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Apenas quedó solo en la casona, Félix
se zambulló de nuevo en la noche y la tormenta, y únicamente se calmaron sus nervios
cuando descubrió las sombras de Nemicha y del peón que cargaba las alforjas.
Todo listo dijo.
Sinvergüenza rió ella,
escupiendo la lluvia. Lista estará tu cama, pero yo me muero de frío; tiemblo como
perro chusco. Y creo que me han visto las amigas de tu madre. Todas la viejas están
agüaitando desde sus puertas.
Hei dicho todo listo, señorita
repitió con fingida ceremonia y envolviéndola en su poncho. Tengo café,
anís del mono, copa de oro, lo que usted diga...
La empujó por el zaguán, sin importarle
los bultos de Cleofé y Simón, acuclillados en el suelo, pero con los ojos muy abiertos,
dándose cuenta de todo. El patio medio inundado casi gritaba en el aguacero. Oyó en las
esquinas el parloteo de las tinajas e hizo cruzar a Nemicha la sala que se prendía como
una linterna, por los sucesivos relámpagos. Se sacudieron las ropas, gritando y riendo de
frío, pero Félix no le dio más tiempo; cerrando el dormitorio y también sus oídos,
desarmó de golpe la carpa de frazadas y sábanas que ella pretendía hacer durar, con una
copa de anís en la mano. Nemicha quiso contarle cómo había abandonado su pensión y aun
se tomó la cabeza entre las manos, temiendo la reacción de su madre allá en Pomabamba,
pero él anunció en voz alta que Nemicha era ya su mujer y la hundió en la marea de
abrazos y saltos sobre la carne de todos modos tibia, en la presión de las bocas
hambrientas, las manos bajo las nalgas, y el sexo mirándola por dentro en el viaje sobre
una línea, una dirección que estallaba en el camino y concedía la victoria y el
descanso. Al rato despertaron en la noche pedregosa, amarrados entre sí, de nuevo
buscándose entre la carne y los huesos, corriendo sobre la múltiple piel que variaba de
arriba abajo. Sólo al amanecer pudieron conversar tranquilamente, oyéndose sus mutuos
deseos para la nueva vida que iniciaban en ese cuartito robado por unos días.
A las once de la mañana, los duros
golpes en la puerta fueron como un insulto.
¿Qué pasa, carajo?
bramó. ¿Caso nadies puede dejarme solo con una mujer?
Vino la respuesta, pero quiso oírla de
nuevo; después volvió a dudar, exigió la verdad, nada de mentiras tramadas por algún
amigo bromista. Simón y Cleofé le dijeron por tercera vez to máma di ostí estás
muershto, allauchi pobrecita, don, y que se le había perdido una mano en el aluvión.
Encontraron a la finada echadita sobre una piedra. Félix cerró los ojos para recobrar el
sueño por encima del bulto, pero la pesadilla creció cuando Nemicha, él y los dos
sirvientes corrieron a casa de Rubén. ¿Y si únicamente estaba herida, si le faltaba una
mano y le decía Mira lo que me hiciste, eres mi hijo o quién eres?
¿Y tamién no sentestes la
balacera, don? dijo Cleofé.
¿Qué balacera?
Tardecita, pues, en la plaza, ayer.
Muershtos hay, don Vilásquez tá preso y al Esdras lostán siguiendo.
¡Maldita sea! ¡Todo pasó ayer y
otras veces en años no pasa nada!
Llegó como soñando hasta la muerta. Ya
su madre tenía la carita limpia y polveada, los párpados ciegos y la colección de
arrugas dibujada por fin en un laberinto quieto y extraño. Su madre había sido esa niña
vieja y deforme, esa piel reseca con lunares chiquitos, rojizos y negros, esos pelos
blancos como barbas de choclo.
¡Ven aquí, primero vamos a
arreglar cuentas! le gritó Rubén.
Tuvo que obedecer al hermano mayor, al
primogénito mimado mientras vivieron sus padres, salir al patio que era un barrizal y
fingir que rechazaba los gritos de ¡Tú la matase, animal! ¡Tú le dijiste anda vete a
Calia! ¡Lo sé por Cleofé y Simón! Recibió sin quejas los puñetazos y patadas.
