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Dos semanas de lluvias y la mangada
seguía azotando Sihuas, sus tejados buenos, sus miserables casuchas de adobe o el escaso
verdor de chacras y bosquecillos. Un tejido de acequias lo envolvía todo y por poco
inmovilizaba a lugareños y animales. En la vasta provincia, desde la famosa y rica
hacienda de Urcón hasta el pueblo grande de Pomabamba, el cielo se limpiaba de borrascas
sólo por las mañanas; por un rato las nubes perdían sus vetas de humo, los cerros se
pintaban de nuevo, colgados sobre la cañada por donde corrían juntos Sihuas y sus dos
ríos, el Chico y el Grande: la aldea y esas culebras sucias, los cuchillos que anualmente
deslon-jaban un tramo de las orillas, robándose cuerpos y sementeras. Si entonces había
sol, estaba herido, legañoso y taciturno; era apenas un intervalo: sin que la luz o el
ánimo hubieran creado esperanzas de buen tiempo, el cielo volvía a cerrar el puño y la
lluvia cruzaba sus látigos por veinte horas más.
A Edgardo le pareció el diluvio. Aunque
a salvo en la vieja escuela, sentía la lluvia en plena cara y no oía la clase, sino los
chubascos unidos por silencios cortitos, por látigos y sogas, por repentinos e invisibles
baldazos. Chorros negros arañaban los muros y él hasta veía correr (no lo soñaba)
oleajes por el patio, cuyo empedrado desaparecía a cada rato en el agua.
Gashdo, Gashdo volvió a
llamarlo su vecino Quiñones, el alumno más alto y desaliñado: se amarraba los
pantalones con una soguilla y tenía los pies descalzos, acribillados de liendres y
heridas; pero vivía tan feliz que Edgardo lo envidiaba. Oye, costeño, aurita se
abre el techo, la lluvia mete por ay su mano y te lleva al pantión, a ti solito y de
noche.
¡Y todavía el maestro Lara seguía
dictando su clase de Botánica y arrastraba tranquilamente las bocazas de sus pantalones
por el piso de tierra! Todo parecía correr por delante de él y que no quisiera
alcanzarlo. Su serrana voz de altibajos mezclaba sonidos de hombres y niños: la lluvia le
caía también en la voz y se la cortaba en pedazos, o entraba en el salón como un hombre
invisible y sembraba de huequitos el suelo, con la fiereza de balas.
Detrás de Edgardo había una ventana, un
forado sin marco ni vidrios. No le entraba una gota de agua, tan sólo el frío, una
mirada profunda que lo desnudaba. Quiso espantar ese frío con la mano, pero un relámpago
se llevó el patio y le devolvió otro, y aunque iba a contenerse, huyó soltando sus
cuadernos en el momento exacto del trueno. Una risa general lo dejó sin aliento en medio
del desorden de miradas y carpetas. Quiñones había imitado el ruido y sólo ahora el
verdadero trueno rajó y dividió el aire y las cosas, y efectivamente como si lo viera,
alguien (¿San Santiago?) cabalgó entre las nubes por sobre un cerro de metales.
¡Tú, Queñones, pa juera!
gritó el maestro. ¿Pórque metes bulla? ¡Váyate y póngase en medio del
patio, carachu! ¡Il más brutu y sucio de la escuela! ¿No hei dicho que todos vengan
pobres pero limpios, aunque sea remendatitos pero limpios?
Quiñones salió al patio con sus
disfuerzos de gracejo y metió los pies descalzos en el agua, enfriando aún más a
Edgardo.
Iste niño Edgashdo Juentes
lo señaló Lara, ha veníu de la costa y no se halla tuavía en Sigüas. Su
máma de él sershana es, diáqui, com nusotros. Hay que ser güenos con él. Estudioso es
¿no? Il premero de la clase y viene siempre limpiecito. ¿Mian óido? ¡Is lóltima vez
que digo!
Soy pobre pero limpio, pensó Edgardo.
¿Y a quióra viene tu ama a
llevarte de la manito, Gardo? le preguntó una nueva voz maligna.
