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Hasta que, por fin, a las cinco de la
tarde, después de quince años de ausencia, Edgardo miró Sihuas conforme bajaban por la
trocha zigzagueante y pedregosa. El sol amarillo y rojizo los empujaba por última vez,
lánguidamente, y la luz quieta sólo esperaba confundirse con las primeras sombras.
¡Ese es el pueblo! señaló,
sin contener a su bestia, aun con orgullo, para que Benites y Matilde no se burlaran del
humilde caserío entrevisto más allá de las pencas y retamas del camino. De Lucha no se
preocupaba, convencido de su lealtad.
¿Adónde? ¿Adónde? Benites
movió el cuello varias veces y quizá fingía no ver el pequeño valle, en torno a la
mancha de tejados. El joven flaco y desaliñado montaba ridículamente, echándose muy
atrás para no caer en la bajada.
¡Ahí, hom, al fondo, junto al
río! gritó Lucha, en tono siempre alegre, de quien goza sus vacaciones por el
campo; durante todo el viaje la había sentido muy cerca, fresca y dichosa, conforme
Matilde, Benites y aun el guía indio se fatigaban y aburrían en silencio, o lanzaban
maldiciones en voz alta, contra los caballos y las distancias. ¡Oh, qué lindo, Gardo!
casi aplaudió ella. ¡Todas las casas con tejas rojas y preciosas huertas!
¿Y cómo dijiste que era muy chico? No me parece. ¿ Y ése es el río Grande, el
asesino?
El cuchillo sucio, torvo e infinito, iba
a decir, pero lo interrumpió la voz de Matilde:
Dime, Benites, ¿te parece chico
el pueblo?
No me parece dijo Benites.
¿Y las tejas muy rojas?
No me parece.
¿Y el río Grande muy grande?
Eso sí que me parece.
Váyanse los dos a la eme dijo Lucha.
¡Bravo! festejaron Matilde y Benites. ¡Creímos que no sabías
lisuras!
Y hasta te puedo dar una patada donde tú ya sabes.
¡Uy, qué frase tan elegante! Ahí sí que fallaste dijo Matilde.
En silencio, Edgardo prefirió espolear
el bayo (¡oh, el bayo inolvidable y también asesino!), ponerse junto al guía y recordar
con él los nombres de los barrios. El indio iba al trote y sobre viejos llanques,
terciado el poncho, jadeante, la boca verde y abierta, un esclavo buscando mantener a pie
el paso del caballo de su amo. Pronto Lucha se vino con ellos, suelto el pelo rubio, con
sus amplios senos derramándose por la blusa color limón. El guía aprovechaba los atajos
y parecía tener dos o más caminos que ellos, y nunca pudieron dejarlo atrás.
¿Conoces la casa de doña Delia
Bolaños? preguntó Edgardo a gritos.
Hoy se llamará Delia Rosales dijo Lucha.
Conoces dijo el guía.
¡Al fin veré a una mujer con un
pasado! exclamó Lucha, teatralmemte. ¡Y con amantes y muertes alrededor!
¡Si quieres una mujer con un
pasado, mírame! gritó Matilde atrás, riendo con Benites; pero sólo comprendió
lo que había dicho cuando Edgardo la miró indignado (sigue siendo un niño moralista,
pensó, e incluso tiene vergüenza de que el guía haya oído, cuando ese indio no
entiende el español), e hizo volver a su cabalgadura para ajustarle las cuentas.
Eso ya lo saben los muchachos de
San Marcos dijo Lucha.
Menos yo, qué mala suerte dijo Benites.
¡Soy una bruta, una animal, mejor
me callo! dijo Matilde, golpeándose la frente con una mano.
Fue una broma, no es para
tanto
balbuceó Benites, pero no pudo impedir que Edgardo rozara con su caballo
el de Matilde y que ésta recibiera una bofetada que casi la arroja de la silla.
Si tanto quieres divulgar tu fama
¿por qué no escribes tus memorias? se sacudió él, en voz baja, avergonzado, en
un susurro. ¡Y lo curioso es que no eres tan famosa, que sólo has tenido dos o
tres tipos en tu vida, pero dale con esa tremenda vocación de puta!
