24

Ya no tenía más ocupación que digerir lentamente lo que había pasado y dar unas vueltas por Lima, ciudad que luego de sus continuas ausencias parecía sólo un lugar de paso. El hijo pródigo que retorna al hogar inexistente y anhela marcharse pronto, pero no puede, está saludando a calles y plazas. Prefería el centro abominado por las buenas familias, el pequeño damero español, su antiguo recorrido por la Plaza de Armas, la San Martín, y el Parque Universitario, cruzándolos de un envión después de cada viaje.

A su paseo le faltaba algo, pero finalmente lo descubrió: estaba ahí a destiempo, no se había demorado en preparativos del viaje que le permitieran llegar antes de llegar. No sintonizo aún con Lima, pensó, ella va por un sentido y yo por otro, nadie me espera y veo tantos desconocidos familiares que ignoran que he llegado, los miro desde mi adolescencia que no acaba. Huérfano, sí, pero sólo de madre; por voluntad del hijo no existía el padre, un simple jinete de la tierra que alimenta y corre. Al fin podía no hacer nada, por unos días se había quitado del camino a todos, aun a las mujeres que lo amaban.

Inquieto, incapaz de fatigarse, el centro le quedaba chico, y bajando por Belén enrumbó por Wilson, pretensiosa y moderna. He ahí el camino de los hombres prósperos, hacia Miraflores y San Isidro. Resistió la marea de coches que pretendía guiarlo. "Pero ahora miro rudamente a la derecha y descubro a Bolognesi flotando en el aire, esa cuarta plaza es otra luz que hincha mis ojos, ella levanta sus manos claras y me llama creyéndome todavía un muchacho, convencida de que iré".

Entonces recordó que había dejado a Walter de boletero en el Capitol, y que no lo había visto en sus otros retornos. Ni tampoco a Pepe Galdo, ni al poeta Gregorio, ni a Florencia, la única mujer del grupo. Había vuelto sólo a los brazos de Mónica, sabios y gigantescos al ocultar la calles y el aroma de la amistad. Al avanzar, Taormina lo descubrió de lejos, ese templo de las salidas del colegio, déme una cremolada bien fría, de las que sacan los dientes ¡Lo que uno hubiera dado por una cassata o un pezziduri!, los clásicos bolsillos vacíos sentían el vano rascar de las uñas que solamente extraían negras migas, restos de caramelos pegoteados. La plaza y el círculo de casonas afrancesadas querían ser los mismos, competir con el Paseo Colón, sólo que el aire del tiempo y del descuido habían desvanecido los colores, como los de una hoja guardada en un libro. Al momento de pagar halló su cartera demasiado llena, jamás se había visto con tanto dinero, soles, pesos, dólares: el contacto podría ser grato, pero sin duda ofensivo para los hombres y niños que, de pie como él, bebían su cremolada en la acera y cuyo aspecto seguía atrapado en la pobreza. Se puso contra la pared y con un gesto rápido y disimulado extrajo un billete que escondió en la mano.

Y después de la cremolada monumental, histórica, el preguntar por Walter en el cine. Era la hora de limpieza y tanto la taquilla como la platea estaban abiertas de par en par: allá al fondo una mujer barría el piso, pero no los recuerdos que, junto con el agua, componen la carne del hombre. He ahí otro templo, si no hubiera sido por el cine quizá no te habrían gustado las rubias. No, el señor Walter Noriega ya no vivía en el altillo, si antes lo había hecho ella lo ignoraba; su oficina era la otra, junto a la boletería; pero estaba cerrada, aunque oiga usted, su teléfono aparecía en el papel clavado en la pared. ¿Quería pasar y ver? Entró y desde el interior, mirando por la ventanilla de la boletería, descubrió a alguien que también se inclinaba para meter la cabeza por la ventanilla. Un espejo que duplica y roba la vida.

— ¡Pero, Toño! ¿Eres tú o tu doble? ¿Y qué haces ahí dentro? ¿Buscando entradas para la cazuela, como antes?

