5 Ahí están los Erickson y acá nosotros: tía Lola y su advertencia cada domingo, apenas anocheciera y empezara la retreta en la plaza de armas, con el gentío y sus vueltas por los pasadizos de cemento, orillando los jardines y matando el rato a la sombra de enormes y antiguos ficus. Ellos son una cosa y nosotros otra. Así no hubieran oído la misa mañanera, o no hubieran podido pagarse la entrada en la gimkana del mediodía, o anduvieran con los mismos zapatones llenos de cocos y fútbol, de vuelta de la pampa de San Miguel, los lugareños se juntaban en la plaza, desde el subprefecto que había enfermado de verruga a su llegada, hasta Tiburcio, el aguatero descalzo y semidesnudo, que incluso los domingos por la noche llenaba sus latas en la pila, riendo tontamente de quienes circulaban de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, en torno al quiosco donde la banda resonaba, vibraba, y removía y alegraba el aire. Toño y los chicos Leo tejían su táctica para hablar con las del Dos de Mayo, ya nunca más con las primariosas. Avanzando contra ellas, sin esperar el fugaz encuentro de las vueltas para susurrarles al oído piropos de los mayores, de golpe cambiaban de dirección y se les ponían detrás, pegados como chicles, y dale con las frasecitas de los mayores, señalando entre risas y temblores el trasero de las muchachas, y oyendo también los grititos de ellas, hasta que por fin surgía la chispa, el diálogo tantas veces anhelado. Entonces el corazón trastabillaba de otro modo, buscando los temas, enhebrando palabras lánguidas o mágicas, pero ya las cosas parecían marchar mejor, ya paseaban chicas y chicos juntos, oían más tranquilamente la banda de música y quedaba aún la esperanza de acompañarlas a sus casas, repartiéndolas de una en una, hasta la hora de comida. Ahora había algo nuevo en esa rutina. En la primera pausa de la banda surgía la guitarra del gringo Erickson, los cánticos de su familia y de algunos seguidores, y allá corría el pueblo de la retreta y se apiñaba en la esquina de Rubiños, librería cuyas vitrinas secaban al sol y por años las mismas carátulas. Los Erickson habían iniciado su prédica callejera, la búsqueda del Señor, el miedo a Jehová, el camino de Jesús. Cuando la guitarra enmudecía, colgada del hombre flaco y enorme, Erickson se desmelenaba transmitiendo su fe, una simpática locura, una guerra bondadosa, amenazando en su media lengua con el rayo y el azufre, y cuando había tocado a fondo el corazón silencioso y burlón del gentío, la voz angelical de su hijo menor aplacaba todas las pasiones, era una flauta, un jilguero, oh no, un desconocido ruiseñor volando por encima de los ficus hacia la noche amable y hueca; y en fin, dialogando con ese pequeño ángel, la señora Erickson y sus dos restantes y hermosas hijas entonaban otras canciones con desaforada alegría, con increíble decisión, como si marcharan seguras de vencer en una guerra de verdad. Hasta que Felipe Leo, el único moreno de los hermanos, quizá celoso de la familia blanca y de ojos azules que encantaba al pueblo, gritaba ¡ahora! y sus hermanos y Toño emprendían el asalto, la carga, el desbande general que sólo cesaba metiendo a los Erickson en su ridícula iglesia, una tienda larga, unos bancos llenos de cholos que no iban al colegio, y de sirvientas de notables, y todos en torno al padre y jefe, al gringo enorme y flaco que había huido también, pero que no cerraba la puerta. El pueblo aplaudía a Toño y sus amigos, disolviéndose al suponer que la lección había bastado. Pero ellos no se movían de la entrada; las educadas voces de los predicadores se mezclaban con el gangueo de los sirvientes y allá flotaban de nuevo, sobre la plaza y sus ficus, unos extraños llamados a seres invisibles. Una altiva queja al cielo, un dulce despliegue del salvaje y exagerado sufrimiento humano. El primer asalto había sido, pues, insuficiente ¡Vamos a la carga!, Toño se atrevía aún más, y se lanzaba contra la pared de voces, ojos y sirvientes, sin mirar atrás para no desanimarse: sus amigos lo habían dejado sólo, pretextando que ya no se trataba de otra religión desafiándoles por la calle, sino de una casa ajena, de donde podría llegarles una piedra o una maldición. Acabado el intermedio del concierto, la banda