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16
Una noche, a fines de setiembre, envuelto
en un viejo poncho obsequiado por su padre y tomando varias tazas de té, leía los
diarios apilados durante la última semana. Estudiando sus libros de texto, había
relegado la lectura de noticias sobre el ausentismo parlamentario, la carestía de la vida
y las colas, la infaltable sección del crimen Graña, y la tensión de rusos y
norteamericanos en Berlín. Matilde dormía arriba y él había improvisado un escritorio
en la salita.
Sonó el timbre a las dos de la mañana.
¿Quién podría ser? En camino a la puerta pensó que alguna vez debería comprarse un
arma, útil en esas horas, aun como simple protección; pero seguía desdeñando
revólveres y fusiles (en las clases de Instrucción Pre-Militar disparaba una vez al mes,
en la pampita del Medio Mundo, en el Rímac; por obligación tomaba el fusil, pero no
triunfaba en separarlo de la idea de una muerte o desgracia, ni siquiera mientras se
hallaba ocupado en la corrección del tiro, y tampoco después olvidaba fácilmente la
escena). Aunque más allá de su fobia por las armas de fuego, la razón era clara:
carecía de dinero para ese gasto prescindible. En el instante de abrir creyó que sería
su padre pidiéndole que le devolviera la casa; jamás había sucedido nada que abonara
esa idea, pero así lo pensó.
Era el gordo Sáenz, alto y aniñado,
siempre ingenuo y bonachón. Como la última vez, estaba ahí en la entrada, con las manos
en los bolsillos como única defensa ante el frío.
Hola, doctor, pase usted
invitó al estudiante de medicina. ¿Qué es de su vida?
Por ahí, andando, profesor. ¿Y
usted? ¿Chancando como loco? ¿No sabe usted que los buenos alumnos son muy tristes?
¿Y usted ignora que, según un
distinguido catedrático de San Marcos, si no fuera por estos momentos de tristeza nos
moriríamos de alegría? ¿Té o café, ingeniero?
Sáenz emitió un soplido, se restregó
las manos y rió:
Un trago, ilustre sanmarquino, si
no se opone usted.
Qué ocurrencia.
¿Y la doctora? preguntó el recién llegado, mirando los altos. ¿Durmiendo
ya?
Así es. Aquí tengo un pisco digno de usted. Pase a la cocina.
Qué amable, su ilustrísima.
Bebieron sus copas de pie, regustando el
pisco, y volvieron a la salita.
¿Un cigarrillo, monseñor?
¡Oh, muchas gracias!
¡Y ahora, siéntate y desembucha! dijo Edgardo, contento con esa visita que
lo distraía.
Sólo quería darte un abrazo y nada más. Vi luz y entré.
¿O sea que te paseabas por mi
calle como si fuera el Jirón de la Unión? ¡Qué interesante! ¿Quién te lo va a creer?
Sáenz volvió a reír:
Bueno, si quieres saber algo, te va
a costar otro pisco.
Después del segundo viaje a la cocina,
Sáenz se puso a hojear sin mucho interés los libros de Edgardo y éste, repantigado en
su sillón, lo escudriñaba divertido.
Oye, viejo dijo de pronto su
amigo, tapándose la boca para no reír. Tengo una mujer esperando afuera. Préstame
cincuenta soles para llevarla a algún sitio.
Pues tráela aquí dijo
él; hay un dormitorio vacío junto al nuestro.
Pero ¿y Matilde?
Está durmiendo. No hagas bulla y se acabó. Anímate.
El otro calló por un instante.
Eres un fregado, me agarraste; los
cincuenta son para mí.
En ese caso, vamos a ver...
revisó sus bolsillos. Aquí tiene, mi capitán. ¡Qué poca confianza!
