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Está bien, está bien, me callo y
no hablo más de mi tribu le vio alzar la mano, jurar sonriente, apenas se sentaron
en el café después de salir del cine. ¿Cuántas veces repetía ya el ademán, la frase?
Sigue, sigue, no te acomplejes, la
vida es larga y barata dijo ella, aunque abrumada, vencida, atosigada, o vacía al
oír otra anécdota de los Gambini y Velásquez, de Rosales, Gómez y Parra: ¿por qué
volvía él tanto a esas historias en los últimos días? ¿Adivinaba que tenían poco
tiempo y quería pulir una versión final y definitiva, la que debe repetirse en ausencia
de quienes nos la enseñaron? ¿O supo que ya la había convencido del todo y que ella
también estaba rodeada de muertos?
Él calló, pero ahí mismo dijo ya me
callé, ahora cuéntame de ti, de tu casa y tus padres. Hace un año que nos conocemos y
sólo me dejas hablar a mí.
Cuéntame de ti, papas con ají
Matilde iba a sonreír, hacer una broma, pero su piel le jugó una mala pasada; tiesa, le
creó una máscara seria o triste, lo ignoraba ella misma, si bien por dentro estuviera
feliz, con ganas de hablar también, ocupar su turno. Pero no, imposible contarle gran
cosa, eso ya lo había decidido la noche en que huyó de su casa para vivir con él, no
para casarse, sino para algo que parecía más que eso, vivir juntos, pero en el esfuerzo
por desviar los ojos ya casi estaba viendo de nuevo a sus padres, los sintió dentro de su
cabeza, aleteando como pájaros horribles. ¿Contar que su madre parecía quererla cuando
Matilde era una niña y la vestía y peinaba a las seis de la mañana, tan temprano que su
sueño ya no era negro, sino demasiado blanco y brillante, siempre a las seis, así fuera
sábado o domingo, después de haberla bañado fugazmente sobre el lavatorio, a falta de
ducha y tina? ¿O que en el tranvía, en verano, no soltaba su radio a pilas (primero de
juguete, después de verdad) al bajar corriendo con su madre por la pendiente de Agua
Dulce y al esconderse en alguna grieta de esos acantilados blandos, de tierra, para
ponerse rápidamente el traje de baño verde que le duró tanto tiempo, sin dinero para
alquilar una carpa? ¿O que soñaba con abandonar a su madre, al bulto, a la sombra en el
mar, oír que se ahogaba pero no volver la cabeza, y que también su padre desaparecía
intentando salvarla: por fin sola en el departamento de un cuarto y una cocina, todavía
una niña, pero dueña de casa, como ninguna de sus amigas podía serlo?
De pronto llegó un verano a final de la
primaria y la bruja despeinada, la madre gritona se negó a llevarla más a la playa, dijo
que a ella le hacía daño el sol y Matilde tuvo que rogar a Marilú para sentirse libre,
descalza y semidesnuda hasta el anochecer, libre, tostada y observando minuciosamente el
cuerpo de jóvenes y viejos, y recibiendo miradas sobre el suyo, delgado pero hermoso,
hasta que a las dos semanas Marilú dijo si quieres di que fuiste conmigo, pero a mí me
está esperando un chico, chau, Mati, y la dejó con su radio encendida, subiendo al
tranvía en medio de tantos muchachos y familias enteras.
Edgardo y ella salieron del café y
todavía sin sueño anduvieron como si la calle fuera una brisa, una vitrina perenne, un
desfile exclusivo para ellos, toda la ciudad girando y los dos casi inmóviles,
descansando con sólo observar la prisa y griterío ajenos, de hombres y automóviles,
Lima vieja y Lima moderna, Lima un poquito acomodada y Lima verdaderamente pobre. Y esos
edificios sin techo que odiaba, inconclusos por arriba, decapitados, exhibiendo quizá
únicamente los torsos ciegos e inexpresivos.
Está bien, no me cuentes nada,
mujer. Sólo quisiera que alguna vez amistaras con tus padres, no por mí, lo juro, sino
por ti misma.
¿Qué te hace pensar que los
necesito?
El decir que no los necesitas.
¿O quieres arreglar mi problema
para olvidar aún más a tus viejos?
A lo mejor, caliente, caliente
sonrió él, mirando a otra parte.
Fue un consejo sabio, pero también muy
fácil, tal vez inclusive una receta médica para su gesto al oír hablar de padres e
hijos: revolvía la cabeza y aun azotaba a Edgardo con su larga cola de caballo. Dejó
correr la voz por la calle, como otras veces. Sabía que ambos pensaban lo mismo, que el
padre de Matilde solía golpearla justamente cuando descansaba de las bofetadas y tirones
de pelo de su madre.
