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Sin embargo, frente al espectáculo del sol cayendo, vanidoso, en el mar, entre el cortejo adulador de espadas amarillas, rojizas o violetas, formándole una guardia para morir con gloria, frente a ese alarde moribundo estaban las noches de luna en la sierra.

Será porque estoy entretenido por el paisaje que todavía no hallo a Dios. Apenas soy un adorador del sol, de la luna y la tierra, sin penetrar aún en el amanecer o en la noche de los nativos, ni menos en la Edad Media de los conquistadores.

El cambio más notable al dejar Sihuas fue la noche. Quizá la diferencia entre sierra y costa esté en el significado de la noche, cuya lobreguez e importancia subsiste aún en la primera. En los poblados, si hay luz eléctrica, los focos todavía parecen velas, y el pequeño retazo iluminado sigue abrumado por la inmensa oscuridad del entorno. Mamá dijo una vez cuánto le extrañaba que en Lima no se respetara la noche como en la sierra. Aun en ciudades medianas, como Caraz, comíamos al caer el crepúsculo y luego nos servíamos de linternas dentro y fuera de casa; la oscuridad devoraba el alumbrado público y casi lo anulaba. Las calles eran bocas de lobo, y las personas conocidas andaban con un muchacho y una linterna, mientras los pobres lo hacían a oscuras y sólo tenían en sus casas lamparines a kerosene.

Bajo la luz eléctrica, en Lima la comida o cena era otro almuerzo, y después la familia conversaba, jugaba cartas, oía la radio o salía a las retretas del Paseo Colón. En mis primeras noches de recién llegada a la capital, decía mamá, yo extrañaba el silencio, el miedo a la oscuridad, o desconfiaba de que ésta fuera tan delgada que no pudiese llamarla tinieblas –palabra casi proscrita en la costa–, y el sueño me venía por estar de pie desde la aurora; pero en Lima la aurora no tenía luz propia, y el sol se veía únicamente en verano. Así, dice que ella empezó a desvelarse de noche, intranquila porque los demás, con luces encendidas, seguían hablando o riendo en voz alta como en una casa encantada. Con el tiempo se fue acostumbrando, acababa leyendo el periódico, enterándose de cosas del mundo que en la sierra se ignoran, mientras afuera los últimos autos se deslizaban por calles asfaltadas, produciendo el delicioso rumor del agua, en una ciudad donde no llovía. Al parecer, ella nunca perdió el miedo a la oscuridad, inclusive al recordar los viajes por las endemoniadas trochas de Sihuas, Pomabamba o Corongo.

Tío Javier le había contado un sueño que ella recordaba en cada túnel. Era una sombra en la entrada, pero sólo presentida. El alzó su linterna a pilas y vio a una bruja que desprendía del cuello una culebra y que le cedía el paso: "Sigue en paz, hermano". "¡Oh, no!", gritó él, "primero matas a esa culebra o la mato yo, no vaya a picarme ahí adentro". Dice que la horrible mujer quiso huir, pero él cortó su camino y abaleó a la culebra. "¡Pues ahora te maldigo!", gritó ella. "Tú lo has querido. Te pasarán toda clase de males!" Y así fue. Después de irle tan bien en la vida, empezó a declinar como las tardes sombrías: peleas con Elena, malas cosechas, su hígado enfermo, Andrés que ya levantaba cabeza y le respondía, Shesha también en busca de su independencia, y sobre todo, los terremotos que se espaciaban más que antes y no le daban mucho de ganar.

¡Ah, pero las noches de luna! Con ellas no cabían quejas ni lamentos. Eran la dulzura metida en las tinieblas. Extraíamos frazadas y largos almohadones, y nos tendíamos en el patio mirando la luna como no se podía jamás mirar el sol, con placidez y confianza. Esa luz de milagro, el silencio y las sombras vivas del aire creaban una paz donde reinaban las nubes blancas y viajeras. Y entonces venía el concurso de ilusiones, qué serás tú mañana más tarde; si te dieran a escoger entre una bolsa de oro y la felicidad, qué escogerías. A veces, los hijos del señor González, el dueño de casa, venían a tumbarse con nosotros y jugábamos a qué figuras había en las nubes, y por ahí desfilaban todos los animales, hasta que sólo quedaban los pájaros, los reyes de la luz azul (digo, imaginados, porque ellos estaban durmiendo), y los niños se subían a los cóndores, cernícalos, águilas, guardacaballos y pacapacas, y se marchaban despidiéndose de Sihuas, rumbo a Lima, a Lima, como todos los viajeros.

 

 

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 Pero no sólo tío Javier por acá y por allá, durante años y años. Mejor hubiera sido decir tío Teodomiro también, y por último tío Ignacio. ¡Qué familia de ejemplares torcidos! Pero ¿torcidos por quién, vamos a ver? Porque tío Teodomiro vivía de modo tan natural y ajustado a las horas del día, que continuaba siendo un niño, cuyos actos eran todos previsibles. Casi amanecía con el pelo húmedo y peinado por Leoncia, quieto como alguien dormido en los sillones de la galería, recibiendo el sol con los ojos entreabiertos. En el patio callado y silencioso, dividido entre la luz mineral y la sombra dormida, la mañana vivía como separada del mundo. Sólo el rumor de moscardones por las vigas del tejado trazaba y rayaba ese silencio. Al fondo, por el portón siempre abierto, la plaza era aún el territorio de sirvientes indios y algunos perros.

De pronto, el mundo cambiaba con los pasos secos de la descalza Leoncia, y la cabeza de tío Teodomiro empezaba a moverse, merced a un mecanismo descompuesto. Un tic por acá, otro por allá, los ojos disparados como a varios sitios a la vez, y la bandeja del desayuno recibía su gangueo, su alegría. Porque tenía hambre de sano. Leoncia le daba en la boca el pan ensopado en café con leche y el huevo pasado por agua. Él reía con las marcas del huevo en la nariz y Leoncia reía con él.

Después le cerraba la camisa de tocuyo, le ponía una chompa tejida por ella para el más bueno de la casa, y allá se lo llevaba de paseo, rehuyendo toparse con alumnos de la escuela fiscal, y menos aún con los notables del pueblo. De éstos y de los niños malos debían cuidarse. Iban camino de Andaymayo, lejos de la escuela adonde Teodomiro no hubiera podido entrar así hubiese querido. El campo era la sonrisa del pueblo, las huertas cercanas, los retazos de trigo y cebada, los potreros con lustrosas bestias cuyos pechos hervían si uno se les aproximaba. Con Leoncia, el muchacho bueno y sonriente babeaba un poco, casi nada, y andaba como borrachito, no como enfermo. ¿Quién podía hablar mal de él si en las tiendas de abarrotes y en el mercado había tantos borrachos? Si les cansaba la trocha o el contar piaras de burros cargados con mercaderías, rumbo a Quiches y Pomabamba, pues se metían a una sementera, debajito de un árbol, y entre los dos cascaban una caña de maíz y chupaban el jugo para resistir el sol.

Descansaban muy sentados y ahí le entraban a Leoncia las ganas de curarlo. Él tenía cuerpo de hombre grande y huesudo, pero a Leoncia no le faltaban fuerzas. Lo ponía en pie con algún trabajo; era más alto que ella, y si hubiera tenido la mirada firme y la cara tranquila, hasta una muchacha se hubiese enamorado de él. Lo hacía andar como cristiano, derecho, sin quebrar ni enredar las piernas, e inclusive saludando con la mano, buenos días, señor González, buenas tardes, señora Príncipe. Acababan riendo, Leoncia tan quebrada y caída como él; pero el suelo también tenía su encanto, era la cama de los pobres y desdichados. Riendo, se revolcaban sin malicia, y por fin el muchacho grande y gangoso se quedaba dormido. Entonces ella miraba la sombra del sol en una piedra y contaba hasta un buen rato, nada más, porque debían volver a las once, antes de la salida de la escuela. Esos niños gritaban como pájaros, tirándole piedrecitas a Teodomiro, y luego lo remedaban, y ella debía calmar al enfermo, que se había dado cuenta. A veces, la mala suerte se concertaba: un perro nervioso casi le daba un tarascón, o un caballo se asustaba por la sombra torcida y por los saltitos de alguien quizá picado de avispas. Ahí empezaba la guerra de Leoncia contra los escolares, o contra el perro loco, o contra el bayo zonzo que temía a una sombra. Ponía al inocente tras ella, lo hacía sentar, juntaba unas piedras, le decía que se estuviera quieto aunque eso era imposible, y ahí empezaban las convulsiones de Teodomiro. Se le iban brazos y piernas por todos lados, bizqueaba y babeaba, pero ella dale con las pedradas hasta librarse de gritones y escandalosos. Lo malo era que, cuando volvían a casa, todos ya sabían la historia. Había volado por delante o la veían pintada en la cara sucia de cualquier maltoncillo.

