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Vamos, tú lloras no más y le dices gritando Aluvión es,
agüela, a Calia esta misma noche llévame.
Bueno, tío.
Y aura diuna vez díselo; yastá escureciendo.
¿Le digo
primero o primero lloro?
Diuna
vez, hijo; te doy cinco soles más.
Abuela...
Diez minutos de pataleo y llanto, y por
fin su tío los despidió en el enorme portón, reseco y claveteado: Cuídate, mamita;
chau, sobrino, pueden quedarse allá una semana o dos, no hay apuro, por mí no se
preocupen.
Pues ya está, ya huía de la mangada y
mañana aun tendría su propio sol hinchando el aire y podría dormir por la noche. Sería
un buen ensayo para la vez en que se marchara definitivamente a La Pampa, donde vivían
sus padres; pero lo avergonzaba la soga que ataba sus piernas a la montura y el no
sostener las riendas, sujetos ahí adelante al caballo de la abuela. Menos mal que lo
acompañaba la linterna, prendida del pecho de su bestia.
Subieron por la calleja del mercado,
sinuosa como el espinazo de otro animal sobre el que cabalgaran también. Se bamboleó
hacia unos tímidos lamparines entrevistos por las puertas, hacia los charcos hablando con
la lluvia, hacia el remolino de gritos y órdenes en la boca del primer puente. Como
subido al segundo piso de una casa, vio la mezcla del río con extraños bultos, oscuros y
flotantes, y con el ladrido de perros tan desesperados como los hombres; y más allá del
recodo, un haz de miradas, de luces en tubos de vidrio y armaduras de alambre. Fue como si
las linternas se reconocieran y saludaran.
La abuela empezó a llamar a los
sihuasinos por sus nombres, pero aun así no los dejaban pasar fácilmente. ¿Y si todos
estuvieran exagerando el peligro? ¿Cómo explicar, si no, una risotada en plena marcha,
un grito de hombre que fingía ser el de una loca, unos ruidos obscenos de estómagos
cargados?
¡Gardo, lagarto! oyó una voz. ¡Lagarto, comeharto!
¿Qué es
eso de llamar así a mi nieto? lo defendió la abuela.
Es Quiñones dijo él.
¡Qué
Quiñones ni ocho cuartos! ¡Un malcriado!
¡Jajay, bien bromista la señora! gangueó
Quiñones. ¿Pórque si van de Sihuas, si la mangada nues pa tanto? ¿Le llevo la
lenterna a Gardito, señora?
Quiñones desprendió la linterna y por
un momento correteó dichoso sobre el fango, haciéndole olvidar todo lo fastidioso que
era en la escuela.
¿Ti vas a la costa, Juentes?
Oh, no. Acompaño a mi abuela a su fundo de Calia.
Así es;
tengo que vigilar a los peones partidarios
le ayudó ella a mentir.
Yo pensé tal vez mañana jugando istaré bolas con Juentes.
¿Qué dices, di?
¿De veras? preguntó ansioso.
De veritas, pues. ¿Caso istoy mentiendo?
Quiso frenar a su bestia, tirando de las
crines, no podía de las lejanas riendas. Hasta sintió deseos de obsequiar a Quiñones el
poncho de vicuña que llevaba debajo del de jebe: su amigo sólo tenía un retazo, un
tapahombros encima de la chompa floja y deforme, sin duda obsequiaba también. ¡Y la
soguilla con que se apretaba la cintura, y abajo los bordes rotos y desflecados de sus
pantalones!
¡Abuela, me regreso con mi amigo! dijo de súbito,
olvidando por completo su promesa al tío Félix, pero sólo fue para oir la risotada de
Quiñones, que huía llevándose la linterna.
¿De quién son estos malditos caballos? gritó una voz
indignada. ¿Cómo se les ocurre traer bestias? ¿Y si el puente no aguanta?
¡Corre, hijo, tenemos que cruzar! le susurró la
abuela. ¡Te devuelvo las riendas, pero apúrate!
¿Y la linterna? dijo, por demorar su decisión.
¡Qué linterna ni ocho..!
Tuvo que seguirla entre el gentío que se
apartaba en manchas negras y viscosas. Por el repentino y salvaje rumor del agua, supo que
había entrado en el primer puente (una parrilla de maderos mal cubiertos por ramas y una
capa de barro que se disolvería como azúcar en el agua); más allá, el silencio, la
playa de cascajo y arena, y nuevos mecheros y lamparines que avanzaban en procesión,
alargando sus llamas por el viento. Y ahora venían, volaban hacia él dos guardias con
sus capas abiertas, azules y rojas, gritándoles algo y deformando sus caras a la luz de
un relámpago. Siguió de largo, ya no podía parar; la abuela se retrasó un poco y quiso
darle una orden, o sólo decir su nombre, pero él sintió el frío de un nuevo
precipicio, un nuevo puente (sobre el Grande, tenía que ser), y allá se fue contra el
mar de antorchas de la otra banda.
¡Pasa, está pasando, ya pasa!
¿Pasó? ¡Sí, pasó...! el gentío lo aplaudía, un hombre lo desató de la
montura y lo puso en el suelo, una mujer lo besó, una niña se lo estuvo mirando,
acabadita de llorar. Pasaste, chico. ¿Quién lo hubiera creído?
Su otro tío, Rubén, hermano de Félix,
vivía por la cuesta de Agocirca, que justamente empezaba. ¿No estará mi tío? ¿Quién?
¡Don Rubén Gambini, pues!, se alistó a decir, pero no le salía la voz por el crujido
de vigas que agonizaban y cedían más abajo. ¡Se cae el puente! ¡El río se lleva las
casas! Trepó la cuesta con la muchedumbre, primero erguido y en silencio, pronto doblado,
medio caído, arrastrándose por el fango, no había más remedio. Lo levantó una mujer
desconocida, después una pura sombra que respiraba sin hablarle, y entró en otra
avalancha opuesta de piernas y gritos.
Se detuvo un instante, exigiéndose así
fuera una muestra de valentía, una sola, pero evitó decirse que frenaba únicamente al
ver la casona del tío Rubén. Casi se estrelló contra el portón, golpeando y llamando.
¿No había nadie? ¿Lo que se llama nadie?
De nuevo se echó a subir, pero ya
gritaba sin parar. Bultos de asustadizos lugareños cruzaban ante sus ojos, así como los
pájaros cruzan el cielo, para esfumarse en seguida. Oyó las campanas del pueblo tañidas
por un loco. A duras penas continuó el ascenso, sintiendo que llevaba en las manos su
salvación y su desgracia, sin poder predecir cuál de ellas se cumpliría al término de
la cuesta.
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