¿Y también a Lucha le dices
igual? retrucó, mezclando en la frase un poquito de veneno.
Oh, no, ella y yo nos llevamos bien
con esos suegros.
Le tocó demudarse por evitar la
discusión. Ya los veranos durante la Media las había pasado barriendo por las mañanas,
tendiendo camas y lavando ollas, y por las tardes con Marilú y el novio de ésta,
sintiendo cómo se besaban y acariciaban en el cine, hasta verlos subir al hotelito de la
Amargura, que ella recibió como herencia de su amiga, el letrero inmundo, la puerta
rajada y sitiada por hombres mudos que la miraban no sabía si para poseerla o matarla.
Pero se libró también de Marilú y se
fue a los auditorios de Radio Lima o Radio Victoria, donde consumía el tiempo oyendo
cantar a innumerables artistas. Poco a poco, dejó de temblar cuando mentía a su madre,
dejó de llorar ante sus bofetadas: Marilú está enferma, iré esta noche a cuidarla, su
mamá sale a un cumpleaños. O si no: su papi quiere llevarnos mañana a Pucusana; ¿puedo
ir a dormir con ella para estar en la playa desde temprano?
Había visto ya muchas películas,
románticas y de guerra. En ellas una pareja luchaba risueñamente en la hierba o entraba
en un cuarto de hotel, o en cualquier dormitorio, y comenzaban los abrazos y besos, el
juego de un cuerpo encima del otro, el pulso de Matilde batiendo hasta en el vientre y las
piernas, el beso claro en su boca, la voz quemada del hombre en sus oídos. Pero nunca vio
en el cine lo que ella hacía: entrar sola en un cuartucho de hotel, abrir su maletita de
estudiante, extraer la radio a pilas y la revista de chistes y esperar el sueño como
peleando en una batalla; y en torno a Matilde, la soledad más pesada que un bulto,
transparente y neutra, quieta como una muerta. El cuento de que era alumna interna en un
colegio de monjas y que sólo salía sábados y domingos no fallaba ante el administrador
del hotel. ¿Y sus padres, señorita? Viven en Trujillo, se han ido a Huancayo, están en
Arequipa. Y tampoco, a medianoche, faltaban los pasos de un hombre, un huésped que la
había visto entrar: el rumor ante la puerta, la tos, la duda, pero también la decisión
del desconocido, aun la vuelta a la perilla asegurada por dentro, esas increíbles y
atropelladas imágenes de lo que sucedería si el tipo lograra irrumpir.
Pasaron frente al hotelucho de la
Amargura; juntos miraron la vieja escalera, el foco solitario como un pájaro moribundo y
amarillo. Ahí se habían amado muchas veces; casi era un recuerdo clandestino desde que
tenían una casa para ellos solos. ¡Sí, una casa propia, hasta eso creyeron! ¡Pobre
Gardo, por suponer que su padre era mejor que el suyo!
Sola por muchos sábados y domingos,
quién lo dijera, jamás como en las películas, donde a los cinco minutos la chica
encuentra a un hombre y deambulan por las calles o se van a la cama. Y únicamente al
bajar del colectivo para meterse en la cazuela del Metro (era su costumbre, cuidaba su
escaso dinero), la sacudió el choque con un muchacho, la maletita cayó al suelo y ahí
conoció a Raúl con la maletita ya en sus manos, los ojos negros y brillantes, la sonrisa
fresca o una gran risa muda.
Se le ensució, señorita; déjeme
limpiársela.
¡Ah, cómo le gustó verlo frotar la
maletita con el pañuelo mientras avanzaban juntos como viejos amigos!
¿Pero yo qué hago?
reaccionó ella, deteniéndose. ¡Si voy a Radio Lima!
Qué casualidad. Yo también iba al
concurso de tangos. ¿Ya les toca a los finalistas? Me salí de San Marcos para oírlos.
Se las sabía todas. Matilde quiso
preguntarle detalles sobre el ingreso a San Marcos, pues ella daría exámenes en enero,
dentro de pocos meses: ¿quizá tendría un prospecto con las materias del examen? Pero
tuvo que seguir su camino, digna y desdeñosa, aunque dijo temblando muchas gracias, no se
moleste, me espera un amigo en la puerta.