volvía a rescatar a los suyos, a mover el aire, a reiniciar el paseo de izquierda a derecha. Y Toño, solo, mudo, pero reacio a marcharse, son harina de otro costal, fijándose en las diferencias entre las dos muchachas, una de pelo castaño y otra morena, serias, decididas, mirándolo sin desviar sus ojos y él también prendido de las caras ya no odiosamente bellas, sino encantadoras, protestantes sí, pero qué íbamos a hacer, en una guerra de miradas que ya quería disolver amablemente en una sonrisa. Pero todavía no sonrió. Ahí están ellos y acá nosotros, no lo olvides, Toño. Uno de esos domingos, Ismael (que en vez de asistir a la retreta solía quedarse en el billar, en torno a la mesa de los sabios y prorrumpiendo en gritos y aplausos por las buenas carambolas) se metió en el grupo, aunque siguió dócilmente a quienes se retiraban después del primer asalto. Toño se había clavado de nuevo en el sitio, observando a las muchachas como rarezas dignas de estudio, así como miraba las retamas y pencas junto al río, dando vueltas en torno, atento al tallo y las hojas, buscando el pistilo y los estambres, sin agotar el misterio de la planta inmóvil y muda, pero viva. ¡Oh, ven, hom, vamos a comer! mandó Ismael, quitándole importancia a esas fintas. No le hizo caso, prendidos sus ojos de la morena, lenta y sinuosa como un felino, sin duda mayor y más despierta que su hermana. ¡Mamá nos espera, te acusaré! dijo, pero Toño, sus manos en los bolsillos, fingió patear unas pedrezuelas y avanzó hacia las muchachas. Repentinamente surgió el hermano menor, el de la voz prodigiosa y se plantó desafiante: ¿Qué quieres? ¡No les pegues!, chilló como una niña, deletreando su castellano, y él tuvo que acuclillarse y sonreír, dolerse en broma de los puñetazos de muñeca, fingir que lloraba; pero al fin el pequeño aceptó su mano y empezó también a sonreír. Cuando Toño se irguió, la muchacha de pelo castaño seguía hostil y terca, pero la morena sonreía tan abiertamente como él. Igual que otras veces, no sólo sus amigos lo habían abandonado, sino que tampoco estaban en la plaza. ¿Eran ya las nueve? Corrió directamente a sentarse en la mesa. Llegó al segundo plato, menos mal, pero ni tía Lola ni Ismael lo miraron. Al poco rato madre e hijo se levantaron y de nuevo quedó abandonado, mudo a la fuerza, haciendo resonar el plato en medio de la oscuridad que encerraba y apretaba la casa, ahogando el único y débil foco del comedor. Desde el lunes siguiente ya no hubo obligación de ir al colegio: tendrían dos semanas de estudio libre antes de rendir los exámenes de fin de año. ¡Dos semanas para pasear por potreros y huertas! Mientras sus compañeros formaban parejas o tercetos releyendo los cuadernos de apuntes, Toño se aislaba, ensimismado: junto al río gozaba del cielo añil y estudiaba a su modo, sin interrupciones ajenas y sin sufrir las manías o el ritmo de aprendizaje de otro alumno. Pero era un difícil método viviendo con Ismael. A las cinco de la mañana, sin despertador alguno, Ismael se levantaba trastabillando, sacudía la cama de Toño, se vestía a duras penas y soñoliento se iba al comedor, a batallar con los libros. Lo habían jalado el último año y así Toño pudo alcanzarlo. Pensando en esa ventaja, y también en dormir más, Toño se revolvía tibiamente en la cama, cada uno a lo suyo, pero al rato Ismael, envuelto en una frazada y colgándole la bufanda, volvía a arrancarlo del sueño que era un pozo, un comprensible mareo en que Toño descuidaba el mundo y éste afortunadamente no se había ido. No seas así, hom, vamos a chancar juntos; la voz del primo había cambiado en los últimos días, era tierna y suplicante, sólo me faltan dos balotas difíciles, Toñito, ya avancé las otras. Incapaz de negarse, cruzaba el patio bañado en la espléndida duda de la aurora, y guiaba a su primo por los múltiples laberintos que escapaban de los cuadernos e invadían el comedor, todos buscando perder y asustar a Ismael, machacando con él la lección, repitiéndosela varias veces y volviéndose un inflexible maestro que le preguntara en el examen con otra voz, otros ademanes. Tras de mucho lidiar, Ismael comprendía sólo a medias y sonreía finalmente, oh qué novedad, Ismael y su voz baja y sonriéndole. Pero él también debía repasar sus balotas difíciles. Al menor descuido del primo, corría a desayunar a la cocina y huía por el traspatio como un ladrón, feliz, rumbo a la salida del pueblo, hasta el sonoro río Santa, hasta su observatorio, libre y claro, un extraño y enorme muñón de piedra, en medio del cauce plácido y transparente, y con un cerco de espuma en torno de aquel gigante dejado ahí por viejos aluviones.
