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1

    El atardecer no es hora ligada a la muerte. Que lo creyeran otros, no él. Desde Chorrillos hasta La Punta es la mejor estación del día, la esperada, la única hermosa en Lima. Puntualmente llega cuando el trabajo ha concluido y el agobio nos saca al balcón a desentumecer la espalda. Entonces la piel del mar calma los ojos y provoca sed; sed de ver la tarde, el tiempo, los años. Allá por donde acaba el precipicio, una larga mirada de Pablo recorre el borde dentado y curvo del malecón que ya encenderá sus pálidas y mezquinas luces. ¿Todo es como ayer? ¿La gravedad de mamá, la discusión sobre tío-Javier-el monstruo, la antigua o reciente muerte de papá, la vuelta de Pablo al país y su nueva vida de casado?
    Muchos años en el extranjero, y de pronto su obsesión acumulada por el Perú, por Lucía, por los aluviones y terremotos de Ancash, por otro gobierno militar (éste se atrevía a llamarse revolucionario); y así, por último, la obsesión se había hinchado, y una medianoche o una madrugada lo había traído por los aires, como a una brizna de paja. Lima, Lucía y su madre, y sobre todo la tierra asesina y convulsa, hasta que, leyendo tantas noticias sobre el país miserable y chiquito en el mundo, dijo oh ya es hora de volver. Y volvió. Y ahora había cumplido cincuenta años.
    En el cielo, la luz ha dispuesto el espectáculo. Anteayer la tarde había sido blanquecina; ayer, roja; hoy es amarilla. Las espadas del sol se han hundido entre nubes lineales y paralelas al malecón y han creado un oro viejo, empañado, borroso, en medio de vetas de humo. Brochazos oscuros dibujando la curiosa claridad de una tarde medio vencida. Desde entonces reina un sol eufórico, vanidoso, que cree no morir; cada segundo es distinto de lo esperado; y por dentro de las nubes, las vetas luminosas o negruzcas son un mosaico en incesante cambio, cuyos matices fascinan, como si éste fuera el espectáculo definitivo. Luego, ya no se trata del viaje adormecido del sol, sino quizá del vuelo de un globo dorado, rosáceo, chinesco, lleno de fuego, despidiéndose del mundo, bajando al encuentro de la piel del mar, como una inmensa gota llameante, dorada, llameante. Y el mar le hace un camino al brazo de luz que llega hasta el acantilado, sobre el cual está un retazo de jardín, la negra calle asfaltada, y más acá, el edificio, el balcón, los ojos de Pablo mirando el mundo, con la misma sorpresa con que miraba de niño el cielo-sol de Chimbote.

 

 

 

2

 

En la gran habitación que es mitad sala, mitad biblioteca, Pablo, subido en un banco, está ordenando sus libros en la nueva estantería de finas parrillas metálicas, pintadas de negro. Libros, la vida de los muertos. Dos viejas fotografías caen de un grueso tomo a sus pies. Mensajes del pasado, huellas objetivas. Una es de su promoción, en el último año de la escuela fiscal; los alumnos se han dispuesto sobre una isla de juguete en medio del estanque, en el jardín de la fotografía Epímaco Mejía, según el sello de agua del dorso. Mis compañeros pobres, sus ropas peores que las mías. Y yo el más chico de todos. Pero la otra es aún más antigua.

– ¿Y qué es esto, mamá? –baja del banco y pregunta, como sin duda lo hacía de niño, con voz distinta, pero de algún modo la misma–. ¿Con quiénes están papá y tú, y adónde cabalgan así tantas personas?. No puede ser a Chimbote, porque ya entonces había tren. ¿Quizá a una fiesta de la sierra? –y va hacia el fondo penumbroso donde ella ha escogido un sitial, a salvo del balcón entreabierto y ventoso.

