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11

 

No le gusta la palabra crepúsculo. Tiene el negror dentro, es barroca, el término de la luz. No desea penetrar en esa oscuridad, menos en las muertes de papá y de Elaine, y menos aún en la agonía de nadie. Mejor es atardecer, vocablo con la tarde en medio, y la tarde es de por sí ambigua y ofrece puertas de salida, unas amarillas y otras esfumándose en la penumbra.

Yo, cincuenta, ella ochenta y cuatro. La primera reacción es desear tontamente otro cuerpo más joven, alto y apuesto, que influya de veras sobre hombres y mujeres, tan pendientes de la belleza física. Pero, vamos, cambiar nuestro cuerpo es imposible; quedan, pues, otros deseos, tener un hermano distinto, otros padres, o que mamá estuviera sana, por ejemplo.

Porque en un tiempo lo estuvo. Delgada, sonriente y juguetona, pellizcaba a papá del cuello y lo perseguía con esa máxima cosquilla, y tras ellos corríamos los hijos creando la felicidad. Volvían, claro, las peleas y resentimientos, y sus respectivos castigos, pero la felicidad seguía volando cerca. Hasta que llegó el cumpleaños memorable de David (los de Pablo se olvidaban). El tonto cumplía los veinte y se le había antojado una bicicleta de carrera; dale y dale, pidiéndosela a mamá, no al viejo, porque así tendría una abogada de por medio. A mí nunca me regalaron nada como eso, pero mamá reunió el dinero y en la víspera del día memorable fue a comprarla. David pudo ir con ella, pero el regalón se quedó en casa, gozando ya de las vacaciones de diciembre, y eran diez mil soles y pico. Mamá pagó del fajo de sus ahorros, y ya para volver, tardó vigilando que el taxista pusiera la máquina en el techo. Pero, así, con una soguilla de seguridad que cruzaba del techo a la manija, quedaba también clausurada una portezuela, y por ello, mamá debió rodear y subir por la izquierda, casi por el centro de la calzada, y el día sería memorable y el primogénito se pondría muy feliz. Entonces bajó a la calzada, quiso ganarle el paso a un coche y fue imposible. El Opel gris, manejado por un adolescente sin brevete, la hizo volar y caer a unos veinte metros, y cuando reaccionó, ya estaba en el mismo taxi, rumbo al hospital, y lo primero que recordó fue la bicicleta, y aun tuvo fuerzas para entregarla en casa a la sirvienta, que no avisó a la familia a tiempo, y para seguir todavía más, hasta la puerta de Emergencia, por favor, de Emergencia.

En fin, la estupidez del bicho y el azar transfiguraron a mamá y la metieron en otro cuerpo graso, casi inmóvil, flotante; ya nada de atender y servir a la familia, menos a Pablo, por supuesto. Sólo diez meses después mejoró una pierna, pero la otra quedó fija en la rodilla, y tampoco el bastón ayudaba mucho a la figura que medio se arrastraba, valiéndose de una silla, por las ahora crecidas habitaciones. Por primera vez, ella se quejó de su suerte, de la vejez que súbitamente le había llegado, y desde entonces, mientras engordaba y se achicaba, revivieron las discusiones de Pablo con quien estuviera delante, porque él decía en todos los tonos que mamá era aún joven a los cuarenta y cinco, y que los ejercicios de rehabilitación y una buena dieta la salvarían de la inminente silla de ruedas.

– ¡Calla tú! –gritó por fin papá, en medio de las voces que peleaban en el comedor–. ¡El problema de esta casa eres , no el accidente de tu madre! Te crees sabihondo y quieres que vivamos como dices. ¿Por qué no me respetas, mocoso del diablo? ¿Quién da las órdenes, tú o yo?

Asombrado, sólo pudo balbucir:

– ¿Qué tiene que ver la gordura de mamá con tu condición de mandamás en la casa?

– ¡Fuera! –se alzó la absurda figura, viniéndosele encima.

