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Pues bien, a cumplir los encargos de Ismael; después de todo era un acto humanitario ¿no? Llamaste al investigador del aeropuerto, dándole más explicaciones de las que hubieras querido: la vergüenza de tener un pariente encarcelado era también un deseo de que el tipo al otro lado del teléfono fuese más inteligente y callase ciertas preguntas. El suyo fue un pudor real, como el de las vírgenes ante el asedio del fauno. ¿Tanto había penetrado la ley en tus entrañas? Y todavía el tipo meloso se mostró excesivamente preocupado por la suerte de Ismael y aun pidió que volvieras a llamarlo por la tarde.

Luego, pasaste por la ferretería Prolongación Benavides, un viaje absurdo e imprevisto, al borde de la carretera por donde antaño torcías a Chosica y veías el polvoriento letrero de Vinos Venturo. La pista corría por un arenal sólo a medias conquistado; aquí y allá, galpones, garajes, e inclusive casonas nuevas e impresionantes, pero ya huérfanas y envueltas por el polvo. Bajó del taxi como en una barriada, pero unos metros más allá vio una mansión de techo suizo en medio de un pequeño oasis verde, y todo ese jardín desubicado se escondía tras un muro de ladrillos huecos. ¿Quién había trazado esta cuidad de piel áspera y desnuda? Toño buscaba la dirección zigzagueando entre viejos camiones inmóviles y coches despanzurrados y muertos.

Lo que hallaste fue un cobertizo enorme, casi un hangar, a cuyo fondo había un tabladillo, una especie de escenario y micrófono, desde donde una media docena de vendedores recogía los gritos de los clientes y dominaba todo un mar de hierros, rieles, increíbles autos chocados, mohosos y envejecidos. Aquel negocio de Ismael parecía tan bueno que debió esperar a que la muchacha cajera, asediada por gritos y brazos levantados, lo descubriera finalmente.

— ¿Qué le pongo, señor?

Sí, era Lidia, la amante del marido de tu amante, de algún modo tu sangre corría también por ella. Una vez más todo parecía normal; ¿por qué entonces sentirse dividido, roto, herido en el muñón? Con el ceño autoritario ante los clientes mal vestidos, ella hacía las cuentas sobre trozos inservibles de papel, no había caja registradora, y el negocio tan bueno no era una ferretería, sino un vulgar depósito de chatarra, a qué tanto enseñar en la universidad si un pedazo sin duda robado de coche valía medio sueldo de los de antes; pero el ceño fruncido de la muchacha feíta, nerviosa y mandona cedió al decirle quién era y sonrió, no estaba mal, aunque quizá demasiado joven para el perverso de Ismael, ah, es usted, al fin lo conozco, usted es el que no quiere vivir en el Perú, y ahora Toño frunció el entrecejo, pero finalmente tuvo que soltar la risa, ah eso le contó Ismael, pues sí, soy yo, y ella también perdón, no quise decir nada malo, aunque ambos ya estaban riendo e interrumpiendo a los clientes, por favor, señorita, estoy apurado, hasta que ella dijo venga, venga, vamos a hablar a otro sitio.