Ni creas que voy a llorar
dijo ella, tensa, terca, conforme se le venían las lágrimas.
Desde entonces el viaje fue menos
ruidoso. Se aproximaban al caserío como descolgándose del cerro. Edgardo se alistó para
el impacto de recuerdos y sorpresas. La miseria de indios y mestizos, de trajes, casas y
callejuelas volvía a ser el manto que cubría el pueblo; pero vio también por todas
partes la mezcla de hombres y animales, de hombres, piedras y plantas, de amos y
sirvientes, venciendo la excesiva paz de la aldea, a fin de que ésta no muriera. Allá
venía la primera casa de adobes, de un piso y con el tejado hundido en varios sitios: la
esperó como a una dama, a quien debía saludar, y ella vino graciosamente, girando por la
marcha; no vio puerta alguna sino una habitación oscura y casi desierta, y en el centro
una niña descalza cuyos mocos endurecidos eran dos líneas hasta la barbilla. Luego, un
canchón de tierra, pedrezuelas y boñigas resecas. Siguió avanzando. La bandera roja de
una chichería, atendida por una india polleruda y de largas trenzas, que lavaba ropa en
cuclillas, sobre un lavatorio desportillado. Después, una brecha en la pirca, y dos
hermosos portones claveteados, divididos por anchos muros polvorientos. Y por fin, una
pequeña alameda, con arbustos que ya no se distinguían bien, por donde unos perros
lanudos y agresivos empezaron a escoltarlos.
¡Qué bestia! ¡Qué rápido
oscurece! exclamó Benites.
Oscurecía velozmente, pero aún pudo ver
los postes del telégrafo con su red de alambres a la intemperie, la raya negra de la
acequia, partiendo en dos la calleja, y aspiró el fuerte olor a tierra y eucaliptos, por
entre los primeros chirridos de grillos.
¡No veo nada, me voy contra un
árbol! ¿Qué es esto? gritó Matilde. ¡Y estos perros que no me dejan!
Lenterna una solita
dijo el guía.
Edgardo se volvió, molesto:
¿Y por qué no la enciendes?
Fosforito nuay.
Aquí yo tengo. Tranquila, Mati, el
caballo no se va a estrellar dijo, olvidando su última disputa.
¡Qué bestia! repitió
Benites. ¿Cómo puede oscurecer en minutos?
Esta sí que es una noche de verdad dijo Lucha.
La calle era un instrumento musical:
sonaba rítmicamente, el viajero podía cambiar el tono según el paso de los herrajes. La
noche se volvió otra cara negra, pegada a las suyas, y la débil linterna, hostigada por
los perros, enseñaba fragmentos de pircas, corrales y portones. De súbito, el rumor
largo y derramado del río.
Puente áqui. Coidadito, don
advirtió el guía.
¿Y qué autoridades hay que ni
siquiera han puesto un barandal? estalló de nuevo Edgardo. ¡Es el colmo! ¡Y
no es puente de concreto! ¡Esto sigue peor que antes! ¿Quién es el Alcalde?
Don Iladio Gómez, niño.
¡Gómez otra vez, y todavía con Bustamante! ¡El colmo!
Ojalá te levantes contra el régimen; es tiempo de que no corras dijo
Benites.
¡Tú y tus revueltas de pacotilla!
Tú y tus viajecitos por la
parentela
masculló su amigo, pero con voz tan baja que prefirió no oír.
Sólo se calmó en casa de Delia
Bolaños, a media cuadra de la plaza de armas, frente a la cárcel. Entró en el zaguán
bajando discretamente la cabeza, como había visto de niño: el jinete hacía que el
animal sacara chispas del empedrado y caracoleara en el patio fragante, rodeado de
naranjos. Desmontaron ante el pequeño gentío formado por la dueña de la casa, sus
hijos, sirvientes y linternas. La mujer, excesivamente amable, los abrazó uno a uno,
pidiéndoles perdón por las incomodidades y los condujo a sus dormitorios, donde no
había catres sino poyos, y luego de ordenar que les pusieran grandes jarras de agua tibia
para lavarse, los llamó feliz a la galería. Sentados en poltronas de mimbre, bajo
linternas de gasolina que dividían el aire en una sucesión de días y noches, viviendo
una vida olvidada en Lima, alzaron sus copas de oporto y brindaron todos por todos.
