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Durante una época, o una vida, o un siglo, le pareció que Ismael sólo estaba en la espera de unos cuantos días de fiesta, o más aún de jubilo nacional, así creía el oficial de ejército, jalonados cada seis u ocho años (los períodos legítimos y electorales de seis, pocas veces concluidos sin interrupciones, se alternaban con los de ocho, o más, de plazos ilegítimos pero normales en el país). Quizá Ismael los sentía venir mejor que nadie, si bien comprendía sabiamente que sin su propia ayuda no llegarían a cristalizarse; por ello, valiéndose de frases como "esto tiene que cambiar, no podemos seguir así" o "ya se la hemos jurado al inquilino de Palacio" o "ése tiene los días contados", empujaba sus propios deseos hacia su realización.

Cada vez, el día de júbilo tardaba más en llegar, atravesaba un tiempo larguísimo nacido de una desilusión según Ismael, de una ilusión según Toño ("ya se reventó el Perú por seis años" para uno, "ya nos salvamos por seis años" para otro), y luego ese tiempo se congelaba, ninguno de los dos se refería al "régimen", o a "tu Presidente", o a tu "Taita", canceladas ya las discusiones, sentados con sus respectivas mujeres y en torno a tía Lola; y la erguida y callada anciana, feliz de esos cuatro hijos, pero también temerosa, porque los dos hombres, de rato en rato, o de año en año, de pronto se enzarzaban en un diálogo feroz y a gritos, como si ya fueran a pegarse.

 

Nada de política en mi casa, por favor, temblaba ella como si fueran a apresarla (¿o sea que la sombra de tantos presos políticos en el país revive en ella mejor que en nosotros?, pensó él) y dejaba su asiento para abrazarlos por turno, para cortarles el ímpetu y desviar sus cabezas del mismo tema, aunque ellos sonrieran, le aceptaran o devolvieran sus besos; pero allá retomaban el hilo y de nuevo el eterno debate, los gritos y los vasos de pisco-sour, cerveza o whisky, y las dos hermanas Alberti prendidas de sus maridos, cuidando de que no pelearan y aun entrando a tallar ellas también, metiéndose no sólo a apoyar a sus hombres, sino bebiendo como ellos, ardiéndoles igualmente el estómago y la cara, pasando del comedor a la salita, de la salita al coche, del coche al cine, o a un restaurante, y ambos primos dale que dale a veces hasta la madrugada, y las dos hermanas dormitando en el coche o el diván, y despertando de vez en cuando para suplicar, ya, basta, tenemos sueño, córtenla ya, por Dios, nos vamos a morir oyéndolos.

En casi veinte años, sólo por dos veces llegó aquel día de júbilo para el bando de Toño, oh al fin volvemos a la civilización, ahora se podrá hablar y publicar lo que se quiera, vas a ver de lo que somos capaces, habrá una campaña de alfabetización en serio para los indígenas, se desarrollará la industria, aumentará el ingreso per cápita y dejaremos de estar en el culo del mundo. Y no sólo el día de júbilo se reflejaba en su cara, sino en su afán por acudir a las manifestaciones, donde lo perdonaba todo, desde la inhabilidad de los oradores y la imprecisión de los líderes, hasta los vergonzosos pactos con la derecha, puesto que, por encima de todo, invisible, palpitaba la implacable certeza de la derecha que vencía y arrollaba casi siempre.

Volvía muy de noche a comer, contando feliz los incidentes de la calle, y tía Lola e Ismael mudos pero escuchándole, y más tarde, ya casado, Martha despertando trabajosamente para sonreír y Toño proponiéndole vamos a fregar a Ismael, lo llamaré por teléfono cuando sea de madrugada, para que se desvele de una vez.

Pero luego cambiaba el turno, las cosas volvían a su cauce normal y ¡zas! en mitad de la cena o saliendo a trabajar muy de mañana, de súbito la radio del coche y luego los diarios daban la noticia negra, el temor de los últimos días se precipitaba al fin, y ahí resurgía la efigie del nuevo –pero– viejo-general-presidente, rodeado de sus ministros que desafiarían a Toño por seis, ocho, o diez años, arrinconándolo no solamente en casa de los Alberti, sino en su propia casa, pues Martha figuraba también en el otro bando, y esta vez sí hablaba y corría a abrir para que un Ismael exultante y una Mónica inaguantablemente burlona entraran taconeando, e Ismael gritaba ¡que salga el rabanito de la familia, qué dice hoy que mandamos nosotros, ahora sí todo el mundo andará derecho! Parecía como si unos triunfadores hubieran invadido el país, pero también nuestros ojos y oídos, que sufrían sin esperanza de salvación; los machos dominaban por la fuerza y convertían en mujer a todo lo que se les opusiera, y él sentía una impotencia infinita y sus entrañas resistían, protestaban y se encabritaban, pero el malestar iba agravándose en vez de mejorar. Y ese mismo día, dada la importancia de la fecha, los Alberti cruzaban la calle y se dignaban entrar y repartirse a duras penas por el estrecho departamento, brindando con el champán llevado por Ismael y alzando sus copas hasta las viejas y polvorientas pantallas, salud, salud, y ahora qué te nombrarán, Ismael, no nos olvides en tu nuevo reino. Y Toño sediento, pero sin nada que celebrar, y con el rabo entre las piernas, mareado por aquellos impetuosos brazos, aquellas bocas felices que sorbían las copas y le pedían más, pues era él quien servía, enviado por Ismael, vamos, Toño, haz algo útil por la patria.