Verdad que tampoco en la casa había paz. Sólo con la señorita Grima podía dejarlo, mientras corría a calmar el otro alboroto armado por Ignacio, a quien ella ya había alcanzado joven. Ignacio protestaba apenas su madre dejara de mimarlo. Le gustaba eso de toda la casa para el predilecto, por ser el vivo retrato de don Amadeo. Al verlo, no parecía un viejo colgado en la pared, sino un jovencito andando muy pije, con polainas y foete por las mañanas, y corbata de pajarita por las tardes. La mamita Grimanesa, mamá de la señorita Grima, había enseñado a Leoncia ponerle al mimado camisas bien planchadas, ternos limpios y ordenados en el ropero, zapatos que parecían todos de hule por el brillo que les daba; y cuando mamita enfermó de bilis y los vómitos la secaron, ayudó a la señorita Grima a llevar la casa, además de cuidar al descuidado Ignacio, que no cerraba el portón por la noche ni sabía a qué hora desayunaba. Había que meter la bañera en su cuarto y arrastrarlo para que despertara y se bañara; y como venía lleno de anís del mono y cañazo, le daba únicamente leche hasta la tarde, en que almorzaba como un león y revivía a tal punto que se marchaba de nuevo, más guapo y más saludable que la tarde anterior. En torno a él había quizá un capricho, creado por el alcohol, nombre que parecía de alguien que desfiguraba a los hombres por la noche, los volvía sucios, malcriados y violentos, y ella debía luchar contra ese demonio invisible que apestaba a podrido: peleaba a quitárselo y la sombra a retenerlo deforme, hinchado, miope y repitiendo palabras fétidas, de zorrillo. Se encerraban los tres con la sombra y sólo después del mediodía rescataba al verdadero Ignacio, tranquilo y limpio, para ponerlo a la mesa. Lo que era un sueño inalcanzable, porque la sombra se le iba pegando cada vez más, y nadie podía contra esa segunda vida. El joven, ya horrible, dormitaba en la galería, pero daban las seis, y en un milagro provisional, lavado y buenmozo, escapaba diciendo que volvería en una hora. Todos pensaban que se vería con una muchacha, lo que era a medias verdad, porque él, de seis a ocho, visitaba a las chicas que pretendía, mientras probaba el vino dulce y conversaba en la sala bajo linternas a gasolina, que se repetían en espejos y rebrillaban en cortinas y tapices; pero, a las ocho, huía también de las casonas demasiado limpias y apacibles, y en otro horario exacto, olvidaba su propio rastro y sólo de vez en cuando descubría quién bebía con él, o a qué mujer, rica o pobre, estaba mordiendo el cuello, a qué hombre había golpeado hasta destrozarse los nudillos, y dónde se había embarrado el traje o poncho de lujo.

Al comienzo, Leoncia lo esperaba sola en el portón, lista a protegerlo; más tarde, la acompañó la señorita Grima, nerviosa no sólo por su hermano, sino por su novio que había ido a rescatarlo. Una madrugada, en el zaguán, las sorprendió un bulto sin linterna. Era don Javier, borracho y tarambana como Ignacio, pero sin trastabillar ni enredar la lengua jamás. Las vio indignado, como si fueran mujeres que meterían hombres al patio, y les prohibió esperar a nadie. Desde entonces, como se suponía, la señorita Grima se fue a dormir temprano, y Leoncia, de nuevo sola, continuó esperando a oscuras y en silencio, como una muerta, y cuando Ignacio volvía del infierno, ardiéndole la lengua y las manos, se abrazaba de ella como de otra clase de carne, la buena y dulce que por fin le daba el sueño.

Dejó a esos dos niños grandes cuando la señorita Grima se casó y la llevó a Chimbote, a una casa frente a una vasta laguna que no dejaba de respirar. "Ahí tienes el mar, te lo presento, Leoncia", dijo su ama, y ella esa noche se encogió de miedo. Al otro día, vio que la laguna era verde o azul, que había crecido hasta escaparse de los ojos y que respiraba como un monstruo ciego echando espuma a cada rato, pero que al parecer enseñaba a los hombres la distancia y la paciencia. Una se quedaba mirándolo buen rato y aprendía de veras muchas cosas.

Con el tiempo, perdonó que Chimbote no tuviera montañas. De día, David y Pablito le hacían olvidar su apego a la sierra y de noche parecía domesticar a pocos el mar, que, después de todo, sólo vivía por horas, como ella, porque el resto lo ocupaban sus deberes y al final quedaba rendida, hecha una sombra, antes de desaparecer en el sueño.

Volvió a Sihuas como a la felicidad reencontrada. En la nueva casa no había idiotas ni borrachos, como en la de mamita Grimanesa. Casi todos los mayores habían muerto, excepto don Javier; pero menos mal que vivía en una cuesta tan empinada que a su ama no le gustaba subirla. Y Shesha y Andrés alegraban la casa, como si fueran otros hermanos de David y Pablito. Todavía éstos no peleaban mucho entre sí; eso empezó en Caraz, cuando se mudaron a la casona del correo, a media cuadra de la plaza de grandes ficus y kiosco, junto a la pila, y la pila en medio de lindos jardines. Pablito tendría unos catorce años y andaba escapando no sólo de su hermano, sino de los otros muchachos. Le gustaba estar solo. Pensó en que era el desarrollo y se atrevió a seguirlo cuando se perdía en la oscuridad de la calle de Teléfonos. Los focos parecían velas y Leoncia únicamente había podido descubrir que conversaba con Olga Vinatea, en la puerta del chalet del dentista, padre de la muchacha. Conversaban de pie, sus zapatos jugueteaban con las collotas del piso, y reían de vez en cuando, con una dicha nueva que deshizo sus temores. Por unas noches dejó de seguirlo, contenta de que sólo fuera eso. Pero, poco después, las noches de Pablito habían cambiado. Iba primero al billar, donde estaba la gente mayor, la nube densa de fumadores, y las fuertes luces sobre las mesas verdes, mientras el señor Duque, al parecer bueno y serio durante el día, alcanzaba vasos y botellas a las gavillas de mirones. Las apuestas corrían a gritos; entre aplausos y rechiflas, salían los borrachos a la noche, orinaban como caballos, se desafiaban a pelear o perseguían a las muchachas, especialmente a las sirvientas. Ya fuera en el mundo verde del billar o de la noche, Pablito pasaba de un grupo a otro, hablando lo menos posible. Luego enrumbaba al chalet de Olga; a esas horas, él también debía tirar piedrecitas a su ventana. Leoncia los veía juntos, paseaban muchas veces por la acera, y del diálogo sólo oía unas frases: "Me molesta, no sé qué es" y Olga que insistía: "Pero hoy, por ejemplo, ¿qué has sentido? ¿crees que es contagioso?"

Una noche en que la parejita se abrazaba, irrumpió el dentista como un perro de dos patas; quiso ahuyentar a Pablito; pero éste sólo se retiró después de repetir que no hacían nada malo. "¡Fuera, vago!", estalló el hombre, y Pablito contestó: "¡Soy el primero de mi clase, no soy un vago! ¡Infórmese antes de hablar!"

El genio de su pequeño amo se agrió aún más en la casa; ahora se pateaban con David bajo la mesa, inclusive con los platos servidos. El señor Jiménez se lanzaba a cerrar la puerta para golpearlo mejor, pero Leoncia también se había metido por la ranura y protegía a Pablito, contra quien estaban todos, hasta la mamita Grima, que otras veces parecía tan buena. Pablito y Leoncia recibían los cinchazos, y dale el mandón a decir que Pablito era el único problema de la casa, y sobre eso mamita Grima le gritaba que lo enviaría interno a Lima, para que lo enderezaran. Después de un rato con el veneno de la cólera, el señor Jiménez parecía despertar y la paz volvía al comedor.

Otro día, Pablito, sin probar ni pizca del almuerzo, huyó a la carrera, sintiendo quizá que su familia era el infierno. Leoncia se envolvió el pañolón y salió tras él. Menos mal que era sábado y el pueblo estaba medio dormido. Pablito tocó la puerta del dentista, habló con la sirvienta y se retiró de la acera, por si acaso saliera el hombre. Olga apareció limpiándose la boca y pronto ambos empezaron a correr más que Leoncia, perdiéndose por las sementeras. El sol brillaba de contento, las nubes jugueteaban con el cielo azul, y el río Santa quería decir algo con los suspiros que cubrían los retazos de alfalfa de las orillas. Leoncia creyó que los muchachos cruzarían el puente de Pueblo Libre para huir en un camión.

Nada de eso. Gateando para no ser vista, los descubrió tumbados en la alfalfa, conversando y riéndose. Olga decía un nombre, imitaba una voz, torcía la cara y Pablito soltaba la risa. Iba a volverse, avergonzada de no dejarlos solos, cuando oyó otra cosa: "No tengas miedo, tu tío Teodomiro es de la línea materna, pero tu papá no tiene esa clase de parientes", dijo Olga. "De padres cojos, hijos bailarines", dijo Pablito, y otra vez la risa de ambos. "Bueno, entonces sólo te queda ser borracho como tu tío Ignacio", dijo Olga, y ahora la risa fue tan grande que Leoncia huyó con más miedo que antes.

Luego vino un tiempo en que la familia comió en paz y ella ayudó a mamita Grima a decorar la sala. El señor Jiménez compró en Yungay la alfombra más grande que ella hubiera visto, y dos grandes espejos con marcos dorados. El precio había sido bueno, y toda la familia, inclusive Leoncia, viajó a Yungay a traer esos tesoros en un camión alquilado. Fue hermoso volver bajo cielo radiante y el valle reflejado en aquellos espejos. Bajarlos fue una hazaña, que sólo acabó cuando vieron la alfombra tendida como un inmenso pellón de viajero y suspendidos los espejos con sus propias imágenes de gente cansada y sonriente. Y después, todos apagaron la sed con la chicha de pan y canela que le alababan a Leoncia.