El gran moño, traje largo, botines y
modo de hablar de la señora Bolaños le facilitaron los recuerdos, la confusión de si
amaba Sihuas porque se amaba él mismo o si defendía al pueblo del odio que podría
cobrarle un costeño. De vez en cuando miraba a Lucha: se entendían, se adivinaban en
silencio. Al otro lado, Benites y Matilde se ayudaban a recordar una película de mineros
viajando en mulas por terribles precipicios.
Pasaron al comedor, grato y pequeño, con
piso de ladrillo, alacenas empotradas, platos floreados exhibiéndose a los huéspedes y
el tosco aparador adonde recurría la sirvienta para cambiarles los platos: sopa de
arvejas con huevo escalfado, locro de zapallo y queso, dulce de membrillo e infusión de
toronjil.
¿Y qué sabe de mis tíos,
señora? preguntó después de elogiar la comida. ¿De veras los persiguen
como cree mi madre?
A Félix, a nadies más dijo
ella; lo que es Rubén diz que muy tranquilo está, arreglando los papeles de la
abuela la finadita. Su casa de ella la alquiló Rubén al alférez Parra; pero de él no
es la casa; de Félix es y el bandido la arrendó y la plata embolsicándose está. ¿No
te acuerdas de dónde vivía tu abuela, de la plaza, di? Muy chiquito estabas. ¿De
cuántos te irías, de cuatro o cinco años?
De seis dijo Lucha,
volviéndose a Matilde. ¿Tú eres uno o dos años mayor que Edgardo?
Una eternidad dijo Matilde.
Somos de la misma edad dijo
Edgardo, mintiendo, claro está, pero corrigiendo alguna vez a Lucha.
¿Cuál temeridad? preguntó
ingenuamente la señora Bolaños.
No sé, a mí que me registren sonrió Edgardo, abriéndose el saco.
Como sea, ¿de qué acusan a
Félix? se interesó Matilde.
De nada y de todo, hija, lo
ajochan dijo la dueña de casa. Cuando cambia un gobierno, el de arriba aunque
sea le inventa las pulgas al de adebajo. Los indios de Andaymayo muy alzaos estaban cuando
don Velásquez Gobernador, pues, era; él en todito les ayudaba, les hizo ganar jornal,
antes trabajando estaban al partido.
¿Cómo es eso, al partido?
despertó Benites.
Ellos ponen semilla y trabajo, pero
la mitad de la cosecha es para el patrón explicó rápidamente Edgardo. Siga,
señora.
Pero don Velásquez se enfermó y
Félix de todo hacía, con decirles que las partidas de nacimiento firmaba y tamién a los
borrachos metía presos.
Todos se miraron con gestos de asombro y
burla.
¿A los borrachos..?
Sí, Félix, que ya ni una copa
toma, lo que se llama ni una, desde esa noche en que la Nemicha a la plaza se cayó del
balcón, pierna rota y todo, y Félix gritaba llorando ya ni más tomo, ya ni más tomo.
Diz que ella le escondió el aguardiente y peleando hasta el balcón llegaron.
¿Pero qué pasó entre Gómez y
Félix, hubo enfrentamiento, toma de posiciones? preguntó Benites, cansado de
tantas vaguedades; pero Delia Bolaños se volvió de uno a otro, sin comprender.
¿Se armó el lío entre Gómez y
tío Félix? intervino Edgardo.
¡Y qué liazo! Velásquez le dijo
a Félix tú eres mi ayudante, tú tamién tienes autoridá. Y para que sepan, Félix
metió a chirona a de don Eladio Gómez su hijo, ese malagracia que carne podrida en el
mercado vendía; y tamién al Curco Velando, no sé si de él te acuerdas, Gardo, un
jorabadito casado con una enteneda de Gómez, esa medio virola
¡Curco, qué lindo!
aplaudió Lucha.
