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El feliz griterío concluyó. El patio de
cemento, con aros de básketbol colgados en el segundo piso, quedó desierto y aquí
dentro se estaba apagando, lentamente como se consume una vela, el vocerío de los
muchachos que retornaban a sus carpetas después del recreo, en espera de la nueva clase.
¡Fuentes, empréstame tu cuaderno!
¡Anda, no seas malito! le suplicó Romaní, volviéndose repentinamente a Edgardo,
y extendió su largo brazo por sobre la carpeta desocupada que ahora había entre ellos.
¡Y también a mí, a mí! se
levantó al fondo el gordo Sáenz, rogándole con las manos juntas.
¡Y a mí de refilón!
corrió hacia él y frenó como si patinara, el morenito Carrillo, risueño y
ocioso.
¡Tomen, copien lo que quieran!
rió él, entregándoles su cuaderno puesto al día y con los títulos subrayados en
tinta roja. Ya estaba acostumbrado a esas súplicas.
Cerró la tapa de su carpeta y quiso
seguir riendo; iba a burlarse de Sáenz, mintiéndole que el cuaderno era de otra materia,
pero más allá de la tapa cerrada vio de nuevo la carpeta vacía, y entre él y Romaní
renació aquella ausencia, aquel silencio en medio del barullo a medio apagarse, a medio
caer sobre algodones.
Lo mataron hace una semana, pensó, y se
puso en pie como los demás para recibir al único sacerdote del colegio Guadalupe, al
Padre Dicenta. La sotana verdosa y grasienta pasó a su lado, llevándose un cuerpo
pálido y amarillo, pero todavía fuerte. Yo no soy chupacirio, por ti seré, por ti
seré, canturreó bajito Romaní: una musiquita que era herencia del muerto, oída cada
vez que entraba el Padre Dicenta.
Volvieron a sentarse y reempezó la
letanía, la cadena, el sonsonete, la necesidad de estar bien con Dios, amiguitos míos,
participemos en la gran comunión estudiantil y universitaria del próximo domingo
(¡cómo pasa el tiempo, hace dos meses que estamos anunciando la fecha!); en contra de lo
que ustedes puedan oír en la calle o en casas de infieles (infieles: los libros y
películas se referían a beduinos, moros, sarracenos, cainitas y pieles rojas, pero muy
pocos de ellos recordaban a los chunchos, quechuas y aimaras), la institución de la
comunión lava nuestros pecados, y en el caso de niños como ustedes, establece desde muy
temprano un diálogo con Dios, un lazo permanente e indestructible.
Esa cara pálida y recién afeitada ya
tenía encima una capa de grasa; y al hablar, los gruesos labios como que echaban la
lengua afuera. Los ojos eran unos globos azules con manchitas de sangre en el lagrimal:
casi avanzaban solos entre las carpetas y parecían entrar y quizá vibrar en cada alumno,
mientras la voz se llenaba de paciencia y subía por una espiral, las buenas acciones, el
pecado, la verdad, la pureza, Dios, así, eso es. A todos les esperaba una fiesta el
próximo domingo. ¿Sabían lo que era una fiesta? Oh sí, por supuesto. Pero no una
fiesta cualquiera, de congas uno, dos y tres, valses como Clavel Marchito y polkas de
Karamanduka (el cura conocía bien los ritmos y dio sus vueltecitas frente a ellos,
bailando entre risas), sino una fiesta muy importante, una especie de Día de la Madre,
con ella recibiendo el homenaje del esposo y los hijos, todos juntos como para una
fotografía, sonrientes y dichosos. Edgardo vio a su madre sola, correteando día y noche
del comedor a la cocina para servirlo, atenderlo, adorarlo, ya que él ocupaba hoy el
sitio del padre ausente, y mirando por la ventana la horrible avenida Grau, como única
distracción. La dejo sola, no la acompaño ni a misa, le robo diez soles cada vez que
puedo, pensó. Así, como esa linda fiesta de la Madre, pero mil veces más espiritual e
importante (¡imagínense cómo será!), así es la fiesta que nos espera, el encuentro
con la hostia sagrada, con el cuerpo de Dios.
