25

Al otro día telefoneó de nuevo el abogado de Ismael. Había que acelerar los trámites del proceso, aclarar qué fuero lo juzgaría. Es justamente lo que hice ayer, dijo la voz; ya se acabó el arresto disciplinario en su unidad: hoy lo trasladan a un cuartel de Lince.

— ¿Y eso qué quiere decir? ¿Es mejor o peor?

— El proceso sigue su curso, pero trataré de que no pase a una cárcel común. ¿Se ha enterado usted de los rumores?

— ¿De cuáles? –casi gritó, pensando sin duda hablan de Mónica y de mí, tendré que negarlo todo, los rumores siempre han sido la comidilla de una ciudad tan chismosa como Lima.

— Pues creo que en estos días se levantará el ejército; si no es hoy, será mañana, lo alivió el abogado, pero llenándole de otra desazón.

— ¿Es posible que los rumores sean tan concretos? Nunca fue así, siempre se levantaron sin que los civiles lo supiéramos. –Y todavía pensó, admirado, ¿tanto se había alejado del país que ya no lo entendía?

— Oh, no, rió el abogado. Esta vez el golpe se ve venir desde hace semanas. Guerra avisada sobre Belaúnde.

— ¿Y un gobierno castrense perdonaría a Ismael? –preguntó con ansiedad; sería una vergüenza: sí, lo dijo, aunque equivaldría a un respiro para su primo. Y el abogado, perdonarlo del todo, no creo; las dictaduras ya no son como antes; pero el nuevo ambiente podría acortar la sentencia ¿por qué no?

Colgó, y media hora después casi se mareaba dando vueltas por un barrio desconocido, buscando la comisaría, el cuartel, la comandancia, lo que fuere. Se trataba de una casa cualquiera y no de un edificio construido ex profeso. Y cuando lo ubicó y le dijeron que había llegado muy temprano, dormitó un poco esperando al abogado, sentado bajo el retrato del presidente que ignoraba que sus días se acortaban.

— Ah, nos ganó usted, aquí estamos –dijo de pronto el abogado, y él se levantó para darse con un Ismael espléndidamente uniformado, a la cabeza de un séquito compuesto por un oficial con escarpines y traje de faena, al mando de dos centinelas que custiodaban al detenido.

— Demoró la orden de salida –dijo Ismael–. Oye, cholo, llamó al oficial, ¿me dejas hablar un ratito con mi primo?

— Por supuesto, mi mayor.

La mano fuerte de Ismael lo llevó hasta la luz de una ventana. Bien afeitado, oloroso, el bigote casi inmóvil, bajó la voz, óyeme, hermano, hay una maniobra para impedir que llegue a ministro.

Tan sólo atinó a decirle que ahí le devolvía sus llaves, que el investigador del aeropuerto pedía datos más concretos, que…

— Lo que oyes, primo. Habrá una revolución mañana o pasado y mis compañeros serán los segundos de los ministros, y muy pronto ascenderán ellos también. ¿Te das cuenta? Mi oportunidad ha llegado. Tienes que hablar con el coronel Revoredo, con quien tuve el lío que te conté. Dile que no hay nada personal, a ver si retira su denuncia; ya tengo bastante con este otro asunto. Sus señas las tiene mi abogado.

Lo vio tan sonriente y seguro que, por vez primera, sintió lástima por él; pero no tuvo más remedio que seguir dándole su informe: que en casa de Ismael no había hallado ninguna pista del sospechoso…

— Olvídate de eso ahora –Ismael cambió de humor–. Me han dicho que Mónica te llamó antes de morir, que pidió hablar solamente contigo. Pues bien, dime qué te dijo.

Entonces palideció, pero casi en seguida se rehizo. Nada que valga repetir, cosas generales, vaguedades de una moribunda. ¿Quién te lo contó? ¿El concuñado Ferruccio..? Sin duda Esther le había pasado el soplo.

Ismael frunció el ceño, empezando ya a temblar en una de sus rabietas: ¿o sea que pidió hablar contigo en su lecho de muerte y no te dijo nada?

Toño inventó una escapatoria, es natural, estaba resentida contigo por el… accidente y quiso refugiarse en el viejo amigo que era yo.

— ¿Y por qué no en cualquier concuñado? Tenía que ser un asunto especial, tal vez algo referente a mí, quizá un mensaje… ¿O te reveló sin duda el nombre del desgraciado..? – Y desde entonces Ismael se volvió a contraluz, hizo nuevas muecas, le aferró los brazos y aun se atrevió a rozar sus solapas, dime qué te dijo. Toño debió darle un empellón y luego suavizar el gesto, sólo un hombre cruel podía golpear a un detenido, o sólo alguien temerario podía desafiar las consecuencias atacando a un oficial uniformado; pero ya los dedos fieros de Ismael cogían esta vez de verdad sus solapas, qué te pasa, primo, yo no puedo ocultarte nada, había que mentirle orgullosamente, y el primo, como muchas veces de niño, adolescente y hombre, oyendo su propia pregunta y nada más, repitiendo esta vez dime el nombre, quiero saber quién es el tipo, ¡tienes que hablar! Ismael insistía en asustarlo con su cara de asustado, y el oficial y el abogado y los centinelas apartando y empujando a Toño, como si fuera el culpable. Menos mal, sabía que Ismael se calmaría pronto, ésa era su costumbre de fosforito, pero a Toño le duraba demasiado la humillación y el orgullo:

— ¡Me agarró de las solapas! ¡Qué se ha creído este mal agradecido, a quien vengo a ver desde tan lejos, que deshonra a mi familia y todavía me viene con altanerías! –sí, gritó y le oyeron todos, inclusive otros oficiales y soldados que cruzaban el pasadizo y aun el mismo Ferruccio, a quien descubrió tras de los centinelas.