Gracias, viejo en un segundo,
Sáenz tomó el billete, lo hizo desaparecer en un bolsillo, abrazó a su amigo y se dio
la vuelta desde el umbral, cerrando casi la puerta: ¿Sabes la última? Benites
quiere hablar contigo, pero a las buenas. Dice que siente mucho lo de la vez pasada.
¿Y viniste con él..? quiso
preguntar, pensando ya me malograste la noche, quizá no pueda dormir por la cólera,
cuando por la puerta entreabierta empezó a colarse un nuevo Benites, cabizbajo y
silencioso, pidiéndole permiso para entrar, e inmóvil hasta que él diera la orden.
¿Vas a seguir con los balazos? Di
de una vez qué quieres.
Vengo desarmado, Gardo, te lo juro.
¿Y a qué vienes, se puede saber?
A pedirte disculpas. Lo siento mucho, hermano. Estuve tomado y...
Al menos si no vinieras a estas horas...
Tienes razón. Sólo te pido disculpas. Buenas noches, Gardo.
Espera.
La figura flaca y obediente daba vueltas
como un muñeco.
Cierra la puerta y entra.
Gracias, hermanito.
Y ahora le ordenó venir hacia él. Con
la mirada anhelante, Benites empezó a dar unos pasos dudosos, suplicándole:
Necesito tu ayuda, viejo; te ruego
prestarme el garaje, no te molestaré ni siquiera en comida.
No pudo decirle que no, aunque hubiera
querido.
A la noche siguiente estaba leyendo de
nuevo, tanto los diarios como sus libros. Era difícil mezclar las declaraciones miopes de
Bustamante con la voz de Vallejo, con los datos del pasado que daba Basadre para analizar
el presente del país; ni al Padre Las Casas con los cromosomas y las propiedades del
hidrógeno. Pero así eran las cosas y debía seguir estudiando.
Al primer rumor, se dijo que era Julia a
oscuras en la cocina, sirviéndose un vaso de agua; luego ubicó el ruido más allá de la
puerta que unía la cocina y el garaje (éste habilitado otra vez como dormitorio de
Benites, el piso de cemento bien encerado, una alfombra de artesanía, un viejo sofá, dos
estantes móviles y practicables clavados en las paredes, y una mesa de tablones, como de
dibujante, para estudiar trepado en un taburete). Sin duda, Benites había llegado a
dormir, y descontento con los estantes, ponía clavos por todas partes. Cuando atisbó por
la ventanilla de la cocina, una hoja de la puerta del garaje se había trabado en un gran
bulto negro, quizá un baúl o un cajón. Oh, no, se dijo, es una motocicleta que sólo ha
entrado a medias, falta una llanta. Benites colgaba alambres, sogas, correas y cadenas;
dejó el martillo, abrió la segunda hoja y la motocicleta se lanzó sin dueño contra el
sofá y Benites cayó sentado; se levantó sigilosamente, mirando la ventanilla de la
cocina y apagó la luz en el instante en que Edgardo pretendía ver más.
A la otra mañana, la motocicleta y
Benites habían desaparecido. Vio el garaje inocente y silencioso, pero en las horas de
clases olvidaba su aprensión. Por la noche, leyendo tendido en el diván, y con Matilde
casi dormida sobre él, esperó anhelante el crujido de la puerta del garaje, los pasos y
voces. A la una y media de la madrugada llegó un grupo. Desde su puesto en la ventanilla
descubrió a Benites junto a otro joven y una muchacha, todos con casacas o abrigos
cerrados hasta el cuello. Al fondo estaba la motocicleta, sucia de polvo. En los cinco
minutos que mantuvieron encendida la luz, los tres conspiradores examinaron sus
revólveres, los cargaron y se los volvieron a guardar, y apenas Benites les distribuyó
frazadas, se dispusieron a dormir vestidos, los jóvenes sobre la alfombra y la muchacha
tendida rígidamente en el sofá.
