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Prólogo
En los últimos veinticuatro años,
Carlos Eduardo Zavaleta publicó cinco de sus principales novelas Los aprendices
(1974), Retratos turbios (1982), Un joven, una sombra (1992), El precio de la aurora
(1997), Pálido pero sereno (1997) y tres novelas cortas, Campo de Espinas (1995), todas
las cuales fueron precedidas por El cínico (1948), relato experimental escrito en la
adolescencia, y la célebre novela corta Los Ingar (1955). Durante su carrera de escritor,
Zavaleta entregó además a los lectores diez libros de cuentos (reunidos ahora, en sus
Cuentos completos, 2 vols., 1997) y varias obras de crítica literaria y traducciones.
En los mismos años del ´50 en que
apareció Los Ingar, Zavaleta trataba de escribir una novela que, a la manera de Todas las
sangres publicada tiempo después (1964), pudiera dar una imagen integral de
la sociedad peruana. Incluso quizá pensó en el título que debería llevar
("Historia de mi sangre" o algo así). Parte de ese ambicioso proyecto fue Los
aprendices1, novela anunciada en 1965, terminada de escribir en la década del ´70 y
publicada en 1974 cuando ya habían aparecido la obra citada de Arguedas y
Conversación en la Catedral (1969) de Mario Vargas Llosa, quienes perseguían, a todas
luces, el mismo objetivo que Zavaleta se había propuesto realizar en sus años juveniles.
Si la hubiera publicado antes, Los aprendices sería el punto de referencia obligado para
explicar toda la novelística posterior (incluyendo la de Vargas Llosa).
Los aprendices no tiene una historia
única ni una estructura lineal. A primera vista, el nudo del relato podría ser los
amores de Edgardo con Matilde y Luisa, pero verlo así tendría el inconveniente de
reducir la obra a un mero romance triangular, que no lo es. La novela pretende algo más;
es una imagen arquitectónica y global de la sociedad. Más allá de la anécdota trivial
está el vasto y complejo drama del país que un grupo de jóvenes descubre al llegar a la
Universidad de San Marcos. Una característica que siempre estará presente en los cuentos
y novelas del autor es que el conocimiento de la realidad que implica el despertar
del sexo, la opción vocacional, el aprendizaje político y la interrelación con los
demás coincide generalmente con la crisis de la adolescencia y el pasaje a la vida
adulta.
La novela se abre in medias res, con el
accidente de Matilde, en el viaje que ésta realiza con Luisa y su amante a la sierra,
para ayudar a los parientes de Edgardo, que están en desgracia política. A partir de ese
episodio motivador y fortuito se desata la marea de acontecimientos y situaciones, cuyos
escenarios serán la sierra (con su atraso, primitivismo y eternos conflictos sociales; el
abuso de los hacendados y autoridades locales, las revueltas de indios, las peleas entre
familias y los desplazamientos súbitos de los grupos de poder) y la ciudad metropolitana
(cuyo foco central de efervescencia es la Universidad de San Marcos, donde se debaten los
problemas del país, se agitan las ideas nuevas y se promueven las huelgas, bajo la
amenaza permanente y ominosa de la dictadura). La Universidad como el Colegio
Militar Leoncio Prado, en La ciudad y los perros es el microcosmos donde confluyen
todos los problemas sociales del país. La narración se efectúa alternativamente desde
los puntos de vista de Edgardo y Matilde, a través de recuerdos, evocaciones y vueltas al
pasado, utilizando recursos y procedimientos de la cinematografía (como el flash-back),
mediante los cuales ilumina zonas profundas del alma de los personajes. De tal modo que la
novela es un permanente ir y venir de la capital (Lima) a la aldea (Sihuas), y de la aldea
a la capital, de la sierra a la costa y de la costa a la sierra, un incesante flujo de
pretérito y actualidad (en función de las oscilaciones de la conciencia de los
personajes).