— ¡Tú sabes el nombre, el nombre! –y se llevaban a Ismael, y Ferruccio salió pitando a la calle con el soplo, según vería después.

— ¡Qué tal cinismo, cometer un crimen y desviar la culpa a quien no la tiene! –gritó de nuevo y se marchó taconeando ruidosamente.

En la calle vio un primer coche que le pareció el Buick de Ferruccio. Entonces tomó la dirección opuesta, pero al punto descubrió su error, por ese lado se habían alineado los coches de Bacigalupo, Pantoja y del viejo Alberti, y no sólo eso, sino que Ferruccio y su mujer, Esther, avanzando por delante suyo, iban acercándose a cada automóvil para chismearles algo siniestro, y cuando Toño pasaba junto a ellos las miradas ya eran otras, frías y distantes como veinte años atrás, cuando todo había empezado. En un paseo atroz, fue soportando aquellos ojos condenatorios, temiendo que las portezuelas se abrieran y que brotara la jauría de los Alberti, como la había visto actuar contra Lorenzo, el primer desgraciado que lo echó todo a perder. El paseo ante la tribu ya enemiga le pareció de nunca acabar.

Cuando despertó de su profunda cólera, bebía un refresco en un miserable bar de Lince, el único que había hallado para calmar sus palpitaciones y mitigar la sed que le resecaba la boca. Poco a poco, no obstante, sosegándose, muerta la sed y enfriados sus ojos, casi sin pensarlo mucho, sintió un extraño cambio en su pecho y por fin le dio enteramente la razón a Ismael, y decidió corregir buena parte de su conducta. Jamás hubiera supuesto que le brotara una decisión tan radical e importante. Luego se quedó lago rato pensativo, flotando, casi sin relación con su cuerpo, de algún modo vacío pero muy tranquilo y resignado.

No era inocente, pero ningún tribunal que juzgara la muerte de Mónica podría culpar al Antonio que había sido; a lo máximo, quizá figuraría como testigo y en sus declaraciones le hallarían apenas resentimiento, incitación o negligencia, estados de ánimo, sin el estigma de la culpa. Legalmente, pues, estaba inmune. Pero él sabía lo conciliadora, pequeña y mezquina que era la ley, incapaz de castigar los secretos bien guardados, de donde pueden nacer los crímenes. No sólo había cometido errores, sino se había degradado, manchándose a sí mismo. Sólo él, pues, debía corregir las faltas y aun castigar a su autor.

¿Qué le gustaba más, cuya ausencia pudiera dolerle? La comodidad, por supuesto, la ambición y la lujuria, en ese orden. Pues bien, habría que prescindir de mucho en esos campos, pese a no ser un creyente, ni suponer que la mortificación fuera un buen método para la sublimación espiritual. Nada de eso; prescindiría efectivamente de sus comodidades en el extranjero, en Lima ganaría mucho menos, quizá acabaría su costumbre de engañar a Martha, y otra cosa, sí, también algo más, se llenaría de obligaciones nuevas que significarían, por supuesto, el recorte de su libertad. Éste era el castigo real, y conscientes de ello, los jueces de todo el mundo sabían condenar, pues la sentencia y la cárcel sólo estaban para quienes se equivocaban. En suma, partiendo de un mirador situado fuera de la ley, y asímismo fuera de la iglesia, libremente, sin la indigna e inútil ceremonia de la confesión ante un cura uniformado (¡vaya con los uniformes!), él se condenaba a recortar su libertad por un lapso, digamos, de uno o dos años, pena que sin duda correspondería a un iniciador o inductor de la muerte de Mónica, pues de una probable pena de cuatro años se le rebajaría a la mitad por buena conducta. Sí, las cosas eran irónicas y también la justicia se ablandaba por donde no debía. ¿Por qué habría de ser él más duro que el supuesto y desconocido magistrado que lo juzgara? ¿Y por qué iba a seguir viviendo, sin padecer una pena y en la normalidad, como si nada hubiera sucedido, cuando ello era imposible? Él no seguiría de ningún modo la escala de valores vigente en el país, donde todo parecía sujeto a una mezcla de picaresca y blandura. Era vergonzoso y triste, sin embargo, que alguien nada rico ni acomodado, como él, debiera sacrificar sus pocas comodidades, y que los auténticos ricos continuaran en su pedestal por los siglos de los siglos. Y por otro lado, también era vergonzoso, o mejor aún, risible, que sin ser criminal se castigara, cuando tanto inmoral vivía feliz gozando de la consecuencias de su inmoralidad.

Imaginaba que sus próximos años serían los peores; que muchas veces, ante la falta de dinero o de una mujer desnuda y distinta de Martha, o ante una mujer casi extraña como su hermana Maruja, pisándole los talones en el estrecho departamento que se vería obligado a tomar, y contemplando además, a los hijos de Ismael (¡y todavía en Mónica!), perdería los estribos y gritaría de cólera e impotencia, tentado de renunciar a su propio y absurdo castigo, decidido a poner fin a esa comedia moralista y volver al punto a su vida antigua, sin importarle la suerte de Ismael ni de su propia Martha. Pero, no, como fuese, temblando de voluntad e impotencia a la vez, seguiría adelante hasta alcanzar la primera meta que se hubiese impuesto jamás. Se lo había jurado a sí mismo y eso bastaba.

Pagó y salió de la chingana. El perdón de sí mismo estaba muy lejos y debía ganárselo a pulso. ¡A mí, Toño, no me engañas, juró, no te dejaré a sol ni a sombra y sufrirás tanto como Ismael! Pero otra voz, no menos real, decía no podrás ser tan duro, te ablandarás por tratarse de ti mismo, me perdonarás mañana o pasado, como hace todo el mundo.

 

 



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