Los poemas de Leopoldo La relectura del primer poemario de L. Chariarse, hecha varios años después de su aparición en Lima (1952), me causó una insólita impresión. Ésta, adensándose y perfilando los rasgos que la legitimaran, surgía con una experiencia singular y repentina. Es decir que fluía, bastante distinta del recuerdo conservado, de aquella otra de fines del año 1952, con motivo de nuestro primer viaje a Europa, vía Barcelona, Madrid, en tránsito a Florencia, en la Toscana. En efecto, la reciente lectura constituyó para mí un dilema real, por su autenticidad y su sorpresa. No podía dejar de preguntarme, si los poemas de Chariarse del 52 no habían sido víctimas de mi ceguera, o cómo explicar mi reacción de entonces. ¿No habíamos ganado nuevas perspectivas para asir el mundo poético entrevisto en Los ríos de la noche?, o hacía falta apelar a una lectura más demorada, más allá de los escollos surgidos en el medio del camino de la vida, como lo sugería el mismo Aligheri? La confusión y mi sorpresa me indujeron a articular las reflexiones de 1975, cuando nos hemos encontrado en Lima, pasajeros de distintos navíos, y situados frente a la aparición en las prensas del Instituto Nacional de Cultura del Perú (INC), de una cuidadosa edición, con prólogo de Julio Ramón Riberyro1 , como creador y amigo que participó en el viaje del Américo Vespucci, surcando la mar, bajo estelas marineras, y rompiendo las olas y las espumas de los océanos desde el Callao hacia Barcelona. En suma, estas cuartillas atestiguan mi sorpresa e intentan revelar mi regocijo. A la fecha, he contado varias veces, que, después de mi primera estada europea, mi acercamiento a los estudios de la cultura artística y social, se encarrilaron por los horizontes de la antigua Romania. Esta impresión me guiará desde entonces por ese aparamiento que me condujo como estudiante por Italia, España, Francia y Alemania y alrededores, incluso ahora, mis más recientes publicaciones, vuelven, una vez más, a reconocer y recorrer el basamento de esta actitud frente a la vida y la historia, y que me establece los ligamentos entre Europa y América, entre la historia y la literatura, entre la civilización y la lengua, entre el mar Mediterráneo y las sociedades americanas contemporáneas. En el número 11 de Mar del Sur (junio de 1950) aparecen dos poemas de Chariarse, que con el tiempo fueron incluidos en la primera edición de Los ríos de la noche (1952), y que reaparecen en la edición de 1975, auspiciada por el INC. Nos interesa retener y subrayar que el joven autor, salvo el título que no existía, cedía a los otros elementos de esa composición transmitir las señales de los textos, y la conjunción del pensamiento poético, que las distinguía. Procedamos a leer lentamente los dos poemas. "Volverán las oscuras golondrinas..." G. A. Bécquer I
II
Mar del Sur, Año II, Nº 11. Mayo-Junio, 1950. Lima (14).
En estos textos se hayan ya algunos de los rasgos que caracterizarán el arte de composición y referencia de buena parte de los poemas del primer Chariarse. Véase el primer escenario:
Otro escenario:
Véase en la enumeración el tipo aparentemente inconexo o caótico. El conjunto plantea una pregunta:
5 Y el tiempo aquel, ¿en qué viento perdura?
Sigue la aparente conclusión:
Colofón:
Como en el teatro, baja el telón.
En la edición de 1975, estos dos poemas comparten un título común y la naturaleza descriptiva: Los días y las aves (pp. 152-153). No resulta extraño que el epígrafe compartido nos remita a Bécquer, pero el nervio del texto 1 es:
En el texto segundo, nos cautiva el verso siguiente:
Tanto es así, que, por debajo de la superficie, la conclusión general de los poemas se nos expresa invirtiendo del curso lineal y volviéndose circular:
Lo cual nos induce a imaginar que la vida del ahora está en proceso de depreciación:
Con lo que el hilo discursivo, ya de vuelta, reniega de promesa previa, alejándose con una melodía pendular que repite este estéril vacío del tiempo. En todo caso, vale la pena reflexionar sobre esta impresión y la forma de lograrla, en este apartado.
De las publicaciones limeñas de entonces, encontramos otros dos poemas de Chariarse: "Las playas desiertas" y "Los ríos y los hombres", reunidas en la antología incluida en Letras Peruanas (pp. 23 y 33) y reproducidas en la edición de 1975 (pp. 165 y 177). De estos textos, quisiera atraer la atención del lector hacia dos condiciones. Una que enlaza a cada uno de estos poemas, y espero, además, demostrar lo que hace el poeta en los últimos párrafos de cada composición.
