9 Por aquí le había advertido Martha para que no siguiera de largo por Cuernavaca, pero ya no pudo o no quiso virar llevado por la plácida velocidad del LTD. De nuevo tomaría la plazuela y no el atajo hacia la casa de Pancho. ¡Si te lo estoy diciendo! lo manoteó ¡Nunca me haces caso! Todavía la voz no fue un grito, pero la mueca deformó su nariz, arrugó su frente, fue algo peor. Le quedaba aquel rostro fruncido de la discusión durante parte del viaje. De veras, no me fijé admitió. ¡Es que nada de lo que digo te parece bien! la voz siguió hinchándose, agresiva pero aún quejosa. Vamos, no vuelvas con lo mismo. Damos una vuelta y se acabó. Nos bañaremos de todos modos en la piscina. ¡Me refiero a otra cosa! recomenzó la cantilena. Te digo que no invites a Mónica y dale con invitarla. Anoche te avisé que vendríamos a Cuernavaca y por poco te niegas a salir. Quiso continuar la enumeración, pero se olvidó y volvió a recomenzar. Te pedí que no contestaras tan pronto la carta de mi hermana y tú tenías que escribirle y depositar la carta el día domingo. ¡Me escribió a mí, no debiste responder en mi nombre! ¡Y ahora fíjate qué hora es, casi las doce..! ¡Y nos invitaron a las diez! Córtala ya ¿quieres..? deletreó, resentido y frustrado; no era posible que se volviera tan gruñona, ella que por lo general tenía buen genio y lo complacía en casi todo. Martha sostuvo su mirada, dejó que él girara para ver el cruce, y cuando se volvió de nuevo, ahí estuvo también desafiándolo, con sus ojos pardos y blancos en una espera tranquila para recomenzar la pelea. ¿Qué te pasa? ¿Otra vez los celos? ¡Qué celos ni qué ocho cuartos! ¡Hazme el favor! alzó la mano y renunció a mirarlo. Te encanta decir que soy celosa y nadie sabe que eres una ficha. Todos te creen bueno y tranquilo, pero a mí no me engañas, hijito. Sólo escribí que pueden venir los dos si quieren y volvió a largar el rollo, la explicación inútil desde días atrás. Pero quizá hayan planeado otra cosa y no vengan. Quise ser cortés ¿no? Y frenó ante el semáforo de la esquina, tras el viejo ómnibus que iba a Cuautla con su carga de mexicanos, que fácilmente podían confundirse con cholos; en el ómnibus medio destartalado, que pujaba por la cuesta retorcida, en las paredes polvorientas y pintadas de colorines, en los avisos comerciales, infantiles e ingenuos, había un aire peruano que creaba una brisa en pleno sol. Se quedó mirando a los pasajeros; sonreía tan hondamente que olvidó la discusión. ¿Cortés o enamorado..? Martha volvió a la carga. ¿Cómo? Te encanta que lo repita ¿no? ¿Por qué mejor no vas a Lima a verla? y ya está, Martha saltó de cólera en el asiento, después se le encaró y al fin optó por torcer su cuerpo hacia la ventanilla dándole la espalda. Basta ya, Otelita no debía tomarla en serio, le pasó una mano por el muslo duro que insensiblemente continuaba en la nalga fina y delicada. ¡No me toques! y de nuevo el salto, y las manos arriba, como si se tratara de un escándalo. ¡Oye, carajo, déjate de vainas! estalló entonces, y aceleró por la calle libre y larga, orillada de chalets y de las inconfundibles flores de Cuernavaca, los bellos manchones de bunganvilias trepando por las paredes blancas, el envidiable reflejo del sol en los tejados y jardines del pueblo que parecía muy despreocupado, al revés de él. Nada de escenas ¿entendido? ¡Estoy harto de ironías y frasecitas! ¡Y yo de tus engaños! ¡No hay ningún engaño, por los mil diablos! gritó para convencerla, pero su voz lo traicionó, demasiado aguda y chillona, incluso satisfecha al gritar. ¡Eres un cínico..! sopló ella, quitándole la dirección del espejo retrovisor y usándolo para arreglarse el pelo, ahora que llegaban a la esquina del restaurante francés, a un paso de la calle casi techada por grandes ficus, cuyos troncos se sucedían