14 ¿No fuiste al entierro, hijo? la voz suave y arrulladora de tía Lola se mezcló con el beso en tu frente, sus manos prendidas de tus mejillas. Ya sabes que yo no dejaste la frase coja, ella lo sabía muy bien, nada de entierros contigo, no habías acudido al de tu madre y eso bastaba, aunque dijeras que yo tenía la mejor intención, pero no pude. Como quieras, hijo, y la sombra tibia y eterna te dejó de nuevo solo, despierto pero tendido en tu vieja cama de joven, pensando largamente sin concluir en nada, aprovecha la siesta, de algún modo estás de vacaciones, sintiendo otra vez que Mónica había muerto y cómo son las cosas, quién lo hubiera creído, tan pegado a la carne de mujer y enamorado de una muerta, y cómo era posible, llegando de nuevo a destiempo, habías perdido a otra, como la vez de Melisa. Sólo te queda Martha, pero ¿qué harás tú, hombre de varias mujeres? Envuelto en esa telaraña que parecía no herir pero que apretaba, y con Ismael preso de verdad, casi no había para qué vestirse. Pero te levantaste, aunque en ese cuarto donde habías vuelto después de años carecías de hábitos y debías rebuscar los objetos antiguos, y mezclarlos con los traídos en la maleta. No fumabas ni podías beber solo; tampoco tenías ganas de encender el televisor que sólo pudiste obsequiar a tía Lola tras el primer viaje a Bolivia, nadie es profeta en su tierra, tuviste que emigrar porque ya el taller de reencauchado, después de graduarte en la cuatricentenaria San Marcos, te pareció humillante. Nunca más hablar de parches o llantas o jebe líquido o vulcanización, y sentir un cosquilleo injusto, indigno pero inevitable, ante la palabra obrero. Carecías de hábitos, no podías matar la tarde demasiado erguida y clara, tampoco bebías café, te hacía daño, sólo té con limón, en México te decían eso beben los enfermos. Pero al menos podías andar por el destechado pasadizo que ya duraba muchísimos años. No habías ido al entierro de Mónica y tampoco irías al de nadie, menos aún al futuro entierro de tu padre que sin duda vivía en las sierra, lejos e indiferente como tú hacia tus hijos nonatos. Mejor así, las cosas claras desde un comienzo. Indiferente como tú a veces con Martha, sin llamarla ni enviarle un cablegrama, desplazada por tu segunda mujer. ¿O fue siempre la primera? Mónica muerta y tú que no, que no podía ser, un miserable absurdo como ése envuelve la poca inteligencia de un hombre y no le deja avanzar. Te negaste a acompañar su cadáver, pero viste, a través de los antiguos e históricos visillos, cómo la nueva generación de Albertis guiaba a los abuelos enlutados hasta los lujosos coches que eran otros modelos, pero de las mismas marcas, el tiempo era una torcida sonrisa irónica, el abuelo ya casi no podía moverse, sus nietos lo habían cargado hasta el Thunderbird y sin duda lo bajarían en brazos en el cementerio, en un viaje de prueba junto a su hija, cuyo ataúd jamás soñado estaba ahí, presidiendo aparentemente la ceremonia, cuando en verdad lo presidía una sombra, una mudez, una negación flotante, lo único que podía acallar a esos hombres y mujeres eternamente parlanchines. El funeral debía de estar ya acabando, los gusanos labrando sus galerías hacia las entrañas rojas y tibias de Mónica, para vivir de ella, así como tú te metías entre sus pelos de cobre y agujeros rosados, y vivías de ella hasta hallarle unos gritos ahí al fondo, los gusanos pudriéndola con métodos infalibles y milenarios, hasta vaciarle la carne rosada y embutirla de fétidos olores, de espantosas fermentaciones, siguiendo el bestial ademán tuyo y de Ismael, viviendo metidos en sus entrañas. No podías olvidar el crimen de Ismael, pero ¿qué indulgente eras con el amante que iba acompañarla a México? Después de descartado, ahora creías en ese engaño. ¡Como una sabia cortesana, se llevaba un hombre de recambio si acaso tú no pudieras seguirla a Acapulco! ¿Amar a una mujer así era posible? Jamás te acostumbrarías, pero la ausencia y la muerte trabajaban en favor de ella y minaban tus resistencias. Ah, pero muy en el fondo, ella había sido castigada por no ser la que anhelabas, e Ismael también por haberse interpuesto en tu camino. ¿Eras, pues, el vengador? Seguiste paseando como por dentro de una trampa, empujando el aire del tiempo, fijos los ojos en el desconocido y lejano cementerio, la sombra que hacía batir el pecho. Quisiste al fin telefonear a Martha, pero ¿era su voz la que buscabas? Ya