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La noche del cumpleaños de Toño, el cóctel organizado en la vieja casona marchaba sobre ruedas: la fiesta tenía sus propias voces y ruidos, alguien gritaba de sorpresa por un encuentro inesperado, una copa se caía al girar bruscamente un invitado, otras dos se entrechocaban en la punta de los dedos.

Toño dijo no, un psiquiatra seria demasiado, nosotros no somos gringos, por favor nada de psiquiatras. Déjalo, Ismael ya saldrá solito de sus problemas.

— No duerme por las noches –dijo Lidia–, contigo no puedo tener secretos. Yo llego a su casa a las diez, cuando sus hijos ya están dormidos, y me quedo con él hasta la mañanita, escapando a las justas de los chicos y sirvientes para que no me vean. Pero eso no me importa nada, cuando una no es la legítima hay que aceptar las humillaciones ¿no?; lo que digo es otra cosa, que no duerme ni descansa. Una y otra vez me cuenta sus años en el ejército y sus viajes a provincias, cuando tenía mando y gozaba de muchas gollerías; se llevaba gratis a soldados que le sirvieran de mozos o de cocineros para sus fiestas, incluso de obreros para transportar el material con que levantó su casa. Yo trato de desviarlo, empiezo con las caricias, ya sabes bien adonde voy, a Ismael le gusta como el caramelo, me sigue la corriente y se me sube, claro, y cumple, para qué, sólo me falla cuando ha tomado mucho, es natural; pero luego, en vez de dormir, se queda aún más despierto y dale que dale con sus cuentos de cadete y oficial, o de su campaña en las guerrillas, o de cómo ahorró tres años en la selva para comprar baratísimo el terreno donde construyó la casa. Bueno, claro, ese dinero no alcanzó, ya sabes que su suegro le regaló buena plata. Cuando uno se decide a una cosa hay que hacerla, Lidia, dice, y entonces me entran los muñecos, ya sé que nos levantaremos a medianoche a dar vueltas en el Chevrolet hasta la madrugada, contemplando de lejos, y medio a oscuras, la escuela militar, los cuarteles en que trabajó o estuvo preso, aquí me gradué, allá formábamos, en esa ala tenía yo mi cuarto, y así la mayoría de las noches, menos mal, pero a veces hay peligro, de veras. Nosotros corriendo solos y de madrugada por la Panamericana, y de repente vemos un convoy de soldados y él a pegarse a los camiones: yo muerta de sueño, pero abriendo los ojos para cuidarlo, no vaya a hacer algo grave, y el convoy metiéndose por los arenales y nosotros por detrás, ya sé, chola, dice, están de maniobras, hoy verás algo bueno, allá nos vamos también nosotros de maniobras, no muy lejos, claro, porque una vez se detuvo el camión y bajó el oficial y otra nos paró un jeep, ¿qué hacen ustedes acá, quiénes son?, y él bajando del carro, cuadrándose de militar, por nada deja esa ropa, enseñando su carnet de antes, soy el mayor tal y tal. ¿Y usted quién es, de qué promoción, no hemos servido juntos en alguna parte? Pero los más jóvenes no se acordaban y él suponiendo que era por desprecio, por haber salido como salió, o por creerlo un mentiroso o un loco; hasta llegó a gritarles, y esas dos veces nos detuvieron y casi nos meten presos, a mí también por cómplice, imagínate que el oficial dijo y quién me dice que ustedes no son espías chilenos o ecuatorianos. ¡Ah, las cosas que he pasado con él! Que no vaya aún a la ferretería, acuérdate la última vez el lío de padre y señor mío que armó con los obreros, mejor todavía no, tú y yo le llevamos el negocio mejor que nunca, eso tiene que agradecernos, aunque a veces estoy por mandarlo de paseo y que se las arregle solo, si puede. Claro que no lo haré, está sufriendo mucho el pobre…

— El cornudo corneador tuvo celos de su mujer –tarareó Toño en voz muy baja, al tiempo que les preparaba cocteles a sus invitados.