– ¿Por qué mamá está así? –se defendió–. ¿Quién provocó el accidente? ¿No fue por la bicicleta de David? ¿Qué tengo yo que ver?

Pero ya David también se había levantado, echando atrás la silla, dispuesto a pelear con ventaja, claro.

– Anda, mamá, sólo faltas tú –dijo Pablo–. Ponte también del lado de ellos.

En la media luz del atardecer, el recuerdo de esas voces crean otra penumbra, no dejan ver el extraño sol blanco muriendo tras la espesa capa de nubes.

 

 

12

 

Es otro domingo y Lucía ha vuelto a salir por su Dios. De nuevo madre e hijo solos, pero con alguien más flotando en el aire. Enciende las luces del pasadizo y del cuarto de mamá; luego vuelve por ella y empuja la silla de ruedas hasta dejarla frente a su cama. Ya se sabe que los fines de semana no viene la enfermera y que Lucía deberá ayudarla a desvestirse.

– Lucía ya no tarda. ¿Te doy un libro o te pongo música?

– Música.

Enciende la onda corta. Voces de todo el mundo, la vida por doquiera; pero tus viajes quedan suspendidos hasta nuevo aviso. Pronto, la alcoba se envuelve en la meditación zigzagueante y metódica de Beethoven.

–Ja –dice ella–. Creí que pondrías un huaynito.

Él sonríe, satisfecho de ese ánimo:

– No los transmiten a esta hora, sólo muy de mañana. A mí también me gustan, pero Lucía tiene los cassettes con llave, dice que por la enfermera. ¿Te conté que una noche en Nueva York, después de años de oír la música de ellos, casi me volví loco oyendo un huaynito de Corongo? Menos mal que era una fiesta de latinoamericanos, pues saqué a mi pareja, ella no sabía gran cosa, pero yo baileé, zapateé y canté pensando sólo en un hombre, en el sargento Castro, de Sihuas.

– ¡Ah, el jefe del puesto de guardia, la noche que se escapó con sus hombres heridos para que no los remataran los indios! Ja,ja, sí, me acuerdo. Dijo que yo le había salvado la vida.

– Y tú bailaste con él.

– ¿Bailé? Quién sabe. Cuando tenía piernas, claro.

– Solías correr bien por la playa de Chimbote.

Hay una música metódica y pensativa en el aire, pero también un marcado silencio.

– Y montabas a caballo. Todas esas cosas valen de por sí, mamá; recordarlas es también una alegría. Ahora estoy releyendo el libro de la mujer de Cáceres; dice cosas muy tristes sobre la campaña de su marido, como para echarse a llorar por meses, pero su amor por él y por la verdad son algo extraordinario. La memoria es también hermosa.

Otro portento de ideas enlazadas por la orquesta, Beethoven se envuelve en sí mismo, ése es su triunfo y su trampa, pero él oye también el silencio de su madre.

– Tengo bien guardadas las cartas que me escribiste a Nueva York –dice por fin Pablo.

– ¿Qué harás con ellas? Bótalas, te falta espacio para tantos libros.

– No, las guardaré. Me acompañan.

La orquesta asimismo nos acompaña, pero sigue habiendo una grieta entre ella y yo.

– También yo he guardado tus cartas –dice.

– Por escrito nos hemos dicho más cosas que de viva voz ¿no?

– Hum, así parece –y vuelve su desgana.

– ¿Quieres algo?

– No.

– ¿Te traigo el jugo de frutas?

– Todavía no. Apaga la música, por favor.

