LA SEGUNDA CAMAPAÑA RESTAURADORA.
DE GUÍA A YUNGAY
(Continuación)

 

 

21. El significado de Orbegoso

Al alejarse de las costas del Callao, Orbegoso se alejó también y para siempre de la política peruana. Había actuado en ella como jefe provisional del Estado durante cuatro años convulsos.

Orbegoso había significado inicialmente una reacción contra la oligarquía militar gamarrista, un sentido no caudillesco, no militarista, liberal en lo que esta palabra significa fe en la Constitución y en las libertades públicas, inclusive con cierta demagogia. Había sido influenciado más tarde por federalistas del sur (Quiroz, Pío Tristán, etc.) y, en una angustiada situación frente al poder creciente de Salaverry en el norte y frente al inminente regreso de Gamarra por el sur, había tocado las puertas del palacio de Santa Cruz en Chuquisaca pidiendo la alianza y facilitando la intervención. En una tercera etapa, Orbegoso había sido sensible al resentimiento norperuano contra el régimen de Santa Cruz y, aunque mal de su grado, sublevándose contra éste. Una cuarta actitud había significado la transacción con Santa Cruz al entregarle las tropas del Callao; una quinta actitud retornando a la tercera, el retiro a Guayaquil.

Orbegoso nació a la vida política entre el engreimiento del populacho así como nació a la vida física entre el engreimiento de su rango y de su fortuna. Locamente lo aclamó la multitud cuando, escapándose de la prisión que era el palacio de Lima en los primeros días de su gobierno, se asiló en el Callao “tomando los castillos en coche” y cuando regresó a Lima después del 28 de enero de 1834, en que el pueblo solo arrojó al fuerte ejército gamarrista de la capital; también locamente lo aclamó cuando regresó en mayo de ese año, vencedor por segunda vez sin batirse porque ahora los restos de ese ejército gamarrista se le unieron en el abrazo de Maquinguayo. Pero Orbegoso había creído entonces que la popularidad era un usufructo remuneratorio y no un préstamo de confianza, préstamo usurario. Cabe defender su inercia ante el desorden administrativo alegando la inopia del erario; pero no tiene defensa alguna la confianza imprudente que depositó en Salaverry de quien había sido la frase típica de la época: “Háganme coronel y yo me haré lo demás”; Orbegoso lo había hecho general y dueño de fuerzas armadas en Lima, no obstante las reiteradas prevenciones de Castilla y otros militares y políticos. Luego, ¡aquel tratado con Santa Cruz del que resultó renegando en el pronunciamiento de julio de 1838, después de haber sido comparsa en las asambleas de Sicuani y Huaura! ¡ El desarme de la escuadra conociendo que Chile era un peligro! ¡La complacencia o la desidia ante los planes de Freyre para invadir Chile! ¡El repudio del tratado de comercio que él mismo mandó celebrar! ¡La insistencia para mantener a Nieto al frente de la división del ejército del norte que precisamente resultó subversiva! ¡La marcha al encuentro de esa división para, sin saberlo, resultar prisionero de ella, indignándose por la actitud prudente de los generales de Lima y convenciéndose sólo demasiado tarde de que no cabía sino sumarse a un pronunciamiento con el cual en su fuero íntimo no estaba de acuerdo! ¡Las jactancias y desafíos tras de los muros del Callao, mientras la tropa que lo acompañaba estaba con Santa Cruz!

Recapitulando los hechos de la vida pública de Orbegoso, acaso surgen el enojo o la burla. En él la presunción se juntaba a la ligereza, la debilidad a la terquedad y la ingenuidad a la falsía. Quería hacer bien e hizo daños. No era ambicioso y se obstinó en estar al frente del país en 1834 cuando cesó su mandato provisional y en 1838 cuando el norte del Perú se pronunció contra el régimen que él representaba. Era patriota y llamó a Santa Cruz y a los bolivianos. Era honrado y traicionó a Santa Cruz. Era influenciable hasta por las mujeres según relaciones de la época y a todo trance mantuvo el afán de crear un tercer partido entre los chilenos y Santa Cruz, tercería que precisamente él creyó primero inoportuna. Era bueno y odió con todas las fuerzas de su alma a los chilenos —él y Nieto son los precursores de ese peruanismo chilenófobo que estuvo de moda después de la Guerra del Pacífico y que ahora, con el arreglo sobre Tacna y Arica, tiende a desaparecer —y odió asimismo implacablemente y sin treguas ni matices a Gamarra y La Fuente.

El enojo o la burla pueden despuntar. Véase entonces su retrato, no aquel con uniforme lleno de bordados en que aparece con una belleza un poco de galán de cinema su rostro que en realidad fue haciéndose obeso; sino aquel otro retrato lívido, jadeante, torturado, que reflejó, como en un espejo roto, en el fondo de los escritos dispersos e inconclusos con que pretendió justificarse.

La filosofía hindú tiene la creencia en el dharma. Por el dharma cada casta tiene un repertorio de acciones permitidas y obligadas al que es forzoso adaptarse; y cada individuo puede llegar a la perfección dentro del dharma y no puede llegar a ella por ningún otro camino. El santo, el guerrero, hasta el ladrón y la prostituta y aun los dioses mismos tienen su dharma. La transgresión de un dharma acarrea inexorablemente castigos milenarios. “Serás lo que eres y sino no serás nada”, dice un gran occidental que sin saberlo sintetiza esta creencia. Pues bien, he aquí un caso de transgresión de dharma. He aquí en política a un hombre sin condiciones de político. Las más favorables perspectivas tuvieron que serle inocuas. Siempre las circunstancias lo hicieron su juguete. Orbegoso fue un magnífico padre de familia —¡oh, sus patéticas evocaciones a su hogar y su recuerdo constante en sus charlas y en sus escritos a sus once hijos, prendas tiernas de su corazón! Pudo ser también un buen hacendado, uno de esos señorones de Trujillo, ostentosos y vanidosos aunque bonachones. En mala hora fue Presidente.

Y he ahí sus diferencias con Riva-Agüero, aquel otro aristócrata desventurado y descentrado. Riva-Agüero y Orbegoso se parecen: abolengo ilustre, juventud mimada, patriotismo precoz, popularidad inicial, actuación agitada, persecuciones implacables, odio acusador de sus enemigos triunfantes, aislamiento y desengaño finales. Pero en Riva-Agüero había un político nativo y, por ende, ambicioso, una tragedia más honda y patética que frente a Bolívar y a San Martín tiene algo de la tragedia de Satán, el arcángel rebelde frente a Dios.293 


22. “Mañana, Morán, mañana!”

Cuéntase que después de entrar en Lima, Santa Cruz exclamó parodiando una frase napoleónica: “¡Ah, los chilenos! Ya los cogí!” Pero no los cogió. En una calle de Lima, el día de la recepción, dijo a Santa Cruz el general Morán: “Mientras usted está recibiendo los inciensos de todas esas mujeres, déjeme ir con mi división a arrollar a los chilenos antes que lleguen a sus buques; sino ellos se embarcan y nos hacen marchar y contramarchar por la costa todo el tiempo que se les antoje”.

—“Oh!, mañana, Morán, mañana!”, le contestó Santa Cruz.294 

La polvareda del ejército enemigo en su retirada se levantaba, a lo lejos, como una espesa nube.

Más tarde se justificó Santa Cruz diciendo que había tenido graves inconvenientes que superar para llegar a Lima; que estaba en la necesidad de entenderse primero con Orbegoso cuya conducta era de recelar; y que no debía dejar al Callao atrás en situación dudosa. “Cuando el enemigo evacuó la Capital, una columna de su caballería que había quedado en observación en Copacabana, apoyando el embarque de su ejército en Ancón pudo ser alcanzada y batida indudablemente, si el general que marchó a la cabeza de nuestro ejército mientras yo estaba detenido en la ciudad por el arreglo de negocios muy graves, hubiera cumplido con su deber en aquella ocasión. Reuníme al ejército en la noche del 11; y habiendo continuado el movimiento general al otro día, hasta las alturas de Ancón, tan sólo alcanzamos a ver sus últimos buques, ya a la vela y haciendo rumbo al norte; más como le era fácil cambiar de dirección, luego que le perdiésemos de vista, juzgué prudente no prolongar mi línea de operaciones hasta tener un conocimiento seguro de sus planes ulteriores. Todos conocen las ventajas que ofrece el dominio del mar; las cuales se multiplicaban infinito para el enemigo... Sin objeto, pues, en Ancón regresé a la Capital para poner en seguridad todo el territorio que podía ser invadido. El 14 los enemigos desembarcaron en Huacho y durante algunos días del mes de noviembre permanecieron establecidos a las orillas del mar, en disposición de reembarcarse. Mientras yo necesitaba atravesar 40 leguas, divididas en dos desiertos, para alcanzarlos, ellos tenían la facilidad de volver a la Capital antes que yo, sin fatigar sus tropas, siendo así que las tropas debían sufrir mucho en la ida y regreso para defenderla”.

Prudentes razones. Prudente general era, en efecto, Santa Cruz. Quizá en análoga situación, Salaverry no hubiera pensado, tanto. Santa Cruz prefería no las ofensivas audaces y peligrosas sino las batallas desde posiciones estratégicas superiores. Además tenía que habérselas con los soldados chilenos que ya habían triunfado en Matucana. ¿Por qué arriesgar todo en un instante —pensó seguramente este indio cauteloso— si la retirada misma de los chilenos causará sobre ellos funestos efectos morales y materiales? Además, y aunque parece increíble. Santa Cruz estaba seducido aún por la idea de la paz; ella ejercía sobre él los efectos enervantes que sobre el cerebro y el corazón de otros hombres suelen ejercer la mujer o el alcohol. La retirada del enemigo, que era una añagaza estratégica, se le aparecía como una fuga. No se percataba de que la batalla simplemente había sido aplazada hasta buscar mejores posiciones. Creía en la posibilidad de otro Paucarpata.295 


23. El espejismo de la paz. El agente de la Confederación en Londres solicita que, por la fuerza, Inglaterra obligue a Chile a suspender las hostilidades

Cónsul de la Confederación Perú-Boliviana en Londres había sido nombrado don Vicente Pazos. En agosto de 1838 trasmitió éste al Foreign  Office el manifiesto del gobierno de Chile desaprobando el tratado de Paucarpata. Al mismo tiempo manifestó la necesidad de que el gobierno de Su Majestad Británica iniciara una intervención activa para compeler al gobierno chileno a la celebración de la paz. Para ello intentó probar que las hostilidades bélicas, buscadas por Chile, se dirigían directamente contra los capitales y los intereses británicos, ya que, por resolución de 4 de enero de 1838, los ahorros en los gastos del ejército y la marina de la Confederación debían ser dedicados al pago de la deuda externa. La guerra era pues, según Pazos, el único obstáculo para el pago a los acreedores británicos. Para reforzar su actitud se dirigió en el mismo sentido a los tenedores de bonos británicos. 

Las palabras textuales de la petición del agente confederal eran que había “que coactar y obligar a Chile a la cesación de hostilidades”. Palmerston, jefe de la cancillería inglesa, repuso que el gobierno de Su Majestad no pensaba que fuese justificado interponerse por la fuerza a compeler a Chile para que firmase la paz; pero que no cesaría en sus gestiones amigables.296 

Esta maniobra de la política santacrucina en Londres, totalmente ignorada hasta ahora, ofrece una prueba final sobre el pacifismo de aquel gobierno.


