10

Por primera vez vio cerrada la sala de recibo. Pero ahí estaba la cerradura, el largo tubo frío que exigía empinarse, temblar un poco por si acaso, a ver si descubría algo escondido por los adultos, quizá lo que jamás había visto, un hombre y una mujer desnudos y conectados. Sólo descubrió unas polacas verdes y unas capas azules por fuera y rojas por dentro, y todo ese montón de prendas arrojadas sobre las sillas. En las fiestas de agosto, en torno a la mesa central y sobre pieles de vaca tendidas por el suelo, se disponían sillones y perezosas, dejando espacios claros por donde discurrían los invitados, quienes, tras de bailar, buscaban la gran hilera de sillas adosadas contra la pared. Ya sentados y secándose el sudor, brillaba sobre sus cabezas, prendida con chinchetas, la larguísima colección de fotografías de sus abuelos, de papá y mamá, y de tíos y parientes cuando eran jóvenes e irreconocibles.

Pero esa mañana, más allá de polacas y capas, unos hombres verdaderamente desconocidos, pataleaban sobre… ¡varias camas escandalosamnte dispuestas en plena sala de recibo!

— ¿Qué haces ahí, Toño? ¡No entres! ¡Hemos prestado la sala a los guardias!

Su madre lo halló ya adentro y por eso le dio una vuelta completa haciendo girar graciosamente su cabeza. Y le dijo que los guardias civiles habían llegado anoche. ¿No oíste nada?, dice la Lucinda que te despertaste. No me desperté, dijo él, con un vacío negro en sus ojos al querer averiguar lo sucedido. Sí, sí, y ella lo iba empujando afuera, no había visto a nadie desnudo, los adultos seguían escondiendo sus poquísimos misterios, y dice Lucinda que hasta bajaste al suelo, a meterte en su cama. ¿Tuviste miedo de la bulla que armaron en el patio? Yo también, sabes. Me pareció un trueno o una estampida de caballos que nos pisoteaba. Tuvimos que acomodar a los guardias en la sala, ¿dónde más, si no?

— ¿Y dónde están sus caballos? –gritó él.

— Pues en el pesebre. –Sí, podía ir a verlos, pero que desayunara primero; corrió al comedor a treparse en la banca y aun así llegó apenas a la mesa tosca y sin mantel. Frente a cada sitio había un pan redondo, blanco y harinoso, y un mate de sopa humeante con el huevo escalfado, flotando como un barco. Mientras soplaba y sorbía la cuchara de palo (ya no le gustaban las metálicas), papá y mamá cuchichearon, los guardias habían huido de la hacienda cuyo capataz era papá, y los indios seguían alborotados. Dos guardias estaban heridos. La puerta del comedor se abrió demasiado y la hoja rebotó contra la pared; así les pasaba a los extraños, empujaban muy fuerte y no sabían que la hoja rebotaba fácilmente. Un guardia, cuadrándose, pidió permiso para entrar.

— Pase, sargento Collazos –dijo mamá–, ¿qué se sirve? –Sólo quería una tacita de café, por favor, yo también quiero mi jarro de café, hasta ahora no me traen, dijo Toño. El café en el jarro era una curiosa flor en sus manos, el aroma tenía una forma larga, humosa, y se escondía para siempre en el estómago. Ya fui a poner los telegramas, señor, dijo el sargento. Pero si les mandan refuerzos llegarán todavía pasado mañana, dijo papá. ¿Y usted cree que nos atacarán antes? Eso depende de cuántos muertos tuvieron ellos. Creo que dos o tres, pero también hay dos heridos nuestros; estamos a manos. Como sea, sorbió Collazos el café aún más ruidosamente que él; le rogaría que nos dejara quedarnos un poco más.

El joven sargento tenía el bigotillo negro y casi chorreaban sus cabellos de tan húmedos y peinados. Se le veía limpio, pero con el uniforme desgarrado en el pecho.

— ¿Cuántos peones fueron? –dijo papá.

— Cien por lo menos, don. No se imagina lo enfurecidos que estaban. Y nosotros no tenemos la culpa, sólo cumplimos órdenes de proteger las haciendas.

— Pero don Gilberto Liñán es un abusivo –dijo mamá–. Yo tengo una chola en la cocina que puede cantarle muchas cosas de él.