Pero aún más inolvidable fue el día en que Pablito llevó a Olga a presentarla a sus padres. Leoncia no hizo sopa de arvejas ni picante de cuyes, no se trataba de un cumpleaños, sino de una fiesta especial; se esmeró en el asado de cordero y en los huevos a la nieve. Estrenó uniforme y salió con la primera fuente. Los cinco comensales habían tomado el vermouth y buscaban, en el súbito silencio, cómo llegar al tema principal de la noche. Finalmente, mamita Grima dijo algo amable para Olga, que Pablito recogió en seguida y contó de paso que el colegio 2 de Mayo preparaba una excursión a Lima. Otro breve silencio, y Davicho dijo que no iría, que costaba mucho, y mató el diálogo hasta que el señor Jiménez lo resucitó para decir que tarde o temprano lo cambiarían a Lima, y que sólo entonces viajaría toda la familia. "Pero sólo es una excursión de colegiales, no una mudanza", dijo Pablito, sin que pudiera suponerse que una minucia como ésa encendería la discusión. Mamita Grima hizo callar a Pablito, pero él no se dejó, y entonces Davicho dijo que había visto a su hermano tomando pisco puro en el hotel Giraldo, y que sin duda para tener esas libertades quería ir a Lima. Hasta que Olga dijo que eso no era cierto, que a Pablito no le gustaba siquiera la cerveza. Davicho quiso acallarla, en el momento justo en que mamita Grima intervino: "A mí nada con borrachos ni locos, los odio a todos", dijo ella, oyendo lo cual Pablito, muy tranquilo, dijo: "Entonces odiabas a tío Ignacio, que era copa firme, y a tío Teodomiro, el idiota". Davicho y su madre se pusieron en pie, un plato de asado rodó al suelo y manchó todo por el camino; pero el grito más fuerte y salvaje lo dio el señor Jiménez. Correa en mano persiguió a Pablito tras las sillas, como si el muchacho no estuviera ahí con su enamorada. Ella no podía consentir que lo trataran así.

Leoncia se metió en el delgado espacio que todavía separaba a Pablito de su padre; sin saberlo, había arrinconado a su preferido. Una mano con garras le tiró de la trenzas y Pablito alzó una silla para resistir el ataque combinado de sus padres y de Davicho. Nadie se acordaba de Olga, la huésped, que finalmente paralizó a todos de un grito, sí, de dolor, y los envolvió en su propio escándalo. Bastó eso. Pablito se escabulló detrás de Olga, y ésta, protegida por la queja, se escurrió asimismo, rompiendo ambos a correr.

Desde esa vez el señor Jiménez miró mal a Leoncia. Una noche la encontró llevando comida al castigado Pablito, que la esperaba en el coliseo, donde habría un partido de básket. "¿Me estás robando?", gritó el hombre, cuyo genio se había agriado definitivamente. "Sí, señor", dijo ella, incapaz de decir otra cosa, haciéndole abrir la boca de asombro.

Pero, más tarde, por su parte, Leoncia abrió también la boca, viendo lo increíble. Pablito dormitaba en el sofá, y mamita Grima le pasaba la mano por la cara, como si fuera un santo. Le sonreía desde antes de que despertara, y cuando lo hizo, preguntó a su hijo: "Dime la verdad, ¿cómo te sientes?". "Nada, de veras, sólo un poco de fiebre, sin duda es la gripe", respondió él. "No creas que soy insensible, hijo. A veces me paso todita la noche sin dormir, rogando para que el mal de Ignacio y de Teodomiro no les haya pasado a Davicho y a ti. Ustedes son inocentes, la culpable y enferma soy yo", y empezó a llorar. "Eso no, mamita", dijo Pablito, besándola, y con ese cariño de santo que abrumó a Leoncia y le hizo persignarse. "Tú eres buena y mantienes la casa unida. Davicho y yo somos nerviosos, y yo más que él; peleamos mucho, pero eso no es nada grave. Yo quiero cambiar de ciudad, graduarme de médico o de ingeniero, especialmente fuera del país, y volver y ponerles a ustedes una casa grande. Es tiempo de que descanses. Los pobres padecemos mucho". "Es curioso", dijo ella, "sin duda ahora somos pobres, pero antes, con varios fundos y la casona de mamita, y mi plata de nueve décimos bien guardada, éramos ricos. No debimos vender nada al tío Javier, ustedes tenían razón; yo a veces me niego a aceptarlo, pero es la verdad". "Vender, sí, mamita, pero que nos pagara lo justo", dijo él, arrullado en el seno de su madre.

Desde entonces el miedo del viaje a Lima se le metió en el cuerpo. Estaba claro que el señor Jiménez no la llevaría; él mandaba en la casa y poco podrían hacer su mujer o Pablito en favor de Leoncia. Pensaba en dónde se quedaría. Su cabeza quedó en blanco; de pronto las ciudades grandes y las casas nobles se afearon; les salió algo siniestro en la bonita fachada, y tampoco las calles las imaginó mejor, todas derechas, sin seguir el perfil del terreno, sin árboles o matas que recibieran el sol, y hasta con los ríos abandonados. Sólo había que ver las casas que le habían dado la espalda al río Santa en todo

Caraz, sin mirarlo nunca; y todavía así, se extrañaban de las avenidas, de esa justa venganza del agua. Los patrones ignoraban cuáles eran los tesoros, el suave declive que precipitaba la corriente, las sábanas de agua tendidas entre bellos pedrones, la espuma blanca envolviéndolos y arropándolos, y el rumor de toda esa agua que suspiraba o bramaba, según el genio de la tierra. Sí, lo mejor sería volver arriba, a la cumbre donde crecían habas, papas y llacones; marcharse sin nadie y trabajar la chacra desde las seis de la mañana hasta acostarse, ya oscuro, a las cinco de la tarde, cuando el viento la metía a una dentro de la choza, que apenas daría para ella sola.

Con esa decisión firme, que casi la convertía en sonámbula, vio y ayudó los ajenos preparativos del viaje, las maletas por reventar, la increíble ansiedad de Pablito y David por marcharse de Caraz. Algo había sido cortado por un gran cuchillo: la familia ruidosa para un lado, y ella, sin testigos, para otro. Uno a uno se despidieron de Leoncia, diciendo como obligados que mandarían por ella, a sabiendas de que mentían. Y Leoncia que no quería llorar, pero lloraba, porque a los patrones, así no fueran ricos, les gustaba que sus sirvientas lloraran al despedirse, suponiendo que ellos se iban a la mejor ciudad del país y ella al sucucho del mundo.

 

 

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 Siempre nos había gustado caminar. Una cosa era salir los días de semana, sin darse cuenta, casi como respirar, y otra los sábados y domingos en que organizábamos excursiones. Andrés por delante, feliz del aire libre, Pablo al centro, y a la zaga David, marchando a regañadientes. ¡Ah, qué paseos, con o sin mochila, inclusive en las engañosas mañanas de sol, oscurecidas y tristes por la lluvia final! En cuanto se despejara y la costra húmeda no hubiera secado aún, pues volvían a salir, pero volvía asimismo la mangada, la jaula de rayas oblicuas, los baldazos de odio, el diluvio y la noche, sin que ninguno de esos monstruos alcanzara el otro día, cuando el aire recobraba su espléndida vida azul.

Sobre todo, nos gustaban los atajos, sorprender a la naturaleza por el lado imprevisto; subir a una pirca y sentirse un gigante que resistía el viento y las miradas a distancia, o correr por un declive en pleno aguacero, y con la prisa, dar sin remedio en un lodazal, que cedía bajo los botines y allá resbalábamos, pero riendo.

Nada de eso importaba, por ejemplo, si trepábamos a Llanganuco. Más allá del barro y de los aletazos del viento, entre jadeos y fatigas, coronábamos la última cuesta y hallábamos la laguna verdiazul, perfecta, y también nos parecía tocar el pecho del monstruo blanco que casi nacía, como otra planta, del agua. Pero su extraña carne no sólo era de hielo. Sí, el Huascarán, un monstruo, pero también una cresta de montañas ingenuas, dulces y benignas, deleznables hijas del sol, que las moldeaba según las horas del día, según los años y siglos.

Pensar en esos nevados nos hace soportar estas callejas de Lima, muy pintadas y femeninas en la planta baja, donde se abren tiendas de juguete, pero horrendas por arriba, cuarteadas y polvorientas, y lo peor, inconclusas, sin techos, como seres descabezados. No obstante, la historia corre por estas angostas calzadas y no por el Callejón de Huaylas; el poder o el desgobierno están acá, y por ello vinimos a tomar parte en la comedia, a esperar unas migajas del botín. Menos mal que no caímos en la trampa y somos libres como un pájaro.

La infancia de Lucía, en cambio, reposa en estas calles. Nació en el mismo Mercaderes, donde la gente ya no nace, sólo se deforma; creció en Baquíjano, entre manifestaciones de urristas y sanchezcerristas, y luego entre ecos de la campaña de Bustamante vs. Ureta, el pueblo contra la élite. Esa vez, cosa rara, ganó el pueblo, pero sólo por tres años, y volvió la élite del brazo de un militarote tarmeño y los pobretones de la clase media acabaron en las cárceles, y entonces nosotros huimos en las alas de una beca.