— Hermano…

Te abrazó un hombre más alto y grueso que el de tu cabeza, de cejas y bigote más peludos, con la sombra de la barba nítida en la piel afeitada, bien vestido y aun próspero. Otro que se salvó del naufragio, me alegro; pero también era hermoso cuando nos hacía entrar gratis y a intervalos al cine, de uno en uno, y nos metíamos en el cuarto de proyecciones. Walter reemplazaba al operador y ahí aprendimos a fumar y beber, hasta que surgían las protestas del público si nos olvidábamos de cambiar el rollo o se rompía la película. Lo llevó abrazado a una pequeña y pulcra oficina interior. Menos mal, el edificio estaba bien cuidado, una excepción en la ciudad. Walter había sacado el máximo partido de la derecha y larga habitación, disponiendo un escritorio, un refrigerador, una cama turca y por las paredes algunos diplomas y libros; dijo que ahora le iba muy bien, que regentaba dos cines y que su bufete estaba junto al Palacio de Justicia; que ahí le daba una llave para que viniese solo o acompañado, e insistió en metérsela en el bolsillo. Y mientras bebían una cerveza del refrigerador, sacó un recorte del bolsillo, mira, telepatía, viejo, iba a escribirte a México, aquí dice, léelo tú mismo: "Ayer han circulado rumores sobre cierta agitación, se ignora si amago de levantamiento, en uno de los principales cuarteles de la capital, resultado del cual podría estar detenido el mayor Ismael Ramírez Quesada".

— El periodista se fue en caldo –dijo–, se ve que todo el mundo espera un movimiento militar, y tuvo que contarle la desgracia, pero con una media sonrisa, ya estaba harto de cosas negras, volteemos el traje de luto del revés, quiero ver a la tira, vamos, llama a Gregorio, a Manolo, a Pepe, a Florencia.

— Gregorio murió, –la voz de Walter detuvo la mano que subía con el vaso–; un accidente en la selva que estaba loco por conocer, se volcó el bote en que iba con unos amigos. Qué triste ¿no?

— Mejor ya no pregunto por los demás; parece que estoy de turno.

Se fue enterando, mientras Walter hacía las llamadas. Pepe Galdo seguía siendo un caso: cuidaba de su padre viudo y enfermo hasta cuando lo dejaba en casa, llamándolo desde donde estuviera, y el viejo tirano, resentido, mimado, sólo comía y tomaba sus remedios si volvía Pepe. Así, el pobre ni siquiera tiene novia, imagínate, sólo las putas de la avenida México. A propósito, Toño, ¿sabes que nuestras putas tan lindas se mudaron ahí? Ya el Veinte se acabó, con lo bonito y limpio que era, y con las expertas francesas que nos enseñaron a ser hombres. Qué triste ¿no?

Vaya casualidad, otra vez el nombre de México merodea aquí y allá. ¿Y Manolo Sánchez?, pues sí, el negro te hace la competencia, también es profesor universitario, pero en la Católica, claro, increíble pero cierto, digno de Ripley, y con un sueldo inferior al de boletero de cine; pero él dale que dale, organizaba seminarios con sus alumnos en cualquier parte, en el bar, en el restaurante, o sentado hasta la madrugada en la acera de su calle. Tú crees que son palomillas fumando su cigarrito, pero discuten cosas muy serias bajo la batuta de Manolo el menstruo.

— ¿El qué?

— Ahora le decimos así. Ya sabes, seis meses católico, seis meses marxista, quizá como el resto de intelectuales limeños; no falla su período semenstrual.

— Muy buena, –dijo–, pensando ¿y qué apodo me habrán puesto allá mis alumnos, se burlarán de mi carita de joven-viejo, de mis anteojos demasiado grandes, o de la tonsura que ya me salió?

— ¿Y tú, hermano..?, –Walter le sacudió el hombro–. Por ti no pasan los años. ¿Cuál es tu secreto? ¿Leche de tigre o tigresa?

En efecto, quizá Martha y Mónica lo habían defendido del tiempo, una u otra había estado siempre con él, se veía incluso acompañado ante el espejo, el aire no se adelgazaba nunca, pero ya todo eso había muerto. ¿Quién reemplazaría a Mónica? ¿O quedaría viudo por ese lado?