Adiós, partera de la historia. Sale hacia el despacho, directo hacia el bar rodante, que justamente a esa hora resucita de entre la neutralidad de las cosas y lo llama. Se prepara el primer whisky del atardecer y se repantiga en el sillón rojo. Ya acabaron sus lecturas obligadas y desde el día siguiente sopesará la documentación, lo que dicen y callan, y decidirá por dónde empezar. Cáceres o Piérola; yo, Cáceres, por favor. Por un instante en que abajo no pasan coches, el silencio empieza a extenderse como un sueño de ojos abiertos por las habitaciones, y mientras el cielo cambia de color y Lucía se retrasa, un aire rojizo se difunde e impregna paredes, libros, cuadros, fotografías de ciudades lejanas y de amigos que lo arrancan de la quietud y lo llevan hacia el balcón, como a un muñeco feliz que contemplara otro mundo. Salgo no al balcón, sino al puente de un barco; invento otro viaje, pero luego éste parece real, el barco se mece sobre el mar rojizo, brumoso, azulado; los colores indecisos se confunden. Y Lucía sigue rogando a Dios para que yo no parta. A media luz, Pablo avanza por la sala-biblioteca como otra sombra que encajará muy bien en la penumbra de las cosas. Enciende la luz del cuarto de baño. Se lava las manos, y sin pensarlo, se mira en el espejo, repitiendo el hábito neutro de todas las veces. Figura humana, otra eternidad. Y entonces descubre lo que anoche no existía.

La luz le hace brillar no una cana, sino dos o tres, unos largos hilos metálicos, nuevos, a medio existir, pues la raíz y la mitad del pelo son blancas, pero el resto sigue siendo de ese color negro aza-bache que Elaine remiraba, diciendo: «Tu pelo es casi azul, azul», y se alborotaba en la silla; «en este país nadie lo tiene tan hermoso». Elaine, el perfume y las caricias de la primera amante, no de Lucía, la primera novia tímida. Y entonces siente que le falta una carne nueva que morder; el tigre huérfano de mujeres. Ha mordido muchas carnes dulces, ha oído sus voces jadeantes, ellas han pronunciado su nombre y lo están llamando ahora mismo, y aun cree ver cómo crece la piel desnuda hasta envolverse en ella. Vuelve a mirarse: menos mal, tiembla, las desea a todas, desde Elaine hasta Linda; no, todavía no es un viejo, se escapará cualquier noche del encierro, pero debe lavarse de nuevo la cara y las manos para calmar su sangre. Se pone los anteojos.

Se los quita en seguida; es miope, y sólo pegándose al espejo puede ver bien. No hay error posible: tres canas en la sien izquierda y dos encima de la oreja derecha, todas largas y onduladas, viviendo hasta entonces ocultas por la masa de pelo juvenil. Atrapado por fin ¿eh? Te creías intocable. Por algo has cumplido cincuenta hace un mes, en octubre, el mes de las revoluciones, y lo celebraste como si nada con una cena entre parejas amigas. O sea que era verdad. Viejo, basura de la vida. ¿O plenitud de la razón? ¡Vaya consuelo!

Un segundo después ha reaccionado. Separa los mechones con el peine, arrinconando las canas, no sólo para castigarlas, sino para destruirlas sin testigos. Lucía no podrá consolarse de que también a él le hayan crecido. A ella se las tiñen en la peluquería, pero, además, tiene un lápiz grueso con que se las pinta minuciosamente, sentada frente al tocador; tirándose los mechones atrás, extrae un delicioso pedacito de lengua y se pone a trazar los tenues golpes de lápiz marrón que no deben notarse, inclusive hasta por la nuca. Varias veces la ha descubierto así, resignada a medias, siempre avergonzada.