— Lo sabemos, señora, pero no podemos hacer nada.

Cuando enmudecieron y se acabó el pan de centeno relleno de carne de chancho, Toño corrió a ver los caballos llegados por la noche. Más altos y de piel más lustrosa y delicada que los del pueblo, mostraban una ancha franja de pelo blanco, en tres de sus patas: jamás había visto cabalgaduras tan finas. Comían alfalfa formando un ruedo y se dejaban abrazar y acariciar por él, pero ninguno volvió la cabeza a oír lo que decía. El guardia que lo cuidaba se relamía por el mate de sopa, sentado en una piedra, la polaca abierta y la gorra por el suelo.

— ¿Te gustan las bestias? –sonrió–. Nos las prestó el señor Liñán.

— Ah, el dueño de Huancasbamba. ¿Está rico el cashqui?

— Muy rico y muy picante.

— ¿Y hasta cuándo se quedarán?

— Eso lo sabe el sargento.

— ¿Y cómo siguen los heridos?

— Mejorando; ya llegó el boticario.

— ¿El señor Mestanza..? –y salió de nuevo corriendo, esta vez a fisgonear en la sala. Mestanza se inclinaba sobre los heridos, y tras de levantarlos y sentarse él en la cama, los abrazaba y vendaba el pecho con largas tiras que las sirvientas iban rasgando de las sábanas. El rasguido era un viento suave, una ráfaga para niños. – ¡Hola, señor Mestanza! –gritó al ver salir al boticario calvo–. ¡Ya no tengo paperas, ya estoy bien!

— Me alegro, hijo.

— ¡Mameta, mameta! –llamó Lucinda, que dormía sobre pellejos al pie de su cama, para protegerlo del miedo.

— ¿Qué pasa? –salió mamá al traspatio.

— ¡Diz que los piones de Huancasbamba intrando al pueblo istán!

— ¡Rápido! –gritó el sargento desde el comedor–. ¡A tomar las esquinas de la plaza!

Y nosotros al balcón, lo arrastró mamá, y papá subió las escaleras tras ellos; abajo los sirvientes se apretaron contra las grietas del portón cerrado y reseco. Los seis guardias sanos se habían dispuesto en la bocacalle del mercado y de un instante a otro quedó desierto el extraño piso de lajas negras, que subía en rampa hasta el atrio de la iglesia. Trepado sobre la cúpula, el indio campanero les iba informando de cuántos peones veía y por dónde se acercaban. Toño lo odió y quiso bajar con el pretexto de ir a la huerta, pero mamá y papá lo retuvieron primero en voz baja y luego con un sonoro manotazo. El campanero volvió a hacer sus señas y los guardias se escondieron tan bien que no se les vio por ninguna parte. La plaza desierta quedó desnuda, amarilla y enfriada por la espera; aún se oía el chorrito miserable de la verdosa pila de piedra. Subido en una silla por el declive del terreno, parecía hallarse a la misma altura del campanario: la casona estaba prendida de una cuesta. Y entonces vio a la indiada avanzando tranquila y lentamente, llenando la calleja del mercado, torcida como una culebra; no era un regimiento de peones rebeldes, sino un cortejo silencioso, en torno a angarillas que quizá traían heridos o muertos. Apenas uno que otro lloque golpeaba el suelo entre los llanques o los pies descalzos; y había también mujeres caminando como gatos. Están desarmados y vienen a enterrar a sus muertos, pensó él.

— Mira qué bandidos son –dijo papá–; fingen traer a sus difuntos, pero te apuesto a que en sus tarimas hay fusiles.

Yo no veo ningún fusil, pensó él.

— ¡Toño, dame esa silla! –mandó papá y lo empujó para subirse.

Papá tiene que ver que están desarmados, pensó Toño. — ¡Tú no saques la cabeza! –mamá lo aplastó para ocultarlo en el encajonado del balcón, que parecía colgar del alero del tejado por unos pilares sin desbastar.

— Ahí vienen por delante los cabecillas, el Chuto Linares, el Huejti Rosas, la Chueca Eduviges –masculló papá.

