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Ten mucho cuidado. ¿Me entiendes, no?
Chau, hermano.
Por teléfono, la voz de Raúl fue
suficiente pero demasiado lacónica. Quería decir que le seguían los pasos. Su corazón
le batió por un segundo, pero luego fue calmándose, todavía incrédulo, imposible, debe
haber algún error, después de todo yo sólo he organizado asambleas en San Marcos para
pedir la libertad de Benites y recolectar dinero para la curación de Matilde; fui
delegado estudiantil hace un año, es verdad, pero creo que nadie se acuerda de eso. Y lo
de Sihuas fue un viaje de chicos ¿no? ¿Y qué importancia puede tener que yo sea sobrino
de Félix?
Ya en el Hillman, el ardor de su
estómago le recordó que no había tomado desayuno y que ya se pasaba la hora del
almuerzo; y él que casi nunca fumaba, había fumado tanto en la clínica, esperando a que
una amiga de Matilde le cambiara el turno de cuidarla, que su voz era otra, vieja y ronca.
Siguió velozmente por la Wáshington, la
28 de Julio, la Arequipa, el Bosque de San Isidro. Que dejara de pensar en todo, en todo,
menos en mover la lengua y pedir un buen precio al hombre interesado en el Hillman. La
colecta había sido un fracaso; sólo Lucha, Raúl y él habían cumplido. Era improbable
que sus amigos sanmarquinos y que aun la misma universidad, clausurada por nuevos
disturbios, lo ayudaran; pero quedaba el tipo enamorado del Hillman que lo detuvo en la
calle al ver pintado en los vidrios el aviso SE VENDE; y si éste fallaba, quizá
quedaría su padre: Es un préstamo, papá, no un regalo, te lo juro; tengo que pagar
muchas deudas, unos veinte mil soles...
Llegó al escampado de pedrezuelas y la
maleza reseca. La única casita de ese lado lo miró como si le sonriera; la veía más
linda que antes del viaje a Sihuas. Bajó casi corriendo.
¡Julia! llamó a la muchacha
desde antes de abrir. ¿Llegó el señor a buscarme?
En el marco de la puerta encajó no sólo
Julia, flaca y mohina (malagracia dirían en Sihuas), sino la sorpresa que lo detuvo de
golpe:
Dices la siñora Anselmo que ella
istás viviendo áqui y que por favorceto to ropa y de la señoreta Mati tamién te lleves
y todavía le señaló sus maletas listas en el piso. Su estómago volvió a
quemarle a fuego lento.
¿Y quién es la señora Anselmo?
habló a duras penas, sin recordar aún el nombre. ¿Mi papá le alquiló la
casa en estos días? ¡Sólo hace una semana que no vengo! recobró su voz,
carraspeó varias veces y dijo: ¿Dónde está ? ¿Arriba? ¡Pues dile que baje!
Dices que tistás bañando y no vas
bajar. Que ya nues to casa; váyaste tranquilo, y di no, llamarás al guardia. ¡Como
fiera istá, niño! ¡A mí tamién casi mi pegas!
¿Que ya no es mi..? ¿Mi papá se
la vendió, entonces?
No sabes, niño. Timpraneto si livantó y si fue.
¿Quien?
To papá ¿quién más?
¿Entendía ahora las cosas? ¿Las
entendía definitivamente?
¿Se llama Delia Anselmo la
señora?
Sí, pues, Delea.
Esta vez le quemaron también el pecho y
las manos, conforme su cabeza giraba ante las maletas de Matilde y las suyas, además de
los paquetes mal hechos con sus libros. Avanzó como si no fuera cierto, oyendo en los
altos unos tacones de mujer.
¡Buenos días, señora Bolaños!
¡Qué rápido se vino de Sihuas, me ganó usted en el viaje! gritó y puso bien la
ironía; pero no hubo respuesta. Entonces, voluntariamente, quemó aún más su estómago
y su corazón con el trajín de sacar los bultos y tratar de meterlos en el Hillman tan
chico; por fin pateó las llantas, devolvió a la casa los paquetes de libros, tirándolos
ruidosamente por la sala, y se fue a marcha muy lenta, imposible ver bien con las maletas
hinchadas que sobresalían de los asientos. Su malestar se disipó algo en el camino, yo
habría hecho igual con mi querida, dijo en voz alta, te felicito, papá, no creas que me
disgusta mucho, debí estar preparado; pero la cólera renació al subir las maletas al
departamento de su madre, adonde jamás creyó que volvería a vivir. Y se sentó en el
pasadizo, sudoroso y jadeante.
