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vivo acá! –los atrajo, rechazando a Shesha, que pretendía devolvernos fuera de la habitación donde se olía a borracho–. ¡El cuarto no está arreglado y hay botellas por todas partes; pero pasen, yo me visto en un dos por tres! –y mientras Shesha pretendía ocultarla con sus brazos, la vimos muy bien asimismo por arriba, y el corazón empezó a palpitarnos. Parecía, sin embargo, una muchacha sana y feliz, que iba muy bien con el día soleado.

– ¡Elena, no debiste hacer eso, son unos niños! –rezongó Shesha.

– ¡Bah, a ti también te gusta verme calata! –hizo Elena un mohín–. Así ellos sabrán desde chicos cómo somos las mujeres, y no sufrirán como yo, que casi me muero de miedo cuando el famoso tío Javier me trajo a vivir con él.

– ¡Calla, idiota! ¡No le hagan caso, muchachos, es una recogida del tío Javier!

– ¡Recogida no, soy su amante y duermo en el dormitorio principal, soy más que tú en esta casa! –chilló Elena, con una contagiosa alegría, y abrazada de sus nuevos sobrinos–. ¡Tengo unos hermanitos así de lindos como ustedes, pero él no me deja traerlos! Qué pena ¿no? –y al punto, en sus sorprendentes cambios de emoción, se enjugó una lágrima, pero también sonrió muy feliz.

Finalmente, Shesha nos empujó y tuvimos que salir pitando. Lo último que vimos fue la calva redonda y la cara juvenil de nuestro primo.

El vozarrón del viejo gritaba desde los altos:

– ¿Se van solos o los echo yo?

– ¡Avívense! –nos advirtió Andrés, cuyos pantalones ataban unas soguillas–. ¡Apenas el portón abra yo, corriendo salgan! ¡Que los pedilones no se metan!

– ¿Y qué piden? –iba a averiguar David, cuando Andrés, con desusada maestría, movió con un dedo el pestillo, abrió sigilosamente una ranura, nos empujó afuera y cerró justamente para impedir que una turba de indios entrara en la casona. Los cuerpos se estrellaron contra la mole del portón, y todavía cerrada por dentro.

– ¿Qué piden, Andrés? –susurré.

– De todo, muy pobres son, más que yo –dijo sonriendo–. Quieren lo que en el depósito hay, pero tío Javier diz que damnificados no son. Un día de éstos toditos van a asaltarnos.

– ¿Quieren robar, entonces?

– ¿Robar? ¿Acaso el depósito de tío Javier es? ¿Acaso todos el terremoto no padecimos?

– ¿Cuál terremoto?

– Del año pasado. Muchas casas cáidas o a medio derrumbar verán ustedes. No hay plata pa’ levantarlas de nuevo.

– ¿Y cómo es un terremoto? –dijo el tonto de David.

– A mí también me han contado cuentos parecidos a los tuyos, a ésos en que vuelas –dijo Shesha a Pablo–. En uno de ellos, dos hermanitos huérfanos y muertos de hambre, de repente, como una salvación, ven cruzar por el aire a un gorrión con la flor de papa en el pico; pensando en comer, vuelan detrás de él, pero los descubre la Achiqué, una vieja mala y famosa en Ancash, dispuesta a matarlos y a adueñarse no sólo de la flor, sino de las papas que podría cosechar. La niña defiende a su hermanito a pedradas, y luego lo carga a la espalda, lo cubre con una lliclla y huye perseguida por la arpía, que si algo sabe es correr bien y hacer maldades. Cuando ya no puede más, la niña ruega a un gallinazo que los esconda bajo sus alas; éste cumple, y todavía, de un aletazo, baña en sangre la cara de la vieja. Agradecida, la niña le dice al gallinazo: "Tendrás buena vista y nunca te faltará comida", y sigue huyendo. Cuando la Achiqué los va a coger de nuevo, se dan con un puma, que asimismo los esconde y castiga a la vieja con un zarpazo de marca mayor. "Tío puma, serás el más valiente de los animales", dice ella al despedirse. El último que hallan es el zorrillo, el añaz, extrañamente el primero en negarse a ayudarlos: "Pues tendrás un olor horrible y serás fácilmente atrapado por los cazadores", lo maldice ella. Pero la persecución se acorta y faltan sus fuerzas; hasta que llegan a un sitio plano, sin refugios ni animales. Los niños se arrodillan y piden al cielo que los salve; entonces San Jerónimo les echa una soga y ellos suben al cielo, que es una linda chacra de papas, cubierta de flores, donde viven felices hasta ahora.