Había que ver a los pulcros Alberti sentándose en los brazos de los sillones raídos, incluso en el suelo sin alfombras, pidiendo cuéntanos, Ismael, ahora quién será el Ministro de Hacienda, y quién el abastecedor de pollos de Palacio, y oye bien, Pantoja, apunta con quién tienes de competir, y quién el Prefecto de Lima y quién el alcalde de Breña, y no les importaba esperar mucho a que llegara el chifa que Ismael había mandado comprar a Toño hasta la avenida Brasil, ni tampoco servirse en platos que avergonzaban a tía Lola, ustedes perdonen, nos han tomado de sorpresa, mi juego bueno está en los cajones del depósito, y ellos qué importan esas pequeñeces, tía Lola.

Y la noche terminaba en el Salón Pizarro de Palacio, Ismael y los Alberti gozaban en la primera fila del besamanos, aplaudan, aplaudan, algún día te veremos aquí de ministro, Ismael, por qué no, y Ferruccio y Bacigalupo y Pantoja abriendo campo para que pasase primero Ismael, preséntanos, cuñado, tú los conoces, nosotros no.

Parecía como si el vaivén de la historia tuviera un solo lado eterno, lleno de felicidades para otros, como si alguien se hartara de comida delante de un hambriento. Y los conjuros no servían de nada: ni los hados, ni Dios, ni la naturaleza, ni toda las fuerzas vivas juntas cambiarían las cosas. Sólo había que esperar el tiempo y sus millones de diminutos pies seguían moviéndose, hasta que uno despertaba ante el espejo con las primeras canas que no podía aceptar, las arrugas y las bolsas en torno a los ojos, nacidas por la noche de varios años, las manos otrora lisas y vigorosas empezaban a exhibir la piel separándose de la carne, y ahí estaba el sitio para las futuras arrugas que matarían la antigua y larga lozanía. Ése era el precio, habían pasado diez o veinte años, uno era el mismo, pero quizá ya no resistiría otro período adverso. En total, sólo habían pasado cuatro o cinco sombras por la casa de Pizarro y ya uno se hallaba en las puertas de la vejez, era un símbolo de aquel vaivén de las olas de la historia.

Pero también llegaba el fin del ciclo invernal; concluía el mal tiempo y llegaba de algún modo una mezcla de verano y primavera, el mejor clima del mundo, el ansiado cambio, el sol en vez de la eterna neblina limeña, y Toño, así estuviese en el extranjero, relucía como los árboles, rebrotaban sus hojas (sólo entonces cobraba sentido apellidarse Flores, ser alguien cambiante según las estaciones y según quién viviese en la casa de Pizarro), y volvía el verdor. Sus cartas a tía Lola o a Mónica se llenaban de alegría y confianza en el país, hablaba de volver pronto y para siempre, y en vez de vivir en Lima, las animaba a irse con él a la sierra o a la selva, a conocer tantos sitios del enorme país, ahora por fin democrático.

Lo malo era que esa primavera –verano, ese verano– primavera duraba poco y sólo quedaba el remordimiento por no haberla aprovechado al máximo, como si se tratase de unas vacaciones retrasadas, en espera de los últimos días para gozarlas. ¡Zas!, caía el tajo, y las cosas ya eran tristes e irremediables, la piel y los ojos quedaban marcados. Otra espera de años y quizá vendría la muerte.

¡Bah, idioteces!, e Ismael lo arrancaba de esas que llamaba sus reflexiones de perro del hortelano, y vamos a celebrarla, primo, lo llevaba a regañadientes a casa de algún alto funcionario del régimen, cuya prodigalidad y derroche aumentaban conforme descendían los de la crema y nata de Lima, incapaces ya de competir con la nueva clase uniformada, y en el otro oído estaba Mónica, dile que sí, no seas tonto, emborráchalo y déjalo dormido por algún lado, así tú y yo nos iremos al motel a hacer lo que Dios manda, ¿qué te parece, pensador?

Aquella alternancia de años adversos y años benignos estaba en el aire, pero hubiera sido absurdo pensar en ella todo el tiempo. Días hubo en que sus clases, sus alumnos y la geografía de ciudades que no eran plenamente suyas (La Paz, México), lo hacían vivir flotando libremente, sin responsabilidades directas por ningún lado. Pero, de súbito, y otra vez, una frase oída en el café, una película proyectándose, las palabras Perú o peruano en un diario (la primera página para los golpes de Estado, la última para los suicidios con insecticida, o para noticias como ésa del indio que se había comido a su enemigo después de cocinarlo, menos mal), y él se sacudía de arriba abajo, ya era tiempo de volver al país y componerlo así fuese provisionalmente, como se levanta un muñeco caído sobre la mesa, ¿no estarás enamorado de tu tierra, creyéndola mejor que otras partes?, se burlaba Mónica. Quizá eso te impide querer a tus mujeres, digo a Martha y a mí, que a las demás no las conozco. ¿Qué te hemos hecho? ¿No estarás vengándote a deshora y en el sitio equivocado? Pero ¿de qué?



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