Entonces leía en voz alta, se tumbaba de bruces para escribir sus resúmenes y "llaves", o se volvía boca arriba al cielo sin nubes, imitando la dirección de los grandes eucaliptos ribereños. No había lugar más hermoso, soleado, ni tranquilo. Luego transformó el paraje en algo más que una casa, una parcela propia y absolutamente necesaria. De la orilla a la roca construyó un camino de piedras que sobresalían del cauce por las mañanas y se hundían por la tarde, cuando el río se hinchaba y traía el recuerdo de tantos aluviones: la voz del agua dejaba de suspirar y enronquecía, echaba su negro aliento, arrinconaba a Toño que quizá no podría salvarse a tiempo; pero en otro parpadeo, la culebra del río se calmaba, o bien dormía gritando. Remangados los pantalones, volvía por el camino de piedras, invisible pero real; o si quería nadar, se zambullía desde la roca como desde el trampolín en una piscina. No había revelado a nadie su refugio. Al salir del pueblo veía desparramados por las chacras a muchachos y muchachas (nunca juntos, ellas siempre aparte), tumbados o de pie, estudiando para los temidos exámenes; los saludaba de lejos o se les unía por un rato, pero luego se perdía por las sementeras, retorciendo su camino hasta desembocar en el ansiado recodo, escondido por un bosquecillo de eucaliptos que parecía flotar sobre el agua y cerrar la vista del caminante. Pronto se hizo amigo (eso creyó) de los peones que cruzaban el distrito: un indio respetuoso y sin llanques, empujando recuas con caña de azúcar hacia el Ingenio, junto al puente de Calicanto; una india y sus dos pequeños, alegres pero rotosos, mostrando sus carnes por los agujeros de las ropas ya remendadas, pastando cerdos por increíbles senderos de la quebrada; y algunas lavanderas golpeando la ropa sobre piedras, matando de súbito sus canciones apenas lo vieran pasar. En cuanto pidió prendas viejas a tía Lola se las llevó a los indios. Apenas consintió el arriero, se puso a averiguar por la molienda de caña y la fabricación de chancaca; pero fue incapaz de apegarse a las lavanderas, sólo hablaban quechua y él no lo había aprendido de Toribia, la muchacha de tía Lola, que además de su mal genio coqueaba horriblemente. Sí, hablaba con los peones, pero le respondían con monosílabos; estaba claro que lo rechazaban; con ojos así fueran gachos y sumisos le decían que no fingiese ningún interés por ellos, que siguiera su camino, que conocían bien su raza. Volvía a intentarlo, y únicamente lo saludaban de nuevo, dos y tres veces en una tarde, y allá se iban como señores de otro mundo. Quizá por acercárseles se propuso construir una choza, mejorando las que había visto en la puna, donde la ausencia de árboles obliga a usar varillas en una disposición cónica, sin el palo mayor central que Toño sí usaría. Una choza nueva, moderna, funcional. Tampoco, ningún indio la miró ni se refugió en ella. El domingo que salió a inaugurar la choza compró tamales, choclos y fruta, sin olvidar el Leoplán, la única revista que vendía el señor Rubiños. Bajó feliz por la ladera, como un hombre que ya tiene un hogar. Desde aquel mirador el Santa no era una culebra de plata, ni una luz clavada en tierra, y tampoco un monstruo dormido, como decían los periodistas provincianos en los mensuarios de cuatro páginas, a propósito de las avalanchas, sino un compañero serio o juguetón, según los días, hermosamente callado o gritando para siempre, eternamente sordo. Pero pasar del río a la tierra era lamentable. Las márgenes arruinadas por las avenidas sólo se interrumpían por las pequeñas huertas; aun el cañaveral era diminuto y risible, de juguete; no debía engañarse, el sitio era pobre, quizá amable pero huidizo, reseco y resentido. Y el canto de las lavanderas sería ingenuo y bello, pero también absolutamente triste, íntimo hasta removerle las entrañas, hasta exigirle bailar como los