como cíclopes guardianes de los chalets. Ni siquiera respetas a tu propia hermana recurrió a otro manido argumento. Está casada, tiene hijos a quienes dices querer mucho Mi hermana Mónica siempre ha sido una puta dijo ella, y eso lo sabemos bien tú y yo. A mí que me registren sonrió él, alzando los brazos y metiendo el LTD bajo la fronda de los ficus. El automóvil frenó junto a un tronco gigante y Toño se dispuso a tocar la campanilla que sonaba como un viejo cencerro. Pero, al abrir no más la portezuela, aun antes de pisar la calle cubierta de hojas y semillas que caían de los árboles, se escurrieron al suelo el "Excelsior", "El Heraldo" y "El Sol de México", una variedad de grandes letras negras, rojas y azules de las primeras paginas. Pensó dejarlos tirados, sería mejor, pero supo que los levantaría. Buscando la campanilla, metió la mano por entre los barrotes de la puerta enrejada, y fue como si tocara ese otro estallido de colores, sombras y frescores del jardín que envolvía la casona, qué bien vive este sinvergüenza, pensó, y es el que menos gana del grupo de ex capitanes, cuánto sacarán especulando con terrenos y alquilando edificios enteros al Gobierno, uno de ellos viaja cada mes a Suiza a depositar el dinero; y tampoco olvidan el ejército, todos le venden algo, desde armas hasta víveres, y por ello siguen uniformándose de vez en cuando. Ismael iba a caer de perilla en ese grupo, tendría como un curso de postgrado en negocios. Apenas vio al jardinero rechoncho, hosco y casi mulato (también parecía peruano), recogió los diarios y se puso de nuevo al volante. Menos mal que Martha seguía con su maquillaje. Ordenó mejor los periódicos, puso el temido "Excelsior" debajo, casi oculto, y una vez que rebasó la puerta respondió al saludo del jardinero y avanzó hasta dejar el LTD en medio de geranios y orejas de elefante, casi en el mismo borde de la piscina azul y rumorosa de bañistas. ¡Bueno, ojalá el agua te refresque! sonrió. Y ojalá no mires tanto a las hijas de Pancho replicó ella al punto; al menos espera a que las chicas crezcan. Pero él se había enredado otra vez con los malditos diarios, y justamente el que cayó al césped, casi a los pies de Pancho, fue el "Excelsior". ¡Ah, mi pareja favorita..! ¡Qué bien que vinieron! ¿Y cuándo llega Ismael..? Pancho los recibió, de trusa y sombrero de paja cubriendo la cicatriz, flaco, fuerte, precozmente viejo, y reluciente por el aceite bronceador. Besó a Martha y abrazó a Toño como a un hermano, contemplándolo un instante y avanzando sin soltarlo por la bella y ondulada alfombra de césped. ¡Ah, si Ismael lo hubiera abrazado así no habría ocurrido nada! Anoche los llamé, pero nadie contestó el teléfono. Estuvimos ocupados peleando dijo Martha. Y todavía no hemos acabado sonrió el. ¿Quién, Ismael..? Creo que en uno o dos días más. ¿Peleando ustedes..? el hombre precozmente viejo y aindiado, esbelto y rojizo, tostado por el sol y envidiable para Toño por carecer de vientre, soltó la risa echándose atrás. ¡Eso sí que no lo creo! ¡Ustedes, la pareja modelo! Se, se,.. masculló Martha bordeando la piscina. Era la hora del baño de los niños y sus amas uniformadas. El griterío los empujó hacia el rincón de los mayores, sombreado por arbustos y quitasoles. Ella y Toño saludaron a los cinco o seis capitanes retirados de siempre, a esos elegantes mafiosos cuyos nombres sólo recordaba de vez en cuando. Es porque son ricos y te vengas de ellos, pensó Toño, te conozco bien; sigues con tus prejuicios. No, Ismael no había llegado aún, ¿y cuándo lo haría, y a qué hora deberían recibirlo en el aeropuerto? Porque todos querían darle la bienvenida ¿eh?, un colega es un colega. El grupo de canosos y ventrudos les ofreció unas sillas de lona. Toño cerró los ojos y lo primero que vio luego fue el interés con