Indagaciones peruanas: El Legado Quechua                               

 

Raúl Porras Barrenechea

 

Coli y Chepi


LOS TÉRMINOS DORADOS DE LA AMBICIÓN DE PIZARRO

En el mes de setiembre de este año de 1953 un incendio destruyó en la serranía andina de Parinacochas un pueblecito, al parecer anónimo, entre los muchos pueblecitos que integran el inmenso y milenario Perú. Los diarios dieron cuenta del pavoroso siniestro que dejó inermes y ateridos a 500 pobladores descendientes de los antiguos Soras y Lucanas, cargadores de las andas del Inca y "gente robusta y belicosa", según Cieza. Las informaciones de los diarios atrajeron por unas horas el interés sobre el cuasi inédito caserío cuyos techos de paja ardieron sin alivio, estimulados por el viento que corre en el páramo andino. Se dijo entonces que Chaipi era un caserío dependiente de Pullo, en la provincia de Parinacochas, a sesenta kilómetros del puerto de Chala, al que lo une un mal camino que sigue el lecho seco del río Indio Muerto, desigual y pedregoso. Se dijo, también, que el pueblo de Chaipi se ufanaba de una reliquia colonial que era la imagen de una Virgen del Rosario milagrera, que regalara el presidente de la Audiencia de Quito, Marques de Selva Alegre y que congregaba las devociones indias de varias leguas a la redonda. El templo que –fue notable, arquitectónicamente– se quemó a mediados del siglo XVIII, en algún incendio despiadado como el de ahora. Y después de esto el pueblecito de Chaipi volvió a su ancestral letargo.

Y sin embargo, este nombre de Chaipi o de Chepi sonó en la conquista del Perú antes que el de Lima o el de Arequipa o Huamanga con un prestigio alucinado, junto al de Tumbes, al del Cuzco y al de Chincha. En 1534 el nombre de Chepi vuela, a través del Pacífico y del Atlántico, a Toledo y a Zaragoza y se pronuncia a media voz, con misteriosa hipérbole, por los comisionados de Pizarro en España, mientras éste funda el Cuzco y reparte el oro del Coricancha. Dos cartas reales lo mencionan cuando la geografía incaica andaba todavía en tinieblas y Cieza no había prendido aún su antorcha viajera para alumbrar pueblos y caminos, y le dan categoría de hito en la tensa frontera de la gobernación de Pizarro. ¿Quiénes eran, en el rígido imperio del Tahuantinsuyu, los "Caciques Coli y Chepi", que el Apu Macho español solicitaba, con instancia, se agregasen a su dominio, sobrepasando la cicatera línea de Chincha que se había trazado a su desmandado afán imperial? Este es el tema de estas líneas.

Desde la isla de la Puná, en mayo de 1532, Pizarro envió a España a su secretario Rodrigo de Mazuelas para que pidiese al rey ampliación de la gobernación que le fue concedida por la Capitulación de Toledo, el 26 de julio de 1529. Pizarro y Carlos V habían convenido que la ínsula del gobernador extremeño comen-zase en el río Santiago y terminase doscientas leguas más adelante, a la altura de Chincha. La Capitulación decía claramente: "podays continuar el dicho descubrimiento conquista e población de la dicha probincia del Perú fasta dozientas leguas de tierra por la misma costa, las quales dozientas leguas comienzan desde el pueblo que en lengua de yndios se dize teninpuya y despues le llamastes santiago fasta llegar al pueblo de chincha que puede aver las dozientas leguas de costa poco mas o menos". La línea de Chincha marcaba bien el horizonte momentáneo de la ambición de Pizarro después del segundo viaje. Aunque en éste no llegaron sino hasta Santa, los soldados de Pizarro recogieron de los yungas del litoral norteño la noticia del prestigio del señor de Chincha, situado más al sur. El derrotero marino del piloto Ruiz –recogido por Diego Ribero en su mapa de 1529– marca como último punto conocido o vislumbrado hacia el sur, el "puerto y provincia de la ciudad de Chinchay". Era también, según el cronista Herrera, el consejo de los yungas, quienes dijeron a Pizarro que fuese a la provincia de Chincha "que era la mayor y mejor de todo". El aumento de cincuenta leguas pedido desde La Puná, revela la inquietud de Pizarro por abarcar ya no sólo Chincha, sino el Cuzco, del que tendría noticias claras en la costa ecuatoriana.

