18

 Y por fin le llegó el turno a Toño, el chaqué y el Cadillac alquilados, la novia que deseaba casarse por sobre todas las cosas del mundo, el paso obligatorio por el aro de la iglesia, la copa de champán con los amigos.

Los novios sonrientes, delgados, altos, de pelo negro y tez peruana y medio blanca, hacían una buena pareja y hasta quizá, por su aspecto, parecían de algún modo parientes. Sin duda para eso había servido el noviazgo, para que se amoldasen el uno al otro. Inclusive la felicidad de Martha contagiaba y estimulaba la suya, era un producto natural de su belleza y no del maquillaje pasajero de las novias.

Concluida la ceremonia (al menos Toño no había comulgado, le quedaba siquiera algo de amor propio), bajaron a la sacristía donde recibirían el saludo de los invitados.

Martha le apretaba demasiado una mano, casi le molía los dedos, reía nerviosamente, soy feliz, me siento regio ¿y tú?, y le agradecía por haber aceptado una boda como ésa y detrás se oían los leves sollozos de la señora Alberti: ¡Uy, por fin se me casaron todas, no me quedan hijas solteras. Oh Dios mío, estaré vieja pero contenta! Y abajo iba a empezar el saludo, pero los fotógrafos seguían trabajando ante la pareja sonriente, los fogonazos dividían el movimiento y congelaban los gestos, adormecidos en el aire, mientras al fondo de la sacristía, perfumada por tantas flores, la doble hilera de parientes y amigos esperaba risueña y alineada. Las voces llenaban el recinto como si se tratara de una sola presencia gigantesca. Y de pronto empezó el desfile de sonrisas y abrazos.

Devolviendo las efusiones, miraba de reojo por descubrir a los escasos invitados suyos, entre la inmensa mayoría formada por los Alberti y sus amigos. Por un rato sólo vio a Ismael y Mónica, sus manos sin enlazarse, y le complació que se hubieran alineado lejos de la tribu. Dos años antes, ellos también se habían casado en la misma iglesia, dos años, un hijo y ella ni siquiera hablaba en público a Toño, Mónica era una artista para los fingimientos. Pero luego suspiró aliviado descubriendo a Manolo, Walter, Pepe y Florencia, e inclusive a algunos de sus profesores.

Era innegable, había un hondo placer en que todos vinieran hacia Martha y él, y mostraran rostros nuevos, limpios y fragantes, todos parecían buenos, borrando cualquier recuerdo del pasado. Pero ¿y si él les contara que no había querido pisar la iglesia, que verlo ahí significaba el fin de una batalla contra Martha, que la copa de champán calmaría la sed de un vencido?

— ¡No quiero y eso basta! –Martha había intentado varias veces zanjar la discusión sin discutir.

— Pero ¿por qué casarse, vamos..?

— ¡Vaya una pregunta! –quizá entonces le nació a Martha aquel mudo escándalo que le hacía abrir mucho los ojos, levantarse del sillón que compartían y buscar en vano decir algo; imposible hallar las palabras justas.

En mitad del desfile surgió la marcha de los Alberti, la tribu unida y lenta, que incluso arrastraba a los sobrinos pequeños, y todos exhibían como un trofeo la misma gordura adormecida, las mejillas hinchadas devorando a pocos los ojos y narices.

— ¡Bueno, ya está! –había admitido él–. Casémonos, si ésa es la costumbre, si te hace bien… Pero ¿por qué por la iglesia y no solamente por la municipalidad?

Otra vez Martha a levantarse del sillón, a abrir escandalosamente la boca muda, a desorbitar los ojos.

— No es una broma, mujer, yo te quiero y ansío vivir contigo. Piénsalo.

— ¡Pues mejor piensa tú las tonterías que dices! –y le dio la espalda, despidiéndolo de su casa.

La señora Alberti llegó hasta ellos: besó y tembló abrazando a su hija, pero dio secamente la mano a Toño; qué bien, pensó él, se ha dado cuenta de que no la paso y la cosa es mutua, no hay engaño posible. Luego, dando pasitos a derecha a izquierda, como un oso, el viejo Alberti casi se precipitó en sus brazos, estrechándolo fuertemente, y cuando quiso hablar, húmedos sus ojos, un acceso de tos se lo llevó con el resto de la cola. Y entonces ya tuvo con él a Esther, cordial y elegante, pero sin efusiones ni lagrimeos.

— Lo pensaré, aunque vaya contra mis principios –había dicho Toño, y fiel a ellos, había convocado a su grupo en Palermo, en torno a chilcanos y cervezas que se sucedían velozmente, casi en una competencia contra el reloj.

— Bueno ¿qué vamos a votar? –dijo Walter.

— Primero, si les parece bien que me case o no, esto es, si un joven debe casarse, y luego, si el resultado es positivo, si debo casarme por la iglesia o no.

— ¿Casarte contra quién? –escupió Manolo.

— Eso no te interesa; es una votación ideológica.

— Debería darse un decreto prohibiendo el matrimonio –dijo Walter–; la buena poesía dice muy poco de amores legales.

— A mí me gustaría sentirme ligada para siempre, pero sin casarme por ninguna ley, ni humana ni divina –dijo Florencia, la única mujer del grupo–. No sé si me explico bien con este dolor de cabeza. ¿Qué estamos tomando, pólvora o dinamita?

— Lo que tú quieres es un sirvinacuy bien removido, como las francesas –dijo Manolo.