Cullco debía ser, jorobado en
quechua, ¿no, Gardo? Pero tú muy llullo estabas, a lo mejor ni te acuerdas.
Esa es la palabra hermosa,
llullo
saboreó Edgardo, repitiéndola. No sabe cómo la envidio, yo me
he olvidado de usarla.
Sí, ahora hablas como yo, aunque
no tan bien, por supuesto dijo Matilde.
Nadies me toma el pelo a mí
rió Delia Bolaños. Zonza ni me crean, ni muerma ni zanguanga. Ustedes son
jovencitos de universidá, leídos y escribidos, en cambio yo
Bueno, pero no se vayan por las
ramas. ¿Qué le hizo Gómez a Félix, por qué el tío de Edgardo está corrido?
casi gritó Benites.
Sí, Félix no sólo había metido presos
a varios parientes de Gómez por especular con los víveres y provocar las colas de amas
de casa, sino que abrió puestos municipales a precios rebajados. Y la enemistad entre
Gómez y él creció a la caída del Apra, hacía unas tres semanas: Félix no era
aprista, pero los demás decían que sí, y tanto, que se habían llevado al viejo
Velásquez a su casa, para cuidarlo en sus últimos días, aunque no por mucho tiempo. El
seis de octubre por la mañana, Velásquez ya había sido destituido y reemplazado por
Eladio Gómez, que mandó a los síndicos a que arrastraran al pobre viejo enfermo hasta
la cárcel y que dispararan contra Félix si éste oponía alguna resistencia. Entonces
Félix eligió su última carta, que aún seguía jugando: huyó con Nemicha a Andaymayo
para levantar a la indiada. La primera trifulca (la única hasta entonces) fue favorable a
los otros, y el guardia muerto en la hacienda era hoy el mejor motivo para buscarlo. Y
mientras el choque sucedía, llegó a Sihuas nada menos que Parra, de nuevo como jefe de
puesto.
¿Parra? se escandalizaron
las mujeres. ¿Osea que volvimos a lo mismo? ¿Para qué sirve este gobierno? ¡Que
se vaya de una vez!
Benites volvió a la carga. ¿Y cuántos
hombres tenía Félix en Andaymayo, qué tipo de armamento, cómo era el terreno?
A tu amigo dile que no soy soldado
protestó la señora Bolaños, mirando a Edgardo, y cortó la plática.
Pasaron a la salita y al poco rato se
despidieron los huéspedes, menos Edgardo, que se quedó bebiendo anís del mono con Delia
Bolaños.
¿Y qué es de Manuel Rosales?
preguntó él por fin, juzgando lo más natural preguntar a una mujer por su
amante. ¿Cuándo viene? Yo lo conocí de chico y me gustaría
¿Cómo, Rosales..? No, ya no
viene
y repentinamente la mujer se arrodilló a sus pies, las mejillas y la
boca muy pintadas, como ya no se usaba en Lima, la mirada negra llena de ansiedad.
¡Lo nuestro terminó, hijo, créeme! ¡Por Dios te juro! se besó los dedos.
Nadita con él tengo; solita vivo. Una o dos veces como loco ha venido, ruega que te ruega
a media noche, tocando puertas y ventanas, así pues le gusta, olvidarse de una por meses
y luego pasarle la mano
Pero esto a tu papá no le cuentes ¿di? ¡Júrame, Gardito,
por lo que más quieras, a tu papá no! acabó sacudiéndolo con fuerza, si bien
mirándolo tiernamente.
No se preocupe, señora Bolaños,
no se lo diré.
No me digas Bolaños ni tampoco
Rosales ¿bueno? Me llamo Delia Anselmo y sólo quiero a un hombre, pero me muero de
vergüenza decirte a ti quién es.
Cálmese, señora.
No hace falta que me lo digas, pensó, y
además, la noche está tan tranquila y fresca que me gustaría dar un paseo. ¿Quería
salir de noche y con una linterna? ¿De veras? Pues bien, a salir se ha dicho. ¿Podría
acompañarlo ella en vez de Silverio, el sirviente indio? Después de todo, habían
hablado tanto contra su reputación en el pueblo, que no le importaba.