Pero hay que prepararse para recibirla,
hacer un examen de conciencia, disponerse a confesar todos nuestros pecados, sin miedo
alguno. Su corazón empezó a latir, lleno de culpas secretas, quemado por nuevos deseos:
cosas con mujeres todavía no he hecho, ¿por qué entonces me siento culpable? A ver, a
ver, ¿cuántas veces robaste diez soles, cuántas quisiste que la vieja estuviera bien
muerta para que pudieras recibir solo el dinero que manda el viejo desde La Pampa? Durante
todo el día previo a la comunión, en los salones habrá sacerdotes para ayudarles a
limpiar sus almas. ¿Cuántos de ustedes no han cumplido todavía con la primera
comunión? ¡A ver, pónganse de pie!
Edgardo y otro alumno más alto y mayor
que él fueron los únicos en levantarse. La mirada azul lo penetró largamente.
Tú eres Fuentes ¿no?
Sí, señor.
¿Cómo has dicho? ¡A ver, repite!
y la piel amarilla y cansada se le vino encima, los ojos extranjeros le cerraron
todo camino, ya no pudo moverse. ¡No soy señor, soy Padre!
Disculpe, señ.., digo, Padre.
La clase empezó a reír, pero se cortó
en seguida cuando la sotana dio una vuelta rápida y sonora, como las faldas largas y
coléricas de una mujer.
Con que Fuentes ¿no?
Sí, Padre.
¿Y por qué tienes las mejores
notas si ni siquiera te has confesado? Todo pura teoría ¿no?
Él chanca duro, Padre dijo
alguien atrás. En todo saca buenas notas.
La sotana se calmó, los ojos perdieron
su brillo, las manos se entrelazaron para quedar quietas, a la espera:
¿De qué colegio vienes, hijo?
De Chimbote mintió, incapaz
de decir Sihuas, para que no le preguntaran dónde quedaba ese pueblo serrano y
desconocido.
Pues bien, yo conozco Chimbote. Hay
varias iglesias. ¿O me vas a decir que no había párroco en el puerto?
Pero el Padre no iba a la escuela.
¡Era un Padre ocioso!
chilló el gordo Sáenz, como una mujer.
¡El ocioso eres tú que siempre
sacas once! el cura se volvió por un segundo a reprender a Sáenz, pero ya estuvo
mirando de nuevo a Edgardo. ¿O sea que no te prepararon para la primera comunión?
No lo creo, pero puede ser (¡No miento!, quiso gritar él, ¡No miento!) ¿Y tus padres?
¿No te llevaron a la iglesia..?
El sacerdote le dijo a mi madre que
cuanto más años tiene uno, más entiende la comunión.
¡Pero no tanto como hasta que te
salgan bigotes! dijo la mezcla de hombre y mujer, e hizo reír a todo el mundo.
Edgardo quedó en el centro de las burlas. Hoy vas a ver, pensó.
Todavía no tengo bigotes; mire
usted, Padre.
¿Mirar para qué? ¿Para ver que
eres el más alegoso de la partida?
Oh, no; la semana pasada le dijo
usted lo mismo a Llanelas, y él sí le enseñó su bigotito.
Los ojos azules quedaron inmóviles, la
boca gruesa se plegó, perdida, y oyó en toda la clase un "¡oh!" de asombro, y
después un silencio poblado de ojos muy atentos, listos como para seguir un duelo.
Sí, Llanelas: sonreía ingenua y
limpiamente a cada rato, así estuviera enredado ante un examen muy difícil, sin escribir
una línea. De súbito, luego de sonreír al papel en blanco, torcía la cabeza, buscaba a
Edgardo y ésa era la señal de su ignorancia; entonces él debía susurrarle las
respuestas, primero ante una mente ciega y negra que no comprendía nada, pero finalmente
una palabra o una cifra iluminaban a su amigo, que gritaba de dicha con una mueca muda:
¡había salvado el examen! Y en el patio le agradecía innumerables veces por su ayuda; y
por la tarde le invitaba al cine (el Monumental, el Roxy, el Capitol); y aun por la noche
se lo llevaba a algún chifa de la calle Capón, para él tan lejos de su casa.
Haces bien en recordármelo
dijo por fin el Padre, rehuyendo su mirada y enfrentándose a la clase entera.
Fue una desgracia, todos lo sabemos. Un muchacho tan estudioso y alegre, tan lleno de
esperanzas y de fe en Dios. Yo he sufrido más que ustedes, tal vez como sus mismos
padres.
Entonces ¿podemos dedicar la
comunión a Llanelas? Muchos guadalupanos irán si es así se atrevió él de una
vez. Y mejor todavía si usted nos hace el favor de hablar de Llanelas en el
sermón.
