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— Aló, tía Lola. ¿Qué cosa..? ¿Estás segura..? ¿Gravemente herido o herida..?

En casa de tía Lola, en vísperas de volver sin él a Huaylas, su madre quiso en vano convencerlo de que se quedara y recurrió a la ayuda del tonillo, la sonrisa del no pasa nada, la caricia antigua alisándole los cabellos. Él, de pie, quejándose en un ronroneo, y su madre acuclillada, volviendo a empezar: tienes que ser bueno, ésta es sólo a medias una casa ajena, tu tía los quiere mucho y los tratará como yo misma; jugarás con tu primo Ishaco y no olvides cuidar a tu hermana menor. Yo me regreso a Huaylas, pero nos escribiremos siempre, tú solito puedes ir al correo y echarme la carta.

No, no, yo me vuelvo contigo.

Rezongando y ronroneando, cogido de sus largas faldas, pero sin llorar. No era su casa, por supuesto, en Huaylas tenía para él solo un amplio cuarto de adobes encalados y con buenas repisas donde ponía desde piedras del río, desde cuadernos y pelotas de trapo, hasta redondos y chatos y grandes panes blancos, recubiertos de harina y cogidos en la misma puerta del horno, junto a la cocina.

Dijo nos escribiremos, siempre verás que el pueblo es bonito, pero ni escribió ni volvió más.

No me hallaré aquí ¿oyes? Maruja también está queriendo irse.

Ahora sólo habría un cuarto pequeño y sin ventanas para los dos hermanos, si bien con catres de verdad, en vez de los poyos de Huaylas, y menos mal, el sol ardía acá siempre pegado a todo el día, estirando las cosas. Pero le faltaba su zaino, lo vendieron antes del viaje y ahí le empezó el ronroneo, la manía de mover muchas veces la cabeza como si fuera un abanico, sus ojos se salían al patio de tierra y del patio a la calle y al camino largo por el puente de Calicanto, hacia Huaylas, como debía ser, él de nuevo allá en su cuarto del segundo piso, y la ventana sobre el mosaico de chacras que cuadriculaban el cerro, tan pegadizo a la casa que provocaba hablarle, y tan vecino del riachuelo donde sólo podían bañarse los niños.

Pero aquí hay una escuela, por eso vendimos el caballo y la cosecha.

Lo habían traído con el cuento de que le comprarían otro caballo; hasta su padre le escondió la montura para que no la usara con potros prestados y volviera a recorrer sendas y trochas como quien se pasea por un patio grande. Porque antes, apenas acabaran las comidas que lo sujetaban a casa, montaba el zaino y se iba por fruta al distrito de Moro o aplanaba el camino a Caraz, como decía su padre, pues sólo llegaba a las puertas de la que parecía una gran ciudad, y después de mirarla y oírla mucho se volvía: eran ensayos para otro viaje, alguna vez llevaría llenas las alforjas y no lo atarían a la montura con sogas que humillaban a los niños. Quizá previendo la despedida, una tarde se quedó retozando con el animal en el pesebre, sin montarlo ni desensillarlo, sólo tratando de comprender una vida de caballo que se alimenta de hierbas y resiste de pie el frío y la lluvia, sin necesidad de meterse en una casa extraña y ajena.

— Vamos, Toño, entra, ya es de noche y tu papá tiene en su mano el cincho para pegarte. ¿Por qué te demoraste en la chacra?

Allá no habría escuela, pero Maruja y él ya sabían leer; los paseos mañaneros, con el sol bien descolgado mirando fijamente el pueblo, terminaban en casa de la maestra que había preferido cuidar a su marido y no enseñar en Yupán, donde la habían nombrado; Toño y Maruja recibían sus lecciones en la fría sala de ladrillos blanqueados: hundida en una perezosa de dibujos incaicos, la mujer dictaba y repetía palabras y números, y los niños, sentados en mesitas de juguete, borroneaban sus pizarras con pedrezuelas del río que eran hermosas tizas de colores.

No es culpa mía si soy tu primo, pero no me llames Ishaco, sino Ismael. Y tendrás que comer en la cocina y seguirme atrasito por la calle.

— Pero ya sé leer, mamá.

— Pero no estás en el segundo año como el Ishaco. Y Maruja va todavía más atrasada.

— No me importa la escuela, seré capataz como mi papá.

— ¿Capataz de hacienda ajena? Porque la hacienda no es nuestra ni nunca lo fue.

— Eso no tiene nada que ver… –arguyó mal, después de todo sólo había visto la hacienda en su padre, el jinete que les traía cada semana un costal de papas, choclos, la pierna sangrante de algún cordero y los cuyes chillando ahí en el fondo del costal.

