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3

 

Pablo vuela espléndidamente por un rato. Sus alas son grandes y las ve ora lejos, ora pegadas al cuerpo. Se mece y aun duerme sobre una superficie que quizá no sea únicamente el aire; tal vez las nubes o el mero espacio, al fin dominado, tengan consistencia. Conforme el vuelo desciende, busca un sitio donde aterrizar, una isla, una orilla, algo firme, pero ve solamente el río desbocado o el mar; ahí no puede descender. El vuelo se inquieta, zigzaguea, sube, pero no mucho, sus alas siguen salvándolo de caer en esa piel vasta, solitaria, infinita; pero debe bajar y roza el agua salvaje, suplica lo imposible, que se parta en dos y él pueda andar, ya no más vivir con esas alas que estorban y no le obedecen.

Anhelante, sudoroso, llamando mamá y papá a gritos, sigue volando contra su voluntad, hasta que, inexplicablemente, las olas y la espuma parece que se agotan, cambia el color del mundo, y abajo, entre las últimas nubes, vienen la orilla, la arena, los charcos de mosquitos, nuestra casa en la playa de Chimbote. La ve, ya llega, ya baja, las alas lo abandonan suavemente, y él entra corriendo en casa.

Cuando despierta es como la otra noche, hay algo tibio, una corriente de placidez y modorra, un deseo de estirar los brazos y confirmar que ya perdió las alas; pero la cama súbitamente se vuelve tibia, mojada, errónea, vergonzosa. Y al despertar sólo tiene cinco años. ¿Nada más? ¿Y cuándo crecerá?

 

 

4

 

El primer recuerdo, si bien no hay el primer recuerdo, soy yo metido en la cabeza de un niño que corre descalzo hacia el mar e incluso anda sobre las aguas para que mamá y David lo vean desde la playa. Sí, el niño avanza sobre las primeras olas, hundiendo las piernas en algo tan hermoso y natural como ese algodón líquido, el agua reventada en chubascos, y los chubascos unidos con otros hasta formar un gigante; oye los indescifrables suspiros de ese mundo; caen golpes del agua sobre el agua misma, latigazos suaves aún; pero ya él empieza a patalear, entre bocanadas y laberintos verdes del gigante que vive al fondo y lo traga dulcemente.

De súbito, una voz desmedida en la playa; el brazo levantado de David pretende fijarme a distancia. Mi cabeza mareada ordena avanzar, estoy avanzando, oh sí, camino de nuevo sobre las aguas, y ahora el chillido distante es de mamá, y el niño metido en mi cabeza aprieta el paso, todavía riendo, hasta que caigo a plomo en el mundo blando y no existe nadie sino yo revolviéndome en la enorme cosa tibia, pensando salir a flote. Pero no es fácil, y ya voy a gritar cuando alguien, oh sí, mi eterno hermano David me empuja arriba y escupo, trago, toso y veo la vasta superficie verde como el primer camino infinito.

– Ja, ja, creíste que podías caminar sobre el agua ¿no? –dice David, sosteniéndome del vientre para que aprenda a nadar, y pregunta si tuve miedo.

Al menos David hizo algo bueno esa vez, te salvó la vida, no puedes negarlo.

Mi primer regalo (¿habrá el recuerdo del segundo?) es una caja bien envuelta con papel dorado y cintas rojizas: "Para Pablo, Felices Pascuas. Del niño Dios". La letra es menuda y envolvente, se echa atrás, cada letra es un caballo encabritado, huraño, pero frenado en su furia y temor. Tiene un aire a la letra de papá, pero lo que acaba de convencerme es la P, también echada atrás y como patinando por la viada. Es la P de los telegramas que él recibe del Morse. Y cuando abro la caja, sé que él y mamá la han escrito suponiendo que me engañaban. La decepción sabe a cobre, a vacío, pero yo no voy a producirles el mismo sabor. Conmigo están a salvo. Que sigan diciéndome que viene del niño Dios.