Un hombre salía del comedor paso a paso,
con las manos en los bolsillos, como matando el tiempo.
¿El señor Edgardo Fuentes?
Sí dijo, dominando su
temblor, pensando qué idiota he sido al venir, ¿habrá más soplones en la calle?
Estoy aquí desde las doce, como
quedamos. Dio un respingo de alegría:
Oh, perdóneme; a las doce le esperé en la casa de San Isidro, pero no tuve el
gusto de...
Nos citamos aquí, joven, no en San
Isidro. Acá tengo la dirección que usted me dio. Me dijo que era mejor en el centro;
mire usted.
No había duda, su memoria empeoraba, se
hacía líos con unas cuantas cosas. Claro que reconocía al hombre y que le dio la
dirección, y el sitio, y lo demás.
Tiene usted toda la razón.
Perdóneme, por favor.
No se preocupe. Le doy quince mil
por el auto, un billete sobre otro; aquí tiene diez mil y los otros cinco cuando me dé
los papeles del carro, todos en regla y visados por la Dirección de Tránsito.
Ya no quiso retahilar. Con el fajo de
billetes hinchándole el bolsillo sólo le faltaba comer. Se despidió del llavero del
Hillman, ni siquiera del automóvil como hacen otros dueños, y al volverse, una vez solo,
su madre salía al pasadizo contenta como pocas veces:
¿O sea que ya sabes la buena
noticia y trajiste tus cosas? Tu papá vendió la casa a un judío y puso el dinero en el
Banco; dice que no lo sacará en dos años para que gane intereses.
Así he sabido masculló,
desviando los ojos. Dame de comer lo que sea ¿quieres?
Sólo cuando se había bañado y cambiado
de traje y estaba por concluir el sabroso arroz con pollo, se puso en pie como tocado por
un rayo y volvió a recordar las advertencias de Raúl. Su madre dormía la siesta. Entró
velozmente en su antiguo cuarto, revolvió las maletas recién traídas, extrajo ropa suya
y de Matilde, las metió en un pequeño maletín junto con el dinero que acababa de
recibir, y salió en puntillas, corriendo, decidido a mudarse a un hotelucho de los que no
exigían documentos.
En la esquina dio vueltas y cambió de
acera buscando un taxi. Cuando reparó de nuevo en el departamento de su madre, había un
hombre tocando el timbre. No era su padre ni el comprador del Hillman. ¿Ahora sí un
soplón? Iba a alejarse rápidamente, pero el hombre se volvió: con la chompa cerrada y
la casaca de cuero, y sobre todo con esos zapatones de caña entera, Raúl, tan atildado
otras veces, parecía listo para ascender una montaña. Qué buen amigo, pensó.
Al fin te encuentro casi le
susurró Raúl, tomándolo del brazo. Me dijeron que ya no vivías en la otra casa.
No quise ir a la clínica ni llamarte por teléfono. Hay que tomar toda clase de
precauciones.
Sonrió, ya que Raúl no lo hacía:
¿Hay otra cosa nueva? Dímelo
todo, viejo.
¿No oíste la radio, entonces?
Todavía siguió sonriendo; ya no estaba
solo.
¿Te refieres a las deportaciones
que sigue haciendo Odría, a sus bravatas de macho?
A las noticias de Sihuas y
por fin Raúl le hizo detenerse, mirar bien las cosas. La radio dijo esta mañana
que hubo un levantamiento. Tu tío es el cabecilla. Y parece que Benites metió otro lío
en la cárcel del pueblo. ¿Por qué no vamos a Radio Nacional que dio la noticia? Ahí
tengo un amigo.
¿Estás seguro..? ¡Pues vamos! La
última vez que vi a Félix no tenía intenciones de levantarse. A menos que le conviniera
atacar, por supuesto.
