Boletín 9-Museo de Arqueología y Antropología: 1999

 

LA RELIGIÓN COMO UNA FORMA DE COHESIÓN SOCIAL Y MANEJO POLÍTICO EN LOS ALBORES DE LA CIVILIZACIÓN EN EL PERÚ

Ruth Shady Solís

 

Los grupos humanos de todas las épocas han buscado explicaciones sobre la realidad en donde estaban inmersos: la naturaleza con su permanente transformación y el mundo cultural, creado por ellos mismos, igualmente inestable y sujeto a permanentes cambios; comprensión del mundo que les era necesaria para ajustarse al medio y darle seguridad a sus vidas. La religión ha sido el primer instrumento al que acudió la sociedad para lograr el equilibrio requerido.

Las culturas elaboraron así su propia concepción del mundo; formaron su sistema de creencias, codificado y transmitido a través de los mitos y diversas expresiones culturales. En concordancia con esta cosmología, las sociedades construyeron templos e hicieron rituales y ofrendas a sus dioses.

La religión no ha sido una forma de conocimiento "no racional" anterior al conocimiento "racional", tanto una como el otro han caminado juntos ayer como hoy y responden a diferentes actitudes frente a un determinado problema. Se puede constatar por la evidencia arqueológica que ha sido frecuente la complementariedad entre estas aproximaciones; allí donde el conocimiento racional encontraba límite por el nivel de desarrollo alcanzado, estaba el recurso de la fe religiosa, que garantizaba el restablecimiento del equilibrio, el orden necesario para el desenvolvimiento social.

En aquellas sociedades que lograron niveles complejos de organización, la religión no sólo continuó dando estructura al comportamiento del grupo sino que apuntaló los cimientos y fundamentos de su sistema político, afirmando la cohesión social requerida para su mantenimiento.

El rol de la religión en la conformación del Estado en el Perú ha sido crucial, como puede inferirse de la información arqueológica disponible. Si bien, la religión no explica el surgimiento estatal, ella tuvo un papel protagónico en el mantenimiento del nuevo sistema político.

 

ROL DE LA RELIGIÓN EN LOS ALBORES DE LA CIVILIZACIÓN EN EL PERÚ

En esta etapa del desarrollo social (Arcaico Tardío 3000-1500 años a.C.) se hace evidente la conjunción entre ciencia, religión y política, articulación que habría de mantenerse a través de toda la historia prehispánica del Perú.

A partir del Arcaico Tardío, las culturas configuradas en las diferentes regiones del área nor-central del Perú incluían en su bagaje conocimientos de astronomía, geometría y cálculo matemático, vinculados a creencias y mitos religiosos; los que se expresaron en un notable énfasis por las construcciones destinadas al culto a los dioses, la celebración de rituales y el manejo de la liturgia.

Bajo motivaciones económicas, políticas y religiosas las sociedades de esa área erigieron construcciones arquitectónicas diversas, algunas monumentales, orientadas a los puntos cardinales, donde plasmaron diseños de recintos cuadrados, rectangulares, circulares, cuidando de asegurar la estabilidad de la estructura en su conjunto.

La coordinación de actividades necesarias para la producción y reproducción social, así como la posesión de un conocimiento especializado le dio poder a la élite, que condujo el comportamiento de una colectividad. Gobierno que era justificado por la función social que cumplía, en beneficio de los integrantes de la comunidad. En lugar de tumbas piramidales, donde se rindiera culto a la personalidad divina de los gobernantes muertos, se edificaron templos piramidales para ofrendar a dioses y semidioses protectores, de quienes dependía el bienestar.

Todas las acciones de las poblaciones del área nor-central del Perú, donde surgió la civilización durante el Arcaico Tardío, estuvieron envueltas en ceremonias y rituales. La religión impregnó el comportamiento de cada poblador dentro de su hogar y fuera de él; estuvo en la estructura de la organización social y política, dándole cohesión al grupo para mantener al sistema.

