LA COMUNICACION LITERARIA7

RICARDO SENABRE


La pregunta por la naturaleza de las obras que consideramos literarias es ya antigua y ha provocado numerosas respuestas a lo largo de cuarenta siglos, aunque ninguna de ellas haya logrado triunfar sobre las demás y conseguir una aceptación general. De hecho, el aficionado, el estudioso o el simple lector tropiezan ya desde el primer momento con una serie de productos catalogados como obras literarias e incluidos en una historia en la que hay al mismo tiempo análisis y valoraciones estéticas. La literatura se nos ofrece, así, como algo ya establecido, como una categoría que se da por supuesta y de la que participan una serie de obras de todas las épocas, integradas en un vasto conjunto, en un recinto en el que, al parecer, no todo tiene cabida. Si tratamos de hallar una razón que justifique por qué hay obras que, a pesar de presentarse con un aspecto externo similar, se hallan fuera de ese recinto, nos percatamos inmediatamente de que pisamos terreno inseguro porque la noción misma de "literatura" es huidiza y no posee contornos nítidos y definidos. Cualquier historia literaria al uso recoge obras dispares cuyo denominador común se nos antoja inexistente; poemas, crónicas de sucesos reales, relatos de ficción, meditaciones espirituales, teatro, autobiografías e incluso cartas, constituyen un conjunto heterogéneo, recubierto, sin embargo, por un marbete unificador –el de "literatura"– que anula la diversidad real de los objetos agrupados. No hace falta insistir en que de nada sirve atenerse cerradamente a la etimología y aceptar que denominamos "literarias" las obras que recibimos fijadas mediante la escritura, convertidas en "letras". En primer lugar, porque nos llegan muchos escritos que de ningún modo incluiríamos en la órbita de la literatura, desde prospectos de medicamentos hasta publicidad enviada por correo; en segundo, porque no podemos olvidar que muchas obras que hoy leemos fueron compuestas para ser oídas –y así ocurrió durante siglos–, desde los villancicos o los romances hasta los poemas épicos. ¿Acaso estos textos se convirtieron en "literarios" sólo a partir del momento en que comenzaron a difundirse por escrito?

Tampoco sirve adherirse a la idea dieciochesca de la literatura como campo privilegiado de las "bellas letras" –dada la relatividad de la noción de belleza y sus modificaciones históricas–, ni pensar que las obras consideradas literarias ofrecen un conjunto de ideas y conocimientos especialmente rico y profundo. En el terreno de las ideas, Aristóteles es superior a Homero, y Kant más fértil y preciso que Goethe; pero esta superioridad se invierte si los examinamos como escritores. La profundidad de las ideas es cualidad primordial en el ámbito de la filosofía, de igual modo que la riqueza de conocimientos es resultado de las aportaciones científicas. Pero la literatura no es filosofía ni ciencia. Sería un error caracterizarla –y un error mayúsculo valorarla– atribuyéndole rasgos que no le pertenecen.

Parece más prudente partir de una idea elemental: la literatura es un fenómeno de comunicación. Una obra es un mensaje verbal que, como cualquier tipo de mensaje, parte de un emisor –que en literatura se conoce con el nombre específico de "autor"– y se dirige a un destinatario –lector u oyente– que lo recibe y lo descifra. Poco importa que el destinatario sea un solo individuo –mi interlocutor en un diálogo, por ejemplo,– o miles de personas, como sucede con los oyentes de un programa radiofónico o los lectores de un diario de gran tirada; la diferencia no altera la naturaleza del mensaje como tal. Estas características sitúan en el mismo plano un boletín de noticias, la página de anuncios por palabras de un periódico y Fortunata y Jacinta, de Galdós. En todos los casos se trata de mensajes verbales, que el emisor ha cifrado de acuerdo con un sistema de signos y que, mediante un canal –oral o escrito–, llegan a un receptor que procede a su desciframiento. Para que la comunicación sea completa –más exactamente: para que exista comunicación– es necesario que emisor y receptor compartan el código en que se ha cifrado el mensaje. Si no ocurriera así, el desciframiento –la comprensión, por tanto– sería imposible, y el mensaje se convertiría en algo amputado, falto de acogida: en un no-mensaje. Supongamos que el emisor escoge el código que llamamos lengua española y escribe –o dice–: "Se vende piso céntrico, todo exterior ..." o bien: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..." Si el receptor comparte el código elegido, esto es, si conoce la lengua española, la comunicación se efectuará sin dificultad alguna. No sucedería lo mismo si el lector u oyente fuese, por ejemplo, un ciudadano finlandés que sólo poseyera su idioma. Para él, "en un lugar de la Mancha" sería tan sólo una secuencia fónica carente de significado.

Pero es indudable que un anuncio publicitario y el Quijote no pueden ser lo mismo, aunque aceptemos equipararlos como mensajes, como productos sometidos a un mecanismo comunicativo idéntico. Tiene que haber diferencias entre aquello a lo que tradicionalmente se ha atribuido un carácter estético y excepcional y lo que, por el contrario, constituye algo trivial y forma parte de nuestra experiencia cotidiana. Las hay, en efecto. Examinaremos algunas.

El simple conocimiento del código lingüístico nos hace sentir, aun sin poseer conocimientos especiales, que los significados de las palabras establecen ciertas restricciones en su uso y en sus posibilidades combinatorias. La razón es evidente: si utilizamos el lenguaje para representar y transmitir nuestras experiencias, no cabe duda de que hay hechos imposibles, ajenos a la realidad, cuya enunciación no nos planteamos siquiera. Así, no podemos, por obvias razones, atribuir un adjetivo como líquido a ciertos sustantivos cuyo significado es incompatible con esta cualidad. No podríamos decir, en buena lógica, "roca líquida" o "silla líquida". De modo análogo, resultaría sorprendente que alguien atribuyese una actividad como el sueño a un objeto. ¿Qué ocurriría ante un enunciado como "la mesa tiene sueño"? Sin embargo, Neruda menciona un sonido "de ruedas de tren con sueño" en el conocido poema "Barcarola", de Residencia en la tierra. He aquí un ejemplo más de estas restricciones semánticas: los adjetivos de color son incompatibles con palabras que designan nociones no materiales, porque, naturalmente, sólo podemos atribuir color a lo que resulta visible. Cabe suponer una hipotética construcción como "pensamiento verde". En tal caso, y puesto que el pensamiento no es algo material y perceptible mediante la vista, sería forzoso deducir que verde no significa en ese contexto nada que tenga que ver con el color, lo mismo que ocurre con expresiones como "viejo verde" o "chiste verde". Cuando verde se utiliza para designar un color comporta ciertas limitaciones en su uso. Sin embargo, Lorca crea un "viento verde" en su famoso "Romance sonámbulo", y Juan Ramón Jiménez acuña un "Viento negro" tan improbable en la realidad como el de Lorca. Aleixandre hace algo parecido en Sombra del paraíso, y además aproxima a viento la noción ‘líquido’ en estos versos:

Dime a quién amas, indiferente, hermosa,

bañada en vientos amarillos del día.