Chincha siguió siendo, a la vez, una incógnita y un imán para los españoles, hasta 1533. En la tarde de la prisión del Inca, los soldados de Pizarro vieron azorados surgir tras de las andas imperiales de Atahualpa, las andas en que venía el señor de Chincha. Pedro Pizarro transparenta su asombro diciendo que el señor de Chincha venía "en unas andas que parecía a los suyos cosa de admiración, porque ningún indio por señor principal que fuese había de parecer delante del (Inca) sino fuese con una carga a cuestas y descalzo". Interrogado Atahualpa sobre esta insólita situación, dijo que "este señor de Chincha antiguamente era el mayor señor de los llanos, que echaba solo de su pueblo cien mil balsas a la mar y que era muy su amigo y por esta grandeza de Chincha pusieron nombre de Chinchay Suyo desde el Cuzco hasta Quito que hay casi cuatrocientas leguas". Y Xerez anota en su crónica, que en Quito y en Chincha "hay las mejores minas", y que en algunos lugares de estas provincias bastaba con prender fuego a la tierra para que el oro corriese líquido. El nombre de Chincha chispea, pues, en Cajamarca con un resplandor metálico.

El viaje de Hernando Pizarro de Cajamarca a Pachacamac, mientras Atahualpa continuaba preso, de enero a mayo de 1533, despeja la incógnita geográfica de Chincha. Hernando recorre la sierra de Cajamarca a Carhuay y desciende a la costa por Pachacoto. En Pachacamac se instala en la tienda derruida del ídolo y recibe los tributos de todos los pueblos vecinos, entre ellos el de los caciques de Mala, de Noax (?), del Huarco y de Chincha. El cacique de Chincha llamado Chumbiauca y diez principales suyos, confirmando el prestigio áureo de la región, le ofrecen "presentes de oro y de plata". Es indudable que Hernando debió recorrer a caballo este sector de la costa hasta Chincha, para enterarse de la calidad de la tierra y de la población de ella. Hernando regresa a Cajamarca, donde acaba de llegar, torvo y codicioso, Almagro, para gozar de los postres, con su turba advenediza y hambrienta. Un mes después parte Hernando para España, llevando la parte del rey en el botín del Inca y nuevos ruegos y demandas de Pizarro sobre el lindero movedizo de su gobernación.

Hernando pidió angustiosamente en el Consejo de Indias que aumentasen la gobernación de su hermano en setenta leguas y que se le adjudicase nominalmente el Cuzco. Los letrados imperiales, con argucia maliciosa, cambiaron el texto de la petición y otorgaron las cifrescas y problemáticas leguas que habrían de dar lugar a la sangrienta guerra de las Salinas entre Pizarro y Almagro. Pero en algo dieron satisfacción al quisquilloso Hernando, y fue en la inclusión dentro de la gobernación peruana de dos nombres geográficos inéditos que servirían de hitos finales a la ínsula pizarreña: Coli y Chepi.

Por cédula expedida en Toledo a 4 de mayo de 1534, el Rey, que acababa de recibir su parte del formidable tesoro del Coricancha transportado a Cajamarca, ordena ampliar la gobernación de Pizarro en setenta leguas, de modo que se cuenten las primitivas doscientas leguas desde Teninpulla "hasta sesenta o setenta leguas que son los caciques Coli y Chepi". En carta del Rey a Pizarro, de 21 de marzo de 1534, se vuelve a mencionar hasta los entonces desconocidos caciques. El Rey dice: "En lo que hernando picarro en vuestro nombre nos suplicó vos mandase prorrogar los límites de vuestra gobernación hasta setenta leguas que entra los caciques Coli y Chepi atento los servicios que nos aveis hecho y esperemos que nos hareys de aquí adelante y por vos hacer merced he tenido por bien de vos alargar los límites de vuestra gobernación la tierra de estos caciques con que no exceda de setenta leguas de lengua de costa..."

¿Dónde se hallaban los caciques Coli y Chepi que Pizarro quería abarcar imprescindiblemente dentro de su gobernación? ¿Cúales eran sus dominios y riquezas tentadoras que hicieron llevar la súplica del conquistador desde el remoto Mar del Sur hasta el Consejo Imperial de Carlos V en Toledo? Las cédulas reales nada explican sobre los dos nombres indígenas, herméticos y hieráticos. Tampoco Prescott, que ni siquiera los menciona en su Historia de la Conquista del Perú.