Con la imprecisión del color sepia, la mitad inferior de la fotografía es también la mitad de una hilera de jinetes sobre bestias enjaezadas para viajes largos (con pellones, alforjas y mantas enrolladas); bestias y jinetes han hecho un alto en el camino y miran fijamente al que tomó la placa, desplegados uno junto al otro, en una línea de pocos metros. Documentos secundarios de una vida principal, sólo para su dueño. Al centro, una raya horizontal (el doblez ha durado décadas) borra el vientre de los jinetes y la cabeza de los animales. Pero la mitad superior añade datos más concretos: son cuatro hombres, dos mujeres, y a cierta distancia, dos jóvenes sirvientes indios. Y de los hombres uno es papá, con botas, foete y sombrero alón, una sombra que resucita; está en su postura clásica del brazo derecho en jarras y el puño izquierdo con las riendas, sobre la montura, mientras alza vanidosamente la barbilla. Pablo le clava la mirada. Mamá cree que yo lo maté.

Desde la silla de ruedas, desde el bulto envuelto en chompas y frazadas, una mano arrugada y temblorosa, llena de pecas y venas como serpientes azules, señala con el índice artrítico en medio de la voz húmeda e hirviente:

– Este es tu papá, claro. A su derecha, tu tía Bartola, a quien no conociste y que murió de bilis, como decíamos entonces, en la hacienda de los Sifuentes; luego, tu padrino Federico Pizarro y su hijo Christian, que vivían en Lima y vinieron de paseo; y por último, nuestro muchacho Mauro, tan bueno el pobre, se nos fue por un accidente.

– Me acuerdo –dice él, atajando la voz gangosa, enferma, que sigue hirviendo, y empieza a ver unas manchas por el aire; le pican los ojos–. ¿Y a la izquierda?

– Yo, junto a tu papá, estoy cargándote en pañales. Sí, eres tú la manchita blanca de mi falda.

– ¿Yo? –y sus ojos miopes, por un instante sin gafas, no se convencen.

– A tu lado, mi hermano Javier, o tu tío Javier, que es decir lo mismo, todavía con bigotes ¿Lo ves? Y el otro es un muchacho indio que teníamos; pero no me acuerdo el nombre.

– ¿Y tío Teodomiro no viajó? –resurge en el aire el antiguo hombrón al que escondían de las visitas.

– No esa vez. Ya estaba mal el pobre.

– ¿Y adónde íbamos todos?

Volvíamos de Huaylas, de bautizarte en la iglesia del pueblo, porque en esos días no había cura en Caraz.

– Estás muy linda, con sombrero de plumas y montura de lado.

Es verdad; no la estoy halagando.

– Así montábamos las señoras, hijo. Con el saco un poco varonil y una larga falda de viaje; y cuando cruzábamos la puna, o había viento y polvo, nos poníamos una bata encima.

–Pero las bestias son de todos los tamaños.

– No, son normales. Las más altas son caballos; las medianas, mulas; y las chicas, burros. ¡Lo que pasa es que se han borrado los detalles! ¡La foto es vieja!

Un aguijón le cruza el pecho. Vieja no, llegaré a su edad. Las cosas increíbles nos habitan.

– ¿Y cómo me porté en el viaje? –disimula–. Recuerdo que, al cruzar la puna, siempre me enfermaba de la garganta.

– No, te arropé bien, y cuando me dolía el brazo, Carlota me ayudaba a cargarte. ¿Qué será de ella, habrá muerto? Casó y se fue a vivir a Corongo.

Sí, ¿qué habrá sido de esa sombra sepia? Como otras veces, absurdamente, Pablo evoca sus primeros años, busca, conjura el tiempo hasta esos límites imposibles; después de todo, medio siglo en la memoria no era mucho, pero sólo ve la nada en el fondo de sus ojos. Emerge de ahí como el hijo de la noche, no como una duda, sino como una certeza, el mundo y él separados; y su madre, como la intermediaria de los deseos de la vida, no del padre ya muerto.

– ¿Y nos quedamos a vivir en Caraz después del bautizo? –vuel- ve a preguntar intrigado–. A los cuatro años yo paseaba con nuestra muchacha Leoncia por la plaza de armas, bajo unos grandes ficus, la pila enrejada al centro, el kiosko de estilo alpino, y los altavoces de la radio prendidos del techo, transmitiendo boleros o partidos internacionales de fútbol.