– ¿Y la Achiqué? –preguntó Davicho.

– Ella también quiere subir al cielo. "Taita Jerónimo, haz que yo suba igual", grita; pero la soga que le manda el santo tiene un ratón que se la va comiendo a pocos. En el momento en que, sin apoyo, va a desplomarse a tierra, la mujer fea maldice: "Que mi cuerpo se desparrame, que mis huesos se hundan para siempre, que mi sangre reseque plantas y hierbas". Y así nacen los Andes, y algunas de sus rocas tienen la cara desesperada de la vieja que está cayendo a morir. Cuando uno grita, el eco es la voz de la Achiqué, remedándonos; y su sangre todavía salpica, en especial los arenales de la costa, árida hasta ahora.

– ¡Bah, es un cuento largo y con una vieja fea! –hizo una mueca Davicho.

– Pero la cara de los nevados, que es tan linda, de la Achiqué no puede ser –dijo Andrés–. De la muchachita que subió al cielo tal vez.

– ¿No les gustó ése? Pues ahí va otro –dijo Shesha–. Lo cuentan en la provincia de Aija. Dice que en el caserío de Huacllán, el jefe o curaca de la tribu tenía una hija bonita, cuyo nombre quechua he olvidado, como se olvida, por desgracia, toda nuestra historia, pero que podemos llamar Ninfa, porque eso más o menos significa. Pues bien, Ninfa se casó por amor con un hombre feo, pues en el amor no se ve la cara sino el corazón. Ella lo quería de verdad, pero a su padre el curaca no le gustó ese matrimonio e hizo envenenar a su propio yerno.

– Curaca desgraciado –dijo Andrés.

– Ninfa, por huir de sus penas, se marchó a la costa, pero sólo había llegado a Cutacocha, arriba de Huacllán, cuando le dio el mal del corazón, la tristeza, por su marido muerto; se quedó en el sitio y construyó una casa. Uno de los Incas, de visita por el antiguo Ancash, se alojó en la casa y supo así la historia; al ver no sólo su bonita cara de ángel, sino al sentir su pena, le hizo traer una piedra para que, tomando un pedacito en infusión, sanara del mal. Así ella se fue curando, y Ninfa de puro buena repartía los pedacitos de piedra a los que sufrían de tristeza. Por eso, cada año la piedra se va achicando, pero todavía sin acabarse.

– Al curaca bandido nadie lo castigó –dijo Andrés–. Ya se sabe, hierba mala no muere, como Javíbora.

– Cuidado, no lo llames así, él te da de comer –dijo Shesha.

– Pero por mi trabajo no me paga ni a la escuela me manda –dijo Andrés–. Palabra, al cielo me gustaría subir y en la chacra de papas tumbarme. ¡Con el hambre que hay en la sierra!

– Es curioso que en la sierra se hable del hambre no como una cosa que falta, que es la comida, sino que sobra –dijo Shesha–. Entre nosotros cuentan las ausencias; será por eso que nuestras canciones hablan de lejanías y de suspiros por las muchachas que hemos perdido. Así en Yupán, un caserío vecino a Corongo, oí la historia del Inca y de su séquito que, en los viajes de Cusco a Cajamarca, se desviaba del camino imperial, atravesaba el río Cuichín y su puente de bejuco, que hasta ahora existe, y descansaba en una linda planicie. Era su sitio predilecto, donde había una mesa y bancos o sillones alrededor, y todos eran de oro macizo.

– ¡Pucha madre! –exclamó Andrés–. ¡Tan pobres ahora y tan ricos que habíamos sido!

– El Inca y su séquito descansaban y comían protegidos por los guardias y por el centinela, listos en un promontorio del lugar –dijo Shesha–. Yo he visto la mesa grande y cuadrada, y los bancos, casi unos cincuenta, sin duda para señores notables; sólo uno de ellos es hueco, como un gran poto de chicha, y en el promontorio hay la figura de un corazón bocabajo, al que llaman el centinela del Inca. Y claro que todo es ya de piedra.