La imaginación calenturienta de los aventureros de la conquista, forjadora constante de Dorados fabulosos, trabajó siempre prendiéndose obstinadamente, como de realidades certeras, de los nombres indígenas pronunciados con asombro de riqueza o misterio por los labios de los indios. En los nombres de las tierras confinantes, mal aprendidos o voluntariamente estropeados, con una rudeza de tiempo nuevo, cargaba particularmente ese hambre de mitos. "El Dabaibe", "el Cenu", "el cacique Tubinama", el "cacique del Birú", fueron los nombres sucesivos adoptados por la ambición conquistadora para llevar adelante los términos siempre dorados de sus conquistas.

El primer mito áureo de la conquista fue, después del primer viaje de Pizarro, el del humilde y anónimo cacique de Birú en las cercanías de Panamá, que se transformó en el nombre resonante y afortunado del Perú. Al regresar del segundo viaje, la alucinación era Chincha, entrevista por Pizarro y Ruiz a través de los relatos de los yungas y acaso escuchado de boca de los mismos balseros de Chincha que traficaban por el litoral. En el momento de la captura del Inca y de la marcha al Cuzco, la obsesión está en dos nombres del litoral peruano hasta entonces escuchados y no vistos: Coli y Chepi.

Interroguemos a la geografía contemporánea de la conquista y a la posterior sobre estos cacicazgos de realidad o de sueño. Pizarro y Ruiz descubrieron la costa hasta Santa y tuvieron noticia de la tierra hasta Chincha. Hernando debió llegar en 1533 por lo menos hasta San Gallán, en donde se instala en 1534 don Nicolás de Ribera para recibir a los aventureros que venían de Panamá y donde estuvo a punto de fundarse, cerca de Pisco, la capital costeña, hoy llamada Lima la Vieja. La costa peruana, de Arica hacia el Sur, fue descubierta por Ruy Díaz, teniente de Almagro que fue por mar a Chile para ayudar a éste en su frustrada conquista. En una información de la época se dice que cuando Ruy Díaz salió de Lima y sacó gente para Chile, "estaba por ver de la Nasca para arriba" y que Ruy Díaz con 20 españoles "fue por la costa y descubrió y conquistó todos los pueblos y valles que hay desde Lima, en donde ahora están pobladas Arequipa, La Paz y la Plata". Ruy Díaz parece, sin embargo, que fue por tierra hasta Arica y que allí se embarcó en un navío del maestro Quintero y empezó a descubrir la tierra de Tarapacá hacia el sur. Pero el sector entre Pisco y Arica fue descubierto, por mar, según informaciones inéditas, entre 1535 y 1536, por una nave de Pizarro y Almagro, que fue tras de Ruy Díaz, en auxilio de Almagro, y en la que iban por teniente Juan Tello, por piloto mayor Diego García de Alfaro y como maestro Rodrigo Ramos. Estos declaran que tenían noticia de la tierra hasta cincuenta o sesenta leguas; que desembarcaron a cuarenta leguas de San Gallán en una costa brava, a buscar agua; y que a sesenta leguas, en Ocoña, encontraron a Ruy Díaz, quien les dijo que había "un camino a Chincha" más adelante. El descubridor de la región litoral de Ica y de la región de Camaná y Arequipa fue, pues, el piloto Diego García de Alfaro, quien continuó por mar su viaje a Chile. Aquel sector de la costa, al Sur de Chincha, es el que Pizarro había pedido, desde 1533, que se agregase a su gobernación, sabiendo que en él se hallaban los caciques Coli y Chepi.

En esta región costeña y en su hinterland serrano de Lucanas, Camaná y Arequipa, abundan los nombres que pueden equipararse fonéticamente a Coli y Chepi. Hay Coli, Coles, Chuli, Chule, Chala, Chapi y Chaipi. Hay sobre todo dos parejas de nombres –costeño el uno y serrano el otro– situados horizontalmente como hitos de un camino al interior, que son Chala en la costa y Chaipi en la sierra, en el tránsito de la provincia de Camaná a las de Lucanas y Parinacochas; y Chule, en la costa de Mollendo, conectada con Chapi en el interior, en el distrito de Quequeña, provincia de Arequipa. La geografía habla, pues, de un emparejamiento de nombres semejante al histórico –Chala-Chapi-Chule-Chapi– y que coincide casi, fonéticamente, con el de Coli y Chapi.