No es necesario acumular ejemplos para probar que ciertos usos, ciertas relaciones vedadas en el léxico de una lengua porque contradicen nuestra experiencia del mundo, pueden ser perfectamente aceptables en una obra literaria.

Pero casos como los anteriores, aun siendo anómalos, no dificultan excesivamente el desciframiento del texto. Tal vez lleguemos a deducir que el "verde viento" de Lorca se suma en el romance a otras menciones del mismo color porque se trata de teñir de verde el escenario en que transcurren los luctuosos hechos que luego se narran, de tal modo que la tonalidad verdosa que se extiende sobre todas las cosas adopta un valor simbólico de índole mortuoria y espectral...Y es probable que el "viento negro" de Juan Ramón Jiménez se nos antoje menos insólito al descubrir que sopla en una "noche de Todos los Santos" y que a él se han transferido, por consiguiente, los valores nocionales de la oscuridad y del luto. Estos desplazamientos, estas equivalencias internas pueden desorientar en una primera lectura, pero el análisis permite casi siempre restablecer la aparente transgresión de las normas lingüísticas. He aquí un caso distinto, correspondiente al comienzo de un poemilla de Jesús Delgado Valhondo (en El año cero):

Un ciprés se saca punta en el airecillo frío.

Para poder decir de un ciprés que "se saca punta" es imprescindible haberlo equiparado antes a un lápiz, lo que no resulta del todo extraño si se piensa en la semejanza formal entre la silueta cónica de un ciprés y la del extremo de un lápiz. Pero esta ecuación ciprés = lápiz no se halla explícita en la superficie del discurso, y es el lector quien tiene que reconstruirla. No figura en el léxico del idioma. Es una sinonimia establecida por el código particular del poema. En cuanto al hecho de que el instrumento para "sacar punta" sea "el airecillo frío", se explica sin más que atenerse a los usos lingüísticos cotidianos, donde es frecuente hablar de un frío –o de un viento– "que corta", con lo que implícitamente se deja sentado que el frío es una cuchilla, una navaja o cualquier otro objeto similar que tenga filo. Y los poetas han utilizado esto muchas veces. Bastará recordar "la cuchilla del viento" de Lorca (Canciones) o el "navajazo de frío" de Alberti (La amante), entre docenas de casos posibles. Lo que sucede es que en el texto de Delgado Valhondo la equiparación entre el frío y un utensilio cortante está sobreentendida; es una relación oculta, previa, que el lector debe descifrar. Una vez establecido el nexo, la transgresión idiomática es sólo aparente. Cuando Juan Ramón Jiménez escribe "La luna de cobre va de prisa / harapienta de nubes" (Laberinto), la calificación harapienta de "luna" parece sorprendente porque los versos omiten el puente de identidades metafóricas que justifica tal acuñación: las nubes, vistas como jirones o "harapos" que ocultan a medias la luna –como si la vistieran pobremente–, la transforman en "harapienta". Y puede recordarse una nueva visión, algo más hermética, que Lorca fijó en Poeta en Nueva York: "En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos". Estas inesperadas "vacas" son las nubes –blanquecinas, de formas redondeadas y lentos desplazamientos–, que se nutren ("beber") del agua evaporada; en este caso, del hiperbólico "llanto" no mencionado que fluye de los ojos del sujeto lírico.

Las más audaces creaciones gongorinas se apoyan en procedimientos análogos. Cuando Góngora denomina en las Soledades "nieve hilada" a unos manteles blancos (11, 343), lo que hace es partir del símil habitual "blanco como la nieve" para quedarse únicamente con la imagen nieve e introducir su connotación de blancura en otro ámbito significativo mediante la atribución "hilada", que impide interpretar la nieve como tal nieve y orienta al lector hacia otra relación. De igual modo, denominar a las flechas "áspides volantes" como hace Góngora en otro lugar del poema (1, 426), es posible si se extraen de áspid los semas ‘mortífero’, ‘alargado’ y tal vez ‘que produce un silbido’; la calificación "volantes" elimina la posibilidad de entender "áspides" como ‘serpientes’. Claro que siempre existe el riesgo de un desciframiento erróneo –lo mismo que en cualquier tipo de mensaje–, pero, en el caso de producirse, habría que imputarla a incapacidad del lector, porque lo cierto es que el texto ofrece los apoyos léxicos suficientes para evitarla. Los tres semas apuntados de áspid, unidos a la atribución "volantes", dejan poco margen para el verso; difícilmente se hallaría otra noción distinta de ‘flecha’, a la que conviniesen por igual todas las notas. Es el mismo procedimiento de los enigmas ingeniosos: una vez descifrados, resulta palmario que la solución no podía ser otra.

En ocasiones se aprovechan significados ya existentes, valores puramente denotativos y no traslaticios de las palabras, aunque su disposición pueda dificultar el desciframiento adecuado. En un conocido romance de Lorca hay una monja sumida en profundas ensoñaciones mientras "borda alhelíes / en una tela pajiza". Y se lee a continuación: "Vuelan en la araña gris / siete pájaros del prisma". La aparición de la "araña" y su cercanía con respecto a los "pájaros" puede hacer pensar en el significado puramente zoológico de los vocablos, lo que convertiría los versos en algo enigmático y difícil de desentrañar. La realidad es que "araña" significa "lámpara colgante de varios brazos", y que, en consecuencia, los "siete pájaros" son los siete colores en que se descompone el rayo de luz al incidir en el "prisma" del cristal. Casos de esta naturaleza no son infrecuentes, y se apoyan en la ambigüedad constitutiva de muchas palabras, que necesitan un contexto adecuado para que en él cristalice uno de sus significados posibles. Un vocablo como "intervención" no expresa lo mismo en el curso de una arenga militar que en boca de un cirujano, y hasta un enunciado como "¡Viene mi padre!" puede apuntar en direcciones muy diferentes según la situación en que se produzca y de acuerdo con circunstancias que se traducen incluso en modalidades diversas de entonación. Al pertenecer el mensaje que denominamos literario al orden de los mensajes verbales participa de las características propias de éstos y derivadas de su naturaleza lingüística.