Sólo quiero ver así sea de lejos
y a oscuras la casa de la abuela; ya mañana veré el resto.
¿Y por qué no entrar?
No, ahi vive Parra; se me revuelve
el estómago.
Quiso llevar él la linterna, pero dio
tantos tropezones por las callejas tortuosas que se la cedió a Delia; buscó ser amable,
llevándola del brazo y acabó aceptando que Delia lo guiara casi de la mano; y se
comportó tan extrañamente con los perros que les ladraban, que reconoció haber vuelto
de otra tierra de torpes y asustadizos.
La casona no era esa gran sombra como
había pensado; tenía una linterna arriba en el largo y estrecho balcón sobre la plaza,
y junto al portón aún sólido y alto, descubrió la novedad de una ventana de reja;
mirando por la hoja entreabierta, al fondo del zaguán, vio otras dos linternas en la
desierta galería, ahora sin muebles ni adornos.
¿Quieres que llame, hijo? lo
incitó Delia. Esdras, pues, nos abrirá, el cojito.
¿Esdras sirviendo a Parra? ¿Es
posible? se negó a creer.
¿Y en su pellejo tú qué harías,
di? Preso mucho tiempo estuvo, y cuando cayó, la Cleofé ya estaba muerta. No sé si de
ella te acuerdas.
¡Claro que sí, fue mi ama!
Es uno de mis muertos, pensó.
¿Y cómo está el empedrado, no
había una mata de tabaco a la derecha? Olvidando su promesa, empujó el portón y
lo hizo crujir, y de un instante a otro vieron a una especie de hombre o canguro, saltando
sobre una pierna o un palo con enorme destreza (o volando: ¿sería por el poncho?), y el
bulto ya estuvo con ellos, saludando a Delia y moviendo para él la cabeza de pelos
salvajes.
Edgardo lo abrazó, trató de hacerle
recordar quién era, pero el desinteresado de Esdras lo obligó a despedirse rápidamente,
luego de descubrir que tampoco existía la mata de tabaco. Eso sí, continuaban casi de
pie los tinajones de las cuatro esquinas del patio, para recoger el agua de las lluvias, y
sus siluetas lo llenaron de alegría.
De vuelta, además de sus voces y de los
ladridos que rompían el negro silencio, oyeron los pasos de alguien primero invisible,
después únicamente las botas claveteadas, y por fin brotó un guardia con uniforme y
capa, que dijo frente a la linterna:
Dice el alférez Parra que les da
dos días de plazo a los jóvenes que han venido de Lima para que salgan del pueblo.
Perdón, señora, perdón, jovencito, yo sólo cumplo órdenes.
A las cuatro de la mañana, lamparín en
mano, Delia entró sigilosamente en el cuarto de Matilde y Edgardo. Buscaba a éste para
que saliera en otro viaje hacia el escondite de Lara; pero Matilde dormía sola. Lo
encontró en cama de Lucha, y cuando le dijo la hora, se sorprendió de verlo salir
vestido de entre las sábanas.
Ya sabe usted cómo son las
vírgenes limeñas sonrió él.
Pero lo amo muchísimo
explicó Lucha; Matilde no me entiende, pero usted tal vez sí, ¿verdad
señora?
Silverio, el muchacho de Delia, fue el
guía que lo sacó por el corral, lo metió en una huerta ajena y por fin treparon un
cerro tan empinado que casi los echaba de espaldas. Lara, el ex Alcalde González y tres
desconocidos los esperaban en una choza. Sentados en el suelo en torno a una olla puesta
al fuego, desayunaban la sopa de habas con granos de cancha nadando encima.
¡Maestro querido! exclamó
él. Se abrazaron como para no soltarse; por un rato sólo se oyeron sus palmoteos y
mutuas frases de cariño. No nos hemos visto ni escrito en quince años, pero mi
afecto por usted, mi gran maestro de primaria, sigue intacto, y quizá haya aumentado.
