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Era su primera misión como delegado de año. Edgardo no
podía fallar. Su madre lo retuvo en la escalera del departamento, a pesar de que él ya
había tirado del larguísimo cordón anudado abajo al picaporte, y la puerta, al abrirse,
le enseñaba una vez más la avenida Grau, la figura a contraluz del carretillero
vendiendo frutas.
Lo retuvo, pero se zafó de sus manos.
Ella quería ver una mexicana (casi nunca iba al cine, pero justamente esa noche quiso ver
a Cantinflas); él dijo que tenía clase a las nueve, hora muy rara, pero que el
catedrático no disponía de otra, imposible hacerse la vaca.
El segundo obstáculo fue Matilde, de pie
y en sus brazos, húmeda y besada hasta el cansancio por esa callejuela detrás del cine
Metro, juntos y apretados contra una puerta. Sí, podían ir al hotelito de la Amargura,
pero sólo por una media hora, otra noche sería mejor, así no gozarían. Sin soltarse,
Matilde se encrespó, se le enredó en el cuerpo como una culebra, y jadeante empezó a
decir sus obscenidades. Pero él no sólo resistió, pensando en su primera misión, sino
se puso frío y neutro, con una extraña facilidad que se prometió emplear en otras
ocasiones.
Al quedar libre, faltaban sólo cinco
minutos para las nueve. Cruzó casi corriendo la plaza San Martín; en Belén, como era su
costumbre, miró el oscuro patiecito de "La Tribuna", pensando en que el Apra se
dejaba vencer fácilmente por la reacción en el Congreso, y con otra carrerita llegó al
portón de brillantes adornos de bronce, en la acera derecha donde aún quedaban hermosas
casonas de principios de siglo.
Le abrió un mozo de saco blanco y
corbatita negra:
¿Delegado, señor? frunció
el ceño, previendo una negativa.
Sí.
El ceño del cholo se disolvió en
ademanes amables, en torpes sonrisas. ¿No estaré bien vestido?, pensó. Me gustaría ver
cómo recibe a los otros delegados, que siempre se visten peor que yo.
El zaguán se convertía insensiblemente
en un corredor iluminado por esas bolas transparentes, colgadas de paredes tan limpias y
bien pintadas como las de una sala; a la izquierda, un patio de juguete le enseñó bellas
manchas de enredaderas que subían desde el piso de lajas barnizadas. Complacido, entró
por la segunda puerta de la derecha: alfombras persas, enormes espejos de marcos dorados,
¿sillas Luis XIV o Luis XV?, no recordaba muy bien las ilustraciones de su texto de
Historia del Arte para distinguirlas; luego, otro recibidor, un vano con cortinas
verdioscuras, y al fondo de una segunda sala ya moderna, el doctor Escobedo, catedrático
de Introducción a la Literatura Universal, sonriéndole con la mano extendida, para
invitarlo a sentarse en unos confortables amarillentos, puestos sobre blanquísimas
alfombras de alpaca.
¡Hola, hola, Fuentes! ¡Siéntese
junto a mí, no se vaya a otro sillón! ¡Eso es, famoso delegado! Y una risa ronca,
exagerada y satisfecha, y un golpecito amable y jovial en las rodillas¿Qué se
sirve? ¿Un pisco-sour o un whisky?
Iba a decir un pisco-sour pero dijo un
whisky, algo que no tomaba casi nunca.
¡Dos whiskies, Marcelo!
ordenó el dueño de casa al mozo. Van a venir dos jóvenes más, estáte
atento.
Tiene usted una casa muy linda,
doctor. Y perdón por llegar el primero.
No digas tonterías. ¿Te gusta?
y otra risotada del mestizo y rechoncho, del huaco viviendo feliz en una jaula
limpia y dora- da. ¡Te la enseñaré al pasar al comedor! Me han dicho que te gusta
leer; ya verás mi biblioteca. ¿Fumas, hijo? y lo seguía tuteando, y le tendía
una caja de plata llena de cigarrillos rubios.
Sí, muchas gracias.
Jamás le había descubierto el gusto a
los cigarrillos, pero encendió uno y miró los bellos marcos seudocoloniales incrustrados
de espejitos y los cuadros de la escuela cusqueña, santos y vírgenes en medio de nubes
de florecillas.