De igual manera que en el léxico de uso cotidiano es necesario a veces introducir neologismos, el uso literario puede jugar también con esa posibilidad, aunque, naturalmente, sin caer en lo superfluo. No es superfluo, por ejemplo, que Cervantes, en la disputa acerca de la bacía del barbero –¿es bacía o yelmo?–, acuñase la forma baciyelmo, feliz y jocosa invención. Como jocoso –e insustituible– es el uso licenciasno que hallamos en Lope de Rueda. Tampoco parece innecesario ni frívolamente caprichoso el verbo creado por Lope de Vega, bajo la máscara de Burguillos, para quejarse, como dice el título del poema, "de la dilación de su esperanza", esto es, de la sostenida actitud, por parte de la dama, de dar largas a los requerimientos del enamorado: "Siempre mañana y nunca mañanamos". Mañanar, que no existe en la lengua, significa algo así como ‘alcanzar el mañana’. Su uso en primera persona del plural insinúa con sutileza, además, que se trata de un "mañana" compartido. De ningún modo nos parece una creación arbitraria e inútil. En este contexto, y tal como se halla dispuesto el enunciado, resulta imprescindible. Algo parecido encontrarnos en unos versos de Bergamín:

Mañana está enmañanado y ayer está ayerecido, y hoy, por no decir que hoyido, diré que huido y hoyado.

Enmañanado tampoco existe en la lengua. Podría entenderse como ‘envuelto en mañana, en futuro’, es decir, desconocido aún. Pero al mismo tiempo, el neologismo hace recordar una palabra parecida: enmarañado, esto es, envuelto en una maraña’; y, en efecto, el futuro es misterioso e impredecible. En cuanto a la fórmula "ayer está ayerecido", incrusta otro neologismo valiéndose de la analogía con algunos participios en -ido (partido, cosido, despedido, etc.), que dan la sensación de algo concluso. La estructura lingüística permite que ayerecido, que no existe, sea al menos "verosímil"; tampoco existe ayerecer –de donde tendría que derivarse el supuesto participio–, pero no es disparatado imaginarlo como posible, por analogía con formas como "amanecer" o "anochecer". Por otra parte, la audaz creación ayerecido podría pronunciarse con seseo –y no olvidemos que se trata de un autor que residió muchos años en Hispanoamérica y sonar como "ayer-es-ido", subrayando así la inevitable desaparición de lo que ya no es. El mismo tipo de calambur se da en el falso participio hoyido, interpretable como "hoy-ido". En cuanto al último, hoyado, establece una paronomasia con "hollado" y sugiere así la visión de un presente ya vivido, desgastado. El peso de los versos, que recuperan el motivo senequista de la fugacidad del presente –frecuentísimo, por ejemplo, en algunos de los mejores sonetos de Quevedo–, recae precisamente sobre palabras que, en rigor, no son tales y que, a pesar de ello, soportan el andamiaje constructivo de la redondilla, como lo prueba el hecho de hallarse al final de los versos y ser, por consiguiente, vehículos de la rima.

Puede suceder, sin embargo, que el hecho de que el receptor comparta con el emisor el código lingüístico no sea suficiente, y que ni siquiera el cálculo de los posibles valores traslaticios de las palabras ayude a entender el texto. En tales casos comprendemos los significados parciales –palabra por palabra, enunciado por enunciado–, pero se nos escapa el sentido del conjunto. Intuimos, pues, que a pesar de que el mensaje es una construcción verbal, su significado último se constituye mediante algo que no es únicamente el código lingüístico –vocablos y reglas gramaticales–, suficiente, en cambio, para los mensajes ordinarios. Podemos recordar algunos ejemplos entre los infinitos posibles. Al comienzo del Cantar de Mio Cid se narra sintéticamente el destierro del héroe con un puñado de sus caballeros:

A la exida da Bivar ovieron la corneia diestra

e entrando a Burgos oviéronla siniestra.

Meció Mío Cid los onbros e engrameó latiesta:

"¡Albricia, Álbar Fáñez, ca echados somos de tierra!"

No es posible entender el movimiento de hombros y cabeza del Cid, y menos aún su exclamación de júbilo al emprender un doloroso destierro, sin tener en cuenta algo que no pertenece al significado de los vocablos: la corneja situada a la derecha del camino es una señal favorable, pero su situación a la izquierda en el momento de entrar en Burgos pronostica un futuro poco halagüeño. Por eso el Cid se encoge de hombros y sacude la cabeza –como si quisiera apartar de sí los malos agüeros– y trata de infundir confianza en los suyos mostrando una actitud animosa y alegre. Ahora bien: el carácter agorero de la corneja no pertenece al contenido semántico de la palabra ni se halla, por tanto, recogido en su definición lexicográfica. Constituye un rasgo ajeno al código lingüístico y se aloja en un código diferente, de índole cultural, donde figura como parte de un repertorio de creencias folclóricas. El lector que desconozca este hecho y se acerque al texto pertrechado tan sólo con el dominio del código idiomático –o el lector de otra cultura a cuya lengua hayan podido traducirse los versos del Cantar carecerá de los instrumentos adecuados para descifrar rectamente el pasaje. Ésta es la razón básica de la intraducibilidad radical del mensaje literario. Una noticia periodística, un manual de consejos domésticos, un libro de viajes pueden ser traducidos a cualquier lengua sin merma alguna de su contenido, porque los signos que componen la obra tienen otros equivalentes en la lengua de que se trate. Pero cuando las palabras que se traducen son algo más que signos lingüísticos y arrastran consigo adherencias significativas que la tradición, las costumbres, la religión –la cultura, en suma– han ido depositando en ellas, lo que se intenta traducir no es tanto el significado léxico como la connotación cultural, y en este punto puede ocurrir que ya no existan equivalencias y que el sentido del mensaje se diluya en la nueva versión. Recuérdense los versos del conocido romance lorquiano:

Los caballos negros son.

Las herraduras son negras.

Sobre las capas relucen

manchas de tinta y de cera.