Igual te digo yo, Gashdito, con
todo mi corazón dijo con incomparable dulzura el hombre mestizo, casi negro, de
mejillas y labios agrietados por el frío. Te prisento a unos amigos, toditos te
conocen a vos, pero tú no te acuerdas.
Abrazó también a esos sihuasinos y
luego dijo, bajando el tono:
Pues bien, maestro Lara. No sé
qué pretendan hacer ustedes, pero le ruego apoyar a mi tío Félix, que creo está solo
en Anday-mayo. Alguna vez lo ayudaré yo mismo, pero aún no me he decidido a la lucha; no
soy aprista ni comunista, ignoro si para bien o para mal.
Cada uno tiene derecho a sus ideas
dijo el ex Alcalde, apenas unos años mayor que él.
Y una cosa más. Mi amigo Benites,
que me ha acompañado desde Lima, desea trabajar con ustedes. Yo no lo recomiendo, pero
esto es sólo una opinión; ustedes sabrán lo que hacen.
No te priocupes, hijo, con Juélix
Gambini todos istamos dijo Lara.
Así es añadió
González. Ya somos viejos para que nos déjemos llevar de las narices, y menos
forasteros. La lucha cuando se pueda siará, no vamos a apurarnos ni a pagar errores de
otros partidos. Cuando el otro día quisimos levantarnos nadies nos ayudó; por eso
tampoco tenemos compromiso con nadies.
Se despidió al anochecer, satisfecho de
sentir que Sihuas y los cerros se movían otra vez. Sólo recordaba el camino hasta dos
cuadras más arriba de Pincullo; para él la cuesta concluía en una casona donde entró
de niño a pedir fruta. Los durazneros se veían aún por la barda. Una vez llegó ahí un
practicante de medicina, que por un sol permitía coger con ambas manos dos cilindros de
metal; dándole al manubrio, venía el hormigueo de la electricidad y los niños se
retorcían de risa y de nervios por el suelo. Pero una noche, lo recordaba muy bien, el
practicante hizo empuñar los cilindros a una dama del pueblo cuya mandíbula torció un
golpe de aire. ¡Vaya gritos al recibir la corriente! Dijeron que vibraba en el aire, que
se ponía tiesa sobre dos sillas, sin apoyo en el centro, que bailaba escandalosamente con
el diablo.
Locuaz y jovial, Silverio le señalaba
haciendas y caseríos, devolvía a su memoria nombres de plantas y animales. Más allá de
los tejados vio otro pueblo, pero aún no llegaban a Quiches. A mediodía habían entrado
en el valle luminoso y caliente. La vegetación estallaba, maderas, frutales y una
incontenible maleza. Se quitó el poncho, la bufanda, la chompa y por poco la camisa.
¿Dónde nos esperan, Silverio?
En el pueblo no, niño. ¿Cómo y
di no? En el tambo es.
Desmontaron en el patio del tambo, la
única construcción por ese lado. Dos o tres comensales mestizos interrumpían el
silencio de las amplias y soleadas galerías. De pronto, una seña de Silverio y Edgardo
avanzó al traspatio y todavía a un segundo pasadizo. En un cuarto con ventanas sobre el
precipicio, en medio de platanares, lo esperaban seis hombres en mangas de camisa. Al
entrar él todos se pusieron de pie y la mesa removió los vasos de chicha.
¿Tío Félix? preguntó,
indeciso.
Ahí le señalaron al hombre
más cercano.
¿Por qué había dudado? ¿Por la figura
compuesta, limpia y bien peinada que lo abrazó como para ahogarlo? Menos alto y delgado
que en sus recuerdos, el hombre atlético lucía unas envidiables botas de amarras
cruzadas y un pantalón de montar muy gastado, pero con los adornos de cuero aún muy
vistosos. Le faltaba una muela, pero ni su salud ni su porte se resentían por eso; y su
afecto le perdonó todo lo que le había hecho sufrir de niño.