– Oh, no, ésa fue la segunda vez que estuvimos ahí. La primera, luego de bautizarte, sólo nos quedamos unos meses; tu papá trabajaba en el telégrafo y yo en la acera de enfrente, como secretaria del señor Neuburger.

Pablo da un respingo. Sí, claro, el matrimonio disparejo, el rechoncho Neuburger y su joven y bella mujer, ambos taconeando militarmente al pasear por la plaza, en las retretas domingueras, o al atardecer por la alameda, en camino a La Punta. Los niños los seguíamos de lejos, fingiendo formar también parejas de chicos y chicas, y a ella le tirábamos piedrecitas a fin de que se volviera y nos mirara.

Sin ver lo que ella misma hace, mamá se pone a tejer mirando el balcón casi colgado sobre el mar. Ya pinta demasiadas canas, no le veo un solo cabello negro. Y las comisuras de sus labios están enrojecidas; es la falta de vitamina B, las inyecciones ya no le hacen efecto. Las comisuras son toda una herida; no sanará nunca, así morirá, deformada y herida... ¿por quién? Y tiene los ojos medio inyectados de sangre por la falta de lentes durante años; en la sierra casi no había oculistas, sólo en las capitales de departamento.

– ¿O sea que trabajaste con el viejo alemán?

– No era viejo –le quema la voz: viejo, palabra clave estando con ella–, sino gordo, pesado y medio mudo. No sabía bien castellano y los peones lo engañaban con el número de sacos de carbón, que llegaban de su mina y debían pasar al tren de Huallanca. Alquilaba camiones y en los viajes también le robaban; por eso yo debía estar en el almacén todo el tiempo. Así, tu papá y yo pudimos ahorrar para venir a Lima, adonde ustedes estudiaran. Su sueldo daba para los gastos y el mío lo guardábamos íntegro; además, teníamos la ventaja de vivir gratis en una linda casa que ahora dicen que ya no existe.

¿Cómo, habían echado abajo la casona del correo, de patio empedrado y corredor de pilares también de piedra, y con ventanas de reja por donde él entregaba las cartas al público, ayudando a papá?

–¡Oh, que lástima! –dice, alarga la frase, quizá sea una lágrima seca, mientras vuelve a limpiar los libros con la franela roja y los va ordenando en estantes nuevos, huraños, recién vistos en una casa que tardará en acogerlos. Menos mal que no los confiscaron en la aduana como antes. Libros con tapa roja eran subversivos y se acabó: el infalible instinto policial.

– Pues ahí, en el patio, te caíste jugando con David y quedaste desmayado un buen rato hasta que vino el médico.

– Sí, el doctor Rodomiro Ortiz; pero de la caída no recuerdo.

– Es natural; sólo tendrías unos cuatro años.

De nuevo hace un esfuerzo, entrecierra los ojos, ve por dentro sucesivas sombras y ahí están David y él saltando del corredor al patio, una y otra vez; así debió ser, pero no ve nada más.

– Bueno, pero ¿qué hay de la primera vez? Volvimos de Huaylas en esa cabalgata y estuvimos unos meses en Caraz. De acuerdo. ¿Y después?

– Contratamos un camión para la mudanza y nos subimos como gitanos. Total, en media hora ya estábamos en Yungay, donde pasamos un año antes de seguir a Chimbote, y siempre tu papá de telegrafista.

– De Chimbote en adelante ya me acuerdo, menos de una cosa: ¿dónde empecé a estudiar? Porque a la escuela primaria entré sólo a los cinco años. Oí decir que una señorita Angeles...

– Angeles se apellidaban casi todos en Yungay, antes de desaparecer del mapa. Doña Matilde Angeles tenía una escuelita de transición donde hiciste las primeras letras; pero, tan rápido, que empezaste en marzo y ya en junio habías acabado el curso.

– ¡Ojalá hoy fuera lo mismo de hábil!

– Sí, eres inteligente, hijo, pero también muy apurado; pareces un caballo brioso. Vives como si te persiguieran: pocas veces se puede hablar contigo.

– ¿De veras? ¿Un caballo brioso? –suelta la risa y otra vez va hacia ella, y mamá también ríe hasta que sus ojos heridos se vuelven hendiduras, sacudiendo varias veces la cabeza.