A diferencia de la novela tradicional,
que ofrece una visión lineal y ordenada de las cosas, proyectada generalmente por un
narrador omnisciente, seguro e infalible, Los aprendices nos enfrenta a una serie de
hechos (reales e imaginarios), filtrados por los humores, los sueños, las dudas y las
pasiones de los sujetos protagónicos. En este sentido, la novela se asemeja a un
torbellino de imágenes y sensaciones, refractadas por la emotividad de los actores,
teñidas de nostalgia, de ira o de regodeo placentero, según el estado psicológico de
los mismos. No hay un narrador privilegiado y omnipresente que refiera o describa los
hechos; son los mismos personajes quienes hablan y exteriorizan sus impresiones,
generalmente en primera y segunda persona gramatical; o bien, haciendo uso intensivo del
estilo indirecto libre, cuando el relato viene en tercera persona. En este caso, el
narrador se limita a fungir de introductor; vio, oyó, sintió, pensó, se imaginó, supo,
etc.
Como es de suponer, cada actor tiene un
papel singular y diferente. El personaje central es un estudiante pequeño burgués que se
interesa por la realidad del país (e, inclusive, por la política), sin asumir nunca una
posición activa y militante; más bien, siente desprecio y disgusto por las menudas y
prosaicas ocupaciones de la vida partidaria). Edgardo es en el fondo un intelectual
escéptico, un individualista incorregible, que padece de la fiebre amatoria y sensual. Su
mayor pasión son las mujeres. Lo que le une a Matilde es una atracción física y a Lucha
una veneración sentimental algo chirle. Lo positivo del personaje es su espíritu
solidario, su generosidad y su disposición para sacrificarse por los demás. En todo
caso, Edgardo quiere ser un honesto testigo de la historia del país, para dar cuenta de
ella más adelante. Su manía es estar recordando y evocando siempre su infancia y su
pasado en la aldea natal, "esa gran metrópoli", como él mismo la nombra con
sarcasmo. A manera de un Jano, vive en el presente y en el pretérito, goza de la ciudad
moderna y cosmopolita, sin olvidar del todo el mundo familiar de su infancia provinciana.
Físicamente radica en la capital, pero anímicamente lo gana la aldea.
La figura más impresionante de la novela
es Matilde. Ella es una mujer joven, esbelta y hermosa; el arquetipo de la hembra
dominante, sensible, impúdica y atrevida. De origen social popular, siente espontánea
pasión por los problemas sociales; una pasión , a veces, ciega e irracional. Imbuida de
vagos ideales libertarios y de transformación social, participa fervorosamente en todas
las luchas políticas. Se enardece en las manifestaciones, en las huelgas y en las
acciones de masas. En un mitin llega a excitarse hasta el delirio, entregándose poco
después, como en una apoteosis, a Edgardo, a quien conociera pocas horas antes. Durante
la huelga estudiantil y la ocupación del local universitario, se las arregla para holgar
a su gusto con el amante. A lo largo de todos sus cuentos y novelas, Zavaleta mostrará
esta singular habilidad para trazar vigorosos retratos femeninos y auscultar la
psicología de sus personajes, haciéndolos verdaderamente memorables. Matilde es, en este
sentido, una de las creaciones más deslumbrantes de su inmensa galería de mujeres.
Entre los personajes secundarios, figura
Benites, estudiante resentido y fanático, que se consagra en alma y cuerpo al Partido y
que no deja de sacarle ventajas personales a su cargo de dirigente estudiantil. En otro
plano, aparece Velásquez, el prototipo del luchador campesino puro y noble, "Que no
entiende de doctrinas o libros, sino de verdades".
Los aprendices es, en cierto modo, un
retrato de la generación estudiantil del ´50 enmarcado inevitablemente por los
avatares sociales y políticos de la época, como lo son también Una piel de
serpiente (1964) de Luis Loayza, Los geniecillos dominicales (1965) de Julio Ramón
Ribeyro y Conversación en la Catedral (1969) de Vargas Llosa, novelas en las que figuran
otros personajes que encarnan ideales y actitudes del momento. El lazo histórico que une
a estas novelas es la dictadura de Odría (1948-1955), reseñada también por Gustavo
Valcárcel en La prisión (1951). La novela muestra que la historia del país no es más
que una sucesión de temporadas breves de gobierno democrático y prolongados regímenes
dictatoriales, hecho que marca fatalmente la vida de las instituciones, de las familias y
de los individuos. Esto lo vemos también en los bruscos desplazamientos del poder local
en Sihuas y en la misma frustración de los jóvenes aprendices. La novela es el relato de
una generación que asoma al mundo, en circunstancias políticas adversas y en un instante
crucial del país, en que se ventilan y confrontan nuevas ideas y modelos contrapuestos de
organización social.