— Adiós, Toño, adiós, Maruja –y a las seis de la mañana su madre entró en mitad del sueño a despedirse, brilló turbiamente junto al lamparín y lo dejó adormecido en un anticipo de lo que vendría después, cuando despertara en medio de las tinieblas sin ella y sin la india, que sabía protegerlo del miedo, tumbada sobre pellejos al pie de su cama, perdido en el cuarto ajeno y dando vueltas para hallar el sitio de su cabeza.

Obedezcan a su tía Lola y quieran mucho a Ishaco; recuerden que nos hacen el favor de recibirlos.

Así empezó la nueva vida, el desayuno en la cocina, de pie junto a Maruja, el jarrito de café y la cachanga frita cuando no había el pan increíblemente blanco; prefería la cachanga y su sabor a manteca mezclado con el café, que debía soplar mucho para que Maruja no se quemara. No le quedaba mal el traje cosido por su madre, con el traje descosido y vuelto a cortar de su padre; y tampoco se veían por fuera las plantillas y algodones embutidos en los zapatos heredados. Y en cuanto a la bolsa de cuadernos, cruzada en bandolera, se veía limpia aunque no planchada. Maruja se despidió primero, empaquetada por el mandil de vichy de su uniforme. Por el patio empedrado midió de reojo a Ismael que salía del comedor, limpiándose con una servilleta que la chola Lucinda cogió al vuelo. Iban a la única escuela de varones, debían salir a la misma hora. Ya en la calle, Ismael se fue por delante y de vez en cuando, sin volverse, le respondía las preguntas sobre el pueblo y sus costumbres.

— ¿Y qué camiones son ésos, de dónde vienen? ¿Y cómo se llama esta cuesta llena de burros?

— Las calles no tiene nombre –dijo Ismael–. Mejor ves que tus uñas y orejas estén limpias. Los lunes tenemos revista.

Con la uña más larga fue limpiándose las otras y entró en el patio de la escuela como alguien que se zambulle en el mar inmenso y resonante. Divididos en grupos, según tamaños o edades, los alumnos chillaban y se llamaban entre sí como una bandada de pájaros desesperados. Las pelotas de jebe y trapo volaban por su cabeza. Unos pocos estaban descalzos o usaban llanques de indio y calzones de bayeta, además de camisas sin cuello. Le tranquilizó ver a esos muchachos peor vestidos que él. Había una gran variedad de pantalones sacudiéndose en torno suyo, largos y abolsados en los mayores, más abajo de la rodilla en los medianos y muy cortos en los chicos de su tamaño. Lo más emocionante parecían ser las arreadas de pepas de nogal hacia el traspatio y el castigo a los vencidos, cuyos trompos se chantaban en el suelo para ser rajados por las zumbantes y victoriosas púas.

– Éste es mi primo Antonio; ha venido de Huaylas y le damos pensión en mi casa.

Sí, Ismael lo presentó a sus compañeros, pero, como estaba en otra clase, tuvo que formar filas aparte, en el largo y angosto traspatio paralelo a la acequia verdosa, cuyo musgo crecido apagaba el murmullo del agua sucia; aquí y allá, tendidos por el suelo, los muchachos se la bebían jadeantes después del juego.

Casi nadie se ocupó de él, ni siquiera para burlarse. Formó el último, el más chico de todos; quizá justamente eso lo protegía. Al entrar en el salón quedó en pie, sin un lugar donde sentarse. Detrás se alineaban los pupitres grandes y toscos que pertenecían a la escuela; en medio, los particulares, de los alumnos ricos, cada cual mejor pulido y con gavetas interiores y una buena cerradura; y delante, los cajones de kerosene sirviendo de escritorio a los nuevos, sentados sobre sillas de juguete. Pero, apenas llegó el maestro, un compañero lo invitó a sentarse con él, y curiosamente ambos entraron en una silla, cargando el peso sobre una pierna y encima de la pierna el cuaderno donde copiar la lección de la pizarra.

En el primer recreo, viendo las puertas abiertas, salió a recorrer varias tiendas buscando un cajón de kerosene; cuando lo halló y quiso pagar, el dueño dijo que se lo regalaba. Para la segunda clase ya tuvo, pues, pupitre, si bien debió sentarse en el suelo o arrodillarse de rato en rato.