La acumulación del color negro en estos versos –prolongada, además, en los siguientes– tiene carácter premonitorio, pero sólo es posible advertirlo si el receptor pertenece a una cultura en que el negro se asocia convencional y simbólicamente a la muerte y al luto. De no ser así, el lector podría captar el significado de "negro" –palabra del diccionario y, por tanto, traducible–, pero no su sentido en el texto. He aquí un caso análogo, aunque de mayor complejidad. Se trata de un breve poema perteneciente al primer libro de Antonio Machado, Soledades:

Las ascuas de un crepúsculo morado

detrás del negro cipresal humean.

En la glorieta en sombra está la fuente

con su alado y desnudo Amor de piedra

que sueña mudo. En la marmórea taza

reposa el agua muerta.

Una lectura somera de estos versos vería en ellos, muy probablemente, una estampa de paisaje, un cuadro descriptivo en el que hay un jardín con su casi inevitable fuente (motivos característicos, por otra parte, de cierta poesía modernista). Pero lo cierto es que las sucesivas elecciones del poeta orientan hacia una visión menos simplista y superficial. La contemplación se sitúa al atardecer, esto es, cuando el día declina, y esta información se fortalece mediante el uso de la metáfora "ascuas de un crepúsculo" con su adición de un nuevo elemento –las "ascuas"– que comporta una noción de finitud. Hay, además, un "cipresal", y conviene recordar el carácter funerario que el ciprés posee en la cultura mediterránea, aunque no en otras latitudes. El cipresal lleva el calificativo "negro" porque ya no recibe la luz del sol, pero también porque el valor connotativo de "negro" se añade al valor cultural del ciprés –que es el que importa aquí, al margen de sus características botánicas, en este momento irrelevantes–, y todo ello es solidario de las asociaciones que en el lector pueden haber provocado las menciones "ascuas" y "crepúsculo". Por otra parte es indudable que, en un paisaje "real", el horizonte puede ofrecer tonalidades moradas –como la masa oscura de un cipresal puede parecer negra–, pero lo cierto es que, en los usos clásicos, el morado era con frecuencia el color que representaba la aflicción y la congoja, convención cultural que ha dejado su huella en multitud de textos y que incluso pervive en la vestimenta de ciertas conmemoraciones litúrgicas.

Todos los ingredientes del poema convergen en un punto común, que no es simplemente la reproducción verbal de unos rasgos paisajísticos, sino la expresión de un estado de ánimo dolorido, cercado de representaciones mortuorias: el día que se apaga, el horizonte como un "ascua", el color morado, los cipreses. La proporción mayor del sentido no está encomendada a los significados léxicos, sino que se apoya en los valores connotativos que las tradiciones culturales han ido depositando en las palabras. La presencia de una estatuilla de Cupido –"Amor de piedra"– arroja sobre el texto nuevos elementos dolorosos: se trata de un amor petrificado, "mudo" –esto es, incapacitado para comunicarse– y que "sueña"; el verbo comparece con su significado propio y al mismo tiempo arrastra el recuerdo de la fórmula ciceroniana, mil veces repetida en la tradición literaria: "somnus mortis imago". El último verso es más corto que los anteriores; "muere" cuando finalmente aflora a la superficie del texto –como si resultara ya imposible retenerla más– la noción que había aleteado sobre el poema desde el comienzo, aun sin hacerse explícita: "muerta". La vecindad en un verso tan corto de dos palabras como "reposa" y "muerta" ayuda a evocar una fórmula habitual en las lápidas mortuorias y completa la serie de asociaciones fúnebres acumuladas a lo largo de los versos.

El poema se diferencia de un mensaje ordinario no sólo porque se halla sometido a ciertas constricciones métricas-evidentes y deliberadas, sino porque dice "algo diferente de lo que parece decir. Ahora bien: esta disociación posible entre una cosa y otra, entre apariencia y realidad, que puede conducir a la ambigüedad y a la consiguiente incomprensión del texto –o a una comprensión parcial y empobrecida–, no es imaginable en una comunicación a la que no concedemos carácter artístico: una tarjeta de pésame, una noticia periodística, una citación judicial, una carta de negocios, una convocatoria de becas... En estos casos importa que todo sea unívoco, fácilmente inteligible; en suma, que nada pueda interferir o entorpecer la recepción del mensaje y su exacto contenido. Esto no significa en modo alguno que el designio con que se lanza el mensaje literario sea de otra naturaleza. Como resulta lógico suponer, el propósito del autor es también encontrar el receptor adecuado que descifre plenamente la comunicación. Lo que sucede es que, muy a menudo, tal deseo no puede cumplirse si el lector opera con el mensaje literario de igual modo que si se tratase de una notificación cotidiana o de la crónica de unos hechos; ateniéndose, por tanto, al código lingüístico y sólo a él, sin tener en cuenta que el mensaje literario se vale también de otros de naturaleza cultural que enriquecen los meros significados léxicos y a veces los desplazan a un segundo término o los suplantan.

Esta ampliación de los usos idiomáticos, este continuo estiramiento del código lingüístico y las diversas tentativas de incorporar a él ingredientes enriquecedores cuya aportación proviene de repertorios ajenos al léxico, no constituye un modo de proceder caprichoso cuyo objetivo fuera el oscurecimiento del mensaje hasta su conversión en puro enigma. Es algo exigido por la misma naturaleza verbal de la literatura, que plantea exigencias y limitaciones particulares, inexistentes en las demás modalidades artísticas. El músico utiliza sonidos para componer sus melodías. Pero esos sonidos preexistentes que libremente selecciona y combina no poseen por sí mismos significado alguno. Tal vez lo adquieran después, una vez integrados en una secuencia, en una serie de combinaciones que constituye la obra; pero antes de eso existen, simplemente, a disposición del compositor, como puros sonidos. Un fa, un do mayor no significan nada. Lo mismo le sucede al pintor, cuya materia prima –los colores– carece también de significado. Ni el gris ni el amarillo significan nada, en efecto, si los consideramos como tales colores, aislados, disponibles, previos a su uso. En el cuadro, integrados en un conjunto con diversas líneas y otros colores, acaso adquieran un significado particular. Antes de eso, sin embargo, el pintor los tenía a su alcance como materiales neutros, o, mejor, como simples utensilios vacíos, de igual rango que el lienzo intacto sobre el caballete o la página en blanco que dispone ante sí el escritor. Y no es necesario insistir en que el barro, la arcilla o el mármol que utiliza el escultor también son puros materiales sin significado alguno, aunque de características peculiares en cada caso.