24. El espejismo de la paz. Admirable carta de Santa Cruz a O’Higgins

Dos influencias entraron en juego para lograr una última tentativa de paz; la del general chileno O’Higgins y la del agente británico H. B. Wilson.

O’Higgins se dirigió a Santa Cruz el mismo 10, como ciudadano del Perú y de Chile. Santa Cruz le respondió el 11. “No tengo —decíale— ningún estímulo a continuar esta guerra que considero tan funesta a los pueblos de la Confederación como para los de Chile... Contando con estas disposiciones que son invariables, cualesquiera que sean las circunstancias, puede Ud. creerme siempre más dispuesto a hacer la paz que a continuar la guerra. Si yo lograse, además, que el pueblo chileno se persuada de que nunca fui ni soy su enemigo, quedaría más satisfecha mi ambición que con victorias sangrientas”.297 

Carta admirable que, así mismo, convence de la actitud pacífica de Santa Cruz ante los chilenos.


25. El espejismo de la paz. La gestión inglesa

De otro lado se produjo la gestión, o la aceptación para hacer una gestión, del Encargado de Negocios británico. El gabinete de Saint James —según una información del periódico oficial de la Confederación expresamente autorizada por el Protector— había aprobado la firma del tratado de Paucarpata y extrañado la subsecuente reprobación de aquel tratado y la brusca renovación de las hostilidades por parte del gobierno de Chile. La comunicación del Ministro de Relaciones inglés en que expresaba estos sentimientos al Encargado de Negocios en Lima y en que le ordenaba que volviese a mover todos los resortes posibles para poner término a la guerra llegó cuando el ejército chileno se retiraba de Lima. Santa Cruz aceptó la nueva presentación de la mediación y entonces Wilson se dirigió a Huacho en la fragata “El Presidente” con la mira de buscar al ministro chileno Egaña a quien se creía poseedor de amplias instrucciones sobre tratados de paz.298 


26. Las conferencias de Huacho. Dos versiones sobre ella

Wilson llevó a Huacho, además de la credencial de su gobierno para mediar una vez más, la autorización del Protector para ajustar en su nombre el tratado que creyese conveniente. Los chilenos, que aún no habían decidido su plan de campaña definitivo, habían aceptado en principio estas nuevas negociaciones, según Bulnes respondió a O’Higgins.

Sobre las conferencias realizadas en Huacho entre Wilson y Egaña el 13 y el 14 de noviembre de 1838 hay dos versiones: la chilena y la santacrucina. En el Archivo de Límites peruano no queda documento alguno referente a dichas conferencias.

Según la versión chilena, Wilson propuso en primer lugar que Chile y la Confederación se comprometieran a igualar sus fuerzas marítimas y terrestres debiendo en lo sucesivo aumentarlas o disminuirlas de común acuerdo; y que Chile se obligara a no establecer en sus aduanas el sistema de los derechos diferenciales.299 Egaña rechazó ambas propuestas considerándolas extrañas a la cuestión de la guerra. Wilson propuso una nueva entrevista para el día siguiente y en ella Egaña planteó una nueva fórmula: que Santa Cruz se retirara con todo su ejército al otro lado del Desaguadero, debiendo el ejército chileno retirarse también a su país; y que el pueblo peruano, gobernado por las autoridades emanadas de la Constitución de 1834, nombrase diputados que reunidos en Congreso deliberasen y resolviesen sobre la suerte futura del país.300 Wilson replicó que Santa Cruz se allanaría al retiro de los ejércitos, debiéndose elegir dentro del orden de cosas vigente una Asamblea para el sur y otra para el norte, para determinar la subsistencia o disolución de la Confederación. Egaña se negó a esto, frustrándose así las conferencias.

La versión santacrucina omite las proposiciones iniciales de Wilson y dice que el Encargado de Negocios británico propuso “que los ejércitos beligerantes evacuasen desde luego el territorio peruano, para que libres de toda influencia extraña, se reuniesen los Congresos de los tres Estados y se pronunciasen por la disolución o la continuación de la Confederación; y que las dos partes contratantes se comprometiesen a respetar el resultado de las deliberaciones de los Congresos”. Hasta aquí hay más o menos concordancia entre ambas versiones. Pero viene luego una radical discrepancia. “Contestó —dice Santa Cruz en su manifiesto— el ministro de Chile de modo explícito y terminante, que se disolviese de hecho la Confederación Perú-Boliviana y que se obligase al Perú a no tener jamás una fuerza marítima igual a la de Chile, para que éste conservase su prepotencia naval en razón de estar llamado a ser el primer Estado marítimo del Pacífico; se negó, asimismo, a renunciar a la pretensión de establecer más adelante el principio de derechos diferenciales en materia de comercio”.301 

Cualquiera que sea la verdad, se ve aquí, una vez más, el propósito de Santa Cruz de mantener la división entre el Sur y el Norte del Perú de acuerdo con su viejo pensamiento político: programa máximo, la Confederación; programa mínimo, división del Perú para obtener así una seguridad para Bolivia.

Una proposición análoga a la rechazada por Egaña en Huacho llevó el 20 de noviembre al cuartel general de Gamarra el ministro Lazo. Oculto en Lima, así como el vocal don José Marurí de la Cuba, consejero de Gamarra desde los lejanos días de 1829, el gobierno les expidió desdeñosamente pasaportes para Huacho manifestando que “al presidente intruso le harán falta su ministro y su consejero privado”. Desde el “Arequipeño” y sin desembarcar despachó el mismo Lazo en el Callao la respuesta negativa.302 


27. Plan de campaña del Ejército Restaurador

La guerra, pues, siguió. En Huacho, lugar de arribada del Ejército Restaurador, un consejo de guerra compuesto por las mismas personas que habían tomado parte en el anterior realizado en Lima, convino en que era urgente retirarse de aquel puerto y de la zona de la costa por su mal clima y escasez de elementos. Los enfermos debían ir a Trujillo y Piura, lo mismo que las tropas peruanas que estaban adiestrándose; el resto del ejército debía ocupar los pueblos que forman el Callejón de Huaylas, donde al clima sano se juntaban la abundancia de pastos y recursos y la facilidad para encontrar posiciones ventajosas. Creían los jefes del Ejército Restaurador que Santa Cruz ocuparía la línea de Chancay a Jauja y que establecería en este lugar su cuartel de invierno reforzando sus fuerzas y esperando los movimientos de aquel ejército. Dentro de esta creencia, el refuerzo de dos mil hombres y trescientos a cuatrocientos caballos que iba a mandar Chile a fines de febrero debía marchar a Arica donde se les juntarían tres mil peruanos que iban a organizarse en el departamento de La Libertad. Así, con este ejército operando en el sur, Santa Cruz tendría que desmembrar sus fuerzas de Jauja. En el caso de que en el sur del Perú o en Bolivia ocurriesen pronunciamientos contra el Protector, la división expedicionaria debía caer rápidamente sobre las tropas que en aquellos lugares mandaban los generales Cerdeña y Braun y en caso de que los habitantes mostrasen indolencia o tibieza, la división después de aparentar una campaña sobre Bolivia, debía reembarcarse, desembarcar luego en un puerto al sur de Lima y dirigirse, por último, a hostilizar por retaguardia al ejército confederal en Jauja mientras el Ejército Restaurador, partiendo de Huaraz, lo atacaba de frente. Calculábase que estas operaciones podrían verificarse en abril de 1839.303 

Este plan comenzó a practicarse en su parte inicial. El Ejército Restaurador inició su retirada a Huaylas el 16 de noviembre. Comandante de las tropas peruanas que debían organizarse fue nombrado el general Raygada; La Fuente conservaba la vigilancia bajo el título de jefe superior del departamento de La Libertad. Comandante general de vanguardia fue nombrado el general Vidal, guarneciendo la costa con una pequeña fuerza y encargado de hacer correrías hasta las inmediaciones de Lima.


28. Plan de campaña de Santa Cruz

Retirados los chilenos hacia Huaraz, Santa Cruz se propuso establecer su ejército entre la línea de Chancay y Pasco. “Aquel plan —dice él mismo— ofrecía varías ventajas cuales eran colocar mejor nuestras tropas bajo todos respectos, facilitar su aumento con refuerzos del centro, dar tiempo a que se complementasen nuestros armamentos marítimos para poder luchar con alguna igualdad en el mar y dar lugar a que el enemigo se debilitase en su permanencia durante la estación lluviosa, en climas malsanos a la vez que se granjease más y más el odio de los pueblos que vejaba y oprimía. Aunque el ejército invasor reemplazara sus bajas con los reclutas que hacían Gamarra y La Fuente en las provincias del norte y con los refuerzos que se preparaban en Chile, siempre me habría encontrado yo en ventajosa situación al abrir la campaña, sea que marchase en su busca o le aguardase; mas el clamor de la capital, el interés que me inspiraba la suerte de las provincias que gemían bajo tan odioso yugo, el ardimiento del ejército, las sugestiones de amigos respetables y la necesidad que tenía de acudir pronto a Bolivia en donde la facción revolucionaria, protegida por el ministro de Chile, comenzaba a dar cuidados al gobierno, todo me forzó a abandonar mi primer plan, a sacrificar mi propia opinión”.304 

De estas razones, las que seguramente lo decidieron en realidad fueron las noticias alarmantes de Bolivia sobre un pronunciamiento inminente de Ballivián y el consejo de algunos amigos.305 

Pero antes de dedicarse por entero a la guerra, Santa Cruz tuvo todavía oportunidad de dictar algunas providencias como gobernante del Perú.


29. Decretos confederales. Significativa convocatoria a elecciones. Curiosa actitud de los canónigos de Lima

Desde el Palacio de Lima, Santa Cruz y Riva-Agüero presidente del Estado Norperuano, declararon nulos los decretos, providencias y medidas administrativas dadas desde el 30 de julio; las transacciones entre particulares o de los particulares con los gobiernos existentes serían respetadas; los Códigos Civil, Penal y de Procedimientos quedarían en suspenso hasta que el cuerpo legislativo, a cuyo examen serían sometidos, sancionara los que juzgase conveniente (16 de noviembre). Los emigrados que habiéndose asociado a la invasión chilena se presentasen al gobierno serían admitidos a vivir en el país bajo la garantía de las leyes relegándose al olvido su conducta anterior; esto se hacía extensivo a los enrolados con el ejército enemigo; los que habiendo contraído compromisos con el ejército invasor estuviesen ocultos en el país debían presentarse a la Prefectura en un término expreso (16 de noviembre). Todo magistrado o funcionario público firmante del acta de elección de 24 de agosto para colocar a don Agustín Gamarra en la presidencia quedó separado de su destino y borrado de la lista respectiva, salvo los que manifestaran la causa irresistible de un procedimiento contrario al orden legal (15 de noviembre).