A mediodía, Maruja y Toño almorzaron en la cocina, separados de Ismael y tía Lola. También para Maruja había sido duro el primer día; sólo la maestra le había hablado. Sentada en el batán de moler, la vio devorar los platos, huidizos los ojos, avergonzada de su hambre y cuidando de no salpicar el uniforme; sonreían levemente sus mejillas enrojecidas por el frío, casi manchadas de carmín. Necesitaban mirarse mucho, vivían en otra casa, estaban en un largo viaje que duraría meses o años. Se preguntaban en silencio si soportarían.

Oh, gracias, Dios mío, hoy tuvimos de comer, decía su madre al recoger los platos. Una exclamación final llena de gozo y pavor; aquí también fue repitiéndosela en las primeras semanas, aunque después vio su falsedad, no era para tanto, el miedo se hizo risueño y fingido. ¡Ah, cómo creyó que estaba por fin envuelto en la buena suerte!

Por la noche, sin tiempo que perder, empezó a pasar en limpio sus cuadernos, subrayando los temas y subtemas con tinta roja. A fin de no gastar el lamparín de tía Lola, encendió sus propias velas y estuvo luchando contra el frío y el sueño, enemigos tan crueles que desaparecían metiéndose en su carne. El piso de ladrillo y las anchas paredes de adobe lo acompañaban tan silenciosamente como la vencida Maruja, que, olvidando sus deberes, dormía como una muerta embellecida.

Creyó no molestar a nadie, entrar en las habitaciones de Ismael o de tía Lola sólo si era invitado, vigilar que su hermana lo imitara, después de todo nos están haciendo un favor, qué dirán papá y mamá, pórtate bien, Maruja.

Llegaron las vacaciones de julio y tía Lola dijo, oye, Maruja, vete y acompaña por unos días a tu mamá; pero Maruja no subió a un camión, como los demás viajeros, sino la amarraron con sogas a un caballo negro y Toño corrió a despedirla junto al guía indio hasta el puente de Calicanto, donde el río blanquecino, espumoso y transparente partía en dos el cerro pelado, que anticipaba otras ausencias. Adiós, peralta, el que se va no hace falta, sí, lo dijo, e incluso Maruja encajó el grito sonriendo, agitó la mano como quienes creen que han de volver y se fue no por algunos días (¡quién lo hubiera supuesto!), sino de algún modo para siempre, aunque tampoco lo dijera así la carta de su madre. Leyó: "la chica no se acostumbra, conviene que se quede aquí, lo importante es que tú sigas". Pero tuvo que ser Ismael quien se lo dijera una mañana en que quiso caminar por delante de Toño y éste puso las cosas en su sitio, él no era un sirviente, tuvo que ser Ismael quien se volviera, no furioso, es verdad, sino sonriendo con mitad de la boca, torciéndola como los payasos, y dijo vaya, vaya, sólo queda un primo, la otra se fue por no pagar la pensión. ¿Cuándo se irá este otro pajarito?

Ya sabes, no pelees con Ishaco, quiérelo como al hermano que no tuviste.

Le costó encajar el nuevo golpe pero lo hizo, y comprobando los giros telegráficos de su padre a tía Lola, pidió que le arreglaran el cuarto, carecía de ventanas y le faltaba una mano de pintura. Así acabó, esclavo de su deseo, y en vez de remozarle el viejo lo pasaron al cuarto de Ismael y le señalaron un rincón (ni siquiera la mitad como hubiese sido justo), donde amontonó sus cosas. Vaya, vaya, tenemos al primo hasta en la sopa, dijo entonces Ismael.

Seguía desayunando en la cocina, pero entraba confiado en la escuela; el maestro lo llamaba su "ariete" y explicaba a menudo el significado de la palabra, llevándolo al salón de los mayores para demostrar a esos grandullones cuánta aritmética sabía el chico huaylino.

— A ver si la aritmética te salva el próximo año –dijo Ismael–. No creo que vuelvas. Menos bulto, más claridad.

De enero a marzo rumió ese peligro. Lápiz en mano, demostraba a su padre que treinta soles eran suficientes, no precisaba de más para la pensión y unos pequeños gastos. De la chacra volvía el hombre cansado e irascible, embarradas sus polainas, retintas las uñas, polvoriento el bigote ya entrecano. En sus mejores días se limitaba a jugar con las orejas crecidas de Toño. Te gusta estudiar ¿no?, ¿a quién habrás salido?

A fines de marzo preparó su ropa y salvó las páginas en blanco de sus viejos cuadernos; no compraría otros. Sólo quedaba una semana. Llegó carta de tía Lola, escrita por Ismael, es claro, con el petardo previsible: que no pudo escribir antes por más que quiso, que lo lamentaba muchísimo, pero le era imposible recibir por un año más a Toño, Ismael había vuelto con paludismo de las vacaciones en Chimbote y el boticario recomendaba un cambio de clima; y por eso se iban a La Pampa, donde tenían parientes que les prestarían una casona.