En cambio, lo que sucede con la literatura es muy diferente. La obra es una construcción verbal. El escritor selecciona palabras y las combina de acuerdo con unas reglas que, como los vocablos elegidos, se encuentran a su disposición. Sólo que esa especial materia prima que son las palabras no se ofrece al escritor como los colores al pintor o los sonidos al músico. Las palabras tienen ya un significado cuando las seleccionamos. Operar con el color rojo o con el re menor es hacerlo con elementos dóciles a los que se puede atribuir el sentido que se desee. Con las palabras resulta imposible actuar de igual manera. Es preciso contar con sus significados, que ya existen en el momento de elegirlas y que no dejan de estar presentes en cualquier enunciado. Pero es necesario también, si el escritor pretende distanciarse de las limitaciones del mensaje ordinario, trascender esos significados, enriquecerlos, engrosar el valor tradicional de los vocablos con asociaciones inesperadas y nuevos sentidos. La escritura es antes que nada manipulación del lenguaje y aprovechamiento de sus posibilidades, siempre dentro de las reglas establecidas por el contorno semántico de los vocablos y por las estructuras sintácticas de la lengua. Una simple greguería de Ramón Gómez de la Serna puede servir de ejemplo: "A muchas mujeres les gusta bañarse en las liquidaciones". La inesperada aproximación –favorecida por el parentesco etimológico– entre "liquidación" y "líquido", que son formas perfectamente separadas en el sistema léxico, permite el uso coherente –pero anómalo desde un punto de vista estrictamente semántico– de "bañarse" que, al mismo tiempo, adquiere temporalmente, para la ocasión, un valor no registrado en los usos idiomáticos ni en el diccionario. De manera secundaria, y puesto que el verbo "bañarse" no pierde por completo su significado propio, la greguería sugiere que la noción implícita ‘comprar’ –o, sin más, ‘entretenerse’– constituye una acción placentera y beneficiosa. Muchos juegos de palabras, facecias y chistes se basan en estos usos "imposibles" en la comunicación ordinaria que en el contexto quedan momentáneamente legitimados. Es lo que sucede, por ejemplo, en estos versos de Blas de Otero:

Viene la nieve

cae

poco

a

copo.

La ruptura de la disposición gráfica en unidades léxicas mínimas subraya la lenta caída de los copos sueltos. Pero lo que importa destacar en este momento es la locución "poco a copo", deformación de "poco a poco" que mantiene el significado originario y al mismo tiempo, merced a la inesperada irrupción de "copo", refuerza la idea de la caída en copos aislados que marca el comienzo de la nevada.

No sólo el uso del lenguaje presenta diferencias cuando se trata de mensajes puramente informativos o de textos literarios. Antes de nada varía la propia actitud del usuario ante el instrumento lingüístico que se propone utilizar. Para nuestra comunicación cotidiana, las palabras nos sirven en la medida en que designan con precisión los objetos, seres o acciones que deseamos nombrar. La norma de la palabra, su significante –en términos saussureanos–, no nos interesa. Es como la envoltura de un paquete: sirve únicamente para recubrir, proteger y transportar lo que está dentro. El significante es, por así decir, transparente. Apenas reparamos en él, en su longitud o en su sonido, porque lo que nos importa es el significado. A él se dirige urgentemente la atención, de la misma manera que nuestra mirada atraviesa el cristal sin detenerse en él, atraída por lo que hay al otro lado. Si para describir lo que le sucede a nuestro vecino de asiento durante un viaje en tren elegimos "dormir" o "dormitar", no lo hacemos basándonos en la diferente contextura fónica de ambos vocablos, sino en el grado de profundidad que nos parece advertir en su sueño y que nos obliga, en consecuencia, a seleccionar el verbo capaz de traducir nuestra percepción –que puede ser errónea, claro está– con mayor exactitud.

En cambio, el escritor se sitúa ante el lenguaje con otra disposición. En proporciones diversas, los signos son para él opacos, lo que significa que la mirada no atraviesa con despreocupación el aspecto físico que ofrecen, ávida tan sólo de contenidos, sino que se detiene en la forma de esas palabras, en su longitud, en su sonido. Pocas veces se ha expresado esta cuidadosa atención con tanta nitidez como en las palabras de fray Luis de León que leemos en De los nombres de Cristo:

El bien hablar no es común, sino negocio

de particular juicio, ansí en lo que se dice

como en la manera como se dice, y negocio

que, de las palabras que todos hablan, elige

las que convienen, y mira el sonido dellas, y

aun cuenta a veces las letras, y las pesa y las

mide y las compone para que no solamente

digan con claridad lo que se pretende decir,

sino también con armonía y dulzura.

Ésta es la actitud del escritor –aunque no todos los escritores la observen por igual–, y de un modo u otro repercute en el texto. No es que el significado quede al margen o en un plano secundario; es que el significante no ve anulada su presencia, y sus caracteres físicos cuentan en el momento de seleccionar los signos idóneos para cifrar el mensaje. Naturalmente, el peso de los rasgos extrasemánticos de la palabra se nota de modo especial en los textos que, por su propia naturaleza, tienden a la brevedad y exigen una mayor concentración expresiva. Deben ser más visibles, por ejemplo, en un soneto que en una novela extensa. Pero se trata de una diferencia de grado, sin más. No es un rasgo exclusivo ni predominante de los discursos poéticos frente a los mensajes en prosa. Lo que sucede es que, por lo general, la poesía ofrece mayor acumulación de casos en una superficie textual menor. Abrimos unas páginas de Alberti y tropezamos con estos versos:

Galopa, jinete del pueblo,

caballo cuatralbo,

caballo de espuma.

La combinación de sílabas átonas y tónicas produce unas secuencias rítmicas que pueden representarse así:

_ / _ _ / _ _ / _

_ / _ _ / _

_ / _ _ / _

Se advertirá mejor con esta disposición:

_ / _ _ / _ _ / _ _ / _ _ /_ _ / _ _ / _

El resultado, como puede verse, es equivalente al de un ritmo anfibráquico (oóo), oportuno en esta ocasión porque sirve para reforzar los significados léxicos y ayuda a evocar el galope rítmico del caballo. Influyen igualmente en el resultado ciertas homofonías deliberadas, como la que se establece entre "caballo" y "cuatralbo", con su asonancia en a-o y el isosilabismo de ambos vocablos. Con una selección léxica diferente, o bien con otra disposición sintáctica del enunciado, tal vez el significado de los versos habría dependido únicamente de los contenidos semánticos, sin refuerzo alguno.