Quizá tenga razón, vivo como de paso, pero ¿adónde voy? Tras las convulsiones de risa, mamá empieza a lagrimear y debo limpiarle los ojos con el pañuelo. Agua del vivir, otra clase de paroxismo. Su respiración es un graznido, pero de contento. Así era antes: de pronto ella bromeaba con papá e iba callandito por detrás y le cogía del cuello regordete; era la mayor cosquilla para papá y ambos se sacudían en verdaderas convulsiones. De él hemos aprendido, hasta sentimos cosquillas en el cuello, pero contra él te rebelaste ¿no? A veces papá y ella se perseguían por toda la casa, riendo hasta emitir graznidos, les faltaba el aire, y eso era la felicidad para ambos hijos que los mirábamos extasiados. La edad de la inocencia. Pero ya el viejo es una sombra blanca, transparente, no más una ausencia; a veces esa nada se concreta y está aquí, el hombre invisible pero real, y entonces madre e hijo enmudecen al sentirlo. Hace mal esa presencia de aire. Y justamente para matar el silencio y frenar sus silenciosas lágrimas, le sigue preguntando sobre un estado que se parece al sueño:

– Bueno, terminé el curso de transición y sin duda me matriculaste en el primero de primaria. Supongo, no lo sé. ¿Y después?

– Te llevé yo misma a la escuela fiscal; no había otra en el pueblo. Antes respetábamos la escuela fiscal, donde estudiaban juntos hijos de pobres y ricos. Te cosí una batita y una bolsa de cuadernos que te cruzaba en bandolera y decías que ya eras un soldado. Y salías de casa marcando el paso.

–¡Vaya! ¿Y mi fobia por militares y policías viene a corregir eso, entonces?

– Tu hermano David tenía otro uniforme, pero sólo para desfiles; ésa era la costumbre. Los niños más crecidos usaban ropa de calle, pantalones una nadita más abajo de las rodillas, medias altas y botines de caña entera, muy cerrados.

– Sí, he visto fotos de nosotros cuatro. Pero fuimos más ¿no?

Algunos se quedaron por el camino y ahora le tocará también a ella.

– Fuimos seis en toda la familia, contando a tu papá y a mí, por supuesto. Murieron dos hermanos tuyos cuando eran muy chiquitos. Ninguno llegó al año. Para mí son angelitos que se fueron al cielo.

Lo dice, quizá lo crea. Otros muertos, pero bonitos.

– Recuerdo a David con pantalones que ahora serían unos bermudas largos, y además, se peinaba con raya al medio.

– Hablas de Davicho; David fue tu padre, no lo olvides.

– Dijiste que, como papá había muerto, podíamos decirle David a mi hermano.

– Bueno, lo hacemos para ayudarlo; se ha quedado solo ahora que he venido a tu casa.

– ¿Solo? Vive con su mujer, ¿no?

– Hablaba de otra cosa, No deberías criticarlo. (¿No ve? Ya vuelve a defender a su muñeco). ¿Acaso recuerdas tu propia facha?

Tenías un peinado redondo, como de mujercita, y un cerquillo en la frente; pero con pantalones hasta el muslo y la pelota bien agarrada.

– La pelota que me quitaba David.

– Y que provocó una desgracia.

De nuevo ella se pone a tejer sin mirar el tejido y de nuevo les rodea el silencio, la línea del tiempo, la senda que simula avanzar. Pablo enciende las luces, ya se cansó de ordenar libros; se sienta en la alfombra. Ha vuelto del largo viaje a través de Ewa y del falso embarazo, cruzando la muerte imposible de Elaine y los engaños frecuentes de Kate: nombres ajenos a su lengua, palabras secretas en su vida, porque de vez en cuando Elaine renace y es otra sombra blanca, y quizá deje la tumba su hijo real, nacido de Lucía, del vientre más ingenuo, nacido apenas y muerto para dejarlos solos, estériles pero optimistas (si bien con la madre invitada a morir frente al mar), y hasta Kate la infiel surge en la sangre y lo estremece. Pero, no, Pablo se defendió de todo, rió el último y acabó en los brazos saludables de Lucía. Soy hijo de muchas mujeres. Te has graduado en Columbia, en Nueva York, pero no has estu- diado otra cosa que a ellas; menos mal que Lucía te salvó del desfile de muñecas desnudas, eso era lo importante, desnudas, y hace pocos años que te domesticaste o serenaste, según se vean las cosas.