Se ha llamado tradición religiosa Kotosh (Burger y Salazar-Burger, 1980) o tradición arquitectónica Mito (Bonnier, 1988) al conjunto de elementos culturales asociados, encontrados en todos los establecimientos de esa área en este período, ya sea de una misma cultura o que pertenezcan a diferentes culturas o que se encuentren en diversos lugares, en la costa, en los valles interandinos o en la selva andina. El patrón es recurrente: una serie de recintos con pisos preparados, usados como altares, que contienen fogones en el centro, con o sin canales, destinados a la quema de alimentos, objetos y materiales, ofrendados a deidades en actos colectivos de petitorios religiosos. Son bien conocidos los complejos arquitectónicos de Kotosh, en las nacientes del Huallaga (Izumi y Terada, 1972); Piruro, en el Alto Marañón (Bonnier, 1988, 1997); Huaricoto en el Callejón de Huaylas (Burger y Salazar-Burger, 1980); La Galgada, en el Tablachaca, un tributario del Santa (Grieder, Bueno et al., 1988); Caral y otros establecimientos en el valle de Supe (Shady, 1997). Esta tradición integró el área del Supe, Santa, Alto Marañón y el Alto Huallaga, en los Andes nor-centrales, con proyecciones, hacia el final del período, al valle de Casma y Chao por el norte y al valle del Chillón por el sur (Bonnier, 1997: 143).

El territorio, donde se distribuyó la tradición Kotosh, de la costa a la selva andina, estuvo articulado por vías de comunicación, usadas desde el Arcaico Tardío por sociedades que poseían culturas diferentes y por esto, justamente, tuvieron interés en intercambiar y poseer los productos logrados mediante singulares procesos adaptativos milenarios (Shady, 1995).

 

LAS EVIDENCIAS RELIGIOSAS DE CARAL

Caral, la ciudad que fuera ocupada entre los 4500 y 3500 años antes del presente, muestra una serie de construcciones ceremoniales de tamaño variado: templos piramidales con plataformas superpuestas de 30 m de altura, templos de segundo tamaño con anfiteatro, templos de tercer y cuarto tamaño, todos ellos de piedra con paredes enlucidas de barro y pintadas, algunas veces decorados con relieves pintados. Además de éstos, se han identificado conjuntos habitacionales, igualmente de diferente dimensión y calidad de los materiales constructivos (cañas amarradas con fibras de junco o de piedra), distribuidos en varios sectores de la ciudad, enlucidos y pintados.

También se puede notar la posición de piedras paradas en contextos aislados o, incluso, en algunos de los atrios y recintos especiales de los templos. Es posible que ellas estuvieran relacionadas con observaciones astronómicas, necesarias para la medición del tiempo y el control de las estaciones en sociedades agrícolas. Igualmente, las construcciones fueron ubicadas en referencia a los puntos cardinales y denotan el manejo de cálculos matemáticos y el trazado de figuras geométricas. Además del conocimiento plasmado en las edificaciones, todos los templos y las unidades de vivienda muestran evidencias de culto y de la práctica de rituales ofrendatorios. Ello podría indicar que tanto las actividades sagradas como las seculares estuvieron teñidas de religiosidad.

Si bien las construcciones ceremoniales especiales están cerca a plazas circulares hundidas (por ejemplo, el anfiteatro), o dispuestas en espacios grandes (como en los casos de la Pirámide Mayor y sus asociadas) o menores (como en las pirámides cuadrangulares), la mayoría de los templos tiene recintos pequeños en ambientes cerrados, incluso cercados; esta distinción sugiere la realización de dos clases de ceremonias, unas públicas y otras muy íntimas -casi privadas- para un grupo selecto.

La arquitectura u otros materiales manufacturados pueden presentar decoración geométrica o imágenes de seres sobrenaturales, que combinan rasgos de diferentes animales, como expresión de una cosmología mítica, que procura fusionar en un ser las facultades de varios, relacionadas con las principales preocupaciones sociales: la vida y la producción de alimentos, el agua y la fertilidad de las tierras, la muerte y la destrucción de las cosas. Sin embargo, a diferencia de los dioses del panteón correspondiente al período siguiente, el Formativo, los seres divinos de Caral no tienen la fiereza de aquéllos. Pensamos que estas representaciones, que también se observan en Huaca Prieta, valle de Chicama, pertenecieron a sociedades donde el Estado en formación cumplía funciones en beneficio de los habitantes de su jurisdicción; y su gobierno era reconocido y justificado, por tanto, sin que tuviera que usar ninguna clase de imposición.