No sólo muy muchacha, feíta y mandona, sino huesuda pero simpática. Dejó su puesto a una mujer gruesa y desaliñada y lo hizo cruzar por otro canchón, sembrado de camiones oxidados y sin ruedas; pero saliendo a otra calle le abrió la portezuela de un hermoso Thunderbird. Ismael seguía con sus gustos copiados de los Alberti. Sentados, de algún modo viajando dentro del coche parado, y demorando aún el tema del prisionero, hablaron del Thunderbird qué bonito, de cómo era México, y cómo ha encontrado Lima, y de pronto las sonrisas flotaron solas, dibujadas en el aire, y ellos ya eran otros, buscando acercarse a la sombra de Ismael que los reunía. Pero Lidia estaba tranquila, lo creía inocente y esperaba pronto –cómo, lo ignoraba– su vuelta a la vida normal. Así como Mónica, la legitima, había pertenecido a una institución que parecía muy firme, así Lidia pertenecía a otra, firme también, la de los amantes, la de los inconformes y a ti siempre te ha gustado lo ilegal y escondido, Toño, debes reconocerlo, buscando lo escondido mirabas satisfecho a Lidia, casi una chiquilla crecida a la fuerza por su amante, mientras le contabas cómo habías hallado a Ismael. Veías en ella el azar, el oscuro placer que le despertó Ismael, era la sucedánea de Mónica y tú el sucedáneo de Ismael: la carne de Lidia era, pues, fraterna, íntima, los ligaba a todos, y el ruedo, la obsesión, crecía como la hiedra, imposible detenerla. Una institución contra otra, una necesaria pugna más. Y a fin de observarla mejor la dejó hablar, sí, sí, qué mala suerte, suceder aquello cuando todo marchaba bien e Ismael quería ya divorciarse; porque sabrás, Toño (ya lo tuteó, así eran hoy los jóvenes), que a mí no me interesa el matrimonio, lo que vale es la pareja, lo quiero como es. La muchacha huesuda tenía los cabellos castaños amarrados en una cola de caballo; era flaca, pero de bonitos ojos pardos y pestañas rizadas, y cejas negrísimas que endulzaban la mirada, y muchas pecas; la belleza y la fealdad se juntaban perfectamente en ella; óyeme; Toño, incluso no me hubiera importado que Mónica se quedara con nuestros negocios, pero el amor de Ismael a sus hijos demoró el divorcio, si no, jamás hubiera sucedido nada, aunque sí, también tenía una pequeña y graciosa nariz, operada, claro, pero le quedaba bien. Vamos aquí, a El Rancho, volvió a proponer la muchacha mandona, y a los cincos minutos ya estaban ante dos pisco-sours a esa hora tan temprana, y ella siguió chismeando sobre Mónica, como si hubiera esperado para destilar su veneno. Pero su boca sin pintura se cerró en cuanto preguntaste quién era el amante, con quién había planeado Mónica ir a México, porque eso había provocado la pelea final ¿no?

Fumando, Lidia desdeñó la pregunta con un gesto mientras quitaba de tus labios un hilo de tabaco. Imposible saber de quién se trataba. Mónica tenía varios y de toda edad, Lidia no los conocía, pero se lo habían contado, e Ismael no tuvo la suerte de descubrirlo porque cada vez que la habían perseguido juntos, en el Chevrolet verde, por supuesto, no en el Thunderbid, Mónica se les había escabullido, era una mujer tremenda, una bandida, sin respeto siquiera por sus hijos.

Vamos, al grano, levantaste la voz, ya era hora, no quiero insultos sino pruebas, pero Lidia repitió que sí, ahí estaba la vida horrible que Mónica les había hecho pasar con sus celos, como si hubiera amado a su marido; y si Toño quería pruebas, ahí estaban las veces que Ismael la había telefoneado en vano desde Cajamarca e Iquitos, y dónde se escondía Mónica, vamos a ver, y esa otra noche que Lidia lo llamó a Trujillo y le dijo Ismael, ven, Mónica se ha ido de jarana con algún tipo, porque su teléfono no contesta todito el fin de semana; y hubo muchas otras mentiras, que iba al cine y al mercado, o a un cumpleaños, pero no iba, oh y esa mujer era tan bandida en sus engaños y daba tan buenas explicaciones que el pobre Ismael siguió creyendo y dudando a la vez, el culpable no apareció por ningún lado (¡soy yo, sólo yo!, casi gritó Toño, feliz), aunque para disimular pidió nuevos detalles conforme recordaba, sí, ahí estaba él con Mónica cuando Ismael había viajado a Cajamarca e Iquitos, y seguían juntos aquel fin de semana cuando Ismael volvió de Trujillo y estuvo a punto de descubrirlos en un hotel de Miraflores.