Ella se quedó. Lucía, la antigua niña buena que encantaba con sus ojitos pardos y la sonrisa de muñeca, que de súbito se encrespaba en brazos del ama negra y corría a esconderse en su cuarto. Le gustaba meterse muy adentro en el ropero: nadie sino ella sabía que en unos minutos más vendrían las arengas, el tropel de manifestantes por el jirón de la Unión, la aorta del país, y también los balazos y los heridos que acabarían refugiándose en su casa de tres pisos, junto al cine Excelsior y a La Prensa. Ella lo sabía, pero demoraron mucho en entenderla sus padres y los amigos de éstos, quienes llegaban a las seis de la tarde (todos paseaban a esa hora por el Jirón de la Unión), para salir a los balcones de la calleja histórica, estrecha, y con el tiempo huachafa y maloliente. La familia juraba al comienzo que no oía nada; pero Lucía estaba segura y por ello zapateaba, dice que se tapaba las orejas mientras su carita se arrugaba de miedo; y después le venían los vómitos, porque hasta eso llegaba. Hasta que la familia, reunida en el gran comedor, abierto a cualquier amigo que deseara tomar el té, aprendió que si la niña corría por los salones, tapándose la boca, era porque ya empezaría abajo el tumulto, y entonces se precipitaban al balcón y a las ventanas, por ver la trifulca que acabaría a balazos, y a los heridos arrastrándose escaleras arriba, ayúdeme, por favor, señor, señorita, llame usted a un médico.

La niña crecía y también la banda azul en su pecho. La mereció desde el León de Andrade; pero su educación sólo fue completa cuando entendió los mezquinos límites de la ciudad, todavía provinciana. Tanto, que no hubo un médico capaz de controlar el glaucoma de su padre, y los sueldos eran tan bajos que él no podía curarse en el extranjero. Hubo que resignarse al cirujano limeño y así la ceguera del señor Duarte iba oscureciendo, de modo gradual e inexorable. Su ánimo se apagaba junto con la luz de la casa. Esa fue también una lección para la niña, ya no más nerviosa, por fin sosegada y formal, que luego vivió un larguísimo día de mayo de 1940 (¡siempre el terrible mayo!), al empezar la primaria. Una semana antes, un sismo liviano había provocado el castigo de toda su clase en el Sophianum. La madre Conwell había sermoneado con voz precisa y cortante. Cuando empezó el nuevo temblor, que parecía más intenso, las niñas chillaron, inmóviles, en el sitio. Lucía y su banda azul quedaron quietas, quietísimas, pero los sacudones de la sala, del edificio, del mundo, y el escándalo de la pizarra caída desbarataron las órdenes de la monja. La avalancha de gritos y piernas enloquecidas casi derrumbó la puerta. Lucía, por dar el ejemplo, se quedó temblando, pero inmóvil, en medio de las primeras paredes cuarteadas, de las primeras caídas de estuco y de las últimas barandas que se precipitaban escaleras abajo. Hasta que ella tampoco pudo más, algo iba a reventar en su corazón y en sus sienes; huyó la última, pero no paró hasta gritar y convencer al miedoso taxista. Bajó y corrió despavorida por la Colmena, sorteando las cornisas que volaban por su cabeza, y frenó apenas por la plaza San Martín, como si viajara sobre patines, sólo para ver que todos estaban locos, que los automóviles, como la gente, subían y bajaban los peldaños, y continuó hasta Baquíjano y hasta los brazos de su madre, lo único sólido y fuerte del mundo.

Pero, en medio de días malos, de manifestaciones políticas o de temblores, había asimismo tardes felices en el Teatro Municipal. No le importaba subir con el ama negra a cazuela (con el valor de una platea les daba para dos funciones), adonde subían siempre los entendidos de Lima. Y bien sentadas y comiendo chocolates, veían el desfile de las mejores compañías de ballet. Porque, en ese tiempo, Lima estaba en el itinerario del Coronel Basil y del American Ballet, y de todas las que vinieron después; y si no llegaban nuevos grupos, pues se iban al cine, desde Lo que el viento se llevó en adelante, y también a las zarzuelas, cuando las había auténticas.

Merced a esas veladas pudo soportar la negativa de las monjas a que se dedicara al ballet. Le gustaba mucho y a su madre también; se sabía de memoria el repertorio de las primeras bailarinas y aun se compró malla y zapatillas; pero las monjas (hasta la madre Conwell, que parecía tan buena y comprensiva) sacudieron la cabeza y dijeron que eso o la banda azul, que las dos cosas eran incompatibles. Le dolió, tuvo que renunciar, pero no a ver esa vida soñada y perdida, a la vez, en el escenario, donde hasta las tragedias eran hermosas, y el llanto, una bendición para el alma. Ella se sentía feliz como en otra clase de templo.

Un sábado estaba en Chosica, en casa de una amiga del colegio, bañándose en la piscina. Había aprendido a nadar bien y le gustaba el estilo libre; pero también bucear por ahí abajo como si no tuviera brazos, como un delfín o una foca, y ahí adentro se enamoraba más y más del agua. Cuando salió a la superficie, sus amigas corrían a vestirse y le gritaban como si se tratara de otro temblor. Pero, no, nada de eso. El dueño de casa dijo que la armada se había levantado contra Bustamante y Rivero y que él las llevaría a casa. ¡Y ella seguía viviendo en el Jirón de la Unión, donde siempre repercutían esas cosas y adonde era más difícil llegar! Los teléfonos empezaron a cruzarse con tantas llamadas. Con el pelo húmedo parecía tener, como las demás, un casquete sedoso y brillante, todas sin pizca de pintura, los pálidos rostros de niñas agrandadas y cogidas in fraganti. Por el camino, la radio iba dando noticias contra el Apra y los comunistas, mientras el automóvil repartía trabajosamente a las amigas de Lucía; pero a ella no había cuándo la dejaran en casa, nadie quería ir al Jirón de la Unión, en medio de una revolución. Así era siempre, y entre los viajes a Barranco, a Miraflores y a Pueblo Libre, cayeron la noche y las noticias más negras sobre el auto, que, finalmente, se acercó, sólo se acercó, a la plaza San Martín, ya medio llena de curiosos y manifestantes. Fue suficiente. Saltó y echó a correr, que en eso era una experta. Por su edificio pasaba algo raro, un gran gentío, pero en silencio, y todos leyendo las noticias de la pizarra colgada en el diario La Prensa, en el edificio contiguo al suyo. Y para remate de preocupaciones, el señor Duarte y sus amigos de esa hora hacían ya la guardia, unos en el balcón y otros abajo en la puerta del departamento; pero ninguno la descubría aún, y eso que ella se había metido por entre los guardias y el gentío, agitando los brazos para que la vieran. Hasta que, finalmente, su padre y los amigos de éste corrieron a darle el encuentro como para librarla de una guerra.

– ¿Cómo fue eso, qué sucedió?

Otra mañana en el centro, sin paisaje alguno, otra cita con ella en el restaurante de moda, como cuando te despediste. Imposible que hayan pasado veinte años y que uno tenga ya casi cuatro de casado. Sin embargo, hay acontecimientos que no suelen o no pueden ocurrir. En un matrimonio de veras sólido, uno supone que conoce a su mujer y que cualquier reacción de ella, así fuera nueva, jamás sorprendería mucho. El rostro dulce y los ademanes son conocidos; tal vez el propio destino de Lucía le haya deparado sólo las formas suaves y civilizadas de la vida. Imposible admitir que pueda hacernos temblar de pies a cabeza, dejarnos el pecho quemado por la angustia, incapaces de mirar sus ojos cambiados, ajenos. Increíble, la palabra más tonta.

– ¿Cómo dijiste? Repítelo, por favor.

¿De qué tema tan atroz podría hablarnos, excepto, quizá, del adulterio de ella, porque del nuestro no importa un comino? Y como el adulterio no va con ella, el marido se siente tranquilo de antemano; su matrimonio descansa en algo así como una roca. Tranquilo, ésa es la palabra, porque "feliz" es algo presuntuoso.

Pues sí, con esa tranquilidad, uno la espera, a fin de celebrar la fecha almorzando en el centro, por donde ya nadie se pasea, sólo cruzan caras apretadas por la ansiedad y la falta de dinero, eso se ve claro. La crisis, cosa eterna en el país. Nos hubiera gustado invitarla a almorzar en la playa, en la Costa Verde, por ejemplo; pero ella trabaja por las mañanas en el colegio que ayudó a fundar, y desde ahí centraliza nuestros proyectos de Ancash. Ambos nos sentimos así, medio libres, y olvidamos que nadie nos espera en casa, ni siquiera la madre muerta. Y tenemos muchos hijos, simbólicos y ajenos, claro, a quienes deseamos pasar nuestra buena suerte. Quizá sólo para eso sirva la Fundación Grimanesa, cuyos fondos y acciones, ya propios, ganan también intereses aquí y allá. Todo parece ir bien en las cuentas de Lucía y en los resultados que trasmite el ingeniero Eduardo Pareja; pero la gente todavía no sonríe. Todos pasan preocupados, como aquí en Boza. Entremos a confirmar la orden en la florería. Es el cumpleaños de Lucía.

– ¡Oh, señor! ¡Mandé la canasta ahí mismito que usted llegó!

– Pues déme una orquídea, por favor.

También a la florista la conocemos hace años. Ordenando flores para la misma mujer; en Lima, sí, pero en Nueva York tenemos aún a Linda, es nuestro último secreto. Nos hemos reducido a lo que éramos en nuestra juventud, a nuestra ciudad, a las antiguas figuras que vimos por estas calles, y que ahora se ven hinchadas, deformes, con arrugas y canas. Siempre es la misma sensación; parece que, en un largo paseo, habiendo salido de niños, no acabáramos todavía de llegar, y que alguien invisible nos fuera transformando en adultos y viejos. Bueno, a los demás, porque nosotros nos seguimos defendiendo.

– ¿Que si me puede pagar con cheque? Por supuesto, señor. Y salúdeme a la señorita Lucía. ¡Qué tonta soy! ¡Me olvido que ya es señora! ¡Hablo como las negras! Hasta lueguito, señor.

