12 Cuando Ismael salió del cuartel en mayo, uniformado de cadete, quedaba poco de él a primera vista. Excepto su buena talla, su cara angulosa de nariz pronunciada y mentón normal, y sus ojos pardos e inquietos, el resto podía pertenecer a otra persona. La polaca cerrada al cuello le agrandaba orejas y nariz, le hinchaba el pecho juvenil, le alargaba los brazos. Por la calle andaba más erguido que antes y la gorra le quitaba media frente, pero de modo extraño descubría mejor su mirada, firme y clara. Cuando Toño lo abrazó fraternalmente, como olvidando sus diferencias, sintió que apretaba demasiado a un primo frío, ocupado de antemano en otros actos futuros y no en subrayar ningún sentimiento actual; Ismael le palmeó apenas el hombro y siguió andando, orgulloso, casi apartándolo de su camino. Y cuando Toño lo siguió hasta su cuarto y le vio quitarse la polaca, descubrió casi con desconfianza que, en vez de la camisa normal de los civiles, tenía otra, cerrada y sin cuello, y que para colmo de distingos no sólo usaba tirantes a la antigua para alzar su lujoso pantalón, sino que tardaba en librarse de unos botines de charol, de caña entera y ajustados con elástico, como los de algunos viejos limeños que aún paseaban por el Paseo Colón y el jirón de la Unión. A partir de entonces Ismael llegaba cada sábado para marcharse los domingos por la noche. Traía una maletita inseparable que provocó la curiosidad de Toño. Una vez, al entrar velozmente a casa, la golpeó en la pared y se le abrió desparramando su secreto: rollos de papel higiénico, escobillas para ropa y zapatos, colgadores de trajes, tubos de dentífrico. Es para ustedes explicó, recogiendo avergonzado las cosas del suelo, para el baño. Me las he tirado de la escuela. Se cambiaba de civil y volvía a salir inevitablemente a las seis de la tarde. Con el pelo muy corto y unos kilos de menos, parecía un adolescente orejudo y ojeroso, con el tiempo exacto para correr al burdel del Huatica, y luego al cine con una chica buena, de las que decían no, y tras dejarla en su casa corría por fin a reunirse con otros cadetes en torno al tocadiscos que manejara alguna enamorada del grupo, en casonas cada vez más bonitas y lujosas, a las que jamás había soñado entrar. Las primeras semanas salió con Toño como para tomar confianza en su nueva vida, pero después lo hizo solo y volvía de madrugada, trastabillando un poco; entraba de puntillas en su antiguo cuarto que volvía a compartir con Toño y encendía la luz y se desnudaba buscando no hacer ruido, pero terminaba trastabillando y pateando los muebles que, según él, no estaban quietos. Toño abría los ojos fingiendo morirse de sueño y una cara enrojecida, atontada y molesta lo miraba boquiabierta, farfullando no se sabía qué. Pronto esos sábados trajo también sus libros, que Toño ojeaba extrañado de que pudieran dedicarse tomos enteros a los grupos de combate y a las partes del máuser. Disimuladamente los ponía en la otra cama. Una noche que le tocó a Toño ir solo al Huatica y llevar después a Martha al cine, no sólo halló el uniforme de Ismael cuidadosamente doblado en la silla, sino una pistola que le pareció monstruosa. Él apenas había disparado un fusil en las clases de instrucción premilitar. Su propio rechazo fue tal que, por vencerlo, debió examinarla por todos lados, evitando rozar el gatillo, como si fueran los colmillos de un mastín. Fue la única vez que contempló el arma (¿iba a ser el arma homicida, Ismael amenazaría con ella a su mujer o simplemente la empujaría escaleras abajo?); así, dándole vueltas como si se tratara de ascuas, descubrió la sonrisa burlona del primo: ¿Quieres que te enseñe a disparar..? y de nada sirvió que fuera muy tarde, que tuviera sueño; oh, no, le hizo sentar en la cama y no sólo le dio una clase teórica, sino desarticuló las piezas de la pistola y volvió a armarla ante sus narices, con seguros ademanes que jamás antes había visto en él. Uno de estos días iremos a una playa desierta y él dijo no, muchas gracias, pero Ismael lo persiguió durante semanas, oye, cabreao, cuándo vamos, y el insulto parecía significar una grave