Dentro de la caja veo una pelota hermosa, blanca y de cuero, y entonces vuelve mi sueño de una pelota, es como si el aire se hubiera cristalizado, el sueño y la pelota habían sido dos cosas, pero se han juntado, y hay que oír el rebote hasta el techo, los golpes deliciosos, pop, pop, en el suelo y en la mochita. La toco y es como el globo terráqueo de las clases.

¿Vamos a jugar?, oigo decir a David. Salimos al patio de arena, el del pozo artesiano cuya tapa debe estar siempre cerrada; pronto ya estamos estrellando la pelota contra la valla de madera que nos separa del mar. Pelota y mar, extremos de la tierra; la arena cubre el suelo como la cinta de asfalto cubre la carretera, y al fondo el mar es una pared que baja del cielo. El sol es un ojo ciego y caliente.

¿Y si no hubiera sol, David? Acabaríamos todos, dice él. ¿Y si no hubiese mar? Caminaríamos por ahí encima, como lo hiciste tú. ¿Y si no hubiera arena? Brotarían plantas y comeríamos toda clase de frutas, como en Yuramarca. ¿Y si no hubiera tierra? Flotaríamos en el aire, sin caer nunca. ¡Pero, eso sí, jugando pelota!, digo, y le hago reír por un buen rato. Cuando ríe tiene hoyuelos en el mentón y las mejillas; se hunden sus ojos negros. Es igualito a papá, pero papá es más grande, una sombra que vive y trabaja en casa, donde ha metido el telégrafo y los cordones zigzaguean por las paredes, y cuando suena el Morse siento la cabeza atravesada de líneas y ruidos que me llevan en un suspiro a Lima, a Lima. Todos iremos a Lima, tarde o temprano. La casa es de un piso, rodeada de una valla blanca; y así también son las otras casas plantadas de trecho en trecho, como huérfanas, por la arena.

La sombra que es papá avanza hacia el patio cuando está bajando el sol. Ha salido de la oficina. Se retuerce y estira los brazos arriba y atrás; se da masajes al cuello. Papá es un bulto regordete y no muy alto; mira sonriente, me alza del vientre con una mano y me lleva pataleando por el aire, mientras pone su silla frente a la valla y al mar, protegido por la sombra de la casa; se sienta y me acomoda sobre una rodilla. A ver, cuéntame qué has hecho hoy día, Pablo. Papá se llama también David, como mi hermano, el que me salvó de las aguas, pero así le dice únicamente mamá. Y ahora ella viene y le alcanza el ponche de huevo, jugo de naranja y pisco, el aperitivo amarillo que sólo me deja probar cuando casi no hay nada en la copa. Otra tarde, mamá se tiende sobre una toalla en la arena y David revolotea en torno, es una gaviota, corre y se zambulle, y sin miedo alguno, dice que se sienta ahí abajo, en el fondo del mar, y que conversa con el gigante; pero debe volver en seguida por las voces de mamá, que es peligroso, que ya es muy tarde, que nadie se baña a estas horas.

El sol vuelve a salir, está en el techo de la casa y camina por él mientras almorzamos y dormimos la siesta; al despertar, somos ya una media sombra, y tras la valla, hay un inmenso espejo acerado, o de otro color sin nombre aún. A esa hora la piel del mar se puntea de barcas devolviendo pescadores al muelle, cuyas piernas, como patas de pájaros, vemos colgando por la borda. Chimbote es una enorme bahía, dice papá, la más grande del país, puede contener a toda nuestra flota. Y dice que una vez había venido de veras la flota y se había alineado en la rada parecida a una herradura de caballo, abierta hacia alta mar. No se dice alto cielo ni alta tierra, pero sí alta mar, como si hubiera que trepar hasta esa planicie donde el agua es una sola mirada. Y entonces pienso en que debo preguntarle por orden los significados que se me entreveran, país, flota, rada, herradura y eso.

