7

A medianoche, despertaste bajo la súbita luz hiriente del cielo raso, y vino el roce animal del bulto, inofensivo o amenazante, no pudiste saberlo. Lo primero, agitar la cabeza, descubrir que la escena de este lado se mezclaba con las informes hilachas, nubes y caras exangües de tu madre y de Maruja, al fondo del sueño de donde acababas de salir. Ismael te sacudía.

— Oye, hermano, tengo una buena noticia.

— ¿Qué pasa..? ¿Qué hora es..?

— ¡Que me caso, hom! Ya hablé con la familia de… ¿Te das cuenta?

Y te dijo feliz el nombre, pero no oíste bien, aunque pensabas que era otro, cualquier nombre que justificara tu alegría al echar fuera las frazadas, levantarte y abrazarlo, te felicito, viejo ¿y contra quién va la cosa?, te la tenías guardada ¿eh?

— ¿Cómo contra quién? Ya lo sabes ¿no?

Súbitamente serio, Ismael se volvió para acostarse, encendiendo por fin la luz del velador y apagando la otra del cielo raso.

— Juro que no te oí, palabra.

— ¿Y con quién va a ser, tonto? ¡Con Mónica, por supuesto!

Quedaste por un instante cortado, silencioso, flotando en el aire y ya ibas a caer, tenías que caer.

— ¡Oh, perdóname! –y te tomaste la cabeza en un gesto salvador–. ¡Sigo dormido! ¡Claro, con Mónica! ¡Felicitaciones, primo..! –lo abrazaste no sólo por la costumbre en esos casos, sino con afecto real; y justamente por las escasas efusiones para con él, aprovechaste para no soltarlo, oh viejo, qué idiota eres, vas a cometer la gran estupidez de tu vida, nosotros lo tomamos todo muy en serio, no lo hagas, te vas a fregar con esa putona; pero no dijiste ni pío, por supuesto, y volviste a la cama y contra la pared, aunque imposible dormir ya, tu vergüenza y cobardía empezaban a desnudarse en la noche quebrada en dos.

Crujió el catre de Ismael y la noche se volvía una caverna inútil, pero no vacía, alargada por tu engaño. ¿Y si Mónica esperara un hijo tuyo, o de su novio fugado, y hubiera decidido casarse con Ismael para salir del paso? ¿Y si Ismael no fuera un idiota, si lo supiese todo y continuase adelante? ¿Eso era entonces el verdadero amor? Otro crujido en el catre, esta vez fue el tuyo, y de nuevo se alargó la noche que no se iba con su cáscara negra.

— Oye, primo… –tuviste que llamarlo.

— ¿Qué hay?

— ¿Tienes mucho sueño?

— Yo algo, ¿y tú?

— ¿Y si vuelve su novio..? –por algo debías empezar.

— Mónica ya se olvidó de él.

— ¿Y qué es del otro tipo, cómo se llamaba ése al que pateamos todos una noche..?

— Lorenzo. Desapareció de Lima por el susto.

¿Y ahora qué más digo?, pensaste, ¿le hablo de mí que soy el de turno, el heredero de quienes no cumplieron su palabra?

— ¿Lo has pensado bien?

— Por supuestamente. ¿Por qué lo dices? –¿por qué, en efecto, serías capaz de decirlo?–. Soy nada más que subteniente y gano poco, lo sé, y ella es de buena familia y nosotros no; pero me ha prometido ajustarse a mis posibili…

— No me refería a eso, sino a lo que todo el mundo sabe, aun en el propio barrio, empezando por su mal genio, su modo sobrado de creerse más que nadie, su...

— Yo también tengo mal genio.

— Sí claro, pero en un matrimonio... –¿y qué sabías tú de matrimonio?, aunque ya por entonces habías elegido a Martha para después, la habías apartado y aislado en tu cabeza, ella sí merecía ser una esposa, inclusive no era gorda, ni engreída, ni fresca como sus hermanas.

— Todos los matrimonios se pelean –dijo Ismael–, eso no es ningún problema.

— Pero… –y seguiste, la cosa era imparable–, supón que quieras divorciarte.

— Pues me divorcio. Estamos en el Perú ¿no?

Te morirás antes de decirlo, pensaste, tú eres incapaz de arriesgarte a tanto.