Llanelas parecía estarle aplaudiendo con
esas silenciosas muecas que le celebraban todos: blanqueaba unos ojos de tuerto,
gesticulaba como un payaso, su cuerpo se reducía o aumentaba de tamaño según a quien
imitara.
¡Un momento, vamos a ponernos de
acuerdo! De nuevo, la sotana paseó nerviosamente por entre las carpetas. La
comunión puede dedicarse a alguien ¿por qué no?, a un familiar enfermo o ausente, a un
amigo en desgracia, a todo un pueblo en guerra, por ejemplo. Se ruega a Dios para que nos
conceda una gracia y ese ruego se fortalece al comulgar, ¡claro que sí!, pero pensando
sobre todo en Dios, por encima de la persona a quien queremos. En esto no hay ningún
inconveniente. Pero si supones que voy a aprobar todo lo que ustedes hicieron aquí... ¡A
ver tú, muchacho! señaló a Sáenz con el dedo y casi lo alzó como a un
muñeco. ¡Tú no eres interno, pero te apuesto a que te metiste al comedor del
internado a protestar por la comida!
Sí, Padre dijo Sáenz,
inseguro; pero hemos nombrado a Fuentes para que hable por todos.
Era verdad. Como en un juego, en el
comedor había culminado la agitación de varios días. Los internos del salón (una mitad
de los alumnos, nada más) hablaban no sólo de la mala comida, sino de los horarios
estrictos que les impedían pasar el fin de semana en casa de un pariente o visitar la
biblioteca del colegio el montoncito de viejos volúmenes sin tapas, tirados en un
cuarto, con las hojas perdidas o rotas, o estudiar por unas dos o tres horas
seguidas, pues en lo mejor les apagaban la luz. Finalmente, estallaron en el almuerzo, los
frijoles volaron por el aire, los platos de arroz y la babosa mazamorrita de todos los
días embarraron el suelo, las sillas, la claraboya empolvada y cruzada de telarañas,
inclusive los ternos de los Inspectores: eso fue lo más grave. Llanelas había invitado a
Edgardo a almorzar en el internado y así él también pudo entrar en la pedrea
(¿frijolea?, ¿mazamorrea?) general, en el laberinto de cuerpos y silletazos.
Ah ¿con que es así la cosa? ¿Te
han nombrado? y ahora sí el duelo, las paradas desafiantes de ambos rivales, el
niño y el cura, los ojos del uno midiendo al otro. ¿Y me amenazan diciendo que si
es por Llanelas sí comulgan; y si no, no? ¿Y qué puede saber una partida de mocosos
como ustedes? Y que en el sermón hable yo también de política ¿verdad?
¿Política..? gangueó.
Nunca había entendido bien esa palabra. ¿Política, algo ligado al Apra y al comunismo,
dos sombras enemigas del Gobierno, pero que también le batían en el pecho, le hacían
temblar las piernas pensando en la policía?. Los guardias mataron a Llanelas, eso
es todo, Padre. Eso lo dijo "El Comercio".
En la calle lo había visto caer como si
bailara entre el laberinto de alumnos uniformados con la chompa celeste y la gran G en el
pecho: lo habían herido o muerto, cosa nada nueva para él que todavía soñaba con los
muertos y heridos de Sihuas; por eso fue el primero en darle vuelta, vio sus nuevas e
increíbles muecas, el asombro de Llanelas al ahogarse en su propia sangre, el ronquido
que no olvidaría jamás (una madera crujiente, un grito quebrado en dos pero no roto,
¿cómo explicarlo?), y después el colapso, el cuerpo enfriándose, la mirada ciega, sin
nadie al otro lado de esos ojos torcidos, aunque una especie de puerta siguiera abierta, y
Edgardo solo, pidiendo auxilio en la calle, gritando y temblando, rodeado de guardias.
Mataron a un inocente, sí, estoy
de acuerdo, pero ustedes, en vez de entregar el cuerpo a su familia...
¡Pero si no tenía familia en
Lima, Padre, era interno! ¡Sus papás vivían en Huancayo! ¿Entregarlo a quién?