Su whisky, señor. ¿Con agua o
soda?
Con agua dijo, recordando un
consejo de su padre.
¡Eso es, así debe tomarse!
volvió a estallar de contento el doctor Escobedo. ¡Y no con soda como los
gringos! ¡Esos no saben comer ni tomar! Y el agua en jarra de barro ¿no es cierto,
Marcelo? Así le he enseñado yo. Y no en esas jarritas de plata que aquí en Lima la
gente se muere por enseñar. ¡Salud, Fuentes!
Salud, doctor.
Tus compañeros te quieren mucho
¿sabes? El otro día salí de clase y pregunté quién podía encargarse de revisar las
copias a mimeógrafo del curso. Y todos dijeron Fuentes, Fuentes. ¡Y sobre todo chicas,
bandido! ¡Ya me imagino las que tendrás!
No rehusó el segundo whisky, lo sostuvo
disimulando que se sentía muy bien y que le interesaba mucho la explicación sobre los
objetos de plata que se vendían en Lima; un amigo del doctor Escobedo tenía un pequeño
taller, él había visto martillear los platones de sitio, oye, Marcelo, llamó,
enséñale al joven uno de los platones que están sobre la mesa.
Cuando llegaron Raúl y Benites, ya él
se sentía satisfecho de su resistencia al licor y por haber sido capaz de decir no en el
momento en que le hubiera gustado beber más.
¡Pasen, pasen, muchachos, aquí
nos estamos riendo de lo lindo con este Fuentes; parece serio, pero tiene una chispa! ¡A
ver, hijo, cuéntales ésa del león!
Un joven tenía que pasar varias
pruebas para convertirse en hombre empezó él, poniendo, en efecto, cara muy seria,
como debía ser; así se acostumbra en todos los pueblos, todas las culturas
añadió de su propia cosecha, con voz precozmente doctoral . Las pruebas eran
tres: pelear contra un guerrero joven y fuerte, entrar en la jaula de un león y matarlo,
y luego
dudó, buscando suavizar la frase, hacer el amor con una vieja.
¡Tirársela! gritó el
doctor Escobedo, saltando como un resorte, la risa escandalosa, feliz ¡Dilo bien
claro! ¿Estamos entre amigos o no?
¡Sí, sí! corearon Raúl y
Benites.
Pues bien, pelea con el guerrero y
vence, entra en la jaula, se la cierran, se oyen ruidos espantosos, hay un tremendo
barullo, rugidos, gritos
¡Es fantástico! se agitó
de nuevo el profesor.
y el tipo sale con la ropa
desgarrada, herido, pero da unos pasos y pregunta: ¿Y dónde está la vieja que hay que
matar..?
Ahogándose, gritando, el catedrático
trastabilló al chocar con una mesita. Raúl se rió una sola vez, en una explosión,
derramando el whisky al sacudir las manos (el mozo se inclinó a limpiar la alfombra), y
aun Benites se apoyó en la pared, respirando con trabajo.
¡Buena, muy buena! dijeron
todos.
Cinco minutos después el programa del
curso de Introducción a la Literatura Universal había sido desdoblado sobre la mesita,
por entre los vasos y los saladitos, choros, queso y maní.
Como les dije en la Facultad, yo no
tengo inconveniente, lo arreglamos en un dos por tres, ahora mismo si quieren
propuso el doctor Escobedo. Ustedes van leyendo punto por punto, y el tema que
no les guste lo dejamos de estudiar. Por mí no hay inconveniente.
Benites empezó a leer el programa y
dijo:
Esto de literatura india me parece
de más. Si el próximo año tendremos literatura peruana, ¿para qué otra vez la inca?
Bueno, si a usted le parece que
balbuceó el profesor.
Literatura india no es inca
susurró Edgardo a Benites. Es de la India, en el Asia.
Ah, perdón dijo Benites y
tomó un largo trago.
¿Qué dicen? ¿La suprimimos?
El doctor Escobedo esperaba la reacción de los demás. ¿Usted qué dice,
Fuentes? se olvidó de tutearlo. Usted es el primer delegado.