— ¡Qué matrimonio ni ocho cuartos! –exclamó Walter–. Nunca nos daremos por vencidos ¿verdad, muchachos? Seremos eternos culeadores o padres putativos, quizá hasta maricones, pero jamás idiotas, quiero decir esposos. Y perdón, Florencia por el lenguaje tan pulcro.

— ¿Y qué dices tú? –Toño miró a Pepe Galdo.

— A mí tráigame mujeres casadas; he probado dos que son monumentales. Soy un decidido partidario de las casadas con otros.

— Lo que es yo no opino –intervino Manolo–; me parece un problema pequeño y mezquino comparado con los muchos e importantes que sufre este desgraciado país.

— Bueno, ya sé el resultado, no hace falta que voten –dijo él, cerrando otro debate que tampoco había favorecido a Martha.

Y entonces aparecieron en la cola Ismael (el único militar uniformado, que los abrazó con ruda cordialidad, torciendo el velo de Martha y enredando una mano en la corbata de Toño), y Mónica detrás, dejando un claro para luego ocuparlo ella misma. Las dos hermanas se miraron plenamente, cada una más bella y distinta que la otra, como midiéndose quién podía más y besándose en ambas mejillas, a la española; pero, una vez libre del cumplido, Mónica avanzó con aire posesivo y le ajustó ambas manos con estudiada lentitud, casi dibujando signos en las palmas y mirándolo entre resentida y burlona lo besó casi en la boca, y le susurró un cuándo nos vemos, Toño, que fue un dulce veneno.

— Nada de curas, iglesias ni conventos, primero la muerte –no había querido decirlo, pero tanto insistía Martha con "partes", la lista de invitados, el ensayo de la ceremonia y el que Toño alquilara el chaqué, que largó la frase y se quedó quieto, y desbordado por sí mismo, y esperando lo que vino, el definitivo escándalo, la despedida que pareció final.

— Como quieras –sí se atrevió ella, la voz temblona pero digna–, hasta aquí no más hemos llegado juntos. Que te vaya bien.

Martha no lloró aún, pero sus hermanas le contaron el proceso de aquella absurda y prematura viudez: Martha había enmudecido, vagaba dentro y fuera de la casa, o se encerraba en su cuarto y lloraba exclusivamente para sí, eso se veía en sus ojeras repintadas, tristemente hipócritas; y mientras, Toño en su cuarto rompía minuciosamente la licencia matrimonial de la alcaldía, la única que había aceptado firmar, y pretendía sentirse libre y fuerte, un soltero formidable, además del orgullo de no ser creyente.

Y ahora, casi al final de la cola, de entre los invitados mal vestidos surgió su grupo. Florencia, Walter y Pepe abrazaron tímidamente a la novia. Toño, en cambio, los abrazó más que a nadie y se detuvo mirándolos muy de cerca y hablando con ellos lo más que podía ante una cola movediza. No faltaba sino recibir el saludo de Manolo cuando vio aquel desplante; su amigo dejó sin estrechar la mano extendida de Martha y vino directamente hacia él.

— ¿Qué te pasa, negro? –sonrió apenas.

— ¿Cómo qué te pasa? –alzó la voz Manolo, curiosamente pálido por debajo de la tez aindiada y muy oscura–. Es una vergüenza que te cases, y todavía por la iglesia. De cualquiera pude esperarlo menos de ti; el que parecía inteligente y rebelde acaba pasando por el aro. ¡Qué día tan malo, Toño, te doy mi más sentido pésame!

Y se lo dio, un toquecillo aséptico de sus dedos, como si temiera contagiarse.

— Oye, tú, rebelde de pacotilla… –balbuceó él, tragando una sorpresa que no debía transformarse en ira, de ningún modo, y por supuesto que no quiso defenderse ni contarle tampoco en aquel segundo el proceso de su decisión original. Ni siquiera los argumentos de tía Lola lo habían conmovido, no admito matrimonios civiles, decía, mientras continuaban los cuentos de cómo sufría Martha; él no necesitaba saberlo, sufría aún más, paseando de la plaza Bolognesi al jirón de Unión, buscando a pie el sueño hasta la Plaza de Armas, y de vuelta por la Inquisición y el Parque Universitario, y aún por el Veinte, acabando en la misma mujer de otras veces, una extraña y lejanísima amante. También la soledad y la tristeza iban con él; estaba matando algo, pero la víctima era él mismo y no moría; y Martha era la mejor parte suya, padeciendo aquel interminable suicidio. Oh no, pensó al fin, yo prefiero mil veces la vida, y Martha y mi vida son una misma cosa, lo demás son pamplinas y zarandajas.

— No seas niño, Manolo –de pronto ya casi lo había perdonado, aunque Manolo no se fuera, había frenado a los últimos de la cola.

— Te has vuelto un conformista y burgués.., mírate ese chaqué ajeno a nuestra clase…

— ¡Basta ya de idioteces! –dijo, escandalizado, pero no tuvo tiempo de lanzar el puñetazo que merecía: Ismael había resurgido de no supo dónde y lo siguiente que vio fue a Manolo izado del saco y arrastrado tan velozmente afuera que las frases de su amigo se hicieron ya ininteligibles.

— ¡Bien hecho con el malcriado! –exclamó Martha, conforme la normalidad y el bullicio renacían en la atestada sacristía.

Sí, al menos Ismael se había portado bien esa vez, para qué negarlo.


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