Sí, debe arrancarlas de raíz; pero sus dedos son gruesos e inhábiles, le arrancan todo un mechón de la sien izquierda, aunque ya en su mano los pelos sean buenos. Mueren los inocentes, no los culpables. Entonces sale del cuarto de baño hacia el dormitorio conyugal que también mira al mar, cruza la línea imaginaria que separa su territorio del de Lucía, y lo invade velozmente; no vaya a llegar y se dé con el espectáculo que le gustaría muchísimo. Mi esposa, mi espejo inverso. Rebusca en el tocador con cuidado, a fin de dejar las cosas en su lugar, y sale finalmente con una pinza ajena y vergonzosamente femenina. El silencio se acentúa durante la operación. Pared de por medio, mamá tose con voz antigua y quemada, y eso que nunca fuma: el tiempo moldea sus sonidos. Se detiene anhelante, pronto a cerrar la puerta si de algún modo reapareciera la silla de ruedas. Ser viejo es carecer de vergüenza y de belleza. Pero, no, mamá acalla su tos, renace la paz y cuando él comprueba que no hay más canas humillantes por arrancar, se queda mirando sus propios ojos. Ha cumplido cincuenta, no lo entenderá jamás. Oh qué joven te ves, imposible que tengas esa edad, estás bromeando. Sí, se lo dijeron en la cena de celebración. Sorpresa individual, historia colectiva. Los ojos pardos brillan sin tensiones, está en uno de sus días buenos; pero las ojeras, nacidas desde los treinta por el hábito de las gafas, se han vuelto unas bolsas medio caídas y deformes. Tanto, que debe ocultarlas en seguida con los anteojos. Así, recobra su aspecto juvenil, pensativo y doctoral. Si bien las mejillas y la frente carecen de arrugas, le ha nacido la línea nueva, ancha, que le une por abajo las dos comisuras de la boca y le dibuja el comienzo del mentón. La naturaleza sigue dibujándome; jamás seré libre.

De pronto hace extraños ejercicios, sopla y frunce los labios, sopla y frunce; pero la línea vuelve a marcarse. Y no es una línea, tiene un nombre más exacto: es una arruga. Sin embargo, el espejo dice que no hay otros signos de los cincuenta años. Sigue pareciendo un hombre joven, de unos treinta y cinco. En la antigüedad hubiera sido un viejo; ahora es todavía fuerte y saludable; pero, al recordar sus frecuentes dolores de estómago y sus gripes mensuales en invierno, no puede ya sostener el desafío de los ojos pardos, algo enrojecidos y necesitados por las noches de gotas de Deprelio. Un hombre todavía fuerte ¿eh? ¿De veras?

Sale a devolver la pinza a su sitio. Ya está, nadie descubrirá su secreto, porque además se propone vigilar diariamente sus cabellos. ¿Y si me hubiera casado con Elaine, quedándome a vivir en el monstruo del norte? Allá mis cabellos negros y casi azules eran algún enigma. Por la calle pasan los automóviles como luciérnagas, llevándose los ruidos. En el departamento se han juntado la pesada oscuridad y esas móviles luces de las ventanas frente al mar. Vuelve al escritorio. Los adoquines de hielo han desaparecido en el whisky, grato y metálico, que lo ha esperado junto al sillón.

Sentado, se quita los zapatos sobre la alfombra y estira las piernas lo más que puede. He ahí otro hábito propio del «gran» país del norte, como el tenderse en la alfombra para ver televisión o comer salchichas en panecillos alargados. Pero sus piernas abiertas le recuerdan otra cosa, el viejo ademán para que Kate, felina y sensual, encajara entre ellas, recostando la cabeza atrás, volcada sobre su vientre. Así, ella lo miraba entre muecas, de abajo arriba, mientras él le abría la blusa hasta que los grandes senos irrumpieran en la habitación como palomas alborotadas. Con Elaine no había tenido tiempo de fraguar esos hábitos. Ella se arrodillaba en la alfombra para mirarlo ruborizada, pero obediente, conforme él se le aproximaba desnudo. Lucía, en cambio, sin resistir más que el primer trago, se sentaba en sus rodillas y dejaba que la mano de Pablo le apartara los muslos, a fin de que la verdadera vida cambiara el color y el aire de la habitación. Elaine, Kate y Lucía (hay otras más, es su secreto) han sido las estaciones sucesivas del trayecto, mientras él se amoldaba a lo que viera, qué remedio, y mientras Lucía lo alimentaba de cartas que hablaban de tu mamá enferma, ella te llama, le dio su primer infarto como a tu papá, dice que cuándo vas a volver, o si no, que se lo digas de una vez, que te quedarás allá para siempre, como los huérfanos y desesperados, que acuden a esa tierra tan diferente de la nuestra.