— Para mí no sufre, y físicamente lo veo mejor que antes –dijo Martha–: tú lo conoces desde niño, pero yo también hace unos veinte años, por lo menos. Siempre me pareció raro, nervioso, inquieto, pero con grandes momentos de paz y aun estúpido silencio (no olvides que por él sólo hubiéramos visto películas de Walt Disney y de cowboys); pero en seguida recobraba su intranquilidad y allá se metía a hablar de lo que no sabía o a presumir de sus cosas, el carro, los muebles y la casa, o a rajar de los ausentes. No me sorprendió nadita que siguiera la carrera que dices tú que le escogiste: su ambición y su vanidad necesitaban un cauce; yo creo que la escogió él mismo. Eres testigo de que me enamoraba y que pude aceptarlo y quizá hasta casarme con él. Pero ¿por qué no lo hice, vamos a ver? Porque es un simplón y no le interesan cosas serias, y además no sabe tratar a una mujer, no conversa bien y es tosco y rudo. Creo que tú lo has odiado por su superficialidad, aunque te equivocaste al darle mucha importancia, como si valiera la pena; y ahora mismo, que dices que ya no lo odias, te atas a él, ayudándolo demasiado. Déjalo que trabaje en la ferretería, o si no le gusta, que se meta en otro negocio, ya él se abrirá paso, es una fiera para ganar plata; pero así está como de eternas vacaciones, contigo y con Lidia que le dan sus ganancias en la manito. Para mí que se está riendo de ustedes dos. Que Dios le perdone por lo que ha hecho, pero yo no, un hombre que ha matado, y todavía a mi hermana, no es amigo mío. Siempre desconfié de él y lo traté de lejos. Y ya sabes que se casó con Mónica sólo porque a ella le fallaron sus novios y la pobre se moría por casarse. A veces me pregunto si no estaría embarazada de Lorenzo. ¿O quizá esperaba un hijo tuyo? ¡Porque bien que te aprovechaste de ella, aunque eso no lo confesarás nunca, claro..!

— Yo no puedo hablar –dijo Maruja–, apenas lo conozco hace unos meses, después de lo que ha pasado me da un poco de miedo, a ratos tan callado y otras tan parlanchín y hasta agresivo y malgeniado, sin disimular siquiera con los recién conocidos como yo. Pero no creo que esté enfermo, nada de eso. Está pasando la marimorena, como yo cuando papá nos abandonó o cuando murió mamita. Entonces el cambio de vida y la tristeza se juntan y una flota en el aire y se vuelve más buena con la gente, o se transforma en alguien más dura e irritable. Yo por nada me quedaría a solas con él.

— Has hecho bien en invitar a nuestro grupo y en traer a tu primo Ismael –dijo Walter, paseando por la terraza llena de invitados, celebrando el cumpleaños de Toño–. He hablado con él y es claro que está a la defensiva, sólo contesta, no inicia la conversación; pero sus modales lo venden, no necesita el uniforme que lleva encima, sin él sabríamos de lejos quién es, un militar perdido entre civiles, hablando en voz más alta que la necesaria, mandando a cortarse el pelo a sus sobrinos melenudos (lo acabo de oír), hablando de hijos y padres de modo dogmático, viendo el desorden aún en la sucesión de discos del pick up, pero todo dicho con una sonrisa coja y ladeada.

— No me habías dicho que era tan guapo –dijo Florencia–, pero le quedaría mejor si se dejara crecer un poco el pelo y quizá un bigote. Y de extraviado o confuso no tiene nada, creo que está saliendo a pocos de la crisis, pero todavía le falta, claro; le dije adrede que yo había estado en la cárcel por universitaria revoltosa (la verdad es que pasé una semanita escasa), y él sólo me miró sorprendido; pero no se desató contra la universidad ni contra las mujeres políticas, menos mal, un año antes dices tú que me hubiera comido a gritos.

— Yo pienso que está medio borracho y prefiere no hablar mucho porque no coordina bien –dijo Pepe–; habla como un colegial que no quiere equivocarse, está medio tieso, hermano, le gusta la botella como la miel. Merece estar en nuestro grupo.

— ¿Y por qué esa manía de venirse uniformado de punta en blanco cuando todos estamos de sport? –dijo Pantoja.