¡No me interrumpas, mocoso!
el cura estaba acorralado, pero salió del cerco. ¡Si su familia estaba
lejos, el Director bien pudo correr con los gastos! ¡Yo fui a pedírselo y él me dijo
está bien! ¡Pero no! ¡Ustedes prefirieron robar el cadáver como si fuera un bulto y
pasearlo de un lado a otro, que vamos a San Marcos, que vamos a Guadalupe, y lo velaron
sin respeto alguno, en medio de arengas, y sólo al final lo sacaron a enterrar, vivando
al Apra y al comunismo! ¿Eso es política o no?
San Marcos: para él también fue
extraño, un puñado de guadalupanos (algunos todavía niños, como Edgardo) en esos
patios llenos de jóvenes y señoritas que infundían respeto; pero desde un comienzo los
recibieron como a hermanos menores, los aplaudieron e invitaron a encerrarse con el
muerto, odiando a todo el que estuviese fuera del edificio clausurado como una fortaleza.
¡La inexpugnable ciudadela de San Marcos!
No tenía casa para velarse
dijo él. Yo hablé por teléfono con su familia en Huancayo y su madre estuvo
de acuerdo.
¡Quién sabe no pudiste explicarle
bien! ¡En esos momentos uno está confundido!
No fue idea suya, sino de un líder
sanmarquino: hay que calmar a sus viejos, no vayan a ser unos reaccionarios que nos dejen
mal. Así empezó la cacería por teléfono, el padre o la madre buscados para ser heridos
por otras balas, por la voz de Edgardo que dispararía la noticia entre la penumbra de las
calles de Huancayo, a media cuadra de la estación del ferrocarril, una puerta verde
frente a una tienda de abarrotes, y la tienda pegada al Hotel no sé cuántos, el único
Hotel al salir de la estación, por favor, señorita, es urgente, tiene usted que
ayudarme, pidió a la telefonista, no sé la calle ni el número, sólo que no tiene
teléfono, hágala llamar desde el Hotel, yo no conozco Huancayo, él me contó dónde
vivía.
Oh, no, le expliqué bien. La
señora lloró, le oí muy claro dijo, pero sintió que la voz le fallaba, sus ojos
movían el pizarrón, mientras Saénz le ayudaba a responder durante ese minuto vacío:
Sí, Padre, la mamá nos dijo está bien, y que vendría al velorio del día siguiente, en
el tren de la sierra.
¡Sáenz, ya basta, tú te callas,
caramba! estalló el Padre, y Edgardo oyó la bofetada que recibía su amigo. Dejó
la carpeta y no se contuvo sino a un paso de la sombra, gritando:
¿Por qué le pega? ¡Entonces a
mí también! ¡Él no tiene la culpa! ¡No le pegue!
Todo es increíble, se dijo en el momento
del golpe que le rozó la mejilla y del empujón que él le diera para rehuir esas manos
de hombre y mujer. Increíble el laberinto que se armó en el salón, la palidez del cura,
la lentitud con que se apagaba su propia furia, tocar a Llanelas muerto en la calle, su
cara violácea, congelada para siempre (¡no podía ser!). Increíble ser acusado de
empujar a un sacerdote, a un Ministro de Dios, y ser llevado de las orejas por el Regente
hasta la Secretaría, donde esperó su suerte mientras el corazón le batía como nunca
antes, como nunca antes...
Esperó tres horas, de diez a una,
primero sentado frente al viejo Secretario que escribía a máquina o firmaba papeles, y
luego daba paseos cortitos de la puerta a la ventana, de la ventana a la puerta, haciendo
fuerza (no rogando, sólo haciendo fuerza) para que no llamaran a su madre y ella no
viniera a pegarle también. En sus paseos, mientras el Secretario respondía a un timbre
del Director, y entraba y salía lentamente, arrastrando los pies, hacia un despacho
grande y claro, se vio expulsado del colegio, con una carta en la mano que lo decía
expresamente y que le impediría estudiar en otros planteles; o arrinconado a golpes por
el Regente y el Director, pero él alzando los pies, defendiéndose hasta que los
muchachos de su salón vinieran a rescatarlo y lo alzaran en hombros; o llorando ante el
Director, pidiéndole perdón: Hágalo por mi madre, señor, se le va a partir el alma (la
frase favorita de ella: Me partes el alma ¿eres mi hijo o quién eres?).