En eso pensaba también, en la tardanza
de Simón que ya debía venir a llevárselo a casa. ¡Pues lo acusaría ante la abuela y
ella le daría una tunda, dejándolo patas arriba en el barro! Otra risotada envolvió la
clase. ¿Cómo, habían visto por dentro de su cabeza? Sus compañeros festejaban las
ocurrencias de Quiñones: descontento porque nada sucediera, había cambiado de sitio, y
poniéndose bajo la línea donde goteaban las tejas, recibía los chorros en la cabeza y
la boca, gritando la felicidad. Edgardo lo miró varias veces para convencerse. Y luego el
idiota de Simón surgió por el tubo del zaguán y se puso junto a Quiñones, riendo
tontamente como los niños grandes y pobres que no van a la escuela. Edgardo acabó por
imitar la risa de Quiñones y la clase entera celebró sus extraños ruidos.
¡Güena, mariconcito! dijo
Cárdenas, compañero de carpeta de Quiñones. ¡Así me gusta, hom! ¡No tengas
miedo!
Sí, sí, debía sacudirse el miedo,
parar sus dos o tres corazones temblando por todo el cuerpo, pero esta vez también algo,
quizá una explosión, cortó su alegría. El puño del maestro había remecido el
pupitre.
¿Istán en el corraal, acasu?
¿Qué, son alumnos o qué?
Somos qué dijo apenas
Cárdenas.
¡Qui qui ri quí! cantó el
mojado Quiñones, agitando los brazos.
Lara empuño su gruesa regla y estuvo por
salir al patio a castigarlo, pero desistió y se vino por entre las carpetas, golpeando
indistintamente las cabezas. Edgardo sintió que le hundían una línea de fuego, un
cuchillo enredado entre sus pelos, imposible desprendérselo. Indignado por la injusticia
acentuó su apariencia tímida (era uno de sus hábitos), para que alguien lo defendiera,
Simón quizá. Fue en vano. El indio templaba su hondilla amarrada a un callapo y se
divertía tirando pedrezuelas a un blanco invisible. Entonces volvió a leer
"Botánica" en la pizarra (los títulos cambiaban a cada hora) y se puso a
pensar en estambres, pistilos, corolas, hojas con nervaduras conocidas y desconocidas, de
entre cuyo follaje brotó su emponchado y hosco tío Félix, el hermano de su madre
ausente.
¡Tío! gritó de pie,
haciendo señas al hombrón de lustroso poncho de jebe, gran sombrero y botas de amarras
cruzadas, sonoras como el hierro. ¡El señor Lara me pegó! ¡Yo no hice nada!
Ningún alumno apoyó su queja. De nuevo
miró esos pelos hirsutos, esas mejillas quemadas por el frío, las manos sucias de tinta
y barro, las enormes uñas negras, todo lo que él no tenía. ¿Cuándo iba a entender a
sus compañeros? Y en medio del silencio, otro trueno que esta vez nadie imitó.
¡Alumno Juentes! bramó
Lara.
Sí, señor.
¡Váyate con el ñor Juéliz!
Salió entre burlas y aun debió
exhibirse en el corredor mientras su tío le ponía el poncho de vicuña y el sombrerito
de jebe cosido por la abuela.
¿Y mis guantes? dijo en voz
baja.
¡No seas friolento, hom! le
reprochó su tío. Aquí nadies usa. ¡Simón, anda, vete no más, nosotros
seguiremos atrasito!
Ya en la calleja, el hombre lo puso de
espaldas contra el desnivelado y sucio muro de la escuela y le pegó su gran cara sembrada
de poros y mal afeitados pelos. ¿Lo protegía de un huaico despeñado en ese instante o
lo besaría en una súbita muestra de cariño que borrara su frialdad habitual? O quizá
lo soltaría con la misma prontitud con que lo había asido, ademán explicable por sus
continuas borracheras. Aunque no, ya veo lo que es, pensó: un papelito para Nemicha
firmado Tuyo, Félix.
Hoy no, tío, por favor.