Por la noche, comiendo en torno al lamparín que concentraba las miradas a ras de la mesa, Toño rompió el silencio, la pesadez, el agobio, y creyó penetrar en el callejón sin salida.

— Papá, tú no me dejas ir solo a Caraz ¿verdad?

— No.

— ¿Pero con la tía, sí?

— Si se pudiera, sí.

— ¡Pues ya está, me voy con ellos a La Pampa! –gritó.

— Pero no te han invitado.

— Es que ellos no saben si puedo ir. Ya miré el mapa; está cerca de Huallanca y Yuramarca.

— Pero no te han invitado.

— Dice que la casa es grande.

— Pero tu tía debe aceptarte primero.

— Pues le mandamos un telegrama; le pediré al telegrafista que lo trasmita rápido.

— Contigo no se puede –dijo su madre–. ¿Y si te reciben mal, si te hacen la vida imposible?

— Eso ya se sabe ¿no?

— Ya está, mamita –Maruja agitó la cuchara de palo con que tomaba la sopa–. Yo no iré más a la escuela, pero Toño estudiará por mí. Dénle mi parte a él.

Sus padres se la quedaron mirando todavía más que a Toño, el lindo mate burilado con la sopa de habas y el huevo adentro, la cuchara de palo moviéndose conforme hablaba, la sonrisa pintada hasta en sus largos cabellos que chicoteaban a los comensales.

— ¿Y qué parte tienes tú? –sonrió por fin su padre.

— La que no me das, ésa. La que no te pido. Ésa dásela a Toño para que estudie.

Así, Maruja no sólo ayudó a enviar el telegrama sino corrió por la mañanas con él a casa del telegrafista, esperando la respuesta. No, no había llegado, pero era una delicia tenderse sobre las lajas de la acera y recibir el sol frío y mentiroso que rodaba conforme la sombra húmeda pretendía envolverlos. Ya iban acostumbrándose a sus manos vacías, jugando por la calleja entre camiones, jinetes y acémilas. No se les había ocurrido que la respuesta pudiera llegar a medio día o por la tarde. Hasta que un anochecer volvió de la chacra llevándole a su padre el morral con las palomas muertas.

— ¡El telegrama, el telegrama! –corrió Maruja a su encuentro–. ¡Lo tiene mamá!

Le bastó irrumpir en el dormitorio y ver la cabeza gacha y un hombro ladeado para adivinar su suerte.

— ¿Dice que no? ¿Y por qué?

— Léelo tú mismo –la voz se enredó.

Empezó a leer temblando, indignado contra sus manos que no sostenían bien el papel; pero leyó una y otra vez, y luego dio un grito, esta vez de alegría.

— ¿Por qué lloras, mamá? ¡Dice que puedo ir!

— Pero sólo por un mes o dos… y que ya verá cuando sane Ismael –ella se dobló como si golpearan su estómago–. ¡Nunca creí que un hijo mío estaría persiguiendo a los que no quieren recibirlo! ¿Por qué diablos no hay escuela aquí? ¿Qué hacen los hombres del pueblo?

No levantes la voz, hijo, obedece a todos, aunque sea miente pero guárdate lo que pienses.

Detrás del guía indio, partió al día siguiente a La Pampa. Subió al caballo negro y desde arriba fue como si les pasara una revista final: la madre devota y febril, pendiente de él como una esclava transfigurada por las primeras canas y la eterna y fatigada sonrisa; el padre, fuerte y rudo, una bestia de camisa remangada yendo a levantar un bulto, herrar un caballo, vigilar la toma de agua de la huerta o el sango que aplacara el chillido hambriento de los cerdos, casi sin reparar en Toño, el chico débil e ignorante de la vida campestre; y la hermana, endeble y huesuda como la madre, pero con su misma desesperación por atenderlo y la certeza de que las mujeres no eran nadie en la casa. Los miró de uno en uno y se volvió deseando no verlos más, tener otra familia, un deseo como cualquier otro, formulado para no cumplirse, por supuesto, pero ¡ah, cómo se cumplió con los años, cómo los sucesivos pasos de aquel deseo le vinieron en las primeras cartas de Maruja, sólo eso, porque luego las cartas se encogerían y llegarían a destiempo, y él, con la vista perfectamente inmóvil en aquella despedida, las abriría con desgano, incluso avergonzado por la letra semialfabeta y por el matasellos que siempre escondió, en un deliberado intento de borrar el miserable pueblo de sus primeros años!

 


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