— Como sea, tú pareces más feliz que yo, aparte de más próspero –dijo él.

— ¿Yo..? ¡Si apenas he podido comprarme una casita ridícula para mi mujer y mis hijos! ¡Tienes que venir a conocerlos!

— ¿También tú casado? Nadie se libra ¿eh..? –la pregunta fue más bien una queja impersonal.

— Sólo por lo civil, que conste –Walter alzó contento la mano–, y menos mal que Manolo no me hizo la escena como a ti. He vivido siete años con la que es mi mujer, pero finalmente tuvimos que hacerlo por los chicos, sabes, los colegios de curas no admiten ilegítimos.

— Te felicito, –y todavía se emocionó como si se tratara de gran cosa.

— Estoy de acuerdo contigo, la verdad es que no hay que casarse en absoluto, ni aceptar ningún Gobierno…

— Ni estar atados a los padres, ni recordarlos, –subió la voz, ya que le parecía muy poco lo dicho por Walter–. Pero su amigo únicamente lo miró curioso, sin aprobar lo que decía.

— Listo, ya podemos salir, tengo mi carrito al costado. — Bueno, vamos al bar del Bolívar.

— ¿Reniegas de nuestras viejas chinganas? –sonrió Walter.

— Después iremos a donde tú digas –respondió, picado.

En el trayecto estuvo pendiente de mínimos detalles que halló en el viejo Austin de Walter: los resortes del asiento se veían por fuera, además de sentirse en las nalgas: el tapiz de la puerta se había despanzurrado, y atrás, en vez del asiento, vio una pila de diarios y libros polvorientos, y por el techo unas manchas que él jamás hubiera tolerado en su pulcro LTD.

— Sí, Toño, como te venía diciendo –y Walter siguió con las noticias–. Gregorio ganó el premio nacional de poesía y con los siete mil quinientos hizo refaccionar el balcón de su casa; hoy era una delicia contemplar desde ahí el mar de Chorrillos. Pero, claro, él ha muerto y sólo nos recibieron sus padres. –¿O sea que esa ridícula suma representaba algo aquí? En el D. F. sólo daría para una cena. Y lo que es Pepe había seguido un curso de enfermería para atender a su viejo. Casi suelta la risa. ¿Y Manolo? Cuando bebía, llevaba a Walter hasta cierto edificio de la avenida Tacna, le señalaba una ventana y confesaba siempre como por vez primera que ahí vivía la mujer de sus sueños, la que después de tantos años no le hacía caso; pero un día de éstos subo y le hablo a su marido, declaraba Manolo, o me la robo como en viejos tiempos. Walter imitó entre risotadas el tonillo lento e ingenuo del filósofo enamorado. Habían llegado al Bolívar.

Se sentaron frente a frente, la mesilla redonda de por medio. El aire acondicionado no sólo enfriaba gratamente las ropas, sino untaba de paciencia y descanso los ademanes, quizá incluso los pensamientos. Pero no desaparecía un hormigueo, algún temor al futuro. ¿Por qué, si Mónica estaba muerta y enterrada, si por Ismael no podía hacerse gran cosa, excepto esperar el deslinde de fueros, y si Martha, desde tan lejos, no podía adivinar las últimas frases de Mónica? Los escasos clientes del bar higiénico y moderno, los muebles oscuros, las paredes tapizadas con figuras de Chavín, la luz indirecta, que se apartaba del día prendido en las cortinas blancas, parecían esconder algo que iba a mortificarlo más. Pero ¿qué podía ser?

— Tráigase dos pisco-sours requetefríos –dijo Walter–; de los gigantes.

Toño bebió sediento la gran copa de las de cognac, paladeó el espumoso trago como haría un niño con su golosina y en eso oyó el primer comentario molesto:

— Dices que tu primo mató por celos. Que lástima. Hubiera sido lindo en un motín o en una conspiración, algo que lo hubiera acercado a nosotros. El ejército no se divide nunca, pero tampoco le gusta el pacto de Odría con el Apra, ni te creas.