Desde Mercedes Cabello de Carbonera hasta
Mario Vargas Llosa, los novelistas en el Perú nunca han podido sustraerse al hechizo del
tema político. Zavaleta tampoco lo elude en Los aprendices. El poder despótico es una
sombra que flota ominosamente sobre la sociedad desintegrada y escindida. La novela
recorre diversos escenarios geográficos y humanos del Perú, en momentos críticos de su
historia, acopiando experiencias del hogar, del colegio y de la universidad. Los
protagonistas privilegiados son hombres de las capas sociales medias de la provincia y
capital. Vargas Llosa, en Lituma en los Andes (1993), intenta hacer algo parecido (dar una
imagen crítica y social del país), pero su planteamiento novelesco de naturaleza
esencialmente ideológica difiere en mucho del de Zavaleta. Para Vargas Llosa, el
Perú es un país marcado por una brecha insalvable entre la sierra y la costa, entre la
cultura andina y occidental, que él equipara con la barbarie y la racionalidad, el
primitivismo y la modernidad. Estos extremos son representados por el sargento Lituma y el
hechicero Dionisio. La impresión que fluye del relato es que es imposible conciliar ambos
extremos. El único camino (para lograr el desarrollo del país), sería incorporar el
mundo andino a la cultura occidental y moderna, lo cual supone despojarla de su espíritu
nativo y abandonar el sentido gregario atávico, a fin de asumir la libertad plena de la
sociedad actual. En un artículo periodístico Vargas Llosa es mucho más explícito:
"Francamente dice no veo cómo podría subsistir una cultura
mágico-religiosa con las prácticas cotidianas de una sociedad industrial moderna"2.
En consecuencia, propugna la modernización del país, al margen de la cultura andina
(posición ideológica que, en el Perú, viene de muy lejos)3.
Zavaleta, por su parte, adopta la
"estética de la encrucijada" expresión de Carlos Fuentes4 y esboza
el encuentro dramático de la ciudad y la aldea, de lo andino y lo occidental.
La tragedia de sus personajes en su
mayoría mestizos proviene de que son portadores de dos legados culturales, de su
conciencia fragmentada y de la dificultad de reencontrar la unidad perdida. El sino de
ellos es navegar entre dos corrientes, asumiendo valores de la cultura universal, sin
renunciar a los paradigmas de su cultura originaria. Por eso, Edgardo hasta cuando está
completamente instalado en la ciudad, disfrutando del confort moderno, vive
espiritualmente añorando su aldea natal. Bajo el disfraz cosmopolita, su alma continúa
vibrando con el mundo rural. Varios capítulos de la novela evocan, con indecible ternura
y nostalgia, esa perdida arcadia (los capítulos II y III por ejemplo recuerdan el ingreso
a la escuela, el viaje al fundo Calia, los juegos y paseos campestres y la muerte de la
abuela). "Ese proceso, que desde le punto de vista del hombre andino es trágico,
pues significa la desaparición de costumbres, creencias, ritos y mitologías atávicas,
tienen, sin embargo dirá Vargas Llosa una contrapartida feliz: la de la
libertad individual, la posibilidad de elegirse un destino y no tener que asumir
fatalmente el del grupo social"5.
En suma, he aquí una novela tensa, dramática, que busca
tanto la perfección en la estructura y el estilo, como pintar un fragmento de la historia
del país y de San Marcos, y que sólo es el comienzo de la valiosa obra novelística que
desde Los Ingar (1955) llevará a Zavaleta a la feliz culminación de Pálido, pero sereno
(1997).
| 1 |
C.E. Zavaleta, Los aprendices, Ediciones de
Crisis, Buenos Aires, 1974. |
| 2 |
Mario Vargas Llosa, "El precio de la
modernidad", en El Comercio, Lima, 21 de oct., 1994. |
| 3 |
Augusto Ruiz Zevallos, Psiquiatras y locos.
Entre la modernización contra los andes y el nuevo proyecto de modernidad. Perú,
1850-1930. Instituto Pasado y Presente, Lima, 1994. |
| 4 |
Carlos Fuentes, Geografía de la novela,
FCU, México, 1993, p.27. |
| 5 |
Mario Vargas Llosa, Pról. a Juan Ossio
Acuña, Las paradojas del Perú oficial, PUCP, Lima, 1994, p.17. |
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