– ¿Quieren ir al muelle? –pregunta papá cuando a todos nos duele que acabe el día. Quizá podamos rescatar algo, avivar la tarde como avivamos el fuego de la bicharra, soplando. Cruzamos la valla blanca que envuelve la casa para entrar en la arena libre. Ésta es mi familia, unas sombras comunes, la cara de algún modo la misma en los cuatro, olemos igual y la gente nos mira como si fuéramos personas repetidas, duplicados naturales, o tal vez una misma persona grande y borrosa.

El sol se burla del que piensa que será el mismo de ayer; ya no es amarillo sino de fuego, dentro de él no hay nadie, porque el fuego vive solo, y al descender se achata como una naranja y le sigue una corte de humo, algodones y sábanas mojadas, y se hunde como el globo de los viajes por el mundo. Y aún se despide con el brazo enrojecido y hasta con la uña gigantesca y roja.

Así bajaba el sol, cuando David retrocedió en el patio de arena haciéndome reír con sus muecas. Porque de chicos no estábamos aún peleados. El pozo artesiano estaba sin tapa y así David se despidió también del mundo, alzó un brazo y desapareció, cayendo abajo sólo después de un silencio negro, que al fin resonó ¡plum!, y cuando me asomé al borde del pozo y me arrodillé llamándolo, ya no había David, ni menos la tarde. Grité y menos mal que corrí llamando a papá, abrí su oficina, estaba donde debía estar la sala, corté en dos el sonido del Morse –una línea cruzando eternamente el aire, la casa–, hasta que él me atropelló, casi corrió por encima de mí y echó el balde y la soga al pozo, y ambos nos tendimos en el suelo, metiendo la cabeza en la boca del pozo, llamando a gritos a David, a Davicho. Y cuando ya el mundo iba a hacerse pedazos por los gritos de mamá, David gangueó abajo, gritó, escupió, salió metido en el balde, lloroso, achicado de miedo, volviendo a entrar en el patio como si naciera delante de todos nosotros. "Nació de nuevo, así como Pablo al andar sobre las aguas", dijo papá, "tengo dos hijos que viven de milagro". Y lo salvé yo, pensé, pagué mi deuda muy temprano y desde entonces no le debo nada a ese idiota.

Estamos corriendo por la playa, animados por las voces de David: ¡Ya vuelven los pescadores, los pescadores! A las ganadas subimos al muelle de tablones ennegrecidos y chorreantes, por cuyas grietas el mar herido, nervioso, penetra a sifonazos. Todo el enmaderado tiembla. La gente se arremolina en torno a las canastas que desembarcan los pescadores. En cuestión de segundos, sus mujeres se han puesto a vender ya. Saltan los chorros de agua, saltan los peces sobre los tablones viejos, como si les quemaran, y hay clientes que los atrapan por el aire. Papá y David escogen a voluntad. Volvemos con nuestras piezas colgando y debemos andar velozmente, pues pronto la densa oscuridad nos impedirá avanzar por la playa, si bien David y yo caemos adrede como borrachos, y mira, mira, estoy más borracho que tú, pero a mamá algo le quema y grita, "¡Eso no, nada de borrachos conmigo, suficiente con mi hermano Ignacio!"

"¡Ya basta, mujer!", corta papá sus quejas. "¡Anoche tomé dos copas, dos, ni una más! ¡O sea que nada de indirectas conmigo!"

