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 La miró fascinado, desviando la cabeza en plena marcha y casi capturado y paralizado por esa visión, a pesar de que el Dodge de Pancho corría velozmente hacia la autopista, rumbo al D. F. Jamás había visto cosa igual, la torre y los muros dentelleados, mordidos a distintas alturas, y con la mancha negra de humo rociada y desparramada desde lo alto, con las señas nítidas de la quemazón, del incendio viejo y permanente.

Sólida y pesada como el gigantesco cuerpo de una ballena rojiza, la nave central mostraba agujeros por varios sitios e incluso faltaba gran parte de la cúpula, la iglesia era un animal herido y el incendio la había pintado espléndidamente con manchones, jirones y rayas negras, hasta que, sorprendiéndola Toño por dentro (la cuesta retorcida favoreció la vista desde arriba, la iglesia giró como en sus manos, según Pancho pisaba aún más el acelerador), halló en su interior ruinas, montones de vigas, adobes y tejas ennegrecidas, pero conservando cierta forma antigua y original. Había mucho de absurdo en las grandes puertas cerradas cuando, vista por encima, la iglesia carecía de techo y sólo parecía un palacio muerto, un garabato de ruinas tiznadas.

Sí, fue quemada por los zapatistas y nadie la ha refaccionado, dijo Pancho, antes de dedicarse exclusivamente a frenar a medias, entrar en la autopista y casi huir hacía el D. F. ¡Vaya, la quemaron sin miedo, al fin veo una cosa así!, pensó, satisfecho. De la sorpresa pasó a la sonrisa, luego a la imposible consideración fría del hecho, después a la pugna entre los argumentos favorables y opuestos a la violencia, hasta que finalmente volvieron la sonrisa, la alegría pura y saludable, el dato en la memoria, aconsejándole retornar en cuanto pudiese, para recorrer el sitio a pie, oh a pie, y tocar esos increíbles muros.

Y el primer fin de semana volvió, bajando del LTD con su cámara y avanzando por la vieja calle convertida en carretera para bólidos, cuyas ráfagas veloces, en cuanto desaparecían los coches, acentuaban la soledad del paraje, la placidez con que el sol amarilleaba la paja reseca y los pedrones, en torno al edificio muerto, perdido a pesar de su vecindad a Cuautla.

El lugar debía de estar muy abandonado, según la pátina que verdeaba sobre las piedras musgosas y arrugadas, desparramadas en lo que sin duda fue el atrio amplio y nivelado. De pronto, en medio de la explanada, una piedra mucho más grande y alta que las vecinas: el picapedrero indio la había tallado como el pedestal de una cruz toda de piedra, no como la espada rota de hoy. Ahí empezaban las huellas del viejo incendio (que ahora repetía el sol amarillo y rojizo, casi empujando los muros de ladrillos desvaídos y polvorientos), pero ahí empezaban también los símbolos, las pruebas innecesarias de una fe vista por doquiera en las ciudades y aldeas latinoamericanas, sin excepción alguna. El continente era una sola mancha, rebelarse parecía inútil, los ateos carecían de patria, vivían siempre en el exilio. Y esa fe ajena y hambrienta que lo devoraba todo, subía desde las lajas del atrio, desde los primeros pedrones que servían de cimientos o pretextos, donde grabar figuras barrocas ya no en lucha (hubiera sido natural), sino en un triunfo celestial y omnipresente, ángeles y santos de vestidos extranjeros, trepando por los muros y mirando abajo con los párpados cerrados.

Sólo más arriba, a la altura de un hombre y medio (sonrió al calcular así, una medida quizá digna de un mundo de cadáveres, de muñecos), empezaban las marcas del puma que había asaltado la casa inexpugnable y bendita, protegida por los espíritus. El puma, el rebelde, la mano del incendiario había dado ahí los primeros zarpazos; las llamas se habían llevado medio portón (vio el garabato negro, el punto mismo en que la madera se había carbonizado, y también los tablones de refuerzo clavados por dentro), propagándose luego por la nave, quizá a través de cortina o biombos que aislaban y entibiaban a los fieles. De ahí para arriba, todo el edificio, todo el mundo había cambiado, las lenguas de fuego habían lamido las vigas, el techo, destruyendo en su marcha crepitante (reventando como la cancha en un tostador) los cuadros y altares, y cuanto se opuso al viaje llameante, rojo y amarillo y de corazón azul, que primero iluminó la noche (tuvo que ser de noche para vencer el miedo a los curas y a sus aliados poderosos), y después la ensanchó, acabando por desmoronarlo todo, por destruir en pedazos que caían como pájaros, en una gran herida que debió hervir y humear por varios días, hermosa y macabra, pero que todavía sufrió otro combate. El de los fieles que presintieron o quizá olieron la chamusquina y allá se pasaron la voz y corrieron a salvar la casa bendita con lo que hubo, baldes de agua, manteadas de ponchos, derrumbes provocados, hasta que el palacio que hervía y vaporizaba se aquietó como el mar tras la tormenta, oh sí, la habían salvado a medias, los anticristos no se habían salido con la suya, pero los zarpazos rebeldes y bien dados dejaron un signo fatídico en la iglesia, en aquel palacio para indios, mestizos y blancos que no fue restaurado, eso era lo importante, quedó con la marca y la mala suerte, a nadie le interesó rehacerlo. La fábrica quedó con los boquetes malditos pero bien hechos, la cúpula violada y chueca, vencida sobre el basural que hoy era lo único que protegía los muros inútiles, las puertas simbólicas.

Lástima no haber visto a aquellos jinetes valientes, de sombrerones como pequeños techos redondos, atizando el fuego no de la gentilidad ni del vandalismo, sino de la pura y limpia justicia, que caía al fin sobre los fariseos que se creían humanitarios.

Sí, lástima, pero no del todo, porque ahí estaba la cámara, y con esa luz diagonal, la iglesia castigada saldría rojiza y amarilla, mitad erguida en una dirección, y luego súbitamente quebrada y ladeada por una inmensa bofetada negra que estaba muy bien que se hubiera dado.



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