
Mario
Vargas Llosa
( Arequipa, 1936 )
El
abuelo
Cada vez que
crujía una ramita, o croaba una rana, o vibraban los vidrios de la cocina que estaba al
fondo de la huerta, el viejecito saltaba con agilidad de su asiento improvisado, que era
una piedra chata, y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no
aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a la pérgola, veía en cambio
las luces de la araña, encendida hacía rato, y bajo ellas, sombras movedizas y esbeltas,
que se deslizaban de un lado a otro con las cortinas, lentamente. Había sido corto de
vista desde joven, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si ya cenaban, o
si aquellas sombras inquietas provenían de los árboles más altos.
Regresó a su asiento y esperó. La noche pasada había llovido y
la tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos
pululaban, y los manoteos desesperados de don Eulogio en torno del rostro, no conseguían
evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus párpados
llegaban cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El entusiasmo y la
excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante el día habían decaído
y sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Tenía frío, le molestaba la oscuridad del
vasto jardín y lo atormentaba la imagen, persistente, humillante, de alguien, quizá la
cocinera o el mayordomo, que de pronto lo sorprendía en su escondrijo. ¿Qué hace
usted en la huerta a estas horas, don Eulogio? Y vendrían su hijo y su hija
política, convencidos de que estaba loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvió la
cabeza y adivinó entre los bloques de crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto
sendero que llegaba a la puerta falsa esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, al
recordar haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta, con el pestillo corrido,
y que en unos segundos podía escurrirse hacia la calle sin ser visto.
¿Si hubiera venido ya?, pensó, intranquilo. Porque
hubo un instante, a los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente en su casa por la
entrada casi olvidada de la huerta, en que perdió la noción del tiempo y permaneció
como dormido. Sólo reaccionó cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se
desprendió de sus manos, y le golpeó el muslo. Pero era imposible. El niño no podía
haber cruzado la huerta todavía, porque sus pasos asustados lo habrían despertado, o el
pequeño, al distinguir a su abuelo, encogido y dormitando justamente al borde del sendero
que debía conducirlo a la cocina, habría gritado.
Esta reflexión lo animó. El soplido del viento era menor, su
cuerpo se adaptaba al ambiente, había dejado de temblar. Tentando los bolsillos de su
saco, encontró el cuerpo duro y cilíndrico de la vela que compró esa tarde en el
almacén de la esquina. Regocijado, el viejecito sonrió en la penumbra: rememoraba el
gesto de sorpresa de la vendedora. Él permaneció muy serio, taconeando con elegancia,
batiendo levemente y en círculo su largo bastón enchapado en metal, mientras la mujer
pasaba bajo sus ojos cirios y velas de sebo de diversos tamaños. Esta, dijo
él, con un ademán rápido que quería significar molestia por el quehacer desagradable
que cumplía. La vendedora insistió en envolverla, pero don Eulogio se negó y abandonó
la tienda con premura. El resto de la tarde estuvo en el Club, encerrado en el pequeño
salón de rocambor donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las precauciones para
evitar la solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego, cómodamente hundido en
el confortable de insólito color escarlata, abrió el maletín que traía consigo, y
extrajo el precioso paquete. La tenía envuelta en su hermosa bufanda de seda blanca,
precisamente la que llevaba puesta la tarde del hallazgo.
A la hora más cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi,
indicando al chófer que circulara por las afueras de la ciudad: corría una deliciosa
brisa tibia, y la visión entre grisácea y rojiza del cielo sería más enigmática en
medio del campo. Mientras el automóvil flotaba con suavidad por el asfalto, los ojitos
vivaces del anciano, única señal ágil en su rostro fláccido, descolgado en bolsas,
iban deslizándose distraídamente sobre el borde del canal paralelo a la carretera,
cuando de pronto, casi por intuición, le pareció distinguirla.
¡Deténgase! dijo, pero el chófer no
le oyó. ¡Deténgase! ¡Pare! Cuando el auto se detuvo y en retroceso
llegó al montículo de piedras, don Eulogio comprobó que se trataba, efectivamente, de
una calavera. Teniéndola entre las manos, olvidó la brisa y el paisaje, y estudió
minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura, terca y hostil forma impenetrable,
despojada de carne y de piel, sin nariz, sin ojos, sin lengua. Era pequeña, y se sintió
inclinado a creer que era de un niño. Estaba sucia, polvorienta, y hería su cráneo
pelado una abertura del tamaño de una moneda, con los bordes astillados. El orificio de
la nariz era un perfecto triángulo, separado de la boca por un puente delgado y menos
amarillo que el mentón. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas vacías, cubriendo
el cráneo con la mano en forma de bonete, o hundiendo su puño por la cavidad baja, hasta
tenerlo apoyado en el interior: entonces, sacando un nudillo por el triángulo, y otro por
la boca a manera de una larga e incisiva lengüeta, imprimía a su mano movimientos
sucesivos, y se divertía enormemente imaginando que aquello estaba vivo.