Dos tardes por semana, mamá, David y yo venimos a sentarnos en la mancha seca del muelle. En vez de comprar pescado, vigilamos el vapor que humea plácidamente en alta mar, desde donde papá volverá en una lancha con las valijas del correo. Si miramos mucho los pliegues del mar y no vemos la lancha, mamá dice que se le enfrían los ojos de tanto mirar. Luego ya no importan los sifonazos de agua, cada vez más embravecida; sólo vemos de antemano a papá saltando de la lancha, y tras él a sus ayudantes cargados de valijas de Lima y de Tokio (para muchos japoneses de Chimbote), y también los paquetes de caramelos, conservas y licores que él siempre trae del barco. Después del reparto de golosinas y la apertura de valijas en la oficina, con ayuda de toda la familia, papá leerá los diarios limeños tumbado en su perezosa, David se ejercitará en el Morse para mañana más tarde, y mientras mamá teja o cosa en silencio, yo me revolcaré sobre la alfombra con las historietas.

Pero, una tarde, hemos esperado mucho y en vano; pronto la oscuridad será un horrible poncho sobre el muelle, si bien todavía el atardecer se despide y no queremos ni podemos marcharnos sin papá. Entonces, de un pliegue escondido del mar, surge una lancha y quizá unos brazos se agiten; mamá dice que nos hacen señales y David que no. Luego ya podemos ver y aun contar a los ayudantes, pero papá no está; quizá se haya quedado en el barco. Más de cerca, los muchachos nos llaman con voz distinta, como diciendo toda una historia en un grito y nada más, como los signos del Morse, un repiqueteo y basta. Mamá se muerde las uñas, se pone a rezar a media voz, y finalmente Dios, la Virgen de las Nieves, David, mamá y yo corremos juntos a recibirlos. La luz negra y rojiza del cielo envuelve a papá, hundido e inmóvil en la lancha. ¿Muerto? ¿Herido? ¿Sólo enfermo? Hasta que la voz atropellada de los ayudantes y la voz gangosa de papá nos van explicando qué ha sucedido con su pierna, atrapada entre el vapor y la lancha; y ahora los muchachos extraen con cuidado un largo tablón sobre el que papá viene desde la extraña y roja oscuridad, tendido y quejoso, con su linda gorra verde cubriéndole la cara y el gangueo escondido bajo la gorra. Su voz suena como la de David dentro del pozo.

Por unas semanas acaban los viajes al muelle, inclusive a la playa. Estamos como de luto y los chicos debemos hablar en voz baja. El doctor Moloche, un gigantón canoso y en mangas de camisa, despellejado por el sol, entra todos los días a ver a papá. Le revisa las pesas que cuelgan de las altas varillas del catre y que estiran la pierna rota. Bromea con él mientras acaricia los cabellos de Pablo I, el nombre que me ha puesto. Cuando se marcha, David, descalzo y en trusa, así no se hubiera bañado en el mar, debe leer cumpli-damente a papá los diarios de Lima; pero también debe ayudarle a enviar y recibir telegramas por el Morse, cuyos cables ha extendido Grocio, el comprobador de líneas, hasta la gran cama de papá.

Una tarde papá y David se agitan en el sitio, intercambian lápices y blocks de hojas especiales para recibir la noticiosa. Algo grave ha sucedido también en Lima; Sánchez Cerro ha sido asesinado. Papá escribe con una mano y con la otra manda avisar al Subprefecto, quien a los pocos minutos ya está asimismo metido en el dormitorio.

– ¡Pues ahora que escapen los apristas, si pueden! –sale gritando el Subprefecto.

– ¿Y quiénes son los apristas? –pregunta Pablo, sin que nadie le responda.

Durante meses, mientras papá dejaba la cama, usaba muletas y luego bastón, y mientras contaba la historia de su pierna rota, mamá cuchicheaba en la cocina, furtivamente, con alguna desconocida. A veces también papá intervenía en esos diálogos abruptamente cortados al entrar yo. O a poco, llegaba algún chiquillo con un papel que sólo debía entregar a papá, y que una vez leído, él llevaba a la cocina y lo quemaba en la bicharra, ante los ojos de Leoncia; el papel venía de una persona "enferma" y debíamos evitar el contagio. Por algún tiempo le creí y en verdad temí a esos papeles como a la uta, la enfermedad de los peones que abría heridas y atroces huecos en la cara.