Mamá no mira su tejido sino la gran vidriera de la sala-biblioteca, cuya puerta corrediza da al balcón; y desde afuera les mira el precipicio, el filo irregular del acantilado, el farallón de tierra y polvo que les mantiene por encima del vasto mar penumbroso. Es noviembre, víspera del verano, pero las paredes se sienten como tenazas húmedas en la espalda; pronto te dolerá el hombro, el verano no llega. Lima, espejo borrado y frío. La pelota se le escapó (así se lo contaron), y se iba a la calle por donde pasaba un camión. En su carrera por atraparla, Pablo no vio, ni le interesó nada más. Dice que mamá juntó a Dios y a Pablo en un solo grito, y cuando casi había sucedido la desgracia, el atropello, el paso de la enorme llanta por encima del muñequito, surgió como un milagro el emponchado Mauro, el indio que traía leña y limpiaba el terrado, y que saltó y arrebató el muñeco a la llanta, pero ésta le enredó el poncho, y con el poncho enredado, Mauro pasó por debajo no sólo de una llanta sino de la que venía detrás.

– Sólo me acuerdo lo que ustedes me contaron. Sí, Mauro me salvó la vida.

Padres desconocidos, hijos ingratos.

– Y por eso, hijo, tuvimos que recoger a la familia de Mauro, a su mujer y a dos indiecitos, niño y niña, y luego todos se fueron a servir en la hacienda Santa Clara.

Pero tú, Pablo, salvaste a David y llamaste a tiempo a papá, que lo sacó del pozo. Es una cadena de salvamentos. Y a Lucía la salvó de ahogarse su sobrino, cuyo nombre he olvidado.

– Quizá eso equivalga a tener un padre o hermano –dice Pablo–, que te salven sin pedirlo tú. ¿Pero, ser madre a qué equivale, dime?

Ella aparta el tejido; trata de sonreír y vuelve la cabeza blanca y terminada en un moño. Entonces el hijo ve en toda su fealdad, contenida por la opresión del amor, las mejillas marchitas y surcadas de arrugas, las comisuras heridas, los enrojecidos párpados. Únicamente sus labios son lozanos y rosáceos.

– Me lo he preguntado muchas veces, hijo. Quizá ser madre sea obedecer a la naturaleza, a las cosas como son.

De súbito desea saber algo más, formular otra vieja pregunta; pero, a fin de endulzarla, debe referirse también al favorito de la madre enferma y del padre muerto:

– Dime una cosa. ¿Fuimos David y yo hijos deseados desde antes de nacer? ¿O quizá tú no . . ?

Sólo cuando ha hablado, deduce que lo impulsó el hijo inexistente, pero de algún modo dormido entre Ewa, una madre olvidada, y él, al que odió extrañamente por una semana, en medio del temor de que hubiera germinado, hasta el alivio de una falsa alarma. He ahí otra sombra escondida ante Lucía.

– ¿Cómo dices? –y por segunda vez ella vuelve aún más su cuerpo grueso, forrado de chompas, castigado por un eterno invierno.

– Ya somos mayores, mamá, podemos hablar abiertamente. No me importaría saber que. . .

– El aborto es una cosa sucia, moderna y ultracivilizada –dice ella, como una sentencia–. Gracias a Dios que soy anticuada o primitiva, como quieran llamarme, y además tuve un buen matrimonio, no te olvides –lo señala con el dedo.

Para ella buen matrimonio es el lleno de sufrimientos, pero sin adulterio, piensa, y su mente prosigue el curso, imposible detener las obsesiones:

– Y ahora dime por qué preferiste siempre a David. También de eso podemos hablar libremente. Ya no me afecta.

Tenía que decirlo. El excesivo amor al primogénito, los padres confundidos por el encanto de su primer retrato.

