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21

 

Dos clases de personajes luchaban en Sihuas por ser los más importantes: los hombres y los caballos. Frente a ellos, los demás estaban descalificados, en especial los burros medio cubiertos por la carga y subiendo penosamente las cuestas. Las llamas no contaban, sólo las vi de paso una vez, cuando encarecieron mucho los burros y cruzó una piara de ellas, cargadas de metal o quizá de carbón; y tampoco las mulas, que si bien eran más fuertes y a veces más caras que los caballos, jamás los igualaban en belleza, porte o elegancia. Un potro despertaba más admiración que una mula; aun entre los niños corría la historia de que algún burro pecaminoso y alguna yegua perdida se habían encontrado en la sombra, y de ese oscuro cruce de caminos había nacido la mula. Y los bueyes, idiotas y perezosos, tampoco llamaban la atención, y así era con los cerdos, cuyes y gallinas; existían sólo para servir a alguien, como los pobres en una casa rica.

En cambio, montar a caballo era como subir al techo de una casa, sentir la tierra moverse en un dulce temblor, abrirse ella y girar en abanico por el turno de los viajes. El ritmo de los cascos era el caer de unas gotas de agua, el tañido de una campana metida en la carne, o un simple golpe en la tierra, como las pisadas de un hombre que alguna vez había avanzado de cuatro pies y ahora estaba arriba, de jinete, oliendo la hierba dentro del animal y de sí mismo. Y cuando el jinete volvía de la chacra, a medio galope, y desmontaba para reunirse con la familia y entregaba las alforjas llenas de comida o fruta, sólo entonces el animal se despedía con un relincho, y se iba a dormir entre pasos que eran gotas de agua sobre campanas.

Con el viaje definitivo a la costa murió esa armonía, ese reinado de los jinetes. En el tren de Huallanca, y luego en el camión de mudanza, no hubo sitio para los caballos, árboles o perros. Subimos huérfanos. Las bestias quedaron proscritas de la ciudad, y en vez de potreros o establos, se construyeron garajes para los todopoderosos coches que dominarían las calles. La gente olvidó que los caballos eran tan delicados que podían vivir también en casas frágiles; no había sino que recordarlos montados por mujeres, niñas o ancianas, a quienes cuidaban como con guantes, arrimándose a los pedrones del camino para que ellas subieran fácilmente a la montura, o pasándoles el coraje a través de la sangre, si las ganaba el miedo por los grandes viajes que hacían rodar el mundo.

 

22

 

En medio de sus idas y vueltas a la escuela, y de sus largos paseos con Andrés por la campiña, llegó el 10 de marzo, fecha de su cumpleaños. A la hora de almuerzo vio en la mesa, frente a él, un paquete ancho y pesado. Un año antes se habían olvidado de ese día y él se fue a pasear solo por el río, tratando de añadir su propio olvido; pero acabó llorando. Por eso la sorpresa fue aun mayor. Al romper bruscamente la envoltura (ademán que le quedaría para el resto de su vida) y caer pedazos del papel multicolor, tuvo que abrir bien los ojos. No sólo era un libro de verdad, sino que pesaba, tenía buen tamaño y estaba bien encuadernado; sin importarle que fuera usado, se levantó en seguida y fue a besar a papá y a mamá con auténtico agradecimiento. Luego hubo un silencio que nadie rompió. Papá dijo: "Por los diez primeros años de Pablo, salud", y brindó con el ponche. Pablo se relamió de gusto y se portó bien, sin discutir con nadie.

Al término del postre (los huevos a la nieve también le gustaban) se quedó solo, revisando el libro. Era el único realmente bueno que tenía; los demás eran simples folletos no reclamados en el correo. El maestro Goñi tenía un libro que cambiaba según los cursos, pero se los guardaba para sí y jamás nadie se atrevió a pedírselos prestados; y además, tampoco existía una biblioteca en la escuela. Solamente Luis Quesada y Modesto Príncipe, dos chicos ricos de la clase, decían tener muchos libros en casa, pero nadie se los había visto.

La tapa era roja, y los adornos dorados consistían en grupos de líneas repetidas y paralelas, de arriba abajo; en el lomo, medio gastado, se veía claramente el título en letras que parecían de oro: "Estampas de la guerra con Chile". En seguida pensó en la posibilidad de que ahí se dijera algo del paso de las tropas del general Cáceres, no lejos de Sihuas, rumbo a Huamachuco, tal como le había oído decir al maestro; impaciente, y desconociendo aún que primero debería buscar el índice, se puso a hojearlo. Le gustaron más todavía los dibujos de personajes, quizá presintiendo que lo acompañarían en el futuro, como si fueran reales; y luego le interesó lo que representaban, una lucha desigual en que los peruanos, especialmente mujeres, niños y ancianos, sufrían tormentos y muertes tan crueles que le hacían abrir la boca, absorto, latiéndole el pecho, como si por una ventana viera las matanzas sin poder dar un grito.

Tenía permiso para no ir a la escuela. A nadie le extrañó que no saliera, hojeando el libro varias veces, hasta cansarse. Ya en su cuarto empezó a leer las breves historias, cada cual ilustrada por un dibujo. Sin saberlo, ya era hora del lonche y así lo confirmó un grito de mamá. Tomó el café con leche y los panes con mantequilla lo menos rápido que pudo y se levantó con los demás, dominando su impaciencia. A las nueve, otro grito de mamá: debería acostarse; era la primera vez que leía por un ojo y se desvestía ayudándose con el otro. Un grito final le hizo apagar la luz; pero las escenas seguían dándole vueltas, la guerra metida no sólo en los campos de batalla, sino en los hechos diarios, por pequeños y domésticos que fueran. Y ahí estaban familias enteras como la suya, con sirvientes como Leoncia, y de súbito la tropa enemiga irrumpía por el zaguán como el viento y desencadenaba su odio por cualquier nimiedad. ¡Ah, pero también los peruanos, aun los chicos y las muchachas, se vengaban salvajemente, garganta por garganta, puñal por puñal, y así, en conjunto, la guerra parecía un pozo negro y vacío mirando el cual no se comprendía a los adultos! ¿Qué buscaban, dónde estaba el provecho? Y pensar que una parte de eso había sucedido por estas sierras, las de Junín, Lima, Huánuco, Ancash y La Libertad, donde ya nadie hablaba de ello. Y para remediar el olvido estaba ese libro.

Desde el día siguiente, con el menor pretexto, demostró que sabía cierto tema de la historia nacional, lo que provocó aplausos en sus compañeros de clase. Cuando acabaron por llamarlo "Calvo y Pérez", supo que su intención había sido tergiversada. Optó por hablar sólo con personas mayores y en la ocasión debida, en las visitas de amigos de familia, o en las fiestas patronales. En cuestión de semanas se extendió por el pueblo su fama de juicioso, para sorpresa de papá y David; pero también, a fin de no olvidar las anécdotas del libro, le contaba a Andrés una anécdota tras otra, y menos mal que éste le oía embobado. "Tú vas a ser Recavarren", le dijo un día, como si lo bautizara por una orden militar; "pero vas a llegar a tiempo a las batallas. Para vencer, tienes que ayudarme y llegar justo a tiempo ¿entendido?". "Sí, mi coronel", dijo Andrés, cuadrándose. "Coronel fue Bolognesi, yo soy general", dijo Pablo.

Desde entonces le nació la costumbre de mirar si tenían libros en las casas donde entraba y le asombró descubrir que en la mayoría de ellas, como en la del propio tío Javier, no había uno solo. Elena leía Purrete y los tiraba por la alfombra, si bien en los altos, en el cuarto de Shesha, halló títulos más interesantes; números salteados de Para ti, Leoplán y Maribel (lecturas para hombres, mujeres y niños por igual), viejos ejemplares de El Comercio, La Crónica y Buen Humor, diagramas y dibujos de Billiken, para construir juguetes y toda clase de objetos de papel o madera. En casa del señor Príncipe, vio una Historia del Universo en un tomo grandote, pero la parte dedicada a América Latina y al Perú era muy chiquita; esa injusticia le disgustó. Y nada más, excepto los libros que exhibía el maestro Goñi, pasándolos bajo las narices de los alumnos, como si fueran perfumes, sin prestárselos a nadie.

Un día en que el maestro había tardado en volver al salón después del recreo, pudo leer en la carátula qué dirección del ministerio de Educación los enviaba a Sihuas; por la noche ya había escrito una carta pidiendo libros para los alumnos, no sólo para el maestro, y firmado como Norberto Cáceres, pues explicó muy claro que temía usar su nombre. Un mes más tarde, aparte de un delgado paquete para el señor Goñi, llegaron dos gruesos para don Norberto Cáceres, Clase de segundo de primaria, Escuela fiscal Nº 293, Sihuas, Pomabamba.

– ¿Cómo, tienen ustedes un nuevo maestro? –preguntó papá al abrir juntos la valija.

– Yo se lo entregaré –dijo él.

Menos mal que David no solía ayudar a papá en ese trabajo, tan grato para Pablo por las novedades de toda valija, la variedad de cartas y encomiendas, las otras valijas pequeñas dentro de la grande, los rollos de revistas, y sobre todo, los periódicos últimos, de hacía una quincena, que papá y él leían por turno.

Por la mañana, llegó el primero, y sudando, a la escuela, y subió a los altos, adonde no subían sino los del cuarto y quinto año. Esperó al director sentado sobre los dos paquetes. El director, un hombre amable y recién llegado al pueblo, oyó sonriendo la historia de los paquetes dirigidos a la clase del segundo año, si bien en el ministerio habían equivocado el nombre del señor Goñi; pero si los devolvían, dijo Pablo, perderían los libros, y si el director pedía que los enviaran al maestro Goñi...

– Si vienen a su nombre, se los queda –dijo el director–; eso ya lo sabemos. Pues entonces yo escribiré agradeciendo el envío y pidiendo que en adelante los manden al cargo de director, pero de ninguna persona en particular. Así los distribuiremos entre todos. ¿Qué te parece?

– Justo lo que iba a pedirle –dijo Pablo, feliz de hallarse ante un hombre inteligente.