que se disputaban los diarios que habían traído del D. F.: las secciones sociales y sus fotografías y recuadros en color fueron a parar a las mujeres, diseminadas en las mesitas de más allá. Pronto estuvo rodeado de anteojos negros que leían o desafiaban al sol, mientras sus dueños se tostaban lánguidamente. ¿Cuál de ellos descubriría primero la noticia peruana? Seguro que no era capaz de remojarlo en la piscina. ¡Qué buena, lo quemaron..! estalló uno de los ex capitanes y los demás rodearon al que desplegaba una página; pero menos mal, no era el "Excelsior". ¡Bien muerto el lépero! aplaudió otro. ¡Más le vale, ya estabamos hartos en Morelos! ¡Lo veía venir! ¿No les conté el otro día? casi gritó Pancho. Mi compadre el comisario dijo que con cualquier pretexto se lo comerían. Lo tenían preso y lo sacaron a pasear tranquilamente ¿Qué dice que ha sido? ¿Accidente automovilístico..? Buenas, Toño, y toma el combustible la voz gruesa de Hortensia fue simultánea al vaso frío del gin tonic en sus manos. En vez del bikini habitual, la legítima de Pancho, guapa para su edad, claro, lucía shorts y una llamativa blusa color fucsia, el espléndido color mexicano que una limeña jamás se pondría en Lima, pero que acá usaba de perlas. Se dieron un beso simbólico en el aire; ni él quería mancharse con la excesiva crema bronceadora de la nariz ni ella mostrarle mayor afecto que a sus demás invitados. ¿O sea que Ismael llega en estos días? No te olvides de traerlo ¿eh? Le daremos una gran fiesta. Gracias, mi reina ¿Y cómo te fue en Lima? Acabas de volver ¿no? ¡Para qué le preguntó! Sentada en el césped, a sus pies, y conforme Toño examinaba a esa india blanca, de cabellos retintos de tan negros, nariz con leve caballete y ojos menudos y pardos, ella empezó la letanía de tantas viajeras peruanas por esa época, y todavía bajó la voz para parecer más patriótica, evitando ser oída por la corte de buitres que ya tenían su presa con el accidente automovilístico. Tienes que hacer algo, Toño, redáctame una carta para "Caretas", yo la firmo. No es posible que nuestra tierra esté peor cada día; después de malograr el Centro, están poniendo lo demás hecho una porquería. ¿Qué me dices de esos carros viejísimos y remendados que cruzan la Arequipa, unos colectivos inmundos, y qué me dices del Mercado Central avanzando como una plaga hasta el jirón de la Unión? ¡Ah, y lo peor, esa entrada a Lima desde el aeropuerto! ¡Ah, Dios mío, es para morirse; no podía ni mirar a los mexicanos que viajaban conmigo, la mugre que han visto por el camino! ¡Y eso no es nada, mi hermano nos invita a Chaclacayo y tuvimos que cruzar no sólo barriadas tremendas, sino la avenida México, ya tú me entiendes lo que hay por ahí; pero, por favor, ni siquiera en chiste le cuentes eso a ninguno de éstos! Por escapar del encierro de la mugre y la pobreza nacional, Toño abrió los ojos, se compuso las gafas ahumadas y echó a andar por el jardín; pero Hortensia venía detrás y dale con la cantilena, y ahí estaba en las primeras páginas la noticia-coartada que ojalá los calmase y no continuasen leyendo adentro, los vio enfrascados en el carro ametrallado y la figura vencida del guerrillero muerto en el asiento posterior, ya viviremos más tranquilos en Cuernavaca, dijo Aguirre, el más gordo de todos, los barrigones te persiguen, Toño, pensó, y la trusa y las sandalias hacían juego con las saludables canas bien peinadas. Oye, Toño, dame tu dirección, lo seguía también Aguirre, quiero que Martha y tú vayan a la casa de ustedes, vivo a dos cuadras y voy a bautizar la piscina con un open house. Toño pensó, a la mierda con tu open house, aunque dócilmente le dio la dirección, pensó a qué demonios he venido, pero no iba a marcharse antes del almuerzo que se servía en torno a la piscina: me quedo porque de