Mamá tose; quizá se atragante. Corre y la ve desgañitarse. Vuelve a salir corriendo por el vaso de agua, que pone en sus labios mientras la abraza. Pronto ella revive como los pajarillos heridos y lo mira de abajo arriba, desolada. ¿Cómo pensar así en otro viaje?

 

 

13

 

Pero los cincuenta años no sólo se verían tarde o temprano en las canas y ojeras. Se verían, se vieron escandalosamente al abrir el único diario de la oposición (¿qué otra cosa podía leerse en Lima?) Nítida y brutal, pero asimismo magnética, brotó la fotografía del hijo de Santiago Garay, otro antiguo condiscípulo de San Marcos.

El joven estaba enterrando a un Santiago invisible (leyó que éste había sido periodista, además de ingeniero civil, cosa que Pablo ignoraba), adivinado en el féretro intruso que rompía la calma de la mañana. Habían pasado los años y el lapso se había concretado no en recuerdos difusos, como en su caso, sino en un joven de barba entera, salido como del aire, más delgado y alto que su padre, y ahí estaba echando la primera palada en el foso abierto, en medio de testigos congregados por el sucio espectáculo de la muerte. Pablo se quedó mirando a ese joven antaño inexistente, equivalente a nada, y ahora como un doble del padre, y con la barba de la nueva época, otro símbolo de la resurrección.

En cambio, luego de tanto tiempo, él carecía de un hijo (sólo una falsa alarma con Ewa y un niño muerto, a las semanas de nacido, con Lucía); le faltaba un encargado de poner la lápida en el nicho paterno. El aire no se había transfigurado en nadie, la soledad seguía envolviendo a Pablo y Lucía, y el joven de barba entera, elegante, de traje oscuro y corbata de nuevo angosta, como usaban los viejos cuando Pablo era niño, guardaría la memoria del ausente, saldría en su defensa cuando fuera necesario, mientras que a Pablo nadie lo defendería, nadie recompondría su historia a base de testimonios directos. El potro del tiempo había cabalgado mucho sin que él lo admitiera; y carecer de un hijo era en verdad una sombra cuya causa se convertía en culpa real, pues los médicos habían dicho que, extirpando las adherencias del útero de Lucía, el hijo sí vendría. Y vino, pero muy débil, y pronto, en un suspiro, se acabó la estirpe. Era hora de quitarse la venda y llamarse estéril así fuera por compañía o por mala suerte; y asimismo era hora de ver el potro bañado en sudor y con la espuma en los belfos. Y ya no era más un potro, sino un caballo fatigado y soñoliento.

La verdad podía ser ésa, las pruebas estaban a la vista, pero él había dicho no, no me importa, habrá otra realidad para mí, seguiré adelante sin hijos, sin mis antiguas amantes, arrancándome las canas, a solas con Lucía, con nuestra organización de ayuda a Ancash y la futura muerte de mamá. El tiempo debe saber que no le temo.

Cuando volvió a mirar la fotografía del diario, el hijo de Garay era tan semejante a su padre que él creyó ver a su amigo renacido, como si el hijo no existiera. ¿También Pablo, acaso, estaba viviendo la vida que no pudo vivir su padre?

 

 

14

 

Llegamos de noche a Sihuas, un pueblo que ya apagaba sus últimos lamparines de kerosene, y nos fuimos mareados de fatiga y sueño a la cama, sin importarnos la gran casona adonde nos había llevado la buena o mala suerte. Despertamos al otro día, sintiendo aún el caballo entre las piernas y los enormes cerros del viaje girando con la nieve. Al abrir las ventanas, la potente luz del cielo añil y de las nubes blancas nos deslumbró. Era otro mundo, de colinas y montes verdes, arbustos y bosquecillos cuidando la marcha del río, espumoso y limpio; todo lo veíamos desde el montículo donde estaba la casona. Con esa alegría se olvidaban la lluvia del camino y las escasas linternas, en medio de las cuales habíamos llegado, el puente frágil, la cuesta resbaladiza, y la gran sombra del solar de tío Javier, refugio, sin embargo, del cansancio y la sed.