indios en innumerables fiestas, cuando invadían los pueblos y el desfile de parejas enmascaradas y borrachas buscaba una auténtica felicidad en la punta de la tristeza, si bien no conseguía él aquella transfiguración. Leyendo y comiendo en su choza tardó en comprender lo que veía. A unos cincuenta pasos, arriba de las lavanderas, libres del agua sucia y jabonosa que ellas devolvían al río, tres muchachos se bañaban junto a la orilla, braceando y riendo, pero en cuanto se ponían en pie estaban perdidos: no sabían andar sobre piedras. Se escondió ¿No serían colegiales intrusos? Las lavanderas se burlaron de ellos en un coro, esta vez dichoso y envidiable. Uno de los bañistas se sentó a mirarse el pie herido con ademanes de payaso. Toño miró mejor, y con alivio, se acercó. No eran tres muchachos sino dos muchachas y un niño; los calzones húmedos y ceñidos eran iguales en todos, largos y anticuados, pero las mujercitas exhibían sus pequeños senos con extraña naturalidad. Y los tres eran hermosos. Cuando Toño pisó fuerte al frenar por la bajada, los ojos azules e inteligentes denunciaron a los Erickson. No les voy a hacer nada alzó la mano ante las miradas cautelosas. Estoy solo y tengo una choza más allá. ¿Quieren verla? Y también hay un vado sin piedras. Les gustará a ustedes que saben nadar. ¿Vamos..? El primero en decidirse fue el niño. Pero no mientas ¿eh? Hemos venido con mi papá. Y mintió por su parte. Pónganse los zapatos mandó la muchacha morena. Que él vaya por delante y cada uno de nosotros coja una piedra y se la tiran si intenta algo. Toño casi dio un grito de júbilo. Era la primera vez que entendía inglés a alguien aparte del profesor del Dos de Mayo. Sí, iré por delante. Pero no necesitan piedras ni nada. Y tengo comida para todos. Los Erickson soltaron la risa, oh él sabía ingles, por qué no les había hablado así en la plaza, por qué les molestaba tanto, por qué no se habían hecho amigos. Yo qué sé, por nada. Hablas muy bien dijo la morena avanzando a su lado, húmeda y chorreante, pero gozando del día soleado. ¿Dónde aprendiste? No solamente los invitó a su choza y a su vado, donde nadaron hasta competir en cómo tiritaban, sino les dio de comer calentándolos en cuestión de minutos, y sonrió de lo bien que esos gringitos mordisqueaban los choclos, como si fueran rondines y devoraban los tamales sin quitarles el jigote ni el ají. Pero en el fondo de sus miradas estaban sus diferencias. Además de otra lengua, tenían otros gustos sobre el paisaje, las plantas y aun las piedras; incluso nadaban distinto y sus voces de alegría o temor no eran las suyas. Y cuando enmudecían, supo que pensaban de otro modo y el ritmo de sus reacciones no era el mismo. Con ellos y con los indios del distrito se hallaba en medio de dos tribus, pero quizá en esa orfandad estaba la aventura de vivir, de cuidar qué se decía y dónde se pisaba, pues de caer nadie se ocuparía de él. Otra orfandad semejante a la de su familia en Huaylas. Renació su desconfianza ante esos extraños; fue casi un malestar contra sí mismo por haberlos admitido en su distrito. De pronto, en una súbita decisión se despidió y los alejó de la choza. Poco a poco, sin embargo, tras cabecear la siesta y borrar torpemente sus primeras ideas, que parecían quemarse en la tarde amarilla, fue descubriendo el flujo contrario, aquello que los unía. Había en los Erickson un envidiable aire de desaliño y libertad, sus cuerpos eran bellos y fuertes, y respondían claramente a la naturaleza. Luego de unos días de recelos aceptaron volver al río y explorarlo. Lo hicieron con mejor método y mayores precauciones que las suyas: calzados con zapatillas, cogieron ramas para descubrir las piedras del fondo y facilitar la marcha, y mantenían ligadas sus manos libres, avanzando siempre uno de ellos pegado a la orilla. Conforme se internaban, el caudal gris, azul, blanco y vigoroso levantaba crestas de espuma en torno a las piedras, crestas que navegaban y se despedían cumplidamente antes de morir. Desde el centro espumoso y resonante, Toño los incitaba a pechar el agua, y le respondían alegres, a voces, pero sin arriesgarse mucho. Después, dejándolo emborracharse con la corriente, salían a recoger piedras de colores construyendo pequeños edificios en