Casi gritó feliz, pero se puso serio y dijo que si Ismael no había podido descubrir en años al culpable, lo haría él con ayuda del investigador del aeropuerto. Al despedirse recomendó a Lidia depositar diariamente el dinero de las ventas en un Banco (ella lo guardaba en escondrijos del cobertizo) y que comprara una máquina registradora para el negocio. Ella acabó en sus hombros, llorando por lo difícil de visitar a Ismael, todo eran facilidades para las legítimas, nada para las mujeres como yo, dijo. Limpiándole el rostro con el pañuelo, examinando aún más de cerca sus defectos, pensó que quizá ella también era una de sus víctimas. Extrañamente, la impresión no fue ingrata ni repudiable.

A mediodía, conoció por fin la casona de Ismael y estuvo mirándola largo rato antes de entrar: grande, fea, y sin duda costosa, de dos plantas y con un buen jardín delantero, además de dos amplios garajes. El verde brillante de su fachada, el caminillo de cemento hasta la abominable puerta rojiza, adornada con una manija dorada, le borraron un poco la envidia, y más aún cuando la sirvienta le hizo pasar a un hall de losetas de mármol falso, sin alfombras, amueblado ¡al estilo Luis XV en versión nacional! ¡Y dentro, en las salas de cortinas azules y muebles pardos, en vez de bibelots o cuadros, ¡halló fotografías coloreadas de Ismael, Mónica y de sus cuatro hijos!

Miró demasiado la fotografía iluminada de Esteban, el que a lo mejor es tu hijo, por qué no, Mónica te lo dijo varias veces y luego nunca más, tu frialdad evitó cualquier compromiso, sí, las fechas y ausencias de Ismael coincidían, quizá efectivamente era tuyo, pero preferiste la duda, la posibilidad abierta, sólo a tu mano, dependiendo de ti, y de nadie más. Se volvió al primer ruido y un niño lo saludaba afectuosamente, hola, tío Toño, y lo besaba, y tuvo que preguntar cuál de mis sobrinos eres tú, y el niño de unos ocho años, sonriente y vivaz dijo, ¿cómo, ya te olvidaste de nuevo, tío?, en cada viaje eres igual, soy Esteban, el segundo, ¿y qué me has traído de México?

Todavía absorto recibiste los besos de los demás sobrinos y te hicieron pasear por la moderna y espaciosa casona, no sólo cada niño tenía su cuarto, sino también cada sirviente, y en medio del jardín interior vio un foso, sí, tío, papá está construyendo una piscina, los niños creían que Ismael estaba en provincias, como tantas veces, y vamos arriba donde tenemos el cuarto de estudios, y aquí está el dormitorio de papá y mamá. Y te dolió mucho entrar en él, por supuesto.

Entonces sacaste las llaves que te había dado Ismael y los chicos te dejaron solo y te encerraste por dentro, envuelto menos por el recuerdo que por la sedienta mirada de otro retrato de Mónica, como si tuviera el sexo en los ojos, y él sintiendo la necesidad de abrazarla, tan bien escondidos como parecían estar.

Tenía también las llaves de los closets. Al abrirlos volvió a desconfiar de Mónica y se echó a buscar las huellas del supuesto amante, entre los papeles que habían sido de ella, no de Ismael, lo sabía por la letra y la forma de doblarlos, por su manía de clasificarlos en sobres rotulados como recibos de luz, letras amortizadas por la casa, cuentas de Oeschsle y Sears, y de pronto unos sobres sin rótulo que abrió impaciente, después de todo le convenía hallar siquiera una pequeña prueba, si no de un adulterio, al menos de un amorío incipiente, o quizá la carta atroz de un tipo rechazándola por puta, algo que calmara la ansiedad de Ismael; pero, no, no, era otra cosa, ella había conservado los primeros escritos de sus hijos, unos garabatos y dibujos que sólo valían para una madre. Siguió buscando, como si un extraño hurgara en él mismo y se dio por fin con la cartera que llevaba el día fatal, no había dudas por el billete de avión, por los cosméticos y perfumes que ella usaba, por el montoncillo de billetes de cien dólares y debajo otro sobre en blanco, y adentro un papelito viejo y amarillento, quizá otro garabato de sus hijos; pero tampoco, oh no, era un poema A ti, Antonio firmaba una M., o sea que poemas también le habías arrancado y sin duda te lo llevaba de obsequio a México, a ti solo he amado, mi bien, a ti solo, a ti solo, una mierda de poema, pero su voz estaba ahí, también arrodillada como su dueña en el cuarto putañero del Cinco y Medio, tan grande como ese dormitorio. Mónica de rodillas, pidiendo cásate conmigo, seré buena, eres el único que puede ponerme en vereda, sé que soy malgeniada, orgullosa e insolente, una jodida con mayúscula, pero yo te veo y duermo bien una semana, mi amor, aunque Toño ya estuviese cansado de repetirle cásate con Ismael, yo quiero a Martha, y la frase debía hundirse en su propia carne para hacerse cierta, déjame, esas cosas no se piden como favores, nadie se casa así, y Mónica seguía implorando, por qué no, dime, seré una buena esposa, me alocan los niños y tener la casa arreglada, jamás te engañé con nadie en estos años que salimos juntos, ya soy otra, te juro; pero él dale y dale, cásate con Ismael, y pensando también ya basta, carajo, una mujer joven y bonita como tú no puede rogar a ningún hombre.