— Oh, casi me muero la noche que me dijo cómo la había matado! –se tapó los ojos Lidia–. Como no podíamos dormir, nos levantamos y él dijo quiero pegarme una borrachera, antes una vez al mes me emborrachaba con mis amigos y creo que me hace falta. Bueno, dije, yo traigo el whisky y el hielo. Empezamos. Él me ha enseñado a beber, o sea que la cosa fue mano a mano, nada de que yo soy mujer ni tú hombre, ni tampoco hubo saladitos que comer. Pero no llegamos a emborracharnos, algo nos impedía; y de repente él me acaricia y me cierra las manos en el cuello, yo la amaba, dijo, tienes que perdonarme porque entonces la amaba a ella y no a ti; yo lo sabía, dije no te preocupes, recuerda que yo te enamoré, porque así sucedió, algún día te lo contaré, militar y guapo y todo, y viéndonos en el negocio, fui yo la que me insinué y no me arrepiento (siempre fui un idiota con las mujeres, pensó Toño); pues sí, me cierra las manos en el cuello y yo de una vez por todas hablé, desahógate, cholo, cuéntame cómo fue, ya sabes que soy una tumba, y él se quedó callado y yo perdóname, si no quieres no hables, y de repente empezó, fue un accidente en mi oficina del cuartel, estuvimos discutiendo y yo preguntándole quién era el desgraciado que salía con ella, pues entre ellos ya no había nada (¿entiendes, Toño?, pensó él, ya no era su mujer y él quería saber con quién), y Mónica tomándolo a broma, oh yo estoy con un montón, hijo mío, por lo menos con cinco, hasta que me ofusqué y le tiré un puñetazo como si ella fuera un hombre, y al hacerme el quite recibió el impacto en la garganta, le rompí la nuez y al caer se fue contra el filo del escritorio, por eso apareció como estrangulada y también con ese tremendo golpe en la cabeza.

Ismael le mintió a Lidia, como mintió la primera vez que lo visité en el cuartel y la segunda en el escritorio de su casa, pensó Toño; yo también quería que me contara con una minucia de detalles porque todos deben encajar en un crimen, acto ilegal que despierta la curiosidad como ningún otro; y entonces se vio a sí mismo y a Ismael rodeados de trofeos, espadas y dagas, encerrados y nadie oyendo afuera, te mentí antes, hermano, no fue un accidente, supe que me engañaba desde hacía mucho tiempo, pero no quién era el desgraciado, y por eso me olvidé del tipo y sólo la culpé a ella; había pensado desde matarla en una playa desierta y de noche (¡y dale con eso!, pensó él), hasta dispararle un tiro en nuestro dormitorio; y qué pasó, primo, terminé estrangulándola con estas manos, y las puso delante de ambos, y en aquel momento entró su hijo, oh mi hijo Esteban, y Toño y él quedaron en silencio esperando a que el chico se marchara y las manos ya vibraban, haciendo murmurar a Toño, casi estallar su cabeza, sentir que el turno le había llegado, iniciar su propia confesión con un mira, Ismael, hay algo que yo también debo decirte, pero por suerte de ahí no pasó, no se dejó llevar por la segunda o tercera versión que daba Ismael, ni necesitaba confesor alguno; y tampoco perdió los estribos cuando volvieron a quedar solos y el asesino dijo, quizá mintiendo, pensé incluso en matarme, Toño, debo decírtelo, si no es a ti a quién se lo voy a contar, una aguja de hielo atravesó el pecho de Toño y empezó a hincharse en la oscuridad del cuerpo y paralizó su lengua, ya tendrías dos cadáveres en vez de uno, mira lo que has hecho, tú que aspirabas a ser un hombre normal. Pero Ismael no paraba, ¿te imaginas, primo, verla estrangulada y cayendo al suelo, y yo dudando si escapar, matarme o esconder el cadáver? No puedes imaginar lo que duele la cabeza, los gritos que das por dentro, llamando a alguien que no existe para que te devuelva a un momento antes en que aún no sucedía nada.

Uno de los sobrinos Alberti puso discos y ya se sabía en Lima que, apenas hubiera música, cualquier cóctel se transformaba en un baile donde habría incluso que ofrecer comida. Los sobrinos dieron el ejemplo, pero pronto los imitaron parejas adultas y se formó el ruedo y la competencia de quién bailaba más y mejor. El viejo Alberti roncaba despatarrado casi sobre un sillón, abierto el pantalón por la gordura, el puro cayéndose de la boca y babeando todo él.