Al tercer día iba a pedir una
explicación a su amigo; pero quiso vencer su miedo a la policía, luchar a su modo contra
los enemigos del país (el puñadito de ricos, el ausentismo parlamentario, la blandura
del gobierno frente a la derecha, la estéril popularidad del Apra, las vocecitas
inaudibles del partido comunista), así fuera en completo silencio. No dijo una palabra,
temblando pero resistiendo ante la idea de caer preso. Benites y su grupo
preparaban una asonada, un gesto temerario contra el régimen: ¿qué más necesitaba
saber? Exigir detalles equivaldría a definirse por apoyarlos o no; quizá se obligaría a
sí mismo, por pura reacción al temor, a participar en el asalto o la revuelta. Optó por
callarse y vigilar mejor.
El sábado se levantó muy temprano para
asistir a clase de ocho. Desde una semana atrás los letreros y altoparlantes del Parque
Universitario habían encendido su tono. En la mayoría de salones se convocaba a
asambleas para el lunes. Todo el mundo, hasta los muchachos más tranquilos, enronquecían
discutiendo sobre temas políticos. Hubo un instante en que, molesto por oír tantas
simplezas, pensó ¡Ah, si yo fuera líder y tuviese un partido, las cosas que podría
hacer! A la una, cansado y hambriento, esperó a Matilde frente al reloj, metido en el
Hillman, y apenas ella llegó, contoneándose y riendo, partió aun antes de que cerrara
la portezuela.
¡Qué velocidad, madre mía!
exclamó Matilde. ¿Me estás raptando?
De vuelta en casa, mientras ella y Julia
preparaban el almuerzo, entró con su propia llave en el garaje. La motocicleta estaba en
medio de la habitación, pero el resto se veía limpio y ordenado, obra, sin duda, de la
joven que viera. Revolviendo cojines y muebles comprendió lo que buscaba, un fusil, un
revólver, una botella de gasolina, he ahí las posibles cosas olvidadas por Benites. En
vano quiso dormir la siesta. Sólo Matilde concilió el sueño; sin despertarla subió a
la azotea, no había peligro, y luego bajó a decir a Julia que se tomara libre el fin de
semana; pero como no ocurrió nada hasta las cinco, se fue a La Herradura. Con sólo ver
el mar renacía en él alguien más tranquilo y lúcido, más dispuesto a observar que a
decidirse, descubriendo la larga e invisible marcha de las cosas que tardaban tanto en
cambiar; volvía no solamente más despierto, sino lleno de humor, empeñado en quitar el
mal genio a los demás.
Matilde lo recibió alarmada:
¡Ese Benites me va a volver loca!
¡Hay una tira de maleantes en el garaje! ¡No me vas a decir que son revolucionarios! ¡Y
he visto armas en ese carro! señaló un viejo taxi estacionado en la calle.
¡Dile que abran la maletera!
Vamos, mujer, sube al dormitorio y
quédate ahí.
Harán una ridiculez, una
tontería. No podrán contra el ejército. ¿Cuándo se han levantado de verdad?
En Trujillo, señorita.
¡Pero fueron las bases, sin sus
líderes! ¡Ahora ésos han olvidado su mano izquierda!
Obedece, sabihonda... la
aquietó y volvió a su observatorio. Habían sacado la motocicleta para dar cabida a diez
o doce conjurados, de espaldas contra la pared. Dos fusiles descansaban bajo el foco
central. Se discutía algo, pero Benites no abrió la boca en momento alguno. Sonó el
teléfono y Edgardo se retiró a tiempo de la ventana, adonde todos miraron. Fue a
responder, pero Matilde se le había anticipado desde los altos: perdón, señorita, me
equivoqué de número. Cuando retornó a la cocina, Benites daba vueltas junto al
refrigerador.
Por favor, Gardo. ¿Puedo
invitarles unos sandwiches? ¿Dónde está tu muchacha?
Le di salida, pero no te preocupes. Los haré yo. ¿Cuántos son?
Catorce.