¿Qué te duele, chico? ¿Y esas
muecas? ¿Comistes quién sabe carne de chancho en el almuerzo? ¿O te pegó
Pobreperolimpio?
Resistir estaba de más.
Bueno, bueno, le llevaré el papel.
Dámelo.
¿Qué papel, mocoso?
El que has escrito.
¿Cuándo, pues?
No sé
¿Qué hablas, niño? ¿A quién lei escrito?
A Nemicha.
Tía Nemicha le corrigió. ¿A ver di Tía Nemicha?
Tía Nemicha, tío.
Per nuay ningún papel. Los
goterones reventaban por sus cabezas y una niebla subía desde el suelo, perfectamente
separada de la lluvia. No, hijo, hoy otra cosa es... sintió por encima del
poncho, en una extraña caricia, esas grandes manos manchadas de tanino que fabricaban
monturas y jatos en la mesita del traspatio. Di la verdad, Gardo. ¿Tienes miedo al
aguacero o no te gusta la escuela? ¡Anda, no se lo diré a nadies!
La duda lo ofendió, aunque parecía
sincera.
Di la verdad y nos vamos. La lluvia
muy juerte está.
¡Me da mucho miedo, sí! ¿Por
qué no me entienden?
Pero el hombre acuclillado no se movía:
Más pior que aguacero es, hijo;
aluvión es. Los dos ríos están llenos, asisito, rebalsando. Per conmigo estás, no ti
asustes... le hundió los dedos en sus brazos, y esos ojos negros, de tanto
mirarlos, se volvieron una sola mancha con las cejas pobladas y los curiosos pelos en
pómulos y mejillas. Miaces un favor ¿ya, hijo?
¿Cómo?
Más miedo ten.
¿Cómo?
Que más miedo tengas.
Entón... iba a decir algo pero se le olvidó.
¡Todito el miedo que puedas!
¿Adónde, tío?
¿Cómo aónde?
Perdón, quise decir por qué.
¿Miaces ese favorcito?
martilleó la voz, la sombra, el bulto (¿también había bebido?: pero no olía a
alcohol como otras veces) que lo tomó de la barbilla, para que no se distrajera mirando
las casas encogidas por el frío, los portones lavados a la fuerza . Te lo ruego,
¿mi oyes?
Bueno concedió al fin,
pensando que, en efecto, podía aumentar su miedo a voluntad y echarse a temblar más de
lo debido.
¡Así, hijo, así! le animó
su tío, cambiando de pierna y siempre en cuclillas. ¿Ya sientes como pasitos de
muerto, ya ves la noche llena en el patio y los perros aullando como pelados por agua
hervida?
Imaginó la noche, el patio ojeroso, los
aullidos.
¡Eso es! el hombre estaba
entusiasmado: la cara le había crecido, era un extraño animal acechándolo sin
cesar. Así, mi Gardito, tú siempre bien bueno eres... Apenas los dos lléguemos a
casa le dices a tu agüela que tienes mucho, pero mucho miedo, que loco te volverás si no
te lleva al fundo de Calia; ahí llueve menos ¿sabes? Y di no, a temblar te pones como
enjuermo de tercianas. Si ella dice ya pasará, hijo, cálmate, pórque eres así, tú
lloras y dices gritando: Un aluvión es, a Calia llévame. ¿Mi oyes..?
De nuevo dijo que sí, sólo para pedir
¿Nos vamos ya? Me estoy mojando mucho. Me voy a resfriar y después la abuela...
Primero esto toma.
Le abrió la mano mojada: no era una hoja
seca y milagrosamente fuerte a la presión de sus dedos, sino un billete de cinco soles,
idéntico al que veía entre las cartas de su madre, fechadas en La Pampa y escritas con
esa letra clara y muy dibujada: Niñito Edgardo Fuentes, Sihuas, Provincia de Pomabamba,
Ancash. Fina atención de su abuela Patrocinia.
¡Qué ocurrencia! ¡No te
molestes! dijo, pero vio con asombro que su puño ya se había cerrado sobre el
billete.
Su tío parecía feliz:
¿Listo, sobrino?