Casi despertó sobre la cama matrimonial y ya no leía el poema sino una carta de Mónica a su marido, creo que voy a dejarte después de lo de anoche, jamás pensé que me llevarías con engaños amorosos a una playa desierta (¡ah, eso también, sobre la arena y bajo la luna, conmigo no quiso, debió ser hermoso, puta de mierda!), y me pegarías con una verga de policía de las que no dejan huellas, te dije de rodillas que no existía nadie entre nosotros, pero no me creíste; y eso no puede ser, porque yo también he llegado a faltarte el respeto cuando vuelves borracho, una vez al mes como una religión, tomas hasta morir con tus amigos y eso no puede ser, llegas arrastrándote y vomitando, y te echas como un muerto en la cama, y entonces me acuerdo de tus palizas y yo también te doy de alma con lo que puedo, con tu correa, tu fuete de militar o mis zapatos, y los golpes son de alma, y entonces te toca a ti no salir a la calle por el ojo o la nariz hinchados, y eso no puede ser, jamás creí que llegaríamos a tanto, aunque todavía no me atrevo a dejarte, incluso no se si seré capaz de entregarte esta carta, por qué soy así, Dios mío.

La voz de Mónica calló y sobre la cama matrimonial ajena se desparramaban los cosméticos y los dólares, el poema y la carta (¿iba a enseñármela también, entonces?). Devolvió las cosas a su sitio, menos el dinero que cambiaría en soles para entregárselos a tía Lola y bajó a la biblioteca de Ismael. Miró apenas la espantosa y cara estantería de cedro, las colecciones de libros comprados por la pasta lujosa, las numerosas fotografías de Ismael ascendido a alférez, a capitán, a mayor (al menos por edad ya podía ser comandante o coronel), los trofeos deportivos de plata, el para él absurdo despliegue de armas viejas y nuevas, de espadas y dagas. Abrió el cajoncillo del escritorio en busca de talonarios de cheques y de nuevo, súbitamente, se vio rodeado de sus cuatro sobrinos y Esteban haciéndole preguntas sobre México: en conjunto, eran cuatro reproducciones del cabello de Mónica, de la nariz de Mónica, de la sonrisa de Mónica y de alguien más que no era él.

Por la tarde, llamando al investigador del aeropuerto, le oyó decir tengo las listas de pasajeros de México, qué nombre busca usted, sin el nombre no puedo hacer nada, y no aparecen las edades, suponga que me equivoco y sospecho de un niño o de un anciano, y las listas tampoco indican número de pasaporte o de residencia; y suponga también que se trate de un extranjero que vive en el Perú manteniendo su nacionalidad. No, tenemos que averiguar primero el nombre, ¿No lo sabe? Pues entonces lo veo difícil, es como perseguir un fantasma.

No se preocupe, ya lo encontré yo, estuvo a punto de decir, como si se tratase de otra persona.



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