Pero los indios no van a hacer nada, pensó únicamente cuando debió gritar, aunque de todos modos tampoco pudo alzar la mano esclavizada por mamá, que temblaba como él. La mancha de indios entró apenas en la plaza, abultó como la barriga de una vaca, pero todavía no pasó nada; y siguieron entrando más peones y sus mujeres, y también las primeras angarillas con los heridos o muertos, que sin duda llevaban a la iglesia. De tanto mirar, Toño se cansó y bajó la cabeza y sí, sonrió aliviado, no pasaba nada, una falsa alarma, quién dijo miedo, cuando sonó la primera ráfaga, los guardias surgieron de todos lados, parecían ser más de seis y disparaban sobre la poblada que huía y saltaba como saltan los conejos perseguidos, los indios zigzagueaban como perros asustados y la balacera continuaba. No puede ser, pensó, y vio un domingo de agosto, cuando la mancha de aficionados perseguía al toro, se enredaba con él en remolinos y círculos, por fin se disolvía en todas direcciones, sálvese quién pueda, dejando por el suelo a los corneados. Pero no era una corrida, los caídos no se levantaban, y el resto de desgraciados huía por las siete calles que salían de la plaza y trepaban por los cerros, mucho más arriba del campanario.

Esa noche casi no le dejaron sitio en la mesa del comedor, ocupada no sólo por los guardias sanos, sino por los dos heridos, el uno con la venda sangrienta en la cabeza y el otro con el brazo amarrado a una tabla. Todos reían con mamá y papá, y la comida era mejor que otras veces, y hasta a él le ofrecieron chicha de jora que olía a pozo húmedo, a hierba, a tinaja.

Cuando terminaron de servirse el locro y los cuyes, y las dulces basitas de maíz, los invitados pasaron a la sala ya sin catres, bien arreglada y con flores. Papá empezó a puntear la guitarra y mamá enrojecía, dudando cantar, según se lo pedían los guardias a coro. Que no se lo pidan mucho porque después siente vergüenza de los forasteros y le duele la cabeza, pensó. Los sirvientes habían colgado linternas de kerosene, y sentados en el suelo, se aprestaban a mirar el baile, y finalmente mamá cantó y con ello dibujó en la noche unos pájaros cuya mitad eran palomas y la otra gavilanes, y las palomas eran hermosas mujeres que sufrían y declaraban su amor a los gavilanes, que se habían vuelto malos y feos como gallinazos; pero después una paloma se burlaba del gallinazo feo, porque había hallado un gavilán bueno y también hermoso, y ahora entre ambos le daban duro al gallinazo, y los guardias zapateaban resonando las espuelas, y las linternas y velas espejeaban en las polainas, y duro al gallinazo, y un guardia jaló a la Lucinda y zapateó con ella, y la chola se revolvía contenta, aunque roja de vergüenza, quizá después iba a dolerle también la cabeza por bailar con un forastero.

Vio el remolino de guardias, correajes, botones y polainas entre el punteo de la guitarra, y supo que se estaba adormeciendo, que ya la Lucinda lo cargaría a sus espaldas hasta que se durmiera del todo. Pero antes, como si fueran muñecos movidos por la punta de sus pestañas, vio a papá y mamá despidiendo con abrazos a los guardias, que ya tenían sus caballos en el patio y de pronto los viajeros de correajes, botones amarillos y polainas formaron una columna para despedirse de Toño, que dormitaba cargado por la Lucinda, y Toño hubiese querido en vez de ella un caballo que espolear y huir de esas manos toscas y sudadas, o sentirse despierto para que nadie lo tocara. Pero el sueño y la muchacha, que no le entendía sus espolazos dormidos, permitieron el adiós cordial, los palmoteos y caricias, las risas, los cascos que salieron a la plaza en tinieblas y quizá pisotearon a los indios muertos que seguirían tumbados por el suelo. Lo último que hizo fue mirar los botones amarillos, las capas azules por fuera y rojas por dentro, odiarlas demasiado suavemente, así como odia un soñoliento, y llenarse de tinieblas o de humo.

Después llegó la fiesta mayor, la principal del pueblo. Se hablaba de ella desde un año antes; el mayordomo nombrado venía por las tardes a contarle a papá cómo serían las dos semanas de celebraciones, desde la noche del rompe, desde la antevíspera y la víspera, hasta el día, y los once días más de vacaciones sin volver a la escuela.