La región de Nazca al Sur, de Camaná a Arica, ha sufrido según las oscilantes comprobaciones de la arqueología, influencias quechuas, aymaras y puquinas. En quechua colli-runa es hombre diligente o prolijo; cori, que puede transformarse en coli, es oro; chapi según fray Domingo de Santo Tomás, es cosa lujuriosa, chaupi es cosa intermedia y chaypi significa allí, el lugar donde está algo o donde tú estas. En aymara, según Bertonio, colli es el nombre de un árbol y colli-tonco significa maíz casi amarillo; culli es travieso, revoltoso, inquieto; y challa es la caña del maíz después de desgranado y también el montoncito que dan las vendedoras en el mercado. Chapi en aymara significaría espina o abrojo. La nomenclatura no da, particularmente, ninguna luz sobre la importancia de estos lugares, aunque puede retenerse la referencia posible a una riqueza áurea y la alusión, tanto quechua como aymara, a una sensación de diligencia, de inquietud y de movimiento, que puedan ser referidas al tránsito de un camino.

La geografía de la conquista es sumaria y torpe para los nombres indígenas. Nada puede extraerse de las crónicas de Xerez y de los soldados de Pizarro sobre el litoral del Sur, Cieza, en su Crónica del Perú, da la primera referencia útil. Nombra los puertos de San Gallán, Nasca, San Nicolás, Acarí, río de Ocoña, Camaná, Quilca, Chuli, Tambospalla, Ilo Morro de los Diablos, Arica y Pisagua. "El puerto de Arequipa, Quilca, está a 17 grados y medio. Al Sur a 17 grados y medio está un puerto que llaman Chuli a 12 leguas de Quilca". También habla del valle de Chulli, después del valle de Quilca y de los valles subsiguientes de Tambospalla e Ilo. Chuli era, pues, el puerto o uno de los puertos de Arequipa en la época de la conquista y lo sería, antes, en la inmediata del Incario. El cosmógrafo de Indias López de Velasco habla de la caleta de Chule, a 16 leguas de Arequipa, "la cual sirve de puerto y se descarga en ella las mercaderías que se llevan de allí al Cuzco". La caleta de Chuli está a doce leguas de Quilca. En la Descripción de las Indias de Antonio de Herrera, se señala como puerto de Arequipa a Quilca y se dice: "adelante están el valle de Chuli y Tambopalla". El mapa confirma la posición de Chuli en la costa arequipeña, hacia el Sur.

La geografía colonial confirma esta posición adventicia de Chuli como puerto de Arequipa, anexo al de Quilca, sustituyéndolo y desplazándolo a veces, pero ofreciendo constantemente la dificultad de su falta de fondo y viento adverso para los desembarcos. El Deán Valdivia, en sus Fragmentos para la historia de Arequipa, dice: "El puerto de Chule que sirvió en los primeros años para el comercio de mar fue el curato de toda la costa. Por haberse cegado el puerto con la mucha arena, se dispersaron los indios a las caletas vecinas. Las embarcaciones fueron después a fondear ya en Aranta, ya en Cilca o Quilca, sobre lo cual pretendieron los vecinos de Camaná en 1618 que sólo Quilca fuese puerto habilitado". La provincia de Vitor, erigida según el mismo Deán por el Gobernador Lope García de Castro, comprendía entre otros "los pueblos de Chuli y Tambo". El geógrafo Alcedo apuntará en el mismo sentido sobre Chule, a fines del siglo XVIII: "puerto pequeño o caleta de la costa de la Mar del Sur en al provincia y corregimiento de Arequipa: es de poco fondo, abierto, de ninguna seguridad por los vientos del S.O."

Los mapas de los siglos XVI y XVII, excesivamente sumarios, omiten por lo general los nombres de los puertos menores o consignan nombres trocados o antojadizos. No figura Chuli en los mapas venecianos del Quinientos, ni en los atlas de Ortelio y Tolomeo, pero en 1599 en el mapa de Levinum Huls, aparecen en la costa de Arequipa el "valle de Culi"; y en un mapa de la Biblioteca de Grenoble, después de Cumaná y San Miguel de la Ribera, la punta de Llile y Xuli. En los mapas del siglo XVIII es ya más frecuente la mención se Xuli o caleta de Chule, como puede verse principalmente en los Andrés Baleato, de 1792, y en el famoso mapa de Arrowsmith, de 1810. En el de Cano y Olmedilla, de 1775, aparece "la isla, punta y caleta de Chule", entre Islay y Tambopalla.