— Sí, mató por celos –dijo–, asombrado por lo fácil que podían resumirse hechos graves, y pensando, pero la mató él, no yo, como si hubiera sido necesario.

— ¿Y quién le afanaba la mujer?

— Parece que mi cuñada no era muy santa que digamos –tuvo que decir mezquinamente, sintiendo el veneno en sus dientes, sucio, amargo e innoble, no como en los indios de su niñez, de dientes naturalmente verdes, ingenuos.

— Verás cómo lo dejan pronto libre, te apuesto –dijo Walter, invitándole un cigarillo que rehusó–. Le echarán tres o cuatro años, pero por buena conducta o indulto saldrá antes. O a lo mejor lo procesan por otra causa. Así son las cosas en este país.

— ¿De veras..? –gritó, dudando entre una alegría o una decepción–. ¡Claro, tú eres abogado! ¿Cómo he podido olvidarme? Perdóname, y se tomó la cabeza, añadiendo por compromiso, ya no podía dar marcha atrás– : ¿No podrías encargarte de su caso?

— Lo siento, hermano, pero sólo defiendo a mis cholos, –se excusó su amigo, afortunadamente–. No importa que no me paguen, total, con los dos cines que administro gano bien, no necesito más. ¡Si vieras cada caso de injusticia y abuso! Éste es un país de cafres y el que tiene dos reales se cree rico y maneja la ley del embudo. Y todo sucede bajo gobiernos ineptos, sean militares, civiles o inciviles.

— ¿Crees entonces que estamos perdidos? –lanzó increíblemente una pregunta de niño; se le escapó de los labios.

— La mayoría, sí, pero la argolla que gobierna hallará siempre una salida favorable para sí misma. Has hecho muy bien en largarte del país.

— ¿Tu crees..? –buscó sus ojos–; muchas veces me entra un complejo de culpa, yo jamás quise irme, pero aquí no hallé trabajo, tú eres testigo…

— No necesitas explicarte, todos lo sabemos –le sonrió afectuosamente–. Mira, ahí viene parte de la tira.

Toño se puso en pie, alegre, pero también apenado por la facha de Pepe, el traje lleno de arrugas y las punteras levantadas de sus zapatos. Casi calvo y más flaco que antes, Pepe lo encerró en sus fuertes brazos, y al alejarse para mirarlo mejor, Toño pensó que lo único que lo unía a ese desconocido y casi viejo era la sonrisa amable, aún candorosa, el antiguo orgullo que parecía sentir por Toño, distinguido y triunfador. Pero Pepe lo palmoteó sin hablar y corriendo dijo desde más allá que ya volvía.

— ¿No te dije? –sonrío Walter– Tiene que llamar a su viejo a cada rato; a lo mejor se va a darle de comer.

— ¿A ese extremo? –abrió la boca, satisfecho de carecer de esos deberes.

— Y aquí vienen el Heraldo Negro y Florencia –y esta vez tardó en levantarse con Walter, sorprendido de lo negro que veía a Manolo, ni siquiera zambo o mulato, sino casi negro, si bien con los rasgos finos de un joven blanco, de labios delgados y nariz pequeña.

Lo abrazó, aunque Manolo le extendiera únicamente la mano, y miró por encima del hombro a una mujer delgada, morena y sonriente, que seguía pareciendo una muchacha. Hola, Florencia, y ella no sólo le devolvió su beso casi en la boca, sino que lo besó también en la otra mejilla, a la española, además de retenerlo un buen rato en sus brazos. Entonces recordó que la había enamorado entre bromas y veras cuando aún no habían surgido las Alberti.

— ¿O sea que volvió el doctorcito, el aplicado? –Manolo hizo una mueca.

— El orden en persona –dijo Florencia–, y más guapo que nunca. Tienes que darnos la receta.

— Asiento, asiento –señaló como anfitrión los sillones elegantes y preguntó qué beberían.

— Ya que invitas, te voy hacer un buen gasto –sonrió despectivamente Manolo–. El whisky más caro. Te habrás traído dólares ¿no?

— Ni le digas, se pondrá blanco –Walter tiró de la corbata de Manolo y le torció el cuello de la camisa.