Lima ha crecido mucho, pero algunos hombres y mujeres no han cambiado de sitio en la calle. Los conocemos bien, excepto el nombre; por fuera sabemos sus hábitos, dónde trabajan, a qué hora salen a almorzar, cuántos cigarrillos compran a los ambulantes y dónde tomarán un café. Son miembros de una familia nacional; no molestan ni se acercan a uno. No saben que uno los quiere. Pablo y una orquídea paseando por el Jirón de la Unión.

Tanteamos el dinero para el almuerzo. Temprano hemos cambiado unos dólares. Una vergüenza para cualquier nacionalista, oh sí, pero San Marcos paga lo que puede. A ese sueldo simbólico (¡todo acaba siendo simbólico!) debemos sumar el interés mensual de nuestros ahorros en dólares. Una pequeña fortuna. La universidad de Columbia sigue depositando allá nuestro sueldo por el año sabático, y la firma Elaine & Friends deposita otro cheque, soy el consultor. Sólo así hemos podido crear la Fundación Grimanesa, que por fin abarca varias provincias. Un viaje por año a Nueva York y otro a Sihuas y Huaraz. Las cuentas claras y la ideología revuelta. Sólo nos falta vencer la desconfianza de quienes no ayudan al prójimo.

La infancia de Lucía sigue también por estas calles. En la esquina del cine San Martín dice que tomaba el ómnibus para el Sophianum, y que antes de eso, su ama negra la llevaba al León de Andrade, por la avenida Tacna, que entonces no existía. El último tramo, ya en la calle de Belén, lo hacemos a pasos largos, entre viejas casonas convertidas en tiendas hasta por los patios. Frente al portón de una de ellas, Lucía nos agita el brazo. Sonríe, y al punto se despeja la húmeda y sucia mañana de setiembre. De lejos es menuda, delicada y sonriente. De cerca es firme, decidida. Por algo ha vencido a sus rivales, a Ewa, la que temió un hijo nuestro, a Elaine la muerta, a Kate la putona, y a Linda, el último secreto. Su mirada es nueva, como si no viviéramos juntos. La sentimos como un licor tibio y sosegado.

– ¡Vaya, mi amor, y con una orquídea! ¡Muchas gracias!

Nos saluda briosa, con paquetes de compras y la sonrisa que sigue elevándola del suelo, conforme entramos en la casona convertida en El Tambo de Oro. Hay pocos turistas, la revolución peruana disgusta a los gringos; en el bar de muebles coloniales y pequeñas mesillas, el largo mostrador nos cruza los ojos.

– ¿Con quién crees que me encontré en la Plaza San Martín? –exclama ella–. ¡Con mi primo Fernando Elías! ¡Apenas lo conoces, estuvo en nuestro matrimonio, pero de chicos él y yo nos llevábamos muy bien! ¿Y sabes qué? estaba de compras con sus dos hijos, uno de cinco y otro de seis. ¡Se me encogió el alma!

Y de pronto su mirada parda brilla demasiado.

– ¿Por qué? ¿Qué tienes? – y cualquier idea nos traspasa. Pero se interpone el mozo y he ahí las vodka and tonics, ya no el pisco–sour ni el planter’s punch cargados de antes; ahora hay que cuidarse el hígado, el colesterol. Lucía no sólo contiene su voz, sino también sus lágrimas, hasta que se vaya el mozo.

– ¡Vamos, dime qué tienes, por favor!

– No es nada –y por fin ella mezcla su incipiente tristeza con un estallido voluntario de alegría, iluminando su rostro–. De verdad, no es nada serio. Sólo el recuerdo de algo que ya te contaré.

– Pues entonces dame un minuto para el brindis. Por tu cumpleaños.

– Y también por el segundo aniversario. Ya no falta nada.

– Sí, dos años de casados. Me parece que fue ayer.

– Gracias, por lo que me toca.

Vuelve el mozo con la carta.

– Pablo, pide lo que quieras, pero con camarones ¿eh?

En cuanto acabamos de ordenar, ella casi detiene el tiempo con la mano, crea un espacio íntimo para nosotros, y dice bajando la voz:

–¡La última vez que vi a Fernando fue en Chiclayo, hace siete u ocho años! ¡Imagínate que no hubieras tenido novia con quien casarte!

Y se detiene nuevamente. El tiempo ya es un hilo tirante de curiosidad y miedo. Y ahora sigue hablando, con voz menuda y suave:

– No sé cómo pasó. Fernando se había casado en enero con Clara, una chica vecina suya, de San Antonio, y me invitó en febrero a pasar vacaciones con ellos. ¿Por qué no ir, si yo no conocía el norte? Pues allá me fui. El trabajaba en un Banco, estaba empezando, por supuesto, y ella había aprendido a manejar la camioneta que el Banco les prestaba los fines de semana. Me dijeron: "¿Vamos a pasear por los alrededores?", y yo sí, muy dispuesta, y en el camino, a pesar de la presencia de Fernando, su mujer y yo pudimos hablar de sus primeras impresiones de casada, y yo pensando si alguna vez me llegaría a casar contigo. ¡Porque vaya el miedo que le tuviste al matrimonio! ¡Así has sido, no te rías! Y en uno de esos paseos, de vuelta de un restaurante campestre donde comimos espesao, esa sopa levantamuertos, Fernando dijo: "Vamos a bañarnos en la presa". Pues sí, vamos. Era como una laguna, quieta y hasta parecía tibia, ignoro por qué. Más tardó él en invitarnos que nosotras en ponernos ropa de baño, ahí atrás, en la misma camioneta. Cuando las dos mujeres nos metimos en el agua, Fernando nadaba en dirección a una especie de islote con plantas, que se divisaba al fondo. "¿Sabes nadar?", pregunté como de paso a Clara y ella dijo "Sí, un poco". Pues nos zambullimos, y el agua, Dios

 

 

mío, estaba fría y tiraba levemente; se sentía en las piernas. Di mis buenas brazadas para calentarme, ya sabes que nado bien, y aun empecé a hacerme la muerta para descansar y gozar del cielo. Cuando recordé a Clara, la vi cerca, al menos eso parecía, pero la fuerza de la corriente se la llevaba adentro, aunque ella sonreía chapoteando.

Lucía se calla; la sombra del mozo pone los platos.

– ¿Y qué más? Sigue.

– ¿Más vino, señor?

– Sí, sí, está bien. ¿Y qué más, dime?

– ¡Hum, riquísimo!

– Vamos, vamos, ¿qué más?

– ¿Dónde me quedé?

– ¿Cómo, no te acuerdas? ¿Qué modo de contar es ése?

– Sí, bueno. Clara estaba cerca y nadé hacía ella, quizá por mero instinto, para defendernos juntas de la corriente; pero no pude alcanzarla. Hasta oí un llamado, tal vez un grito. ¿Era ella? No, yo había gritado hacía Fernando, tumbado allá en el islote, feliz, sin darse cuenta de nada, y Clara que ya agitaba los brazos y chapoteaba más. ¡Se te acabó la copa, amor! ¡Dile que te sirva!

Restallamos los dedos, una mala costumbre que se nos ha pegado justamente en Lima, cuando jóvenes, y que jamás usamos afuera.

– ¿Y entonces?

– ¡Hum! ¿Cómo se llama este plato?

– Corvina rellena con camarones. ¿Y entonces?

– Pero la salsa tiene algo más.

– ¡Vamos, Lucía, por favor!

– Bueno, bueno. Clara agitó los brazos, llamándome, y por fin confesó con ademanes que no podía más. Yo dije, Dios mío, venir desde Lima especialmente a que nos pase algo, y recogí fuerzas y grité de nuevo a Fernando mientras me lanzaba por ella. Por arriba Clara ya no estaba, y entonces buceé; la corriente, cada vez más fuerte, nos tiraba a ambas. Conseguí atraparla, pero quería seguir la norma de los salvavidas, cogerla del cuello o de los pelos y con el otro brazo nadar hasta la orilla. Pensarlo es fácil; le atrapé una pierna, después un brazo, pero ella se desesperaba y me hundía; por una o dos veces salimos a respirar como la última bocanada, gritando y escupiendo; hasta que al fin...

Ya no puede haber otra pausa, pero la voz duda, calla, ha inventado una casa bajo el agua, si bien las dos mujeres no pueden estarse ahí mucho rato.

– No sé si pueda contarte más –y los ojos de Lucía han salido como del agua, las palabras tardan en los labios quietos, pero de algún modo crueles–. Conseguí levantarla, hacerla respirar, pero en seguida se sacudió y me hundió de un tremendo manotazo. Pensé, oh Dios mío, venir de tan lejos a morir acá y sin haberle dicho a Pablo dónde estoy –y el temblor ha pasado íntegro a nosotros, ahora ella tiene nuestra vida en la mano–. Sin duda me desmayé o morí por unos segundos, porque cuando desperté, ya Fernando me tiraba hacia la orilla, ¿oyes?, a , a . "¡Yo estoy bien! ¡Salva a tu mujer!", grité, y Fernando se zambulló otra vez, y yo mirando y tiritando desde afuera. Menos mal que se me juntó un viejo, arreando un burro; pasaba por ahí y lo había visto todo. "¡Señorita, no sé nadar; si no, le ayudaría al joven!", decía, pero yo sólo miraba a Fernando y él surgía a ratos a respirar y volvía a meterse en ese mundo horrible de abajo.

– ¿Y no la encontró..?