El que se llamaría Raúl dudó ante el
remolino de jóvenes del vestíbulo, pero el efecto de la mentira fue muy breve. Apenas le
vio el pase, ahí mismo se metió con ella; estamos juntos, le dijo al cuidador, y más
allá de la cortina estaba otro gentío bullanguero, el estrado castigado por las luces de
donde partían las canciones de amor y odio, los insultos a la perra infiel, los abrazos y
besos con El Otro. No lo miró por un buen rato, aunque supo que se había sentado ahí
cerca. Con voz quebrada y llorosa, el cantante recordaba unas viejas noches amables y
luego el crimen feliz que lo dejó viudo, si no eres para mí tampoco serás de otro.
Hasta que ahogó un grito al descubrirlo rozando su brazo y ya no pudo huir de la trampa
de los apiñados oyentes, ni a la derecha ni a la izquierda, y por más que redujo el
tamaño de su cuerpo aovillado en el asiento, soltó de nuevo la maletita en medio de la
fiebre de aplausos.
Por lo menos la maleta es mi amiga,
no va usted a negarlo dijo él, devolviéndosela desde el suelo, casi aplastado por
los fanáticos que luchaban por la butaca que suponían libre. ¡Entonces ella lo ayudó a
levantarse y se rieron por fin!
Estuvieron riéndose unas dos semanas, en
los auditorios de radio o el cine, anudando sus tiempos libres, huecos y fríos, por las
calles vencidas a pie, largas y sin fin como la vida que les faltaba vivir. Una de esas
tardes, al despedirse en la esquina de su casa, Matilde no lo sintió aproximarse, sólo
tembló cuando él retuvo sus manos y la boca empezó a apretar la suya; oh así fue, la
boca seria, abultada y con el bigotito de aquí allá, iniciándola en el mareo de
ademanes que no se detendría jamás, y que seguiría en las citas por el Parque de la
Reserva, frente al cine Arequipa al que no les gustaba entrar, con mitad de sus cuerpos
escondidos por una enramada y ellos besándose con la boca muda, hambrienta, mordiéndose
y succionándose, conforme las manos de Raúl preparaban sus senos y vientre para otros
temblores.
Ver a Raúl significaba siempre ver
también a su madre frente a ella, la mujer desaliñada y sucia que le gritaba dónde
había estado, que la empujaba si se ponía terca y muda, que ya tenía la costumbre de
abofetearla todas las noches, acusándola de cosas que sólo entendía a medias y que de
ningún modo había hecho con Raúl; la arrinconaba contra la pared y le tiraba de los
pelos y le cerraba la boca y los ojos a cachetadas; así empezaba la otra batalla de su
rabia e impotencia contra el dolor, contra la fiera que sólo la dejaba cuando su padre
(molesto por los gritos que interrumpían la lectura de "La Crónica") la
libertaba a empujones y la metía en su diminuto y movedizo cuarto de paredes de Eternit.
Lloraba, pero también se hundía en la
dulce fatiga de las lágrimas, en el consuelo final de que alguna vez sería libre. Los
accesos se convertían en suspiros, la sal del llanto en una sonrisa, pensando de nuevo en
Raúl. Diez minutos así, y ya se había desvestido y casi dormía, cuando su padre,
acabando de leer las páginas deportivas de "La Crónica", entraba porque le
había llegado el turno de increparle pecados que no cometía con Raúl, de patearla hasta
frenarse por el susto de haberla desmayado o matado, roncando y echando espuma sobre ella,
quedando al fin como era: un mecánico dental sin suerte, un borrachín con horario fijo,
de seis a nueve en las chinganas, alguien que no mandaba en su casa y que sólo a veces
recordaba tener una hija.
Pero no le importaba: a la otra noche
renacía la dicha por Raúl y era imposible renunciar a ella. La dicha y los besos, pero
también el miedo corriendo juntos por su cuerpo, días y meses, el sí y el no
abriéndole el vestido, la boca, las piernas, el miedo y la felicidad cerrándole los
ojos, pero dejándole ver el futuro, bueno o malo pero con Raúl, o finalmente qué
importaba aun sin él, se sentía bien, ya no feliz, y su curiosidad no admitía límites,
de una vez a matar a la antigua niña mordiendo la carne de Raúl y pidiéndole más, de
pie o tumbados en los parques, sin vergüenza alguna, orgullosa de no ser una hipócrita.
Algún día te contaré mi historia
de la maletita sonrió Matilde.
¿Llena o vacía? dijo
Edgardo.
Llena de cuadernos, cancioneros y
esperanzas, iba a decir, pero calló ante la súbita vista de tres mendigos, un hombre,
una mujer y un niño, que le extendían sus manos al mismo tiempo.