— Qué sabrá el burro de alfajores –dijo Manolo, acariciando su camisa.

— Bueno, salud –Walter impuso su voz–. Qué dirá Toño que en su ausencia no he podido dominar al equipo. El que quiera sufrir que ría, el que quiera hablar que beba. Salud.

— Frasecitas de sofista –lo desdeñó Manolo.

— De ingenioso –sonrió Toño.

— ¡Eso, enséñale a hablar! –le palmoteó las espaldas Pepe, de vuelta del mostrador, y todos corearon la algarabía, burlándose de Manolo.

— Ya basta, chicos, y nada de lisuras, no olviden que estoy acá –decía inútilmente Florencia.

— Las cosas son muy claras para todos –volvió a alzar la voz Walter–, pero el negro no las ve por su ¿qué, negritud..?

— Mulatud –corrigió Pepe– y mulatud no viene de mulato sino de mula, y la mula es ésta que…

— Mira cómo lo ajochan al pobre –se levantó Florencia, yo me voy de este lado, y cayó sentada junto a Toño.

— ¡Zafa! –manoteó Manolo, superior, levemente risueño, pero de nuevo molesto, y por poco derrama la copa de Toño.

— Hablemos de otra cosa en este antro de payasos –miró Manolo a los turistas norteamericanos, vestidos de colorines, que iban llenando las otras mesas y ordenando, a esa hora tan temprana, sus almuerzos de puros sandwiches–. Bueno, ¿y cómo te va, Toño? ¿Qué haces en México, aparte de tener plata en el bolsillo y adoptar esas camisas chillonas?

— Hasta hoy no das en el clavo –dijo él, mohíno; su camisa era ciertamente chillona para el gusto de Lima, y del mismo género de la corbata, cosa también extraña para un limeño; y en verdad su billetera estaba repleta, había retirado buena parte de sus ahorros para el viaje.

— A mí me gusta su ropa –Florencia se abrazó de él.

— Mi servicio del FBI me informa que vives como un pachá.

— Ni pachá ni pacá –sonrió él–. Y a propósito y con el perdón de Florencia, ¿en qué período semenstrual estás..? –y bastó para que la chacota volviera y Manolo se encrespara, explicando (¿ahora o antes, en qué año estaban?) la intoxicación marxista que sufres desde el colegio, la prensa y la calle, y que de por sí, sin análisis alguno, te convierte en antimarxista para recobrar la salud, aunque también tienes toda la razón al desconfiar de supuestos filósofos como Lenin y Stalin. O sea que, concluyendo, te sientes dentro de una mermelada y lo has confundido todo, ¿te das cuenta?, y yo no cambio de bandera cada seis meses, como dicen ellos, sino que cada cierto tiempo, viéndolos tan confundidos en estas asambleas locas que tenemos, les resumo mis lecturas de varias semanas y ellos creen que he cambiado.

No les hagas caso ni des medio por ellos. Y cambiando de tema, me he enterado de que tienes preso a tu primo el militar. ¿Cómo fue, dime? ¿Una revolución de subalternos, como la de Sánchez Cerro?

— También te vas en caldo –dijo, animado por los pisco-sours y por la fresca alegría de Florencia, que, abrazada a él, parecía su muchacha. Y entonces fue como si Ismael, Martha y Mónica terminaran rechazados en un rincón, o más lejos, dejándolo a medias libre: por alguna vanidad de sufrir entre esa gente despreocupada y quizá feliz, sentía ahondar su pena, inclusive cuando él mismo se retiraba a observarse, vamos, hombre, anímate, era un simple orgullo el exagerar la impresión de una putona que te declaró su amor in artículo mortis y de un abusivo que pateó o estranguló a su mujer. Pero quizá estaba contándoselo a alguien, porque Walter reaccionó en seguida, ahora que hablas de mujeres, se pegó a su oído, ahí tienes a Florencia, es oro en polvo, hermano, en diez años sólo la he agarrado una vez y juro que se prende como una lapa y te vuelve loco. –Bah, no estoy para esas cosas–. Toño fingió compostura, y sobre todo, tristeza, pero guardó bien el dato en la memoria, conforme volvía Manolo con sus temas serios.