– La encontramos casi por la noche, cuando había un gentío con nosotros, y a todos hubo que explicarles qué pasó, cómo fue, pero había otras cosas que yo me preguntaba: ¿por qué Fernando me salvó a mí primero, por qué yo solté a Clara y no fui capaz de mantenerla a flote? ¡Sin duda no hice lo suficiente, Dios mío, la culpable era yo! ¡Ellos sólo estaban casados un mes, los visité en su luna de miel! ¿Me oyes?

La voz se ha cortado de otro modo, con un ahogo y una tos, y entonces nos precipitamos por el vaso de agua. El mozo hace lo mismo.

– ¡Ya estoy bien, qué dirá la gente! ¡Estoy bien!

Ella siempre buscando la moderación, el orden, la armonía del cuadro.

– Y ahora dice Fernando que se casó de nuevo y ya tiene dos hijos chicos; lo encontré justamente con ellos. Dice que su esposa se había quedado en casa. ¡Dos hijos, y nosotros que perdimos el único!

– ¡Oh, lo hubieras invitado, me hubiese gustado conocerlo! –exclamamos de pronto, fingiendo no haber oído la última frase.

– Varias veces se me ha cruzado por la mente que quizá él no quiso salvar primero a su mujer, que quizá tenían un problema y la prefería muerta. ¿Imaginas lo torcida que puedo ser a ratos? –y le ofrece su carita de buena, para que tratemos de ver las cosas feas que le bullen por dentro.

– No, cualquier persona pudo haber pensado igual. Tal vez te salvó primero porque estabas más cerca, pero depende del tiempo que le tomó zambullirse la segunda vez.

- ¡Ah, si yo te hubiera escrito las cosas feas que pensaba de ti, cuando no querías venir a casarte!

– ¡Por favor, Lucía!

– ¿Te remuerde la conciencia?

– Sí, mucho.

– ¡Y eso sin recordar a tus amigas de Nueva York! ¡Hasta de Sihuas volviste con marcas como de ventosas por el cuello! ¿Crees que soy una idiota?

En un segundo, las cosas se han vuelto muy desfavorables para nosotros. Ewa, Elaine o Kate no reaccionaban tan firmemente como Lucía, ni nos reprochaban nuestra conducta.

– Pide la cuenta y vámonos –dice ella.

Entonces nuestra mano recorre el largo trecho que nos separa de Lucía y atrapa su mano y la va acariciando, mientras arriba la esperamos con los ojos inmóviles. Tras una pausa en que de veras nos hace sufrir, renace en ella su mirada limpia, aun burlona, que escarba cosas negras en nuestro pecho, pero ya sin resentimiento alguno. Quizá se convenza al fin de que las pasiones nos han dejado por el camino.

– Te has despeinado un poco –dice, componiendo nuestros cabellos–. ¡Vaya, al menos se te ven tres o cuatro canas! Ya era tiempo. No había derecho a que no las tuvieras. Pero no son para echarlas al aire ¿eh? Eso se acabó, porque de lo contrario me divorcio de ti. ¿Has oído?

Su voz es un siseo, un chasquido, pero con una extraña energía que no admite discusión.

– Sí.

¿O sea que tenemos a otra Lucía sentada al frente? Es una sorpresa, pero muy agradable. Así hemos querido tener siempre, una mujer inteligente y astuta, pero sobre todo valiente al defender sus derechos.

– ¿Y no tendrías tú algo que ver con ese Fernando? –preguntamos, tal vez sólo por cambiar el platillo de la balanza.

Ella nos mira fijamente:

– ¿Quieres hacerme llorar de nuevo?

Entonces volvemos a pensar en nuestro último secreto. Con Linda nos damos un beso de vientres cada año en Nueva York, algo ya sin importancia, pues hasta ella ha olvidado que alguna vez quiso un hijo nuestro.

– No, por supuesto –decimos–; ¿por quién me tomas?

 

 

28

 

      Una de las tardes en que, después de la escuela, Andrés, David y yo oíamos hablar a Shesha, sentados en la galería y trabajando como él en algún menester de la casa (abrillantar los jatos de plata, clavar los estribos, escoger las semillas para el fundo, encharolar los veladores), le preguntamos cómo había llegado a administrador de los bienes del tío Javier.

– ¿Administrador no más? ¿Sólo eso? ¡Pues me van a oír! –exclamó. Y así empezó a contar cómo, desde el quinto año de media, sin esperanzas de seguir sus estudios ni viajar a Lima, había ido bajando (así dijo) a guardián, a capataz de fundo, a vendedor de granos, a carpintero chambón, a vigilante de Elena para que no se viera con otros hombres, y por fin a administrador de bienes del tío Javier, pero a la vez tesorero de la ayuda por desastres, para servir a ustedes. ¿Y cuándo había llegado a Sihuas y desde dónde?, volvimos a preguntar. Su voz cambió. Desde la muerte de su hermano menor Llica, dijo, al que los guardias asesinaron en Corongo, en una trifulca de todo el pueblo, cuando ya él y su hermano mayor Alberto habían huido para no caer presos. ¿Y por qué huían ustedes, vamos a ver? Porque las autoridades los ajochaban continuamente y decían que eran rebeldes, cuando todavía no lo eran. Shesha escapó primero a Yupán, donde su amigo Eustaquio Lagos lo ayudó a comprar una recua de reses, que finalmente llevó a vender en la estación del ferrocarril de Huallanca, punto de reunión de decenas de ganaderos. Los jinetes dejaban sus caballos en grandes establos con el forraje pagado, compraban las reses, regateando mucho, y allá las embarcaban en el tren a Chimbote, rumbo que él jamás se atrevió a seguir. Inclusive Huallanca era ya peligrosa para un fugitivo. Prefirió vender la recua en el andén de la estación y quedarse rondando por ese hormiguero. Un día oyó que otro amigo, Eudocio Malarín, vivía cerca y que además tenía un establo. Pues se fue a buscarlo y hasta pedirle un trabajo clandestino no paró. ¿O sea que vivía y dormía entre caballos? Ja, Ja. ¿Y por qué no?, dijo. A veces le habían parecido más buenos y valientes que los hombres. Ya que no podía salir del corral, reconstruyó y amplió la caseta del guardián, empleando a dos muchachos que también daban de comer a los caballos, bañaban y peinaban el pelo y las crines. A fin de no ser descubierto él, sólo Malarín trataba con los clientes, les alquilaba por diez soles una bestia aperada hasta Sihuas o Corongo, quince hasta Pomabamba y Cabana, y veinte hasta Huancaspata. ¡Ah, esas buenas tarifas de antes! En cada pueblo, los jinetes debían entregar los animales a un socio de Malarín, que los devolvía a Huallanca dos veces por semana. El negocio iba tan bien que les faltaban bestias. Entonces Shesha invirtió su sueldo, comprando una cada mes, luego de revisarlas al revés y al derecho, por supuesto. ¿Y cómo se revisaba a los caballos, acaso poniéndoles patas arriba como a los carneros? Oh no, primero sólo mirándolos, como a las mujeres, dijo él, por ver si eran jóvenes y bonitos, y cómo andaban, si eran graciosos o desangelados, y luego viéndoles los cascos; si tenían cuatro "albos" eran lo máximo, y en fin, abriéndoles la boca como nos la abren los dentistas.

¿Pero, seguía encerrado todo el tiempo? Sólo unos meses. Se había impuesto un horario para el establo y otro para él. En cuanto oscureciera, sabiendo que guardias civiles y gobernadores jamás buscaban de noche a los proscritos (eran comodones, gordos, les gustaba la chicha y el aguardiente, no servían para desafiar la sierra), montaba su bayo y se iba por los atajos, confiado en su suerte de amigo de las sombras. A las dos horas, enfriada su fiebre de galope, se metía por la huerta en casa de Ruperto Zevallos, en La Pampa, donde pasaba los domingos y enviaba recados a su novia coronguina, la Adela, al mismo tiempo que preguntaba por Alberto. A veces, la Adela venía a alegrar su vida y traía de compañía y respeto al hermano, casi un chiquillo; pero una noche, llorando, ella le dio dos noticias: que las autoridades ya ataban cabos sobre sus viajes a La Pampa, y que su propia familia le había prohibido venir. Así, se encerró de nuevo en el establo de Huallanca, con la única esperanza de recibir cartas clandestinas de la muchacha, mientras Alberto seguía asimismo inmovilizado en su escondite de Yupán.

– ¡Papá estuvo en Yupán! –gritó David, como si ello importara.

¿Y qué hizo Shesha, entonces? Aguardó a que fuera medianoche, dejó su caballo en las afueras de La Pampa, y enrumbó a pie hacia los escasos lamparines del pueblo del cual se despediría. La tienda del señor Chía, el único chino visto en su vida, era un hueco de luz en la negra y dormida cuesta a Palillo; ahí solían reunirse peones de los cañaverales y bohemios empedernidos, en torno a alguien que tocara el rondín o la guitarra. Oyó que al cantar mezclaban quechua y castellano, y entendió en esa música el tamaño de su despedida. Se estaba despidiendo de Adela y de Alberto. De pronto, al dejar su mundo y entrar en la fuerte luz de la zumbante linterna a gasolina, vio un armatoste increíble en el centro de la tienda de abarrotes; parecía el trípode de una ametralladora.

– ¿Una ametralladora? –casi gritamos juntos David, Andrés y yo.