Dos días la tuvo oculta en el cajón de la cómoda, abultando el
maletín de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde
siguiente a la del encuentro se mantuvo en su habitación, paseando nerviosamente entre
los muebles opulentos y lujosos de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza: se diría
que examinaba con devoción profunda los complicados dibujos, entre sangrientos y
mágicos, del círculo central de la alfombra, pero ni siquiera los veía. Al principio,
estuvo indeciso, preocupado: podrían ocurrir imprevistas complicaciones de familia, tal
vez se reirían de él. Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseo de llorar. A partir
de ese instante, el proyecto se apartó sólo una vez de su mente: fue cuando de pie ante
la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de agujeros, y recordó que en una época cercana
aquella casita de madera con innumerables puertas no estaba vacía, sin vida, sino
habitada por animalitos pardos y blancos que picoteaban con insistencia cruzando la madera
de surcos y que a veces revoloteaban sobre los árboles y las flores de la huerta. Pensó
con nostalgia en lo débiles y cariñosos que eran: confiadamente venían a posarse en su
mano, donde siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión entornaban los
ojos y los sacudía un débil y brevísimo temblor. Luego no pensó más en ello. Cuando
el mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenía decidido. Esa noche
durmió bien. A la mañana siguiente olvidó haber soñado que una perversa fila de
grandes hormigas rojas invadía sorpresivamente el palomar y causaba desasosiego entre los
animalitos, mientras él, en su ventana, miraba la escena con un catalejo.
Había imaginado que limpiar la calavera sería un acto sencillo
y rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que había creído que era polvo y tal vez era
excremento por su aliento picante, se mantenía soldado a las paredes internas y brillaba
como una lámina de metal en la parte posterior del cráneo. A medida que la seda blanca
de la bufanda se cubría de lamparones grises, sin que disminuyera la capa de suciedad,
iba creciendo la excitación de don Eulogio. En un momento, indignado, arrojó la
calavera, pero antes de que ésta dejara de rodar, se había arrepentido y estaba fuera de
su asiento, gateando por el suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaución. Supuso
entonces que la limpieza sería posible utilizando alguna sustancia grasienta. Por
teléfono encargó a la cocina una lata de aceite y esperó en la puerta al mozo, a quien
arrancó con violencia la lata de las manos, sin prestar atención a la mirada inquieta
con que aquél intentó recorrer la habitación por sobre su hombro. Lleno de zozobra,
empapó la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, después acelerando el ritmo,
raspó hasta exasperarse. Pronto comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz: una
tenue lluvia de polvo cayó a sus pies durante unos minutos, mientras él ni siquiera
notaba que se humedecían sus dedos y el borde de los puños. De pronto, puesto en pie de
un brinco, admiró la calavera que sostenía sobre su cabeza, limpia, resplandeciente,
inmóvil, con unos puntitos como de sudor sobre la ondulante superficie de los pómulos.
La envolvió de nuevo, amorosamente; cerró su maletín y salió del Club. El automóvil
que ocupó en la puerta lo dejó a la espalda de su casa. Había anochecido. En la fría
semioscuridad de la calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta estuviese
clausurada. Enervado, estiró su brazo y dio un respingo de felicidad al notar que giraba
la manija y la puerta cedía con un corto chirrido.
En ese momento escuchó voces en la pérgola. Estaba tan
ensimismado, que incluso había olvidado el motivo de ese trajín febril. Las voces, el
movimiento, fueron tan imprevistos que su corazón parecía el balón de oxígeno
conectado a un moribundo. Su primer impulso fue agacharse, pero lo hizo con torpeza,
resbaló de la piedra y se cayó de bruces. Sintió un dolor agudo en la frente y en la
boca un sabor desagradable de tierra mojada, pero no hizo ningún esfuerzo por
incorporarse y continuó allí, medio sepultado en las hierbas, respirando fatigosamente,
temblando. En la caída había tenido tiempo de elevar la mano que conservaba la calavera,
de modo que ésta se mantuvo en el aire, a escasos centímetros del suelo, todavía
limpia.
