, por el simbolismo del personaje que él pone en relieve, y por la
armazón narrativa que envuelve y sobrecoge al lector. Es uno de los mejores cuentistas
del país, y no le ha importado usar las modas costumbrista, romántica, y aun
psicologista y de monólogo interior, para describir por fuera el barrio y la ciudad, y
por dentro el alma íntima y variadísima del costeño.
Obra narrativa principal: Es muy amplia, pues se inició en 1929, en la revista Amauta. En
1930 aparecieron tres novelas cortas, El Gaviota, El Kilómetro 83, Estampas mulatas, con
prólogo de Federico More; Estampas mulatas, en conjunto, volvió a salir en 1938. Hay un
tomo II de sus Obras completas, de 1951, con prólogo del autor, y en 1973, ed. y pról.
de Tomás G. Escajadillo.
Fernando Romero (Lima, 1905)
Su vida de marino mercante, y su posterior dedicación a la enseñanza y la fundación de
universidades, le permitió a Romero conocer bien el país y escribir, especialmente,
sobre la selva, primero unas novelas breves, que luego llamó
relatos, todos vívidos, de lenguaje espontáneo y natural, y que se rinden
plenamente a las necesidades del género del cuento: el tema interesante, novedoso, los
personajes cambiantes y el desenlace muchas veces inesperado.
Obra narrativa: Doce relatos de selva (1958), versión corregida de sus Doce novelas de
selva (1934), y Mar y playa (1959), cuentos.
Estuardo Núñez (Lima, 1908)
El propio maestro Núñez se sentiría extraño en esta colección; pero él, en sus
primeros escritos de la revista Amauta, exhibió una especie de estilo de
época, que recuerda tanto a la novela Bajo las lilas, (1923), de Manuel Beingolea,
como a La casa de cartón (1928), de Martín Adán, ambas ambientadas en Barranco. Sin
duda, leyendo esas prosas vanguardistas, sentimos de algún modo que el gran
crítico peruano nació en 1928 como escritor.
Obra narrativa: Ver Amauta, Nos. 13 y 14, 1928.
José María Arguedas (Andahuaylas,
Apurímac, 1911Lima, 1969)
Por más multiforme y polifacético escritor que haya sido, tanto en español como en
quechua, hay un sitio especialísimo para el cuentista Arguedas, que, inclusive
confirmando virtudes iniciales de observación del país y el hombre andinos, evolucionó
con espléndida prontitud hacia el cuento artístico. Empezó en 1934, publicando sus hoy
llamados Cuentos olvidados, en que usaba un buen castellano coloquial, pero sólo se
dedicaba a revelar costumbres de grupos, de comunidades indígenas, y sólo en uno de
ellos (El vengativo) hay un personaje individual. De ese mundo
inocente y amorfo, pasó a su aventura lingüística, lograr nuevas expresiones del
quechua dentro del español, y así avanzó de modo firme desde los textos de Agua hasta
los consagratorios de los años 50 (Orovilca) y 60 (La agonía de Rasu
Ñiti). Su maestría acabó siendo innegable, y su ejemplo, imperecedero.
Obra narrativa principal: Cuentos olvidados (1973), con textos de los años 30, ed. y
notas de José Luis Rouillón; Amor mundo, y todos los cuentos de José María Arguedas
(Lima, Moncloa, 1967), Relatos completos (Madrid, Alianza, 1983). J.M.A. y M. Vargas
Llosa, La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú (Buenos Aires,
1974).
Porfirio Meneses (Huanta, Ayacucho, 1915)
Cuando la generación del 50 (a la cual pertenece, pese a su edad) se apartó del
costumbrismo y del indigenismo, Meneses continuó ligado sutilmente con la segunda
escuela, de la cual siempre ha sido amante, bebiendo de temas, leyendas y cuentos andinos.
Ganó en 1947 un importante premio en los Juegos Florales de San Marcos, y desde entonces,
si bien de modo esporádico, ha mantenido una carrera sobria y valiosa, concediéndole una
gran dignidad a sus contados libros. Por fin, se ha dedicado a traducir al quechua
importantísimos poemarios como, por ejemplo, Los heraldos negros. Esta nueva tarea
enaltece su sobriedad.
Obra narrativa: Cholerías (1946), junto con cuentos de Alfonso Peláez Bazán y de
Francisco Izquierdo Ríos; Campos marchitos (1948); El hombrecillo oscuro y otros cuentos
(1954); y Sólo un camino tiene el río (1975), con prólogo de Luis Alberto Sánchez.
Sara María Larrabure (Lima,
19211962)
En los mismos Juegos Florales de 1947, esta juvenil autora ganó un premio de ensayo con
tema clásico. Fue una novedad que pervivió; se dedicó a apoyar revistas culturales como
Centauro (19501951); y a traducir esporádicamente a Omar Khayam o a T.S. Eliot.