Cuando veo sagradas familias como
ésta, me dan ganas de matar a los presidentes dijo, mientras Edgardo les daba
dinero.
¿Y qué me dirás a mí que soy
serrano? dijo él. La pobreza india es más digna y callada.
Aquí es espantosa, y no veo
remedio por ningún lado.
Hablas como una ex política. De
todos modos, da pena no tener un partido, uno se siente muy solo.
Así es, vida dijo ella,
apretándole una mano tiernamente, aunque sin prolongar el diálogo ni tomar ambos alguna
decisión. Entraron en la playa de estacionamiento; en el espacio cerrado y con débiles
focos, la noche era un animal ahí al fondo, acechándolos.
Tú no te llevas bien con Raúl
¿verdad, Gardo?
¿Por qué te acuerdas de él?
¿Porque hablamos de política y él al menos tiene un partido de bolsillo, el comunista?
Nos cruzamos con uno parecido a él
por la calle mintió . ¿Te diste cuenta?
O quizá fue cierto, Raúl los vio pasar
del brazo y pensó: Yo fui el primero, aunque ya no me hagan caso.
No lo vi dijo Edgardo.
Pero no hay nada de eso; nos saludamos, conversamos de política de vez en cuando, y hasta
hemos comido juntos algunas noches.
Me gustaría que fueran más amigos
dijo ella, esperando a que le abriera el Hillman.
¿Amigos o hermanos uterinos?
oyó la burla grosera. Entró lentamente en el automóvil.
Le parecerá extraño, jovencito
también Matilde cambió de tono, pero de veras yo siento como si ustedes
fueran hermanos, o quién sabe dos partes de una misma persona.
Esperó la mirada furiosa, tal vez un
empujón o un golpe. Pero no, él sonreía.
¡Vida! lo abrazó,
acariciándole la mejilla. Perdóname; eres tan bueno, y yo tan abominable,
recordándote a alguien que según tú fue tu rival y según yo algo distinto, sin mucha
importancia. Hazme ese favor, sé más amigo de él, trátalo mejor, ya entre Raúl y yo
todo concluyó hace mucho tiempo, lo sabes muy bien. Después de todo, tienes pocos amigos
¿no?, Benites, Sáenz, ¿y quién más..?
Se miraron tranquila, pero profundamente,
cada uno hurgando las intenciones del otro.
Es natural que me lo pidas, Mati.
Nos sientes como a una mezcla de hijos, maridos, hermanos y padres. Lo mismo me sucede a
mí con Lucha y contigo, y por eso yo también quisiera que tú la trataras mejor, como a
una hermana.
Esta vez ella, molesta, cortó la mirada,
se acomodó en el automóvil y durante todo el trayecto a casa, si bien habló de la
horrible película de guerra entre japoneses y norteamericanos, que habían visto, estuvo
recordando la pelea entre Edgardo y Raúl, en el bar del japonés frente a la puerta de
San Marcos que daba a Azángaro. Le contaron que de estar bebiendo pisco y cerveza, sin
saber cuál de ellos había encendido la chispa, ambos gritaron el nombre de Matilde y
pronto estuvieron subidos en la mesa, peleando entre sillas, botellas y una nube de
sanmarquinos, aplastados contra el reservado de madera que se rompía y estallaba en
pedazos, portándose como salvajes y borrachos sin ser nada de eso, hasta que Raúl quedó
tendido y como muerto en el pasadizo y alguien dijo: Se ha golpeado el cerebro. Todos
corrieron a reanimarlo; el mismo Edgardo, de cuclillas, casi le rogaba para que reviviera,
y el otro despertando muy lentamente, vivo aquella vez, pero de algún modo hundido ya en
la muerte. Uno de los que ella amó (o amaba) tendría que morir primero que los demás e
iniciar así la serie, eso ya Matilde lo había supuesto, pero ¿cuál de ellos, Raúl,
Edgardo o el Italiano moriría injustamente, quizá aún siendo joven, fuerte, inteligente
y hermoso, el mayor regalo que Matilde había hallado en la tierra? Rodeada de prófugos
de la muerte (¿no se salvó también Edgardo del aluvión y de entre los balazos de
Benites?): he ahí su destino, el puerto que parecía final y que por entonces ignoraba
aún que se confirmaría.
¿Qué tienes, cholita? oyó
en medio del mareo, de las incontenibles lágrimas. No es para tanto, lo dije en
broma
pero la convulsión, los gritos de desesperación borraban la voz de
Edgardo. ¿Qué te sucede, de qué tienes miedo..? Nunca has temblado así, dime por
favor por qué
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