Nemicha quiso separarlos, pero Petronila y sus sirvientes se lo impidieron. Cayó dos
veces en el barro y a la tercera se quedó sentado porque quiso.
Nemicha, ándate a la casa
dijo.
Petronila pretendió cerrar el paso a
Nemicha:
¿A qué casa? ¿De la difunta?
¡Debía darles vergüenza!
Tampoco casada tú eres con mi
hermano dijo Félix. ¿De qué ti asombras y abres los ojos blancos de
cordero, di? Anda no más, Nemicha, cola están haciendo pa pasar los huarus.
Nemicha apartó con asco a Petronila y
dijo:
Nosotros sí nos casaremos y les
invitaremos al matrimonio, aunque sean lo que son.
No estés muy segura de casarte conmigo,
pensó él, sin quererlo, pero le gustó que Nemicha lo besara al despedirse. Se levantó,
y disimulando sus movimientos, miró una y otra vez el pobre jardín en aquel espléndido
patio con arcos de ladrillo, todo un lujo en el pueblo. ¡Ah, cómo lo cuidaría él si su
padre le hubiera dejado esa mansión! Arcos de ladrillo, pilares con molduras y un ancho y
bello corredor, donde un pintor sihuasino había soñado con legar a la posteridad sus
cuadros de la Pasión, sin suponer que el sol y la lluvia borrarían su obra maestra. Todo
para el primogénito Rubén, nada para Félix, el segundo. Haciéndose el interesado
examinó de nuevo las figuras desvaídas y al fin hizo lo que quería, cerrar el portón,
ponerle aldaba y candado, y guardarse la llave.
¡Rubén, las alhajas de tu madre!
chilló Petronila. ¡Nemicha estará solita en la casa! ¡Vamos, apúrate!
Esta vez sí tenías ganas de pelear. Ni
cuatro sirvientes juntos pudieron quitarle la llave; pero, en medio del forcejeo, algunos
vecinos llegaron a dar el pésame, y mientras él los abrazaba estrechamente, Rubén y su
tribu corrieron a meter las uñas.
Más tarde, cuando ya estuvo alegre y
tomado en su casa llena de dolientes el cadáver seguía con Rubén, Nemicha
le contó que Petronila contrató ahí no más, en la bajada de Pincullo, una piara de
burros, y como el sargento Parra, el jefe de puesto, había recibido semanas antes
calabazas de Nemicha, el celoso fue a decirle que ahora ella vivía con Félix y ganó
así su apoyo para desvalijar la casa. Rubén acompañó al grupo, pero se quedó lejos,
mirando el saqueo. Nemicha y Edgardo pelearon bien contra esa fuerza invencible; menos mal
que la muchacha tuvo tiempo de esconder en el terrado una talega con monedas de nueve
décimos, fuentes y cucharones de plata, y unas cuantas joyas. En vez de indignarse,
Félix soltó la risa imaginando la piara que se llevaba de todo, hasta gallinas,
chanchos, sillas de tres patas, canastas rotas y marcos vacíos.
¿Cómo? dijo. ¿Nadita
más se robaron? ¿Y mis zapatos viejos, y los poyos soldados a la pared?
Borracho no me gustas dijo
Nemicha. Borracho eres otra persona y te dejas dominar por Rubén.
Pa estar borracho me jualtan lo
menos cinco botellas afirmó con orgullo, y en una de las vueltas que le hacía dar
el gentío, recibió el pésame de Manuel Rosales, el hombre que había estudiado la Media
para seguir una profesión, cosa rarísima en el pueblo, pero que acabó de arriero al
morir su padre e hizo descansar a todos del temor de que pudiera ser distinto de los
demás. Esta vez Rosales le habló con extraño entusiasmo de la revuelta de Andaymayo.
Sí, ayer sintiendo estuve la bulla
y los balazos mintió Félix; en el atrio de la iglesia fue.
Rosales siguió dándole las últimas
noticias, como si apenas volviera de la refriega, y aun bajó la voz confesándole que
desde hacía dos años organizaba un sindicato de peones en Andaymayo y que éste era
sólo el primer estallido de una verdadera revolución.
Se lo dije así a Eladio Gómez,
cara a cara se jactó Rosales, suponiendo que Félix estaba tan borracho como otras
veces y que no le entendía gran cosa.