Después, cuando el rayo alumbre Todo lo van alejando, todo lo sumer- la cabellera roja y sombría del alba, gen en sus límpidas aguas, o en el fon- tal vez volveremos do fangoso, (tan grato al que en vida no halló descanso, ni un lugar para el sueño, ni otros brazos más dulces que la fría corriente.
Letras Peruanas, p. 23, 33
En el primer poema, las coordenadas de éste nos remiten al tiempo y/o a la certeza frágil del sueño ("a orillas de las últimas aguas"). Sólo entonces podrá darse la condición poética, esto es, la del punctum: "tal vez volveremos".
En el segundo poema "Los ríos y los hombres", el cuadro se extiende entre el curso fluvial claro, distinto y los residuos brumosos del olvido del amor. Un lugar edificado para sortear la defensa del sueño y el amor. Tal sería, pues, la fórmula vivida para invertir el brillo y la fragancia que nos despierta la poesía de Leopoldo Chariarse; forma simple e intensa, además de eficaz.
"Los días del amor" (7-8, 9, 10) es una composición que abarca varias estancias, a través de las cuales surge un entramado que extiende varias perspectivas. Éstas recubren una visión múltiple que asedia a la teoría del amor, propugnada por el inicial libro de Leopoldo Chariarse.
Los primeros versos son inequívocos:
Los días del amor
Y solamente aquí, el último verso de este hermoso arquetipo de composición elegíaca, se completa la voz del amor, luciente en sus destellos intermitentes.2 La segunda instancia podría ser articulada en torno del nombre y de tu nombre, en el diálogo de los amantes. Escuchemos:
II
La lectura lenta y demorada de esta estancia, vale más que cualquier función retórica que siga la variada cualidad del diseño imaginativo, a saber: la fluencia de los términos, su hilación; la peculiar manera de enlazar los modificantes con sus diversos modificados; la cronología de las áreas se definen por la relación afectiva entre los actores y sus reacciones inusitadas frente al mundo, el tiempo y el amor.
Por eso, el último verso de esta estancia es el décimo octavo que se desarrolla ferozmente: frente a la enunciación, sólo hay rastros feroces. Frente a la palabra, sólo cabe apelar al olvido:
En la última estancia:
III
1 Como huyeron las semanas, así vas alejándote 2 al olvido, a los valles abiertos, cual un sueño 3 hacia la eterna capa letal de grises días. 4 Contigo van las secas veredas del otoño 5 y los vientos de entonces, en calma te frecuentan. 6 Sabiamente, la tierra se despoja de tus pasos; 7 como en altos ramajes el canto se ha extinguido 8 y tibio es el sosiego en las grutas al cesar todo rumor. 9 De cuanto aquí trajiste, todo te has llevado; 10 tuyo el bosque, sus frutos nunca abiertos 11 y los que sin haber madurado se secaron. Tuyo el tiempo, 12 la delicia fugaz, la flor eterna de un día; del instante 13 que desde antiguos años el verso ha repetido. Tuyo el tiempo, 14 tuyo el vasto paisaje de una noche 15 tendida hacia otro cielo, hacia otro amanecer.
la imbricación del tiempo físico y del tiempo afectivo es un carril que se desplaza en todos sus contornos. Pero la relación imaginativa es la más elocuente y personalizada por el uso sabio de las figuras (versos 1-3). Los versos 4-8 ilustran el panorama extendido a su alrededor. Y los versos 9-15 hacen el recuento de los hechos y el reflejo de una cosmovisión nos alumbra y conmueve en lo personal, y al imaginar en su pasar final por el cosmos.
Ha sido mi deseo explicar la atracción de los poemas de Leopoldo Chariarse, cuya pervivencia me había rondado pues más de 20 años. Releyéndolo por semanas, se me han desplegado indicios, atisbos y versiones que me exaltan, y a la par, me generan una cuidada relectura de Los ríos de la noche y La cena en el jardín, lo que me ayudará a separar los comienzos de la obra madura o entender sus relaciones.
Con estas palabras, procederé a mostrar estampas de la actual visión y a apuntar el cruce, esta vez, de deudas, afectos y respetos a la obra del hombre que quiero y respeto, y cuya obra creadora es importante tanto como también su vida.
Dedico esta nota sobre la poesía de Leopoldo, y al hacerlo rindo homenaje a la obra multifacética de Luis Hernán Ramírez, recordado amigo y colaborador sanmarquino y de la Academia de la Lengua. Es así, que, para nosotros, la Paideia y el recuerdo caminan de la mano, la dupla de ambos, las estrecha con mis sentimientos mejores.
Al final, me gustaría musitar con un breve texto de Leopoldo (1952, p. 40):
En la partida
Mis manos en la sombra ¿qué dirán ya, dobladas hacia lo que he perdido?
Tengo frío: mis párpados me robarán el mundo
¡Quién pudiera mirarlo todo, cual forastero!
Illinois, setiembre de 1997 |
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