Ese fue el comienzo de la biblioteca escolar: las pilas de libros de texto, según materias y grados de enseñanza, detrás de la figura móvil y nerviosa del maestro. En cuanto faltaba un tomo, subía a hablar con el director, y sin acusar a nadie, obtenía de él una carta que llevaba cumplidamente al correo, pidiendo el volumen.

Sí, crecía el estante de libros, pero ninguno se refería a Sihuas o Chimbote, ni generalmente a Ancash; y cuando, en la calleja del mercado, mirando entre montones de papas y zanahorias, compró un folleto sobre las ruinas de Chavín de Huantar y otro sobre el Museo de Historia de Huaraz, le dolió profundamente que la tipografía y la carátula fueran tan feas, mal impresas y llenas de erratas.

Al dejar Sihuas con su familia, por primera vez hizo el balance de una época. No les había ido mal. Papá había ascendido y ganaría mejor en Caraz, ciudad mucho más grande que Sihuas y con un colegio, el Dos de Mayo, del que todos hablaban y donde se matricularían David y Pablo. El primero repetiría el año, quedando rezagado por el camino y con la estúpida satisfacción de Pablo por haberlo vencido, pero también con la soledad como una eterna sed en los labios, sin un compañero a su lado.

En la madrugada oscura y azul, conforme los cuatro jinetes de la familia subían por la cuesta de Agocirca, de antemano envueltos en ponchos de jebe para la futura e inescapable lluvia, Pablo lamentó asimismo el no haber aprendido quechua, así fuera para despedirse mejor de Andrés, que siguió a pie la caravana hasta la puna de Cahuacona. Buena parte de la zigzagueante cuesta la subió cogido de la cola del caballo de Pablo, inclusive acariciando a ratos el animal. Pablo quería decirle muchas cosas; era el primer amigo de su vida, le había puesto el campo en la mano, le había quitado el miedo cerval a arañas y avalanchas; pero el castellano de Andrés era escaso, y Pablo ignoraba el quechua. Sólo se sentían juntos, como al ponerse espalda contra espalda, mutuamente protegidos y reconfortados por una especie de fuego contra el frío. Cuando la luz fue brotando en la línea irregular de cerros, y desde ahí creció como una vasta mirada, blanca y azul, los cascos de las bestias rompieron los primeros tramos de escarcha. Ahí empezaban la puna y la despedida.

– Acá mismito mi voy –dijo Andrés. Les dio furtivamente la mano y se fue, guardando, como un tesoro, el billete de diez soles que le regaló papá.

Ahí quedaba ese pequeño condenado a servir para siempre a un ogro. No había podido decirle que luchara contra Javíbora. Siempre había relegado el aprendizaje del quechua, suponiendo que habría ocasión para todo, nos quedaremos en Sihuas mucho tiempo y esas cosas; pero tras los deberes de la escuela, venían los meses torpes y satisfechos de las vacaciones, en que, aparte de dormir más, David y él se la pasaban viajando por haciendas vecinas, cuyos dueños, siempre alejados de sus fundos, habían dado la orden, menos mal, de atender a los hijos del telegrafista. Andrés no estaba originalmente incluido en las excursiones, pero mamá lograba de vez en cuando que tío Javier le diera permiso para acompañar a los chicos. Entonces, en las viejas casonas abandonadas, entre cerros de piel rugosa, verde o negruzca, en sitios de milagro o maldición, los peones cuidadores, sus hijos y perros salían a darles la bienvenida. Los hospedaban donde fuera, en salas finas o en chozas de paja, con los pisos de tierra recién regados y barridos, el menaje desportillado y los cubiertos dispares, potos de chicha en vez de refrescos, y quesos de cabra partidos con los dedos; y cuando, después de explorar chacras, bosquecillos y pedregales, les llegaba el sueño como una droga, caían redondos sobre viejos catres o pellejos que olían a otros viajeros. Los trataban, sí, como a huéspedes de segunda, pero ellos se sentían muy felices.

A veces, en ausencia de los dueños, parecían más bien invitados de los indios. Comían todos iguales y Andrés traducía; los peones sembraban al partido con los señores y se resignaban con una mínima parte de la cosecha. Pablo disparaba al aire sus contadas palabras en quechua y los partidarios reían. Todas sus palabras eran bromas seguras. Nadie le enseñaba el viejo idioma, pues aun Andrés callaba en cuanto le pedía pronunciar más despacio o repetir los vocablos; y David lo abandonaba también en ese trajín, lo dejaba solo, preguntando al aire. Había mucho de modestia y vergüenza en sus interlocutores que impedía el diálogo directo; y al parecer su condición de niño les quitaba la obligación de responderle. Y puesto que no había libros en quechua, sólo quedaba aprender oyendo a distancia, atento a la cocina, mientras David, Andrés y él mismo se aislaban en el comedor. Así, con las paredes sumadas al aire, aun las risas y gritos llegaban apagados.

Justamente ese rumor vago y algo pedregoso, de vocales fuertes y tono sinuoso y cambiante, acabó por esfumarse en Caraz, donde la población india se reducía exclusivamente a los empleados domésticos y vendedores del mercado. En el colegio, el doctor Jurado era muy exigente y no perdonaba el tonillo indígena. Sus alumnos hablaban una hora diaria como españoles: niños, dónde estáis, aquí, jugando ampays; yo nací para infelice. Pero se divertía en cuanto se marchaba. "Oidme bien, chicos, vais a escribir lo que habéis hecho en vuestra última excursión al campo. Si no salísteis el fin de semana, pues recordad cuál fue vuestro último paseo; o si no, inventad, inventad". Por tanta españolada, lo habían bautizado como "Jurad, Jurad".

En una de esas clases, escribiendo sobre un paseo a Llanganuco, de súbito le faltaron palabras a Pablo, modos de hilvanar oraciones, y le sonaban mal los diminutivos. Se sintió en un lugar extraño y vacío, haciendo una mueca muda, sin la voz que pudiera acompañarla; quizá no sólo le faltaban los vocablos debidos, sino la facultad misma de recordar e inventar al propio tiempo, pues no podía pasar de una frase a otra con la facilidad de un bañista en el vado, cuyos movimientos se enlazan, elásticos y fluidos. Era como sentirse mutilado, adormecido, como si con los ojos muy abiertos mirara simplemente palabras ajenas, hurañas, sin dominarlas a su antojo. Y las palabras y frases quechuas tampoco le servían, pues su número era escasísimo en él.

¿Qué hacer, entonces? Parecía increíble: ignoraba el quechua, pero aun así, el castellano le parecía una segunda lengua, donde le era imposible moverse como el bañista en el agua; su primera lengua era un rincón oscuro y secreto en su corazón, que no se revelaba, pero tampoco desaparecía. El español retozaría en boca del doctor Jurado; pero muy poco en el diálogo de los mayores, o entre el rumor de la calle, si cabía decirlo así, y los niños dudaban, indecisos, perdidos, ante los muchos artificios de los adultos y el tonillo de la palabra enmudecida. Era como subirse a un caballo ajeno, de mañas desconocidas, y galopar ahí arriba de prestado. ¿David sentiría lo mismo? ¿Había, pues, otra lengua retraída e inmersa en su alma, como viviendo en sueños y sin deseos de despertar? ¿Y sintiéndola aún así, tan íntima, contribuiría a olvidarla?

Eran cosas muy difíciles para la cabeza de un niño. Las dejó para pensarlas después, algún día, sin suponer que también el olvido (la desidia, la ausencia, el no de las cosas) trabajaba mucho por su lado, y que no había mejor modo de alimentar el olvido de esa razón oscura que crecer y crecer, física y mentalmente.

 

 

23

 

 He desayunado bien, no puedo quejarme de la enfermera; es limpia, ordenada, no huele mal y tiene fuerzas para alzarme y poner la chata. Me gusta que no sea mi centinela o mire mucho el reloj para escaparse. Y me deja el timbre en la mano: "Llámeme no más, ya sabe que estoy arreglando su cuarto, o si no, en la cocina, haciendo su dieta. Don Pablo y la señora Lucía han salido. Estamos de dueñas de casa".

Parece que la mañana nublada no será tan fea ni oscura como otras de junio; pero algo me falta. ¿Será cosa del frío? Oh, no, ella ha conectado la estufa. Atrás quedaron los meses gélidos de Cerro de Pasco, y la bendición del clima de Caraz. Sí, hemos sido gitanos, viajando de aquí allá para mejorar el presupuesto. Menos mal que los chicos no vivieron en Cerro de Pasco; creo que, adrede, se bajaron en Lima del camión de la mudanza. Para ellos aquí acabó el largo viaje desde su niñez; se hospedaron donde una hija del señor González, que tenia una casa grande en Magdalena. Dice que el marido era yugoslavo y ganaba bien en Chimbote. Les dieron prácticamente media casa y hasta yo misma entré alguna vez en ella, huyendo del pueblo minero, condenado a cinco mil metros de altura. Quién sabe si debí quedarme más tiempo con David, pero no sólo era el soroche y el frío de paredes, piso y techo, que calaba los huesos, sino la vergüenza de estarse poniendo una chompa sobre otra, y aun la bata y el abrigo encima, ¿qué facha era ésa, a qué marido le va a gustar una mujer hinchada por la ropa y el pañolón? ¡Y con las estufas prendidas! Salía solamente a misa; nuestra muchacha hacía las compras. No quise que él me presentara a nadie para no devolver visitas. Y además, ¿dónde se ha visto otra ciudad tan fea y fría como la del trayecto, La Oroya, con la escoria formando cerros, tajos hondos por las calles, y socavones que amenazaban tragarse barrios enteros? Y lo peor, que el sol engañaba siempre; metía brazos amarillos por las rendijas y nos llamaba con el cuento de la mañana divina; pero apenas una salía a recibir esa bendición, venían las nubes, se desplomaba el cielo oscuro, y pies para qué te quiero, a huir de la lluvia que más parecía el llanto del mundo. Por las tardes, el viento silbaba y nos perseguía como si fuéramos delincuentes. Los aletazos podían tumbar a un hombre.