La geografía republicana va olvidando y desdeñando el nombre de Culi o Chuli junto con el de la caleta. En el mapa de John Cary de 1816 y en el de Sidney Hall de 1828, aparece junto al Port de Mollendo –ignorado casi por las cartas anteriores–, el nombre de Chule. El mapa de F. Lucas de 1824, Baltimore, menciona aún Chule Cove, o sea caleta o ensenada de Chule. El mapa oficial de las campañas de la Independencia, editado en 1826, menciona Chala, Quilca, Islay, Mollendo y Punta de Coles. Chuli ha desaparecido y es sustituido por Mollendo. El geógrafo Paz Soldán, natural de Arequipa, consigna aún en su mapa, al Sur del puerto de Mollendo, el nombre de Chule y en su geografía dice: Chule, "quebradita contigua a la caleta de Mejia, departamento de Arequipa, provincia de Islay".

Chule es, pues, un lugar inmediato a Mollendo que acaso dio nombre antes al mismo lugar de Mollendo, pero que fue lentamente desplazado por éste. La mutación geográfica puede observarse en el Derrotero de las costas de la América Meridional por King y Fitz Roy, de 1860, en el que se mencionan, de Sur a Norte, Tambo, Mollendo, Islay, Punta Cornejo, Quilca y Camaná, sin citar ya a Chule. Los pilotos ingleses apuntan sobre Mollendo lo siguiente: "Cala de Mollendo: Está 16 millas más al O., es que antiguamente sirvió de puerto a Arequipa, pero hoy está tan alterado su fondo, que sólo es capaz para un bote o para embarcaciones pequeñas, por esto se ha abandonado, siendo la bahía de Islay la que recibe los buques que conducen géneros al mercado de Arequipa". El viajero francés Charles Wiener confirma, hacia 1876, la transmutación de Chuli en Mollendo: "Este puerto –dice refiriéndose al de Mollendo– se llamaba Chule". Cieza de León escribió "Chuli (17º Lat. Sud)". Juan Gualberto Valdivia, Fragmento para la historia de Arequipa, dice "que era un puerto importante". El Derrotero de la costa del Perú de Stiglich, de 1918, señalará ya Chule como una caletilla al Sur de Mejía y a cinco millas de punta Méjico. En el Mapa de la Dirección de caminos y ferrocarriles de 1938, sólo figura ya la quebrada de Chule, entre Mejía y Mollendo. Otro Chule –nombre propicio en la región–, figura en la desembocadura del río Ocoña. El nombre de Chule ha dejado de ser el de la entrada de Arequipa y se ha confinado al de una pequeña quebrada insignificante al Sur de Mollendo.

Hacia el interior, y a trasmano de Arequipa, en el distrito de Quequeña, está el pueblo de Chapi. Es, según Stiglich, un pueblecito de 158 habitantes. Pero tiene un prestigio legendario y alberga una conspicua tradición regional. Chapi es un lugar de romería provincial por la imagen de Nuestra Señora de la Purificación, a cuyas plantas acuden los devotos de toda la región anualmente, el 8 de setiembre. Chapi tiene otro prestigio legendario. Al Oeste de Quequeña y cerca de Chapi, en un lugar sobre los cerros Patak y Huacuchara, que mira al Océano y a los Andes, se hallan las ruinas de Churajón, excavadas y reveladas por el canónigo Bernedo Málaga y cuya importancia han señalado J. Kinmich y el célebre arqueólogo norteamericano Kroeber. Este pueblo perdido y legendario, donde subsisten grandes ruinas y tumbas, habría sido, según los arqueólogos regionales, la capital de la región puquina. Esto coordina, entonces, el binomio andino-costeño de Chapi y Chuli, que pudo ser transmitido por los indios a Pizarro. Chapi, capital puquina, tuvo como puerto a Chuli, en la misma relación que hoy tienen Arequipa y Mollendo.