¿Con las mujeres?
Tres mujeres, once hombres. ¿Por qué lo dices?
Para darles también un trago.
Pisco-sour para los hombres, cerveza para las mujeres. ¿Está bien?
¿Bien? rió Benites; hacía
tiempo que no lo veía tan alegre. ¡Bestial, hom! ¿y qué hay de sandwiches?
Jamón , queso y salame.
¡Imagínate! ¡Gardo, eres formidable!
Lo halagó, sí, le pasó la mano, pero
no lo dejó entrar en el garaje, ni siquiera con el pretexto de meter la bandeja, cosa que
hizo el propio Benites, previo un toque en la puerta a fin de que los otros se callaran.
Solo, iba a retirarse ya, qué más podía hacer, cuando salieron las tres mujeres, una de
ellas muy de prisa, poniéndose el abrigo:
¿Puede prestarme su carro?
Se demudó, claro está, nadie le había
asignado ninguna misión.
¿Cómo se lo pides? dijo su
compañera. Nos hace el favor de prestarnos su casa, pero no podemos comprometerlo.
Ah, perdón, creí que él...
Pero no será nada serio, ¿no?
Sólo voy a avisar que faltaré a mi casa unos días.
Hasta que él dijo naturalmente:
Si quiere, la llevo.
La mujer era gordita y menuda, de ojos
achinados y un gran lunar en la hinchada y redonda mejilla.
¿Puede usted? ¿No lo molesto?
¡Ah, muchas gracias!
Salieron. Matilde, que también vigilaba
desde el dormitorio, los vio partir extrañada, molesta y celosa. Llevó a la mujer hasta
Breña, a un callejón con muchos niños que jugaban haciendo rodar ruedecitas de flejes;
ella se esfumó y reapareció primero rumbo a su cuartucho y luego a una chingana, donde
cuchicheó con alguien, y finalmente se sentó a su lado, suspirando, inflada, pero con un
nuevo rostro, pálido y decidido. De regreso, Edgardo ayudó únicamente en las cosas
pequeñas, en los detalles que siempre olvida la gente importante, en las recomendaciones
de ciérrate el cuello, hace frío, ¿llevas el botiquín?, ¿quién lo tiene?, ¿ya
comiste?, y recibió por toda recompensa el apretón de manos de los combatientes que van
dispuestos a caer presos o morir, y sin que a nadie se le ocurra pensar, por supuesto, que
ya todo había fracasado desde hacía mucho tiempo, años atrás, y que esos ojos
decididos no veían absolutamente nada.
Al amanecer, Matilde siguió con su
costumbre de despertarlo a gritos.
¡Ven, Gardo, por favor! lo
llamaba desde abajo. ¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi casa?
Descendió tan rápidamente como si
cayera, y un hombre, un obrero, lo recibió apuntándolo con una pistola.
No, viejo, a ellos no... dijo
otro hombre, con el cuello de la camisa abierto y volteado sobre el saco, entrando desde
la coci- na. Disculpen ustedes, pero comprenderán que en estas ocasiones...
Cinco hombres y dos mujeres dormían
encogidos en la alfombra y los sillones de la sala.
¿Y los demás? gritó
Edgardo. ¿Han muerto? ¿Y Benites también?
Oh, no dijo el hombre al
parecer molesto. Morir no es fácil; primero hay que rendir algunas cuentas. Ellos
ya volverán. Pero la cosa empezó, que era lo que queríamos; la Marina está
bombardeando El Callao y Chorrillos. ¿Oye usted? Parecen cohetones, pero son bombas.
¿Oyes, Matilde? ¡Empezó la
revolución! exclamó él, despertando a los conjurados. ¡Voy a mirar el
Malecón!