¡Pensar en los viajes infernales que hizo David para sostener a la familia! Pues torciendo esa misma razón, volviéndola un pretexto, escapé a los pocos meses "para ver cómo estaban los chicos en Lima". Me vine trayéndoles un costal de ranas y unas papas amarillas de ensueño, lo único bueno que hallé en la estación; y asimismo otra vez, al volver a Cerro de Pasco, apenas vi que David estaba bien, huí a Tarma con el cuento de que dormiría mejor en un pueblo más bajo.

Así fue; dejé a David en medio del frío y el viento, y ahora está solo en su mausoleo, sin recibir visitas. No seremos ricos o conocidos en Lima, pero él tiene su mausoleo construido con dinero de Pablo. La verdad es la verdad, así sea del enemigo, como decía el abuelo Ezequiel. Fue un milagro que Pablo se transformara en cuanto viajó a Kansas City. Pensé en que no me escribiría, que se había alejado de nosotros para no acordarse más; ahora creo que tenía sus buenas razones, que en la casa no fue el preferido.

Desde sus primeras cartas, y todas muy cumplidas, una por semana, preguntó cuánto costaría el mausoleo que merecía su padre. Eso dijo. Me arrodillé cuando leí la carta. O sea que lo amaba en el fondo de su corazón; debe ser verdad que los hijos rebeldes sufren más que los mimados, que los nerviosos ven más lejos, que los conflictivos de chicos, resultan ser muy buenos cuando mayores. Pero Davicho, el primogénito, se encendió de furia cuando le di a leer la carta; dijo que él compraría el mausoleo porque había querido mucho a su padre, y no Pablo que era un renegado.

Yo callé, esperando cómo resolvería el problema. Davicho, es verdad, no podía comprarle nada, ni siquiera a su mujer, Dora-la gorda; el pobre trabajaba mucho y siempre de guardia en el Hospital 2 de Mayo. A los médicos internos, ya se sabe, los explotan sus jefes. Vivía en un departamento de mala muerte, en la avenida Wáshington; había pagado la instalación del teléfono, pero no le alcanzaba para un automóvil a plazos. Esperé un mes antes de responder a Pablo y fingí olvidarme del mausoleo; pero Pablo no, insistió a través de Lucía, recomendó que me visitara y que decidiéramos juntas trasladar el ataúd al nuevo cementerio. No tuve escapatoria. David-chico se resintió, aunque después debió de entender. Pablo enviaba cincuenta dólares mensuales, era todo un sueldo local; el mausoleo quedó hermoso, de mármol corrido, una gran losa que brillaba, y el nombre de David Jiménez encima de un perfil de San Santiago, patrón de Cabana o Pallasca, ya no me acuerdo bien; pero pagué con gusto los trescientos dólares. Y luego Pablo siguió enviando, ya para mí, las mensualidades cumplidas. Quién lo hubiera creído. Sin duda fue el sentirse solo en tierra ajena, tal vez pasó noches en vela, así como yo, sin dormir casi media vida; aunque sólo conté hasta los sesenta y cinco, me dije basta, vivimos en un país donde no se llega a los cincuenta. Basta y muchas gracias.

Sí, me acuerdo haberle enviado a Pablo una foto del mausoleo, pero, en mi carta, nada de decirle mil gracias y te perdono el pasado; eso no, nunca someterse a los hijos como ahora hacen los padres. Por eso cultivan esa clase de niñitos-bien, con el carro prestado del papá y la plata extorsionada con dulces chantajes a mi colega la mami, y después acaban en el trago y la droga, emborrachándose como energúmenos cada viernes o sábado por la noche, cuando manejan como locos y se estrellan junto con sus chicas, y al amanecer, ya tienen a sus padres también enloquecidos, pero de verdad, aturdidos o tontos de por vida, sin comprender qué pasó. Por el malecón les oigo pasar como por una pista de carreras y sus chicas gritando quizá de gusto o pidiendo auxilio; pero nadie hace nada, dice que el niñito-bien es un negocio para la policía, dame tanto, primo, y me olvido de ti, o si no, entre ambos forman una banda de delincuentes dirigida por policías, claro, como se acostumbra ahora, y allá a robar y secuestrar; y así tenemos esta nueva clase de ladrones, como si ya no hubiera suficientes en Lima, con los militares que meten lo que sea por la aduana, los políticos con cada licitación, y las buenas familias con cada oveja negra que extraer de la cárcel con coimas. Nada de preocuparse del país, sino del bolsillo; quién no roba en el Perú, solamente los idiotas, la verdad es la verdad aunque sea del enemigo. Por eso yo defiendo a Javier; le dicen ladrón desde joven, para qué quieren los indios cosas finas como quesos suizos y mantequilla uruguaya, es natural que él ofrezca víveres a quienes sepan apreciarlos, eso nadie lo cambiará; los pobres seguirán siendo más pobres, es como una ley natural. Cuánto trabajó David y ahí está la miserable pensión que recibo, dos mil soles, lo que gana un conserje; bien hecho que Javier no se durmió y compró fundos y sobre todo organizó y canalizó la ayuda nacional e internacional. ¿O eso no es un trabajo? Con lo que cuesta organizar algo en este país. ¡Y cómo ordenaba los víveres en el depósito subterráneo! Al despedirme, bajé a ese sótano que parecía un anís de tan limpio, y viendo aquel botín, recordé las veces que me había regalado víveres para mejorar la comida de casa. El que se sienta libre de culpa que arroje la primera piedra; por eso me reí cuando Lucía dijo que Pablo lo acusaría, ahora falta no más que los hijos acusen a sus padres de haber robado para darles de comer; así todo el país estaría revuelto. El sueldo de mi David no alcanzaba, y eso que yo tenía mis fundos. ¿Qué de malo hay en recibir obsequios de un hermano? Este hijo rebelde quiere enlodar mi apellido, sin duda ya lo había planeado antes, porque desde que viajó no firma más que "Pablo Jiménez", como si no tuviera madre, dice que los gringos no usan el apellido materno; yo digo que los malos ejemplos no deben imitarse, así uno esté en el país más poderoso de la tierra. ¡Qué falta de respeto a una madre! Yo fui la que ahorré pensando en traerlos a la costa, nunca hubieran sido nada en la sierra, ésa es la verdad aunque sea del enemigo; yo les hice comer bien y desarrollarse para no enfermar en esta ciudad de tuberculosos y que no tiene cielo, increíble, como una casa sin tejado; sólo veo, a través de la vidriera, el mar que se disuelve en la niebla allá en el horizonte, y encima ese color de sábanas húmedas, ese algodón sucio, esa eterna mancha hipócrita e indecisa, la mancha blanca, la peor de todas, la que disimula, encubre y calla, ocultando el cielo añil de mi juventud y las nubes blancas como novias. ¡Oh, y el sol amigo y compañero! ¡Qué lástima haber dejado ese mundo para encogerse aquí entre la neblina, reducirse a una silla de ruedas, como una niña vieja y deforme! Lástima no guiarse ya por el sol para vivir; ahora quedan apenas Dios y un retazo de tiempo.

– ¡Señora!, ¿llorando? ¡Oh, nada de arrugar esa carita! ¿Por qué no me llamó antes? ¿Necesita compañía, tal vez? ¿Y un tecito con leche? –viene la enfermera adulona.

– Estoy muy bien; si quiere, tráigame un café.

Lo digo tres veces para que entienda, gangueo, se me caen las sílabas por la habitación; debo recoger los trozos, pegarlos con mi saliva como un niño pega sus cromos en un álbum. Nada de té con leche. Yo, café. Té con leche le gusta al rebelde, por su manía de diferenciarse de nosotros, de aislarse en un rincón. A mí, en cambio, siempre me ha gustado charlar con mis amigas, digo antes, porque ahora odio que me vean enferma. Concho Alvis era mi favorita (¿habrá muerto en el último terremoto?); venía a verme a cualquier hora y no molestaba como una visita; esperaba sentadita en el poyo del zaguán. Era sábado o domingo, y me contaba cosas de muchachas mayores que yo. A veces no dormía pensando en sus historias y debía esperar hasta el otro sábado, porque en la escuela oían las paredes; y de nuevo ella sentadita y esperándome antes del almuerzo, para seguir la historia. Mi corazón se partía de angustia, y cómo fue, y tú qué le dijiste, y eso qué significa, y ella demorando en decir dónde habían estado, qué había creído ella que pasaría, la realidad era mejor que la imaginación, oh es riquísimo, Grimanesa. Y un sábado por la mañana no vino Concho, sino Marga Pareja, sé que Concho te ha contado algo muy serio, salió con él ¿verdad?; no me engañes, Grima, para mí es de vida o muerte. Fiel a Concho, yo la mandé a rodar, pero no sé cómo la mosquita muerta se atrevió a denunciarme, y mamita me preguntó primero por las buenas y después me agarró de una oreja, y finalmente a sopapos, ¡tienes que decirme dónde está Concho, sabes que se escapó con un hombre, dímelo, y me dolió tanto que me pegara ella por primera vez que acabé gritando sí, sí, se llama Gustavo Alarcón! Pero entonces me tocó preguntar a mí, y por qué han huido juntos, mamita, ¿o sea que se han casado? Eres una tonta, dijo ella, acabarán matándolo como a tu hermano Ignacio. Me la pasé sin dormir y el otro sábado apareció no Concho, sino su muchacha en el zaguán, dijo que Concho me citaba por la tarde en el bosquecillo junto al río, justamente donde solía verse con Gustavo, y mi corazón empezó a desbocarse. Dijo que la habían traído de los pelos y el papá la había golpeado, y Concho lloraba encerrada en su cuarto. La esperé muerta de miedo y ella tardaba mucho, quizá Gustavo vendría también por mí y me robaría, oh iba a correr y entonces vi la sombra, el ladrón, el malvado que hace cosas horribles a las chicas, cuando en eso me libré de la contraluz, y oh Concho, oh Grima, eres tú. Nos abrazamos largo, largo, y empezó a contarme la segunda parte. Sí, los habían encontrado en Pomabamba; habían huido por turno a Pataz, a Tayabamba y a Buldibuyo, sólo para despistar, claro, porque pasaron rápidamente a Pomabamba y un matrimonio amigo de él los escondió en un cuarto bonito para ellos dos, y una sola cama, ¿te imaginas? El corazón me salía por la boca, y de noche dormían abrazados y haciéndolo a cada despertar, por supuesto. Oh feliz tú, Concho. Había que oírla y sobre todo mirar sus ojos trastornados en el atardecer, es lo máximo, Grima, lo máximo, y las dos paseando bajo los árboles, pero la noche llegaba ya y debíamos volver. Oh no sabes cómo me han pegado, estoy llena de cardenales, pero vale la pena, Grima, creo que voy a escaparme de nuevo; oh no lo hagas y si él no te quiere. Eso ni dudarlo, sí me quiere. Bueno, ya tengo que irme, Grima, estoy presa en mi casa, pero un día volveré a escaparme con Gustavo y será para siempre, y nos casaremos, ya me hizo la promesa.