niño no he comido bien, nada más; menos mal que Aguirre y Hortensia lo dejaron finalmente solo. Entonces el lobo solitario se sentó en el césped pulcro y reluciente, debo hablar con alguien pero con quién, se dijo, estás en pleno Morelos, has venido de tan lejos a la tierra de Zapata, deberías inclinarte y besar el suelo, como los árabes, o perderte por el barrio pobre de Cuernavaca y añorar el Callejón de Huaylas, como si alguna vez hubiera sido el paraíso. Pero Toño no se movía; relamió el gin tonic y miró los pequeños oleajes que envolvían a las bellas hijas legítimas de Pancho, quizá sus propias hijas podrían tener esa edad si hubiera decidido engendrarlas, legítimas o no, y tras contemplar a esas muchachas de algún modo ya abandonadas por él, prefirió las manchas de buganvilias en las paredes, aquella sangre dichosa y clarísima. ¡Oiga, Toño, venga, venga..! uno de los ex militares lo llamaba, Escobedo, súbitamente recordó su nombre; debió levantarse, pero disimuló sonriendo, tardaría lo más posible en llegar hasta ellos. ¿Leyó usted lo que dice del Perú? claro que lo había leído, pero dijo no, no. Hubo diez muertos en una barriada, ¿qué es eso, una colonia pobre? La gente había invadido un terreno para levantar sus casuchas y hasta un cura los apoyaba; pero los desalojó la policía y dice que un hombre se ahorcó atando la soga a una estaca clavada en el suelo. ¿Qué.., cómo..? gritó Hortensia, corriendo a leer el "Excelsior". ¡Es una vergüenza! ¡Oye, Toño, redáctame la carta que te he dicho y yo la mando a todos los periódicos de Lima! Pero, dígame la voz de Escobedo se puso más amable y baja que las otras, inclusive caminó a su lado. ¿Tan mal están en su país? Y creo que en toda Suramérica ¿no? Perdón por meterme, ya sabe que somos amigos... ¿Y qué pensará el ejército peruano de todo esto? Pues preguntémosle a Ismael cuando llegue dijo, animándose. Esas barriadas son como las de aquí. Un poco más chicas, claro, porque en México todo es más grande. ¡Oiga, que yo también conozco Lima, no se haga el modesto! surgió otra voz, de tono firme y temido, deseosa de entrar en el diálogo. ¿Ah, sí..? ¿Y cuando estuvo..? sonrió por fin, y sin darle tiempo a responder: Perdón, voy a ponerme la ropa de baño. Vamos, Martha y enrumbó a la casona, hacia el vestidor de bañistas. Dejó pasar a Martha y cerró la puerta tras de sí. Por las persianas bajas entraba el sol en la habitación fresca y plácida. Debo cambiar, pensó, qué culpa puedo tener de lo que suceda en mi país; disimuló desvistiéndose, pero ya su boca segregaba una saliva distinta, ácida, y tan empozada como para escupirla en seguida. Entró en el cuarto de baño y debió enjuagarse la boca varias veces. Al salir, con las persianas aún más bajas y el sol derramado en franjas de oro, Martha se desnudaba de espaldas a él, según su costumbre cuando estaba molesta; pero la penumbra amarilla la iluminaba extrañamente. Sí, le gustaba verla desnuda y a menudo la comparaba con las demás Alberti, las gordas repulsivas y vulgares (Estela, Pichusa y Bolita, en ese orden decreciente), de brazos rollizos y deformes, exageradas ubres, vientres hinchados y nalgas anchas y aplastadas; pero ahí estaban las dos excepciones, Mónica, menos gorda, aunque empezando ya a hincharse, de piel demasiado blanca y lechosa, para su gusto, por más que su ánimo fuera una fiesta de alegría y vitalidad, y Martha, cuyo cuerpo sí era una delicia: trigueño, casi sombreado bajo la piel, grácil y delgado, incluso frágil pero espléndidamente dibujado, siguiendo el contorno de los huesos tan bien envueltos por los músculos duros y tiernos. Pero Martha se desnudaba con aire demasiado grave, aun avergonzado, escondiendo el pubis negro que parecía el brillo de otro sol, y los senos redondísimos, con ojos discretos y pardos que miraban