23 Se quedó mirando la untuosa noche que dibujaba y se pegaba a su cuerpo, y de pronto se sintió a sí mismo; fue como si se paladeara, probando la ácida suerte de vivir irremediablemente dentro de él. Y por fin, en un relámpago, supo quién era, una mezcla de él y de su propio padre, ausente durante toda su vida, sólo porque Toño desviara los ojos de donde siempre había estado aquel pequeño perverso. ¿O sentirse hijo era un simple instante de decepción y desánimo? Encendió la luz; la tarde se le había escapado minuto a minuto de sus ojos. Carraspeó, casi necesitaba hablar a solas; pero cuando intentó hacerlo su voz fue otra, aunque tampoco la de su padre ¿Quizá la de un posible hermano, que jamás nació o la que tendría Esteban de mayor? Lleno de historia, tedio y ocio miró su reloj: las siete y media, hora de salir adonde fuese, como en sus tiempos de soltero. E igual que en aquellos días, salió en puntillas para que no le oyera tía Lola. Justamente en eso sonó el teléfono. Dudó en responder, podría ser Martha, no deseaba oír sus reprimendas por no haberla llamado ni menos contado los últimos sucesos. Pero tuvo que alzar el aparato por evitar que acudiese tía Lola. Era un tal Remigio no sé cuántos que dijo y repitió que Toño lo había llamado para que recordase quién era, de qué señorita Melisa se trataba. Pues sí, el desconocido Remigio, empleando frases corteses y sin duda elegantes para él, pero con un tonillo serrano de analfabeto, dijo que Miss Melisa estaría esperándolo a las diez en la iglesia adventista de Progreso. Toño había perdido ya la curiosidad por reencontrarla, pero la perspectiva de una noche en blanco lo decidió. Muchas gracias, dígale que iré. En el camino fue como dibujando varios retratos de ella, borrándolos cada vez. Quedaron apenas sus ojos azules, unas largas trenzas de niña que quizá eran tallos de extrañas plantas, y la espléndida voz cantando en la plaza de Caraz, en un costadito de la mirada de Toño. No quedaba nada de su tamaño ni del resto de su cuerpo. Bajó del taxi en una acera desconchada y subió unos peldaños que, en forma de Y griega invertida, se juntaban en el rellano, para conducir a la puerta por donde iban saliendo las siluetas de algunos fieles, recortadas a contraluz sobre lo que parecía un tabladillo pobretón pero bien iluminado. Por un momento estuvo girando en medio de desconocidos, hasta que un bulto grueso, unas manos fuertes y el estallido de una voz que hablaba o escupía lo inmovilizó, para después oír una risa, al tiempo que descubría las trenzas y una cara redonda y rojiza. Sí, sí, él era Toño, el de Caraz, el muchacho flaquito y malgeniado que no quiso saber más de ella, y la mujer de pantalones y camisa hombrunos, que seguía siendo una muchacha por su alegría y sus gritos de sorpresa, lo tomó fuertemente del brazo y le dijo vamos a mi casa, ya preparé la comida. En el trayecto de unas cinco cuadras, Melisa fue como creciendo, llenándose de hechos y años, pero sin dejar de ser la niña grandota, de mejillas muy rojizas, como las indias tostadas por el sol de la puna, la cara sin afeites ni pinturas, los dientes feúchos, y las trenzas con las que jugaba y aun masticaba entre las frases. Su español era casi bueno, pero de vez en cuando dudaba buscando una palabra o inventaba otra; y seguía dando grititos de alegría y sorpresa por el reencuentro. Se había casado con un peruano y enviudado de él, habían nacido cinco hijos y ahora sólo tenía tres; pero, además de esos dos hijos muertos, había desaparecido también su padre, aunque en el Cusco vivía su madre recién operada de un tumor benigno. Tras el veloz cuento de su vida, retornó la niña feliz y juguetona que lo empujó a la salita-comedor, donde apenas había una mesa y dos sillas; olvidándose de él, Melisa se puso a jugar con dos hombrecitos y una niña, a quienes halló tumbados por el suelo, leyendo historietas a la luz de pantallas que colgaban hasta muy bajo. Todo el piso estaba recubierto por una esterilla barata, cuyo aspecto amarillento contrastaba con el estallido de colores de los cojines tirados aquí y allá, y hasta con la mesa y las sillas, pintadas de rojo. Y por esa alfombra y esos cojines rodaron jugando a los pies de Toño, hasta que una orden de la madre les hizo poner minuciosamente la mesa, mientras ella arrinconaba a Toño contra una pared, lo hacía sentarse en el piso y le invitaba una cerveza a pico de botella. Todo iba muy a gusto hasta que ella, a medias puritana, se negó a una segunda cerveza. Todavía estuvo dispuesto a concederle otra oportunidad: ya en la mesa probó sin entusiasmo el menú vegetariano, aunque le pusiera otra vez