Además, casi en secreto, había publicado una interesante novela Ríoancho (1949), en
Barcelona. Con este bagaje, se lanzó con admirable brío al cuento, y ahí están, como
valiosas pruebas de su dedicación y esmero, sus tres libros: La escoba en el escotillón
(1957), Dos cuentos (1963), y Divertimentos (1966), cuentos, estampas y artículos.
Varios críticos han subrayado que, perteneciendo a la clase alta, haya comprendido tan
bien, psicológica y socialmente, a sus personajes populares. Otra vena por destacarse es
su pasión por la vida interior y riquísima de sus personajes, en especial femeninos.
Armando Robles Godoy (Nueva York, 1923)
Este autor es muy rico en facetas: es un reconocido director de cine, es asimismo
guionista, ahora columnista de diarios, pero sigue siendo un buen cuentista, que animó
los años 50 con sus producciones ganadoras de diversos premios literarios. Justamente el
cuento que hemos escogido ofrece sus virtudes: penetración psicológica, y un viaje
simbólico a través de la selva, ámbito que es todavía poco tratado en la narrativa
peruana, y que se presta para imágenes literarias y visuales. Su sólida cultura
literaria y artística enriquecen sus textos.
Obra narrativa: Veinte casas en el cielo (1964), novela; La muralla verde y otras
historias (1971), cuentos; y El amor está cansado (1976), novela.
Glauco Machado (19241952)
En su antología de 1956, Alberto Escobar publica un texto de Julio Fernando Machado
Cabello, nacido en Salaverry, el cual reproducimos ahora, por la dificultad de obtener
otras narraciones, debido a que Glauco Machado publicó sólo en revistas o volúmenes
especiales, y en periódicos. El concepto mismo de Locura y su desarrollo
desenfrenado son un signo de la dedicación de este autor a las honduras psicológicas del
ser humano.
Sebastián Salazar Bondy (Lima,
19241965)
Polígrafo, poeta, narrador, dramaturgo, periodista; ningún otro autor habrá crecido en
su obra como la de éste luego de su muerte. Primero se le reconoció como dramaturgo,
luego como excelente promotor de la cultura nacional, y sólo más tarde se prestó la
debida atención sobre su poesía y su obra narrativa. Ahora es uno de los grandes poetas
y dramaturgos de las décadas de los 40 a los 60, y por fin, un laborioso y refinado
cuentista, quien, lamentablemente, no pudo culminar su novela Alférez Arce, Teniente
Arce... Por otro lado, su ejemplo fue mayúsculo en el cultivo de la prosa culta o
coloquial, según las circunstancias, ejemplo que difundió a través de su larga
trayectoria periodística.
Obra narrativa: Náufragos y sobrevivientes (1954), cuentos; Dios en el cafetín (1958?),
cuentos; Pobre gente de París (1958), novela; y Alférez Arce, Teniente Arce, Capitán
Arce ed. y prol. de Tomás G. Escajadillo (1969).
Eleodoro Vargas Vicuña (Acobamba, Tarma,
1924Lima, 1997)
Escritor singularísimo por su parquedad narrativa, pese al profundo conocimiento que
tenía del campesino indígena. Nadie como él para sintetizar motivos y exaltaciones
emotivas, pero al mismo tiempo cauto, sobrio, a ratos indeciso, otras desbocado. Se le ha
llamado con justicia el poeta del cuento. Empezó con sus brevísimos textos
entre 1950 y 1951, pero su timidez y su ansia de perfección lo llevaron a publicar
solamente Nahuin, en 1953, libro que significó una clarinada para toda su generación,
pues su ejemplo desencadenaría los libros de Congrains, Salazar Bondy, Zavaleta y
Ribeyro. Debido a esa fecha, 1953, en que asimismo Juan Rulfo publicó su primer libro en
México, el cual tardó unos meses en llegar a Lima, cualquier influencia de Rulfo sobre
Vargas Vicuña sólo puede estudiarse hacia adelante, no hacia atrás. Cuentos suyos como
Taita Cristo ofrecieron precisamente una vena propia, local y al mismo tiempo
universal. Su economía verbal y su precisión de adjetivos iban parejas con su
sensibilidad exquisita y su bonhomía.
Zavaleta sostiene que hay una coincidencia de los miembros de origen rural de la
generación del 50 (Meneses, Vargas Vicuña, Sueldo Guevara, Zavaleta, Carrasco) con
Rulfo, debido a la similitud del ambiente rural. La niñez de estos escritores
transcurrió en aldeas pequeñas, semejantes a las de las sierras mexicanas, pobres,
olvidadas y miserables, pues la reacción conjunta y general explica la coincidencia en
ambientes, en estados de ánimo, en la apatía y la fatalidad, visibles asimismo en Vargas
Vicuña y en los otros citados.