Esa quincena libre el pueblo crecía y como que se extendía a sus pies. Por las mañanas paseaba con sus compañeros, bañándose en los vados y robando frutas de la huertas. A mediodía, el cansancio los tumbaba en los alfalfares, tras beber mucha agua en acequias verdosas por el musgo del fondo, unas extrañas islas entre renacuajos flotantes. Fingían dormitar para competir matando a hondillazos guardacaballos y torcazas, que cruzaban el aire azul, ese mineral transparente e inmóvil que empujaba a las nubes, otras islas silenciosas. El hambre los metía de nuevo en sus casas, a tomar el cashqui de habas o arvejas, o el sancochado, o el ajiaco de zapallo, más el dulce de huevos a la nieve o de membrillo. Y luego, conforme los mayores roncaban en las perezosas y los sirvientes conversaban al fin libremente en la cocina, tumbados por el suelo en torno a sus ollas, de nuevo los muchachos salían a matar la tarde, aplanando el mismo camino que cruzaba el río y subía a las punas.

Entonces fingían por segunda vez, se marchaban "definitivamente" del pueblo y sólo llegaban hasta las primeras pencas, o más aún, hasta el pedrón donde se lavaba la ropa de los muertos, y se les despedía silbando lo más tristemente que pudiera un ser humano. Pero de ahí no pasaban, el miedo los paralizaba y sólo se reducían a esperar en el Arco a las comparsas de danzantes indios, en cuya compañía entraban en el pueblo como si fueran forasteros, jugando con pallas y huaris que pronto acabarían borrachos.

Los danzantes se cobijaban en el atrio de la iglesia, más amplio que cualquier galería o corredor de casona. Llegaban por turno y escogían el pedazo donde vivirían dos semanas, aovillados cuando durmieran o combatieran contra la chicha, gimiendo y babeando, tras sembrar el suelo de ataditos y alforjas con el fiambre.

Aquellas tardes, Toño y sus compañeros se quedaban curioseando hasta la medianoche. A la seis, ya muy oscuro, se abría la otra puerta de la iglesia para el "rezo". Sólo una falange de niños y señores blancos acudía a sus reclinatorios tapizados de terciopelo rojo; adelante, regados por el suelo de ladrillos encalados, los indios rezaban a su aire, sin seguir al cura que, media hora después, empezaba a apagar las humeantes velas y echaba a la gente. Pero cada noche había un indio, danzante o no, palla o no, que se prendía del suelo como una ventosa y no había quién lo sacara. Lloraba por sus muertos recientes o antiguos, y gemía interminablemente, incluso parecía haber aprendido a hablar gimiendo y explicaba su desgracia mientras lo empujaban y arrastraban. El cura, un mestizo de cabellos de puerco espín y ojos chinos, dirigía el desalojo y sólo quedaba tranquilo cuando cerraba el templo con una aldaba muy grandota.

Entonces el cura se iba al correo y los amigos de Toño a sus casas, a tomar el café y traerse los panes abultados en los bolsillos; pero todos volvían a las siete, justo para merodear de nuevo por el atrio. Sabían lo que sucedería. Al volver el cura, blandiendo sus periódicos de Lima o Huaraz, fingían otra vez, entonando canciones sobre largos y peligrosos viajes por la sierra, que acababan en zapateos y burlas.

— ¡Ya, ya, chiuches, a sus casas váyanse! –el cura daba su primera orden que todos desoían.

Luego llegaban los muchachos mayores a pasear en bandadas más compactas y de veras peligrosas, arrojando a los chicos de los mejores sitios.

— ¡Déjame, sólo voy a mirar! –tenían que pedir vergonzosamente los de su tamaño. –¡Ya, bandidos, juera!– el cura sonreía a los mayores, echándolos todavía sin ganas.

Aún no sucedía nada; la mitad de los indios se disponía a dormir tendiendo sus ponchos y llicllas por el atrio, y la otra mitad seguía en pie, pasándose de mano en mano los potos de chicha. Tarsila, la chichera, los vendía ayudada por sus pequeños hijos. Toño y los de su edad miraban beber por la fuerza a las indias jóvenes y hasta recibían algún poto desdeñado y medio vacío. Los indios, en cambio, se quedaban con los llenos, persiguiendo a las muchachas por entre bultos borrachos y dormidos, hasta que las frenaban de las trenzas, torcían sus cabezas y allá sus labios frescos tenían que recibir la chicha en medio de una fiebre impuesta pero grata, en medio de forcejeos y juegos que se rompían en risas y nuevas escapadas.