– ¿Lo hice? Según David, es exactamente lo contrario, que yo te prefiero a ti. Los hijos son difíciles de contentar, sean grandes o pequeños.

Ahora ella hace una mueca.

– Estás mintiendo, mamá.

Ella respira fuerte, sopla, agita el pecho como por una tos y acaba tratando de sonreír. Su intención flota, huérfana, en el aire.

–¿Acaso todos no mentimos un poco? Tú escribiste de Nueva York diciendo primero que seguías letras, pero ya te habías pasado a la historia; y aquí habías cambiado otra vez, de ciencias a letras, y también a escondidas. Eres indeciso, no como tu tío Javier, que hizo una fortuna siendo firme y resuelto.

Robando a los damnificados, piensa él. Ya empezó con su máximo favorito, la bestia de plata de la familia. Pero yo lo puse en su sitio.

–Bueno, sólo prometí acabar una carrera y lo cumplí.

–Claro, dices que te doctoraste.

¿No ve? En un descuido se le escapó el desdén, el resentimiento, porque David es apenas un médico, no un doctor cum laude como él. La mezquina pasión de mamá se retuerce por el suelo como una culebra. Pablo ríe con esfuerzo, apilando libros sobre la alfombra. Ahora, hasta el día siguiente, en que seguirá limpiándolos y ordenándolos. No, ella no cambia. Sus ojos todavía están llenos de papá, de su hijito mayor David y de sus hermanos Javier, Teodomiro e Ignacio, formando una tribu frente a mí.

– No lo digo, mamá, no seas niña, te enseñé los certificados que allá no se compran como aquí. ¿Lo has olvidado? Y el título está colgado en el escritorio. ¿Quieres verlo de nuevo?

– Ya tengo frío. Me iré a mi cuarto.

– No disimules. ¿Qué te disgusta? ¿Acaso te falta algo? Quise comprar un departamento para ti sola; no lo aceptaste. Lucía y yo quisimos llevarte de paseo a Europa; tampoco, dijiste que primero esperabas mejorar. Bueno, ahora estás mejor ¿no?

Si supiera el dinero que tengo se desmayaría, piensa; todo es para Lucía y para ella, pero abriré la mano a pocos, no seremos pobres dos veces. Además quiere vivir con David; sólo está siendo cortés conmigo y luego de una semanas volverá a su tribu. ¿No ve? Su voz se hace resentida y quejosa:

– Gracias por darme de comer, por comprar esta buena silla de ruedas, por traerme frente al mar que no veía desde Chimbote. Pero yo no necesito nada. ¡Y menos aún desde que murió mi pobre viejo!

Y entonces, herida, se corta la voz; la tez fofa y colgante se frunce y duplica sus arrugas; y cuando vuelve a respirar no sólo brillan sus lágrimas, sino su voz se ha llenado de agua, hierve y aun ella empieza a babear. Pablo le limpia con el pañuelo. Hace lo que ella hizo por él: herencia, devolución o revancha, ¿dónde está la libertad? De algún modo todavía sigue dentro de ella, no ha nacido del todo. Seca esas lágrimas, pero vuelven a brotar, sería un manantial maravilloso si no doliera. Ya la luz sesgada del balcón ha dorado increíblemente los lomos de sus libros. Luz que convierte el aire en una fortuna. ¿Será una buena o mala señal? ¿Habré perdido mis acciones en Nueva York? Mamá se ha calmado; sus manos pecosas y cargadas de arrugas yacen como guantes olvidados sobre el tejido inconcluso y éste sobre la manta serrana que cubre sus piernas.

– No te pongas así, estamos hablando de mí, no de papá.

– Tienes razón, hijo. Soy una vieja aburrida con un solo tema de conversación. No me hagas caso. A veces el indeciso busca mejor. Escribiste también diciendo que te casarías con Elaine, después con Kate y finalmente fue con Lucía. Escogiste bien, lo reconozco.

– No mentí, en cada caso dije la verdad.

– Y yo no le conté nada de eso a Lucía.

– Gracias por callar.

– Aunque tú siempre has sido mujeriego, claro.