¿O sea que hasta con esas armas lo buscaban? Ya era tarde para huir; hizo una señal a Carlos Chía y pasó al fondo de la tienda, a casa de su amigo, donde habría al menos una pared decente que escalar. Pero, un momento después se echó a reír. No era un trípode de ametralladora, sino de fotógrafo ambulante, con el trapo negro y ciego echado encima. El dueño, abrazado de la guitarra, cantaba con una larga, bella y triste voz de flauta. Entonces volvió, dio la cara a los demás; le seguía protegiendo la suerte y también la barba. Le invitaron una rueda de cañazo y él correspondió con la segunda; cuando el fotógrafo cantó de nuevo, le puso la voz de hombre que ahí faltaba. El dúo gustó en seguida y así brotaron los aplausos desde la primera vez que cantaron juntos. El fotógrafo era un peregrino de su negocio, tan andarín como los mercachifles celendinos; había viajado desde Cajamarca hasta el Cusco, igual que Pizarro, y todo por la sierra, "nada por los predios de costeños maricones". (Rió a medias Andrés, viendo el ceño de Pablo y Davicho). Por la madrugada se sucedieron más canciones y más tragos ardientes, y cuando Chía cerró la tienda, Shesha le dejó una carta para Adela, dinero para Alberto, y se fue cargando la máquina negra, que no podía cargar ya el fotógrafo Lucero Liñan.

¿Shesha, la romana del diablo, se volvió, pues, fotógrafo ambulante? ¡Todo por no vivir encerrado! Unió su suerte a la de ese hombre flaco, locuaz y borrachín. Liñán fue el guía, mejor que pintado, para su nueva vida. Sin entrar nunca en las ciudades, igual que el proscrito, peregrinaba por caseríos ofreciendo un muestrario de ilusiones. Se esmeraba casi exclusivamente en enfocar el rostro; lo demás, el cuerpo de las cholas, desaparecía entre vestidos primorosos, desde los de pallas coronguinas hasta los de princesas y matronas europeas, y aun los de reinas imperiales. Sabía dibujar el traje que colmara el sueño de la clienta. A las mayores las volvía jóvenes; a las pobres, ricas; a las indias, blancas; a las gordas, esbeltas. Y si a los hombres trataba con mayor sobriedad, también les mejoraba la cara, la ropa o la clase social; y a todos les añadía colores desusados para cualquier iluminador de fotografías. Bastaba que las indias estuviesen limpias; les tomaba las planchas en plena faena, sembrando u ordeñando. Sólo importaba el rostro y su actitud; ya él daría con el traje y el infaltable paisaje serrano al fondo. Viéndolo trabajar, al comienzo Shesha se había echado a reír; pero acabó admirando esa labia para convencer a los campesinos. Inclusive era capaz de detener a las indias cargadas de víveres, rumbo a las ferias, sentarlas sobre una piedra del camino, hacerlas sonreír, y todavía ellas desataban el pañuelo para pagarle.

Había un primer viaje para imprimir las placas y recibir el adelanto, y un segundo para entregar los retratos. Shesha le puso orden y puntualidad a ese increíble menester; de todo llevaba el registro en un cuaderno. No ganaban mal y podían haber seguido juntos hasta viejos (jo, jo, rió el desopinado Davicho). Pero, con el tiempo, le pareció a Shesha que el tipo ladino se burlaba de los pobres, haciéndoles creer en grandezas. Las supuestas obras de arte se amarilleaban al sol, colgadas en paredes de adobes, o se perdían bajo la lluvia y el viento. Lo cierto fue que justamente cuando aprendía a tomar las planchas e iluminar los trajes, empezó a acabarse el quinqueño del gobierno, y ya se sabía que al final de una dictadura, llegaba al menos una amnistía. Así, tan de repente como se inició en el arte de las figuras, donde sólo mitad de ellas eran ciertas, así también devolvió el cuaderno a Lucero Liñán, ajustó las cuentas, y montó el bayo con dirección a Corongo, donde seguía prendida su vida.

¿Y qué le pasó en Corongo? Vamos, dinos. Alguna vez ustedes, chicos, siguió hablando Shesha, volverán a un pueblo donde estuvieron de niños, acá, por ejemplo, diez o veinte años más tarde (¡contra, por si acaso, nada de volverse viejos!, sacudió la mano Davicho), y entonces comprenderán lo que sentimos Alberto y yo de regreso. Y nos pintó, como si la viéramos, la entrada al pueblo por la tarde, la cruz de madera que dividía los caminos, uno hacia el fundo de Tulpayoc, el de sus primeras excursiones de jinete, y el otro debajo del Arco, y los caballos repicando en el empedrado de dibujos de flores blancas y negras, mientras sus tres hermanas y Adela venían a recibirlos. Ellas se prendieron no sólo de sus manos, sino de las bestias, a las que acariciaban igual que a sus piernas, envueltas en el llanto feliz de los años corridos, del verdadero amor; y al fondo del bullicio, que súbitamente les daba la bienvenida, como si hubiesen convocado a otra fiesta de San Pedro, vieron a su madre (a tía Concepción, pensó Pablo, ella y mamá son casi la misma mujer), vestida de luto desde la muerte de sus dos maridos, que también habían sido hermanos entre sí, quizá para que todos los hijos tuvieran el mismo apellido. Esa sombra partió en dos la calle y esperó a que sus hijos largo tiempo proscritos volvieran a su pecho. ¡Ah, y la felicidad se completó con los muchos amigos, parientes y conocidos de los Ingar, y en medio del gentío caminó de veras la ausencia de Llica, el benjamín muerto, quien tenía ya en la casa el espacio de un hombre, como si también hubiera crecido!

Entre tantos saludos y abrazos, sólo llegaron a casa cuando la noche punteaba de linternas y velas. El portón tenía las dos hojas abiertas, como para recibir a los santos en las procesiones. Los caballos, ya sin jinetes, cargados de alforjas y ahora asimismo de flores, entraron mezclados con la poblada y siguieron hasta el pesebre, a medida que en el patio se enredaba la gente y Alberto disponía que abrieran los bultos y se cortaran los jamones, quesos y rellenos, y preguntaba por la chicha y cerveza.

Un rato después, pasaron bajo el Arco los demás exiliados, una docena en total, y cuando llegaron al portón, Alberto y Shesha los atajaron, y casi en un solo abrazo los metieron igualmente en el patio, hinchado ya por la música de una roncadora, que para ellos había sido siempre la mejor música del mundo.

Así, en una media hora, casi todo Corongo estaba apretado en el patio, en las salas y el comedor, y las hermanas de Shesha se multiplicaban para atender a los invitados, inclusive a los pantorrilludos, que, ante el cambio de gobierno, venían a saludar fría pero cumplidamente a los antiguos perseguidos. Los últimos en llegar fueron los guardias, algunos ya de paisano; menos mal que eran otros, no los que detuvieron a Llica, y que venían sólo como amigos. Eso sí, todos vieron que faltaban el Alcalde y el Teniente Gobernador, los culpables; ambos habían renunciado el día anterior y aún no habían sido nombrados los reemplazantes.

Shesha continuó su historia. En la fiesta se había dedicado a bailar con Adela, y Alberto había dispuesto que Gaudencia estuviera en la sala y Dolores en el corredor de altos pilares, a fin de que no se vieran entre sí cuando las abrazara. Tampoco los demás miraban lo que no debían en esa especie de teatro público. De repente, dijo Shesha, hice un ruidoso brindis con los guardias y con los menos achispados, para que notaran bien dónde estaba yo, ustedes me entienden ¿verdad?, y me escabullí por la cocina, de la cocina al pesebre, del pesebre a la calle trasera, y corrí empuñando el revólver bajo el poncho, en medio de la oscuridad agujereada sólo por unas cuantas luces. Conocía bien la casa del Huejti, el Teniente Gobernador renunciante; le decíamos así por sus ojos rojizos y legañosos. A esa hora, él acostumbraba a comer solo en una mesa casi desnuda, y todo ahí era mezquino y se veía por la ventana. Rogué a Dios porque esa noche siguiera con sus viejos hábitos, y cuando vi la sombra perfilada, cumplida en la cita, me apegué a la pared como un gato, hice dos veces lo que tenía que hacer, y desandé corriendo todavía más rápido que antes, por el mismo camino. De nuevo en el festejo, busqué con los ojos a Alberto, hasta que lo descubrí saliendo de la cocina, ya sin poncho. Lo llamé a gritos para que todos me oyeran. Yo apenas le había ganado la carrera por un minuto.

Entonces Shesha y Alberto volvieron abrazados al ruedo que formaban los guardias y principales del pueblo, y brindaron por la nueva suerte de Corongo, que ojalá hubiera nacido esa noche.

A los diez minutos, el gentío de mirones del zaguán abrió paso a unas voces, a unas quejas, a un llanto desesperado. Tratando de recordar un ayer que volvía con trabajo, Shesha contó que así entraron la mujer del ex Alcalde y un pariente del Huejti. Alberto y Shesha los conocían desde niños, pero el no haberlos visto durante años les borraba una parte de las figuras. "¡Han matado a mi marido!", chilló una. "¡Han matado a mi sobrino!", gritó el otro. "¡Ellos, ellos lo han hecho!", y ambos señalaron a Alberto y a Shesha.

"¿Están ustedes locos?", dijeron no sólo los guardias, sino las parejas de la fiesta y aun los mirones del zaguán. Y todavía se rieron de esos tontos: "¡Ellos han estado acá junto con nosotros! ¡Ninguno se ha movido! ¿Se han vuelto ustedes completamente idiotas?", y algunos hasta se tocaron las sienes con los dedos, y poco faltó para que echaran a puntapiés a los quejosos.