– ¡Los ladrones se llevaron el oro! –casi gritó Pablo, como despertando.

– Dicen que al morir ejecutado Atahualpa, todo, de la noche a la mañana, quedó convertido en piedra. O sea que por Ancash no sólo cruzaron héroes como Cáceres y Atusparia, sino también los Incas –dijo Shesha, alzando la cabeza y mirando a lo lejos.

 

 

15

 

 Dominando su ansiedad, fingiendo el aplomo de quien no se mueve en una impaciente cola de viajeros, se toca el saco para sentir el pasaporte, la novedad de los dólares, el certificado de vacuna, la carta de la beca. "Un miembro del Institute of International Education (IIE) le esperará en el aeropuerto de Miami y le llevará a su hotel. Por la tarde usted seguirá viaje en el Silver Express hasta Jacksonville, donde cambiará el tren hacia Lawrence, Kansas. You must excuse me for not receiving you personally". Sin duda ese director prefiere salir de paseo en su fin de semana. Por eso les pasó lo de Pearl Harbor. ¡Qué importa si no te recibe! La cosa era marcharse pronto, aun sobre el cadáver del viejo, que quizá planeó su muerte para impedirte la salida. Qué casualidad, lo enterramos hoy en la mañana, como si aun lo imprevisto hubiera encajado en el cronograma original. Eso se llama buena suerte dentro de la mala. Cazurro el viejo, así no da su brazo a torcer, y mamá tampoco vendrá, claro, por el luto y esas cosas.

Está a dos pasos del mostrador de Panagra, metido por segunda vez en la cola, como si no le hubieran desglosado ya el billete a cambio del pase para abordar el avión. Hasta hierve en sus labios la misma pregunta sobre los detalles ya conocidos del viaje. Es que nadie ha venido a despedirme y uno tiene derecho a disimular ¿no?

Pero entonces descubre a David. Una mezcla de estupor, miedo y orgullo le enderezan el cuerpo. El hijo favorito de su padre ha entrado en el alto y marfileño salón de la Corpac y lo está buscando con los ojos. Sin duda cumple un deber, no un deseo. ¿No traerá una consigna atroz del viejo? Y está solo, sin la vaca de su novia, sin corbata y sin haberse dado el trabajo de ponerse un buen traje; pero ha venido. El primogénito celoso, la sombra interpuesta que velaba la figura del dueño y señor, la luna entrometida que produce el eclipse de sol. Los ojos de ambos chocan, no hay modo de evadirse. El gordicalvo y él, muy delgado, avanzan para encontrarse (¡para decirse qué, Dios mío!). Es como si las manos de Pablo hablaran, y en cuanto los dos hermanos se detienen para no chocar, ellas dan vueltas el llavero amigo y entregan a David todas las llaves menos una, la de la puerta de calle (¿o sea que pienso volver?), si bien, en el instante en que roza la mano regordeta y caliente de David, imagina la posibilidad de morir, quizá de darse nuevamente con el viejo. Un escalofrío le dibuja el espinazo. Hay que marcharse, el Perú no trata bien a sus hijos. El miedo ha sido auténtico, pero, luego de un parpadeo, ve a Lucía y a una amiga que la acompaña (una muchacha bien no podía venir sola), y así recobra el ánimo esperando el llamado definitivo del altavoz.