Otras veces, una mujer llorosa, apenas se abriera la portezuela de la valla, se prendía de papá o mamá, como el bañista de una tabla flotante. Entonces la llevaban al comedor, Leoncia le daba un poco de agua, mamá le hacía oler agua de azahar y papá cerraba la puerta advirtiéndonos a David y a mí que no contáramos a nadie lo visto. ¡A nadie, a nadie!, repetía. A través de la puerta, como entre algodones, la voz de la mujer decía a cada rato "lo acusan de aprista, imagínese, a un hombre decente como él". Si la mujer llegaba con sus hijos, todos, atropellándose, contaban la historia, mezclando sus voces aflautadas, chillonas, con la voz llena de flemas de la madre. Así, oyendo, pasaba por nuestros ojos el asalto a una casa pobre, la paliza propinada al hombre, y finalmente la captura del culpable y su envío a la cárcel de Huaraz. "Preguntaré cómo va su causa, a ver si le permiten un abogado, o si alguien conoce al jefe militar", prometía papá, y preguntaba a su colega de Huaraz, a las siete de la mañana, a la hora de comprobación de líneas, cuando no llegaban aún los jefes y cuando el telégrafo todavía estaba loco y lanzaba puntos y rayas al azar, jugando con el aire y quizá riéndose de todos, un timbre loco, el pájaro carpintero.

Algunas mañanas, familias enteras de indios más o menos harapientos, incapaces de constituir un peligro para nadie, se acurrucaban en un rincón del patio, sobre la arena, por miedo a ensuciar las sillas, y desde ahí miraban a papá con ojos brillantes y esperanzados, como se miran a los santos. Ahí habían pasado la noche, sin invadir un centímetro más del patio. A las siete de la mañana se ponían en pie como un resorte y oían el traqueteo del aparato a través de la pared. Papá llamaba y le respondían sus colegas de Ancash y La Libertad. Después salía ante el grupo petrificado por la espera, quizá formando desde entonces una escultura para los siglos venideros, y les sonreía: "Buenas noticias; no está entre los muertos". Y entonces la india triste y los indiecitos de mocos chorreando por la cara (Pablo temía mirarlos mucho, quizá por poco se había salvado de ser como ellos), oían la noticia por dos veces, no bastaba una sola, y luego de agradecer a papá, al taitito, y a sus hijos, besándonos a todos las manos, y de bajar sus atados de la espalda para obsequiarnos un cuye o un conejo, vivo y caliente, se arrodillaban juntos en mitad del patio para darle gracias al Taita Grande.

Las escenas se sucedían. Alguien mejor vestido que papá esperaba en el comedor. Era un señor conocido del puerto, sentado y de codos a la mesa; sus manos revolvían y alborotaban sus cabellos, y él sin probar el oporto servido por mamá. "¡Yo no quise que mi hijo fuera militar!", repetía. "¡Ah, estos diablos apristas! ¡Si yo pudiera, fusilaría no sólo a los rebeldes armados, como se ha hecho en Trujillo, sino a sus hijos y a toda su parentela!" Cuando se interrumpía el repiqueteo del Morse, el señor de buenas ropas corría a la oficina. "Bueno, mi amigo", empezaba papá, tan emocionado y temblándole las palabras, como el hombre que se deshacía en muecas y cuya mirada parecía bandearnos el cuerpo. "No, su hijo no está muerto, pero tampoco lo hallan; ha desaparecido, todavía hay esperanzas", y era de ver cómo la esperanza pintaba sólo la mitad de la cara del hombre, pues la otra continuaba en la tristeza.