Oh, no, eso no sucedería. Mejor
discutiría abiertamente con el Padre y el Director, sentados en esos mullidos sillones
que entreveía por la puerta, una discusión limpia sobre Dios, la vida y la muerte, y los
dos hombres asombrados de la sabiduría del niño que en todos los cursos sacaba dieciocho
o veinte. Pero quizá tampoco sucedería así, sino caería de nuevo en la silla,
temblando de miedo, hambre y frío, abandonado hasta por la noche en el gran edificio,
preso como Velásquez y Rosales, pensando en la maldad de los hombres, en las injusticias
de la vida, en el sufrimiento de los líderes estudiantiles detenidos hacía dos días en
la Prefectura de la avenida España.
Y de pronto, la voz del Director: ¡Llame
usted al Padre Dicenta!
El viejo Secretario trató de correr,
pero Edgardo tuvo que empujarlo con los ojos para que saliera al patio y tuvo que hacer de
nuevo mucha fuerza para recobrarlo. A las doce y media sonó la campana y el Padre Dicenta
pasó sin mirarlo, directamente hacia la temida puerta, hacia los sillones mullidos. El
corazón volvió a batirle; sentado, restregó sus manos innumerables veces, hasta oír la
puerta bruscamente abierta, la mancha negra pasando rauda, otra vez sin mirarlo, y el
grito del Director entre el silencio y la espera: ¡Que pase el chico! ¡Vamos a acabar de
una vez!
Increíble; estaba temblando en el baño
(no lloraba, ni sollozaba, eso nunca), con la voz del Director en sus oídos: Ya sabes,
chico, basta de líos y de indisciplinas. ¿Qué más quieren ustedes? Ya hemos tenido un
muerto. A la tarde vuelves tranquilamente a tu salón y te portas como si nada. El Padre
ya no le pegará a nadie, de eso puedes estar seguro; pero si tú o tus amigos vuelven a
fastidiarlo, los expulso ¿entiendes? ¡Los expulso en cinco minutos, aunque después
hagan ustedes una huelga y me boten del puesto! ¡Eso a mí no me importa! ¡Los expulso y
se acabó, y también al cura, si molesta mucho! ¿Entiendes?
Sí, señor había murmurado
feliz.
Esa fue la aproximación al enemigo;
luego vino la decisión de no comulgar, tomada por mayoría de votos. Para el domingo de
la comunión pascual ya sabían qué hacer. Los del quinto año, que servirían de enlace
con los dirigentes de San Marcos, habían celebrado sus sesiones, emitido sus órdenes,
cronometrado sus relojes, como en una película de "comandos". Los demás
obedecerían a esos jóvenes fogueados. Ahora, al asalto.
Desde las siete y media de la mañana
empezaron a llegar los suyos, todos bien limpios (pobres-pero-limpios: ¿qué sería del
maestro Lara?), y otra vez uniformados con la chompa celeste de Guadalupe. Se ubicaron
frente al cine Ritz. Los muchachos espías vigilaban los emplazamientos de la
concentración y transmitían sus informes: los colegios de niños y niñas bien en la
plaza Bolognesi, los universitarios merodeando por María Auxiliadora, en un de-sorden de
hombres y mujeres entremezclados que era una envidiable libertad, una muestra de madurez y
poder. A las ocho llegaron dos sanmarquinos de terno y corbata y trasmitieron las
órdenes. El ataque iba a ser combinado, entre pinzas lanzadas desde la avenida Alfonso
Ugarte por los guadalupanos, y desde la calle Walkulski por los sanmarquinos. Cada cual
tenía su objetivo: colegiales contra colegiales, sanmarquinos contra chupacirios de La
Católica.
A las ocho y cuarto avanzó junto a
Sáenz, los únicos chicos en el primer grupo de cincuenta alumnos. Marchaban decididos,
pero sonriendo ingenuamente, como si fueran a comulgar también. La sonrisa fue como un
pasaporte a fin de avanzar entre los colegios de muchachos ricos, blancos o aun rubios, de
vistosos y caros uniformes, que los miraban con cierta sorpresa. La señal convenida iba a
darse apenas quedaran frente al último plantel de varones y al primero de muchachas.