En San Isidro, Miraflores y Lima era ése
un domingo perfectamente normal, así como el tránsito por las calles. Al cruzar la plaza
Bolognesi, no hizo más que bajarse del carro, tocar el timbre, verla surgir en bata por
el balcón, y cinco minutos después Lucha ya estaba con él, en pantalones y chompa, y
comiendo el pan con aceitunas del desayuno.
Quiero pasear todo el día contigo
dijo él.
Con sólo verte estoy feliz. ¡Y en
domingo! ¡Imagínate qué suerte! Lucha juntó sus manos, agradeciéndole.
¿Me ama o me está tomando el pelo?,
pensó. Recorrieron todo el Malecón, desde Magdalena a Chorrillos. Sí, aquí y allá
divisaban los barcos entre la neblina, oyeron algunas bombas a distancia; y lo demás lo
dijo la radio oficial, que atacaba, ofendía y humillaba a los rebeldes, que mandaba fuera
de la ley a los únicos partidos que importaban, que les ofrecía la voz débil y dudosa
del aparente vencedor.
No me gusta nadita; mejor vamos a
la playa dijo él.
Adonde tú quieras... pero la
aceptación de Lucha, por la curiosidad y el miedo que ambos sentían, se disolvió en la
súbita idea de que entre ayer y hoy había transcurrido en el país no un día, sino se
habían separado dos largas etapas, y que él había desaprovechado ambas, sin vivirlas
plenamente. Casi fatigado de antemano, se sentó a observar los barcos desde la playa.
Otras veces, así fuera en invierno, hubiera sido el primero en ponerse la trusa, que
guardaba en la maletera; sus ojos lagrimeaban siguiendo los supuestos movimientos
agresivos de aquellas manchitas en el mar; pronto seré aún más miope, pensó,
necesitaré anteojos gruesos, y se tendió en la arena sin oír ya ningún bombardeo.
Lucha se quitó las medias, le enseñó púdicamente sus piernas blancas, torneadas y sin
vellos, pero como si estuviera enfermo o envejeciera de pronto, ni alargó la mano ni
mantuvo abiertos los ojos. Lucha lo llamó desde la orilla, chapoteando con los pantalones
remangados; se incorporó a medias, lanzó su mirada miope que necesitaba otros anteojos y
se dio la vuelta, dispuesto a dormitar. Después de todo, pocas veces descansaba. ¿Por
qué no ahora, que algo había concluido?
A mediodía llegaron a Chosica, siempre
llena de sol, quitándose las chompas y sonriendo porque sí con el cambio de clima;
almorzaron en un «jardín» de enramadas, y otra vez a retozar junto al río, abrazados
pero vestidos, besándose, pero nada más.
Volvió muy de noche, demasiado culpable
no sólo ante Matilde, sino ante Benites. Abrió la puerta en silencio; todo estaba a
oscuras.
Hola, Gardo lo asustó una
sombra en el sillón.
¿Que hay? ¿Enciendo la luz?
Mejor no, es peligroso. Dos
compañeros se han quedado conmigo, nadie más, pero nos iremos de un momento a otro, sin
causarte problemas.
¿Cómo fue la cosa, dime? se
le aproximó, se quitó el saco para sentirse más cómodo, le extendió el paquete de
cigarrillos que servía para los demás, no para él.
Mañana te cuento lo que quieras,
hoy no. Estoy muy caliente porque nos fallaron algunas cosas.
Benites se tendió de espaldas, pero sus
pies seguían tocando el suelo; ya iba a caerse y tenía los ojos cerrados, aunque no
quiso marcharse a dormir cuando se lo aconsejó.
No, han quedado en llamarme a
medianoche; la acción ni siquiera ha comenzado, ya verás.
Él se revolvió en el asiento:
¿Cómo que no ha empezado?
Así es, ya verás repitió
simplemente. Chau, viejo. Matilde está muy preocupada por ti. Y gracias por todo,
te has portado como lo que eres.
No he hecho nada.
Eso es lo que tú crees. Chau, sube no más.