– ¿Qué dice usted, señora? ¿Quién es esa Concho? Pues bueno, sígale hablando como si fuera una visita, pero tome su café y deje de temblar.

Concho y Gustavo, ¿o no se llamaban así? Bueno, supongamos que se llamaran como yo digo. A ella, en verdad, la recuerdo poco o nada, después de ese último encuentro en el bosque, porque luego vino la muchacha india a entregarme un papelito. "Adiós, Grima querida, que Dios me ampare, me voy otra vez con él, rompe este papel, no puedo arriesgarme a decir dónde estaré". Y nunca, nunca más escribió esa hermana que no tuve, pero que casi lo fue de verdad. Hasta que un día Javier llegó a casa con un indio que cargaba un costal de frutas; por épocas era muy bueno conmigo, y esa vez se quedó a almorzar, y luego a saborear el anís del mono en la galería, y dijo como de paso: "¿A que no sabes quién fue a pedirme trabajo? Un pobre diablo con ínfulas de futre y de costeño, el que se robó a una muchacha hará unos diez años, una compañera de tu escuela". "¡Gustavo!", grité. "Sí, no te imaginas cómo está de viejo", dijo él. "Casi sin dientes y medio calvo; yo estoy rey a su lado. No lo reconocí, pero cuando me pidió trabajo ya lo había calado y lo mandé al diablo, un tipo informal como ése ni de regalo". Eso dijo Javier, y yo bien hecho, hermano, pero me lo hubieras mandado a mí para sacarle los ojos, bandido, qué habrá hecho con mi amiga, dónde la abandonaría; o quién sabe esté muerta y el tipo se escapó en pleno velorio, para no pagar el entierro. Esos picaflores de pueblo son una calamidad; o bien les toca un balazo, o bien la vida los castiga. Gracias, Dios mío, alguien recibió su merecido, muy bien hecho, y yo haré que nadie le dé trabajo en Sihuas, que se vaya a una barriada de Lima, a vivir entre la basura, sobre la arena, sin agua ni árboles. ¡Esa será su condena!

Pero el café ha venido con el bizcocho que tanto me gusta. Ta, ta. Mamita te está dando la teta. Una delicia, lo que necesitaba, nada de remedios, mi café y el bizcocho de media mañana y salgo del fondo mismo del mareo, de la sombra, y oigo la cosa absurda que he dicho, basta de mamitas y pueblos fantasmas, se acabó el sueño sin sueño de mitad del día, ahora sí soy yo misma donde quiera que esté, nada de viejas tontas gangueando y babeando, no existen mantos de Paracas que protejan, sino una sombra a contraluz. ¡Y cómo me sigue! Ha vuelto la mujer del rebelde, pero no me acuerdo de su nombre, ni me interesa. Y con ella, el rebelde y la enfermera, oh ya empiezan a manosearme para la inyección, las cosas que debe tolerar una. No hay dignidad en la vejez.

Aunque, después de todo, me tratan más o menos bien, son carceleros suaves, a cada rato dicen mira, te estoy cuidando, lo hago por ti, mamá. Como que se hacen la propaganda, igual que los políticos de esta tierra. Ellos sí son malos, ninguno con el entusiasmo y tenacidad de Javier. Por dos veces fue candidato a diputado, sin ser elegido por chanchullos. Pues peor para el pueblo, que prestó oídos dizque al robo de la ayuda a los damnificados. Pero hay quienes roban sin hacer el bien: no son como Odría y la señora María, dando trabajo y prosperidad al país, sacándolo del caos en que lo dejó el Apra, aliada a ese Pepe Lucho, un flaco dos veces traidor, con su propia clase y con los votos prestados del Apra. Y el Apra siempre adolescente y nerviosa, que se levantó en Trujillo y Huaraz. Miles de muertos, ya se sabe.

Dicen que Haya de la Torre dio la orden de conspirar, estaba preso, pero desde chirona dio la voz. La cárcel nunca calma a los rebeldes, al contrario, y así se alzaron en Trujillo asaltando cuarteles y por poco iglesias, y ese otro hermano del jefe, sí, el Cucho, el famoso Agustín que se escondió un tiempo en casa de los Príncipe, al frente mismo de nuestra casa. ¡Ah, pero yo lo denuncié sin consultar con nadie, ni con mi marido! Me fui al puesto de la guardia y dije lo he visto de madrugada, cuando sale al patio y hace sus ejercicios; luego se pasea, y toma el desayuno como un pachá, en la glorieta o enramada, o lo que sea. Estuve casi una semana dudando si era él, pero me convencí por la foto de los volantes. Lo denuncié solita y me quedé mirando desde el balcón mientras David-chico, Pablo, y ese muchacho rotoso de Andrés corrían a la puerta falsa, a ver la huida, y yo con ganas de gritar, pero muda ahí arriba.

David y yo tuvimos que viajar a Huaraz en medio de los rumores de la revuelta (el señor Neuburger me mandó a depositar su plata en el Banco, y no fui sola de puro miedo), presentando salvoconductos por el camino. Llegamos justo a la manifestación donde habló la viuda de Philips, condenando al gobierno por la muerte de su marido. Algunas canciones de Yungay y Caraz hablan de ese aprista fusilado en Huaraz, por la pretensión de extender el fuego de la revuelta de Trujillo hasta nuestros pueblos; pero callan a la mujer que era todavía más rebelde que él, además de bonita. Subida en un balcón de la plaza de armas, justamente donde se había alojado Bolívar, ella era un águila blanca incitando a emprender el vuelo a los jóvenes y pobretones. En mi vida había visto un espectáculo así, y quienes siguieron la gira de Haya de la Torre por Ancash, el año 31, dicen que tampoco. Hermosa aun a distancia, blanca, de largos cabellos negros y ojos metidos en la sombra, como para enamorar hasta a los viejos, dijo que nos agradecía por nuestro respaldo y por haberle devuelto a su marido, pintado en el aire: "Lo veo clarito, inmenso, con una fuerza que no detendrán las balas ni la muerte. Este día el Callejón de Huaylas, como en los años de Atusparia, ha entrado en la historia, y su voz se oirá más allá de Lima; una fecha así constituye un timbre de orgullo, y mi corazón deja un rato de llorar para decir con ustedes que basta ya de revanchas y de asesinatos. Yo no soy aprista y tampoco lo es íntegramente el pueblo de Huaraz; pero eso no es ningún inconveniente para protestar, juntos, por la ola de sangre y violencia que envuelve una vez más al Perú, un país tan digno y altivo, que no pueden contra él crímenes ni injusticias".

Casi me persigné cuando vino la tempestad de aplausos. "Aquí va a pasar algo, mejor nos vamos", dijo mi David, cruzando por en medio de la multitud y yo prendida de la cartera, con la plata del señor Neuburger. El Banco era una tiendecita a una cuadra de la plaza; esa distancia nos salvó no sólo para hacer el depósito, sino de los balazos y de la trocatinta que se armó. En un abrir y cerrar de ojos, la gente corría como loca y unos heridos entraron en el Banco. El gerente nos echó a los sanos y atrancó la puerta. Nunca olvidaré que entonces vi pasar a la viuda de Philips, despeinada, con un súbito moretón en la mejilla, los pelos cubriendo su cara, arrastrada por un soldado grandote que nos miró con más furia que un animal.

Ese fue día de miedo y muerte, pero en los ojos de esa mujer entendí lo que era un rebelde. Pasó a mi lado desafiante, casi contenta; lloraba, sí, pero su voz se rehacía y gritaba muy fuerte: "¡Vivan los hombres nuevos del Perú!", y lo extraño fue que entre las balas y el miedo, los aplausos no paraban. Acabé temblando y empujé a David por la primera bocacalle. Era demasiado para mí, aunque comprendí lo que podría hacerse en el país si hubiera gente honesta y sin miedo.

Pero, silencio, alguien abre velozmente esta puerta; no he oído entrar a nadie por la principal y ya esta acá. ¿Quién es?

– Hola, viejita, ya estamos de vuelta. ¿Cómo se ha portado, Milena? –dice este aprendiz de rebelde , comparado con la Philips.

– ¡Oh, señor! ¡Buenos días, señora! Doña Grimanesa ha descansado bien, tomó su café y cabeceó un poquito.

– Es hora de sus remedios –dice la mujer del rebelde; me besa, irradia su perfume como una flor y me alegra, aunque yo no desee alegrarme–. Vamos, Milena, trae sus remedios.

Y así, velozmente como han entrado, se van. Ya cumplieron con la vieja moribunda.