El cura seguía merodeando entre la indiada y los curiosos, aunque todavía separaba con buenos modales a los hombres y mujeres.

– ¡Ya es de noche, cristianos, ya está bueno que se vayan! –volvía con su cantilena–. ¡O, si no, les acusaré a sus patrones!

Las linternas de la chichería permitían verlo todo. Ya los indios achispados jugaban a otras cosas. Cada dos de ellos inmovilizaban a una muchacha y metían sus manos bajo las polleras. Toño y sus amigos los señalaban con el dedo, pero no podían reír bien.

— ¡El último trago y se van todos los colegiales! –molestaba el cura, que de rato en rato bebía también.

La luz de las linternas enrojecían las máscaras de los danzantes; deformaba sus dientes y aun sus risas y gritos. Cuando surgió la primera pelea con Tarsila porque algún indio no pagaba, Toño se dijo que lo importante no era eso. Un bailarín había arrinconado a una muchacha y estaba empujándola con el vientre; ella se defendía apenas. Creyó que había sucedido ya, pero el indio siguió jugando y alzando a la chola, cuyas piernas quedaron de súbito en el aire, envolviendo al hombre. Toño tembló; una alegría inmensa parecida al miedo lo había paralizado.

— ¡Bestia, eso no! –gritó el cura, empujó y remeció al indio hasta que la pareja le obedeciera, volviendo a sus rondas como todos. ¡Ah, el metete..! Sobre los bultos gangosos o ya dormidos caían pesadamente otros, quedando inmóviles como muertos.

— ¡Juera, mocosos! ¿Pór que se quedan, cochinos..? –el cura no cesaba de empujarlos, corría de un lado a otro, le faltaban ojos y pies–. ¡Ah, este pueblo desgraciado que no tiene gobernador..! ¿Y ‘ónde están los síndicos que no cuidan el orden..?

— ¡Ya conseguí una, vengan por aquí! –susurró de pronto un colegial de cuarto o quinto año, y lo siguieron varios de su talla, pero también Toño, que no había visto nada aún, no tenía suerte, pero quizá esta noche sí. Los mayores habían hecho un ruedo y las polleras de la india estaban arremangadas, podría jurarlo, y ella estaba ya en el suelo, preparada, pero en ese mismo instante lo descubrieron mirando, oh era muy chico, su padre armaría mañana un escándalo, vamos, que se fuera. La mala suerte y el miedo a los manotazos lo devolvieron a las linternas, a los bultos muertos o dormidos por el suelo, al alboroto de los indios y colegiales borrachos y abrazados, bebiendo de pie con otras cholas, pero sin hacer nada más que gritar en quechua y darse de palmotadas.

No, tampoco esa noche había tenido suerte, su niñez continuaba, larga, fría e inmutable. Se volvió urdiendo la disculpa que daría a papá por la tardanza. Alguien lo rozó al pasar y le dejó el tufo de la chicha, pero también oyó un silbido, quizá la risa de una muchacha. Apretó el paso, decidido, aunque no, se trataba de una pareja, no de una india sola. Pero debía seguirlos, al menos les oiría de lejos. Ya casi no se veía por este lado; pero él conocía muy bien las varias capas de la noche, siempre abierta a las miradas fijas y profundas. Además, en la primera tienda de la esquina alumbraban unas velas y dibujaban a los clientes, sombras gigantescas que huían a la calle y subían por los muros de la iglesia. Cuando creyó alcanzar a la pareja, listo a sorprenderlos, oyó un susurro de advertencia, una parálisis momentánea, y luego otra voz baja y por fin una pesada llave abriendo la puerta lateral de la iglesia, un grueso chirrido al moverse la enorme hoja y una voz conocida que decía: ¡Ven, pues, china, entra rapidito..!

No le importó que fuera la voz del cura, eso no; lo peor fue darse con la puerta ya bien cerrada por dentro y que no le permitía ver absolutamente nada. ¡Cura, sotana del diablo!



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