Tras de Lucía vienen otros conocidos y ahora todos la escoltan como si supieran el sitio que ella ocupa en su corazón. Y por fin, el altavoz da el alerta, sacude el estomágo. Deja el maletín de mano en el suelo y encima el impermeable todavía inútil, mientras Lucía y la otra muchacha se disponen junto a él. Los abrazos de despedida empiezan por turno; aun descubre a nuevos amigos llegados exactamente a la hora debida, pero no al compañero que perdió la beca frente a él. Incluso ve a un matrimonio de vecinos con los cuales, cosa extraña, se llevaba muy bien; el señor Cuevas, flaco y canoso, el mejor amigo de su padre, le da apenas la mano; y finalmente, aun David se pone en la cola y Pablo no iba a abrazarlo, eso no, hacía años que no se daban ni la mano, pero de pronto ambos se han mirado y han descubierto algo en sí mismos, y quizá deban hacer también lo que sus amigos esperan que hagan, y entonces se abrazan, oh al fin, al cabo de años, vibrando, temblando, convencidos de que las palabras no sirven de nada, aunque sin mirarse de cerca, claro, y cuando se separan uno huele al otro, y entonces Pablo queda como desnudo y libre ante la muchacha que ama y sus ojos húmedos. Oye el segundo aviso, Panagra anuncia, y sus brazos ya habituados a cerrarse estrechan la carne fragante y tierna de la novia que no quiso ser la amante, y que por ello flota aún más por el aire. La besa en la boca, pero rozándola, el cobarde pudor lo vence. Los demás te observan, eres el primer actor cuyas frases repetirán en tu ausencia: fuimos a despedir a Pablo Jiménez; es la primera cosa buena que le sucede en su vida. Soft you, my heart. Bueno, chau con todos, pórtense bien, y recibe el maletín y el impermeable sin saberlo, y el brazo en alto como la del diputado en campaña; pero quiere reunir a todos en una sola mirada y no ve casi nada, se aleja temblando, sus dedos siguen moviéndose como si pertenecieran a otro cuerpo del que han sido cortados. Pero ella no ha venido. Viuda que olvidas al huérfano.

El largo túnel rampante se retuerce, baja cada vez más, está muy iluminado pero desierto; detrás, los pasos resuenan, los viajeros han empezado a vivir solos. ¿Y si yo muriera esta madrugada en un accidente? Sólo David el tonto quedaría de la estirpe. Ve una vidriera tras de la cual le espera el pájaro metálico agrandado por los reflectores. Adiós, Lucía, adiós madre, ahora o nunca. Sube la escalerilla y se vuelve a mirar la línea de bultos humanos a contraluz, que alzan los brazos en el balcón. Ave César, los inmóviles te saludan. Agita el brazo y entra en el pájaro mirando el futuro que está al fondo de la madrugada.

Al día siguiente por la tarde abordó el tren hacia Jacksonville. Los sentimientos opuestos del aeropuerto de Miami seguían en él. Había llegado como a un horno después del insulso invierno de Lima. Esa vegetación exuberante sólo había visto en el Marañón, en un lampo fugaz del viaje más allá de Quiches, cuyos detalles no recordaba. Sí, como enemigo del frío, ese clima le gustaba. Pero su ánimo se había descompuesto por los veinticinco dólares que pagó en la aduana. ¿A quién se le había ocurrido declarar honestamente los pequeños souvenirs de plata traídos para regalo? Pues a él, a nadie más. Y mientras discutía en mal inglés por la multa y esperaba su maleta, el famoso guía del Institute of International Education no llegaba; y, cuando lo hizo, perezoso y sonriente, ya él había averiguado a qué hora salía el Silver Express. A las cinco de la tarde. O sea que tenía medio día libre.

En el taxi sólo había hablado con el guía para practicar su inglés. Pero el guía creyó absurdamente que le interesaría saber lo que era el IIE por dentro y empezó una disertación que Pablo dejó volar por las ventanillas abiertas; las ráfagas entraban cálidas y él ya no sabía qué quitarse: tenía el saco, el impermeable y la corbata al brazo. Y tampoco el guía pagó el taxi, ni tuvo la cortesía de aceptarle un refresco en la cafetería contigua al hotel; se excusó porque era sábado y debía volver a su familia. Menos mal que el aire acondicionado y la vista del mar y las palmeras eran toda una sonrisa. Pero se sentía solo.

En el Silver Express la soledad se acentuó al punto que se animó a hablar con sus vecinos. Era divertido oír su apellido pronunciado atrozmente por los gringos. Cuando a la medianoche tuvo que cambiar el tren en Jacksonville, caminó de punta a punta por la oscura y enorme estación, persiguiendo al changador negro y de gorra roja que parecía robarle la gran maleta. No se sintió completo sino al tenerla quieta y sentada con él, en una especie de monstruosa sala de Banco venida a menos, de alta bóveda y mostradores de mármol con rejillas doradas. Sus nervios le impidieron descubrir en seguida que el mar de pasajeros, sentados o de pie, hormigueando bajo el inmenso tragaluz, eran exclusivamente blancos; a la izquierda, una puerta de madera, vieja y sucia, señalaba la sala para negros. Como soy mestizo, pensó, sería bueno que no tuviera dónde estar. Sabía el horario del nuevo tren, pero quiso cerciorarse en la ventanilla de Informaciones, donde otra vez el inglés de los libros chocaría con la cara de la empleada.

