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Herida, pero no muerta, así voy en este
avión que no se va a caer, lo sé; aunque sea lisiada, pero no muerta. Él no podrá
utilizarme como a Llanelas, el amigo a quien más quiso, según dice, y sin embargo lo
aprovechó para merodear por la casa de Lucha una tarde y otra también. Medio año por la
plaza Bolognesi y sus edificios afrancesados, y no sé cómo descubrió que Llanelas
había sido un primo lejano de Lucha (uno de esos parentescos simbólicos de Lima, que se
desempolvan en conversaciones ociosas donde todo el mundo dice conocer a todo el mundo), y
entonces Edgardo se lanzó al ataque, casi con el muerto al hombro. Primero escribió a
Lucha dos o tres cartas por semana y las depositó temblando en el buzón de la linda
puerta barnizada; después los unió detalles averiguados como por un detective: la clase
exacta de Lucha en el High School (ese colegio de niñas bonitas, pero no muy ricas, cerca
del Campo de Marte), el camino que ella seguía a pie hasta el colegio, las películas del
Ritz o del Capitol que él sabía muy bien que Lucha había visto, porque se había
sentado detrás, para verla y olerla como un perro. Y luego, cuando Lucha se cansó de
rechazarlo y lo soportó a su lado sin entusiasmo, andando en plena calle, le enseñó
fotografías de ambos, de Llanelas y él, abrazados en un patio de Guadalupe o bañándose
en Agua Dulce.
Ya había empezado el abordaje, el puente
tendido hacia la nave que surcaba bellamente el mar, a través del crepúsculo. Le llevó
los cuadernos del amigo, del mártir del estudiantado nacional, donde vieron no sólo los
apuntes de lecciones sino dibujos, frases perdidas y borroneadas, mientras Llanelas
fingía oír al profesor, ignorante de la muerte que lo acechaba.
Pero no le bastó eso, ni tampoco
sentarse finalmente junto a ella en la platea de los cines (ya no iba a cazuela, quería
darse tono) y mirarla incansablemente en la oscuridad, atento a su perfil, a sus extraños
ojos verdes que o se llenaban de vida y le respondían, o seguían transparentes y lo
dejaban hablando al vacío, luchando tenazmente contra el aire. Tuvo que invitarla a tomar
té en DOnofrio del centro, adonde sólo mucho después me llevó a mí, y por fin
le contó cómo Llanelas había muerto en sus brazos, cómo ambos habían corrido cuando
ya el mártir tenía una bala en el pecho: Llanelas y él gritando contra los guardias, en
una pose digna de un libro de grabados de guerra, y al otro rato Llanelas tieso y pesado,
arrastrado a duras penas por Edgardo para meterlo por la puerta de Uruguay, sin que lo
mancharan las manos de los guardias, y permitir que, en la madrugada, sólo fuera
extraído furtivamente y llevado a San Marcos. Toda una mentira, pues él no hizo gran
cosa, pero el cuento impresionó a la virgen, claro está, le detuvo los ojos verdes como
si fueran hojas iluminadas por la tarde, y él se pintó sensible y humanitario, además
de defensor de ideales políticos, cosa que a ella le pareció fascinante.
Todavía quedó en Lucha una resistencia:
¿por qué sus salvajes amigos guadalupuanos habían atacado a un colegio de niñas
durante la comunión pascual, por qué él golpeó a una de sus compañeras? ¡Eso no
tenía nombre! Muy sencillo, respondió: lo hice para cumplir los deseos de Llanelas, un
gran tipo opuesto a la iglesia y los curas; fue por razones políticas y no porque alguien
se llamara así o asá, o fuera niña o no. Llanelas tenía planeado desbaratar la
concentración, pero la muerte se lo impidió. Fue por él, que había luchado contra el
sistema conservador y reaccionario; por eso, nada más, ¡tienes que creerme! Y sólo
entonces obtuvo el premio que buscaba: la mirada exclusiva de esos ojos verdes que lo
volvían loco, porque él tiene ojos negros, el contacto de esa piel blanca entre sus
manos morenas, de mestizo, y el primer beso de la reina tanto tiempo adorada y perseguida,
aunque ella no se dejara hacer más.
A ratos, no obstante, el muerto se
desquitaba. Se unía a los peones indios, fusilados en Andaymayo, a la abuela con una mano
perdida en el aluvión (pero con el muñón levantado, quizá dándole la llave de la
alacena, así la veía), y a los cadáveres cubiertos de fango, cuando bajó la crecida en
Sihuas; y entre todos le marcaban el rostro, de súbito quieto y mirando el vacío, o a
través de las paredes, olvidándose inclusive de las caricias de Matilde. Estaban
desnudos y listos para el amor, cuando el nombre de Llanelas lo paralizaba, aunque se
defendiera todavía hablando del buen genio del muerto, de sus planes para irse juntos de
vacaciones a Huancayo, a casa de los padres del muchacho, de los sueños de éste, que
deseaba ser aviador o marino, o de la fotografía de una tía suya, escondida
pecaminosamente en sus ropas, y de la dedicatoria: "A mi sobrino predilecto".
¿A quién enamorará Edgardo,
valiéndose de mí, una vez que yo muera? El avión vibraba debajo del cuerpo de Matilde,
la había mezclado en un ronquido interminable, en una sierra que horadara montañas.
Volar, dormir, ¡ah, cómo había perdido el tiempo ocupándose de Raúl, del Italiano y
del tipo sin nombre de la avenida Arenales! ¡Si sólo pudiera sentarse junto a Edgardo y
desplazar a Lucha! ¡O dormir y levantarse mañana temprano, dejando atrás la pesadilla!
Inventar este accidente para olvidarlo en el momento preciso y quedar libre. ¿Libre..?
No sólo era el dolor, sino una fiebre
que la poblaba de sueños y sudores, de humo y resoplidos.
¿Iba a morir, acaso? ¿De veras?
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