¿Con que así había sucedido? ¿Y qué hicieron los dos hermanos, luego del reencuentro con el pueblo? La vida, dijo Shesha, volvió más o menos a la normalidad. Por unos meses los ricos temieron lo peor, imaginando venganzas del Apra y cambios del nuevo gobierno, que nadie supo decir cuáles serían, mientras los antiguos proscritos sólo deseaban la paz, y nada de presos ni de mujeres de luto.

Alberto volvió a sus faenas en Tulpayoc, haciéndose cargo también de las chacras del difunto Llica. Shesha, a sus viajes para recolectar ganado ajeno en Cuichín, Mirasanta, Ninabamba y Urcón, y allá lo arreaba hacia el tren de Huallanca, con un mozo ayudante que le aprendió de perlas el trajín. Si bien sólo le pagaban por el transporte, Shesha ganó tanto y juntó esos nuevos ahorros a los de antes, que en medio año se hizo una casa de adobe frente a la casona familiar de los Ingar, y entonces hubo otra fiesta pegadita a la de San Pedro, el día de su boda con Adela. Hasta se compró varios caballos y montaba uno por semana, como pocos hacendados. Por ese tiempo ya se le había calzado la frente, empezando su futuro de calvo. Con la piel rojiza, cierto ceceo al hablar y un carraspeo intermitente, Shesha era inconfundible aun en las tinieblas de las noches sin luna.

Para librarse de esas oscuridades, el pueblo había reiterado un memorial, esta vez al Presidente Bustamante, pidiendo luz eléctrica; seguían con lamparines y velas. Los jinetes y piaras de borricos jadeaban pasando como bultos negros bajo el Arco. Los muchachos llevaban cabos de vela medio escondidos en la mano y así anunciaban su presencia a las mocitas y encendían sus primeros y románticos cigarrillos, controlando a las sombras. Otro sueño colectivo seguía siendo la carretera. Venía de la costa sólo hasta Huallanca, aunque ya estaban listos nuevos planos; se prolongaría a Yuramarca, esa mancha viva de frutales, pasaría por encima de los cañaverales de La Pampa, de donde un ramal ascendería a Palillo, Yanac y Urcón, hasta Sihuas, y otro rumbo a Corongo, y quizá con el tiempo a Cabana y Pallasca. Sí, en cada uno de esos pueblos había copias de planos que se enrollaban como viejos pergaminos, entre un bello rumor de hojas secas. Pero los trabajos habían empezado a duras penas. Y en cuanto a la paz de las calles, en Corongo sólo se alteraba, aunque sin peligro para nadie, en los aniversarios de la muerte de Llica, cuando los alumnos del centro escolar, que parecían duplicarse cada año, desfilaban sin sus maestros y ponían flores junto al Arco, ahí donde lo agujereó la bala de un guardia. Desde el último cambio de gobierno la policía había empezado a perseguir a los muchachos, pero no más allá de una cuadra a la redonda.

¿Y cuántos años pasaron así? Ojalá hubieran sido muchos, dijo Shesha; no habían pasado los tres cuando la noticia de otra desgracia llegó por la tarde al telégrafo del pueblo, a la hora de acostarse de tía Concepción. Los nervios la crispaban por todo. El bocio o "coto" de su juventud había aumentado y por ello usaba toda clase de gargantillas para tapárselo, inclusive unas de fiesta, con lentejuelas. Durante años había adivinado y temido que a sus hijos varones los apresaran, hasta que por fin había sucedido; y en los nuevos años de media libertad había seguido temiendo, cuando sus hijos se burlaban de ella. Hasta que asimismo había ocurrido por segunda vez; lo confirmaba el telegrama. Cuando éste llegó, a ella no sólo la sofocaban sus achaques, sino que respiraba mal. Algo volvería a suceder. Cuando la india le quitó la gargantilla que escondía el bocio y la ayudó a desnudarse, ella oyó con claridad un siseo desde el pasado: "¡Alberto, Shesha, escóndanse, vienen los guardias!" Ya casi no hablaba sino lo indispensable, entreverando las palabras. Entonces pidió que vinieran sus hijos, refiriéndose exclusivamente a los varones; las hijas no le importaban. Oyó que habían dejado abierto el portón para la nueva fuga y que sus hijas entraban primero a calmarla, como si estuviera loca. Siguió llamando a los tres varones, hasta que la obedecieron y cada uno la acarició por separado. Los bendijo temblando, cerrados los ojos, quizá dormida. Así, no pudo descubrir que alguien se había disfrazado de Llica, el benjamín muerto, y que la tercera mano era ajena. No lo supo jamás, ahogada en un abrazo furtivo y múltiple, envuelta en el olor de los Ingar juntos, destinados a esas persecuciones cada tres o cinco años, cuando el país cambiaba de Presidente. No abrió los ojos, pero supo que las nuevas manos tibias ya no eran de hombres, sino de sus hijas, cuyo olor no la dominaba; y ésa era también la desgracia, volver a vivir entre hembras, polleras, largos cabellos ya increíblemente canosos, y caras que parecían mapas surcados por demasiadas líneas, inclusive la de Amancha, la menor de todas.

¿Y dónde se escondieron los hermanos esta vez? Cada uno por su lado, dijo Shesha. El había pensado en Pataz y Buldibuyo, los primeros pueblos encendidos en su memoria; pero en cuanto llegó a Pataz, tras un día y una noche a caballo, con las nalgas partidas por la fiebre del galope, descubrió que para vivir en un pueblo reseco y minero había que nacer aún más desgraciado de lo que era. Salió pitando; sólo viajaba de noche, diciéndose que las autoridades, así fueran nuevas, ya se habrían enterado del rumbo que siguió en su exilio anterior. Se inventó, pues, otra ruta y acabó en Pallasca, casi dormido y cayéndose de la bestia. Cuando por fin despertó en la calle, vio que una viejita no podía meter en su casa una carga de leña que le había dejado el leñero. Al recogerla se ganó el primer refugio bajo techo, la primera comida gratis. Cuando por la tarde llegó el hijo de la anciana, que era el telegrafista del pueblo, Shesha se sorprendió de su extrema juventud. Quiso huir a la otra mañana; pero el joven, casi un adolescente, dijo tantas frases contra el gobierno usurpador, la dictadura y eso, que se contuvo. El mocito, contento de que alguien pudiera ayudar a su madre, lo invitó a conocer el pueblo y la oficina de telégrafos, sin sospechar el temor de Shesha por un simple telegrama que quizá ya llegaría por el Morse.

Sin duda por la buena suerte que a veces se cuela entre los malos tiempos, el telegrama denunciando a los Ingar llegó al cuarto día, cuando ya la posición de Shesha en la casa se había afianzado, por el natural afecto que le mostrara David Jiménez, el telegrafista.

– ¿David Jiménez? ¡Oh, te escondió papá, fue papá! –gritamos David y yo– ¡Mi tío Jiménez! –gritó y aplaudió Andrés, y todos lo miramos por primera vez, como a un bicho raro, mal vestido y sucio.

Shesha se había escondido ahí, pero sin estarse quieto. Se dedicó a reparar goteras y enlucir paredes, fabricar bancos y alacenas, mover las manos y calmarse, olvidando su suerte. Pronto tuvo a su servicio a un peón, ignorante para hablar castellano y denunciarlo, pero sabio en moldear adobes, poner techos y fabricar puertas y ventanas. El indio le traía el material y ahora Shesha se llamaba Julio Montes, nacido en Sihuas y educado en Caraz. ¡Vaya, Julio Montes! ¿Cómo sería cambiarse de nombre? Que, por ejemplo, David y Pablo se los cambiasen y sus padres los llamaran así, al revés. ¡Oh, la cabeza se mareaba, y Andrés reía señalando a David cuando quería señalar a Pablo!

Al año, el falso Shesha ya podía andar por las calles. Arrendó una chacra a la salida de Pallasca para rehacerse aún más en el trabajo; y únicamente sábados y domingos (cuando los guardias se relajaban, dedicándose al trago y a los amigos) ayudaba a los Jiménez. David era muy aspirante, como se decía entonces; se presentó a una vacante en Casma y la ganó. Shesha, agradecido, les pagó el pasaje a él y a la madre, mientras David, al despedirse, le repetía que contara con él donde estuviera. Cosa curiosa, un jovencito ofreciendo refugio y apoyo a un rebelde.

Por esa época, el Apra estaba rehaciendo sus fuerzas en la sierra. La persecución se ablandaba; los presos enfermos eran liberados por el temor del gobierno a que murieran en las cárceles. En medio de todo ese cambio lo descubrió Tuba.

– ¿Y cómo, te traicionó alguien? –chillamos.

No, Tuba era un amigo fiel de Alberto, que de pronto empezó a seguirle la pista a ese Julio Montes, de algún modo invisible, por los mismos sitios por donde él pasaba. ¿Y cómo sabía Tuba ese nombre inventado? Porque Shesha, sin pensarlo, se reveló a sí mismo al conocer a una joven, Facunda Alva, maestra de Yupán, a quien había acompañado en un desvío del camino, para no dejarla sola. Habían cabalgado juntos por casualidad, buscando cruzar un río muy crecido, cuando, menos mal, llegó un chimbador experto no sólo en pasar a los viajeros, sino a sus bestias. Al despedirse, cuando ella le dio su nombre, Shesha cometió la imprudencia de decir: "Julio Montes, a sus órdenes, pero mis amigos me dicen Shesha".

– ¡Uy, se te fue la lengua, compadre! –exclamó Andrés.








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