Siente el rasguño de la palabreja, y su lengua empieza a moverse sola:

– ¿Hubieras preferido que me casara con una vaca gorda como la de David? ¿Cómo diablos se llama esa tonta?

– ¡Es el colmo, no recuerda el nombre de su cuñada! ¡Es Dora, Dora! –reacciona ella al punto, con extraña energía–. ¿Dónde está la ventaja de los educados si son fríos y crueles?

Lo ha dicho por el largo viaje de Pablo, como si no hubiera vuelto aún, o porque muchas veces escribía a Lucía pero no a ella (y a veces a ninguna), o porque Pablo desprecia a su hermano, sin contar la otra historia de su dios asesinado.

– Sigues con lo mismo– y debe inclinarse sobre ella, que retira la cabeza a fin de poner alguna distancia entre ambos–. Hubo la mar de testigos del infarto de papá, pero sólo tú piensas que lo humillé y desairé. Sólo tú, nadie más.

– ¡Yo no toqué el tema, Dios es mi testigo! –y vuelve su antiguo ademán de buscar el cielo y santiguarse, llamando a un aliado desconocido para Pablo–. ¡Tú le dijiste que no se jactara de las carreras de David y de la tuya, porque él no les había ayudado en nada! A la noche siguiente tuvo el infarto. Así no se habla a un padre.

Y otra vez va a sacudirla el llanto, pero Pablo alza la voz y suprime las convulsiones:

–¡No le dije eso y tú lo sabes! ¡Basta de echarme la culpa!

–¡Lo dijiste!

La anciana ya no parece débil ni enfermiza. Mamá miente como cualquiera; no es más que una madre.

– Eres terca.

– Davicho también te oyó.

– Le metiste esa idea a tu niño engreído, a ese estúpido faldero.

– Estás lleno de odio.

– Quizá lo aprendí de ti.

– Pero yo no maté a mi padre.

Lo ha dicho, lo ha vuelto a decir después de años, cuando aún me hería. Entonces Pablo baja la voz:

– Oyeme bien, mamá, y por última vez. Ya no me afecta una mentira como ésa. Repítela, vamos, repítela– y la sigue acosando, y la cabeza de ella sigue apartándose y girando, como si tuviera mucho espacio frente al hijo. Brilla otra gota en un lagrimal rojo, herido por la luz que sigue dorando los muebles, los cuadros.

– ¿Tan indolente te has vuelto, Pablo? –una mano áspera y tibia empieza a recorrer su barbilla.

– No, sólo me siento más libre de ti.

– ¿O sea que no te importará cuando muera? Me falta poco.

– No tuerzas mis palabras. Si al menos hubiera paz entre nosotros, la vida sería hermosa. ¿A qué he vuelto, entonces, si no es por ti y por Lucía?

– ¿Y dónde está lo hermoso, si yo apenas vivo sin tu padre? Y para remate, han metido preso a mi único hermano vivo.

Menos mal que ignora lo que le pasó realmente, piensa él.

– Tío Javier es un monstruo, mamá –iba a decir era, pero se contiene–; es más que un delincuente, debes admitirlo. Ha vendido desde hace treinta años los víveres para los damnificados. Alguna vez alguien debe ser castigado en este país de ladrones.

– Tiene nuestra sangre, nuestro nombre –y el bulto canoso y arrugado todavía se agita.

– Justamente por eso debemos dejarlo en la cárcel. Nos ha ofendido gravemente al hacer lo que ha hecho.

Ella va a replicar, pero se le corta nuevamente la voz. Entonces él calla, no debe molestar más a una enferma. Sin querer, vibrando también por zafarse de la trampa de ternura, acaba pegando su cabeza al pecho de ella, sintiendo su calor, su aliento de madre vieja. Un segundo de amor y basta. Se levanta.

– Está anocheciendo. Cerraré del todo el balcón. Lucía ya debe volver de misa. Es hora de tus remedios ¿no? –dice, aclarándose también la garganta, deseando huir de aquel encierro–. Voy por un vaso de agua.

– Faltan diez minutos todavía –gime la voz mortecina como desde una caverna. Es un quejido dejando hilachas de aire, una voz vieja, una historia que no acaba.


 

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