— Ya no debemos salir a fiestas, estamos muy viejos –dijo la señora Alberti–; fíjate en mi antiguo león, parece un chancho en vísperas del matadero. Sólo hemos venido por verlos a Martha y a ti establecidos de nuevo en nuestra tierra, y también por saber cómo está Ismael; me habían dicho que mal, pero no, no, lo veo casi recuperado. Buenas noches, Toño; primero llévame a mí al carro y después vuelves por él, que te ayude alguien de nuestra tribu. Adiós, Mónica…

— ¿Qué es eso de Mónica? ¡Soy Martha, mamá..!

— Oh, perdón, hija mía, qué cosas estoy diciendo, ya no veo bien… A ver si me ayudan a salir, casi no puedo andar. Ojalá ustedes nunca lleguen a viejos, es la cosa más horrible…

— Menos mal que yo no hago el papelón de salir a rastras, como un mueble viejo –dijo la tía Lola–. Prefiero estarme quietecita en un rincón, pero comiendo mis helados y pasteles, feliz de ver a Ismael y a ti sin pelearse.

— No sé si lo sabes, pero Ismael es también mi socio en una compañía constructora –dijo Ferruccio–, algo como el oro en polvo, de un día a otro suben el cemento y el hierro. Si quieres, puedes entrar con un paquete de acciones.

— No, gracias –dijo Toño–, ¿Es posible que alguien crea que tengo dinero? Le entregaré feliz la ferretería a Ismael, y luego, zapatero a tus zapatos…

— Sí, está bonita la fiesta y a Martha se le ve muy alegre, que es lo más importante –dijo Esther–. Pero me parece que no celebramos tu cumpleaños, sino la vuelta de Ismael y también el olvido de Mónica. Y pienso que no hay nada que celebrar, excepto tu cumpleaños, claro. ¿Crees que le gustará la vida civil donde fue nada más que un muchacho pobre y sin suerte? Aunque las circunstancias hayan cambiado y tenga el porvenir en el bolsillo. Sólo querría no verlo por un tiempo, lo miro y pienso en Mónica, pero también es cierto que no es el único culpable, todavía no sabemos quién fue el desalmado que empezó con toda la desgracia. Y otra cosa más, no me gusta esa Lidia que a lo mejor quiere casarse con Ismael porque lo ve con plata; creo que no debiste invitarla.

— Déjate de odios y rencores, Esther –dijo Bolita–; y si quiere Ismael, pues que se case de nuevo. Anda, baila o cállate.

— Sí, ven conmigo –dijo Pantoja–. A Mónica le gustaría vernos bailar a todos; adoraba el baile.

— No me importa lo que rajen de mí estas Alberti –dijo Lidia–; no estoy loca por subir al altar con Ismael. Después de lo que ha pasado, es natural que él tenga recelos del matrimonio, los mismos que le tengo yo. Quizá también el matrimonio sea causa de muchas desgracias.

— ¿Puedo quitarme el uniforme y la corbata? Estoy como gallo en corral ajeno –dijo Ismael, entrando con Toño en el dormitorio de éste–. ¿Puedes prestarme alguna ropa sport? A ver, tú eres un poco más bajo, pero estamos lo mismo de delgados, te felicito, hermano, ya no vuelvas a engordar. Creo que sí, éste me queda más o menos. ¿No me confundirá alguien contigo? A ver si me llevas algún día a comprarme ropa de civil.

Retornaron juntos a la sala donde todos bailaban. El gentío entero aplaudió el cambio de traje de Ismael, vaya, hom, te queda bien, has demorado mucho en ponértelo.

— Que no nos oigan aplaudir los militares, dijo Ferruccio, ahora que gobiernan el país hay que llevarles el amén.

— Gobernarán ellos, pero sin mí, dijo Ismael.

Ya salió del infierno, al menos el suyo ha sido más corto que el mío, pensó Toño, ya se ha curado; y ahora que es un hombre libre, y que yo empiezo también a sentirme mucho mejor, sin una turbia obsesión, lo dejaré o me dejará solo.

Unos días después entregó la ferretería a su primo y se dio a buscar con Martha un departamento adonde mudarse.

 

Madrid, Lima, 1979.



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