la ribera. Bajo el sol todavía más fuerte y amarillo, organizaron una lucha campal con semillas de eucalipto, y como fin de fiesta, una carrera por sobre charcos, zanjas, troncos y pajares de la orilla. Rendidos y sudorosos, otra vez casi desnudos, se tendieron en el pedrón de Toño como sobre una balsa y descansaron o durmieron o navegaron por turno, conforme él los observaba. La morena era la mayor y más bonita y prudente, la menos parlanchina; protegiendo a sus hermanos vigilaba el nivel del río e incluso las intenciones de Toño, abriendo a ratos sus ojos azules y limpios. Pero él únicamente la miraba, feliz de que fuera tan hermosa, ansioso de tocarla o besarla, actos perfectamente naturales tratándose de ella y dictados por la misma muchacha, aun sin saberlo. De algún modo, los cabellos, rostro y brazos por arriba, y los muslos y piernas, por abajo, la hacían semejante a otras muchachas, pero también concedían al centro de su cuerpo la seguridad de que ahí, en los pechos y el vientre, estaban realmente ambos, él y ella, presos de una palpitación, sujetos a una espera que se alargaba en agonías; ella creía ser una predicadora y una aprendiz de castellano, pero Toño la veía sólo carne y voluntad, una felicidad si lo miraba, un tormento si sus ojos se apartaban de él mientras en el aire brotaba de la nada una inquietud, una fragancia, un descubrimiento. Comprendió cuánto desconocía de las mujeres y cuánto le quedaba aún por vivir, pero no sería en este pueblo, debía seguir su marcha a la costa, hacerce alguien aun sin saber cómo, sólo de eso estaba seguro. En un instante, la morena reapareció vestida y le hizo ver lo absurdo de cubrir las futuras y auténticas palomas de sus pechos, el escándalo tierno en sus nalgas, el pan blanco y vivo de su vientre. Conforme la tarde apagaba el sol y el cielo enrojecía imperceptiblemente, la belleza de la muchacha se llenaba de responsabilidad por sus hermanos y de gratitud por Toño, que había sido tan amable. Así, tras de peinar sus cabellos húmedos que le creaban otra piel, lustrosa como la de un potrillo, y luego de vestir concienzudamente a sus hermanos, lo miró en una sonrisa final que difundía su propia luz y dijo que estaba contenta, pero se le veía tan frustrada, como él. Muchas gracias le dio tímidamente la mano. ¿Podemos venir otra vez? El próximo sábado. ¿Cómo te llamas? Melisa. De vuelta a casa debió de suceder algo que ignoraba en torno a él, pero que Ismael sí vio, Ismael y sus amigos que se dieron a perseguirlo mientras Toño culebreaba por las calles, buscando despistarlos. El sábado renunció a estudiar. Tan sólo se dedicaría a ampliar la choza. Disimuló muy bien, salió cuadernos en mano, pero los dejó encargados a una placera, metiéndose por entre el gentío abigarrado del mercado, como si retahilara los precios. Ismael venía detrás, esta vez solo, ya lo he medido, pensó, uno no es ninguno, pero el primo se quedó en el canchón de la fruta, suponiendo que él volvería por donde había entrado. Pues no, de las redondas pacas de plátanos, de esos tambores saltó a la pirca del corral donde dormitaban los burros y allá se escurrió oliendo a boñiga y a deliciosos mangos. Ya los Erickson estaban en la choza con una canasta de sandwiches, huevos duros y kola caracina de la fábrica del señor Romero. No hubo necesidad de cocinar. Fue la primera vez que Toño mintió organizadamente, durante horas. Melisa lo averiguaba todo y sus preguntas eran directas: por qué vivía sin sus padres, por qué Ismael se había retrasado en sus estudios, qué haría Toño en la costa que no hiciera en Caraz, ¿era realmente católico o sólo seguía la tradición de su familia y del país, y por qué no se atrevía a entrar, sólo a entrar, en la iglesia adventista del señor Erickson? ¿Tenía reparos de sentarse junto a los sirvientes, los verdaderos hijos del pueblo? Al comienzo las mentiras le salieron fáciles: sus padres preferían las comodidades de una casa-hacienda, propia, mandaban por él cada semestre, alguna vez invitaría allá a Melisa; pero pronto detuvo la charla, lo bañaba una vergüenza oscura que hacía cerrar los ojos, se le agriaba la boca, debía escapar de Melisa. Por fin, se demudó mientras ella retomaba el hilo: de la tranquila y pacífica Melisa brotó de nuevo