en guardia el primer sermón condenando a quienes comen carne y pescado y salsas picantes (¿qué sería del Perú sin el ají?, casi gritó él en un momento). Más tarde le perdonó también esos defectos. Pero de ahí en adelante, hacia el fondo de la noche y con los niños acostados, creyó que un hombre y una mujer jóvenes como ellos podrían haber aprovechado mejor el tiempo. Melisa, no obstante, se había lanzado al segundo sermón, nacido insensiblemente de un comentario sobre los templos protestantes de Lima: Toño dijo apenas que, al verlos, casi instintivamente apreciaba la falta de intencionalidad artística y de la maestría de los arquitectos católicos, frente a la sequedad y pobreza de las iglesias adventistas, todas unas casitas adaptadas como locales provisionales y nada más ¡Para qué opinó así! Sentada a la Buda y fumando cigarrillos baratísimos que cargaban el ambiente, Melisa hizo chicotear sus trenzas y con duros gestos defendió su posición: justamente aquella sequedad probaba que la religión no debía guiarse por las apariencias, sino por la intencionalidad moral, el techo sólo debía cobijar a los fieles y no tenía por qué ser bello; nosotros somos los auténticos creyentes, en este país dominado por la pompa feudal católica, agregó; y entonces él dijo y qué me dices de la pompa y riqueza de la iglesia protestante en los países anglosajones, donde, al revés, la católica es una religión de minorías. El ser una minoría prestigia en ambos mundos, sostuvo él, acá luchas con lo establecido, pero allá estarías gozando de las gollerías de tu iglesia dominante. Melisa se encrespó y su cara regordeta y alegre enrojeció demasiado, poniéndose tan sanguínea que más parecía afectada por una enfermedad circulatoria. Entonces él buscó una senda lateral, los ateos envidian mucho los templos, iba a decir, quizá les gustaría levantar otros exclusivos para ellos, así al menos se juntarían de vez en cuando y no se sentirían tan solos; pero notó muy bien que aun sin hablar, esto es, sin comprometerse, empleaba la tercera persona en sus pensamientos. Aquella era otra cobardía sobre las muchas que había escondido, cada vez que surgía el tema. Decidiéndose de golpe, abrió la boca, sintió que una claridad y un temblor largamente esperados lo invadían para dejarlo definitivamente solo, pero ya sin miedo alguno, y empezó: nosotros los ateos, no los ateos cristianos, sino simplemente los ateos.., y no le importó siquiera que Melisa prosiguiese su cháchara sin oírle. Lo importante era haberlo dicho para sí mismo. Y luego dejó de vibrar, superada toda solemnidad, y como por contraste se divirtió viendo el apasionamiento con que ella discutía. Un rato después pensó hay que pasar a los hechos, estamos perdiendo el tiempo, y dio el primer paso, le tomó una mano al descuido y empezó a acariciársela, subiendo por el brazo; hasta resolvió quitarse el saco y la corbata, volviendo a sentarse junto a ella que no cesaba de argüir, pero que se encrespó de nuevo en cuanto la rozó con el primer beso. Entonces ella se colocó a buena distancia de Toño; puso un disco de música serrana en recuerdo a los tiempos de Caraz, y todo sin dejar de hablar esta vez de sus numerosos viajes por el Perú, avergonzándolo, he aquí una extranjera que conoce el país mejor que tú. No, esa mujer no tenía remedio. Se puso finalmente en pie. ¿Te quedas en tu tierra o te regresas allá? oyó preguntarle y tampoco le gustó la respuesta evasiva que él mismo dio. Yo sí vivo bien en el Perú añadió subrayando la frase. Creo que te falta una fe, Toño. Y a ti librarte de la que supones que tienes, para ser una mujer humana. Hablo en serio. Yo también. ¿Por qué entonces me has buscado tanto? los ojos azules brillaron ya molestos. Por ver si podía acostarme contigo, pensó decirle francamente, pero supo que no era cierto. Por sentir tu ambiente, dijo, creí que era algo distinto al que envuelve a un cura, un personaje que de vez en cuando me ha intrigado. ¿Yo, un cura hipócrita y vendido como los de tu país?, gritó ella, pero con alguna sonrisa, menos mal. ¡Preposterous! ¡Bizarre!, masculló para sí. ¿Me permites que bese tus ojos?, suplicó de pronto. Siempre soñé hacerlo, desde que te conocí. Pues anda, accedió ella, y Toño ya estaba cerrando esos ojos antiguos y hermosos con un beso en cada uno, tibio, suave, y que quizá lo libraría de otra obsesión. Antes yo era bonita, ahora soy fea, pero trabajo por la causa del Señor, dijo ella lentamente y con orgullo. Y la próxima vez que vengas, ven por mí, no por mis ojos, y se levantó de un salto. Si es que vuelvo por acá, pensó él.
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