A la una de la madrugada descansó por fin en un reservado exclusivo para él. El tren partió hacia oscuridades aún más desconocidas. Tendido en la litera, con un botones negro de centinela en la puerta, creyó que no iba a dormir, pero durmió largamente; y cuando por la mañana tiró de la cortina que se enrollaba y desaparecía en el marco de la ventanilla, empezó a ver el desfile de un país gigantesco. Frente a ese paisaje de setiembre pensó en que los norteamericanos tenían mucha suerte con aquella tierra inmensa y de variados climas. No sólo veía el suelo siempre cultivado, sino extensos bosques y fáciles colinas, donde la propia naturaleza ponía la vegetación, en caso de que no crecieran plantas alimenticias. Casi ningún paraje estaba desnudo o agreste. Las montañas eran pequeñas para un peruano y aun el río Mississippi, con sus aguas tranquilas y turbias, parecía un ser domesticado, sometido, incapaz de los estallidos monstruosos que él había visto desde niño. Adiós, aluviones, adiós terremotos. Incluso había zonas de cultivo tan plácidas y enormes que, más allá de la envidia natural, provocaban la ternura, el deseo de acariciarlas como a perros de mullido pelaje. Lo que más le gustó fueron los bosques amarillos y rojos, y de mil matices entre esos tonos, una especie de incendio benigno que cubría largos trechos, en un viaje irreal y fantástico. ¡Qué distintos de los mezquinos bosquecillos junto al Santa! Y la tierra roja, tan hermosa como en el Cusco, cuando viajó en un paseo de alumnos de San Marcos. En Saint Louis, los altavoces explicaron algo que no entendió al principio, sino después, en silencio, recordando el sonido de las frases. Habitualmente los pasajeros no deberían cambiar de tren ahí, pero we are sorry to tell you, tendrían que hacerlo. Otra mudanza, otro trajín para su cuerpo largo y delgado que pesaba menos que la maleta. Y de Saint Louis en adelante, hacia el oeste, una sucesión de fábricas y edificios de viviendas que también parecían fábricas; el paisaje se había hecho promiscuo y sucio, muy humano, y en los intervalos brotaban pueblos y caseríos todos de madera y sobre estacas, y retazos felices de césped. Todas las familias parecían tener uno o dos automóviles a la puerta y arriba las antenas de televisión, que aún no llegaban al Perú.

En fin, tras el viaje de dos días y una noche, cuando las flacas posaderas se habían magullado y el hastío quitaba las malditas ganas de hablar inglés, el gigantesco tren se detuvo en lo que parecía una llanura sedienta y roja. Al abrir la portezuela, el calor lo envolvió como en un baño de agua tibia. Una voz se fue acercando y pronunció un nombre raro que debía de ser el suyo. Al bajar únicamente con otro pasajero, recordó temeroso una película de cowboys, donde un hombre solitario había descendido del tren para vencer a todo un ejército.

Su joven consejero Jeremy, lampiño, regordete y de tez sonrosada, lo acompañó en el autobús hacia el pueblo de Lawrence. Por el camino pudo corregir la impresión de un Kansas deshabitado con estaciones polvorientas. Oh no, había también bosques y muchos cultivos, una buena carretera, y por fin, la gran mancha verde y roja del poblado. Remangándose la camisa, vio una larga y luminosa calle, las lavanderías con las amas de casa esperando sentadas, las tiendas de abarrotes, y la farmacia de donde la gente salía comprando diarios y revistas, como si sólo a esa hora de la tarde llegaran de las grandes ciudades. Las muchachas rubias parecían pintadas de arriba abajo de colores, con shorts y camisas de hombre, y finalmente ahí estaba el bus depot. Ya en el coche de Jeremy, empezaron a orillar los simétricos pabellones de ladrillo rojo, de la universidad estatal de Lawrence, casi todos cubiertos de enredaderas, en el estallido de otra selva, mientras se dirigían al pabellón de graduados.