Tampoco arriba encendió la luz. Adrede
se demudó ante la primera pregunta de Matilde de que dónde había estado sin avisarle,
alarmándola en ese día en que muchos caían presos, y ya en la cama, se hizo el dormido,
inmóvil durante un buen rato, hasta que las quejas y amenazas de dejarlo se extinguieron.
El lunes sólo fue por una hora a San Marcos, convulsionado e indignado por las noticias
del golpe ya vencido. Compró todos los periódicos y de pronto, por eludir la congestión
del tránsito, estuvo a un paso de la Facultad de Medicina.
Bajó. Sáenz estudiaba en su sitio, al
fondo del anfiteatro, mal sentado en un pequeño taburete, y el grueso libro de Testut y
Latarjet, abierto en el suelo, y las manos enguantadas, blanquecinas, sosteniendo el
bisturí y la pinza antes de inclinarse, casi de meter la cabeza, en el trozo de cadáver
que iba disecando mientras leía. En la sala amplia y fría únicamente vio a otros dos
alumnos ante sus piezas.
Ilustre profesor...
¡Ah, qué bien que viniste! Todo
está muy tranquilo, los muchachos no han venido por los líos políticos, ya te
imaginarás. Yo me muero de rabia por la estupidez del Apra que de paso fregó a mi
partido, pero no voy a echarme a llorar. ¿Te traigo el mandil y los guantes? Estoy
disecando el miembro inferior, lo más fácil ¿sabes?
Pensé que no te hallaría.
En estos días, hermano, venir a
estudiar es un simple pretexto para recabar informes y no ahogarse en la casa. Me pregunto
cómo pueden vivir los apolíticos, en paz con su famosa alma irreal.
Se levantó solícito, quitándose los
guantes de donde caía el talco, y lo hizo sentar sobre el taburete donde debía
esperarlo. Yo soy apolítico, ¿qué me receta, doctor?, iba a decir, pero no se atrevió.
La pierna muy larga y robusta, y con una increíble variedad de músculos, olía
fuertemente a formol, pero eso no le importaba, era otra cosa, y tampoco la piel entre
blanca y amarilla, era otra cosa, la piel muerta y recocida de un joven idéntico, sin
duda, a los muchos militantes y a un soldado que habrían caído la noche anterior.
No, no te molestes, vendré otro
día, vine a saludarte dijo, y se marchó sin más.
Pero su casa estaba solitaria de un modo
extraño y definitivo.
Él y nadie más adentro, y su madre
también sola allá en el departamento, y el teléfono sin sonar entre ellos; si su padre
estaba en la ciudad, lo ignoraba por completo, y tampoco quería saberlo.
Medio achispado lo hallaron Benites y dos
obreros; juntos pasaron a la cocina.
Una nochecita, sólo una más,
Gardo, y nos vamos imploró curiosamente Benites, irreconocible por el sombrero y
abrigo que llevaba, negros y viejos, y sin duda también ajenos.
Por supuesto, no he dicho nada.
Nos iremos al amanecer. ¡La lucha no está del todo perdida!
¡No creas lo que dicen los periódicos!
¡Ahora yo mandaré una base!
Hablaba como quejándose mientras sus
compañeros comían de pie.
Bueno, chau con todos dijo
uno de ellos . Buena suerte.
Edgardo se volvió sorprendido: ¿no
habían dicho que se quedarían?
Él se va y no pasa nada dijo
Benites, resentido. Unos creen en la lucha y otros no.
Unos idiotas y otros no
retrucó el que salía. ¡A mí me van a venir ustedes con cuentitos de la
revolución! ¡Puras contraórde-nes!
¡Vete a la mismísima..!
Ahí donde yo te dejo.
Benites y el único compañero que le
quedaba se metieron en el garaje, apagaron las luces y él se encogió sobre el sofá.