¡Vamos a celebrar por mi sobrino!
llamó ruidosamente Félix en cuanto lo presentó a sus seguidores, dos mestizos y
cuatro peones; todos juntos en la mesa, sin diferencia alguna, al revés de las costumbres
en casa de la abuela. ¡Me acordé que los cuyes te gustaban! ¡Y vas a probar una
chicha de jora..!
Lo pusieron en la cabecera y ahora todos
lo miraban en silencio, y también detrás de él, esperando algo. Se volvió.
¡Abrázalo pues al Gardo, mujer!
¿Qué tienes, di? grito Félix-. ¿Y tú, de tu tía Nemicha no te acuerdas?
Nemicha, sin el eterno rebozo que
imponía el clima de Sihuas, delgada y fuerte, la tez reseca, pero los ojos altivos y la
boca rosada, como de una joven: y aun vio una rareza, su sonrisa profunda y feliz. La
abrazó como si ella fuera varias mujeres, su abuela muerta, su madre ausente (hasta en
Lima fue igual: su madre ausente), y esa mezcla de tía y hermana que le confundió los
ojos, llenos ya de lágrimas. Sacudiéndose de emoción como él, Nemicha se arrodilló y
le besó las manos, el traje, las botas, diciéndole hijo de mi alma, hijo, y cuando
Félix vino a levantarlos, los tres se unieron en un nuevo abrazo y él sintió que ésos
eran sus verdaderos padres.
Tuvo que sentarse para recobrar el
aliento. Félix no dejaba de acariciarle la cabeza.
Con que universitario ya eres ¿no?
Y pronto doctor serás. ¡Mi sobrino, mírenlo, un doctor..! se volvió orgulloso a
sus amigos. ¡Voy a tomar por él después de muchos, muchos años, pero sólo un
vaso, que conste! ¡Ustedes pueden seguir! ¡Salud!
Bebió entre risas y Nemicha sirvió los
platos como si el tambo fuera su casa, como si no tuvieran que despedirse en una hora.
Chupando los cuyes, resoplando por el ají, llenándose de chicha, él la oyó hablar
finalmente:
Siento mucho que los nervios de mi
cuñada te hayan hecho venir, hijo. Estamos bien, no te preocupes. Nos persiguen, es
verdad; pero los peones nos apoyan, desde Andaymayo hasta Urcón, y si nos atacan será
para que haya una matanza. Eso sí, cuando quieras volver aquí, no te fíes de ese
Silverio; creo que Parra se entiende con la Delia y a lo mejor ella no nos juega limpio.
Quizá tengas razón, mujer
dijo Félix.
¡Te lo he dicho mil, veces! gritó Nemicha, repentinamente molesta.
Pero ya voy creyéndote.
¡Lo que pasa es que ella te sonríe y te vuelves loco por esa sinvergüenza!
Mi sobrino a oír eso no ha venido.
Cuando vuelvas, Gardo, a Lara le dices, pero a nadies más.
Bien, tío. ¿Y qué más puedo
hacer? Mamá dice que Nemicha está enferma. ¿Puedo llevármela a Lima?
Oh, no, hijo, estoy un poquito mal
del hígado, pero no es para tanto dijo Nemicha. Lo que sí te rogamos es que
nos busques un abogado en Huaraz o en Lima, para que se confirme que es nuestra la casa
que fue de tu abuela y donde tú te criaste. Rubén tiene un alto así de vales en el
bolsillo y dice que Félix los firmó; y en nombre de esa deuda se agarró la casa y la
alquiló a Parra.
Yo veré eso, descuida dijo
él.
Rubén un ladrón es, puedo probarlo dijo Félix.
Todos los sabemos dijo él.
Aquí tienes un poco de plata para
el abogado Nemicha deshizo el nudo de un pañuelo que extrajo de su seno.
Tengo dinero suficiente, Nemicha;
eso no lo acepto de ningún modo protestó Edgardo, sonriendo.
En el camino de vuelta, se sorprendió de
haberles ocultado a sus tíos que regresaría al día siguiente a Lima y de no haber
preguntado nada a Félix sobre sus planes de ataque y defensa, militar y política. ¿Era
una nueva confirmación de su desinterés por aquel tema? ¿Había venido sólo a cumplir
un compromiso familiar?