A las cuatro de la tarde, la Radio
Nacional estaba casi vacía; pero Raúl conocía a los locutores de guardia y franqueaba
las puertas aun durante las trasmisiones. Al fondo de varias puertas batientes llamó con
señas a través de un enorme vidrio; le respondió un joven calvo, que después de salir
y escucharlo, se metió de nuevo para extraer el despacho leído esa mañana. Edgardo ya
estaba preparado. La versión oficial debía destilar odio y veneno contra los que llamaba
subvertores del orden público; pero aun así debió sentarse en una butaca del auditorio,
con Raúl a su lado, y de pronto no ver ni sentir nada, sino correr con Félix Gambini,
Nemicha Linares, Adalberto Lara, los nombres estaban correctos, y leer diez veces que
ellos habían atacado el puesto de la guardia civil y la casona del hacendado Eladio
Gómez, y que en la refriega habían muerto Gambini, Lara, Gómez y el subteniente Noé
Parra. Heridos estaban la Linares y dos guardias. Que "en estos momentos continúa la
agitación en la hacienda Candaymayo" (uno de los pocos errores del despacho),
"por lo que el señor Fernando Gómez, hijo del conocido hacendado y hombre de
negocios desaparecido, ha solicitado garantías y el envío de tropas a Sihuas, y que el
agitador universitario Benites, que empezó todo esto y que se halla detenido en la
cárcel de Huaraz, la capital del departamento, debe ser juzgado cuanto antes ahí y no en
Lima, adonde quieren llevarlo a pedido de unos dirigentes estudiantiles".
Algunos detalles pueden ser falsos,
pero tal vez no los hechos graves dijo Raúl, poniéndole una mano en el
hombro. Lo siento, Gardo.
Por un buen rato respiró con trabajo y
vio cómo los muertos se convertían fácilmente en niños que él debía cubrir y
proteger, mientras oía su voz, sus risas, inclusive sentía el calor de sus cuerpos.
Luego su cabeza creció y en vez de sufrir sintió una extraña decisión en sus venas que
lo abrigaba en el frío auditorio. Se levantó como después de dormir, lúcido y fuerte.
¡Hay que hacer algo, Raúl!
¿Qué, por ejemplo? Ellos acaban
de vencer primero el tres y luego el veintisiete de octubre. Han cambiado a todas las
autoridades del país.
Tengo que volver allá, así sea a
enterrarlos.
Eso sí, y yo te acompañaré esta
vez. Haremos las cosas tranquilamente, lo mejor que podamos.
¿Vendrás, Raúl? y lo
abrazó al fin sin envidia, ni celos, ni desdén.
Vete derechito a mi casa, a ninguna
otra parte dijo Raúl, disponiendo sus movimientos. Puede ser peligroso, la
represión está en su punto.
Pero debo ir a la clínica. Llevo
ropa y dinero para Matilde.
Lo haré yo, dame el maletíin.
Aquí tienes la llave; mi casa está en los altos, no te olvides, abajo vive otra familia.
Tomó para sí un poco de dinero del
maletín y vio a su amigo meterse en un taxi. Pero no siguió inmediatamente su consejo.
¿Por qué volvió a la casa de San Isidro? ¿Para despedirse de su padre, verlo nada
más, disimular juntos el desalojo, o echar eso al olvido y abrazarse fuertemente alguna
vez, con el pretexto del peligro?
No debió ir, pero media hora después
estaba ahí, en la puerta, mirando la luz encendida que compartió tantas veces con
Matilde. Aún tenía la llave. No hizo más que abrir tímidamente, y Julia y la otra
mujer se le fueron encima como si se tratara de un ladrón. Pero, oh no, esta vez no lo
echaban en seguida. Delia Bolaños lloraba sonándose las narices y aun se ahogaba al
hablar; y Julia, tan fiel a cualquier patrona, dejaba correr también copiosas lágrimas.
¡Se lo llevaron! entendió
finalmente. ¡No hace ni cinco minutos! Tienes que haberlo visto; lo golpearon
preguntándole por ti, le sacaron sangre de la nariz y la boca y se lo llevaron
pegándole.
¿A quién? ¿A quién?
¿A quién va a ser, muchacho? ¡A
tu padre! se agitó ella, presa de convulsiones. ¡Qué bien Lima me recibe!