a Toño. Justamente por ello, su ánimo mejoró en cuanto se puso el bikini. Toma tus tapones de oídos le dijo, todavía sin mirarlo, pero con voz ya civilizada. Afuera les aguardaba el mozo uniformado con el planters punch para Martha y el segundo gin tonic para él. ¡Échense acá junto a mí! gritó Pancho , sin sombrero mexicano, su cicatriz como una boca fruncida y burlona, tumbado en medio del ruedo de hombres con shorts, trusas o pantalones largos cuyas risotadas, remojadas en los tragos, competían con los latigazos de los chapuzones en la piscina. Una vez militar, toda la vida militar y de una sola palabra, como nosotros celebró un diálogo previo. En todas partes debieran funcionar clubs de ex como el nuestro. Aunque también podemos hacer un sitio para ti, Toño. Claro, ¿por qué no? dijo el coro, y Martha tendió las toallas en el césped y pronto estuvieron en el centro del grupo: a qué hora empezaría el póker, faltaba el hermano de Aguirre y Toño no jugaba, era un lástima, cuándo iba a aprender ¿eh? Lo siento mucho, no sé ni me gusta jugar dijo lo que decía siempre en esas casos. Les ganaré de nuevo rió Meléndez, otro nombre que reaparecía en su cabeza, viejo y excesivamente huesudo y pequeño, un niño monstruoso en medio de los mayores más jóvenes que él. ¿No lo sabe usted? miró a Toño. Les gané unos diez el otro día, pero los vi tan tristes que tuve que pedirle aquí a Aguirre su avioneta y llevarlos a todos a Las Vegas. ¡Y ahí fue grande, Toño! exclamó Pancho. Ganamos todos menos él. ¿Qué te parece? ¿Y cuánto ganaron? preguntó por decir algo. Entre veinte y treinta mil cada uno. ¿Pesos? ¡Oh, qué bien..! ¡Dólares, qué pesos..! ¿De qué sirven los pesos? ¿Y qué hago yo entre tanto rico?, pensó. Si no fuera compatriota de la dueña de casa, no me hablarían siquiera. ¿Y cuándo llegará su primo el militar? chilló el viejo-niño podemos llevarlo a Las Vegas y a Disneylandia, lo que usted mande. Pero, oiga, Toño y la conocida voz baja y confidencial de Escobedo se le acercó, reptando como una culebra. Qué terrible eso de la estaca para matarse ¿no? Sí, la técnica es nueva dijo. Tenía que estar borracho o loco, de otro modo no se explica Pero también la voz baja y susurrante de Hortensia estaba en su otro oído: ¡Cómo se te ocurre traer ese periódico! Ya hemos quedado en esconder esas cosas... Me carga que estos mexicanos crean que vivimos como unos muertos de hambre. ¡Uy, si tengo una rabia que me duele la cabeza! Seguro que Pancho me toma el pelo esta noche. ¡Si ya me llama La Patriota..! Lo siento, no abrí el diario antes de mintió, volviéndose a Escobedo. Sí, es una lástima, cada media hora se suicida un hombre y a otro lo mata un Ministro del Interior. ¿Quién dice que hemos dejado de ser unos salvajes? Bueno, bueno, no exageremos... a pesar de sus ojos semicerrados ante el radiante sol, vio cómo Escobedo andaba en torno suyo, organizando sus ideas y creando sombras y nubes. El del accidente no ha sido muerto por nadie, aunque ya creo las bolas que correrán. Pero supongamos que lo mató una orden de nuestro Gobierno. Era un guerrillero ¿no?, un bandido que asoló durante años estas tierras, para qué le voy a contar, usted vive acá, conoce los secuestros y asesinatos que ellos cometen En la tierra de Emiliano Zapata se le escapó, y entonces debió despertar, abrió los ojos y buscó el gin tonic dejado sobre el césped. ¡Aj, qué asco ese matón de Zapata..! pero quien lo dijo no fue Escobedo, sino Hortensia, la dueña de casa, su única compatriota, lo hizo con una profunda mueca en la piel india y blanca, si bien ya Escobedo aprovechaba también esa ilusión. Optó por sonreír, y su desinterés por lo que decían fue tal que se la pasó observándolos por turno, pero sin oírles absolutamente nada. Y mientras seguían denigrando a Zapata, se irguió de un