— Me refiero a una incompatibilidad continua, diaria, de ésas que quitan el sueño y no te dejan trabajar; entonces tu vida será un infierno.

Ya está, infierno, la palabra infantil aunque exacta, si te casas con ella tu vida será un infierno, pero tampoco hablaste así de claro.

— No creo que pase eso, Toño; yo la quiero mucho.

¿Y eso qué diablos significa para ella?, pensaste, oh imbécil, ¿te contó que acabo de tirármela por la tarde?

— ¿O sea que todo está arreglado? –suspiraste.

— Ya sé que piensas en sus otros novios, primo, pero ella los aceptó de buena fe ¿no? Ni los engañó ni se rió de ellos; al revés, no cumplieron con Mónica. Y lo que digan los chismosos del barrio no me interesa. Nadie la conoce de veras, hom… –y la voz del cornudo se hizo honda, tardó demasiado en las frases–. Una muchacha de buenos sentimientos… Fíjate que le gustan las de dibujos animados o bailar en las fiestas hasta empaparse de sudor; y ni siquiera toma un trago, ni fuma, ni cambia de pareja, nada. Yo, la verdad mentiría si dijera algo contra ella. Además no se deja, primo, sólo manoseos, claro, y me lo agarra también, pero de lo otro nada, ni hostia, Toño, franco.

Cuando Ismael calló, había como un retrato bello y traidor en la oscuridad, encima del bulto de su primo, y Toño buscaba deshacerlo de un manotazo; pero entonces apareció el suyo, mezquino y despreciable, manchando el otro cada vez que Ismael lo limpiaba.

— Y por último, ya le dije que nos casaríamos. A la pobre le han fallado dos novios: ¿te imaginas lo que sería si yo me echara atrás? Ella es blanca, rubia, y nosotros cholos, Toño, la verdad es la verdad. ¿Qué otra se me va a poner en bandeja? Y todavía, según ella, le estoy haciendo un favor. No, tengo que aprovechar el pánico...

¿O sea que también un imbécil podía parecer bueno? Pues anda, mula, y piérdete, decidiste.

Claro, hubo un largo tiempo en que Mónica y Martha no existieron, únicamente Toño e Ismael, ni siquiera Melisa (les duró tan poco, el primo no supo conservarla, qué haces con esa gringa loca y protestante, dijo tía Lola, golpeando la mesa del comedor); ella tuvo que seguir viajando por la sierra con su familia de cantantes y predicadores. Quizá se habían cansado, Ismael de empujarlo y acosarlo sin motivo y Toño de guardarse la sombra de una cólera en el bolsillo, acariciada siempre por su mano. Las horas de estudio por la noche y en el mismo cuarto dieron su fruto, los buenos exámenes que daba Toño, los diecinueves y veintes en contraste con los onces de Ismael. Ya éste no lo miraba de arriba abajo, Toño no sólo crecía, ya no era un retaco, sino empezaba a hacer girar a Ismael en torno suyo, al menos eso creyó. Fue obra de sus cuadernos bien forrados y escritos a dos tintas, roja para los títulos y azul para el texto, bellos, sin manchones ni enmiendas, con el margen tan derecho como el una máquina de escribir. Ismael se los pedía prestados, y como estaban en salones distintos, pero en el mismo grado, corría de un salón a otro y cambiaba los forros, nada más, y mire usted, maestro, yo también estoy al día con los cuadernos, súbame la nota ¿ya? Pero luego Toño pasó sin Ismael al tercero y el pobre ya no le hacía fieros, incluso le sonreía, pero ¡ay si se negaba a complacerlo!

Durante días el tiranuelo le quitaba el habla, palmoteaba el hombro de otros muchachos justamente cuando él se acercaba, o bruscamente se volvía en silencio, arrugando el ceño, y entre el silencio y el odio creaba una horrenda pared de vidrio, un mirador por donde Toño descubría la costa, el viaje final, ¡oh cuándo me libraré de este maldito estorbo y me marcharé a Lima!