Podía irse con ellos, lo recibirían gustosos ahora que tenían poca gente, pero no
sentía ningún entusiasmo; por el contrario, tal vez se trataba de una desgracia, de un
funeral, y había que sufrir en silencio, esperar otro día. Se durmió.
Matilde lo sacudía y trataba de sacarlo
en vano del sofá:
Pobre... Tendrás frío... ¿No te
acordaste del santo de tu mamá? Te estuvimos esperando.
¿Cómo? Tienes razón, fue su cumpleaños...
El martes no volvió Benites, ni nadie de
su grupo. Esperó hasta las nueve de la noche y entonces dijo: Voy a buscarlo, a lo mejor
tiene problemas.
Te acompaño corrió Matilde
tras de él.
En el primer grifo hizo llenar el tanque
de gasolina, previendo una noche larga. Visitaron las casas de algunos amigos de Benites,
entraron en Palermo, tenían que acercarse de algún modo al Parque Universitario,
fuertemente custodiado por guardias en camiones y a pie: el acceso estaba prohibido y
quizá por eso vieron la construcción tranquila y hermosa, durmiendo como un convento. Se
despidieron de ella en la noche, como de una persona amada. Y a propósito, ¿tendría
Benites alguna enamorada? Pero no recordaban a ninguna chica en especial. Llamaron por
teléfono a Lucha: ¿tal vez ella podía acordarse de alguien? Quizá una puta del Veinte,
pensó él, ¿pero cuál, en qué cuadra? No, dijo Lucha, pidiendo al instante ¿puedo ir
con ustedes?, me muero de nervios en mi casa y con tantas noticias afuera, la radio sólo
da comunicados oficiales. No sé, no creo, se puso a ensayar Matilde, pero ya él había
gritado felizmente al auricular: ¡Ni hablar! ¡No conviene que salgas!
Se detuvieron frente a la pensión de
Sáenz, en Breña, casi en la esquina de Arica y Huaraz. Les abrió y dijo que tampoco
sabía nada, pero que a eso del mediodía habían tomado presos a algunos compañeros de
Benites, en un callejón de General Orbegoso. Allá se fueron. Edgardo quiso, pero no pudo
bajar solo: Matilde seguía colgada de su brazo, en silencio, tensa, apretando su miedo
contra él. Ella no era así antes, pensó, sino muy valiente y podía pelear contra un
hombre; el amor la había acobardado. En el callejón penumbroso, donde los focos
parecían velas, surgió una vieja despeinada, insegura y balbuceante, luego un niño
tambaleando de sueño, y por fin Froylán, en camiseta, uno de los obreros que
acompañaron a Benites en los últimos días.
Lo siento mucho, joven, señorita.
A mí no me engañan esos ladinos con quienes teníamos que alzarnos. Si no quieren hacer
la revolución, que se vayan a bañar. No sé dónde estará el flaco, pero si lo veo, lo
quemo, dice que está corriendo la voz de que nosotros somos culpables de la derrota.
Capaz lo encuentren donde Narváez; Dios los cría y ellos...
Buscando a Narváez los tacones de
Matilde se atascaron en la trocha; y cuando quisieron avanzar, dos perros saltaron de una
caseta de latas y cartones, desde cuyo fondo los miró lánguidamente un lamparín.
¡Pues vete al carro, qué diablos
friegas tanto! gritó él ¡Este es un asunto de hombres!
Sin el estorbo de Matilde, recogió unas
piedras en aquel lugar que no parecía una calle tan próxima a la Brasil, sino un terral
en pleno campo. Los perros retrocedieron algo, pero después se rehicieron, volviendo el
laberinto de ruido y confusión. ¿Y ahora, por dónde se entraba en esa vivienda cónica,
semejante a las chozas de la puna? Se alzó una frazada, menos mal, un cotencio, y a la
luz del lamparín, salieron dos hombres en bividí.
¿El señor Narváez?
¿Quién lo busca?
Soy amigo de Benites. Edgardo Fuentes.