Oscurecía cuando volvió a Sihuas.
Matilde y Delia lo esperaban en la galería, jugando a las cartas. Benites y Lucha habían
ido a una pachamanca, por saber si se parecía a las de Lima, y aún no retornaban.
Matilde lo recibió risueña y molesta al mismo tiempo; luego se deslizó silenciosamente,
como una gata, al dormitorio donde él se cambiaba y de pronto le echó los brazos al
cuello:
Te perdono porque te quiero mucho y
porque eres un niño irresponsable. Ya hice las paces con Lucha, puedes preguntárselo.
¡Edgardo, tu otro tío ha venido a
verte! llamó Delia.
Rubén Gambini seguía siendo para él un
extraño. Hosco, taciturno, la tez con escoriaciones y lunares crecidos, sólo tenía en
común con Félix la buena talla. Hasta lo vio peor vestido que el proscrito; y sonreía
únicamente a Matilde, no a él.
¡Ah, sobrino! abrió
demasiado los brazos, pero él rehuyó el contacto. ¿Cómo está tu madre, mi
querida hermana? la voz era hueca, falsa. No nos escribimos, claro, pero la
sangre es la sangre, eso no se olvida, y siempre les he mandado saludos con tu padre. A
propósito, ¿cómo le va a él? Se fue corrido por el asunto de los billetes, pero no hay
razón, muchos lo hacen y no pasa nada.
Ya empezaste con el veneno, pensó él y
dijo: Ganó diez por ciento por llevarlos, eso es todo, no intervino en nada más.
¿Tan poco? ¡Imposible, hijo!
¡Eso te diría a ti! Pudo haberse quedado con todo y Fábregas ni le hubiera
reclamado...¿Qué puede reclamar un perseguido político?
Mejor se calla, tío, o no le doy
el cheque que tengo en el bolsillo a cambio de los vales que le firmó tío Félix.
Sí, sí, claro
la voz
tembló, las manos buscaron rápidamente los vales. Hay que reírse de lo que dice
la gente, hijo. A mí no me importa que me acusen de algunas cosas durante ese aluvión
que tú pasaste. Lo que tengo lo debo a mi trabajo, nada más.
Matilde se sentó en el suelo, puso la
cara sobre el vientre de Edgardo, le ciñó la cintura con ambos brazos y quedó quieta y
dulce. ¿Era la misma? ¿Es cierto que la gente cambia cuando se acerca a la desgracia o a
la muerte?
Es preciosa tu novia dijo
Rubén.
No es mi novia, es mi mujer; pero
todavía no nos hemos casado. Habemos muchos así en la familia ¿no?
Rubén desvió la cara, blanca y
caballuna, y entró en el tema que ansiaba:
Aquí tienes los papeles, algunos
muy sucios, la verdad, pero todos firmados por tu tío, así sea con garabatos, de lo
borracho que estaba. Se ponía hecho un loco y
¿Cuánto en total? y abrió
la chequera.
Diez, diez quinientos, once mil y pico. Diez mil por ser para ti
Cinco mil y ni un centavo más
dijo Edgardo, y desoyendo las protestas, recogió los pedazos de periódicos y de
cartones firmados, le entregó el cheque y cargó a Matilde como a una niña, con las
piernas ciñéndole la cintura, feliz de besarla, en momentos en que Lucha y Benites
entraban con un guitarrista indio que no cesaba de tocar.
Mañana temprano iré a saludar a
Velásquez dijo él; parece que está muriendo en la cárcel.
Ten cuidado, amor dijo Matilde.
¡Lo hallamos en la plaza! ¡Toca tan lindo que lo hemos traído! gritaba
Lucha.
Genial dijo Matilde.
Quiero aprender a bailar huaynos y chuscadas; son lo más romántico y limpio que hay.
Eso te lo dije yo río él.
¿Quieren un trago, muchachos? preguntó Matilde, saltando al suelo.
Y bien fuerte dijo Benites, que también parecía muy contento. A ver
si baila usted conmigo, señora Bolaños.
Delia Anselmo es ni nombre. Pero dígame Delia.
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