 

 

16

 

 Nos instalamos en la casa del correo, a dos cuadras de la plaza de Sihuas. La calle era también una trocha pedregosa y a ratos bien empedrada, de donde brotaban algunas champas, lo mismo que al pie de los muros, por la humedad que dejaba la lluvia. El sol a raudales y el cielo añil de la mañana hacían olvidar como por encanto la lobreguez de la noche. La construcción blanca y de tejado rojo no podía compararse, es cierto, con la de tío Javier; era pequeña, no obstante sus dos pisos y tres balcones. Según Andrés, por la trocha se iban los viajeros rumbo a Quiches y el Marañón; diariamente pasaban caravanas hinchadas de bultos y víveres, o jinetes solitarios que vivían del comercio menudo o de buscar mujeres, calentando los caballos como jóvenes ricos y ociosos que eran. Frente a la casa, una pirca, del tamaño de un hombre, medio escondía la huerta de los Príncipe, cuya casona blanqueaba al fondo; y detrás, una hilera de eucaliptos sombreaba el fuerte sol.

Desde el primer día planeamos nuestras horas. Jugaríamos en el patio empedrado en forma de L invertida, con el brazo menor que prolongaba el zaguán y torcía a la derecha, hasta el sobresuelo de la galería, donde el buen tiempo nos dejaría comer al raso o alistar nuestros cuadernos, mientras pensábamos aún en cómo sería la nueva escuela, qué genio tendría el maestro y cuántas peleas nos enredarían con los compañeros de clase.

Andrés nos acompañaba desde muy temprano. Tío Javier lo había "prestado" a papá. Con él empezamos a explorar el cerro de encima del patio, y con él jugábamos arreando pepas de nogal con los trompos, o tincando bolas de vidrio y choloques negros para meterlos en sus ñocos.

Una de las primeras mañanas, cuando no íbamos todavía a la escuela, papá salió de su oficina para cruzar vivamente la calle con un sobre en la mano, sin duda un telegrama muy urgente. Tocó el barnizado portón de los Príncipe y entró y salió en cosa de minutos, pero ya el señor Príncipe, de polainas y pantalón de montar, lo despedía en persona, estrechándole la mano, dándole las gracias y metiéndose de nuevo en la casona flanqueada por eucaliptos. De vuelta, papá llamó en voz alta a Andrés, y luego de darle otro sobre y de apuntar con la mano la plaza de armas, le dijo que fuera a entregarlo muy despacio, repitió dos veces, despacio, como lo haría un chico togado y malagracia, casi durmiendo al andar; pero, cuando descubrió que David y yo habíamos subido al balcón para ver qué sucedía en casa de los Príncipe, nos dijo con un mudo y violento ademán que nos esfumáramos, como un mago que quisiera hacernos desaparecer.

Bajamos y perseguimos fácilmente a Andrés, imitando su fingida marcha de muermo. Entró en el puesto de guardia de la plaza, volvió a salir sin el sobre y allá nos fuimos los tres a merodear por la huerta de los Príncipe, donde se escondía la verdad. Por la trocha de pedrezuelas, cualquier bulto, un leño, un tallo reacio al corte, una piedra oculta, nos hería dolorosamente a través de los zapatos, mientras Andrés avanzaba descalzo y sin queja alguna. No espiamos por mucho tiempo. De la huerta brotaron dos bestias a medio ensillar y unas voces apurando el viaje; detrás, dos hombres altos y poderosos, de polainas y sombreros alones, que arrastraban sus alforjas y aun montaban sin que todavía los sirvientes les entregaran las riendas. Desde ahí arriba, se despidieron de una especie de ruedo protector formado por el señor Príncipe y sus criados; y al fin, los cascos restallaron al partir, alborotando a los perros que ya seguían a quienes de por sí parecían perseguidos.

– ¡Ustedes, chicos, no digan lo que han visto! –gritó el señor Príncipe. Pero Andrés, tan despierto, le respondió a voz en cuello:

– ¡Vienen los guardias, doncito, los guardias!

Entonces, el hacendado se puso a andar tranquilamente por la calle, y nosotros detrás.

– ¡Don Cucho Haya de la Torre otra vez se escapa! –susurró jubiloso Andrés, y tanto, que por poco derrumbó nuestro antiguo miedo al oír aquel nombre, prohibido desde Chimbote por los mayores, a tal punto de que jamás habíamos pensado en él, si bien sabíamos su oscuro significado.