No, ya se había ido después de comer.
Estaba herido, sí, pero nada serio, el raspetón de una bala en el brazo. ¿Lo hirió la
policía? Oh no, un accidente en la base. ¿Y dónde quedaba la base? No tenía objeto
decírselo, el ejército la había allanado.
¿Desconfía usted de mí? ¿No
puede darme más datos?
No era eso. ¿Qué entonces? Benites era
tan impulsivo que los demás ignoraban sus reacciones; pero quién sabe podría estar
escondido junto a un billar de 28 de Julio, y le dio una dirección aproximada.
¿Y cómo sé que es un billar a
estas horas, las dos de la mañana? ¿Tiene un letrero?
Era un local abierto toda la noche; que
preguntara por el Barchilón, él lo sabía todo.
Otra vez la búsqueda, las calles
desiertas y brillantes, los focos alineados por racimos que se desgranaban conforme
avanzaban, torcían, alargaban la ansiedad, pero también el deber. Paró ante esa música
tropical, esas luces de colores, que envolvían la humosa entrada. La dirección del
billar se confundía con la de un bar de copetineras.
Te echas seguro por dentro y no te
muevas ordenó a Matilde, más con ánimo moralista que cauteloso, y se hundió en
el callejón medio oscuro; divisó a unas copetineras y ya iba a preguntar por el
Barchilón, cuando vio el garabato: AL BILLAR, ALTOS. En la escalera se habían sentado
unos adolescentes, dudando en medio de risitas si entraban o no al bar.
El choque de las bolas lo orientó por el
pasadizo; tres, cuatro puertas a ambos lados, pero sólo una respondió a sus toques,
encendiendo la luz detrás del vidrio pavonado.
¿Está el Barchilón, por favor?
Después Benites le contó que, de los
cuatro conspiradores, uno se escondió estirándose sobre el viejo e inmenso ropero, el
otro se quedó colgado del balcón interior, sobre la oscuridad del patio, Benites
empuñó la pistola, sin tiempo de moverse, y el Barchilón salió a la puerta,
poniéndose el mandil blanco:
¿Quiere ponerse una inyección,
señor? ¿De qué cosa?
Sí, muchas gracias, ¿puedo pasar?
y vio a Benites con las manos a la espalda y un brazo más grueso que el otro
(tenía que ser la venda), susurrándole, asombrado:
¿Tú acá? ¿Y cómo me
descubriste? !Vete, hom, es peligroso para ti! ¡Te lo agradezco, pero no vuelvo a tu
casa!
Y todavía él preguntó, avanzando
tranquilamente:
¿Cómo va la herida?
No es grave dijo el Barchilón.
¡Vete, hermano, no seas tonto! Te
pueden chapar. ¿Y a lo mejor viniste con Matilde? casi gritó Benites.
Está en el carro, esperándome.
Benites quiso agarrarse la cabeza, decir:
Esto es el colmo, y reveló su pistola.
Narváez dice que te hirieron en un
accidente, en la base.
¡A ése y a sus compinches les
daré una paliza un día de éstos! ¡Ellos son los traidores, los verdaderos culpables y
no nosotros, que no hicimos nada!
Váyase de una vez dijo el
Barchilón. O métase con una mujer de abajo para disimular.
Me voy pronto a la sierra, Benites.
Si quieres, te llevo. Ahí no te perseguirán; nadie te conoce.
Lo pensaré, viejo.
En el instante de salir Edgardo, Benites
se volvió, gesticulando ante los otros conjurados, pero como él no veía toda la escena
creyó que su amigo empezaba a perder la razón. Se volvió decidido, temblando.
Me quedo con ustedes dijo.
Pero habló tan bajo y los demás estaban
tan dispuestos a no admitir con ellos a nadie, que finalmente tuvo que despedirse y sentir
que no pertenecía a ninguno de los bandos en que se había dividido la ciudad.
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