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Redes étnicas y globalización1
La
mayoría de la población andina en los últimos milenios ha vivido en sociedades
organizadas alrededor de la producción agrícola y ganadera. Las ciudades que se han
desarrollado a partir de estas sociedades de agricultores y ganaderos basándose en la
apropiación de un plusproducto de ellas, han tenido características muy diversas. Ha
habido centros de administración de poder político y religioso, nudos de intercambio,
aglomeraciones de artesanos, de trabajadores mineros y fabriles, de residencia de
terratenientes, de producción de servicios, etc.
En cada caso se establecían formas
específicas de relación entre campo y ciudad, modalidades específicas de transferencia
de bienes y servicios, de cuyas propiedades se derivaban consecuencias importantes tanto
para la vida de las poblaciones urbanas como para la situación de la gente afincada en el
campo.
En el siglo XVI se vio la integración de
los Andes a lo que Inmanuel Wallerstein ha llamado "El sistema mundial moderno".
Con la toma del poder en forma violenta por parte de los españoles, se impuso en el
espacio andino una organización económica y política que manejaba esta relación para
con el mundo más allá de los Andes mediante una jerarquía étnica. Los invasores
europeos se reservaban en amplia medida la mediación con el mundo exterior, y la
administración económica y política del espacio interior . Su centro de la producción
y de la intermediación se mantenía por medio de una organización multiétnica y
multicultural. Si bien surgió un mercado que permitía que bienes y servicios circularan
tanto dentro como fuera del espacio andino, la naturaleza de éste lo inscribía dentro de
la construcción de poder étnico que había nacido con la invasión europea (Assadourian
1982).
Este sistema de poder estamental y
étnico tenía tendencialmente una expresión espacial que ubicaba a la población de
origen europeo en ciudades, y a la de origen andino en poblados rurales. La causa de la
perpetuación posterior de esta separación espacial es probablemente la baja
productividad de la agricultura andina que no permitía que grandes contingentes de la
población se desligaran de la producción básica de los alimentos y otros insumos de
origen agrícola-ganadero. Esto tenía como consecuencia que la gente de origen europeo
afincada en las ciudades, incluso cuando necesitaba a la población andina en la
produción de bienes, en la explotación minera, en la construcción de las mismas
ciudades, o también en los servicios caseros, no podía desligar a esta gente por
completo de sus grupos sociales en el campo. Así, prefería la extracción compulsiva y
rotativa de la mano de obra para las minas, la producción manufacturera, la construcción
urbana y los servicios de las poblaciones campesinas. De esta manera el grueso de los
costos de reproducción de esta fuerza de trabajo utilizada en contextos urbanos quedaba a
cargo de los poblados rurales.
De esta suerte las ciudades que surgieron
en la colonia, correspondían con bastante nitidez a un tipo que se conoce como
"ciudad palacio" , que se relacionaba por medio de la extracción de rentas y
tributos en trabajos, especies y dinero con su entorno campesino ("hinterland").
La cultura de sus habitantes criollos y mestizos se derivabaa de la cultura mediterránea;
pero acentuaba una vertiente de ella porque excluía prácticamente los conocimientos y
las actitudes necesarias para la producción, que sí están presentes en el modelo
original del Viejo Mundo, e insistía en la elaboración de formas de comportamiento y
conocimientos relacionados con su carácter rentista.
De manera que se cultivaba conocimientos
administrativos y burocráticos, incluyendo la administración eclesiástica, como la
jurisprudencia, la teología, la contabilidad y en menor medida las letras en las
instituciones de enseñanza, y el arte de manejar relaciones clientelísticas para
ubicarse en las jerarquías administrativas o para obtener prebendas de ellas en la
enseñanza informal y diaria. En las ciudades, una cultura festiva, tanto religiosa como
laica, no sólo tenía importancia para expresar simbólicamente la estructura del poder;
sino también para que la cultura clientelística tenga espacios públicos de
construcción de redes de clientelaje, tanto en cuanto al acceso, como en cuanto a la
retribución ostentosa de parte de las cabezas de tales redes.
En esta cultura la producción de bienes
y servicios, salvo aquellos propios de la condición burocrática-administrativa,
aparecía como algo impropio, destinado a ser ejercido por los estamentos subalternos y
étnicamente diferentes.
Las culturas campesinas andinas, que en
la sociedad colonial eran grupos estructuralmente supeditados, obligados a quedarse en
espacios provistos para ellos y de ligarse con el sector dominante con tributos y
obligaciones de trabajo, y peor aún, algunas veces encerrados en latifundios, dentro de
los cuales eran obligados a pagar rentas o a trabajar en la producción agrícola,
ganadera, minera o manufacturera. Sin embargo, todas estas poblaciones gozaban en la
organización de la producción agraria de un grado alto de autodeterminación.
La razón para ello era muy simple. La
agricultura y también la ganadería andina se diferenciaban fundamentalmente de sus
semejantes del Viejo Mundo.
Los europeos no tenían los conocimientos
necesarios para poder organizar la producción en el campo en un territorio que no era
adaptable a sus formas de conducción de la tierra. Y es más, en muchas partes la
organización agrícola-ganadera era tan compleja que simplemente no era posible organizar
los pasos necesarios con modelos de conducción centralizada. De ahí los campesinos por
necesidad no solamente tenían que proseguir con sus conocimientos y formas de
producción; sino con todo el bagaje cultural con el cual se organizaban a estos. Esta
necesidad era el núcleo de perpetuación de las culturas prehispánicas andinas, por
supuesto no invariables, sino constantemente reelaboradas, readaptadas y reorganizadas en
los siglos posteriores. Para evaluar el significado histórico de aquello basta comparar
con el desarrollo en zonas, en las cuales los métodos europeos podían ser introducidos
para reorganizar los procedimientos de los agricultores, por ejemplo en la costa peruana,
en el sur de Chile, o en colombia.
A pesar de las diferencias considerables
en los sistemas agrícola-ganaderos y las formas culturales concomitantes, hay en el
sur-centro andino, de la cordillera blanca peruana hasta el Altiplano boliviano, en la
vertiente occidental peruana una cierta semejanza en los procedimientos y las formas
culturales con los cuales se manejan los conocimientos necesarios. Este bloque tiene en
común la muy baja productividad del trabajo, una dieta que combina básicamente los
tubérculos andinos con el maíz, y en toda esta zona la agricultura de secano se combina
con la ganadería.
Es, precisamente, la baja productividad
de la agricultura de altura en esta parte lo que ha impedido que se reorganicen las formas
de organización social de la producción previamente existentes por otras, como por
ejemplo el trabajo asalariado. Vamos a referirnos a esto algo más extensamente porque son
precisamente los aspectos culturales relacionados con la organización social de la
producción, y también las éticas relacionadas a éstas, los que tienen una importancia
primordial una vez que en la segunda mitad del siglo XX finalmente se empieza a
resquebrajar la jerarquía étnica creada en la colonia y una buena parte de la población
campesina andina deja sus lugares de origen y se afinca en ciudades, zonas mineras, o
zonas agrícolas con rendimientos más elevados.
1 Trabajo presentado a la XIII Reunión
Anual de Etnología organizada por el Museo Nacional de Etnografía y Folklore de Bolivia,
realizada el 23 de setiembre de 1999. |
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