Tres guardias se nos acercaban corriendo; crecían cada vez más sus capas, fusiles y sombreros: unos malos pájaros verdes y rojos que se llevaban a los padres y dejaban llorando a las mujeres y niños. Debimos esconder los ojos para no echarnos a temblar. Pero tampoco podíamos huir: Andrés nos había puesto una mano en los hombros, además de protegernos también el grupo de los Príncipe. Así, por vez primera en nuestras vidas, pudimos cruzarnos desafiantes con los guardias prietos y hoscos, que únicamente nos miraron, susurrando que deberían volver por sus caballos, para perseguir debidamente a ese hermano del gran enemigo del país.

Jeremy lo dejó instalado en una habitación doble, en el segundo piso que ahí era el primero, y le entregó un minucioso cronograma de lo que harían en las cinco semanas que duraría el Centro de Orientación para Estudiantes Extranjeros. Dijo que volvería por él en una hora y que el curso empezaría mañana por la mañana.

Mientras abría su maleta, miró por las ventanas la exuberante vegetación que rodeaba el pabellón de post-graduados, nuevo y moderno, y lo primero que le sorprendió fue que hubiera siempre dos puertas, una de tela metálica y otra de madera, y empezó a oír un atroz chirrido de cigarras o de algún maldito animal que le impediría la siesta. Pero, no, apenas se puso el piyama, se olvidó profundamente de sí mismo. Cuando sonó el teléfono y alguien pronunció el nombre de Jeremy, respondió que él era Pablo, no Jeremy, si bien inmediatamente comprendió que debía de bajar.

En el vestíbulo conoció al francés Vincent, su compañero de habitación, y a otros becarios. Desde el comienzo le interesó el grupo de japoneses y alemanes. Los vencidos en la guerra estaban en casa del vencedor, y también los del sur como él, atraídos por la fuerza del gigante. Limaduras de hierro prendidas del imán. Odría era una de esas briznas colgadas del pecho también uniformado de Eisenhower.

Los cuarenta alumnos extranjeros, en camisa de manga corta (los centroamericanos y Pablo en guayabera), divididos en grupos informales, se pusieron en marcha a pie, llenando la calzada. Había dejado de llover y el aire era deliciosamente húmedo y fresco. Las negras calles asfaltadas eran tajos de la tierra roja en declive, y la exuberante vegetación llenaba de vida los rincones, mientras las cigarras (los locusts, según los consejeros) volvían con sus trepidantes sierras a interrrumpir el diálogo de los hombres. Siguieron por la calle hundida entre muñones de tierra, que formaban un techo sobre sus cabezas, y sobre los cuales verdeaba una tupida maleza que invadía todos lados. Casi una selva en medio del imperio ¿eh? Nadie lo hubiera supuesto. ¡Y vaya feracidad del suelo! Me va a gustar el pueblecito, pensó.

Entraron en el edificio administrativo, el único ultramoderno y gratamente refrigerado. En el segundo piso, al final de un corredor desde donde se veía libremente la gran sala de los bajos (auditorio, sala de baile y cancha de básket, según las necesidades), los recibió el director, además de profesores y otros consejeros. Tan sólo los mayores usaban corbatas, pero ninguno saco. Ahí estaban también las doce muchachas becarias. Luego de las presentaciones, se sentaron en la gran mesa en U, cuyos sitios tenían tarjetas con sus nombres y banderines de los países de cada cual. No hubo cócteles ni vino, pero los mariscos, el roast beef y las carnes agradaron al más exigente. A los postres se irguió el director, señor Herzog, calvo, gordezuelo y de ojos azules. Con fuerte acento alemán, les explicó que el Orientation Center llevaba ya varios años ofreciendo cursos generales sobre la sociedad americana (norteamericana, dirás, corrigió él en silencio), su historia e ideales, a fin de que, tras cinco semanas, cuando los estudiantes partieran a sus respectivas universidades, tuviesen una idea general del nuevo país que se honraba en acogerlos. Se excusó por su dicción que, si bien era de Oxford, no había podido borrar su apego a Alemania, «desde donde he llegado diez años atrás, en plena guerra, a este país democrático y libre».