He aquí un caso distinto. Se trata de un pasaje en el que Ortega y Gasset evoca la dificultad de los cuadros del Greco, la aspereza que parece presidir su ejecución si los comparamos con las obras de otros pintores coetáneos:

Este arisco cretense desde lo alto de su acantilado dispara dardos de desdén y ha conseguido que durante siglos no atraque en su territorio barco alguno.

La multiplicación de articulaciones dentales –en una proporción muchísimo más elevada de la media en español, según los recuentos fonemáticos existentes– acumula los sonidos que Femando de Herrera denominaba "ásperos": "Este arisco cretense [...] dispara dardos de desdén..." Se tiene el presentimiento, incluso, de que la artificiosa fórmula metafórica "dispara dardos de desdén" debe su creación al propósito de agrupar en un brevísimo espacio articulaciones dificultosas. Dicho de otro modo: sin renunciar al contenido, el escritor ha procurado que el factor fónico gobernase la selección de las palabras y su ordenación.

Con lo dicho anteriormente no se pretende insinuar que los sonidos posean un determinado significado. Cuando se afirma que en los conocidos versos de Garcilaso "en el silencio sólo se escuchaba / un susurro de abejas que sonaba" la repetición de s "traduce" el zumbido de las abejas, se comete un error. Tal noción no se halla representada por un sonido, sino que radica en la palabra "susurro". En otro contexto, con otras unidades léxicas, no sería posible atribuir la misma función a una hipotética repetición de s. La asignación de significado a los sonidos no pasa de ser una ilusión. Lo que sí ocurre es que existen sonidos de articulación dificultosa frente a otros más fácilmente pronunciables. Los modernos teóricos de la fono-estilística se han encargado de recordar esto, que ya formaba parte de una línea clásica del análisis literario, desde Dionisio de Tracia hasta Fernando de Herrera. No hay duda, por ejemplo, de que las sílabas libres son sencillas de articular, al contrario que las trabadas, y que la combinación consonante + vocal es más cómoda que la agrupación consonante + consonante + vocal, de modo que pa-pá resulta mucho más fácil de pronunciar que pro-ble-ma o trans-crip-ción. Así, ciertas secuencias se avienen mejor con unos significados que con otros. Las articulaciones que los clásicos denominan "ásperas" acompañan con mayor propiedad a enunciados de contenido desagradable o violento, mientras que las articulaciones suaves se avienen mejor con pasajes que transmiten sensaciones plácidas. En Las cerezas del cementerio, de Gabriel Miró, dos perros se acometen ferozmente y el autor escribe: "Se oía el crujir de las quijadas". La acumulación de articulaciones "ásperas" acompaña con naturalidad la violencia del hecho evocado, pero no significa nada; simplemente exige del lector un esfuerzo articulatorio que puede producir en él la sensación de algo poco grato.

Por muchas analogías que puedan existir entre el mensaje literario y cualquier otro de naturaleza verbal, hay un rasgo que inevitablemente aparece siempre en aquél y rara vez –o en un grado infinitamente menor– en los demás: el mensaje literario es de recepción diferida. Mientras que una conversación, una homilía en las misas dominicales o una arenga militar se reciben en el momento en que se emiten, y una noticia periodística a las pocas horas, entre la composición del mensaje literario y su lectura –entre el momento de la emisión y el de la recepción, por tanto media un tiempo considerable, necesario para elaborar el producto material, el soporte del mensaje, sea copia manuscrita o libro impreso. Se trata de un proceso en el que pueden intervenir varias personas y que, precisamente por esta razón y por el hecho de prolongarse durante mucho tiempo –meses, y a menudo años–, acarrea el peligro de que se produzcan numerosas interferencias en la transmisión del mensaje o "ruidos" que lo deforman y perturban su adecuada recepción. Las obras literarias se hallan expuestas a esas alteraciones, hasta el punto de que la Filología nació con el propósito inicial de devolver a los textos la forma exacta que tenían al salir de manos del autor cuando, como sucede con frecuencia, hubieran sufrido cambios ajenos a él durante el proceso de transmisión.

Esta condición inexcusable del mensaje literario provoca otras repercusiones de importancia que lo distancian más aún de los demás mensajes. En una conversación entre dos interlocutores, ambos pueden alternar los papeles de emisor y receptor. El emisor que dice, por ejemplo, "te llamé ayer pero no estabas en casa" se convierte en receptor al oír la respuesta "es que había salido de excursión con los niños", emitida por quien antes actuó como receptor. No sólo existe este intercambio de funciones, sino que el mensaje puede ser modificado a consecuencia de una rectificación: "–Son las once. –Recuerda que ayer cambiaron la hora, –¡Tienes razón! Son las diez". La reclamación fundada de un lector puede hacer que el periódico rectifique una noticia ya publicada. En suma: el receptor, al convertirse en emisor, puede con su intervención modificar el mensaje inicial. Pero se trata de acciones situadas en el mismo ámbito temporal o escasamente diferidas.

El caso de la obra literaria es muy diferente. Una vez publicada, es inmodi-ficable. Aun en el supuesto de que la reacción de los receptores –expresada habitualmente mediante críticas, opiniones y análisis– indujese al autor a modificar o rehacer aspectos de la obra, tendría que ser en otra edición posterior que, en cualquier caso, no anularía la existencia de una versión previa. Las modificaciones introducidas por Juan Goytisolo en la segunda edición de su novela Señas de identidad la convierten, en rigor, en otra obra, pero no borran ni modifican la primera. De igual modo, las versiones de sus poemas anteriores que Juan Ramón Jiménez llevó a cabo en la última etapa de su vida y que aparecen recogidas en el volumen póstumo Leyenda no modifican las anteriores, que tienen vida propia e independiente y han sido leídas, glosadas o imitadas por muchos aficionados y poetas. Y algo parecido cabría decir de escritores que con cierta frecuencia han reescrito obras anteriores ya publicadas –a veces cambiando incluso el título–, desde Ramón J. Sender a Javier Tomeo.

El mensaje literario tiene carácter unidireccional: una vez lanzado, admite reacciones diversas –claro está–, pero no respuesta inmediata y con capacidad para modificarlo. El emisor no deja de serlo nunca –hasta el punto de que recibe el nombre específico de "autor"– y los receptores tampoco pueden intercambiar con él su función. Otra cosa es el influjo previo que los futuros receptores pueden ejercer sobre el autor cuando éste planea su obra y pretende llegar a un sector determinado de lectores. La sumisión a ciertas modas, a corrientes del gusto o, en general, la consideración de la índole de esos posibles receptores pueden condicionar algunos aspectos –temáticos o formales de la obra–, de igual manera que, en una conversación, el emisor cuenta con la naturaleza del destinatario para formular su mensaje, e incluso a veces para elegir el asunto del coloquio.