La puerta de calle de la avenida Brasil chirriaba siempre y no me daba sorpresas. ¿En qué año estoy pensando? Ya se había mandado mudar Pablo. Entonces fue mucho antes del golpe de Velasco. Davicho estaba casado con Dora-la-gorda. ¡Uy, hasta yo le digo así, como los que no la quieren! Será gorda y no bonita, pero le ha dado buena vida a mi hijo el serio, el preferido por mi corazón. Mi David ya había muerto y yo recuperándome de la desgracia, cuando Dora y el hijo preferido me ayudaron, la verdad sea dicha, ellos dos fueron mi bastón, no para rehacerme, sino para pasar por la increíble sorpresa que es la vida. Una trabaja años sin descanso, y forma a los hijos y los echa al mundo, y cuando una queda sola con el marido, con la casa a medias en silencio, viene la muerte y arranca al hombre de tus entrañas y te deja rasgada, como el tronco de un árbol partido a lo largo, la forma más horrible de morir, las entrañas blancas, vaciadas como una mirada estúpida. Así, Dora-la-gorda, David-chico y yo salimos a flote merced a la blandura que esparce la muerte ajena. Una se deja llevar y cree que va a morir también; pero la vida nos saca a flote, justo para respirar y comer, y de pronto pasan los meses y ya estamos ayudando a otro. Descubrí a David-chico, estudiando a medianoche gruesos libros con dibujos de muertos a colores; las disecciones del vientre y de la cabeza enredaban su lengua. Yo me iba a dormir y él se abrazaba de mí, ¡oh, mamá, qué carrera he escogido, creo que no aprobaré este año! Y yo estudiando con él páginas de despanzurrados. Fue un milagro que, sin entender yo una jota, él entendiera; por dos veces lo acompañé a San Fernando en los días de exámenes y lo esperé en la puerta, tan desesperada como las novias de los muchachos. No sentía hambre ni frío; sólo rogaba a los muchos santos peruanos consagrados por Roma. No se trataba sólo de pasar el examen, sino de vivir con la pensión de David y con lo que podría ganar Davicho cuando se graduara de médico, en vez de estar pendientes de los cheques del rebelde. He mentido, Dios mío, aun en los pensamientos más íntimos me he negado a reconocer que vivíamos de la plata de Pablo; yo cambiaba los dólares a pocos, para que Davicho no sospechara de tanto dinero. Increíble que llegara yo a tener con el tiempo miles de dólares de Pablo. David-chico odiaba ese tesoro, decía que él me amaba más que Pablo y que por tanto algún día doblaría la suma. Confié en el preferido, sí, pero sucedió que no tuvo suerte, pasó a las justas los exámenes, se graduó raspando y le compré una bata nueva, si bien fue muy difícil abrir un consultorio. Debían al menos reunirse tres o cuatro médicos jóvenes para compartir los gastos de un policlínico, y aunque puse la cuota, nos dimos con unos pícaros, nos robaron la inversión (la plata de Pablo, por supuesto). ¡Oh, cuánto rogué para que el favorito sentara cabeza! Por fin lo nombraron en la Asistencia Pública; no ganaba mucho, pero le dio para juntar y casarse con Dora-la-gorda, cuyo padre le regaló un terreno en San Antonio. "Un terreno y mitad de la construcción", dijo el tacaño; "el resto lo ponen ustedes". Yo hice milagros para decir que el Banco había prestado lo que faltaba. De nuevo fue la plata de Pablo. Que Dios me perdone por haberle engañado así, un hijo rebelde y resentido se vuelve un pretexto en el corazón de una madre; una puede achacarle cualquier cosa.

Desde chicos fueron muy distintos. Primero mi David se aficionó de Pablo, iba ser su favorito, pero le expliqué las cosas inventadas que le hacía a su hermano y que David no podía ver desde la oficina. El acabó por creerme. Pablo bromeaba o molestaba sanamente a David-hijo, y su papá acabó por flagelarlo con el cincho y lo puso en vereda por un tiempo.

– ¡Oigan, ahora está hablando de Pablo, de ti!

– ¡Por fin!

¡Es mi nuera perfumada! ¡Cómo defiende a su pareja! Así defendía yo a mi David de los colerones que le daba Pablo. Cualquier cosa desembocaba en una discusión: si queríamos ir al cine, digo, a la pantalla puesta a la intemperie, en la playa, adonde había que llevar cargadas nuestras propias sillas, Pablo decía que no tenía ganas; si aceptábamos quedarnos en casa, él salía al punto, como de una prisión. Entonces David-chico corría tras él, ¿podemos ir juntos, Pablo?, pero no, ya Pablo se había desanimado. Y si entonces su papá ordenaba a voces que fueran juntos, Pablo, mudo, a punto de estallar, cumplía la orden a regañadientes. Sí, por cualquier nimiedad se encendía el barullo. A los dos chicos les gustaba la pierna de pollo, pero al papá también. ¿Qué hacer? Alguien debía sacrificarse, o sea yo primero y mi viejo después, para que ellos comieran igual. Pero a veces a mí se me metía el indio y le negaba a Pablo su presa; el rebelde saltaba "a protestar por la injusticia", y también saltaba su papá con el cincho y lo cruzaba de latigazos que chasqueaban de veras; pero el maldito rebelde miraba fijamente a David, sin moverse ni pedirle perdón, y yo gritaba diciendo que le diera de alma, hasta que mi David se enfurecía y una ya ignoraba de quién había sido la culpa, porque los correazos cruzaban el comedor en todas direcciones.

A la mañana siguiente Pablo no iba a la escuela; tenía moretones en la cara. Al crecer, fue creciendo con él esa manía de no ir al colegio, al menos dos o tres días al mes. Marqué esas faltas en un calendario y me fui a enseñárselas al director; él se rió y dijo que Pablo no perdía nada faltando, que era su mejor alumno y que quizá sería bueno que continuaran esas ausencias, porque así les daba tiempo a sus compañeros para ponerse a su nivel. Así creció el engreído, inteligente según los demás y desdeñoso para con su familia, mirándonos por encima del hombro, como si fuera el jefe en la casa. Yo buscaba sorprenderlo in fraganti; alguna falta tenía que cometer. ¿Por qué salía tanto a la calle, por qué tenía una llave desde niño y se la pasaba muy independiente? Yo tenía un pequeño baúl de madera, una especie de maletín, con gavetas donde guardaba dinero y unas buenas alhajas que, empeñadas o vendidas, podrían alguna vez sacarnos de apuro. Ahí estaban los aretes y gargantillas obsequiados por tía Patucha, dos juegos de pulseras y collares de oro, estilo peruano, de ésos que gustan a los gringos, un reloj quizá valioso que me regaló Javier, y varios anillos que David me fue comprando con los años. Justamente uno de esos juegos vendí a su muerte, para rehacernos de los gastos. Plata en efectivo había poca, pero sí sobres con membretes indicando los menudos gastos. Pues bien; descubrí que faltaban cien soles, una buena suma en aquel tiempo. Me escondí tras la cortina para descubrir a Pablo, el ladrón de la familia. Casi estaba segura, aunque necesitaba el placer de sorprenderlo. Ya casi me había rendido el cansancio, y las habitaciones parecían desiertas, cuando oí que Pablo, ¿quién más?, entraba furtivamente en el dormitorio. Sólo esperé un minuto, suficiente para que el intruso cogiera el baulito en las manos, y allá salí, prendiendo la luz y dando un grito de triunfo. Pero el ladrón no era Pablo, sino David-chico, y tenía el billete de cien en la mano y la mirada perdida, una mueca de dolor. Su padre llegaba ya a mis gritos, pero él seguía con las manos aturdidas, y no acertaba a cerrar el baúl ni huir. "Di que Pablo te mandó", le susurré, ignorando qué me impulsó a ello. "Sí, ya te imaginarás, papá, Pablo me mandó a sacar este cheque", dijo él, cuando llegó su padre, blandiendo el cincho.

Que Dios me perdone, no lo hice por maldad, sólo para salvar al mimado de una cueriza. Pablo llegó una hora más tarde; a los quince años ya se creía un hombre y llegaba tarde a comer. "Pues ahora vas a ver, ladrón", dijo su padre, y ahí no más, en el pasadizo, lo arrinconamos todos y le cayó una cueriza de Dios es Cristo. Fue la primera vez que lloró, pero de rabia; dijo que era inocente y que no necesitaba dinero ajeno, pues ganaba el suyo redactando trabajos de sus compañeros en la escuela, y añadió que David-chico lo sabía muy bien. Que hablara el cobarde; pero mi preferido se había asustado y era incapaz de una confesión, y mi David temblaba de cólera y seguía flagelando a Pablo. El rebelde, con ese pretexto, volvió a ausentarse de la escuela; en la mesa repitió que le tocaba explicar las cosas al cobarde de su hermano. Hasta que su padre le cerró la boca de un trompón.

Luego, los dos se presentaron a la universidad y tuvimos que gastar mucho en la Academia y en los exámenes de ingreso. Pablo dijo que no necesitaba de Academias, estaba bien preparado; pero yo lo matriculé a la fuerza, para que estuviese al nivel de su hermano. Llegó fines de marzo y preparé una fiesta en honor de David-chico (y de paso del otro también, claro). Davicho llegó solo y callado, casi llorando. "¿Te pegó tu hermano?", grité, llamando a David-papá para que rajara a golpes al abusivo; pero oh no, Davicho soltó el llanto y dijo que no había ingresado a la universidad, aunque Pablo sí. David-grande y yo nos quedamos de una pieza, y más aún delante de los invitados, y Pablo que ya entraba entre aplausos, y no hubo más que seguir con la fiesta. Pablo bromeaba sonriente y decía que su próximo paso iba a ser solicitar una beca y marcharse al extranjero. Mientras, Davicho se había escondido en su cuarto.

El siguiente año, Davicho volvió a rendir exámenes. Por supuesto que lo habíamos matriculado en la mejor Academia. Por ese tiempo, Pablo hablaba de la beca a Estados Unidos como si ya la tuviera. Todos menos él estábamos con el corazón en la boca, esperando la suerte de Davicho. Para asegurarme aún más, había yo hablado con el director de la Academia y le había pagado cien mil soles más de lo debido, como hacían los padres de otros alumnos, y finalmente empezaron a aparecer en orden alfabético las listas de aprobados. El primer día Davicho estuvo lleno de sombras, había que esperar la "jota". El segundo fue viernes y tampoco salió la lista. Al volver, oí claramente que alguien abría y cerraba el viejo baulito de madera (no compré otro para no malear la suerte). Por fin, el lunes, Davicho volvió feliz a casa. ¡Ah, cómo lo abracé, y lo llevé corriendo para que su papá lo abrazara! Los tres estuvimos dando vueltas por la sala como locos y nos fuimos a comer a un chifa, sin acordarnos de Pablo.