La segunda interpretación que podría darse al enigma de los caciques Coli y Chapi, sería la de tomar como correspondientes de estos nombres los actuales de Chala y Chaipi. La punta y morro de Chala –nos dice Stiglich en su Derrotero– es la saliente más elevada de la costa. El puerto de Chala está a dos leguas y el pueblo de Chala a la orilla derecha del río de su nombre. Stiglich recoge un dato tradicional interesante: dice que los españoles observaron que desde Chala se enviaba pescado al Cuzco. Lo había anotado en el siglo XVI el Padre José de Acosta al hablar de los Chasquis: el Inca "tenía en el Cuzco pescado de la mar y con ser cien leguas en dos días poco más o menos". Esta sería, pues, la ruta imperial por la que se lleva a la mesa del Inca, atravesando despoblados y campos nevados, el pescado que éste saboreaba en su valle andino y que recorría sin corromperse cientos de leguas merced a la frialdad del clima. El camino de Chala se interna a Lucanas y al famoso despoblado de Parinacochas y pasa por el pueblo de Chaipi, mencionado al comienzo de este artículo. Del curato de Pullo en el que está Chiapi, dice el geógrafo Cosme Bueno –además de los datos sobre el santuario colonial ya anotados–, que hay minas de oro que se benefician por el azogue. En las inmediaciones de Chaipi y de Pullo hay también unas ruinas incaicas famosas, denominadas Ingahuasi. Chaipi, fue pues un lugar de renombre áureo en el Imperio incaico. En Chaipi estuvo el general Miller, cuando se retiraba después de la batalla de Zepita, viniendo de Arequipa por Camaná. Los habitantes de Chaipi huyeron a las alturas al ver llegar las tropas de Miller, porque acababan de ver saqueadas sus casas y ganados por una partida realista. Miller descendió a la costa por el camino que va de Chaipi a Chala.

Dos posibilidades se desprenden de estas confrontaciones históricas y geográficas; los caciques Coli y Chapi, pedidos por Pizarro, pueden ser los de dos binomios geográficos actuales que serían el primero el de Chala y Chaypi, en la región de Camaná - Lucanas - Parinacochas, y el segundo el de Chule y Chapi en la región Islay - Arequipa.

En favor de la primera interpretación concurre, además de la semejanza fonética, el hecho importantísimo de ser ésa la vía de salida del Cuzco, comprobado en la guerra de las Salinas –en la que Hernando Pizarro sigue el camino que va de la Nazca a los Soras– y por la tradición regional sobre el servicio de chasquis que iba de Chala al Cuzco. Es probable que al preguntar Pizarro a los indios cuál era la salida del Cuzco a la costa, para abarcar esta ciudad dentro de los términos de su gobernación, éstos le dieran la respuesta que marcaba el itinerario de Chala a Chaipi y el Cuzco. De ahí el interés del conquistador en retener esas tierras indispensables a su dominio.

La interpretación de Chuli y Chapi tendría una mayor exactitud fonética: casi no hay variante en Coli y Chepi, ya que la u y la o de Culi y Coli se confunden en la lengua quechua; y ofrecería otra perspectiva histórica apreciable. En el caso de la primera interpretación, Pizarro habría pedido al rey de España que le asignara los caciques Coli y Chepi, porque ellos eran la puerta de entrada del Cuzco en la Costa; pero de ser éstos los nombres actuales de Chule y Chapi, la explicación podría ser de carácter político o histórico más afincado en los intereses regionales de la costa que en los del Imperio. Es posible que al preguntar Hernando Pizarro por los límites hasta los cuales se extendía el señorío de Chincha, dentro del que estaría comprendida la antigua cultura puquina, le dijesen que los términos sureños de ese señorío eran los marcados por la raya Chule-Chapi, o sea el puerto mayor y la capital puquina. En la información del siglo XVI que hemos citado, sobre el descubrimiento de esta costa por Ruy Diaz y García de Alfaro, se dice que siguieron adelante del río Ocoña "preguntando por la provincia de Chincha que se tenía noticia de los indios que había 50 ó 60 leguas". Se desprende de esta afirmación que los españoles buscaban en 1535 "los términos" de Chincha al sur de Ocoña. Esos términos pudieron ser los de los caciques de Coli y Chapi. En ese punto había, por lo menos, una raya de separación geográfica, que puede deducirse de que la mayor parte de los geógrafos del siglo XVI dicen que ahí coincidían –en el río Tambospata o Nombre de Dios (hoy es Tambo)– las tres jurisdicciones del Perú, Charcas y Chile.

Ambas explicaciones pudieran ser reales; pero acaso la última pudiera ser la más valedera, porque ella permitiría a Pizarro abarcar a la vez el camino de salida del Cuzco y todos los dominios del señor de Chincha, émulo y rival de los Incas del Cuzco, con su flota de cien mil balsas y sus minas de oro.

De soslayo, prueba esta ubicación de los caciques Coli y Chapi –términos de la gobernación de Pizarro, en la costa– una verdad histórica más palpable y reciente: que el Cuzco, situado muy al Norte de cualesquiera de las dos líneas geográficas que correspondan a Coli y Chapi, quedaba, indiscutiblemente, en la gobernación de Pizarro, que Almagro intentó usurpar, descaradamente, en la guerra de las Salinas.


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