Un Congreso nacional extraordinario en Bolivia, otro en el Estado Surperuano y otro en el Estado Norperuano fueron convocados. En Bolivia actuarían los congresales ya electos; los del Perú serían elegidos conforme a la carta del 34. Quince días después de la guerra con Chile comenzarían las elecciones. Los Congresos de los tres Estados se reunirían precisamente 75 días después de terminada esta guerra en La Paz, Cuzco y Lima, respectivamente. No habría para entonces tropa armada a menos distancia que cuarenta leguas de las tres ciudades predichas. Dichos Congresos determinarían si la Confederación debía subsistir o disolverse. La resolución negativa de uno de los Congresos sería bastante para disolver la Confederación. Los Congresos que resolvieren la continuación de la Confederación elegirían, mientras se hiciera la elección legal, la persona que debía ejercer el mando supremo de ella; y la persona que debía encargarse del Poder Ejecutivo del Estado respectivo, aun en el caso de que opinaran contra la Confederación. Un Congreso general de los Estados que optasen por ella se reuniría en Arequipa (22 de diciembre).

(Este decreto ha sido llamado “el testamento político de Santa Cruz”. El pensamiento que lo inspira es evidente. La victoria robustecería al santacrucismo en el Perú y podría, con relativa facilidad, refrendar, como habían hecho otros Congresos, la decisión emanada de los campos de batalla. En último caso, si obstáculos considerables impedían la perduración del vínculo unitivo, el sur podía separarse del norte).

Con motivo del decreto sobre destitución de los funcionarios coludidos con el gobierno de Gamarra ocurrió algo muy típico con el Cabildo de Lima. El deán y los miembros de este Cabildo habían aparecido en El Peruano como concurrentes a la reunión que dio lugar a la elección de Gamarra y como firmantes del acta respectiva. Al producirse el aludido decreto de Santa Cruz declararon no haber suscrito ni asistido a dicha reunión; y que si no reclamaron fue porque no leyeron los papeles públicos en que salieron sus nombres, y aun cuando los hubiesen leído, no podían en aquel tiempo reclamar sin exponerse a graves peligros y compromisos; y que si posteriormente no lo habían hecho no era porque apeteciesen figurar en aquella acta sino porque habían creído que cuando llegase el caso se saldría de dudas por el único medio legal que era el reconocimiento de las firmas en el acta original.306 

En Lima quedó escondido, mientras estuvo Santa Cruz, don Andrés Martínez, cuya pluma en el Perú y en Chile había herido tanto a Bolivia, a la Confederación y a su caudillo. Perteneciente al manípulo separado de los restauradores antes de Guía, Martínez había continuado alejado de ellos sin intervenir tampoco a favor de Orbegoso ni de Santa Cruz, mientras su amigo Pardo emprendía el camino de regreso a Chile y su amigo Vivanco volvía a incorporarse al Ejército Restaurador donde procuróse no darle puestos de relieve.


30. Los corsarios contra la escuadra chilena. Correrías de los corsarios

Para contrarrestar la superioridad marítima chilena, Santa Cruz había pensado primero traer barcos de Europa. Pero, por lo pronto, facilitó todos los elementos para la organización de corsarios, ofreciéndoles premios según las presas que hicieran. Juan Blanchet, francés, fue el jefe de la empresa; Félix Remy, también francés, el armador y otros más como capitalistas. Fueron armadas la fragata “Edmonr”, la goleta “Smack” y la goleta “Perú”. Habiéndose presentado la escuadrilla chilena al Callao, los corsarios acompañados de las naves pequeñas del puerto la hicieron huir (23 de noviembre de 1838). En Supe, pocos días después apresaron al bergantín “Arequipeño” cuyo comandante huyó a tierra, rindiéndose la tripulación (27 de noviembre). Reforzados luego con la “Mejicana”, los corsarios, sin embargo, se encontraron con los barcos chilenos “Confederación”, “Santa Cruz” y “Valparaíso” al mando de Simpson, en Casma. Del combate de Casma resultó la muerte de Blanchet, la captura del “Arequipeño” por los chilenos y la fuga de los corsarios. Hubieran éstos regresado, al mando del teniente francés Cochon, escapado del bergantín de guerra “Venus” de esa nacionalidad; pero este barco marchó en persecución de Cochon y ante la negativa de los corsarios para entregarlo, los hizo regresar al Callao, salvándose Cochon por haberse escapado al llegar a este puerto.

La noticia de la pérdida de los corsarios llegó a Santa Cruz cuando se preparaban los momentos decisivos de la campaña.307 


31. El Ejército Restaurador en Huaraz

Brevemente ha de resumirse, por la índole de esta obra, los hechos que constituyeron la campaña final. En primer lugar, la marcha casi tranquila del Ejército Restaurador al Callejón de Huaylas. El principal y en realidad único enemigo con quien tuvo que luchar en esos días fue la naturaleza, pues apenas si destacamentos aislados tuvieron algunos tiroteos. “El ejército ha sufrido —dice Plasencia en su Diario Militar— las privaciones y fatigas que son consiguientes a una marcha dilatada por pueblos reducidos, sin recursos y por caminos fragosos. La mayor parte de nuestros jefes, oficiales y tropa han sentido la influencia eficaz del antimonio al subir la cuesta de Marca y afectados de fuertes dolores de cabeza y de náuseas continuas, han padecido por largo tiempo de la molesta sofocación que producen los gases mineralógicos. Algunos soldados y animales han muerto arrojando sangre por la boca. A este trastorno general de la naturaleza se agrega el rigor del frío cuya intensidad no es posible eludir con solo el abrigo de vestuarios de brin y muchos sencillos de que usan la mayor parte de nuestros batallones; debiéndose atribuir las enfermedades que padecen más a la falta de ropa que a la insalubridad del clima”.308 Además —como Gamarra confesaba a Bulnes— el ejército iba “derramando” soldados desde Huacho.309
 
Gamarra se dirigió a Trujillo a principios de diciembre para impulsar la organización del ejército peruano y la reunión de recursos; ya La Fuente había organizado un batallón y un regimiento.

Sabedor de tal avance del ejército santacrucino, Vidal hizo una errónea retirada, de Pativilca a Huarmey y luego a Nepeña, dejando descubierta a la división restauradora que al mando de Torrico estaba en Chiquian. Gamarra calificó francamente su conducta juzgando que en ella había habido “un poco de miedo” aunque no era el momento de tomar medidas estrepitosas.310 

El avance santacrucino hacia Chiquian sorprendió a Torrico. Una pequeña columna que envió de observación se batió con denuedo en el puente de Llaclla bajo el comando del alférez araucano Juan Colipi. Torrico se replegó a Recuay después de algunos tiroteos. El momento decisivo se iba acercando.

32. Significado de la acción de Gamarra, Castilla y La Fuente en el suministro de hombres y recursos

La campaña de 1838 es una excepción dentro de las campañas militares posteriores a la Independencia. En ella se empleó efectivamente la estrategia y se procuró evitar el desorden, la impericia, el atropellamiento de otras veces.

En lo que respecta a la inteligencia conductora de los movimientos del Ejército Restaurador, los historiadores chilenos han reivindicado el papel predominante y exclusivo de Bulnes, reconociendo, a lo sumo, la capacidad para el estudio del terreno que tenía el coronel Plasencia, consultor de aquel ejército, y la eficacia que para reunir soldados y recursos y adiestrar reclutas demostraron Gamarra y Castilla. Paz Soldán, en cambio, todo lo atribuye a la acción de Gamarra.

No se trata de dejarse llevar por el celo patriótico y, a fuer de peruanos, exaltar de todos modos el significado de Gamarra, de Castilla y aun de La Fuente. Sería incurrir en todos los errores de la historia forense, en que el historiador es abogado que ante la Posteridad defiende una causa y en todos los prejuicios de la historia apologética en que el historiador procura hacer una epopeya en prosa. La historia verdadera es la que tiene la preocupación por la justicia por encima de la preocupación de la Patria misma.

La correspondencia entre Bulnes y Gamarra da, evidentemente, la clave definitiva sobre su rol respectivo en los acontecimientos que culminaren en la batalla de Yungay.

La labor de organización de cuerpos de ejército y suministro de recursos realizada en el norte por Gamarra y La Fuente y de Castilla —este último en los primeros momentos pues luego se le mandó al cuartel general, es indudable. El norte había sido ajeno a las desoladoras campañas de 1834, 1835, 1836 y 1837 que habían esquilmado al sur; y aquellos jefes eran magníficos para el caso, como lo comprobaba su actuación desde la Independencia. Cartuchos de fusil, municiones, bestias de carga, herraduras, monturas, botiquines, dinero, zapatos, etc., fueron remitidos por Gamarra, Castilla y La Fuente al cuartel general. Por ellos, además, el Ejército Restaurador pudo contar con 6000 hombres en la batalla final.


33. Gamarra impide que los restauradores salgan del valle de Santa y del departamento de Huaylas y que se retiren a Corongo

Pero esto no fue todo. Gamarra vigilaba los movimientos del enemigo. Si no venía por Chancay el grueso de su ejército nada había que temer. Un avance que realizó Bermúdez al frente de una división no tenía al parecer otro objeto que quitar recursos al Ejército Restaurador y si se mostrara atrevido, sería para colocarse a la cabeza de Recuay, disputarle la cuesta de Macas e impedirle la entrada a Huaraz. Contra esa posibilidad —escribía Gamarra a Bulnes desde Pativilca— no había sino un recurso: tomar primero Huaraz que, por otra parte, estaba amenazado por los montoneros. Para ello había que hacer que la caballería continuara su marcha a ese lugar apoyada en la retaguardia por dos batallones y precedida por tres que debían tomarlo. Torrico también apoyaría este movimiento. Todo esto en caso de que no hubiese peligro desde Chancay. Siempre en esta suposición, Vidal debía colocarse en Supe donde estaría seguro y desde allí podría unirse al grueso si se intentaba cortarlo. Pero si había peligro por Chancay debían adoptarse las siguientes medidas: desembarcar 400 peruanos escogidos con el coronel Frisancho, organizar con estos un batallón y otro al mando de Laiseca con los restos de Cazadores y Legión y desembarcar también a los Húsares, pues por eso pidió a Bulnes que la escuadra fondeara en Supe.311 

Bulnes temía un avance del enemigo por Conchucos que significara un corte del Ejército Restaurador. Gamarra le objetaba que si el enemigo entraba en Conchucos no los cortaba, pues ellos tenían el mar y sus mismas orillas que conducían directamente al cuartel general de Casma y Santa. El coronel Frisancho que había venido de Huamachuco podía replegarse a Trujillo desde donde podría unírsele por mar. Si aún esto no podía hacerse él, Gamarra, obraría sobre el sur apoyado por la caballería.