irresponsabilidad de Toño. Es un buen método psicológico, pensó, atacas incluso antes de que haya un móvil y pones a la defensiva a quien crees que, en el futuro, alguna vez te atacará, así no sepas cuando ni por qué. ¿Sospechaba Ismael, desde entonces, su engaño, sin que Toño imaginara siquiera que iba a traicionarlo luego? No era, pues, tonto el primo. Sí, tuvo que rendirse y disparar en una playa desierta contra unos cangrejos que salían de sus cuevas como arañas enrojecidas por el crepúsculo; la firmeza del puño, el olvido de que estaba matando, la resistencia del oído a una supuesta nimiedad, todo eso buscaba Ismael trasmitirle, y Toño fingió exactamente lo que duraron las pruebas, dos veces y se acabó, pero seguiría recordando la profunda concentración de Ismael, su leve sonrisa al contar los cangrejos rojos, diez, doce, que aún movían imperceptiblemente y por un buen rato sus equivocadas pinzas de araña. Casi a fines del primer año, el cadete empezó a llegar inopinadamente por las mañanas o a medio día, ya no únicamente los sábados, y aun se quedaba a dormir la siesta sin quitarse una ropa extraña, un chaquetón caqui, grueso y forrado, unos pantalones de grandes bolsillos superpuestos que usaban los soldados norteamericanos en el cine, unos botines fuertes, con ruidos metálicos y amarras cruzadas. ¿Vienes de maniobras..?, quiso preguntar, pero recordó los comunicados de la radio sobre la revuelta del Callao. Desinteresado de la política, había olvidado las noticias como si se trataran de sucesos de otro país. Ah, vienes de.., se corrigió, e Ismael dijo al punto sí, qué bestia lo que ha pasado, no te imaginas, desde las dos de la mañana estuvimos corriendo al Callao, cada vez con más tropa y cercando el Real Felipe, qué bestia, muertos como cancha, y también civiles metetes e idiotas, por supuesto, pero les hemos dado en la madre ¿Y quién ganó?, dijo con la torpeza del sorprendido, cuando debió haberle bastado oír bien para deducirlo. ¡Pues nosotros, el Ejército, el nuevo Gobierno, quién va a ser..!, exclamó Ismael, y ésa fue la primera vez que le oyó afirmar algo con absoluta certeza. Curiosamente, también por aquella época de los sucesos del Real Felipe, Ismael volvió a cambiar de voz. Tenía diecinueve años y su voz ya se había establecido en un desequilibrio habitual, entre una normalidad de tono bajo, suave, incluso tímida y respetuosa, cuando hablaba en casa o en la calle, y una anormalidad notable, si puede llamarse así cuando llamaba a alguien o gritaba ex profeso. O bien su grito salía agudo y hasta chillaba, o bien era el vozarrón en potencia, en vías de formarse. Con el tiempo, el vozarrón fue cobrando fuerza, conforme su dueño creía demostrar así mayor virilidad en su trato, pero jamás se desligó del tono agudo y chillón. En suma, pues, según su estado de ánimo, hablaba a ratos como un hombre amenazante o como un muchacho alocado. Pasando los años se inventó una técnica propia de discusión, primero con Toño, con quien había noches que hablaba hasta el amanecer, sin convencer jamás el uno al otro, y luego con sus concuñados, ya que con las mujeres no había aún costumbre de discutir seriamente en el país, por más que ellas, un poco alejadas de los varones, oyeran burlándose las tonterías que éstos decían. Mientras fue cadete, mantuvo su sonrisa irónica hasta el final del debate, una sonrisa contenida al oír argumentos opuestos o al rebatir difícilmente, aun trabándose la lengua. Pero de alférez a capitán ya atacó en seguida, desde el saludo, hola feo cómo estás, quién eres tú, qué vendes, incluso a desconocidos muy compuestos, y después oía tenso el argumento rival, haciendo muecas porque deseaba intervenir cuanto antes, cortando al hablante sin delicadeza alguna; y por fin, cuando el otro callaba, se lanzaba con todo al ataque, golpes de puño en la mesa, el brazo que rasgaba el aire, la cara enrojecida, la voz ronca alternando con la aguda, moviéndose mucho, de pie o sentado, e inclusive echando una cortina de saliva para defender su posición (porque no convencía, sólo se defendía), como si peleara de veras. Cuando ascendió