A la otra mañana, yo no abrí el baúl de madera sino David-grande. Quedó sombrío y silencioso, sentado en la cama, y dijo que faltaban trescientos mil soles. Ardiéndome la cara, dije que había tomado cien mil para los gastos de la Academia y los exámenes. "Bueno, ¿y los otros doscientos mil?" Me miró tan fijamente que fui confesando a pocos: "Tuve que pagarle al director de la Academia una cantidad extra". "¿Ah, sí? ¿Un soborno?" No pude resistir sus ojos. Era un soborno, sí, pero un marido no debe avergonzar tanto a su mujer. "Inclusive con ese pago inmoral, faltan cien mil", dijo él. Entonces recordé el ruido del último viernes, y aunque estaba segura de que había sido Davicho, dije al punto: "¡Ha sido Pablo! ¡Ese hijo no tiene remedio!"

Lo dije, Dios mío, fue la vergüenza por Davicho y por mí, no podíamos ser siempre los culpables. David-papá salió como un león del cuarto; Pablo leía tranquilamente revistas en inglés, que desde entonces le enviaba la embajada norteamericana. Leía, pero aun se levantó para abrazar y besar a su padre; se había vuelto menos malo por ese tiempo, cuando éste le metió el primer puñetazo en el estómago. "¡Primero habla y después golpea, si tienes razón!", gritó Pablo. "¿De qué me acusas injustamente? ¡Exijo que lo digas!" Pero David-grande estaba tan furioso que empezó a patearlo caído. El corazón se me desgarró de veras cuando Pablo, desde el suelo, dijo con voz agitada pero clara: "¡Viejo, hasta aquí hemos llegado! ¡Me voy y no volveré nunca más! ¡Tú no sabes tratar al hijo que más te quiere! ¡Y ahora di, antes de marcharme, de qué me acusas!" Y entonces tuve que confesar, darle la razón por primera vez a Pablo; lo hice para que no lo matara a golpes. "Pues bien, has oído a mamá, ilustre sordo", se atrevió a decir el rebelde. "Y ahora, adiós". Se fue, no supimos adónde; tenía las narices, la chompa y el pantalón manchados de sangre. Se fue como un carnicero o un asesino, sin importarle mostrarse por la calle y cubrirme de vergüenza, sí, porque yo recibiría al final todos los golpes. Quedé sentada en el suelo, incapaz de respirar, mirando al hombre feroz en que se había convertido mi antiguo y dócil marido. Cerré los ojos, le pedí a Dios que cambiara el mundo, que me devolviera a Pablo y que éste y su padre se abrazaran alguna vez, para entonces morir tranquila; pero, no, aún faltaba otro castigo, el marido feroz enrumbó a casa, se sentó en el sofá, cogiéndose el pecho, y pasó a ser un niño miedoso. Ahí empezó a fallarle el cuerpo, ahí dio vueltas mi cabeza, todos éramos responsables, pero no, quizá únicamente los hijos; y tampoco, sino yo sola, pero la culpa era muy grande y así la rueda continuó girando hasta que se detuvo en Pablo. Y ahora el hijo ingrato se marchaba de casa para dejarme la culpa a mí sola. ¿Era justo eso?

 

24

 

Los casilleros del edificio para estudiantes graduados de la universidad de Duke, en Durham, North Caroline, estaban en el sótano. Pablo bajaba cada dos días a abrir el suyo, antes de salir a clases. En el metódico horario que se había impuesto, no podía permitirse una visita diaria. Además, aparte de sucesivas cartas de Elaine, cuyo contenido era previsible, el escaso volumen de su correspondencia, incluyendo cartas de Lucía y de su madre, justificaba ese ritmo. Pero, cuanto más se acercara la Navidad, y con ello la proximidad de sus vacaciones en Kansas, las misivas de Elaine casi le gritaban al llegar.

La de esa mañana, por ejemplo. El sobre celeste no sólo olía a perfume, sino que Elaine había dibujado, junto al sello, a un cartero con gorra y valija, y un letrero debajo: "¡Run, poster, run!" Y detrás, en el cierre, la huella roja de un gran beso. Hasta se ruborizó al abrirla: las cosas estaban yendo muy a prisa. "Estoy feliz, y todo te lo debo a ti", empezaba y él creía oír la voz alegre y ver los ademanes pueriles merced a los cuales esa felicidad resultaba auténtica. "Los diseños me están saliendo bien. Oh, boy, siento que Dios y tú me llevan la mano. Mr. Stewart, abogado y gran amigo de la familia –papá y él eran íntimos– se ofrece a representarme para firmar el primer contrato con Woolworth. ¿Te imaginas? Yo no era nadie y no tenía suerte hasta que te conocí. Todo mi amor", y más dibujos, esta vez de una chiquilla volando por los aires.

Por la tarde, de vuelta a su habitación, recibió una llamada de Braulio. También con él se había impuesto un régimen disciplinario: no tomar la iniciativa en las llamadas, responder brevemente sus cartas, no reunirse en las vacaciones ni tocar los temas políticos que lo alejaban de su campo. Ahora Braulio, sin embargo, pedía un favor imposible de eludir. No había consulados hondureños cercanos, pero sí en Nueva York, adonde Pablo llegaría a principios de enero. La policía de su país había resucitado una antigua acusación de agitador universitario contra él y estaba seguro de que las autoridades norteamericanas lo sabían; por ello, sugería que, a través del consulado peruano, averiguara discretamente la magnitud de los cargos y si había o no orden de impedirle el retorno. Negarse hubiera sido entrar en explicaciones y detalles; dijo que lo haría con el mayor gusto, pero se repitió a sí mismo que por ese lado político había que cuidarse del propio cónsul peruano. "Braulio debe de estar muy preocupado y se olvida de que también el Perú padece una dictadura", pensó.

Elaine y Lillian se acostaron tarde, ultimando los preparativos para recibirlo. Por la mañana, víspera de Navidad, Elaine llevó el coche a la revisión y lavado, pero ya se sabía que una podía esperar otras averías en el armatoste; le dijeron que únicamente estaría listo una hora antes de la llegada de Paul, a las cinco. A su turno, Lillian asistió a una reunión de reparto de regalos en el Town Hall, donde había trabajado su marido hasta poco antes de morir; cuando volvió, debió apresurarse con la merienda de Jim y Tommy, quienes a su vez partirían, a las cinco y media, a un refugio de montaña, hasta el Año Nuevo. Se puso el delantal y había preparado ya una tortilla cuando Elaine se despidió de sus hermanos, sin olvidar entregarles sus regalos, y salió a las volandas por el Dodge. Gritó que daría a Paul una vuelta por la ciudad a fin de que Lillian tuviera tiempo de preparar la cena. Sola, Lillian se quitó el delantal y revisó la casa que ambas habían arreglado durante la semana; se había prometido que, so pretexto de recibir a Paul, mejoraría algunos detalles, y lo había cumplido. Menos mal que Elaine trabajaba asimismo en casa, aparte de dividirse las tareas de la cocina, la limpieza y el jardín. En recuerdo de su marido cambiaban las flores a menudo. Habían barnizado puertas, ventanas y hasta vigas, y ahora se destacaban mejor las paredes levemente rosadas. La cristalería brillaba en las viejas y nobles vitrinas; el piso especialmente lustrado se daba bien con las alfombras persas, grandes y pequeñas, sembradas una a una durante años, según los disciplinados ahorros del difunto. Y las escaleras y el pasamanos brillaban todavía mejor, y así Paul (el primer huésped desde la partida de quien jamás volvió) se sentiría halagado cuando subiera al mezzanine y ocupara el cuarto de huéspedes, con las cortinas y cubrecama de color musgo, y con los diseños de Elaine desplegados por doquiera, excepto en la salita de estilo inglés, abierta muy de vez en cuando. Para recoger la impresión final, Lillian salió y siguió el contorno de la casa blanca, de madera, posada sobre pilotes y encima del bello montículo de césped. Tan sólo les había faltado pintar el garaje y echar a la basura algunos trastos viejos, que al parecer se aferraban de su marido, ya no más de ella. Pero lo principal estaba hecho, y Paul no era un simple joven extranjero, sino el primer huésped de una casa redi-viva y remozada, donde las mujeres solas empezaban a abrirse paso.

Junto con la carta de Elaine abrió la de Ewa, que escribía desde Austin. Un hijo en camino. "No estoy absolutamente segura, pero lo sospecho. En unos días te escribiré de nuevo. ¿Has pensado alguna vez en ser padre? Pues empieza ahora".

¡Vaya fruto de la semana en el Franklin Park Hotel! La vida se metía por cualquier resquicio y brotaba como los hongos. Un hombre, todavía muchacho, envejecido a la fuerza por la paternidad. Te hará más razonable, hijo mío; eso decía su madre de "las pruebas de la vida". Se suponía que las suecas eran amantes, no madres. Lo primero, no asustarse. Trata de ser irresponsable alguna vez. Cuando salió a la avenida del campus, flanqueada por edificios geométricos, avanzó desilusionado hacia la biblioteca; alguien le mordía el estómago, le quitaba las ganas de caminar; eso era el colmo. Al fondo vio el hospital y aun toda la facultad de medicina: en uno como ése nacería otro Jiménez. No y no. Sin duda ella se había liado con otro amigo en Austin y quería que Pablo la sacara del aprieto. ¡Vaya fertilidad de las suecas! Su fama era la sensualidad, no el parto sucio y sangriento.

Pero, no, no podía estudiar como si nada a Robertson y Prescott. ¿Le escribiría una carta dura o se encogería en el silencio? ¿Y qué diría Lucía cuando se enterara? ¿Y la cita de Navidad con Elaine? Ewa había cortado los caminos. Tiemblas ante la idea de ser padre como tu padre; pero él te tuvo, oh sí, fue más valiente.

Al diablo con Prescott y las fichas. Volvió al pabellón de graduados cerrando los puños de cólera. En medio del frío que le arrancaba bocanadas de aliento, la cólera lo entibiaba hermosamente. Casi podía quitarse el abrigo.