Desde cualquier punto de vista que se adopte, un mensaje sólo se completa –es decir, sólo existe como tal cuando cierra el circuito comunicativo y alcanza a un receptor. Sin recepción no hay comunicación. Este extremo del canal donde se sitúa el lector no es, además, un componente cualquiera del acto comunicativo, sino el lugar donde se produce el desciframiento del texto, la instancia que proporciona un sentido a la obra, una interpretación que varía según lectores y épocas y que puede no coincidir con el sentido que figuraba en el propósito del emisor. De hecho, la historia literaria se funda casi enteramente en el nivel de la recepción, porque integra las interpretaciones y valoraciones de cada obra que han ido sumándose merced a las lecturas de una serie de receptores cualificados. Las divergencias en el desciframiento del mensaje por parte de lectores diversos o, dicho de otro modo, las discrepancias interpretativas se deben precisamente a que lo decisivo no es el texto, sino el lector. Un mismo texto provoca lecturas diferentes en diversos lectores. Incluso el mismo lector puede, pasado un tiempo, descifrar de otro modo la obra que leyó antaño, porque, en realidad, no es el mismo lector, sino otro con más experiencias, acaso con mayor caudal de lecturas y con una visión diferente del mundo, y todos estos factores se proyectan sobre el acto de leer y lo mediatizan.

Por otra parte, el emisor cuenta ya, en el momento de cifrar la obra, con su recepción. Sabe que escribir es siempre seleccionar; que ninguna novela, ningún poema, incluyen toda la información posible, que muchos datos quedan sugeridos, apuntados, a manera de huecos que la actividad del lector debe rellenar. La lectura es siempre la actualización de un mensaje que se nos presenta indefectiblemente de modo esquemático. Al lector le corresponde restaurar lagunas y omisiones, como le ocurre al receptor de un telegrama donde, por otras razones, se han eliminado nexos gramaticales.

Examinemos algún ejemplo simplicísimo. En la novela de Pío Baroja Zalacaín el aventurero (ii, vi) se narra la estancia del protagonista en Hernani para recuperarse de una herida:

La convalecencia de Martín fue muy rápida: tanto, que a él le pareció que se curaba demasiado pronto.

Bautista, al ver a su cuñado en vísperas de levantarse y en buenas manos, como dijo algo irónicamente, se fue a Francia a reunirse con Capistun y a seguir con los negocios.

Martín pudo tomar Hernani por una Capua, una Capua espiritual.

Se resumen varios días –o tal vez semanas– de convalecencia: unos hechos encuadrados en un tiempo indeterminado que el lector debe completar imaginativa-mente, porque no aparecen narrados. Y se alude a un episodio de la vida de Aníbal –el de las "delicias de Capua"–, para cuya comprensión se cuenta igualmente con la complicidad del lector. Hay, así, acciones, sugerencias que no afloran a la superficie del discurso –como las palabras irónicas de Bautista– y alusiones que forman parte del texto y que, por consiguiente, es preciso descifrar. Esta tarea corresponde al lector, y tal circunstancia se halla ya prevista en la escritura. Teóricos como Iser han denominado "lector implícito" a ese destinatario sin rostro con cuya cooperación cuenta el escritor, tal vez intuitivamente, porque en su actividad hay un desdoblamiento de funciones: tras haber concluido su papel de autor pasa inevitablemente a considerar su propio texto desde el punto de vista del destinatario. El "lector implícito" comienza por ser una extensión del autor desdoblado, transmutado en receptor, y las modalidades líricas constituyen tal vez el dominio literario en que las consecuencias de este hecho son más evidentes. De modo análogo, el género dramático exige contar con un "espectador implícito" que complete mentalmente, por ejemplo, la cuarta pared que en el escenario no figura, o que entienda y acepte algunas convenciones propias de la escena –monólogos, apartes, etc.–, variables según épocas y estilos.

Además de este "lector implícito" operante en todo mensaje literario, hay que contar con que cualquier escritor aspira a ser leído, a llegar hasta un conjunto amplio de receptores que de modo genérico denominamos "público". Si el lector implícito es un factor estructural de la comunicación literaria, el público representa un elemento sociológico. Ambos se sitúan en el nivel de la recepción y, sin embargo, su presencia en el horizonte mental del escritor determina, en mayor o menor medida, ciertas características del mensaje. En 1959, José F. Montesinos aseveraba tajantemente: "El que escribe se dirige a un público, y las apetencias de ese público condicionan su obra". Y un año antes había escrito Francisco Ayala: "El ejercicio literario se desenvuelve dentro de un juego de convenciones gobernadas en gran parte por la entidad del destinatario; según quien éste sea, así se configurará el mensaje, pues la relación entre escritor y lector constituye el sentido de cualquier actividad literaria, al determinar su forma".

Las preferencias del futuro lector, sus reacciones previsibles ante la obra –que a veces el escritor intenta conocer de antemano merced a lecturas privadas y tanteos con destinatarios escogidos– no son aspectos a los que el autor se muestre indiferente. Tanto en el caso de los mecenas y protectores de otras épocas como en la actual situación de mecenazgo colectivo desempeñado por el público, su aceptación o su rechazo pueden favorecer o dificultar la continuidad de una obra, y de ello se derivan multitud de consecuencias personales, económicas y de orden estético para el autor. Si éste es el responsable de la obra, a los destinatarios hay que atribuir su éxito o su fracaso. Cualquiera que sea el resultado desencadena repercusiones de índole diversa. El mensaje artístico se carga inevitablemente de implicaciones sociológicas.

Es un hecho evidente que los mensajes cotidianos, tanto orales como escritos –conversaciones, libros de texto, advertencias, noticias, chistes, anuncios, etc.–, responden perfectamente a un propósito informativo y utilitario: se construyen para comunicar un suceso, para establecer unas normas, para dar consejos, para divertir, para seducir... Queda fuera de duda el carácter práctico de estos mensajes; el mismo que posee la esquela necrológica publicada en un periódico o la crónica de un viajero que ha recorrido un país ignoto. Se trata en todos los casos de informar, de remitir a una realidad, a una situación concreta. En cambio, el mensaje que llamamos literario no nace para informar de nada. En muchas ocasiones ni siquiera se refiere a nada real o vinculado a la experiencia común. Y cuando lo hace pierde previamente carácter noticiero. Una elegía como las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre, el maestre don Rodrigo, no posee valor informativo alguno. No es una obra compuesta para comunicar el fallecimiento del caballero –y, por si fuera necesario, bastará recordar que apareció seis años después del suceso–, de igual manera que Lope de Vega no escribió Fuenteovejuna para dar cuenta de la insurrección del pueblo cordobés en 1476, ni Tolstoi pretendió con su novela Guerra y Paz convertirse en el cronista de la campaña del ejército napoleónico en Rusia.