Listo.
Per sólo ten miedo hasta que
hables con la agüela; despuesito te ríes de la lluvia y los truenos. Nuay fantasmas en
la tierra; yo mismo cuento historias de muertos y aparecidos, per por puro gusto, pa pasar
el rato. Te dejuro, sobrino, cada año veo no sé cuántos muertos por las riadas y ando
de noche y sin linterna por caminos desgraciados, llenecitos de precipicios. ¿Y qué me
pasa? ¡Nada! ¡Un hombre no debe asustarse de nadies! No quiero que haiga nesidad de
shogmarte, tú sabes, bañarte con afrecho y flores pa quitarte el susto.
Oh, no ¿para qué? dijo
él.
Pues entón vamos corriendo. A ver
quién gana.
Las botas de su tío resonaron como
troncos y el poncho lo volvía un pájaro torpe, corriendo en vez de volar. Lo siguió
hasta la punta de la cuesta. Ahí empezaron a cruzar la gran plaza desnuda y barrosa, con
la pila no sólo como único adorno sino como único descanso de los ojos. Las casas
flotaban dentro de jaulas de hilos de agua, rayas, alambres y neblina. Entretenido en la
marcha, quiso examinar su propia jaula, y cuando miró al fondo había junto al hombre una
muchacha esbelta, de hermosos ojos negros, mejillas chupadas y pañolón cubriéndole la
cabeza, pero no el grueso río largo de sus cabellos.
Se conocen ¿no? dijo
Félix. Mi sobrino Gardo. Y tú también a ella. Tu tía Nemicha es.
¡Tía! manoteó ella a
Félix resoplando de risa o de frío. No le hagas caso, chico. ¿De dónde voy a ser
tu tía?
Falta poquito... y ambos
rieron, mirando divertidos a Edgardo.
La había visto varias veces conversando
con la abuela: "Usted es como una madre para mí, madrinita". "No digas
eso, muchacha. Solita te has ganado un lugar en la casa; se te extraña cuando no
estás". "Ha venido un cliente por papas y cebada, madrinita; pero usted no se
mueva, yo subiré al terrado a medir los almudes. ¿Le traigo su bordador o el huevo para
zurcir?" "Aprende, Félix, ella no me deja hacer nada y tú ni puedes bañarte
solo". Y también había sentido celos de cómo la acariciaba la abuela: abrazadas
como madre e hija entraban en el comedor, así como ahora Nemicha se llevaba al tío
Félix para hablarle al oído.
Juerte no más habla, si quieres
dijo su tío. Gardo ya sabe que apenitas mi mamá se vaya con él a Calia,
nosotros dentraremos en la casa.
¿O sea que era eso? Pero ¿qué era
exactamente eso?
¡Eres un loco! volvió a
manotearlo Nemicha, riendo con la boca tapada. ¡Cierra el pico! ¡A lo mejor en la
puerta del horno se te quema el pan!
A tu muchacha la mandas con tus
cositas a la tienda de don Gonzáles prosiguió su tío, como si nada. Mi
máma se va y entón te mudas aprovechando el aguacero. ¿Y quién te sacará de mi
cuarto, di? Y luego vendrá eso que tú quieres. Mi palabra te doy.
Se dieron la mano y el hombre besó sus
propios dedos.
¡Ya verás si no cumples!
lo amenazó ella, pero en broma.
Gardo es testigo. Nos casaremos después.
¿Cómo, tío? dijo él.
Sinvergüenza, contigo de maestro
el chico saldrá que ni pintado. ¿No le buscaste una niña para él también?
Su tío lanzó una risotada desafiando la
lluvia, el barro, el trueno y los relámpagos. Y Nemicha rió también, esta vez sin
taparse la boca y pegándose a Edgardo. Los vio reir como si la pareja comiera y él
estuviera hambriento. Y por fin se largó a imitarlos, sí, sí, mejor que a Quiñones,
olvidándose un poco de todo y quizá hasta flotando en el aire, dejando de pisar el
eterno fango. ¡Fue tan hermoso!
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