La carta era de tres días antes; el correo era a veces tan malo como el peruano. Pero, mejor, por una parte. Quizá las cosas estuviesen ya claras. El corazón le empezó a batir cuando se acercó a la recepción; la pelirroja Sandra manejaba el tablero telefónico.

– ¿Yes, Mr. Jaymenez?

Sandra tuvo que hacer varias llamadas, seguir la pista buena a través de falsos informadores; le oyó hablar con el departamento estudiantil de la universidad de Austin. Había una silla desocupada junto a Sandra; Pablo se quitó los guantes; los enchufes entraban y salían del tablero, el pelo de Sandra eran hilachas de zanahoria.

– Mr. Jaymenez, cabin number two.

Entró en la cabina y se encerró con su secreto, que ya era público, y oyó la voz alegre y amable de Ewa. ¿Recibiste mi carta? Oh qué bien. ¿Es verdad lo que dices? Hasta ahora creo que sí, dijo ella, sin pizca de preocupación, amorosa y sin duda sonriente. A otro perro con ese hueso, yo no soy el responsable, te pregunté si había peligro y tú dijiste que no ¿recuerdas? Al cabo vino un silencio profundo. No te pongas así, Paul, tuve miedo y te escribí, habrá que esperar unos días; te llamaré yo.

Colgó, pero no pudo salir en seguida de la cabina; la cobardía y el miedo se lo impidieron; y tampoco quiso mirar a Sandra. Sólo atinó a recoger el abrigo, los guantes y a Prescott y a Robertson, pero también el aguijón en el estómago y las enormes ganas de tomarse un trago de verdad, y todavía en una ciudad universitaria donde sólo se vendía cerveza.

Luego recordó que tenía whisky en su cuarto. Avanzó a grandes zancadas por el pasadizo, abrió la puerta esperando ver a Vincent que estudiaba ante la ventana, pero no había nadie; tiró los objetos que le molestaban y se preparó un trago con el agua deliciosamente fría del aparato de pedal del pasadizo. Bebió el primer sorbo y se quedó dando vueltas frente al espejo; acabó por mirarse, sonreír de su miedo y decirse la sueca te ha fregado. Al tercer sorbo empezó a extrañar a Braulio y estuvo tentado de ir a Chapel Hill a buscarlo. Pero renunció y se puso a escribir una carta a Ewa, aún más dura que su cobardía por teléfono.

Por la tarde debió empujarse a sí mismo, camino de la biblioteca; pero, una vez en su cubículo, protegido del mundo por el silencio y las estanterías, no leyó ninguno de los títulos que debería haber leído, sino un tomo que vio por encima de su cabeza sobre las invasiones norteamericanas a México. Leyó sorprendido, absorto, cansado de contar las veces que habían sucedido esas violaciones; su cólera del principio se volvió un miedo largo y frío, y finalmente se secó, diciéndose que esos actos obedecían casi a una simple ley física. Otra cobardía.

Por la noche comió bien en la cafetería y pasó dos horas frente al televisor, la primera mirando a John Garfield y la segunda al senador McCarthy. Paulatinamente las luces se habían vuelto miopes y tibias en la amplia sala de descanso, mientras se esfumaban las voces y gritos de sus compañeros. Por fin se levantó, perezoso y dando tumbos, rendido por el sueño.

De modo increíble, al día siguiente olvidó el asunto hasta por la noche; pero cuando quiso llamar a Ewa, se abstuvo de hacerlo, resentido con ella.

A la otra mañana debía concluir una monografía; desayunó a las volandas y volvió a su cuarto para seguir redactándola, cuando sonó el teléfono. Ewa dijo ¿Paul?, con una ansiedad que le hizo cerrar los ojos, esperando lo peor. ¿Estás ahí, Paul? ¡Óyeme bien, falsa alarma, falsa alarma! ¿No dije que debíamos esperar? Estoy absolutamente segura. ¿Are you as happy as I am? ¿Y cuándo nos vemos? ¿Puedes venir en Navidad o quieres que vaya a verte?

Se excusó como pudo, dijo que él llamaría y por poco dio de saltos en la habitación. Por entonces ya había decidido no ver a Ewa, como si fuera la muchacha más peligrosa del mundo.

Elaine salió con el tiempo justo a la estación. Casi fue una operación militar. Ella y el expreso de Nueva York llegaron juntos, pero Pablo no lo supo, sino cuando Elaine le tocó el hombro y se abrazaron un buen rato, apretándose, dando vueltas y mirándose como dos tontos que ignoraran qué decirse.

En el coche dieron un paseo por la ciudad, que parecía remozada y aun agitada en vísperas de Navidad. El aire frío era muy claro. El cielo, blanco y extrañamente radiante. Los árboles sin hojas, transformados en esculturas muertas, y otros iluminados para las fiestas. El parque junto a la casa sonreía por intervalos, cuando el frío no había resecado esos antiguos árboles dormidos, que ya despertarían y renacerían de modo increíble unos meses después. Apenas empezó a nevar, Pablo quiso verlo todo cubierto, y por ello retrasaron su vuelta a casa. Elaine observó sus reacciones hasta que las plumas blancas, los grumos y pelusas, además de los copos bien formados, se extendieron con infinita paciencia sobre el mundo de hombres, árboles y edificios. Al abrir la puerta, Lillian recibió el beso de quien ya parecía un miembro adoptado por la familia, y entre todos subieron al mezzanine, donde Pablo abrió su gran maleta y les obsequió varios objetos de plata. Cuando Lillian salió con las manos ocupadas, Elaine dio un grito de júbilo al recibir el anillo de la universidad de Duke, con las iniciales de Pablo. Era el sello del noviazgo íntimo, previo a cualquier otro, que Pablo lo daba absolutamente curioso por descubrir el ánimo con que lo recibiría ella, y por saber qué sentiría él, con una novia fija en Lima, si bien no tenía intención alguna de vincular el anillo con un compromiso formal. No, Lucía seguía siendo la primera. Elaine acabó por besar apasionadamente a Pablo, conforme las manos de él ya habían llegado a sus caderas.

Le dijeron que saldrían a las nueve. A esa hora él estaba ya vestido, con pañuelo al pecho, y un vistoso chaleco de moda entre los jóvenes elegantes. A la hora exacta oyó un claxon. Elaine gritó que por favor él abriera y atendiera a sus tíos Ezra, hermano de Lillian, y Mabel, su esposa. El chofer de un Continental que le pareció muy largo abrió la portezuela y Pablo vio bajar rápidamente a una pareja mayor, risueña y ruidosa. Tío Ezra palmoteó las espaldas de Pablo y tía Mabel lo besó; sabían ya que era el boyfriend de Elaine. El viejo simpático, sonrosado y gritón, había venido manejando desde Charleston, donde tenía una fábrica de papel, pero aquí había alquilado un chofer en el hotel. "Para tener las manos libres", dijo, y entró preguntando si había hielo en el bar. Sin más preámbulos, iba a servir el bourbon cuando Pablo dijo que se había permitido preparar el pisco-sour con una botella traída del Perú. "Pues pónme el trago al frente", dijo él, y Pablo se lo sirvió muy frío. "Otro más", mandó el viejo casi sin respirar, y sólo entonces bebió con Pablo, mientras le preguntaba por sus estudios en Columbia. Cuando salieron de sus habitaciones Elaine y Lillian, vio que todos se abrazaban y besaban más afectuosa y expresi-vamente de lo que había visto desde su llegada. "Será porque son sureños", pensó. Tío Ezra se paseó por la salita y el comedor, y aun subió con Pablo al mezzanine, sin dejar su copa. "Te voy a obsequiar otras alfombras persas que quedarán bien acá abajo", dijo a Lillian, y ésta abrazó y besó de nuevo a su hermano.

En cuanto bebieron todos, tío Ezra encabezó la procesión de la familia y del invitado, que entró toda en sólo mitad del Continental. El viejo había reservado una mesa en el roof garden de su hotel, a fin de celebrar la Navidad, y anunció que les invitaba a otra fiesta para el Año Nuevo, pues luego debía seguir viaje a Colorado y Nebraska. En el coche brotaron risotadas y comentarios sobre el viaje desde Charleston, mientras la ciudad de árboles iluminados giraba o patinaba. Bajaron en el hotel Belvedere, un monstruo de edificio asediado de reflectores y sembrado de banderas, que no eran de países, sino de vaya usted a saber qué instituciones. Tomando el ascensor más amplio, el que llevaba al roof garden, a esa colección de luces, brillos y trajes de etiqueta de todos los colores, sombreritos y serpentinas, acabaron en una de las mejores mesas, contemplando abajo la ciudad irisada de luces y quizá de miradas. El vozarrón de tío Ezra ya había ordenado el champagne y su mano sobornado al camarero. Pablo sacó a bailar a Elaine, metiéndose entre el hormigueo de parejas, voces y de la estruendosa batería, y todo seguía flotando sobre la ciudad.

Al volver al grupo, tío Ezra les señaló con una mueca a Lillian, quien de veras había cambiado de semblante; hablaba más vivamente y reía mucho, repitiendo: "Este hombre me va a matar". Pablo sacó a Mabel y tío Ezra a Lillian, y mientras Pablo contemplaba a distancia lo bonita y alegre que era Elaine, sentada sola en la mesa, tío Ezra dio demasiadas vueltas con Lillian, que seguía repitiendo: "Este hombre me va a matar".

En el estrado, sacudido de vez en cuando por los estruendos musicales, desapareció una cantante mexicana que cosechó buenos aplausos y vino una cantante negra. No había como las cantantes negras; empezaron a servir la cena y tío Ezra y Pablo no cesaron de bailar por turno con las mujeres de la mesa.

La cena iba bien, pero Lillian alzaba mucho la voz, no era su costumbre, y Elaine y tío Ezra la miraban mucho, la una preocupada y el otro divertido, haciéndole señas a su mujer. De pronto, los dedos de Elaine se endurecieron sobre el brazo de Pablo. Lillian quiso levantarse, habló de ir al toilet, e iba a caerse a plomo, cuando Elaine dio un salto y la sostuvo a tiempo, si bien Lillian empezó a reír: "Estoy bien, Ellie, pero este viejo zorro me ha emborrachado". Y entonces tío Ezra, serio finalmente, dijo que llevaría a las señoras a casa mientras los jóvenes terminaban la cena.