No dijo él; se queda.
Perfecto, se queda.
Por mí se quedarían todos los
puntos, así debiera ser intervino Raúl; pero el problema es el tiempo. La
última huelga nos ha quitado casi dos meses y así no podemos estudiar hasta febrero o
marzo. ¿No es cierto, doctor? ¿Le gustaría perder sus vacaciones?
Claro que no. En eso estamos de
acuerdo.
Pues entonces debemos quitar varios
temas.
¿Y no podríamos quitar la persa?
preguntó Benites. ¿Es tan importante, doctor? Digo para nosotros, muchachos
peruanos
Tanto como importante en un curso
de introducción, no me parece; tal vez sí en otro monográfico sobre literaturas
antiguas y orientales.
Entonces afuera dijo Edgardo.
¿La quitamos, Fuentes? Muy bien.
¿Y no podemos pedir un curso
monográfico, como usted dice, para los últimos años de la carrera? intervino
Raúl.
De pedir, ustedes pueden.
Ahí podrían ir muchas partes de
este programa.
Desde hace años quiero dictar un
curso de ese tipo. Si ustedes mencionan mi nombre cuando sea oportuno
Entonces salen China y Japón
dijo Edgardo.
¿Les parece, jóvenes?
A mí sí dijo Raúl.
A mí también dijo Benites.
Afuera sentenció el doctor
Escobedo.
¿Y por qué no nos quedamos
únicamente con La Ilíada y La Odisea? propuso de nuevo Edgardo. ¿Acaso hay
tiempo para más? Y sobre todo, ¿hay algún autor en este programa más importante que
Homero?
Escobedo dudó, carraspeó, emitiendo
ruidos ininteligibles.
¿Y Dante dónde está? casi
gritó Benites. Y tampoco veo a Shakespeare. ¿Quién ha hecho este programa tan
malo?
Dante se estudia en la literatura
latina, jovencito explicó el profesor; y Shakespeare en la inglesa, una
asignatura que, por desgracia, todavía no se dicta en nuestra Facultad.
Con que así era la
cosa
murmuró Benites; preguntando se llega a Roma y a Lima. ¿Y por
qué, si falta la inglesa, no metemos a Shakespeare en la colada? ¡Claro, hermano!
dio un codazo a Edgardo. Shakespeare es muy bueno ¿no? ¿Viste la de
Cantinflas el otro día? Es un Romeo bestial. ¿Qué dices tú, cumpa? buscó a
Raúl.
No sé, no me parece dijo
Edgardo;es un autor muy reciente para nuestro curso, que se dedica a otras épocas.
Listo, no entra dijo Raúl.
Señor, está servido
anunció el mozo.
¡Adelante bersaglieri! se
levantó Escobedo.
Apenas entraron en el comedor, vio el
perfil de las conchas sobre los platos de ribetes dorados. No había plato que le gustara
más que ése. Raúl avanzó junto a él hacia la mesa sólo a medias iluminada, y
finalmente supo por qué se le había acercado tanto; oyó el susurro, la incitación:
Dile tú, hermano, a ti te oye, le
has caído muy bien.
Imposible, ya es demasiado. ¿Por
qué no le pedimos de una vez que nos ponga veinte sin ir a clases?
No se trata de nosotros, sino de
todo el salón. Que nos dicte La Ilíada y La Odisea, de acuerdo; pero que nos tome examen
sólo de uno de los dos.
Imposible; si quieres, habla tú.
Sostuvo la mirada de Raúl como por vez
primera: el bigote negro, pequeño y fino, los ojos oscuros, bellos como los de una mujer,
y la boca fruncida y gruesa. He ahí al ex amante de Matilde, por quien seguía sintiendo
una pizca de celos.
Piénsalo bien, Gardo dijo la
voz amable de Raúl. Si hablo yo y salen bien las cosas, tú quedas mal ante los
alumnos. Eres tú el delegado del primer año, no yo.
Sonriendo con desdén, él de pronto dijo
algo cierto, pero demasiado arriesgado para sí mismo.
¿Sabes? A mí me da igual quedar
bien o mal con ellos. ¿Acaso es importante ser delegado?