salto y se lanzó a la piscina, tras las nalgas firmes y frescas de una hija de Hortensia. Cuando, luego de bracear hasta cansarse, buscó el borde de la piscina y se izó ya débilmente con los brazos blandos y el aire que le faltaba, Martha lo esperaba con la toalla lista. Sécate, ya vamos a almorzar ordenó sin cariño; y conforme él jadeaba y se secaba, añadió con voz dura: ¿Cómo se te ocurre armar ese lío elogiando a Zapata? ¡Pero si apenas mencioné su nombre! soltó la risa, y más aún cuando la figura imponente de Pancho, su sombrero, su alegría de viejo joven, su cicatriz en la barriga brillante de aceite lo llamaran a gritos: ¡Ven, Toño, tómate otro trago y escucha lo que voy a contar de Zapata! Otra vez la mula al trigo, pensó, y tuvo que oír de nuevo la historia de algunos domingos, los padres de Pancho habían ayudado siempre a la familia de Zapata y aun éste venía de muchacho muy humildón, a tocarles la puerta. ¿Pero qué había sucedido después? ¿Acaso correspondieron los peones a esa buena voluntad del patrón? Oh, no, y él podía decirlo, su propia madre quiso ayudar a Zapata y a los suyos, pero tuvo que cambiar de método, sí, su madre, una heroína de película, otra María Felix cabalgando vestida de charro por la hacienda, usando el látigo y la pistola cuando hacía falta, no siempre, claro, sino cuando debía restablecer el orden, y ja, ja, ja, ésos sí eran buenos tiempos, yo apenas si me acuerdo, porque mi madrecita que en paz descanse y que Dios tenga en el cielo, y Pancho se persignó, ésa sí que había sido una mujer de pelo en pecho, más valiente que cualquier hombre, y yo de niño la he visto sobre una poblada de alzados en nuestra hacienda, y una vez se tiró, como dicen ustedes los peruanos, a dos peones frente a mí, y luego preguntó, quién más quiere hablar conmigo, que salga en mi delante y nadie le salió manito, nadie. ¡Ah, ella era colosal! ¡Pues así quisiera ser yo! exclamó una mujer del lado de las mesitas. Y yo también dijo Hortensia, pero vamos a almorzar, que se enfría. La orden movilizó a los mayores hacia las mesitas dispuestas en un terraplén del jardín, que casi colgaba sobre la calle. Un momentito, por favor, ya vuelvo dijo él, y Martha creyó sin duda que volvía al vestidor, pero no, se encerró por dentro del dormitorio para invitados y llamó a Lima, ya casi era una manía, sí, estuvo temblando en espera de la voz que parecía la de Martha, pero con más vida, y aunque no tuvo suerte, la voz buscada había salido de casa, dejó dicho que llamaba desde México, nada más, ya Mónica entendería que debía apresurar el viaje. Oh sí, hasta esas ridículas escenas de muchacho había descendido para buscar a la muerta en sus últimos días. Al volver, bien peinado, halló las pequeñas mesas dispuestas como para un banquete bajo las sombrillas; le habían dejado un sitio junto a Escobedo, rojizo ya de tanto beber. Contó los segundos antes de que le oyera hablar. Pero no entiendo dijo Escobedo casi en seguida. ¿Cómo pudo ajustarse el nudo si la estaca se hallaba clavada en el suelo? ¿Cómo fue el apretón final? ¿Una especie de nudo corredizo y el tipo arrastrándose por el suelo..? Eso hay que preguntarlo a la pobreza dijo él; ella es una sabia infinita. Pero, puesto que el comensal era un hombre rico, apenas oyó la palabra pobreza, se sintió obligado a disentir. Oh, no, hay mucha gente que es pobre porque quiere o porque no le gusta trabajar; una vez estando yo en Y siguió hilvanando un discurso que a Toño le pareció muy viejo, antiquísimo, aún más antiguo que el pueblo soleado, plácido y risueño donde estaba por puro azar, lejos de los suyos, huérfano. Y como el hombre rico había sido militar, o tal vez seguía siéndolo, pensó que Escobedo no tardaría en alzar la voz, seguro de lo que decía, defendiendo sus juicios a punta de orgullo.
|