La cantante negra no se había ido, pero Pablo sólo pensaba en la cena y el champagne para cinco personas; tenía unos sesenta dólares, a lo sumo. Sin embargo, más pudo su deseo de marcharse con Elaine antes de que volviera el viejo, y así tuvo que pedir la cuenta: si era mucha, esperaría al anfitrión; si no, pagaría él. Entonces se dijo que tío Ezra sabía hacer las cosas, porque no sólo había pagado los ciento diez dólares, sino había ordenado servirles a voluntad. "Tienes razón, vamos a casa", dijo Elaine, todavía preocupada por su madre; así continuó en el taxi e inclusive al entrar en el dormitorio de Lillian. Pero salió envuelta en su alegría de siempre. Ruborosa por la bebida y consciente de su promesa de entregarse a Pablo, fue ella quien rodeó su cuello y lo besó como si fuera a quitarle la vida por la boca. Cuando Pablo pudo respirar, ella dio la señal para que subiera en silencio al cuarto de huéspedes. El casi no tuvo tiempo de prepararse. Más rápida y se diría más sabia que Pablo, descalza y como desvestida por un camisón sin hombros que la embellecía, cada vez más natural en sus actos, apareció en el umbral, una mezcla de mujer plena y de virgen adolescente. Oyéndola susurrar y respirar tan cerca, sintió de nuevo que era una extranjera, y por tanto, destinada a otro hombre; pero que su suerte lo ponía ahí, a traducir sus frases llenas de pasión. Al mismo tiempo, satisfecho, sintió que desplazaba a ese amante invisible, a quien estaba engañando con la complicidad de Elaine, lo que de por sí lo excitó aún más, dispuesto a robarle los sentidos, a fin de que ella no volviera ya con los hombres de su raza.

Despertó cuando amanecía. Habían olvidado correr bien las cortinas, pero no quiso levantarse. Elaine dormía de costado, sobre un brazo. El camisón le descubría un pecho, casi se lo ofrecía. Al levantar la sábana, vio que seguía desnuda de la cintura abajo. Sus muslos blancos y duros, y el pubis dichosamente negro, formaban algo así como un paisaje soñado desde niño. La había poseído, pero esa carne firme y sorda seguía de algún modo virgen, ajena a él. De nuevo enardecido, volvió a abrirle las piernas y las alzó muy arriba para gozar de otro espectáculo y quizá también de su propia turbación. Ella abrió sus ojos grises y sonrió, pero ya no tiernamente, sino como desafiándolo a cubrirla, tomándolo de los hombros para observarlo también. Desde entonces ligaron sus ojos y no los desviaron ni cuando oyeron sus propios gemidos en los rostros acezantes. Después, con un largo suspiro, jadeando y riendo, se adormecieron uno sobre otro. Cuando ella se dio la vuelta, Pablo volvió a alzar la sábana y quedó feliz, mirando la otra cara de ese alimento vasto y enorme, como la tierra.

Por toda una semana Elaine repitió su entrada furtiva a medianoche. La víspera de Año Nuevo, delante de su madre, llamó al comedor a Pablo y puso en la mesa sus nuevos diseños, muchos de ellos influidos por el libro sobre arte precolombino que él le obsequiara. Los ojos de éste se abrieron de sorpresa y admiración. Los había de varios estilos, incluso impresionistas y abstractos, pero más le gustaron los diseños geométricos, que le recordaban a Chavín y Paracas. "Esto no puede quedarse aquí", dijo, entusiasmado. "Tienes razón. ¿Me acompañas a llevarlos a Mr. Simmons, jefe de ventas de Woolworth? También irá Mr. Stewart, amigo de mi padre. Tenemos una cita dentro de dos horas". "Por fin se convenció", aplaudió Lillian.

La acompañó, sí, y aun pidió perdón para intervenir en las condiciones del contrato, que le parecieron leoninas según le explicó el abogado Stewart. "Yo también pienso igual, pero si les sacamos cinco por ciento más de lo que ofrecen debemos darnos por satisfechos", dijo Mr. Stewart.

Al salir de la entrevista, pesaba mucho menos la gran carpeta de los diseños que cargaba Pablo; Elaine, como después de un milagro, reía nerviosamente con el cheque de dos mil dólares de adelanto; y Mr. Stewart repetía que habían tenido suerte y que sólo deberían volver el diez de enero, cuando hubiera estudiado bien la letra menuda del contrato, pues lo que habían firmado era solamente una minuta.

– ¡Tú me has dado suerte, Paul! –repetía en la calle Elaine, abrazándolo–. ¡Si no es por ti no me decido!

– ¿Yo? –decía Pablo–. ¿Yo?

La noche de Año Nuevo, Elaine estrenó un vestido largo, ceñido y escotado; parecía una nueva mujer, en la serie de cambios que Pablo contemplaba satisfecho. Lillian y Mabel los trataban como si fueran prometidos. Hallaron a tío Ezra guardándoles la mesa; el puro humeante, brindaba con sus vecinos. El enorme roof garden, ahora con su mecanismo en marcha, giraba lentamente, y así de un rato a otro cambiaba lo que uno hubiera visto por las ventanas. Desaparecía la orquesta y pasaba el bar; la gente chillaba y se escabullía, pero ignoraba cómo volver a sus mesas. Y la orquesta acompañaba la emoción y todos contaban los minutos que faltaban para las doce, y parecían ebrios, pero no lo estaban aún. El confetti, las serpentinas, los gorros de papel y los silbatos deformaban y alegraban tantas caras. Los ademanes eran de hombres y animales resueltos a ser felices. "Es como cuando acabó la guerra y lo celebramos aquí con mi marido", dijo Lillian, parpadeando muchas veces.

A las doce, el gentío y la orquesta estallaron de júbilo. Los comensales se besaban o corrían a besarse. No sólo Elaine lo tomó fuertemente de la cabeza y lo besó en la boca, sino que también Lillian y Mabel hicieron lo mismo con él, en una rara costumbre que lo dejó confuso. Y ahora tío Ezra ya estaba besando en la boca a las muchachas bonitas de la otra mesa. Dudó en imitarlo: si él las besaba, sus acompañantes se desquitarían con Elaine, y él sabía muy bien que era celoso. Pero pronto estuvo en medio de un torbellino y sintió que lo empujaban. Besó a una rubia y después a una morena. Besaban bien; pero creyó que era suficiente y retrocedió buscando a Elaine, quien saltaba de alegría y arrojaba serpentinas. Una trompeta rasgó el aire y después vino la furiosa y entreverada batería, el diálogo de fuego o de luces que provocaba aplausos y gritos, y algunos se habían trepado a las sillas. Otras parejas seguían con las bocas prendidas, en una escena inmóvil, como si no existiera la tristeza.

A las tres de la mañana, enrojecido y sudoroso, se despidió tambaleando tío Ezra. Ellos lo siguieron. Después de dejar en su habitación a tío Ezra y a Mabel, descendieron hasta el coche, todavía encendido en el sótano. Elaine ayudó del brazo a Lillian. Una vez en casa, Elaine tardó en subir al mezzanine; estaba acostando a su madre. En eso sonó el teléfono.

– Es para ti –dijo Elaine desde abajo.

Tembló de miedo. ¿Quién podía ser? No había dado el teléfono a nadie. ¿Era Lucía saludándolo por Año Nuevo, en vez de que él la llamara? ¿Y cómo explicarle a Elaine?

– Soy yo, viejo –dijo Braulio.

– ¿Quién te dio mi número? –casi gritó.

– Llamé varias veces a tu universidad, hasta que me lo dieron.

– Bueno, ¿y cómo estás? –dijo, en vez de increparle por qué llamaba con el pretexto del Año Nuevo.

Pero, no, Braulio dijo que estaba tras él desde hacía horas. Que había un tipo centroamericano rondando por su edificio; podía jurarlo, en serio, no bromeaba. Que por favor Pablo, apenas llegara a Nueva York, hablara con un compatriota hondureño que trabajaba en las Naciones Unidas, no en la delegación de su país, no, eso no, sino en el organismo, y que denunciara esa persecución. Braulio no había querido contarle nunca a Pablo, pero él había sido forzado a pedir la beca, como una forma menos violenta de salir de Honduras.

– ¿Te persigue el gobierno de tu país, entonces?

– Sí, viejo, así es la babosada.

"Durante años he evitado ser militante en el Perú y ahora seguiré escapando el bulto", pensó Pablo. Apuntó el teléfono y el nombre del funcionario; dijo que cumpliría el encargo, pero que no se comprometía a nada más, ¿entendido?

– Entendido –dijo Braulio.

Luego de esa interrupción, las cosas no fueron lo mismo. Apagó la luz, Elaine entró furtivamente y ambos se desnudaron en silencio. El amor no lo adormeció ni le descansó la mente. Pensaba como si enredara las cosas, no las desligara. Un viejo temor le decía que con cualquier desliz podía perder la beca y él no deseaba retornar aún a Lima. ¿A qué, para qué? Otro pensamiento le dictaba que, al revés, con más ahínco, podría transformar su monografía inconclusa sobre Prescott en una tesis que presentaría en Columbia, junto con una solicitud de prórroga de beca al IIE, por otro año, a partir de setiembre de 1954. Hasta el amanecer, mientas Elaine dormía dulcemente en sus brazos, ninguno de ambos pensamientos desplazó al otro. Se sentía pequeño, miserable, apostando toda su suerte a una beca de ciento sesenta y cinco dólares (en Nueva York, después de las fiestas, le darían doscientos), que dependía del veredicto de unos historiadores extranjeros, para halagar a quienes él, quizá de modo inconsciente, había escogido la obra de un colega bostoniano, superado ya por los historiadores de su propio país. Pero, bien, le decía otra voz, ¿y por qué no ordenar y sopesar los errores y aciertos de Prescott en una obra mayor sobre la conquista del Perú? ¿No valdría eso cualquier sacrificio?




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