en la calle, al torcer la esquina de la botica, la sombra se aclaró dibujándose. Te vino el nombre de Melisa, su mirada, toda una mañana cantando en la plaza de Caraz, bajo el ficus iluminado por reflectores, su traje celeste mal cosido en casa, sus cabellos lamidos y húmedos, sus largas trenzas que también intervenían en la música. Ubicarla tenía que ser fácil, saber si se había marchado del país, en Lima sólo podía haber dos o tres templos adventistas o episcopales o unionistas o fundamentalistas, o como se llamaran. Fue otra cosa absurda en ese día, tener un lindo sol a destiempo, hallarse prácticamente de vacaciones y perder dos horas metido en un taxi, persiguiendo iglesias no católicas, que desconocían el chofer y los guardias de tránsito y aun el vecindario. Recordó una en Miraflores. Así empezó la cacería de miserables, semidesiertos y sucios templos que olían a una raza nueva y se escapaban de las manos. Estaba por aquí, decía un vecino, en esa casa, pero la casa que no parecía una iglesia, lo había sido semanas antes, hasta que inmovilizó a una casa con la cruz encima y el aire pobretón y austero, sin el lujo y derroche católico, y esa casa metodista o episcopal o unionista o lo que fuera, estaba llena de fieles, era la excepción a la regla, y no sólo descubrió a mestizos aindiados que sin duda eran sirvientes, sino a unos tipos mejor vestidos, y todos cantando a gritos, como si la pequeña construcción pudiera resistir aquella música de la plaza de Caraz, tan invisible como el tiempo que lo había llevado ahí, y él buscando a Melisa entre las mujeres, apartando a las peruanas e imaginando que en el puñado de gringos estaría ella esperándolo, como si se hubieran citado esa noche. Estás hecho un idiota, ni siquiera un loco, que vale más, pensaste, imposible que esté acá, pero al menos puedes averiguar si la conocen, y tuviste que sufrir las voces y lamentos de quienes llamaban a Dios, guiados por el pastor sin sotana ni dalmática, vestido como tú, y los cholos aindiados y las sirvientas y los pocos señores cantando también y sabiéndose la letra de memoria, mirando las paredes de la iglesia de juguete, sin altares ni santos, y al fondo una gringa vieja dándole al pianito, incapaz de competir con el vozarrón de esos fieles puestos en pie, llamando lúcida e ilógicamente a Jehová. Había como una mala suerte en ello, tantas y hermosas iglesias católicas de bellos altares dorados y efigies mostrando los corazones sangrantes, túnicas plateadas y rostros angelicales o desesperados, bajo cúpulas imitadas del barroco o renacentista, y acudir justamente ahí, a una casita cualquiera jugando a albergar a Dios y dejarse guiar por la prédica y los cánticos de un extranjero. Pero aguantaste esa mala suerte y esperaste el final de la ceremonia. Toño se puso en la cola, saludó al pastor y aprovechó al instante para preguntar por Melisa o por cualquier Erickson, y de pronto lo llevaron a una esquina y lo rodeó media docena de fieles que decían por turno sí, por supuesto, conocían a los Erickson, sólo uno o una había vuelto a Estados Unidos, el resto seguía en el Perú, excepto el viejo, claro, había muerto catequizando en la selva, mientras su mujer predicaba en Iquitos, y el hijo estaba en Tumbes o Piura, no había certeza hasta que llegara un hermano (todos se llamaban hermanos), que sí lo sabía; y todos conocían a Melisa, había pertenecido a la parroquia o como se llamase de Barranco, oh ya estaba acercándose a ella, pero de Barranco se marchó a Huánuco, de Huánuco al Cusco, donde se había casado con un peruano, oh de nuevo el matrimonio se le enredaba entre las piernas, vaya con la costumbre de casarse que tiene la gente, pero no, no, las cosas se iban componiendo porque Melisa ya era viuda, en cierto modo como yo, pensaste, casado y viudo, dos estados civiles juntos, y del Cusco había pasado a Pucallpa, pero nadie sabía si estaba actualmente en Lima, ah no, claro que sí, el hermano Remigio lo sabe, dijo uno de los pocos hombres bien vestidos, y las muchachas sirvientas se prestaron en seguida a buscar a Remigio, que vivía en la otra cuadra. Pero Remigio no estaba y tampoco tenía
teléfono, aunque eso no era problema, que les diera Toño su número y que apuntara el de
varios hermanos, así mantendría el contacto no sólo por esta vez, sino para que viniera
más a menudo a la iglesia ¿verdad, hermano?
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