 

 

5

 

Le da sus cápsulas, la lleva en la silla de ruedas hasta el cuarto especialmente arreglado para ella, le dice que espere la vuelta de Lucía, la besa y entra en la salita del televisor y el tocadiscos. Mi guarida, el sillón rojo que me impulsa a vivir. Se sirve el primer trago de la tarde y se sienta frente a la ventana que ve otra cara del mar penumbroso. Los titulares de los diarios de la mañana siguen gritando desde la mesilla: la crisis económica, la caída vertiginosa del sol, la subida de precios. El país continúa su destino histórico, es cada vez más miserable; pero los dólares de su cuenta valen más y los muy pobres están todavía lejos de Miraflores, el barrio que ha escogido para vivir, renunciando adrede a mezclarse con los ricos de San Isidro o de las Casuarinas.

Tu papá está molesto contigo. Ella me acusa de haberlo matado. Estas mujeres que juzgan sagrado al marido son capaces de todo por defender a su dios. ¿Quién podía matar a papá, si era o es eterno? ¿Quién podía odiarlo si Pablo, apenas trató, supo que era una pared de vidrio devolviendo el odio? El bilioso odiador se bañaba así en su propio caldo de cultivo. Pero su muerte ha partido en verdad la vida en dos, como la de las viudas. De nuevo lo ve a la luz de otra ventana, de otro tiempo, cuando el viejo cerraba los ojos para recordar una canción, y cuando luego, abrazando la guitarra, cantaba ésa que no es de Melgar, pero todos dicen que sí, oh blanca ciudad, puro sol, y demás. El punteo de la guitarra era mínimo, infantil, de aprendiz; jamás tocó bien, pero también eso gustaba en él, la ingenuidad del hombre-niño, llamando con dulzura, en otras canciones, al Río Santa, al devastador de pueblos, al asesino de sementeras y hombres. Papá era justamente feliz, tocando mal, ya fuese en un cumpleaños o en la bienvenida a un viajero, vengan, pasen a la sala, todavía no está la comida, y ponía su silla (no cualquiera sino la suya, gastada y pulida como la piel de un hombre) bajo la ventana, que sucesivamente miró el mar de Chimbote, la huerta del señor Príncipe en Sihuas, la calleja erizada de collotas en Yungay, el bello patio de piedra en la casa de correos de Caraz, la casita limeña en Pueblo Libre, oh blanca ciudad, puro sol, eterno desconsuelo, cantando sólo dos o tres canciones durante un viaje de veinticinco años.

Tu papá te llama, tiene el cincho en la mano. Ese niño grande y viejo, ese tonto malgeniado que de vez en cuando se bañaba en súbitas alegrías, escogía para sus paseos por la tarde, no a Pablo que estaba listo a acompañarlo, inclusive con la gorra verde para alcanzársela, sino al primogénito, a quien todavía esperaba sin protestar. ¡Ah, cómo se iban felices sin él, en un paseo de años durante el cual habían engordado, perdido el pelo y uno de ellos había muerto, dejando a Pablo en casa, supuestamente con mamá, que sólo parecía otra hija del pequeño dios, del bruto y ciego que reinaba en la familia, del gallo-gallina mimado por el primer polluelo y por su hembra, y muchas veces, papá, mamá y David se habían entendido como cómplices mediante miradas furtivas y medias sílabas, cuya otra mitad él jamás comprendió!

Solo, cansado de sus cuadernos, del mar incapaz de meterse por la ventana para jugar con él, cansado de las tardes turbias en que habían degenerado las mañanas, huía a la calle desde los cinco años, sin importarle las palizas del dios que no entendía su resistencia al dolor (lloraba después, por la noche, casi con horario fijo), odiando también a David, que al menos en Sihuas fue su amigo, pero ya en Caraz se alejó de él, paseando en las retretas en una dirección, y Pablo en sentido contrario, y mirándose como en un espejo rebelde, de vida paralela en el adiós.