a mayor, quizá por influjo de Mónica, que durante años había censurado sus modales, pareció cambiar de súbito, atender en silencio, la mano sobando su barbilla, asentir con muchas venias y el interlocutor creyendo que su argumento era compartido, hasta decidirse tranquilamente por dos salidas: o bien, si se trataba de un amigo, lanzaba un grito, una escalofriante voz de mando que asustaba a cualquiera (¡Óyeme, mucho cuidado!, ¡qué me dices!, ¡cómo se te ocurre!, ¿quién diablos te da derecho?), o bien, si discutía con un desconocido, empezaba por responder en voz muy baja, desdeñándolo con el gesto y el dedo apuntando su pecho, hasta subir paulatinamente el tono y cercar y asediar al rival tanto verbal como físicamente: es lo que llamaba el modo "civilizado" de desinflar a su oponente, cuyos juicios, por supuesto, podían ser más sólidos que los suyos. Y el próximo paso era una elección entre desprestigiar abiertamente al antagonista con cualquier motivo, viniese o no a cuento (su aspecto, alguna manía, su pronunciación, las gafas que usaba, etc.), o mandarlo de una vez a la mierda, cerrando ya los puños para la pelea.
Te cambio a la morena por la gringa dijo Ismael, gorra en mano y el uniforme blanco e impecable, que lo había transformado en alguien muy limpio y de cabellos cortos, más delgado y alto que antes. Debía avanzar muy atento por la calle, saludando a sus superiores para evitar cualquier castigo y sonriendo a sus conocidos, guapo y dichoso, dueño al fin de una carrera. ¿Por qué? fingió retahilar Toño. La morena es mejor. La rubia parece muy ricotona, pero es una loca; olvídate, hom. Será loca, pero me gusta insistió el primo al fin elegante y pulcro, que tampoco debía ensuciar el uniforme so pena de otro castigo. Martha ni siquiera me contesta. ¿Y cuándo te le declaraste? escondió la burla; las cosas iban saliendo de perlas. Van a hacer dos meses, y nada. Hagamos una cosa zanjó él, como quien se sacrifica. Dame un par de semanas y yo te hago la buena con Mónica para que no te falle. Ismael dio un grito, mudo de alegría, y alzó un brazo, como en un partido favorable a su equipo. Además no podía negarse al trato, le faltaba tiempo para esos afanes, sólo salía del cuartel los fines de semana. Pero si ella se niega, ya no es mi culpa advirtió, por si acaso. Listo dijo Ismael, y gracias por la gauchada. No pasará como con Melisa, pensó Toño. ¿Dónde estaría ese ángel de cabellos negros y ojos transparentes? ¿Rasgando la guitarra y predicando en alguna plazuela miserable, ante un gentío de serranos, blancos e indios? Ahí vienen las dos dijo de pronto Ismael, poniéndose la gorra. En medio de todo, tenemos una suerte bestial, hom. Mira lo lindas que son. Aunque Martha no me acepte y Mónica no sepa que ella me gusta, salir no más con ellas es fantástico ¿no? Se habían citado en la Diagonal de Miraflores, ya no en la Brasil. Se sentían mejor fuera de su barrio. Las que no parecían hermanas llegaron a la hora precisa. En un par de minutos, saliendo de la misa de seis, habían cruzado el parque sin doblar aún sus mantillas (negra la de Mónica, blanca la de Martha, buscando cada una el efecto sobre sus cabellos ), y ahí estaban, elegantes y dignas de que los muchachos que salieran con ellas las esperasen en lujosos automóviles. Eran demasiado no sólo para el tímido cadete y el muchachote fuerte que vestía su traje dominguero, sino demasiado para el "Haití", cuyos parroquianos abrían los ojos, sorprendidos por esas bellezas. Ismael y Toño adelantaron felices las manos, pero sólo Martha se mostró educada, saludándolos. Mónica siguió de largo como si los ignorase; entonces Toño dijo chau, Martha, chau, Ismael, nos encontramos aquí mismo a las nueve y media, y rompió a perseguir a Mónica que se alejaba cimbreante y veloz, con el aire burlón y desdeñoso de siempre, y a cada rato, en ese barrio pituco y muy concurrido, los hombres se interponían entre él y Mónica, casi pegándose a sus espléndidas nalgas, o por volverse a mirarla chocaban con Toño y soltaban palabrotas. Avergonzado, torció también en la primera esquina y le dio caza en el rincón más