PRÓLOGO 1. La aparición de esta nueva novela de Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928) confirma el perfeccionamiento expresivo que su autor viene desplegando, sobre todo, desde los cuentos de Vestido de luto (1961). Ya su tercera novela, Los aprendices (1974), superó en aliento y ejecución a las dos novelas cortas iniciales: El cínico (1948) y Los Ingar (1955). No en vano habían transcurrido dos décadas entre los Ingar y Los aprendices. No en vano Zavaleta había logrado erigirse como uno de los mejores cuentistas peruanos contemporáneos, gracias a La batalla (1954), El Cristo Villenas (1956) y Unas manos violentas (1958), pero, en especial a Vestido de luto, Muchas caras del amor (1966) y Niebla cerrada (1970). Varios de estos cuentos aparecen en la antología El fuego de la rutina (1976), publicada por PEISA, en la colección Biblioteca Peruana y en otras numerosas antologías. Después de la publicación de Los aprendices, Zavaleta nos ha regalado otro libro maduro, con cuentos magistralmente plasmados: Un día en muchas partes del mundo (1979). Por otro lado, ha dado fin a un volumen de textos brevísimos, La mirada que aumenta el mundo, del cual podemos leer una selección acompañada de siete cuentos de reciente cosecha, en La marea del tiempo (1982). Paralelamente, ha terminado dos novelas: Un joven, una sombra y la que ahora prologamos. De tal suerte que Retratos turbios resulta ser la quinta novela de Zavaleta. El pulso narrativo, el diseño de los personajes, el montaje de tiempos y perspectivas, la atmósfera febril y la textura de la prosa trasuntan un mayor dominio artístico. Zavaleta está a punto de igualar en el terreno de la novela, el virtuosismo que desde hace treinta años ha alcanzado en el cuento. De ser así, se ubicaría entre nuestros mejores novelistas, tal como se ha confirmado con el éxito innegable de su gran novela Pálido, pero sereno (UNMSM, Fondo Editorial, 1997), que culmina, hasta ahora, su brillante carrera. Cabía esperar este salto en que se condujo, sin tropiezos, de menos a más; a diferencia de Julio Ramón Ribeyro (en el cuento cada vez más admirable, eximio ya en Silvio en el rosedal), cuyas novelas se han ido sucediendo en orden decreciente, malográndose el notable novelista que apuntaba en Crónica de San Gabriel y los primeros capítulos de Los geniecillos dominicales. La comparación con Ribeyro viene a cuento, porque ambos son los integrantes de la llamada Generación del 50 con mayor versatilidad narrativa, tanto en lo concerniente a los temas que abordan como a los recursos expresivos que emplean. Por otra parte, ambos no han cesado de enriquecer y depurar su mundo creador (Zavaleta en el cuento y la novela, Ribeyro sólo en el cuento), brindándonos en los últimos lustros sus mejores páginas. En cambio, Congrains y Salazar Bondy se limitaron a asediar la ciudad y la costa; Vargas Vicuña, el campo y la sierra. Y si Salazar Bondy murió tempranamente, Congrains y Vargas Vicuña han optado por el silencio editorial. La versatilidad temática de Zavaleta es incluso más patente. Abarca con igual soltura la costa y la sierra, la capital y los pequeños poblados, la ciudad y el campo. Se aproxima, en una dirección, al neorrealismo urbano de Congrains y Salazar Bondy; y, en otra, al realismo maravilloso (en su variante neoindigenista) de Vargas Vicuña. Tampoco deja de lado los aportes de la literatura fantástica, aunque éstos sin la nitidez que logran algunos cuentos de Ribeyro. Esta versatilidad de situaciones y ambientes se condice con la conciencia generacional de Zavaleta (1). Para él, el grupo de narradores del 50 supuso un camino distinto del indigenismo predominante en la narrativa peruana de los años 1920-1950. No sólo porque se lanzó a retratar la urbe moderna, lo cual podría llevarnos a una esquemática oposición hasta cierto punto ilustrable con algunas frases de Salazar Bondy entre indigenismo y neorrealismo urbano, sino fundamentalmente, porque prestó atención a "todas las sangres", al Perú como "país mayormente mestizo". Creemos que Zavaleta quizá acentúa demasiado el aporte de su "generación", ya que, por