Oportunamente, Bulnes dispuso —según dice el Diario Militar de Plasencia— que se levantase el croquis de toda la quebrada de Huaylas “y se procediese a tomar las noticias descriptivas que fuesen necesarias a designar las líneas territoriales y de maniobra que pudiese adoptar el ejército enemigo y el nuestro, como igualmente a marcar los puntos estratégicos en que se pudiese esperar por medio de una vigorosa defensiva”; también se redobló la vigilancia. Bulnes posteriormente consultó al general Cruz y al coronel Plasencia dónde convenía dar la batalla y Plasencia emitió un informe. De él resultaba que —escribía Bulnes a Gamarra— Recuay era inconveniente para esperar al enemigo, pues la magnífica llanura que tiene carecía de pasto y el enemigo podía retardar la batalla causando grave daño a la caballería. Santa Cruz, además, podía cortar las comunicaciones con el norte; convenía atraerlo más lejos. Por eso se había escogido la retirada que tenía muchas ventajas.312 Bulnes pretendía salir del valle donde se encontraba y dirigirse a Corongo para reunir allí todas las fuerzas.313 Gamarra se inquietó con esto: en Corongo no había forrajes para 2000 cabalgaduras ni alimentos para todo el ejército. Entonces el enemigo no los atacaría, dejándoles tiempo para perecer u obligándolos a atacarlo en sus posiciones. En cambio, permaneciendo en el valle era el enemigo quien quedaba cortado. “Puesto al oriente de la cordillera, queda entre ésta, nuestro ejército y las montañas y sin comunicación con la costa, haciendo siempre vida de vivac y en estado de perder Tarma y Jauja”. Decía, sin embargo, que no quería variar el plan de campaña a destiempo, que cumpliría las disposiciones impartidas pero hacía ver los trabajos que tendrían si se abandonaba el valle de Huaraz por falta de víveres.314

Sólo después del 1° de enero los buscaría el enemigo —decía Gamarra a Bulnes— dándoles tiempo para prepararse. Al encontrarse ya podrían presentarle al frente 6000 hombres. Convenía en estas circunstancias salirle al encuentro a vanguardia de una llanura y no hacer desmoralizadores movimientos retrógrados. Sólo en forma complementaria pensaba Gamarra obrar sobre Lima. Estaba preparando dos escuadrones y ellos apoyados por la escuadra más 300 infantes traídos desde Piura por Iguaín y la caballería de Vidal entrarían en Lima para, al menos, uniformar la opinión y abrir brecha en la retaguardia del enemigo.315 

Corongo queda fuera del valle de Santa. Más al interior de Huaraz donde estaba el Ejército Restaurador se hallan Carhuaz, Caraz, Huaylas, Yuramarca, Pampas, y, más lejos todavía, Corongo. Plasencia marchó a recorrer la línea entre Carhuaz y Corongo para buscar una posición defensiva en que pudiesen jugar con éxito las tres armas, principalmente la caballería, conservándose la línea de comunicación con Santa y Libertad y conciliándose con estas ventajas la obtención de recursos y forrajes.

“El 23 —dice el mismo— dio parte el coronel Plasencia al general Jefe del Estado Mayor de haber reconocido a vanguardia de Caraz, una posición que llenaba las intenciones del general en jefe y que con muy poco trabajo se pondría en estado de defensa. Esta consistía en una llanura de una legua de extensión en cuyo recinto estaba situada la casa conocida con el nombre de San Miguel... S. E. el Presidente ha hecho al general en jefe justas observaciones sobre los inconvenientes que se presentan en el caso que se repliegue el ejército a Corongo aprobando únicamente la concentración en Caraz en la posición que queda descrita y que había reconocido en su tránsito para Trujillo”.316 Así pudo prepararse el Ejército Restaurador tranquilamente, cortando puentes, comunicaciones, recursos, según su conveniencia.


34. Previsiones de Gamarra para los casos de triunfo y de derrota

El 29 de diciembre anunció Gamarra a La Fuente que había conseguido que el ejército no se moviera del departamento de Huaylas donde esperaba batirse y vencer.

Había dos alternativas que Gamarra preveía. Si Santa Cruz les daba batalla después de haberles dejado juntar 6000 hombres, “sea en hora buena pues antes de 15 días estaremos fuera del parto”, decía a La Fuente. En la batalla se podía ganar o perder. Si ganaban los restauradores, los escuadrones de que disponía La Fuente debían hacer un rápido movimiento sobre Lima para impedir la reunión del enemigo y la acción de las guarniciones de Lima y Callao, así como para recoger a los dispersos y apoyar al ejército que marchará sobre Jauja. Si eran vencidos esos mismos escuadrones protegerían a los dispersos que serían embarcados si eran de infantería y reunidos para después pasar el Santa y permanecer allí hasta nuevas órdenes si eran de caballería. Y los que tomaran el camino de Huamachuco se reunirían en Mollepata hasta ponerse en contacto con las tropas que La Fuente estaba formando. Reunidos todos en este punto se determinaría si se resistía en Cajamarca, Chachapoyas, etc. Si Santa Cruz sólo pretendía maniobrar y hostilizar parcialmente por el frente y flancos, entonces convenía incursionar por la costa pero de modo audaz, rápido “como el rayo”. Iguaín bajo la protección de la escuadra debía principar este paso atrevido; varios cuerpos de ejército lo seguirían; de suerte que pudiera haber 1300 hombres a retaguardia de “Jetis”. “Entonces el enemigo se volverá loco”.317 

Bulnes en su correspondencia con Gamarra se ocupa sobre todo de urgir el envío de tropas, piezas de artillería, municiones, bagajes, víveres: estos últimos debían ser depositados también en lugares señalados. También le pide que nombre oficiales de confianza para puestos delicados como la jefatura de vanguardia. “Sobre toda la presencia de Ud. mi querido general la creo indispensable como se lo he insinuado en otras ocasiones”.318 


35. Apreciaciones de resumen sobre la campaña

En resumen, pues, cabe llegar a algunas conclusiones sobre la campaña de Yungay. Gamarra y La Fuente tuvieron tiempo de reunir, organizar y suministrar al Ejército Restaurador, hombres, dinero y recursos. Gamarra prestó una ayuda esencial con su consejo de que no salieran del departamento de Huaylas. Plasencia fue también muy útil para el reconocimiento y elección de posiciones. Castilla fue jefe activísimo y muy apreciado por Bulnes; la batalla había de darle el relieve singular que no alcanzó en la campaña misma.

Esto no implica negar el aporte chileno. Era natural que el pensamiento directivo de la campaña fuera de los peruanos o de jefes que, como Plasencia eran peruanos de adopción. Conocían el territorio, sus recursos, sus habitantes, las características propias de la guerra en este país y en aquella región. Lo contrario hubiera ocurrido si jefes y tropas peruanas hubiesen ido a combatir en Chile. El principal mérito de Bulnes fue reconocer esto. Si Bulnes tiene un sentido celoso y detallista de su jerarquía y de su posición se habría introducido la discordia en el campo restaurador. Bulnes, a diferencia de Blanco Encalada, era soldado práctico, animoso, resuelto, pero ni terco ni vano. Además, Gamarra era muy astuto y diestro. Vivanco, en cambio, puesto a la cabeza de los peruanos habría creado rápidamente susceptibilidades y resistencias entre los chilenos con sus meticulosidades. Gamarra era sagaz en el consejo y sagaz en la acción. La Fuente, por ejemplo, pretendía que la escuadra quedara a sus órdenes. Gamarra le respondía que era asunto muy difícil: “yo no la he tenido hasta ahora ni siquiera el parque. En este orden Ud. sabe lo que son estos caballeros”. Se intentaba avanzar por la costa; La Fuente debía acompañar el movimiento de la caballería simplemente llevando infantería a bordo luego de haber pedido permiso a Garrido u otro jefe chileno”.319 

El aporte chileno fue también decisivo en lo que respecta a su ejército. Por él pudieron organizarse tropas peruanas en la costa; y aun si ellas hubiesen logrado organizarse independientemente habrían caído derrotadas por los veteranos de Santa Cruz. En Matucana, en Llata ya habían mostrado los chilenos su valor y su disciplina. Magníficos soldados, evidentemente. A tanta distancia de sus patrios lares y en un territorio tan distinto al que ellos conocían, sin el señuelo de la conquista y sin el penacho de un caudillo, lucharon con denuedo y con disciplina.


36. Buin

De acuerdo con el plan de retirarse a la vista del enemigo, aparentando evitar la batalla, los restauradores desocuparon Huaraz el mismo día que fue ocupado por los confederales (5 de enero). Lo mismo iba a ocurrir en Carhuaz, pero el Protector precipitó su avance. En el puente de Buin se produjo un choque, en plena lluvia. El general confederal Guarda quedó herido. Se ha dicho que Santa Cruz pudo ser más tesonero y ardoroso en el ataque al puente y aun coger por retaguardia a Bulnes haciendo que sus soldados vadearan el río por la derecha o la izquierda. Habiendo sabido Morán por los indios del lugar que gran parte del ejército enemigo estaba echado detrás de un cerro inmediato sin poder continuar la marcha por estar los soldados despeados corrió a la tienda de Santa Cruz. Lo encontró durmiendo, lo despertó, le instó a pasar la quebrada y apresar al enemigo. Santa Cruz le repitió lo que le había contestado en Lima: “Mañana, Morán, mañana”.320 Refiriéndose a este choque dice Santa Cruz: “una copiosa lluvia y la herida del denodado general Guarda que mandaba la vanguardia contuvieron el ímpetu de nuestras tropas, dando lugar a que el puente de Buin fuese cortado y nos impidieron aprovecharnos de las ventajas que habíamos empezado a obtener”.


37. Avance de Santa Cruz a Yungay

Gamarra convocó entonces una junta de guerra (12 de enero) y en ella expuso que en vista de que Santa Cruz no los buscaba y tal vez se acantonaría en Carhuaz no era oportuno ni conveniente permanecer por más tiempo en la misma irresolución porque el ejército se minoraba diariamente por las enfermedades y porque dentro de pocos días le faltarían los víveres y forrajes para mantener las tropas y los caballos; que el plan que se había propuesto el jefe había sido cumplido en su parte principal que era atraer al enemigo. Se acordó el ataque mediante el paso del puente de Caraz.321 Pero al día siguiente Santa Cruz ocupó Yungay y sus avanzadas llegaron a Punyán. El 15 pasó sin movimiento alguno, esperando los restauradores la embestida de Santa Cruz. A las 5 de la tarde se presentó al campo restaurador un parlamentario solicitando en nombre de Santa Cruz una entrevista con Bulnes; pero fue rechazado.

El 16 el propio Santa Cruz avanzó con su Estado Mayor a reconocer el atrincheramiento de los restauradores; y parece que se convenció de que era inexpugnable. “Los tengo bien agarrados” había dicho en una carta a Pío Tristán después de Buin; pero ahora quizá ya comprendía que en la puerta del horno se le estaba quemando el pan.

“Viendo yo —dice Santa Cruz— que había alguna deserción en las tropas peruanas y que nuestra fuerza había disminuido considerablemente en la marcha hasta Yungay, detuve mis operaciones no teniendo por conveniente forzar las posiciones de San Miguel en que se hallaba colocado el ejército enemigo que ya contaba más de una tercera parte de fuerza más que el mío”.

Santa Cruz empezó a cortar la reunión de recursos para los restauradores, bloqueándoles. Faltábales ya a éstos ganado para su manutención. Además, podía dar órdenes para que se le reunieran otras divisiones de ejército. Fue por eso que en junta de guerra celebrada en la tarde del 17 los dirigentes del Ejército Restaurador acordaron el ataque al ejército de la Confederación. El 9 se impartieron órdenes a los jefes de los cuerpos para que limpiasen el armamento y estuviesen prontos para marchar a las tres de la mañana del día siguiente en busca del enemigo. Fueron tomadas otras providencias necesarias y esa noche fue pasada en una agitación continua.