Murió justo ayer, quién sabe para no despedirte en el aeropuerto. Tal vez odiaba un poco al viejo, sí, pero nada más lo veía cruzar las habitaciones buscando la guitarra, tan viajera como ellos, y entonces el odio se quebraba en astillas y Pablo corría tras él como un faldero, con él, para él, revolviendo juntos los trastos, baúles y roperos, pues papá sólo tocaba de vez en cuando y había que aprovechar su ánimo. Por desgracia, también mamá y David ayudaban en la búsqueda; la guitarra se había escondido como si supiera, resentida por el olvido de años y tan muda que no nos guiaba con su voz. Parecía vivir en el caos de la despensa o el terrado, brillando entre el desorden o dejada encima del ropero, cubierta de polvo, desde donde ella nos veía sin llamarnos.

Hasta que la encontraba yo, menos mal, siempre yo, y esas veces papá me abrazaba fuerte, oh tenías que ser hijo mío, y me dejaba desempolvarla y probar las cuerdas, y en la ceremonia me seguía toda la familia, oyendo revivir las chirriantes clavijas, los trastes ya limpios y la boca redonda, lista para cantar esta vez en honor de Luis Pardo, la fuerza del gobierno mucho me persigue, tomarme no puede, sólo fusilarme.

David se parece a tu papá, es su vivo retrato; en cambio tú... Por fin volvíamos a la sala con la guitarra, como si atendiéramos a un viajero muy importante, de ésos de Huaraz o Lima, que traían noticias y regalos, y mamá sacaba el oporto y servía los pequeños tragos que se disolverían en la música. Pablo-el hijo-pródigo había vuelto al hogar, por fin se daban cuenta de él. El bordoneo quizá ordenaba las sillas, los retratos, la dirección de la ventana sobre papá, oscurecido por los lamparines agonizantes (Chimbote tenía luz eléctrica, pero igual, los focos eran velas lánguidas), y sólo después venía su voz, oh blanca ciudad, a ti dejo mis penas, a ti dejo mis lagrimas, mi eterno desconsuelo, y era como si las ropas viejas se estuvieran cayendo y uno quedara limpio y desnudo entre esa familia que también podía ser hermosa. David preparándose a aplaudir desde el comienzo y riendo con sus ojos de tonto bonito, mientras mamá, extática, fascinada, fabricaba sus lágrimas de la propia luz: la pupila brillante, el lagrimal más brillante aún, y la primera lágrima surcaba esa tez que podría tener décadas, pero jamás había perdido la juventud, sin afeite alguno, y sus labios de muchacha eran rosados, tan bellos que provocaban besarlos con suavidad, como hacía papá. Él la miraba fíjamente y le cantaba, ninguno ha de quererte como yo te he querido, te engañas si pretendes hallar amor más fino: habrá otro nido de oro, pero no como el mío.

La verdad es que lo mató su trabajo de pobre. Un telegrafista aventurero que viajaba a cualquier sitio donde hubiese cincuenta soles de aumento, y los cuatro de la familia subían al camión alquilado, dejaban atrás lo que no cupiera y allá se iban, escríbeme y manda fruta, como se van los gitanos.

Cuando papá y la guitarra callaban, venían los aplausos como si la casa estuviera llena de amigos; las copas de oporto y anís del mono corrían como si Pablo y David ya fueran hombres; y no sólo eso, sino que, por un extraño pacto que cesó de pronto con la última mudanza a Lima, por entonces se contaban las cosas malas, los resentimientos que al fin salían del corazón, pero teñidas de una risa continua, imposible, sacudiéndoles sin parar, pues cada uno se burlaba de cuán tonto había sido el otro cierta vez, y el mentado acababa rindiendo su orgullo y también se burlaba por fin, y a voces, de sí mismo.