Los aplausos subrayaron la alegría del ruidoso grupo. Cada dos becarios se había sentado un consejero norteamericano, hombre o mujer, encargado de absolver las preguntas y a su vez deseoso de saber detalles del país del becario.

A la mañana siguiente, previo un largo test de dos horas y media, los dividieron según sus conocimientos de inglés; y luego de la primera charla, sobre las ventajas de la democracia frente a las dictaduras, descansaron por diez minutos. En el vestíbulo del caluroso y chato edificio de ladrillos, bebiendo más de la cuenta el agua fría que se expulsaba de un grifo con el pie, se halló en medio del grupo latinoamericano.

– Esto es una babosada, chico –dijo Braulio, el hondureño–. Se creen que no sabemos quién es quién. Estos cursos son para párvulos; ni siquiera disimulan que nos subestiman. Nosotros ya somos graduados, algunos inclusive doctores. Lo que nos debían dar son algunas mujeres. ¿Qué tal tu consejera? Bonita ¿no?

– El mío es hombre –dijo Pablo, provocando una risotada.

– ¿Y qué les parece si por la tarde vamos a Kansas? Ya tengo una semana aquí, llegué el primero. En Kansas se puede medir el aceite, aquí no.

– Medir el aceite ¿eh? ¿Así es como se dice en tu país?

Brotaron nuevas risas. Se les acercó Alfredo, el ecuatoriano, hablando con su tonillo serrano. Parecía de Huancayo o del Cusco.

– Oye, Braulio. Quiero comprar una bicicleta. ¿Puedo ir contigo? Este pueblo está hecho para andar en bicicleta.

– Pues entonces ya somos varios. A las cinco y media en el Administration Building.

A la hora convenida subieron al autobús; la pareja de mexicanos, marido y mujer, estaban ya instalados y les sonrieron.

– Ellos van por su lado –dijo Braulio–. No se enganchen. Por si acaso hay dos Kansas Cities, la de Kansas y la de Missouri. Nosotros vamos a la primera, y por si alguien se pierde, estaremos en el Victoria Hotel, en la fiesta de la banana –y rompió solo a reír.

Tras cincuenta minutos de viaje suave y aire acondicionado, mientras el sol todavía relumbraba sobre una serie de pueblos aún más chicos que Lawrence, o se ocultaba fugazmente por un chubasco que lamía el mundo y en seguida lo dejaba limpio y casi transparente, Braulio dio la señal de bajar en una calle flanqueada por edificios grises y feos.

– Vamos al bar del hotel. Déme cada uno cinco dólares. Yo pagaré los tragos y haré los demás arreglos.

Alfredo sonreía más de la cuenta, como si se tratara de la primera vez.

– Enséñame unas palabras para decírselas a la hembra.

El hotel era oscuro y viejo, pero el apiñado bar resultó ser una boite cómoda y alfombrada, con pequeñas pantallas encendidas sobre cada mesa y chicas de falditas cortas sirviendo los tragos.

– ¿Cerveza para todos? Aquí la Bud es buena –dijo Braulio.

– Para mí un whisky, aunque sea americano –dijo Pablo.

– Costará más.

– No te preocupes, ya cobré mi cheque.

Desde un lugar turbio, humoso, la batería y el saxo animaban el ambiente ya de por sí bullanguero.

Braulio reconoció a un mozo, le palmoteó la espalda y hablaron en voz baja, siseándose al oído.

– Dice que en un cuarto de hora. Nos registraremos en el hotel subiendo de uno en uno. No se asusten, muchachos.

Empezaron a subir a los dormitorios cuando el segundo vaso hacía su efecto. Las muchachas les tocaron las puertas y lo primero que hicieron, antes de desnudarse, fue llamar por teléfono a Joe para decirle que ya empezaban. Al concluir, desnudas, enrojecidas y agitadas, saltaron del lecho y volvieron a telefonear a Joe diciéndole que habían acabado. Cuando Pablo pidió a la muchacha que se quedara un rato más, ella volvió a advertírselo a Joe, y entonces Pablo se dijo que debía hallar una muchacha para él solo, sin tener que buscarla en burdeles más limpios que en Lima, pero que también seguían siendo burdeles. Luego, todos se reunieron en la boite, aliviados por las duchas que habían tomado con las chicas. 

 

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