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Pierre Bourdieu: La Sociología
del Poder y la Violencia Simbólica
«En todo caso,
pienso que, dado lo que yo era socialmente, dadas las que pueden llamarse mis condiciones
sociales de producción, la sociología era la mejor cosa que podía hacer, si no para
sentirme de acuerdo con la vida, al menos para encontrar más o menos aceptable el mundo
en el que estaba condenado a vivir. En este sentido limitado, pienso que he tenido éxito
en mi trabajo: he realizado una suerte de autoterapia que, espero, haya producido, al
mismo tiempo, herramientas que pueden ser de alguna utilidad para otros» (P. Bourdieu y
L. J. D. Wacquant, Réponses, Paris, Ed. du Seuil, 1992, p. 183)
A primera vista, la
obra de Pierre Bourdieu (nacido en 1930 en Denguin, Pyrénées-Atlantiques, Francia), se
nos presenta paradójica. Por una parte, sus escritos de los años sesenta, setenta y
ochenta tienen una arraigada preocupación científica: "comprender el mundo social,
empezando por el poder"1 . Este "comprender por comprender"
definía a una sociología sin vinculación con la práctica, pues "pedir que la
sociología sirva para algo es una forma de pedirle que esté al servicio del poder"2 .
Una sociología crítica del poder, pero no comprometida con la acción política era la
justificación académica necesaria para los intelectuales que salían de los regímenes
dictatoriales de América Latina (sobre todo en Argentina). Así se pusieron de moda las
teorías de Bourdieu sobre el campo cultural y el capital simbólico. Era, como señala N.
Kohan, "la coartada teórica perfecta para recluirse sin remordimientos ni culpas en
la tierna mansedumbre del papel académico"3.
Por otra parte,
posteriormente, en los años noventa, la sociología crítica le sirve a Pierre Bourdieu
para comprometerse con la lucha política dirigida a construir la "resistencia contra
la invasión neo-liberal"4* . Así, sus trabajos de la última
década, muestran bien al sociólogo reinvindicando el papel de intelectual crítico capaz
de comprender el horror cotidiano de los excluidos por el capitalismo y de comprometerse
con la lucha por la construcción de un "movimiento social europeo", pues
"la historia social enseña que no hay política social sin un movimiento social
capaz de imponerlo"5. Ya en su discurso a los ferroviarios en huelga, en
diciembre de 1995, Bourdieu delineaba el papel que deben desempeñar los intelectuales
para sostener a todos los que luchan "contra la destrucción de una
civilización": "Ellos pueden contribuir a romper el monopolio de la ortodoxia
tecnocrática sobre los medios de difusión. Pero también pueden comprometerse, de manera
organizada y permanente, y no sólo en los encuentros ocasionales de una coyuntura de
crisis, al lado de los que están en condiciones de orientar eficazmente el porvenir de la
sociedad, asociaciones y sindicatos principalmente, y de trabajar en la elaboración de
los análisis rigurosos y de las proposiciones creativas sobre las grandes cuestiones que
la ortodoxia mediático-política prohibe colocar [en el centro del debate]"6 .
También, en declaraciones a la televisión, el 28 de abril de 1998, Bourdieu señala que
ha dado un nuevo paso: "Más envejezco, más me siento empujado a la
transgresión" y agrega que, en la actualidad, "teniendo acumulado mucho
prestigio" piensa que debe "aportar en el mundo político los valores que tienen
validez en el mundo intelectual"7.
1 P. Bourdieu,
Sociología y cultura, tr. M. Pou, México, Grijalbo, 1990, p. 87.
2 Ibíd.
3 Néstor Kohan, "Combatiendo al capital", Clarín (Buenos Aires), Domingo 07 de
noviembre de 1999.
4 P. Bourdieu, Contre-feux. Propos pour servir à la résistence contra linvasion
néo-libérale, Paris, Éditions Raisons dAgir, 1998. (La versión en castellano
Contrafuegos ha sido editada por Anagrama en 1999)
* En adelante la traducción de los textos de Pierre Bourdieu citados en francés es mía.
5 P. Bourdieu, "Pour un mouvement social européen", en Le Monde Diplomatique,
juin 1999, p. 16.
6 P. Bourdieu, "Contre la destruction dune civilisation", en Contre-feux.
Propos pour servir à la résistence contra linvasion néo-libérale, op. cit., pp.
32-33.
7 Le Monde, 8 de mayo de mayo de 1998. |
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