Señores, tengo la conciencia tranquila. Me he sacrificado por todos ustedes. En cada cumpleaños suyo, al viejo le gustaba pronunciar un discurso con el ponche de huevo, pisco y jugo de naranja en la mano. Ustedes, hijos, tendrán la carrera que no tuve, ni tampoco tiene el ochenta por ciento de los jóvenes del país; al

 

 

comienzo creí que luchaba por sobrevivir yo solo, en esa atmósfera de sueldos bajos, mezquindad, poca o ninguna cultura, y de colegas borrachos y viciosos que gastaban lo que no tenían en alcohol, cigarrillos y en otras cosas que no debo mencionar ante las damas. Pero yo era huérfano, debía mantener a mi madre, y Dios se apiadó de mí y entré de ayudante en la oficina de correos y telégrafos, un trabajo honrado que no será gran cosa, pero me ha permitido sostener a mi digna esposa y educar a mis queridos hijos, aquí presentes. O sea que ahora puedo llenarme la boca diciendo que he cumplido.

No podíamos oír más; estallaban los aplausos de los invitados, mamá se había lanzado a sus brazos, y ahí, por la cintura de ambos esposos abrazados, David y yo metíamos la cabeza buscando compartir esa dulce oscuridad de la familia.

Sí, sólo esas noches se hallaba en casa el auténtico papá, que durante meses había estado escondido como la guitarra. Pero mamá insistía tú lo mataste, lo odiabas en el fondo de tu corazón, tú no puedes ser mi hijo, como si esas palabras no fueran otras piedras de aluviones. Y no gritó una vez, que hubiera sido soportable, sino en todos los tonos, así como los cantantes ensayan sus voces, y luego mascullan la acusación en las mil veces que se cruzaban por la casa. Las escondió entre líneas en los dieciséis años que ella respondió apenas sus cartas del extranjero, y por fin, las voceó de nuevo cara a cara, desde que se volvió vieja hablando de su dios. Mujer nerviosa y ahora huérfana, extraña madre a quien Pablo había arrinconado contra el mar. Ella le ha contado a Lucía que también sueña volando sobre el agua (sin duda es el miedo a las avenidas), y que teme a Pablo como temía a su padre don Amadeo.

En un momento oye el silencio de las habitaciones, del malecón ahí abajo, en otras noches atravesado por veloces automovilistas, camino a la playa, llevando a fornicar a las chicas que no deben ir a los moteles. Piensa en esas parejas furtivas y las envidia o las desdeña, según el pulso de la noche, mientras Lucía sigue en misa, conversando con Dios en el lugar adecuado. Y ahora mamá rompe el silencio y lo obliga a levantarse, a abrir sigilosamente el dormitorio para huéspedes: la vida de mamá ha cambiado de tercio, ya no habla, así sea consigo misma, sólo murmura y ganguea. La moribunda ensaya su final, dice frases mutiladas que enhebra con la mitad de sus propias respuestas, cambia de voz como los actores, y luego se queja soñolienta y aún dormida, pero con los ojos abiertos.

La primera vez que vi a tu papá fue montado en un caballo blanco, dando vueltas por la casa y esperando verme salir. ¿No la tendrá Pablo castigada como a una niña desobediente? ¿O será una venganza en que el vengador ignora que se venga? Sobre la silla de ruedas, la sombra parece encogerse sobre sí misma, las rodillas casi pegadas al rostro, lista para durar otros ochenta años. Pero se equivoca, no durará tanto así, se resecará como una momia de Paracas, le crecerán las uñas a través del puño cerrado. El ha visto en el hospital Dos de Mayo, en sus lejanos meses de fugaz estudiante de medicina, cómo mueren los viejos, descarnados, sin pelos, como atroces calaveras, soltando palabras sueltas por la baba, sin alimento normal, apenas con sondas líquidas, insultando a gritos a sus parientes más cercanos, cuando ya se ha puesto el biombo, para que ahí detrás la muerte cumpla su oficio.

Un rumor del ascensor, unos pasos tan claros que parecen hablar, la llave entrando en la cerradura. Lucía está de vuelta. Como cogido en falta, cierra velozmente el dormitorio de mamá. Que nadie la vea así, ella también fue novia alguna vez. Avanza por el pasadizo, responde inocente el llamado, y ensaya una sonrisa.




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