La pérgola estaba a unos cincuenta metros de su escondite, y don
Eulogio oía las voces como un delicado murmullo, sin distinguir lo que decían. Se
incorporó trabajosamente. Espiando, vio entonces en medio del arco de los grandes
manzanos cuyas raíces tocaban el zócalo del comedor, una silueta clara y esbelta y
comprendió que era su hijo. Junto a él había otra, más nítida y pequeña, reclinada
con cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus ojos trató
angus-tiosamente, pero en vano, de distinguir al niño. Entonces lo oyó reír: una risa
cristalina de niño, espontánea, integral, que cruzaba el jardín como un animalito. No
esperó más: extrajo la vela de su saco, a tientas juntó ramas, terrones y piedre-citas
y trabajó rápidamente hasta asegurar la vela sobre la piedra y colocar a ésta, como un
obstáculo, en el sendero. Luego, con extrema delicadeza para evitar que la vela perdiera
el equilibrio, colocó encima la calavera. Presa de gran excitación, uniendo sus
pestañas al macizo cuerpo aceitado, se alegró: la medida era justa; por el orificio del
cráneo asomaba el puntito blanco de la vela, como un nardo. No pudo continuar observando.
El padre había elevado la voz y aunque sus palabras eran todavía incomprensibles supo
que se dirigía al niño. Hubo como un cambio de palabras entre las tres personas: la voz
gruesa del padre, cada vez más enérgica; el rumor melodioso de la mujer, los cortos
grititos destemplados del nieto. El ruido cesó de pronto. El silencio fue brevísimo: lo
fulminó el nieto, chillando: Pero conste: hoy acaba el castigo. Dijiste siete días
y hoy se acaba. Mañana ya no voy. Con las últimas palabras escuchó pasos
precipitados.
¿Venía corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio venció
el ahogo que lo estrangulaba y concluyó su plan. El primer fósforo dio sólo un fugaz
hilito azul. El segundo prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin sentir dolor, lo
mantuvo junto a la calavera, aún segundos después de que la vela estuviera encendida.
Dudaba, porque lo que veía no era exactamente la imagen que supuso, cuando una llamarada
sor-presiva creció entre sus manos con brusco crujido, como de un pisotón en la
hojarasca, y entonces quedó la calavera iluminada del todo, echando fuego por las
cuencas, por el cráneo, por la nariz y por la boca. Se ha prendido toda,
exclamó maravillado. Había quedado inmóvil, repitiendo como un disco: Fue el
aceite, fue el aceite, estupefacto, embrujado, ante la fascinante calavera enrollada
por las llamas.
Justamente en ese instante escuchó el grito. Un grito salvaje,
un alarido de animal recién atravesado por muchísimos venablos. El niño estaba delante
de él, con las manos alargadas frente al cuerpo y los dedos crispados. Lívido,
estremecido, tenía los ojos y la boca muy abiertos y estaba ahora mudo y rígido pero su
garganta, independiente, hacía unos extraños ruidos, roncaba. Me ha visto, me ha
visto, se decía don Eulogio, con pánico. Pero al mirarlo supo de inmediato que no
lo había visto, que su nieto no podía ver otra cosa que aquel llameante rostro de
huesos. Sus ojos estaban inmovilizados, con un terror profundo y eterno retratado en
ellos, firmemente prendidos al fuego. Todo había sido simultáneo: la llamarada, el
aullido espantoso, la visión de esa figura de pantalón corto súbitamente poseída de
horror. Pensaba, entusiasmado, que los hechos habían sido más perfectos incluso que su
plan, cuando sintió cerca voces y pasos que avanzaban y entonces, ya sin cuidarse del
ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero, destrozando con sus pisadas
los macizos de crisantemos y rosales que entreveía en la carrera a medida que lo
alcanzaban los reflejos de la llama, cruzó el espacio que lo separaba de la puerta. La
atravesó junto con el grito de la mujer, estruendoso también, pero menos puro que el de
su nieto. No se detuvo, no volvió la cabeza. En la calle, un viento frío hendió su
frente y sus escasos cabellos, pero no lo notó y siguió caminando despacio, rozando con
el hombro el muro de la huerta, sonriendo satisfecho, respirando mejor y más tranquilo.
(1959) |