¿Y cuándo será el alzamiento?
se hizo el sorprendido.
Pronto, ya lo verá usted.
Per Velásquez en la cárcel está.
¿Y qué? No necesitamos a
vejestorios que nunca consiguieron nada bueno para los indios.
Per usted contratista de don Gómez
es. ¿O ya renunció, di?
Le mandé avisar que me largaría.
¿Ah, sí? Ayer con él estuve y
hablar bien le oí di usted.
¿Y qué dijo? ¿Cierto? ¿Y cómo
fue? Rosales abrió los ojos, interesado y aun alegre, pero Félix siguió
recibiendo los abrazos en ese velorio sin muerto, que la gente del partido de abajo,
desconfiada de los débiles huarus, había aceptado como válido, para no ir hasta la casa
de Rubén.
Se había prometido concurrir al entierro
y lo cumpliría. A los diez años, cuando murió su padre en la antigua casa-hacienda de
Ayaviña (vendida después a Eladio Gómez por una bicoca: el negocio lo arregló Rubén),
Félix tiritaba de frío y calor en su cama, con una gripe que le molió los huesos por un
mes. No pudo ir al sepelio. Ahora se propuso beber unas seis o siete copas, nada más, que
no le impedirían su obligación. El espacio que dejaron los muebles robados fue un
alivio: más y más gente atestó los cuartos y él sonreía pensando en los pocos
lugareños que acompañarían a su hermano. Pero tanto desfilaron sus amigos, abrazándolo
estrecha y tiernamente, y tanto le preguntaron cómo había muerto doña Patucha, quién
la había sacado del río y cuándo, si ella estaba completa o le faltaba algo, que dejó
la sala y ya no pudo oír la banda de músicos que se llevaba a su madre, directamente de
Pinculllo al panteón. Bebió y lloró, imposible calmarse. Nemicha le dijo después,
cuando ya se acostaban, que hubo una trifulca en el cementerio, que el cortejo de su madre
se dio con el de los indios asesinados en Andaymayo, y que ahí no más intervinieron los
síndicos, golpeando y apresando a los peones revoltosos. Perdido en balbuceos,
tambaleando, Félix le respondió otra cosa conforme Nemicha lo desvestía y comentaba:
Dios lo ha querido así, ellos jamás lo soñaron, pero ya tenían la casona para ambos.
Entonces él carraspeó, pero siguió gangueando: sentía a su madre a su lado, igual que
cuando de niño ella lo esperaba en el corredor y Félix se escapaba de la plaza durante
el recreo, después de jugar choloques y ñocos con sus compañeros de escuela. Sí, los
tres vivirían siempre juntos, sin ningún problema. Y no era que él respetara
excesivamente a los muertos ni estuviera loco o borracho, nada de eso. Lo decía muy
tranquilamente. Sentía a la vieja con ellos y no le daba miedo. Después de todo, su
madre lo había querido y sabía muy bien que él y Nemicha se amaban. No lo dijo con esas
palabras ni en ese orden, pero Nemicha lo entendió exactamente así.
Y a mí también me quería
dijo ella.
Y a mí también. Yo la vi caer del
puente, ustedes no dijo Edgardo, apareciendo de súbito en la puerta del dormitorio,
con el piyama viejo y abierto, incapaz de dormir. ¿O sea que siempre viviremos los
tres juntos?
¡No lo decía por ti! gritó
Félix. ¿Qué haces ahí espiando a los grandes? ¡Vamos, a su cuarto!
No le hables así al chico
dijo Nemicha.
Peor es mentirle ¿no? ¿Acaso lo
decía por él?
Gardo, no le oigas a tu tío.
Ja, ja los señaló el niño
con el dedo. ¿Ustedes se lo creyeron? Yo me tengo que ir un día de éstos, primero
a La Pampa y después a Lima, en cuanto mi papá lo ordene. Pero podríamos jugar a vivir
los tres juntos, o si quieren los cuatro con la abuela, como si ella no se hubiera caído
del puente. ¿Qué dices, tío?
¡Te callas o te pego! lo
amenazó Félix, semidesnudo y casi cayéndose de borracho, los ojos indignados, feroces,
llameantes.
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