Obra narrativa: Nahuin (1953), cuentos; Ñahuín. Narraciones ordinarias 19501975
(1978), prólogo de Wáshington Delgado.
Carlos Thorne (Lima, 1924)
Carlos Thorne, y todavía más, su hermana la poeta Lola, fueron constantes animadores de
las actividades culturales del grupo. Los días fáciles (1959), no indican justamente
eso, sino la apariencia de las cosas, la envoltura de la verdad. Carlos Thorne, abogado y
ensayista, pasó pronto a ocuparse asimismo de temas sociológicos y de crítica
literaria.
Obra narrativa: Los días fáciles (1959), cuentos; Mañana Mao (1974), cuentos; y ¡Viva
la República! (1981), novela.
José Durand (Lima, 19251990)
Su sólido prestigio de historiador no le impidió cultivar la prosa, sobre todo cuando
viajó a Europa y México y conoció directamente tanto a escritores como a ensayistas.
Por ello, tanto en sus investigaciones históricas como en sus pocos cuentos, Durand se
dedicó a encantar al lector con un ritmo y melodía especiales, además de con su
infaltable humor. Pocos saben que él gustaba tanto del cuento que transformó el texto
Talpa, de uno de sus amigos, Juan Rulfo, en el argumento del ballet La manda, estrenado en
México D.F.
Obra narrativa: Ocaso de sirenas (1950), textos variados, poéticos y narrativos; y
Desvariante (1987), cuentos.
Manuel Mejía Valera (Lima,
19251992?)
Dedicado mayormente al estudio de la historia de las ideas en el Perú, Mejía Valera
siempre tuvo ánimos para artículos, ensayos y cuentos donde depuraba su prosa, una y
otra vez, de modo incansable, aspirando a una inexistente perfección. Su admiración por
Borges fue grande y lo imitó a veces. Pero lo esencial en él (y en la generación de los
50), es su afán por la cultura, que va paralela al pulimento de la prosa.
Obra narrativa: La evasión (1954), cuentos; Lienzos de sueño (1959), cuentos; Un cuarto
de conversión (1966), cuentos; El testamento del rey Midas (1982), prosa
poético-narrativa.
Luis León Herrera (Chiclayo, 1925)
Luis Felipe Angell, Sofocleto, y León Herrera son los humoristas que nos
faltaban en la mesa de jóvenes serios. Jamás León Herrera se perdía una lectura
colectiva o una conferencia. Su humor culto y sutil, en textos breves e incisivos, eran un
descanso en el duro trabajo diario. En él se unieron, hasta el día de hoy, la
literatura, la psicología y la filosofía.
Obra narrativa: Animalia y otros relatos (1986), cuentos, con nota de Luis Jaime Cisneros.
José Bonilla Amado (1927)
Este autor, junto con Sofocleto y con Enrique Congrains Martín, se dedicó al
nuevo tema de las barriadas o pueblo jóvenes, en especial al antiguo El Porvenir, donde
por los años 50 se reunía por las noches toda clase de gente, incluso los escritores, a
probar el caldo de gallina que disolvía los estragos de la bohemia. Y además, Bonilla
fue un excelente editor, que publicó la segunda edición de La casa de cartón, en 1958,
y los dos tomos de la antología poetica de Alberto Escobar, en 1965.
Obra narrativa: La calle de las mesas tendidas (1957), cuentos.
Wáshington Delgado (Cusco,1927)
Casi consagrado a la poesía y la crítica literaria más exquisitas y profundas a la vez,
Delgado, excelente poeta, sólo ha publicado un cuento, el que publicamos, ganador en 1979
del premio Copé de ese año. En tal texto apreciamos su regusto por los temas
iridiscentes, que provocan muchos caminos secundarios, y su humor fino y habitual en su
charla. Por otra parte, su Historia de la literatura republicana (1980), se aleja de las
perspectivas usuales, y propone con valentía y sapiencia, una nueva interpretación
estética, guiada por la gradua-lidad de escuelas literarias.
Obra narrativa: Cuento La muerte del doctor Octavio Aguilar, en Premio Copé
de cuentos 1979 (PetroPerú, 1979).
Juan Gonzalo Rose (Tacna,
1928Lima, 1983)
Poeta notable y bohemio creativo, Rose escribió muy pocos cuentos, pero lo hizo en
nuestra principal revista, Letras Peruanas, y participó en actos amistosos o literarios
del grupo, ora en San Marcos, ora en Palermo o el bar Zela.
Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, Ancash,
1928)
Abandonó los estudios de Medicina en 1948, año en que fue publicada por los Juegos
Florales de San Marcos su novela premiada, El cínico. Luego, eligió las letras, y
sucesivamente ha ido entregando al lector libros que para él son experimentos
muchos de ellos logrados, que buscan el avance no sólo de la prosa peruana,
sino de la estructura narrativa, de la atmósfera dramática, y de la incorporación de
grandes temas sociales a la literatura. Su obra es resultado de una profunda reflexión
sobre métodos narrativos, estudiados por él en James Joyce, William Faulkner, y en otros
egregios autores de los siglos XIX y XX.
Obra narrativa principal: Sus primeros once libros de cuentos, entre ellos La batalla, El
Cristo Villenas, Vestido de luto, se reunieron en Cuentos completos, 2 tomos (1997),
completando un centenar de textos, a los que se han sumado los cuentos de Contraste de
figuras (1998) y Abismos sin jardines (1999). Entre sus ocho novelas destacan Los Íngar
(1955), Los aprendices (1974), Retratos turbios (1982), Un joven, una sombra (1993), El
precio de la aurora (1997) y Pálido, pero sereno (1997).
Antonio Gálvez Ronceros
(Chincha, 1932)
Considerado como uno de los cuentistas peruanos de mayor pericia técnica, el crítico
Ricardo González Vigil afirma que Gálvez Ronceros, con Los ermitaños, y más
claramente, en Monólogo desde las tinieblas, efectúa una tarea trascendente:
retratar desde adentro el campesino de la costa, con especial intervención de los negros,
su lenguaje, su sensibilidad, su picardía, su sabiduría. Plasma uno de los mejores
humorismos de nuestras letras. De otro lado, fue uno de los animadores de la importante
revista Narración, siendo fecundo su magisterio para los integrantes jóvenes, en
especial Gregorio Martínez, Augusto Higa e Hildebrando Pérez Huaranca.
Obra narrativa: Los ermitaños (1963), cuentos; Monólogo desde las tinieblas (1975),
cuentos; Historias para reunir a los hombres (1988), cuentos; y Aventuras con el candor
(1989), notas y crónicas.
Tulio Carrasco (Huancavelica, 1933)
Como Congrains y Sueldo Guevara, practicó el neorrealismo y el neoindigenismo
esquemático y a la vez poético. Quizá fue siempre un personaje de Chéjov, estatuario,
silencioso, observador de la tropa que entraba en Palermo.
Obra narrativa: La escalera (1956), cuentos.
Edgardo Rivera Martínez (Jauja, 1935)
Valioso autor, cada vez más aplaudido en el cuento y la novela a nivel latinoamericano.
Es uno de los narradores más exigentes consigo mismo y por ello más conspicuos y
maduros. Su larga trayectoria desde sus primeros cuentos, en 1963, señala logros siempre
en ascenso, donde el estilo, la forma, la estructura, se encajan plausiblemente en el tema
(nacional, regional, o imaginario), y así el lector goza en varios niveles de plenitud.
También es un reconocido novelista y traductor. Cultiva asimismo la autobiografía en
Casa de Jauja (1985).
Obra narrativa principal: Sus siete primeros libros de relatos, entre ellos, El unicornio,
Azurita, Angel de Ocongate, se reunieron en los Cuentos completos (1999). Su novela más
conocida es País de Jauja (1993), además de sus novelas cortas reunidas en Ciudad de
fuego (2000); y por otro lado, se dedica asimismo, y metódicamente, a las traducciones de
distinguidos viajeros como Wiener, Markham, Marcoy y otros.
Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936)
El precoz surgimiento literario de Vargas Llosa, quien fue testigo algo silencioso de la
marcha de los narradores de los 50, se manifestó en su primer cuento, de 1956, que
publicamos aquí, y que fue recogido en su primer libro de narraciones breves, Los Jefes
(Barcelona, 1959). Luego, abandonó este género y pasó a descollarse como uno de los
primeros novelistas peruanos de todos los tiempos. Elegimos El abuelo porque
acá se halla el punto inicial, todavía inmaduro e indeciso, del cual crecerá un
escritor descomunal.
Obra narrativa principal: Los jefes (Barcelona, 1959). Entre sus numerosas y aplaudidas
novelas destacaron, inicialmente también, La ciudad y los perros (1963), La casa verde
(1966), Los cachorros (1967), Conversación en la catedral (1969), y La guerra del fin del
mundo (1981). Los éxitos continúan hasta hoy y desbordan el marco de este libro,
exclusivamente consagrado a los cuentos.
Nota: El segundo volumen de esta
antología se dedicará a los autores sanamrquinos de fechas más recientes. |