38. Situación de los ejércitos contendores antes de la batalla

Al decidir el ataque el Ejército Restaurador perdía sus magníficas posiciones defensivas. Si el plan primitivo de sus directores en Huacho había sido frustrado porque Santa Cruz burlando sus previsiones avanzó en su busca, ahora quedaba anulado el otro plan consistente en la espera desde posiciones ventajosas. Pero este sacrificio teórico quedaba compensado por los peligros que entrañaba el parapetarse indefinidamente tras de las trincheras de San Miguel. El hambre y la miseria rondaban ya las tiendas de campaña levantadas tras de ellas. Y el ataque cogía al ejército santacrucino agotado y vacilante. Las marchas forzadas a través de cien leguas, en tiempo de aguas, por una región talada, habían ejercido su natural efecto. Entre enfermos, cansados y rezagados había en ese ejército más de 1300 hombres.

Las cifras a que alcanzaron ambos beligerantes en la batalla es variada según la naturaleza de las fuentes. Santa Cruz dice que su ejército no tenía más de 4052 hombres al paso que el chileno habiendo reunido sus depósitos, las altas de sus hospitales y dos batallones llegados del norte tenía cerca de 6000 hombres. Los documentos oficiales del bando restaurador calculan 6000 hombres en el ejército de Santa Cruz y 6000 en el restaurador.

En lo que respecta a los jefes, el ejército confederal tenía en el comando supremo al Protector. “Santa Cruz era un excelente administrador —dice el general O’Connor en sus Memorias— y se puede asegurar que con un primer magistrado como él, cualquier forma de gobierno marcharía al progreso. Conozco que esto es verdad. A ello me atengo y me basta”. Era proverbial que cuando llegaba a una ciudad o departamento, averiguaba todo y le preocupaban no sólo el orden burocrático sino la disfunción de la enseñanza, de la vacuna, etc. Era, así mismo, proverbial, su incansable laboriosidad. También tenían valor considerable sus dotes de diplomático y de político. Como general en jefe era un magnífico comisario; cuidaba con escrúpulo de que nada faltase al soldado en cuanto a alimentación, vestuario, pago exacto, disciplina y moralidad. Pero llegaba a lo inferior cuando tenía que disponer del ejército frente al enemigo. La campaña de intermedios, en la guerra de la Independencia, llamada “la campaña del talón”, que él dirigiera por parte de los patriotas, fue un desastre para éstos. En el triunfo de Yanacocha influyeron decisivamente la mejor organización y el mayor número del ejército boliviano en relación con el de Gamarra. En Socabaya el comando estuvo virtualmente en O’Connor y en Brown; y Santa Cruz intentó hacer creer que había dado órdenes al primero de estos generales. El eficaz apoyo del paisanaje, la obtención de mejores posiciones mediante el conocimiento mejor del territorio y la superioridad numérica fueron también factores colaborantes en Socabaya así como, dos años más tarde, en Paucarpata.322 

Tales factores no existían en la campaña de 1838, hecha un poco a tontas y a locas ante la amenaza de los pronunciamientos y de las defecciones de los áulicos y secuaces anteriormente serviles e incondicionales; persecución al ejército chileno que si tenía esta explicación política, militarmente sólo hubiera sido explicable en caso de una notoria superioridad de los confederales. De otro lado, la compensación habría estado en la eficiencia de los generales acompañantes de Santa Cruz en esta campaña.

Entre estos jefes el más valiente era Morán; pero sus condiciones eran más para comandar un batallón o una división que para dirigir una campaña. Urdininea había sido traído por sospechoso. Los demás jefes eran medianos: Bermúdez, Herrera, Armaza, Quiroz, Guilarte. Entre los que Santa Cruz había dejado tras sí, Cerdeña que se había quedado en Arequipa ante la posibilidad de un reembarco de los restauradores y de una nueva expedición al sur era elemento magnífico e hizo falta en Yungay; Otero había dado motivos para desconfiar de él por la derrota de Matucana; Pardo de Zela no tenía relieve; Riva-Agüero no era militar genuino; Brown permanecía, aunque sin mando, en Bolivia, lo mismo que O’Connor. Este hubiera sido un excelente auxiliar en la campaña porque había recorrido aquellos lugares del norte del Perú en la campaña libertadora y había, como jefe de Estado Mayor del ejército patriota, levantado el plano de la región de orden de Bolívar; habría sido para Santa Cruz lo que Plasencia para Bulnes y Gamarra.

Los jefes de menor graduación y los oficiales de Santa Cruz eran excelentes. Se creía que en este ejército la caballería era inferior a la infantería; aunque en la batalla, según la versión oficial santacrucina, aquélla se portó mejor. En cuanto a recursos y movilidad disponían sólo de los medios terrestres. De otro lado, la moral del ejército estaba relajada. Buen número de jefes y oficiales habían brindado en Tarma “por la caída del tirano”; varios jefes distinguidos mostraban cansancio; se dijo mucho que, poco antes de Yungay, el coronel boliviano Magariños mandado para ejecutar una marcha de noche se puso en comunicación con Gamarra, hecho que influyó en la batalla.

En cuanto a las circunstancias generales del momento, los confederales tenían desventaja. Una victoria de ellos no hubiera sido absolutamente decisiva porque aparte de los restos del Ejército Restaurador cuyos movimientos en caso de derrota ya habían sido previstos por Gamarra habría quedado una nueva perspectiva de lucha con los refuerzos de Chile, en viaje o por embarcarse. Una derrota confederal tenía que precipitar el descontento latente en el Perú y Bolivia.

El ejército unido restaurador tenía en realidad doble comando: Bulnes, general en jefe oficial, y Gamarra cuyo carácter de Presidente de la República, conocimientos del territorio y experiencia militar en el país lo hacían un consejero indispensable. Lo que en Gamarra podía haber de falta de arranque bélico, lo compensaba la combatividad de Bulnes; y, a la vez, sin Gamarra, Bulnes hubiera errado ciego por el territorio peruano. La actividad y el espíritu de organización de Gamarra tenía su mejor auxiliar en Castilla que mandó en Yungay a la caballería y cuyas condiciones magníficas de soldado y de jefe se exhibieron tantas veces en jornadas decisivas de nuestra Historia en los años posteriores a éste en que comenzó por obra de su propio esfuerzo a diseñarse con singular relieve. Eléspuru, Vidal, Torneo, Lopera, Ugarteche, Deustua, Frisancho eran jefes fogueados en las faenas de la guerra y cuya decisión contra Santa Cruz había sido probada en anteriores campañas y en largos años de proscripción y de miseria. Plasencia, director táctico de la campaña, era otro auxiliar importantísimo. Los soldados del Ejército Restaurador eran, en parte, veteranos y en parte recién improvisados en el norte. Su base estaba en los chilenos que, actuando en tierra extraña, no podían ser propensos a la deserción ni a la traición. Contaban con pocos recursos; pero tenían a su favor, aunque lejana, la movilidad por el mar.323 


39. La versión chilena de la batalla de Yungay

La mejor versión chilena de Yungay ha sido dada por Sotomayor Valdés en esta forma:

Frente a frente de San Miguel y de la pequeña población de Caraz, y a la distancia de tres leguas, hacia el sur, está el pueblo de Yungay, delante del cual había tomado sus posiciones el ejército del Protector. El camino que media entre ambos lugares, está marcado y limitado por el caudaloso Santa, que corre por su costado occidental, y el cordón de los Andes, que va por el otro costado o línea oriental. El camino es ancho y de fácil tránsito desde San Miguel hasta dos leguas adelante; pero después adelgaza y encajona a mano derecha, entre el Santa y un cerro alto y áspero que, desprendido y un tanto avanzado de la cadena de los Andes, presenta una posición para la defensa del camino y los terrenos contiguos. Este ribazo se llama cerro de Punyan y forma parte de una heredad del mismo nombre que se extiende a sus alrededores. Pasado este trecho angosto del camino, que es casi un desfiladero, se llega a un explaye un tanto ondulado, en medio del cual y en frente del cerro de Punyan, se alza un montículo aislado, de forma cónica, llamado Pan de Azúcar, y cuyas faldas y contornos presentan una pendiente tan violenta, que escaso de durísima fatiga el trepar hasta su cima. Un poco más adelante se halla cortado el terreno de oriente a poniente por el profundo barranco del torrente Ancash, que baja de los Andes y se vacía en el Santa. Al otro de este barranco, cuya pared izquierda es de una gran altura en casi toda su extensión, está propiamente el campo de Yungay, y está limitado y defendido al mismo tiempo hacia el oriente por las crestas fragosas de un cerro que forma parte del sistema de los Andes; hacia el poniente por el río Santa, al norte por el mencionado Ancash y al sur por el pueblo de Yungay.

En la mañana del 20 de enero el campamento del Protectorado estaba organizado y distribuido en la siguiente forma: cinco compañías, compuestas de seiscientos infantes, con el general Quiroz a la cabeza, ocupaban el cerro Pan de Azúcar, que como una plaza fuerte se presentaba dominando el camino real y todo el terreno que a uno y otro lado se extiende correspondiente a la hacienda de Punyan. Al otro lado del río Ancash y tras un largo parapeto de piedra y barro, paralelo al mismo río, estaban desplegadas en batalla la división del general Herrera que formaba el ala derecha, y la división del general Morán, que ocupaba la izquierda. En el centro y a retaguardia de estas dos divisiones, tres piezas de artillería y otra más colocada al extremo del ala derecha, sobre la falda del cerro que hemos dicho limita y defiende por el oriente el campo de Yungay. Más al fondo y escalonados hasta cerca del pueblo de este nombre, desplegábanse dos cuerpos de caballería con 650 plazas, mandados por el general Pérez de Urdidinea. Detrás de esta fuerza había tomado el Protector su puesto de observación y de mando.

Se vé, pues, que este campamento apoyaba su derecha sobre las alturas más contiguas de la cordillera de los Andes, y su izquierda sobre el río Santa; que su frente estaba defendido en primer término por la plaza avanzada del Pan de Azúcar, luego por el barranco de Ancash y en último lugar por la barrera o parapeto de piedra que mencionado queda. Un puente rústico que servía para atravesar el Ancash, enfilando con el camino real, había desaparecido.

A las cinco de la mañana del 20 de enero emprendió su marcha hacia Yungay el ejército unido restaurador. Formaban su vanguardia cuatro compañías de cazadores a las órdenes del comandante Valenzuela, otras cuatro del ejército peruano mandadas por el coronel Lopera, y un escuadrón de cazadores a caballo, yendo toda esta fuerza al mando inmediato del general don Crisóstomo Torrico. Seguía la primera división compuesta de los batallones Carampangue, Portales y Cazadores del Perú, a las órdenes del general peruano don Juan Bautista Eléspuru. La segunda división componíanla el Valparaíso, el Colchagua, el Huaylas, recientemente formado, y seis piezas de artillería, bajo la dirección del general don Francisco Vidal. Formaban una tercera división los batallones Santiago, Aconcagua y Valdivia, y por último, los diversos cuerpos de caballería formaban una cuarta división, bajo el mando del general don Ramón Castilla. Constaba todo este ejército de sólo cinco mil doscientos sesenta y siete hombres, figurando entre estos un contingente como de ochocientos peruanos, que formaban los batallones Huaylas y Cazadores del Perú.