Doctor, aquí Edgardo quiere
decirle una cosa le preparó el terreno Raúl, desoyendo su comentario.
En verdad, como delegado, quizá lo
habían aburrido unas tareas domésticas, dignas de un ama de casa de salón, pero
también gozó de horas de incomparable y maravillosa dicha, de absoluta felicidad. La
tarde, por ejemplo, en que el flamante Rector derechista cumplió un paseíllo mortal
entre llamaradas de fuego, entre puños que eran brasas ardientes, bocas que escupían un
odio sagrado al tipo ése apoyado por la reacción. El hombrecito blanco y con curiosas
chapetas fue elegido Rector, a pesar de que Edgardo, durante la asamblea general, había
templado bien sus nervios, pidiendo la palabra y exhortando a más de cien delegados,
entre profesores y alumnos, a que la votación fuera nominal, "para conocer de una
vez a los culpables de la entronización de la derecha oligárquica en San Marcos".
Ahí adentro, el hombrecito había sonreído a la hora del triunfo, pero hoy se veía
lívido, temblando de miedo y llevado de los brazos por sus compinches, por entre el fiero
callejón de alumnos que lo silbaban, escupían, casi lo golpeaban en esa atmósfera de
fuego y justicia, mientras el tipo huía del patio de Derecho al Parque Universitario,
donde lo esperaba aún otro callejón formado por muchachos indignados.
No, Raúl dijo él bien claro
y fuerte, para todos en la mesa. Si quieres decir algo, dilo. Yo terminé de
arreglar el programa con el doctor.
Lo que ustedes quieran.
Por si acaso, no estoy de acuerdo
con lo que dirá Raúl dijo Edgardo, a sabiendas de que firmaba su sentencia para
las próximas elecciones universitarias.
¡Y yo tampoco estoy de acuerdo
contigo en muchas cosas, carajo! susurró Benites con voz casi imperceptible.
¡Siéntate a la cabecera, Fuentes!
señaló su sitio en la mesa el doctor Escobedo. Tú frente a mí. ¿Quiénes
dicen que soy un tipo hosco, que me opongo al cogobierno? ¡Si nos llevamos tan bien! ¿No
es cierto?
Y cuando llegaron las nuevas elecciones,
creyó haber previsto el final, aceptar la escasa votación que borraba su enorme éxito
del año anterior, pero empezó el escrutinio y su cuerpo se encogió, frío y adolorido,
rechazando la verdad y también la frase dicha a Raúl: A mí me da lo mismo. ¿Acaso es
importante ser delegado? Tres alumnos vigilaban el ánfora de donde se extraían los
votos; otro marcaba palotes en el pizarrón, frente al nombre de cada candidato, y la masa
de estudiantes hervía y esperaba en el salón totalmente lleno de ojos y gritos. El
último año su nombre había estado siempre en el primer lugar; ahora rozaba el tercero y
quizá pasaría al cuarto. ¿No le había complacido ser popular, entonces? ¿Qué le
había disgustado: la presión inútil de sus compañeros, la manía de buscarlo mañana,
tarde y aun de noche para resolver problemas pequeñitos, esos gritos irrespetuosos de
"Fuentes, Fuentes", cada vez que el catedrático daba cualquier encargo, las
carreritas de las muchachas para preguntarle el horario y pedirle eternamente la
postergación de exámenes, la tarea de cambiar de salones a cada rato por el desorden de
la Secretaría, el organizar los paseos a Chosica o Pachacámac, cansarse de pedir las
cuotas y pagar finalmente de su bolsillo el pasaje de los demás?
¡Pero qué susto se llevaron!
dijo él.
Al día siguiente ya no era delegado,
aunque, fiel a su costumbre, entró muy temprano en el salón y se cruzó con el doctor
Escobedo, que otras veces lo saludaba haciéndole una venia. Esta vez apenas le respondió
enarcando las cejas. Él casi suelta la risa.
Eso y algo más, si puedo había prometido
Escobedo a Benites, aquella noche en la comida, cuando el delegado Edgardo Fuentes aún
ejercía su cargo. Solamente les tomaré examen de La Ilíada, no faltaba más.
Arreglado, muchacho. Y ahora sírvete las conchas.
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