Es cierto que hoy incluimos en el repertorio de las obras literarias un buen número de textos que nacieron como puros mensajes informativos: muchos romances viejos de marcada naturaleza noticiera, crónicas, libros de memorias... Pero si hoy los leemos como mensajes artísticos es porque antes han quedado desprovistos de la índole informativa que al principio tuvieron. No buscamos en ellos testimonios históricos, porque la historiografía ya se ha encargado de reconstruir el pasado de acuerdo con las fuentes disponibles, y aquellas obras que acaso debieron la existencia a necesidades prácticas hoy han perdido por completo su primitiva razón de ser y quedan disponibles para una lectura desinteresada, no utilitaria ni espoleada por la búsqueda de información. Ésta es la actitud de quien lee con el mismo talante el Amadís de Gaula que la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.

Las consideraciones anteriores permiten apurar algo más los rasgos que pueden serviros para singularizar el mensaje literario. Independientemente de que en algunos casos –o en muchos– haya tenido un origen poético o informativo, ocurre que, al perder ese carácter, al romper las ataduras que lo vinculaban a unas realidades y lo convertían en su representante verbal, el mensaje se ficcionaliza, pasa a formar parte de un universo cuyos referentes no están ya en el exterior, en otra realidad, sino en la misma obra, en el contexto. La literatura es el dominio de la ficción, incluso cuando da entrada a hechos, personajes o situaciones que tuvieron existencia real. Si el general Prim, Isabel II o el caudillo carlista Ramón Cabrera aparecen en algunas páginas de los Episodios nacionales de Galdós, lo hacen conviviendo con otros personajes que jamás existieron, y automáticamente se ficcionalizan. Su coherencia se deriva a partir de ese momento de su relación con los demás elementos de la obra y no con la etapa histórica en la que vivieron unos seres del mismo nombre. Dicho de otro modo: estos personajes no tienen el significado de los sujetos cuyo nombre toman; su significado se lo proporciona la obra en que se inscriben, no la parcela de la historia española en que sus homónimos desarrollaron su vida. El asunto es aún más diáfano en el caso de personajes y acciones declaradamente ficticios. Don Quijote, Raskolnikov o K. no existen en la historia, ni han existido jamás. Son irrepetibles; pertenecen a esos mundos autónomos creados por Cervantes, Dostoievski o Kafka. Cabe pedirles verosimilitud artística, pero no fidelidad a una historia supuestamente acaecida fuera de los libros que los contienen y que recogen su única existencia.

Es bien sabido que, durante muchos siglos, los textos que hoy consideramos literarios se han difundido gracias a diversas modalidades de transmisión oral. A raíz de la aparición de la imprenta, que facilita la multiplicación rápida de ejemplares, va imponiéndose la escritura como vehículo esencial de la comunicación literaria. Prescindiendo, pues, de manifestaciones esporádicas –canciones, recitales públicos de poemas, representaciones teatrales–, casi todos los mensajes literarios que recibimos nos llegan en forma escrita y agrupados, además, en una forma determinada que admite escasísimas variantes: el libro. De igual modo que la existencia de unos significados previos en las palabras obliga al escritor a no limitarse a ellos y a intentar su enriquecimiento, la forma invariable de la página impresa ha llegado a considerarse una constricción que tiende a homogeneizar los textos y a reducir en buena medida la variedad de sus contenidos. Desde el primer Manifiesto del futurismo lanzado por Marinetti en 1909, diversas corrientes vanguardistas de nuestro siglo han tratado de romper la monotonía de la página impresa postulando muy variadas soluciones, que van desde la abolición del texto monocromático y la impresión de ciertas palabras en colores diferentes según su significado, hasta la ruptura de la disposición invariablemente horizontal y paralela de las líneas y la posibilidad de introducir líneas oblicuas –o de otra clase– que se entrecrucen y subrayen relaciones semánticas en el texto. Esto equivalía a considerar la página de un modo semejante al lienzo del cuadro: una superficie blanca que se rellena con líneas y colores. Naturalmente, la confección industrial de los libros dificultaba la realización material de muchas propuestas, y sólo algunas de ellas llegaron a tener una tímida aplicación en ciertos libros de poesía aparecidos en torno a 1920, en pleno auge de los experimentos vanguardistas.

Sin embargo, lo que no llegó a popularizarse en los libros ha alcanzado posteriormente notable desarrollo en otros mensajes de naturaleza mixta, en que los ingredientes lingüísticos van acompañados de elementos visuales, como sucede en muchas formas de la publicidad, y, sobre todo, en la historieta gráfica, donde, además del peculiar significado que transmiten los dibujos, el propio texto encerrado en el bocadillo de la viñeta se presta a manipulaciones que llegan a constituir un código elemental: letras de trazos temblorosos para indicar el miedo del personaje, o adornadas con carámbanos de hielo que indican frío sin necesidad de mención verbal explícita; desaparición de las palabras, sustituidas por unas culebras convencionales que cada lector "traduce" como juramentos y palabras soeces, o por el dibujo de una bombilla, indicio de la aparición súbita de una idea. El aprovechamiento de las posibilidades de este sistema de comunicación mixto no parece tener más límites que los de la capacidad creativa de cada autor, porque también aquí existe la originalidad y, con mayor abundancia, las reiteraciones inertes. En el "comic" norteamericano Pogo, el dibujante Walt Kelly caracterizó al personaje conservador y autoritario llamado Deacon Mushrat rotulando sus frases con letra gótica. Pero en estos casos nos hallamos fuera del territorio de la literatura, porque el peso mayor del contenido descansa en recursos visuales. En literatura, en cambio, estos elementos sólo pueden actuar, si existen, como apoyaturas secundarias. Es lógico: se trata de un arte verbal y el ámbito propio de su existencia es el lenguaje.

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En: D. Villanueva (Coord.), Curso de teoría de la literatura, Madrid, Taurus, 1994.

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