Apenas organizada la marcha, fue destacado el batallón Aconcagua para dominar las alturas del flanco izquierdo y particularmente el cerro de Punyan que, como ya observamos, era un punto asaz peligroso para un ejército en tránsito; y para el acierto de esta precaución marchó agregado al Aconcagua el coronel Ugarteche como conocedor muy práctico de todo aquel terreno.

El ejército continuó avanzando y atravesó sin novedad el trecho peligroso del camino, es decir, el desfiladero entre el Santa y el cerro de Punyan, ocupado por el Aconcagua, que descendió luego por la quebrada que media entre dicho cerro y el Pan de Azúcar, y fué a reunirse al grueso del ejército, sufriendo sin contestar el fuego de las compañías bolivianas que guarnecían esta última altura. Advirtióse luego que una columna enemiga trepaba por la misma quebrada por donde había bajado el Aconcagua, lo cual revelaba la intención de flanquear la izquierda de las fuerzas restauradoras; visto lo cual, el general Bulnes dispuso inmediatamente que el teniente coronel López con tres compañías de los batallones Portales, Valdivia y Huaylas se apoderase de aquella eminencia y rechazara al enemigo.

Entre tanto el general Bulnes no había conseguido, a pesar de todas sus diligencias, formar cabal idea de la verdadera posición y arbitrios de defensa del campo contrario, del que distaba algunas cuadras, sin poderlo contemplar desde un punto conveniente. El general miraba a su izquierda los cerros de Punyan y Pan de Azúcar, al pie de los cuales y merced a lo quebrado del terreno y a la baldía vejetación que lo cubría, iban apareciendo columnas enemigas, cuyo número no le era dado calcular. Miraba a su derecha las casas de la hacienda de Punyan, medio escondidas entre una masa de vejetación y donde era muy probable que se hallaran apostados en acecho algunos grupos del campo contrario. Cerca de estas casas había un ribazo que presentaba un lugar adecuado para observar el campamento del Protector. Bulnes se propuso apoderarse de esta colina y de las casas de Punyan, y al efecto destacó algunas columnas de cazadores que se apoderaron de aquellos puntos sin peligro, pues no hallaron enemigos, y apenas si una mitad de caballería que se divisaba al frente como en observación de los movimientos del ejército chileno, la que abandonó su puesto con sólo dos tiros de cañón que se le dispararon. Dueño ya de la casa y altura que acabamos de mencionar, pudo el jefe del ejército chileno reconocer “que a pocas cuadras de distancia se encontraba un barranco profundo de bordes muy escarpados, por cuyo cauce corre un pequeño río, que bajando de la cordillera, corta horizontalmente el terreno y se precipita en el Santa; que al otro lado de la barranca había formado los enemigos un parapeto de piedra de bastante consistencia, apoyando su derecha a una altura de segundo orden contigua a la cordillera, y su izquierda al río Santa, cubriendo su centro un obús y dos piezas colocadas sobre el desfiladero”.

El general se dió a entender que la línea enemiga estaba bien establecida y que el primer paso para empeñar la batalla general, debía consistir en atacar y rendir la plaza avanzada del Pan de Azúcar. El teniente coronel López, que, según ya dijimos, había partido con tres compañías para dominar el Punyan, consiguió derrotar otras tantas enemigas en lo alto del cerro, obligándolas a descender precipitadamente. Al mismo tiempo el batallón Aconcagua, que tan cumplidamente había apoyado la marcha del ejército horas antes, era destacado de nuevo por el general Bulnes para cortar la retirada a la tropa que acababa de vencer López y barrer cualquiera fuerza contraria que encontrase entre Punyan y Pan de Azúcar. El Aconcagua, en efecto, se encontró a poca distancia con un cuerpo enemigo en la falda de la primera montaña, y haciendo sobre él un vivísimo fuego, logró pronto desalojarlo y apoderarse del terreno.

Partieron entonces las compañías de cazadores del Carampangue, del Santiago, del Valparaíso y la sexta de Cazadores del Perú, a las órdenes del comandante Valenzuela, acompañado del coronel peruano Ugarteche, y dirigiéndose resueltamente al temible reducto de Pan de Azúcar, dejaron comprender que llevaban el encargo de batirlo y ocuparlo. El ejército entero advirtió que iba a presenciar un espectáculo romanezco, como preñado de peligros, y fijó su mirada en aquel escenario donde no había más alternativa que morir o vencer.

Eran las nueve de la mañana y en el horizonte despejado y límpido reverberaba el sol, difundiendo un calor sofocante. Las columnas de asalto rodearon la base del cerro y por diversos lados emprendieron el difícil ascenso, y mientras el enemigo les lanzaba de lo alto una granizada de balas y de piedras y un cañón situado sobre el ala derecha del campo del Protector menudeaba sus fuegos, las músicas militares del ejército chileno llenaban los aires con los acordes de la canción nacional. Y era de ver cómo aquellos soldados atrevidos subían y subían por los costados casi inaccesibles de aquel terrible cono, asiéndose, ora a un arbusto, ora a un risco saliente, apoyándose algunas veces los unos en los otros y las más en sus propios fusiles, con lo que tenían que renunciar a la engorrosa maniobra de cargarlos y contestar al fuego enemigo. Así, y rodando y sucumbiendo no pocos en la tentativa, llegaron los asaltantes hasta el promedio del repecho, y amenazaban una trinchera de piedra que poco más arriba, sobre una ceja del cerro se divisaba, defendida por una columna avanzada; la cual al contemplar de cerca a tan osados y tenaces enemigos, desmoronó sobre ellos todo el parapeto que le servía de defensa y se corrió hacia arriba para juntarse con el resto de la guarnición de la meseta del cerro.

Cayeron nuevas víctimas; pero el ascenso continuó, como si el peligro y la sangre misma retemplarán los bríos de aquella gente que no anhelaba ya más, sino combatir cuerpo a cuerpo. Llegaron por fin al borde de la cima deseada, donde los aguardaban bien parepetados los soldados de Quiroz. Al tocar la meseta de Pan de Azúcar, la tropa asaltante jadeando y cubierta de sudor y de polvo, iba más que diezmada. El heroico comandante del Carampangue don Jerónimo Valenzuela y el sargento mayor don Andrés Olivares, habían sucumbido en el camino, y muertos o moribundos quedaban también en él los más de los oficiales, habiendo compañía que se encontró al fin sin más jefe que un sargento 2°. Una vez sentado el pie en aquel último reducto, los asaltantes no estaban ya en situación de aguardar órdenes, ni de formar en línea regular, sino que impulsados por la avidez del combate y movidos como por un solo resorte, se precipitaron sobre las trincheras enemigas con tal ardimiento, que en pocos minutos fué rota y despedazada toda la columna contraria. Los soldados de Quiroz, muy valerosos al principio, iban sucumbiendo rápidamente en aquella descomunal pelea; muchos cogidos del temor y ciertos de no hallar cuartel, se precipitaban y rodaban por las laderas del cerro, donde los alcanzaba, sin embargo, el fuego de la tropa chilena, posesionada ya de la altura. Aquellos hombres esforzados que, a manera de tigres, acababan de trepar por las paredes de la empinada colina, tigres fueron también en la ferocidad del ataque. [“]Las cinco compañías que guarnecían la cima del Pan de Azúcar (dice el parte oficial del general Bulnes, al terminar la breve relación de este terrible episodio) perecieron todas y con ellas el general Quiroz, que las mandaba, un coronel y sus demás oficiales”.
La toma del Pan de Azúcar llenó de asombro y turbación al Protector, que creía inexpugnable aquella plaza y vió desconcertado su plan de defensa y ataque. Antes que la columna de Valenzuela pusiera punto a su hazaña, un batallón escogido (el n.º 4 de Bolivia) había salido del campo protectoral en auxilio de la guarnición de Pan de Azúcar. Este batallón dividido en dos partes, una de las cuales llevaba a su cabeza al más tarde célebre general y presidente de Bolivia don Manuel Isidoro Belzu, atravesó el barranco del Ancash por un sendero practicado en la parte próxima a los cerros donde terminaba el ala derecha del ejército del Protector y donde se había colocado una pieza de artillería. Advirtiendo este nuevo peligro que amenazaba a los asaltantes del Pan de Azúcar, el general Bulnes destacó inmediatamente contra el 4° de Bolivia al batallón Colchagua comandado por el coronel don Pedro Urriola. A favor de unos espesos matorrales que cubrían el campo y que el enemigo había descuidado arrasar, Urriola pudo ocultar su tropa y sorprender al batallón enemigo, cuando ya iba muy cerca, con una descarga cerrada y tal, que hizo grandísimo estrago en sus filas. No perdió su formación, ni retrocedió un punto el batallón boliviano, sino que desplegando una heroica intrepidez, se lanzó a bayoneta sobre el Colchagua, hasta hacerlo vacilar; pero algunas compañías del Portales mandadas en apoyo de éste, restablecieron el combate en términos que el batallón boliviano huyó a guarecerse en las posiciones del otro lado del Ancash, pasando el barranco casi juntamente con una de las compañías del Portales, que obstinada en la persecución, se vió de repente sobre las trincheras del ala derecha ocupada por la división boliviana del general Herrera. La situación no podía ser más peligrosa; la única hazaña posible para aquel pelotón de soldados que se habían alejado en demasía de su centro de operaciones, habría consistido en morir peleando. Hubo soldado que encontrándose muy cerca de la trinchera enemiga cogió por los cabellos a un oficial y lo sacó fuera de ella. La columna de Portales hubo de retroceder a fin de repasar el Ancash abrumada por los fuegos del enemigo.

En los momentos anteriores, cuando luchaban encarnizadamente el Colchagua y parte del Portales con el batallón 4° de Bolivia, cayó herido de muerte el general peruano don Juan Bautista Eléspuru, quien como jefe de la primera división del Ejército Restaurador, a la cual pertenecía el Portales, quiso conducir personalmente al combate y animar con su presencia a las compañías de este cuerpo que fueron enviadas en auxilio del Colchagua.

El general Bulnes creyó llegado el momento de empeñar la batalla general, y al efecto ordenó que los batallones Colchagua y Valdivia atacasen la derecha de los enemigos, y que el Portales siguiendo el camino real amagase el centro de las trincheras en que estos se defendían. Era preciso atravesar el barranco del Ancash y avanzar a cuerpo descubierto. Entraron luego en la línea de ataque el batallón Cazadores del Perú y una mitad del batallón Huaylas. Un fuego vivísimo de fusilería y de cañón estalló en ambos campos desde los primeros momentos. Al lado derecho del Ancash quedaban como reserva toda la caballería chilena, situada sobre el camino real, y el batallón Santiago, a cuyo lado estaba impaciente y confiado al mismo tiempo el Presidente Gamarra, a quien el general Bulnes había suplicado que moderase su ardor belicoso y no expusiera sin necesidad su vida, que al cabo era la vida del jefe de la República. Estaban además en la reserva los batallones Carampangue y Valparaíso y la otra mitad del Huaylas. Las pocas piezas de la artillería chilena que también habían quedado en el campo de Punyan, colocadas convenientemente y dirigidas por su intrépido comandante don Marcos Maturana, hacían un fuego certero y nutrido, mientras la artillería enemiga perdía casi todos sus disparos.