— Cállense todos –mandó el malcriado de Manolo–, ustedes no saben lo que dicen, aquí en la mesa no hay dignos discípulos de Santo Tomás o de Mariátegui, sino sólo remedos de Haya, Sánchez Cerro y Belaúnde; ustedes son sanmarquinos (y los acusó a todos con el dedo), han bebido la leche turbia y podrida de la política, al menos en la Católica se puede estudiar…

Oíste la palabreja y saltaste como un herido, sí, Walter me contó que has sido capaz de entrar en la Católica, aunque quizá no por estudiar mejor, ni por traicionar deliberadamente a San Marcos, sino porque eres católico, ¿sí o no? Y lo acallaste, que no siguiera a menos que aclarara ese punto, ¿creía en Dios, entonces, y compartía las absurdas posiciones de la Iglesia? Tus ojos bien abiertos iluminaron con ansiedad a ese indio negro, tenía que ser de Cerro de Pasco para exhibir ese color; pero Manolo se evadía, a lo mejor soy católico pero muy malo, y además ¿quién deja de serlo alguna vez? Manolo también parecía sufrir por el peso de aquella carga, aunque mira, tiene la misma importancia teórica decir sí o no –añadió el presumido–, apartándose definitivamente de él: bueno, menos mal, cada uno por su lado.

— Vámonos, –se levantó Walter–, esta conversación tiene cien años de retraso.

— ¿Adónde? –dijo Toño.

— Tú no preguntes, ya lo arreglé todo.

En un jardín criollo de Magdalena los esperaba patrió-ticamente el mantel blanco y los claveles rojos, la mesa servida ya con el primer plato de cebiche de camarones que le deleitaban.

— ¿Te acuerdas cuando veníamos acá a celebrar nuestros santos y luego nos íbamos al Veinte? – metió Pepe la cabeza por un hombro–. ¡Ah perdón, Florencia..!

— Menos perdón y más acción –dijo ella, con desenfado–. Un día de éstos buscaré con mis alumnos de encuestas y estadísticas a esas putas que se acostaron con ustedes en los últimos años, a ver cómo se han portado. Quizá descubra algún secreto.

— Que Manolo nunca entró, por ejemplo –y rieron todos.

Al ofrecer la silla a Florencia, él observó como de paso sus ojeras levemente pintadas, su cuerpo delgado, pero cálido y tierno a la vez, y el notable contraste de los cabellos largos y negros sobre la piel marfileña, la voz deliciosamente femenina (no de hombre, como tenían las mexicanas), la mirada muy negra y muy blanca, y sobre todo, un desenfado inteligente y moderno, distinto de la gazmoñería antigua de las muchachas limeñas. Si, hasta se había formado otro tipo de mujer en su ausencia. Quizá debería ya volver del todo, estaba mucho tiempo lejos.

Mientras, en el resto de la mesa había surgido el tema inevitable. Walter empezó con los precios que habían subido muchísimo, los mozos ya no servían como antes, Pepe siguió con los sueldos que no alcanzaban y culminó cuando un militar dijo perdón, al descorrer equivocadamente la cortina del reservado. Entonces él tuvo que preguntar en el momento preciso, y cómo está aquí la situación, y en un segundo Manolo, Pepe, Walter y Florencia enhebraron lo que parecían eslabones de una misma respuesta, oh cada vez peor, esto se hunde, viejo, en semanas o quién sabe días habrá otro golpe militar, el único que parece ignorarlo es el presidente civil que tenemos.

Provocó el vocerío y pronto ya no se podía hacer nada para salvar el país, sino reducirse a las vidas individuales de cada cual. Aquí lo hemos ensayado todo pero mal, hasta las guerrillas, decía Pepe, háblale de eso a Toño, Walter, le va a interesar. Oh sí, chilló Florencia, por poco me lo matan allá. No les creas, dijo Walter, quitándose el saco como el resto de los hombres; ayudé a las guerrillas, pero me dio miedo unirme a ellas.