Uno de esos días de hielo un compañero le preguntó entre risitas si quería ver una foto, ja, ja, pero todavía eres muy chico, te vas a desmayar, y lo tuvo a su merced durante los recreos, Toño lo perseguía y el otro enseñaba la foto únicamente a los de su tamaño, y una risita de dientes sucios, de encías sanguinolentas. Ya está, dijo el, mañana te doy mis cinco soles de propina; el tipo lo pensó varias veces, sonrió y dijo no, y Toño se había alejado lo suficiente como para empezar a olvidarlo, cuando oyó un silbido desde el fétido reservado. En perfecto silencio, con exageradas muecas, el muchacho dijo ahora que sí, que se la vendía, pero que si mañana no le daba el dinero se ganaría un estupendo trompón, huele, huele, y le puso el puño en la nariz.

Toño miró velozmente la foto muchas veces y la estuvo mirando todo un año, escondido en el canchón de fútbol, tras una mata, o abría tranquilamente sus cuadernos en clase y ahí estaban el hombre y la mujer conectados, enganchados como perros callejeros, o se ponía cerrojo en el cuarto de Ismael (no había pestillo, ni manija, ni chapa, ni llave, que vinieron después, sólo un cerrojo pesado y torpe) y miraba las figuras, le iban pareciendo incompletas y cambiaba de lugar, de hora, de semana y empezó a descubrir el vacío que faltaba, el laberinto previsto pero escondido, cada noche se acercaba un poco más y cada mañana lo olvidaba como a una enfermedad. E Ismael que ahora sí lo perseguía por averiguar qué pasaba; a lo mejor el primo estaba malo y volvería a su tierra como Maruja. Avanzando por entre una niebla real, chocando sus pensamientos contra una pared, flotaba y se dirigía hacia otro Toño que quizá lo llamaba; metido con la figura, hablaba desde ahí dentro y salía con mucho trabajo de vez en cuando. Hasta que una tarde, así como un intrincando problema de matemáticas pierde su oscuridad, así vislumbró la solución, eligió definitivamente un camino entre muchos, nació una alameda fresca cuyos árboles quietos señalaron el fin de lo que no termina, cruzó otra niebla y recibió en sí mismo al otro Toño que debía existir. Ni siquiera supo cómo había ido a parar a la huerta desaliñada, donde a veces jugaba fútbol con Ismael (en los días cordiales de Ismael), pero estaba ahí y no sólo eso, sino que Toño y la foto se habían escondido en la casona de telégrafos, habían entrado soñolientos por la ventana rota y despertaron en la ruinosa sala de pilas del telégrafo; un grueso alambre unía la boca de botellas llenas de un hermoso líquido azul, y dentro del líquido azul flotaban mariposas de cobre, y de cada botella salía un alambre y muchos alambres engrosaban y corrían hacía la oscuridad de la casona, donde no debían descubrirlo, estaba en la sala de pilas del Whistone, la foto en una mano y la otra abriéndose la bragueta, Toño sacándose el antiguo colgajito que ahora vio inmenso, plantado en medio de la habitación y las pilas azules en torno a esa barreta, y la propia barreta guió su mano y dolió y por ahí pareció resolverse el problema, debía avanzar por ese único camino, y lo siguió asombrado pero convencido, este animal no podía ser Toño pero lo era, las cosas no debían ser así, pero lo eran, la cabeza lo controlaba todo pero ya no, imposible, el cuarto se mareaba en la punta de sus pestañas, pero la convulsión no paraba, adónde ir, no lo sabía, saltando y trastabillando entre las pilas azules, pero sin soltar la barreta que lo miraba con su ojo único, el cíclope prisionero, convulso y vomitando en el cuarto mareado y medio azul.

Y ahora pásame a mí la foto, dijo asombrosamente Ismael, que lo había seguido a hurtadillas, como siempre, pero ya no importaba, Ismael tenía ya la bragueta abierta y su tallo de árbol nuevo se plantó también en medio de la habitación, y le pidió que le sostuviera la foto mirándose ahí como en un espejo, y de algún modo fue estrangulándose en otro mareo progresivo, hasta que la convulsión lo hizo trastabillar por el cuarto y Toño lo perseguía enseñándole la figura, y eso fue solamente la primera vez, porque durante un año, ¿o fueran dos?, estuvieran donde estuvieran en el pueblo, de pronto uno hacía señas al otro y allá se iban con la foto ya arrugada y sucia a trastabillar por turno entre las botellas azules, para volver después, tranquila e ingenuamente, a seguir estudiando en los cuadernos con letras azules y rojas.



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