No se parecía a la casa de Chimbote frente al mar. Las pesadas cortinas eran dobles, unas de terciopelo color sangre, otras pardas como troncos dormidos, otras blancas como nubes. Nos restregamos las manos en el delicioso frío de la mañana. La luz nos señaló los bonitos catres gemelos, de oscura madera torneada, y la mole del ropero que hacía juego con los baúles del suelo, desde donde nos miraban, abiertas y sorprendidas, nuestras alforjas despanzu-rradas, mostrando las viejas cosas de Chimbote. El piso de ladrillo encalado había sido pulido por el tiempo, como la piel humana, y sus leves ondas las recubrían alfombras indias. Y por las ventanas, que más parecían miradores, se veía el estallido de flores en el patio.

Más allá, en el pesebre, los caballos parecían ser tan importantes como los hombres ricos; relinchaban y esparcían su olor. Jarra de loza en mano, una india abrió la puerta y dijo que tío Javier nos esperaba a desayunar. El lavatorio estaba encajado en un mueble con espejo; ahí nos miramos dos niños sorprendidos. Al salir, ya limpios y peinados, la mujer nos señaló unas escalerillas de piedra que daban al excusado sobre una acequia rumorosa. Luego, muy compuestos, pero con los trajes arrugados y nuestros mejores zapatos viejos, bajamos por otra escalera de alfombra roja, sujeta por varillas metálicas, y de amplios pasamanos que invitaban a deslizarse. Abajo, las cortinas y alfombras se multiplicaban; todavía cru

zamos dos amplias habitaciones sembradas de muebles finos, leves, con patas de pájaros o leones, de mesas y consolas relucientes, con hermosas figuras de porcelana encima; y en las paredes, tapizadas de raso, unos retratos que asustaban de veras, y otros espejos que repetían nuestro indigno aspecto.

Menos mal que papá y mamá se habían vestido mejor que nosotros e imitaban la pulcritud del viejo mandón de la casa, que no cesaba de dar órdenes al atemorizado indiecillo que le servía y a otros indios del patio que lo esperaban resignadamente, sentados por el suelo.

Papá había empezado a elogiar la casona y las delicias del desayuno, cuando tío Javier, de anchos bigotes pintados y voz de trueno, lo interrumpió:

– No me alabes mucho, cuñado; a lo mejor ojeas mi suerte. Ustedes se quedarán acá sólo por hoy día. Me lo pidió González; le falta poco para arreglar la casa del correo. Y espero, David, que serás un telegrafista de orden y no te pondrás del lado de los apristas, como el sinvergüenza al que vas a reemplazar. Yo lo acusé a Lima y no dudaría en acusarte si...

– ¡Hermano, por Dios! –lo atajó mamá–. ¡La familia es la familia y no caben amenazas entre nosotros! ¡A papá Amadeo no le gustaría que hablaras así!

– Es posible, Grimanesa –admitió el malgeniado–. Sólo ponía el parche antes de. Por lo demás, si nesitan algo, hablen con mi sobrino Shesha.

– ¿Está aquí Shesha? –se alegró mamá–. Él es también mi sobrino carnal, recuerda. ¿O sea que es tu administrador?

La voz de trueno carraspeó y luego dijo:

–Digamos mi ayudante; yo no doy ínfulas a nadies. He logrado una posción merced a mucho trabajo y a veces los adminstradores son la ruina de los hacendados.

– Shesha es un joven noble y no será la ruida de nadie –le corrigió dulcemente mamá, que empleaba la palabra noble en vez de bueno–. No puedes hablar así de alguien de nuestra sangre.

Todos quedamos en silencio y el eco de la voz de mamá envolvió al dueño de casa, quien acabó por menearse de un lado a otro, hasta que rompió a reír como si le hirviera la garganta:

–¡Ah, qué ésta es mi hermana! ¡Defiende a la familia con uñas y dientes! Como cuando éramos niños ¿no? ¡Yo me pasaba pegando a Ignacio y a Teodomiro, y tú corriendo tras por tras de mí con un palo!