— ¿Y cómo, de enlace en la ciudad o de abastecedor de armas? –se adelantó Toño, por su afición a las películas y reservándose el turno para contar sobre las guerrillas de Bolivia. Pero Walter se puso muy serio, nada de eso, ojalá hubiera sido así, contribuí con un poco de dinero y nada más, lo que bastó para que Manolo metiera el veneno, oye tú, socio capitalista, les das dinero cuando tenían de sobra asaltando Bancos, y Pepe gritó, y dime, negro, ¿con qué los ayudabas tú, con rezos y cirios?

— ¡Uf, siguen con la política, yo me voy! –se aburrió Florencia–, dame tu teléfono, Toño, te llamaré, y aunque ambos se intercambiaron sus números y Walter le hizo una seña para que la siguiera, inexplicablemente lo retuvo la voz engreída y aguda de Manolo, me dan pena todos ustedes, oyó, no creen más que en el Estado, y Walter contuvo a los otros con los brazos abiertos, déjenmelo a mí, ya sé, tú quieres que reconozcamos que la religión influye aún más que el Estado, pero ¿qué hacer con una institución tan poderosa que sólo se ocupa del espíritu y no de nuestros importantes y magníficos cuerpos...

— Basta –intervino Pepe– ésta es otra discusión que tiene cien años de retraso, y todavía entre laicos y curas…

— Aquí en el Perú todo sucede con cien años de retraso –dijo Walter, molesto– y además ésa es una frase mía, o sea que cállate. Así como en una cuenta bancaria hay números rojos para identificar el déficit, y en los termómetros unas rayas para el bajo cero, así este país se está yendo de cabeza al déficit y al bajo cero, o sea que tenemos una involución social en marcha incontenible, una especie de degradación, si ustedes se atreven a oírme.

Un silencio subrayó lo dicho por Walter. No es posible, pensó él, no es posible. Se sintió tentado de desviar el dialogo hacia un tema más personal, incluso desagradable, la prisión de Ismael, por ejemplo; pero contuvo su lengua. Fingiré que estoy bebido y me iré, decidió, aunque todavía se demoró preguntando a Pepe cómo le iba a Manolo en la universidad, qué cursos dictaba, qué tal profesor era, cuánto ganaba. El negro está hasta el perno, dijo Pepe, dos mil soles, peor que yo en el periódico.

Súbitamente pensativo y triste por la suerte de su amigo, iba a despedirse de Manolo, el último que le quedaba por estrechar la mano; iba a preguntarle si le gustaría trabajar en México, ofrecerle allá tienes mi casa, quizá yo pueda buscarte un empleo en la universidad, cuando no sólo vio que Manolo empujaba a Walter, sino que estallaba en una discusión aparte, quién eres tú, Pepe, y tus ridículas notas en la página de cine. Manolo se revolvía como un vengador, qué sabes tú de nada, no lees sino libros de ajedrez, ignoras lenguas extranjeras y no has preparado una tesis en tu vida, aquí te hacemos el favor de aceptarte entre nosotros…

— ¡Eso sí que no, no le digas eso a Pepe! –gritó también Walter, y Toño trató de calmar los ánimos, impedir que Manolo abofeteara a su otro amigo, y por ello no hizo más que frenar su brazo y mirarlo, pero Manolo hervía sin duda desde hacía rato y olvidándose de los demás se le enfrentó, sí, se atrevió a eso, y tú, doctorcito de dos por medio, cabreado que huyes de tu patria cuando las cosas se ponen difíciles y te crees mucho volviendo lleno de plata; a los traidores como tú…

Y Toño no iba a hacerlo, estaba sonriendo, incluso sintió pena porque Manolo suponía que ganaba mucho, cuando ni siquiera podía comprarse un departamento (ya los otros se habían puesto de su parte, riéndose de Manolo, el pobre había desbarrado toda la tarde, incluso Toño había vencido su primer rapto de cólera); pero, en el instante mismo en que creyó innecesario reaccionar, pues reaccionó, y no solamente lanzó la cachetada medida que había pensado, la cachetada que torcería a Manolo y lo sentaría como un muñeco, sino que disparó todo un puñetazo y el muñeco de Manolo fue a caer estrepitosamente entre dos sillas, debajo de la mesa; y todavía más, Toño se lanzó sobre su presa, apartando a todo el mundo, y se sintió quemado por dentro y arrastrando una pierna negra.

— ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? No es para tanto… –la voz de Walter contuvo el bestial puntapié que iba a propinarle, vamos, tranquilo, Toño, y cuando éste vio la herida de Manolo en la frente, fue como si un eclipse hubiera concluido y sintió por fin deseos de abrazarlo, ¿qué me pasa, quién soy, tengo o no tengo amigos?

Entonces estiró la mano y la mejilla de Manolo estaba tibia, amable, no proyectaba ningún mal, y tuvo que pedirle perdón, acariciar su mejilla y después sonoramente sus espaldas, en un abrazo que fue aplaudido por todos.

Oyó el aplauso, se despidió de nuevo sin abrazos y un rato después ya estaba subiendo a Lima por la Brasil, casi solo en el taxi trepidante que había reemplazado al viejo tranvía, pero siguió rumiando el puñetazo a Manolo y la sorpresa total de sus amigos. ¿Con que fosforito e imitando a Ismael, no? ¿Con que reaccionando exagerada y violentamente a los estímulos? Has hecho un viaje especial para ennegrecer tu corazón. Esta tarde no te quiero, Toño.

Esperó a que la distancia que había dejado atrás aumentara y que el aire de las ventanillas lo refrescase y le abriese mejor los ojos. No era un prejuicio ni una petulancia suya, pero la ciudad no sólo era más pequeña y sucia que antes, no sólo eran ridículas la infinidad de puertecitas de calle, de los edificios de departamentos, esos callejones para blancos donde cada inquilino había pintado (o elegido no pintar jamás) de un color distinto cada tramo, sino que, de vez en cuando, algún edificio moderno y aun lujoso surgía como una alteración absoluta, un insulto a la normalidad. Ya en el centro, el proyecto de anchas avenidas abriéndose por en medio de viejas y estrechas callejas coloniales culminaba en un desorden general de muros resucitados (por la barreta eléctrica, el pico y la pala), de paredes a medio derrumbar, y del desmonte que alzaba lomos de tierra, fosos y ruinas por donde el peatón debía subir y bajar como en Huaylas. Los desnivelados terrenos baldíos se habían convertido en estacionamientos de coches, donde brotaban polvaredas que fabricaban otra época, otro siglo. Pero quizá el cambio no residía en la mezcla de edificios nuevos y casonas antiguas (ahora pequeñas y risibles, como muestras de una supuesta riqueza de sus dueños, tan pobres en el concierto internacional que daban pena), sino en el aspecto de la gente. Él no volvía de Nueva York ni de Londres, sólo de México y de su terrible geografía de pobres y ricos, y sin embargo, con escasas excepciones, ¡qué infinita variedad de trajes improvisados, de géneros mal planchados y de mala calidad, de prendas viejas que nadie tiraba a la basura! Y eso que el clima era benigno y no obligaba a usar sombrero, ni paraguas, ni abrigo, ni botas, ni bufandas, como en otras ciudades de pesado invierno. En su ausencia, los ambulantes habían invadido el centro y quizá toda la ciudad. Le ofrecían a gritos cualquier cosa. En medio de la calle, con el tránsito sin cortar, un vendedor medía metros de tela que entregaba, sin envolver, al cliente. Otro, desde una carretilla de la esquina, voceaba cebiche de conchas negras y ofrecía los platos ya servidos, para comerlos ahí no más, de pie. Un chiquillo le hundió un dedo en la espalda y le enseñó no los peines o bolígrafos previsibles, sino a un niño, un hermano cierto o fingido, anda, danos pa’ comer, dijo, pero con voz dura y directa, sin los ruegos de antes. Tenía razón Hortensia, la legítima de Pancho, pensó, y Walter no ha hecho más que confirmar los juicios de un ama de casa. La pobreza sigue mirándote, no ha dejado nunca de rodearte y así será para siempre, lo quieras o no. Pero ahora bullía en tu pueblo, ya no en ti; la distancia era lo único obtenido en tantos años.




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