Algunas de las estructuras arquitectónicas de períodos tardíos de Caral llevaron en las paredes pequeños nichos, relacionados con funciones estrictamente ceremoniales. En ellos se pusieron objetos especiales, como piedras pulidas pintadas de color rojo, trozos de algodón, alimentos quemados, etc. Asimismo, se encuentran recintos en los templos o en los sectores residenciales que recibieron determinadas ofrendas: bolsas de fibra, «shicras», llenas de piedras, usadas durante el proceso de enterramiento arquitectónico, para su posterior remodelación; un trozo de algodón en cuyo interior había una semilla de huayruro, puesto al lado de una pared; estandartes romboidales, colocados en la pared externa de una casa; choros morados, escogidos por su tamaño, depositados junto con alimentos y textiles quemados durante el enterramiento de algunos ambientes. Cabe destacar la construcción de una caja ofrendatoria, en la que se colocaron una serie de objetos, en un contexto estrictamente ritual.

Un tratamiento constante, encontrado en las diversas edificaciones de la ciudad, consiste en: a) pisos cuidados, enlucidos y pintados con fogones donde se quemaron, principalmente, alimentos; b) cenizas esparcidas debajo o sobre los pisos, cuando éstos fueron construidos o enterrados; c) hoyos con paquetes de alimentos, envueltos en hojas, a modo de tamales, o con mechones de pelos humanos, fragmentos de textiles y coprolitos o, como en uno de los sectores, fragmentos de la talla de cristales de roca y sodalita; y d) ofrendas de textiles de algodón o de cestería quemados.

Llama la atención el hallazgo reiterado de muchos textiles de algodón, tejidos bajo la técnica del entrelazado (torzal), los cuales conformaron la parafernalia religiosa, utilizada en los rituales. Esta dedicación se podría comparar a la costumbre andina, referida por los cronistas, de hacer finos textiles destinados al culto. Esta costumbre de ofrendar textiles quemados, entre otros, habría tenido, así, su más vieja expresión en el período Arcaico Tardío.

Son propias de la cultura Supe las figuras de arcilla no cocidas, incluso encontradas en pares que, sin embargo, carecen de rasgos sexuales, como si cada una de ellas representase la combinación de los atributos de los dos géneros y, por tanto, concentrasen el poder de ambos.

A través de los varios siglos de ocupación de la ciudad sagrada de Caral sus conductores desarrollaron un programa permanente de remodelación de las edificaciones, estrechamente vinculado con actos religiosos. Los pobladores de Supe y de las zonas, bajo la influencia política y religiosa de Caral, estuvieron reconstruyendo y renovando todo el tiempo los santuarios y edificios seculares de la ciudad. Nada permanecía sin cambiar, las paredes y pisos recibieron tratamiento periódico, al igual que cada ambiente o recinto, que se ampliaba o empequeñecía y, a veces, era transformado totalmente su diseño. Estas modificaciones se hacían en medio de ceremonias, rituales y ofrendas, en relación con la dimensión de los cambios. Los gestores de la ciudad encontraron en la religión el instrumento justificatorio del gobierno ejercido sobre los habitantes y, en el trabajo organizado en los templos y palacios, el medio de mantener la cohesión del grupo. El naciente Estado político y la religión caminaron fusionados por los valles del área nor-central durante varios siglos y a partir de entonces ejercieron poder sobre las sociedades del Perú.

 

BIBLIOGRAFÍA

BONNIER, Elizabeth
1997 «Preceramic Architecture in the Andes: The Mito y Tradition». En: Elisabeth Bonnier y Henning Bischof (eds.), Archaelogica Peruana 2. SAPA, Reiss-Museum Mannheim, pp. 121-144.

BUENO MENDOZA, Alberto and Terence GRIEDER
1979 «Arquitectura precerámica de la Sierra Norte». Espa- cio 5: 10-15, Lima.

BURGER, Richard y Lucy SALAZAR-BURGER
1980 «Ritual and Religion at Huaricoto». Archaeology 33 (6): 26-32. New York.

IZUMI, Seiichi y Kazuo TERADA
1972 Excavations at Kotosh, Peru, 1963 and 1966. Andes 4. University of Tokyo .

GRIEDER, Terence, Alberto BUENO MENDOZA y otros.
1988 «La Galgada, Peru: A Preceramic Culture in Transi- tion». University of Texas, Austin.

SHADY, Ruth
1993 «Del Arcaico al Formativo en los Andes Centrales». En Revista Andina, año 11, N° 1, julio, pp. 103-132.
1995 «La neolitización en los Andes Centrales y los orígenes del sedentarismo, la domesticación y la distinción social». En Saguntum, N° 28, Universidad de Valencia, pp. 49-55.
1997 La Ciudad Sagrada de Caral-Supe en los Albores de la Civilización en el Perú. Lima, UNMSM.

 


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