Después de la siesta, vistiéndonos estábamos, cuando entraron los soplones, cuatro
cholos delincuentes, y para que diga en dónde estabas tú se lo llevaron empujando.
¿Y adónde?
¿Quién sabe? ¿Acaso Lima yo
conozco? Pero a tu madre ya le avisé, a mí responsabilidades no. Lo que haces, tú
sabrás. Y cuidadito con quitarme la casa ¿eh? la mujer había cambiado, hizo un
gesto dramático y torpe, de mala actriz; cerró los puños y los pegó a su
vientre. ¡Mía es, todos los papeles en regla tengo!
Él se fue sin oír más. ¿Adónde? A
entregarse a la Prefectura, a cambio de su padre: era lo más indicado. Pero entre la
prefectura y la plaza Bolognesi había un paso. Quiso estirar el tiempo, lo supo bien,
encargar a Lucha detalles sobre el pago de la clínica, los documentos pendientes del
Hillman y quizá reclamar los cadáveres de Félix y Nemicha. Tocó el timbre del portón.
No vio quién tiró desde arriba el cordón pegado al pasamanos, pero subió rápidamente,
como debe hacerlo un perseguido. El padre de Lucha, a quien veía muy poco, lo frenó con
una mano en el aire:
¡Un momento, jovencito! ¡No venga
a complicar a mi hija en sus aventuras!
¿También había oído la radio? Al
fondo del reluciente corredor de baldosas, donde nacía un living con chimenea y muebles
de cuero, un sitio que jamás vio tan confortable como esa noche, Lucha se defendía de
las manos de su madre, que al parecer tampoco la dejaba salir.
¡Señor, ya me iré, sólo un
minuto, por favor! gritó, e igual hizo Lucha al fondo, hasta correr a él,
abrazarse y besarse delante de sus padres; ella había llorado pero disimulaba muy
bien. No te preocupes por mí, sólo te encargo a mi madre y a Matilde dijo en
un ademán heroico y perdido.
Tu madre llamó ahorita, diciendo
que habían registrado su casa. La pobre temblaba, no podía ni hablar...
¡También eso! En el beso final de
despedida, al momento de encerrarla en sus brazos, supo que no necesitaba de ella, sino de
Matilde, pero también con otro impulso provisional y vano, que aún no había decidido
entregarse a la policía.
Muy avanzada la noche, después de
vueltas y caminatas innecesarias, entró confiadamente en casa de Raúl, siguiendo las
instrucciones de su amigo. Raúl dormía con la luz del velador encendida; quiso
despertarlo, pero al acercársele más renunció. Se quedó en camisa, no tenía piyama, y
se metió en la otra cama lista para él, deliciosamente cansado. Lo último que recordó
antes de dormir fue a Félix martillando estribos y florones en el traspatio lleno de
charcos.
Cuando despertó, no sólo ignoró dónde
estaba, sino de dónde venía aquel descomunal ruido que le impedía oír a Raúl,
levantado junto a él, ni quién gritaba arriba, pero también abajo.
La puerta estalló al abrirse, pero no
ésta sino la de abajo, alguien penetró como un proyectil aquí arriba y Raúl dijo Sí,
papá , y mientras Edgardo miraba al padre de Raúl y se vestía velozmente, como jamás
lo había hecho en su vida, Raúl señaló con una mueca la ventana por donde debía huir
y apagó tranquilamente la luz, cuando ya los pasos enloquecidos de los soplones subieron,
hicieron estallar también esta puerta, entraron cuando él ya había llegado a la azotea,
gateando y aun sin respirar, y aunque oyó claramente los balazos y también el grito del
padre de Raúl: ¡Lo han matado! ¡Hijo, hijo mío!, a pesar de todo, él siguió huyendo,
pensó lo mataron como a Llanelas, y supo que no se dejaría atrapar, que alguna vez
devolvería ese golpe a los culpables, en una forma muy distinta a la de Félix, o de
Velásquez, o de Raúl, o de Benites, en una forma suya y nueva, que nacía por fin de su
pecho, y que englobaba también a Matilde, por supuesto, como fuese, pero también a
Matilde herida o lisiada, pero nunca muerta, sino precursora.
Lima, Perú, 1970.
México, D.F., 1973.
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