lo menos en El mundo es ancho y ajeno (1941), de Ciro Alegría, la óptica sensible a nuestro mestizaje no era desconocida en nuestra narrativa; por otra parte, los relatos de José Diez Canseco son, en gran medida pioneros de la nueva narrativa urbana. Sin embargo, valga la aparición de Zavaleta para caracterizar su propio universo narrativo, ancho y mestizo, interesado por toda la pirámide social y todo el espectro nacional. Es el propósito de actualizar las técnicas narrativas el que tipifica a los autores del 50, diferenciándose de Alegría y Diez Canseco; gran conocedor de la literatura europea y norteamericana contemporánea, docente y traductor, Zavaleta acaso fue el que emprendió esa labor con mayor lucidez, preparando la gran renovación que en el 60 introducirían Mario Vargas Llosa, Oswaldo Reynoso y las últimas novelas de José María Arguedas. 2. Retratos turbios adviene como el mayor esfuerzo "totalizador" efectuado por Zavaleta hasta el año de 1982. Su integrador diseño congrega múltiples connotaciones sociales, políticas, geográficas, psicológicas, etc., por medio del contrapunto de los personajes. En el caso de los protagonistas, los primos hermanos Toño e Ismael, el juego de oposiciones se erige como la verdadera trama de la novela. Una rivalidad de polos complementarios que pugna entre sí, sin arribar a una síntesis auténtica, sólo a nexos falsos, impuestos, turbios. Súmese a este duelo central, la contrastante red que hilvanan Mónica, Martha, Maruja y Melisa todas con la inicial M, tendiendo una luz poliédrica sobre el personaje vertebrador Toño. Sobre su comportamiento turbio con su mayor destinatario, el verdugo-víctima Ismael, resultaría arduo detallar todas las connotaciones movilizadas por Retratos turbios, en la medida que desfilan el civil y el militar, la costa y la sierra, la pobreza y el arribismo, la migración dentro y fuera del país, la autenticidad y la hipocresía, la sensatez y la pasión, el desprecio y la envidia, la inteligencia y la fuerza bruta, la rebeldía y el sometimiento, la necesidad de cambio y la defensa del orden existente, etc. Estas connotaciones, además de aludir de modo inmediato a la realidad peruana, ostentan validez universal. Se sustentan, en última instancia, en dualidades esenciales de la experiencia humana, acerca de las cuales existe una extensa literatura en todas las latitudes. Especial relieve adquiere el tema de las dos caras de Toño, instalado desde el comienzo de la novela (en una escena que nos recuerda el inicio de Contrapunto, de Aldous Huxley ): "Entró a afeitarse y apenas se encerró en el cuarto de baño no pudo esconder la mirada en el espejo; el Toño de aquí seguía serio y se alistaba para el cóctel de un amigo, pero el otro se mataba de risa (...). Uno de los Toños se mataba de risa, pero colaboró en el afeitado, se puso muy compuesto en el momento oportuno, al rasurar el mentón y las comisuras; luego ambos quedaron en silencio " (pp. 16 y 17). Se trata de una doblez que delata algo más que fingimiento e hipocresía. No es que el "verdadero" Toño quiera a Mónica y finja amar a Martha. El Toño auténtico comprende ambas caras; como él reconoce, "necesita" a Mónica y Martha, las ama desde facetas diferentes. A la vez que recordamos el prestigioso tema del doppelgänger (el doble que somos, con nuestro lado oscuro), nos revela que el desdoblamiento proviene de la censura, la mutilación y la falsificación que la experiencia social, desde la infancia, ha generado en Toño. También Mónica se comporta sin limpidez, presa de sus ansias y de su falta de identidad. A su vez, Ismael (quien al vestirse de civil, al final, teme que lo confundan con Toño) se propone parecer lo que quisiera ser, adueñarse de lo que nunca podrá poseer de verdad. Las relaciones entre los tres no son otra cosa que un turbio y dramático triángulo de destrucción: muerte de Mónica, despojamiento de Ismael y el remordimiento de Toño, dignos de observarse en esta valiosa novela (por su arquitectura, los retratos de personajes y el buceo psicológico), precursora de la aplaudida Pálido, pero sereno. Ricardo González Vigil |
|
|