Faltaban unos veinte pasos, diez pasos, cinco pasos, esta vez la sonrisa fue una mueca
irónica, escondiendo la verdadera intención. ¡Ya!, estalló una voz coreada por muchas
otras, y entonces comenzó el trabajo de tábanos y abejas, que picaban por todas partes a
un enorme cuerpo a fin de enloquecerlo. Los mayores contra esos jóvenes engreídos de los
colegios particulares, y los más chicos como él contra las muchachas, en un laberinto de
cabelleras, blusas y faldas, y sobre todo, oliendo la carne tibia y blanda de nalgas y
senos, que por primera vez tocaba, pasando de un griterío a otro, de una formación
ordenada a una línea suelta y muerta de miedo, y finalmente creyó ver la retirada
general del enemigo, en medio de órdenes roncas de que no volvieran más por ahí.
Pero, no, no, su misión no había
concluido. Lo rodeaban cinco o diez chicas, todas asustadas. Se lanzó contra esa especie
de pared y la abrió en un segundo, pero se cayó, y de nuevo vio la pared intacta, el
anillo de piernas blancas y misteriosas. Agarró una pierna y provocó un escándalo, pero
sólo con amagar que golpearía a la dueña quedó aislado y triunfante, sin nadie que se
le opusiera, excepto una muchacha de su edad, aunque más alta y un poco gruesa, bella y
de ojos y porte desafiantes. Le gustó ese orgullo herido, pero también el tiempo que
ella demoró en examinarlo, la valentía con que se mantuvo quieta mientras él avanzaba,
hasta que en el último instante ella huyó, enseñándole de nuevo lo hermosa y adorable
que era. Unicamente más tarde llamó desdén a ese orgullo, pues la muchacha ocupaba, a
la vista, mejor posición que el rapazuelo de pantalones ajados y zapatos viejos, que una
vez, allá en Sihuas, había creído ser (y quizá fue) el más rico de su clase.
Corrió hacia María Auxiliadora, donde
la resistencia no cesaba. Una inesperada fuerza de apoyo enemiga había salido del templo,
a mitad de la misa, y pretendió impedir que sanmarquinos y guadalupanos juntaran sus
vanguardias, pero les bastó un puñado de alumnos de refresco apostados en Guzmán Blanco
para desbaratar la oposición. Autobuses y automóviles habían frenado su marcha en plena
calle, los combatientes huían o perseguían a sus presas, todo era una fiesta alegre y
violenta, y a Edgardo ni siquiera le importó haber caído dos veces, porque había
peleado como debía, citando a los de su edad en los jardines, como en las orillas del
gran fuego que más allá envolvía y calentaba a los otros.
¡Vamos, ahí vienen los guardias!
oyó una nueva voz de orden, y supo que la carrera final sería hasta el Campo de
Marte.
Dos horas después, con sus chompas
envueltas en un periódico, Sáenz y Edgardo volvieron por la plaza Bolognesi,
fingiéndose un par de muchachos que gozaba del domingo, pero sin descuidarse de las
esquinas, donde podrían quedar algunos enemigos.
No hay nadie, hom dijo
Sáenz. Entremos a Taormina a tomar un helado ¿ya?
¡Aguanta! casi gritó.
¿Era la misma figura? De espaldas y por
el uniforme parecía que sí. Iba con una amiga, pero sólo hasta la esquina de la avenida
Arica, donde la despidió y al volverse se dio con Edgardo, con su dicha de encontrarla.
Pero ella recordaba muy bien la trifulca; se sobresaltó, temerosa, le lanzó una mirada
de odio y allá continuó su camino, mientras él se propuso seguirla. La hubiera seguido
así lo llevara directamente a una trampa.
¡Ven, no seas animal!
Ella cruzó la avenida Alfonso Ugarte,
frente a DOnofrio, y él también. Ella se detuvo ante un portón de madera noble,
sin duda muy lujoso diez años atrás, pero ahora sólo confortable. Cuando tocó el
timbre, una voz la llamó desde el balcón: ¡Sube rápido, Lucha! ¿No te pasó nada,
hija? ¡De aquí lo vimos todo! Edgardo también se detuvo, aunque ella se volvió con
cólera:
¡Fuera de aquí! ¿Crees que no te
reconozco? ¡Tú casi me pegas hace un rato!
Y tú me gustas mucho se
atrevió a decir, como si alguna vez hubiera dicho lo mismo a otra chica.
La muchacha le sacó la lengua y entró
en la que parecía ser su casa, pero al menos ya sabía cómo se llamaba, dónde podía
buscarla, tarde o temprano.
¡Vamos a quitarnos, animal! seguía
empujándolo Sáenz, hasta que lo obligó a correr. ¿Y si sus viejos llaman a la
policía?
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