El general Bulnes resolvió flanquear la izquierda del enemigo, que estaba apoyada en el río Santa, y confió este difícil trance a los batallones Carampangue, Santiago y una mitad del Huaylas, que precipitándose en el foso de Ancash, treparon por su borde opuesto donde el torrente desemboca en el río. Fué sostenido este movimiento por tres escuadrones de caballería y un cañón, a las órd[e]nes del general Castilla. El fuego abarcó entonces toda la línea, multiplicando sus víctimas a medida que las columnas de ataque avanzaban más y más sobre las trincheras enemigas. Momento hubo, en que el Portales, adelantándose a embestir los parapetos de la línea contraria, se encontró empeñado con toda ella, y abrumado por el fuego y el cansancio, comenzó a retroceder, visto lo cual por los jefes del 3º de Bolivia, hicieron que este batallón abandonase su trinchera y acometiese con las bayonetas al cuerpo que se retiraba. Bulnes, que observaba muy de cerca el combate y no quitaba ojo ni a los más pequeños incidentes, corrió hacia el Valparaíso, que estaba disponible, y poniéndose a su frente, atravesó con él el cauce del Ancash y lo envió en auxilio del Portales, cuyos soldados se rehicieron y reanimaron a la presencia de aquel refuerzo. El Valparaíso, dirigido por su bravo comandante Vidaurre Leal, tomó inmediatamente el primer lugar en el campo de la refriega y contuvo el movimiento de avance que, a ejemplo del 3° de Bolivia, comenzaban a ejecutar otros cuerpos de la línea enemiga.

Entre tanto, por el mismo punto que acababan de atravesar las columnas de infantería encargadas de amagar la izquierda del ejército protectoral, discurrió el jefe del Estado Mayor don José María de la Cruz, hacer pasar algunos escuadrones de la caballería, que permanecía inactiva y como detenida fatalmente por el profundo barranco del Aneash. Atrevidísima era la empresa, pues apenas era dado a las caballerías desfilar de una en una por aquel estrecho paso. Fué uno de los primeros en ejecutar esa travesía el coronel don Fernando Baquedano, comandante general de caballería, el cual, arrastrado por su ardor marcial, no bien vió reunidas al otro lado del barranco unas cuantas mitades del primer escuadrón del regimiento Cazadores a caballo, se lanzó con ellas a la carga sobre la infantería enemiga. Acudieron en protección de ésta la escolta del Protector y los Lanceros de Bolivia, y contra toda esta fuerza fueron a estrellarse los ginetes de Baquedano, que acosados por columnas formidables y colocados en un terreno escabroso, lleno de zanjas y cerca, se desordenaron por completo y hubieron de replegarse en dispersión a su punto de partida. Acababan de reunirse allí el resto del primer escuadrón de Cazadores y el cuerpo de lanceros mandados por el capitán Palacios, en cuya compañía se rehicieron al momento las mitades que venían de combatir, y poniéndose al frente de ambos escuadrones el coronel Baquedano, que había sido herido, aunque ligeramente, en la refriega, emprendió una nueva carga contra el enemigo y puso en fuga por de pronto a los Lanceros de Bolivia. Pero una gruesa reserva de ambas armas sostuvo a éstos y obligó a Baquedano a replegarse de nuevo, a la sazón que el segundo y tercer escuadrón de Coraceros y el de Carabineros de la Frontera, organizado y mandado por el teniente coronel García Pizarro, acababan de vencer el desfiladero del zanjón y de recibir la orden de acometer. Por tercera vez arremetió Baquedano; pero en esta ocasión con casi toda la caballería chilena, que desalojó a la boliviana de sus posiciones, la cual, confusa y desordenada, corrió a apoyarse en los más próximos cuerpos de infantería. “La simultaneidad, prontitud y arrojo (dice el general Bulnes en el parte de esta batalla) con que todos estos cuerpos, puestos a la carga, ejecutaron sus movimientos en los instantes en que por todas partes se esparcía la muerte, llenaron de espanto al enemigo. El terror se apoderó enteramente de ellos cuando vieron atacada su reserva y mezclada nuestra caballería con sus tropas de ambas armas. Entonces nuestra infantería, que había ya flanqueado su izquierda, redoblando sus esfuerzos, saltó por los atrincheramientos enemigos, rompiendo sus filas y los puso ya en completa y desordenada fuga, contribuyendo eficazmente a este brillante triunfo el escuadrón Granaderos a Caballo, al mando de su comandante Jarpa, que había quedado de reserva en la casa de Punyan y cargó oportunamente. La persecución fué tan violenta, que la caballería enemiga entraba mezclada con nuestros soldados por las calles de Yungay, y en esta disposición siguieron hasta tres leguas, quedando el campo por todas partes sembrado de cadáveres contrarios”.

“El enemigo ha perdido en la gloriosa jornada de Ancash dos generales y más de mil cuatrocientos soldados muertos, entre los cuales se encuentran un número considerable de oficiales; tres generales, nueve coroneles, ciento cincuenta y cinco oficiales de todas graduaciones y mil seiscientos soldados prisioneros, sin contar con las partidas de dispersos que diariamente se presentan; siete banderas, toda su artillería y parque, dos mil quinientos fusiles, cajas de cuerpo, botiquines y todo el material de su ejército, pudiendo asegurarse que sólo Santa Cruz ha escapado con algunos jefes bien montados y ciento y tantos hombres de caballería que fugaron en diferentes direcciones, la mayor parte desarmados y heridos”.

Nuestra pérdida ha consistido en un general, dos jefes, once oficiales y doscientos quince individuos de tropa muertos, y veintiocho oficiales y cuatrocientos siete soldados heridos...

“Entre tanto, considero un deber mío recomendar a V. E. al general Jefe del Estado Mayor General, don José María de la Cruz, quien con una serenidad imperturbable ha dado colocación a las fuerzas y continuado su activo servicio durante acción. Asimismo toda la exige la justicia que haga una particular mención del mérito contraído en esta campaña por el coronel don Antonio Plasencia, ayudante general comandante del Estado Mayor General, cuyos conocimientos y empeñosa contracción me han sido siempre de mayor utilidad. Igualmente creo que debo hablar en este lugar de la consideración a que es acreedor el esforzado comandante del Portales, don Manuel García, que condujo su cuerpo al combate con una singular intrepidez y bizarría, acompañado siempre en lo más duro del choque por el valiente mayor Torres. Séame, por último, permitido pagar aquí un tributo de admiración y respeto a la memoria del benemérito y bravo general Eléspuru, del veterano y valiente comandante Valenzuela, del no menos denodado mayor Olivares y de once oficiales que han terminado su carrera ilustre con una gloriosa muerte en el campo de batalla”.

Seis horas duró este encarnizado combate. A las cuatro y media de la tarde los cuerpos de caballería perseguían a los enemigos en todas direcciones, consiguiendo reunir hasta ochocientos dispersos y apoderarse en Recuay de sesenta cargas de vestuario del ejército vencido.

El presidente Gamarra, testigo de la batalla y que como actor durante gran parte de ella, sin esquivar el peligro, había visto herido su caballo, proclamó lleno de júbilo en el mismo campamento de la acción, Gran Mariscal de Ancash al general Bulnes y dió el grado de general de división del Perú a don José M. de la Cruz.

Tanto Gamarra como Bulnes contrajeron sus primeros y más solícitos cuidados a los heridos de ambos ejércitos, a quienes hicieron depositar por de pronto en el templo parroquial de Yungay. El cadáver del general Quiroz fue sepultado con las solemnidades que las circunstancias permitían
.

40. La versión peruana antisantacrucina de la batalla de Yungay

Coincide con la versión chilena la que ha sido dada por escritores peruanos antisantacrucinos (Paz Soldán, Valdivia). Pero difiere de ella en un detalle: la participación decisiva de Castilla en la victoria.

Valdivia hizo esta rectificación en 1863 en una carta que con seudónimo dirigió a Bulnes;324 y luego en su libro Revoluciones de Arequipa. Paz Soldán trascribe la versión de Valdivia agregando que la oyó de labios del propio Castilla quien afirmaba que si Bulnes u otro quería negarla, estaba pronto a probarla con el testimonio de los mismos jefes, testigos presenciales.
Dice Valdivia:

Cerca de la una del día había obtenido ya Santa Cruz grandes ventajas, especialmente en el centro, pues había vuelto caras en gran desorden sobre su izquierda el regimiento Cazadores de los Andes, que fué mandado en apoyo del regimiento Portales y del batallón Huaylas que se hallaba muy diezmado.

En tan peligrosa situación, el general en jefe del ejército unido, Bulnes mandó suspender el ataque, ordenando la retirada sobre la posición de San Miguel, legua y media a retaguardia del campo de batalla.

En tales circunstancias encontró el general Castilla a los coroneles Sesé, del batallón chileno Santiago, y Vivero, del batallón peruano Huaylas, en retirada; y les ordenó con imperio volviesen a la pelea. El coronel Sesé obedeció, y retrocedió audazmente a sostener el puesto que había dejado. El coronel don Mariano Vivero, que sólo tenía ya parte del batallón Huaylas, dijo a Castilla: la orden de retirarme ha sido del general en jefe del ejército. Castilla insistió en que retrocediera a paso de trote; y Vivero lo verificó.

Momentos después se encontraron Castilla y Bulnes. Castilla le dió parte de lo que había ordenado. El general Bulnes, después de una interjección militar, le dijo: nos han sobado: retirémonos a San Miguel, donde podremos continuar el ataque. Castilla con el ímpetu de su genio, y contestándole con igual interjección, le dijo: ya no estamos en ese caso; y la pampa es muy ancha para que pudiéramos llegar a San Miguel sin ser destrozados. No nos queda otro recurso que formar aquí un charco de sangre, para que se ahoguen en él, juntamente con nosotros el ejército de la Confederación.

El general Bulnes no dijo palabra; y Castilla, dejándolo, corrió velozmente en busca del general Gamarra, le contó lo sucedido y le preguntó si podría sostener su puesto un cuarto de hora más; añadiéndole: me basta ese tiempo para llevar a cabo la maniobra atrevida que me he propuesto verificar. Gamarra le contestó con una energía que jamás se le había notado: —Vaya Ud. y ejecute su maniobra, que yo sostendré este puesto una hora, si fuese necesario.

Castilla corrió a donde el general Eléspuru, comandante de la primera división, que principiaba también su retirada, y lo hizo regresar hasta el punto que había dejado, apoyándolo con el batallón y escuadrón de carabineros, que se hallaban en reserva a las órdenes del coronel peruano Frisancho. Este también marchó al trote de orden de Castilla.

Dejado en arreglo todo lo dicho; y tomando Castilla el batallón Santiago y el escuadrón Lanceros, y colocado a su cabeza, forzó la posición de Santa Cruz por la boca de la quebrada de Ancash.