oscuro y clandestino de una calleja. ¿Qué te pasa? Cada día corres más. Calla; nunca te acuerdas que tengo novio, que estoy pedida. Pueden vernos. Y en cuanto quería besarla, una mano tibia y sabia lo rechazaba con dulzura, acariciándole el pelo y las mejillas. Rápido, amor, consigue un taxi ¿ya? lo empujaba. En el taxi era distinto, claro, los besos profundos y soñolientos enredaban las lenguas y la sensación se extendía hasta las piernas, debía abrirlas para sentarse mejor, pero sólo dos o tres besos hundidos hasta la garganta o quizá la nuca, y de súbito Mónica cambiaba de humor, alisándose el traje, y esperaba muy compuesta los veinte minutos del trayecto, enlazándose apenas los dedos. Vamos, háblame se sacudía de vez en cuando, tú siempre estás leyendo libros y periódicos, te veo por la ventana. Dice que Belaúnde y el Apra no negociarán un candidato conjunto. Y Odría sigue haciendo lo que quiere. Luego abandonaban la carretera a Chosica y en un trecho más llegaban como a su casa por un pasadizo asfaltado y guarnecido de arbustos y carrizales iluminados por luces verdes. Al fondo, una gran explanada con varios coches estacionados y a la derecha e izquierda, anchas puertas de garajes que casi devoraban el automóvil, cerrándose velozmente tras él. Puede usted salir y esperarnos afuera dijo ella al taxista, y empujando la puerta interior pasó al dormitorio y se volvió riendo; había vuelto a cambiar de ánimo. Lo digo porque capaz se asusta de los gritos que dices que doy. La verdad es que no me escucho. ¿Tanto grito, mi cielo? Toño no había encendido siquiera el cigarrillo cuando el encargado tocó la puerta para cobrar por la habitación. Abrió ella, ganándole el paso. Sí, se comportaba como si estuviese en su casa. Oiga, no se vaya. ¿Está buena la cama? A ver, Toño, pruébala y fíjate si tiene las sábanas limpias. Él quiso hacerlo, pero obedeció a medias, de espaldas al encargado. Oh, no espere, dijo ella, y se sentó en la cama, remeciéndola. No suena, menos mal. La última vez parecía una matraca. Creo que ésta aguantará. Toño, dale su propina y pide los tragos ¿ya? El encargado dejó de mirar fijamente a Mónica y salió; entonces ella entró en el cuarto de baño y dejando la puerta abierta se desvistió en un segundo y quedó como un nuevo ser que sólo en parte fuera humano, más bella e impresionante que en la calle, desnuda (sólo mitad visible), como debería estar siempre y donde fuese, para felicidad de Toño; pero en seguida, con un gesto vulgar y escandaloso que cayó como una sombra sobre esa admirable figura, levantó una pierna por encima del bidet, se sentó en el aire y tomó el jabón. Toño desvió los ojos y cerró el cuarto de baño. ¡No me cierres, sabes que me da claustrofobia! chilló Mónica ¿O tienes miedo de verme calata? La próxima vez que la miró largamente estaba disponiendo sobre la cama las páginas dobladas de las revistas, cada página por separado, a fin de que no se sobrepusieran unas a otras. Hazme así, como en esta foto señaló muy seria, y después lo que tú quieras. De nuevo sonó la puerta y recibió los whiskies. Hubiera deseado contemplarla mucho más, que su rostro diera una vuelta completa y mirara desde otros puntos, que su sexo estuviera más cerca del rostro y de sus pechos, pero sólo veía sus ojos por ratos y ella ya había empezado su monólogo sobre lo que hacían, aún con voz clara y sin gangueos. Tendida de bruces, despatarrada, tibia y plácida, dejó que ella creciera y ocupara toda la cama, y empezó a acariciarla con las palmas de arriba abajo, con las uñas por los flancos, con la lengua por la columna vertebral y por las agresivas colinas que seguían en la suave dureza de los muslos. La piel se iba desplegando toda, desaparecían los huesos y articulaciones, disminuía la oscuridad de las grietas, los vellos lo saludaban y despedían, los agujeros perdían su atroz soledad y empezaban a palpitar, dialogando como sus ojos, primero sonrientes y ahora quietos, serios, esperando lo que valía la pena, y después rápidamente encrespados en una ola que subía por el cuarto, lo llenaba y quizá salía por la puerta, y ella se prendió de él