una predicadora semejante al señor Erickson, decidida, vigorosa, obsesionada y majadera, pero sobre todo extraña y distante; abandonó el inglés sin importarle equivocarse, hablando briosamente. Parece que estoy reseco, pensó, no creo en nada sino en obtener una profesión y una casa mejor que la ajena donde vivo y me dan gratis de comer; me iré lejos de esta tierra estéril, de este río loco y desaprovechado, y de este pueblo donde por cada casa buena y con luz eléctrica (sólo un poco más fuerte que las velas) hay otras veinte incómodas y miserables. ¿Qué podía hacer uno en un lugar así, sino salvarse como pudiera? Pero ¿cómo decirle esas cosas a una extranjera, que, además de avergonzarlo por el país en que vivía, le hacía palpitar el corazón? ¿Así pierdes el tiempo, en vez de ayudarme a estudiar? oyó a medias y luego más claro: ¡Con que tenías este sitio y no me dijiste nada! el reproche lo sacudió de susto y la voz resentida de Ismael se le venía encima. ¡Hoy vas a ver..! y aquel odio repentino iba en serio, ahuyentando a Melisa y precipitándose sobre él. Recibió de lleno el primer golpe, pero fue el único que lo tomó de sorpresa y lo derribó; después ya no soltó a su primo, no quiso ni pudo soltarlo, su furia crecía conforme rodaban y se erguían, buscando un sitio llano donde seguir la pelea; pero mientras lo descubrían, los cabezazos y rodillazos iban haciendo mella en Ismael, oh al fin lo tenía en sus manos, era más alto que Toño, pero así de cerca no importaba, al revés, así no fallaba los golpes, al fin estaba poniendo las cosas en claro, cada trompón lo templaba más y a poco sintió que el rival aflojaba, la nariz sangrienta lo había escandalizado, sus ojos ya miedosos buscaban el momento de acabar, pero no sabían cómo; entonces lo abrazó con fuerza, le cerró las manos detrás y llenó de cabezazos esa cara cobarde, pálida y sangrienta, y cuando el miedoso se zafó y quedó un instante paralizado, le metió un puntapié en el estómago, y cuando se volvió, otro en las nalgas, hasta precipitarlo en un hueco entre dos pedrones, al fondo de un charco lavado por el río ¡Ah, y todavía fue a sacarlo de ahí, a rematarlo, hasta que unas indias desconocidas (oh, no, eran las lavanderas, los Erickson se habían esfumado) lo contuvieron con sus quejas maternales, un bálsamo contra la ira, y lo fueron calmando, allauchi, allauchi, ñiño, no supo si se referían a él o a su primo, conforme jadeaba y volvía a darse cuenta de quién era y dónde estaba! Arrepentido, bajó por el declive llamando desesperadamente a Ismael, que se había atascado de cabeza y quizá podría ahogarse en un charco. Tiró de él con las indias y descubrió el pantalón rasgado, la herida en la rodilla, los chichones que empezaban a soplar su frente. ¡Perdóname, primito, te juro que..! se puso a balbu- cear. ¡No sé qué me ha pasado..! Pero Ismael no oía nada, mañana te vas de mi casa, no me llamo Ismael si te quedas, lo prometo por lo más sagrado, y él abiertamente empezó a mendigar, sacudiéndole la ropa, pasándole por la cara el pañuelo mojado por el río. ¡Ah, cuánto le costó cambiar esa amenaza! Sin vestirse aún, ropa en mano, lo fue siguiendo no sólo por la orilla, sino por todo el pueblo, que por favor se callara, que dijera a tía Lola que unos muchachos mayores los habían atacado. Que viera que él también tenía moretones, que su codo sangraba, que no podía mover el pulgar ¿lo veía? En fin, que le daría cualquier cosa si se callaba esta vez. ¿Y qué me vas a dar? lo despreció Ismael ¡Un pobretón que nunca ha tenido nada y le damos de comer gratis! Y quieres quitarme mi puesto en la casa. ¡Pues bien, se acabó! ¿Darme algo? ¿Otra porquería como la colección de piedras..? Te doy.., te doy... buscó desesperado, te doy a Melisa dijo, perdido, primo, no hay muchacha más linda en el pueblo Ismael se demudó, escupió la sangre, se limpió la frente con el pañuelo mojado, abrió más los ojos, se hizo repetir la oferta. ¿Lo juras..? ¿De verdad, muerto de hambre..? Oh, así fue, llegó a eso, tuvo que prepararse desde entonces a verlos juntos, y cuando Melisa lo llamaba y sonreía, aprendió a hacerse el disimulado y volver la cabeza. Tuvo que cederles inclusive la choza y todo el distrito.
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