Así con esta intervención singular, aislada y salvadora se ha consolado el orgullo nacional ante la primacía que, aparentemente, corresponde a Chile en la victoria de Yungay. Análogo consuelo profundamente criollo porque se basa no en algo colectivo sino en algo personal, no en algo preparado sino en algo espontáneo, no en algo vulgar sino en algo providencial —ha habido en otras ocasiones: por ejemplo cuando se ha hablado de la participación decisiva de Rázuri en la victoria de Junín.

41. La versión santacrucina de Yungay

“Una insigne traición estallada en los críticos momentos del combate, ha sido el desgraciado acontecimiento que nos priva hoy del triunfo”, dijo Santa Cruz apenas llegó a Lima, después de la batalla.

Según la versión del órgano del Protectorado a las 6 a.m. del 20 notóse un movimiento general del enemigo. La posición de los perú-bolivianos era inexpugnable pues fué ocupado un cerro inmediato al frente de su campamento que dominaba el camino que debían atravesar los enemigos por cualquiera de sus flancos, porque a un tiempo la fuerza colocada en aquel punto inaccesible defendía al ejército al cual pertenecía y atacaba la retaguardia enemiga en el caso de precipitarse su avance. Una compañía del batallón Ayacucho, porción selecta del ejército perú-boliviano, fué mandada para retener esta llave maestra de la batalla. A la derecha y a mucha distancia pero junto a la posición que debía disputarse, se presentó un batallón enemigo que a los muy pocos disparos de la compañía del Ayacucho dejó el puesto quedando por los confederales el cerro del frente. Con el objeto de sostenerlo se mandó al coronel Guilarte con una compañía de cazadores y tres compañías más, que formaban 700 hombres: la mejor tropa del ejército que debía ser más y más apoyada. Se les envió también municiones para una larga resistencia y cantimploras con agua. Una pequeña partida enemiga se colocó en la cima dominada por Guilarte y la columna de éste fué retrocediendo por la derecha sin un disparo, abandonando su posición vergonzosamente. Empezó luego el ataque por la izquierda donde estaba Morán y vinieron seis horas y un cuarto de combate honroso. La infantería confederal no se portó tan bien como se esperaba, acaso por la influencia de la actitud de Guilarte. Cedió la izquierda y Morán a la cabeza de la caballería atacó a la infantería enemiga que estaba protegida por los coraceros. No fué la caballería ayudada por la infantería y el enemigo hizo estragos entre los Lanceros. La victoria se pronunció al fin a favor del enemigo y los Lanceros se retiraron al norte por caminos escabrosos. La huida de Guilarte de una inexpugnable posición con 700 soldados escogidos fué la causa de este desastre.325 

42. Intermedio musical. El “himno de Yungay”

Los chilenos se adjudicaron la exclusividad de la victoria de Yungay. De esta convicción nació allá una marcha militar que hasta ahora es entonada por los soldados en las marchas, por los ciudadanos en las manifestaciones patrióticas, por los niños en las actuaciones escolares. No hay marchas conmemorando las victorias de Tacna, Arica, Chorrillos, Miraflores, etc., auténtica y genuinamente chilenas; pero sí ésta sobre Yungay:

Cantemos la gloria
del triunfo marcial
que el pueblo chileno
obtuvo en Yungay.

La glorificación del triunfo indiscutible, la conciencia del orgullo nacional satisfecho, la certeza de la gloria laten en esta marcha. Acompasada, simétrica, regular, casi lenta, es símbolo de un pueblo homogéneo, disciplinado, tenaz. Himno colectivo, popular, permanente. Nuestra historia republicana no ha originado un himno genuinamente peruano, parecido. En primer lugar, porque sería imposible ese acento de victoria y de ufanía. Además, porque nuestro pueblo es más olvidadizo y más disociado.

Nuestra historia republicana sólo podía producir dos clases de marchas militares: el “Ataque de Uchumayo” y la “Marcha Morán”. La una nació después del fugaz triunfo obtenido en la campaña de Arequipa sobre el ejército de Santa Cruz en 1835. Encarna la improvisación, el entusiasmo breve, el arrebato de la esperanza. Sólo clarines y tambores la tocan. Clarines y tambores embriagados de aguardiente con pólvora, piafantes y nerviosos como ágiles potros. Tras de sus jubilosas llamadas de diana se columbran auroras. Es la guerra con sólo bayonetas y espadas, a pleno sol, la guerra espectacular como un desfile. Marcha, vibrante y agresiva como una proclama: la mejor proclama de Salaverry. Cuando la caballería peruana cargó decidiendo la batalla de Junín, pudo ya nacer. O acaso nació después de una loca jarana con arpa, guitarra, cajón, dicharachos, mujeres y alcohol: transformación guerrera de la zamacueca.

La “Marcha Morán” nació con motivo del fusilamiento de un bravo veterano de la Independencia, víctima de la saña de la guerra civil, en 1854. Encarna el homenaje tardío, el inútil respeto póstumo, la postergación del bueno y del apto, la tristeza de nuestra República invertebrada. A pesar de la diferencia de época que hay entre ambas marchas, la “Marcha Morán” parece completar el “Ataque de Uchumayo”: ser su respuesta y su continuación. Lo más bello de nuestra Historia en aquella época puede ser evocado con una o con otra. Lo demás de nuestra primera República —negociado, infidencia, delación, claudicación, desorbitación— no cabe en la música.

El día en que por obra de la justicia social y de la democracia el Perú se estructure definitivamente brotará por ahí una canción que sin el orgullo bélico del himno Yungay, sin el entusiasmo elemental y fugaz del "Ataque de Uchumayo" y sin la melancolía de la "Marcha Morán", prolongue la esperanza y el optimismo que mueven los acordes religiosos del himno de Alcedo 

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293 Véase la semblanza de Riva-Agüero, en el tomo primero de esta obra, pp. 95 a 97. 
294 Recuerdos de Francisco Burdett O’Connor, Tarija, 1895, p. 291. Ya en 1827 el cónsul yanqui Tudor había notado en Santa Cruz, al lado de su ambición, cierta timidez. (Diplomatic correspondence of the United States, vol. iii, New York, 1925, p. 1830).
295 Aún antes de entrar a Lima, Santa Cruz pensó en la paz. Desde Abancay, el 6 de octubre, escribió a Calvo: “desde Jauja diré a Ud. más fijamente si es posible negociar o si es indispensable batirnos” (Manifiesto de Calvo, citado).
296 Nota de Pazos, el 25 de agosto de 1838. Contestación de Palmerston el 31. Archivo de Límites, legajo 44. Pazos afirmaba en otras comunicaciones que el prestigio de Santa Cruz había llegado a ser grande en Europa, considerándosele uno de los hombres más notables de la época. Por cierto que a Pazos no se le pagaban sus sueldos y de ello se quejaba inútilmente.
297 Carta inobjetable, pues la publica Sotomayor Valdés, ob. cit., ii, p. 439.
298 El Eco del Protectorado, N.º 131, de 24 de noviembre de 1838. En el Archivo de Límites no hay ningún documento de fecha posterior a la entrada de Santa Cruz en Lima.
299 Bulnes, ob. cit., pp. 126 y 127. Sotomayor Valdés, ob. cit., iii, pp. 454 y 455.
300 Egaña, según los historiadores chilenos, se extralimitó de sus instrucciones por temor a una presión británica.
301 Santa Cruz, manifiesto cit., p. 176. En El Eco del Protectorado, N.os 131 y 132. Refutado en El Araucano, N.os 346 y 347.
302 Plasencia, Diario Militar, p. 64. Cuando la retirada de Gamarra al norte, Lazo quedó en Lima con consentimiento de aquél y garantido por el cónsul inglés para “arreglar los negocios de mi antiguo estudio y preparar el embarque de mi familia”. Descubierto, fue encerrado en el convento de San Francisco por el coronel boliviano Dehesa y presentado a Santa Cruz quien lo remitió donde sus amigos con proposiciones de paz, habiendo todavía estado preso una vez más en Ancón. (Aclaraciones de Lazo en El Peruano, N.º 33 de 27 de marzo de 1838.)
303 Diario Militar, p. 59.
304 Manifiesto de Santa Cruz cit., p 177.
305 Valdivia despachaba entonces los asuntos de gobierno, justicia, negocios eclesiásticos y parte de la correspondencia privada al lado de García del Río, encargado del ramo de Hacienda, y de Olañeta, de Relaciones Exteriores y especiales de Bolivia. “Eran tantas las cartas de denuncias dirigidas a Santa Cruz de Bolivia y de los departamentos del Perú —cuenta Valdivia— que Valdivia dijo: Sr. general, me parece que si tantos señores denunciantes son sus verdaderos amigos deberían ocuparse en desarmar a los enemigos y adquirirle nuevos amigos pero no del modo como lo hacen” (Revoluciones de Arequipa, p. 199).
306 El Eco del Protectorado, N.º 139, 22 de diciembre de 1838.
307 El Eco del Protectorado, N.os 131 y 134. El Eco del Norte, N.º 42; Plasencia, p. 163; Vegas: Historia de la Marina, pp. 75 a 79.
308 Diario Militar cit.
309 Gamarra a Bulnes, Pativilca, 23 de noviembre. Archivo de la BNP.
310 Gamarra a Bulnes, de Santa, 29 de diciembre. Archivo de la BNP.
311 Gamarra a Bulnes, Pativilca, 23 de noviembre de 1838. Nótese el tono directivo de esta carta.
312 Bulnes a Gamarra, de Huaraz, 17 de diciembre.
313 Confirma esta versión obtenida directamente de la correspondencia entre Gamarra y Bulnes, lo que dice Plasencia: “Se mandó por el general Castilla un extraordinario al presidente notificándole que se dirigiese a Corongo...” (79).
314 De Santa, 25 de diciembre. Archivo de la BNP.
315 De Canta, 29 de diciembre. Archivo de la BNP.
316 Diario Militar, p. 82. Hay una pequeña diferencia de fechas. Todavía el 25 y el 29 de diciembre sigue empeñado Gamarra en sus cartas en que no se vayan a Corongo. No existe en la BNP la carta en que Gamarra propone la concentración de que habla Plasencia.
317 A La Fuente, 29 de diciembre de 1838. Archivo de la BNP.
318 Bulnes en Huaraz a Gamarra, 27 de diciembre. También insiste en la necesidad de este viaje en la carta de 31 de diciembre. Ver además cartas de 13, 18, 19, 22 y 23 (Archivo de la BNP.)
319 Carta de 29 de diciembre cit.
320 Memorias de O’Connor cit., p. 292.
321 Plasencia, diario cit. p. 101.
322 Véase en las Memorias de O’Connor (pp. 206, 221, 261, 291) algunos vívidos detalles de Santa Cruz como administrador. En la p. 250 y siguientes, los curiosos incidentes relacionados con la participación decisiva de O’Connor y de Brown en Socabaya.
323 Carta de Espinar, en Guayaquil, a Gamarra, 29 de enero de 1839 examinando los elementos de uno y otro bando. (Archivo de la BNP.)
324 El Comercio, N.º 7924 de 28 de septiembre de 1863. Revoluciones de Arequipa, pp. 205 y 206.
325 El Eco del Protectorado, N.º extraordinario, de 28 de enero de 1839.

 


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