y la ola iba maréandola. Mónica emitió su primera tos, sus primeros accesos, se compuso la garganta, y una vez que la subió a caballo y que sus enmarañados pelos rubios casi empujaron el techo, la mujer enrojecida y de algún modo borracha guardó silencio por unos segundos, y luego tosió de nuevo, escupió, resopló, giró velozmente la cabeza muchas veces, y cuando iba a ahogarse, renació con un largo y rasgado grito a la luz, a todo el cuarto vivo y transfigurado, y él aprovecho para darle una vuelta y entrar por en medio de las colinas y cogerse de la gran cabellera rubia hasta que ambos repitieran la tos de viento y saliva, mientras las páginas crujían y se rasgaban sobre la cama, hasta que el vaivén y el ritmo se prolongaran más allá de toda medida, y él, dejándose absolutamente libre, gritó y jadeó solo esta vez, hasta que les llegara poco a poco el aire, el sosiego, la eterna sorpresa, la ternura, la vuelta a la habitación de donde habían viajado muy lejos. ¡Uy, qué rico ha estado! suspiró ella, inmóvil. Te puedo dar una carta de recomendación, ¿sabes? Y a ti que te den un carnet de puta, pensó él, recordando a las mujeres del Huatica y alcanzándole el whisky falsificado y los cigarrillos. Oh, sí, gracias, cielo. Nada mejor que un trago y un cigarrillo después de una... ¡Uy, perdón, tú no quieres que diga lisuras después de ¿no? Él no sentía deseos de hablar. Después de todo, así, descansando y con ella en sus brazos, era como si la amase, faltaba algo pero no mucho, ella podría ser Mónica y no Martha, casi hablaba como Martha, todo el problema residía en poder atarse voluntariamente a ella, tratarla como se merecía, para luego curarse y quedar listo, lavado, y recibir tranquilamente a Martha, más dulce y duradera que su hermana. Ismael se muere por ti tuvo que matar el silencio, separarse de ella. Me ha pedido otra vez que le haga la buena contigo. Ya sabes que no me gustan los milicos dijo ella, sin respirar aún normalmente. ¡Si todavía fuera de la naval..! Pero ¿por qué, vamos a ver, piensa que voy a acostarme con él? ¿Cómo..? dijo Toño. Mónica repitió su pregunta y él se demudó, pensando y ahora qué digo, cómo se puede defender a una mujer de un ataque contra sí misma. Estás podrida, ya no tienes remedio, iba a decir en broma, dorando la píldora, pero se calló. No compliques las cosas lo manoteó ella. Yo tengo a mi novio para casarme y a ti para que me hagas gritar. No quiero a nadie más. A mí no me vas a tener mucho tiempo, a lo mejor viajo al extranjero dijo de pronto lo que había decidido semanas atrás, dejarla antes de declararse a Martha, limpiarse de Mónica, salir del barrio que no lo dejaba estudiar ni trabajar bien, pensando en ella. Eso es, me iré aunque sea a Chile o Bolivia, todavía no lo sé. Es tu problema dijo Mónica, pero así no más no se me olvida a mí. Y ahora, cielo, dame el tercer round, no creas que me he olvidado. A las nueve y media en punto llegaron al "Haití". Toño quería un refresco en la terraza mientras esperaban a que Ismael y Martha salieran del cine, pero ella adelantó su marcha y por toda despedida le hizo una seña con la mano. ¡Vete al demonio!, gritó él, Mónica tuvo que oírle, aunque sin darse por enterada cruzó hacia el parque donde los muchachos miraflorinos merodearían en torno suyo, pero de lejos y sin atreverse, tal era su aplomo y elegancia. Solo, dando vueltas por el pasadizo del cine, Toño esperó cinco minutos y vio pasar corriendo a Martha, chau, perdóname, tenemos el tiempo justo, pero estrechándole la mano de todos modos. ¿Y qué tal? tomó del brazo al cadete que venía detrás. Tampoco me aceptó hoy, y eso que volví a declararme movió la cabeza Ismael. Y además ya no me gusta, es muy seria, sabe cosas de libros y se presentará a la universidad, es el colmo. Sí, te la cambio, primo, la cosa es definitiva. Sólo dame unas semanas de plazo dijo él.
Necesito tiempo para cansarme de esa puta, pensó Toño. Pero me haces la buena ¿eh, primo? Aunque que sea para pasear, aunque no la bese, la gringa Mónica se me ha metido entre ceja y ceja dijo Ismael.
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