La risa sacudía extrañamente al corpulento viejo.

– Pasando a otra cosa –dijo mamá–; a la muerte de nuestra mamita, ella te entregó una serie de cosas mías. Aquí tengo la lista. Son pequeñeces y no significan nada para ti, pero mucho para nosotros. Creo que no tendrás inconveniente en que me las lleve.

De nuevo la voz mandona carraspeó, desconfió un instante, pidió la lista y la revisó al revés y al derecho:

– ¿De quién es esta letra tan fea?

– De Julia, tu mujer.

– Ya me parecía.

– A propósito, ¿dónde está ella?

– Enferma, en su cuarto, les manda saludos –telegrafió tío Javier.

– Muchas gracias. ¿No seguirán ustedes peleados, eh?

– Oh, no.

– Ella me escribió también esta carta. ¿Quieres verla?

– No hace falta. ¡A ver, muchachos, a buscar las cosas de doña Grimanesa en el terrado! –hizo un ademán el viejo, pero cuando nosotros quisimos seguir a sus sirvientes, él nos detuvo con un grito–: ¡Eso sí que no, nada de chicos revoloteando por encima de los cuartos!

– Pues bien, chicos –dijo finalmente papá, que había guardado silencio hasta entonces–, como ustedes y yo no tenemos más que hacer en esta mansión, nos marchamos. Alas y buen viento. Gracias, cuñado.

– De nada, yo también me voy –y el dueño de casa retiró su sillón que parecía un trono y se fue antes que nosotros, dejándonos entre tantas vitrinas y más espejos que nos perseguían.

Papá fue el segundo en marcharse, dijo que al barrio de Chasqui, donde estaba la oficina. David y yo esperamos a que mamá subiera al terrado; Shesha, joven amable, grueso, de tez rosada y calvo, guió de la brida al bayo que desde El Chorro había montado mamá y nos entretuvo contando cosas del pueblo. Detrás llegó un sirviente descalzo con el borrico cargado de unos bultos que iba revisando ella.

– Adelántese usted no más, tía Jiménez –dijo Shesha–; yo llevaré a los chicos más tarde.

– No soy hombre para que me llames así –dijo ella.

– Perdón, tía Grimanesa.

Cuando nos quedamos únicamente con Shesha, él nos invitó a conocer el resto de la casa.

– Ya vimos las dos salas –dijo el tonto de David.

 

 

– Pero no a tía Julia –dijo Shesha, guiándonos por unas esca-lerillas oscuras y sin adornos ni pasamanos. Avanzamos por un pasillo destechado y húmedo, pero también radiante bajo el sol de la mañana; por su aspecto, era el ala de los sirvientes. Shesha tocó una portezuela demasiado chica, y a una voz tímida, bajamos la cabeza, como si tampoco el umbral diera para nosotros, y entramos en un cuarto oscuro y maloliente, que luego resultó ser una salita con sillas de estera pegadas contra la pared y unos pellejos de vaca tendidos por el suelo.

– Aquí están mis primos, tía Julia –dijo Shesha, y del vano más ruinoso, apartando una cortina colgada de clavos, surgió una mujer alta y flaca, cuyos huesos nos impidieron abrazarla más.

– ¡Hola, ustedes habían sido! ¡Davicho y Pablito! –exclamó la cariñosa mujer–. ¡Al fin conocerlos puedo! ¡En la costa nacieron y sólo reciencito a nuestra pobre tierra vienen!

Vestía polleras como una india; le vimos largas trenzas que se chicoteaban al abrazarnos y que enrolló en un moño, prendiéndolo con horquillas sacadas de su boca. Apenas nos sentamos en la salita abigarrada de tarjeteros, mesitas con adornos y estatuillas de santos, nos ofreció roscas bañadas en azúcar, basitas de maíz, bizcochos y caramelos; quizá íbamos a reventar con ese segundo desayuno. Huesuda y de grandes ojeras, tenía emplastos por las sienes. "Tío Javier le pega cada vez que se emborracha, viene especialmente a patearla", susurró Shesha.

– ¿Y qué dice el hombre fuerte? –preguntó ella a Shesha, torciendo la cabeza–. ¿No hospedará a estos niños, di? Con la familia tacaño es, pero de mano abierta con sus compinches borrachos y con la fulana ésa.

– Nos ha dicho que nos vayamos hoy día –dije.

– ¿No ve? Malagracia es, hijos. Pero ustedes vénganse no más a verme; por esta puerta fea entren. ¿Y su mamita Grimanesa cómo está? Ella sí con buen hombre se casó. Así el destino es.

– Pero somos pobres –dijo David, con una vocecilla que yo hubiera pisoteado.

–¿Y qué importa? ¡Mejor así y con la cabeza bien alta! ¡A nadies hemos robado ni ustedes ni yo!

La mujer casi lloró al despedirnos; al salir vimos claras las roturas de sus zapatos y del pañolón. Pero todavía insistió en guiarnos a la huerta; se puso un sombrero de paja, y al recibir el fuerte sol, fue como si nos diera la primera figura de las mujeres serranas, briosas, trabajadoras y con tiernas frases en los labios. Sin notarse, ya le había entregado a Shesha una bolsa con nuevas golosinas para nosotros. Prometimos volver, pero también que no hablaríamos de ella a tío Javier.

Shesha silbó a alguien y nos fue enseñando minuciosamente la propiedad: a un lado la gran huerta de naranjos, durazneros, granadillas, granadas, membrillos y pacaes; al otro, el establo para mulas y caballos finos; y en medio, un sendero que llevaba a una primera caseta, el taller de talabartería de Shesha. Al fondo, un cobertizo parecía un hangar o una enorme tienda de abarrotes, ferretería y depósito de materiales de construcción. En el trayecto vino a acompañarnos Andrés, mocetón de unos doce años, extrañamente blanco, basto y sucio, pero muy avispado y ágil sobre sus llanques. De vuelta a la huerta, él nos enseñó el mosaico de cultivos donde aprendimos a reconocer las hortalizas.

– Y ahora, vámonos –dijo de pronto David, aburrido.

– Aquí no hay apuro de nada, hay más tiempo que en la costa –sonrió Shesha.

– Sipis –lanzó una carcajada Andrés–. Nadita por horas es; todo según como baje o suba el sol.

Incluso conocimos la espléndida despensa, un derroche de víveres en granos, en cajones y en latas, desde costales de arroz y azúcar hasta grandes latas de queso, jamón y mantequilla, haciéndonos pensar absurdamente en que al menos algo de esa abundancia llegaría a nuestra casa. En fin, subimos por una escalera de palos al terrado, un largo depósito debajo mismo del techo, por donde gateamos oliendo a chuño y a papaseca, en medio de incontables trastos viejos.

Creímos haberlo visto todo, cuando, al volver por un nuevo pasillo de lajas barnizadas y lustrosas, dimos con una entreabierta puerta tallada. «Es la puerta falsa del dormitorio de tío Javier», dijo Shesha, quien la hubiera cerrado, si una mano blanca y de uñas pintadas no lo hubiese impedido.

– ¡Hola, sobrinos, pasen, los estuve mirando por la ventana! –exclamó una bonita joven de pelos alborotados, de no más de veinte años; vestía sólo un camisón de dormir muy corto, oh no, una camisa de hombre que más parecía desnudarla. David y yo miramos embobados la gran sombra negra que se traslucía entre sus muslos cuando vino a acariciarnos–. ¡No, Shesha, no te los lleves, me cambio y salgo! –dijo, caprichosa y movediza, y dándose vuelta, mostrándonos unas nalgas regordetas que nos hicieron reír, en un segundo se desnudó y empezó a vestirse–: ¡Pasen, sobrinos, yo

 

 

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