
José
Antonio Róman
( 1873 - 1920 )
El
cuaderno azul
Una espléndida
noche de luna, vagando por las calles de la ciudad, hallé en la acera un cuaderno de
tafilete azul con abrazaderas de níquel. Una vez que estuve en mi estancia, lo leí
atentamente: eran tristes confidencias de un alma que sufrió mucho, gemidos arrancados
por la desesperación y vaciados en aquellas páginas cuajadas de una letra menuda, muy
delgada y de rasgos complicadísimos, reveladores de una fina neurosis.
No sé si tengo derecho para entregar a la curiosidad de los
lectores esta tierna memoria; pero son tan sugerentes esos párrafos vibrantes de extraño
subjetivismo y llenos de dulce melancolía, esos estados de alma descritos sencillamente y
en un estilo abandonado, que no puedo resistir a la tentación de publicarla, alterando
las fechas, ocultando los nombres propios y reduciendo a unas cuantas páginas todo aquel
memorial íntimo.
Marzo 18
¡Cómo caen con triste lentitud los copos de la nieve,
interminables y tembladores! Una infinita melancolía se desprende insensiblemente de
tantas cosas blancas: la campiña, las casas y los lejanos montes. Esta blancura
desesperante que por todas partes me rodea, oprime angustiosamente mi corazón: tengo
frío y pena.
Y en las noches, al cubrirme con las abrigadoras frazadas de mi
lecho, dominada por invencible miedo, silbos inauditos del viento, horrísonos estampidos
de la tormenta, pueblan mi imaginación de espantosas pesadillas que me despiertan presa
de convulsivos sollozos. Por las mañanas al contemplar en el espejo la horrible palidez
que en mi rostro dejan los terrores nocturnos, reviven en mí raras ideas de desolación y
muerte: creo en una horrible desgracia que amenaza a mi hogar y a cada instante, a medida
que transcurren las horas y mi marido no regresa pronto, presiento no sé qué desdicha. Y
si repentinamente unos brazos me enlazan por el talle, mientras unos labios ansiosos
sofocan el grito de espanto que iba a lanzar, un calofrío de terror recorre mis miembros
y mi cuerpo laxo, casi desfalleciente se dejar llevar sin oponer resistencia. Entonces, mi
marido, sentándose a mi lado en el sofá y acariciando entre sus manos las mías, exclama
burlonamente: ya están los nervios en danza, pequeña mía; ya empieza la nieve a
enfermarte. Y en efecto, la nieve me mata silenciosa y lentamente, así como se
abate sobre los campos.
Me siento poseída fuertemente por la nevada incesable y
abrumadora; yo no quisiera morir entre esta nieve. ¡Cómo tendría frío bajo mi cruz de
hierro allá en un blanco rincón del cementerio!
Y las tétricas visiones, que rondan la cabecera de mi cama
durante las noches glaciales, parecen sonreírse irónicamente de mis dolores, y
agitándose extravagantes extienden sus flotantes velos, como si quisiesen formarme un
inmenso sudario. ¡Dios mío!, qué triste es morir entre estas grises brumas y bajo la
nieve que cae pausada y sin ruido, así como la tierra sobre el ataúd.
Marzo 25
Al cabo de algunos días abandoné el lecho, y al abrir las
ventanas de mi aposento el blanco reflejo de la nieve hiere mi vista. Entonces, no he
podido contenerme y un llanto profundo y desolador ha brotado de mi pecho. Esto me
consume. Pienso, por vía de contraste, en mi ciudad natal, alegre, siempre cálida, y en
cuyo cielo de un hermoso azul sereno luce brillante el sol; yo desearía ahora un poco de
luz y calor; eso bastaría para alejar de mi espíritu esta perdurable niebla.
En estas horas de desencanto acuden consoladores a mi mente
felices recuerdos de mi infancia pasada en Lima, toda iluminada, exhalando alegría, y veo
dibujarse su aspecto de ciudad antigua y extraña, mostrando sus vetustas casas llenas de
venerables leyendas y sus templos polvorientos y alborotadores con sus cascadas campanas.
En una inolvidable noche buena, entre el estallido de los cohetes
y el rebullicio de la gente, en los portales resplandecientes de luz eléctrica, conocí
al que es hoy mi esposo. ¿Cómo no sentirme impresionada con aquel rostro de nobles
facciones, con aquellos ojos grandes, profundos y soñadores? Y mucho tiempo, antes de
cerrar los párpados, tuve ante mis ojos la grata visión de sus rubios y sedosos bigotes.
Poco después éramos novios; y más tarde, en una clara y estrellada noche de verano,
unimos nuestros destinos ante el altar de la Iglesia de la Recoleta. Numerosa
concurrencia, efusivos apretones de mano, abrazos prolongados y cariñosos de amiguitas
íntimas, carreras estruendosas de los carruajes que hacían temblar los vidrios de las
ventanas y detenerse, sorprendidos, a los pacíficos burgueses, todo aquello pasa ahora en
confusión por mi rubia cabecita. Pero, ¡cuán lejanos están esos cuadros de felicidad!
Nunca podré olvidarme del viaje en ferrocarril, que hicimos
meses después; mi marido, un joven ingeniero, había obtenido un ventajoso empleo en una
mina cerca del pueblo de Yauli. Partimos muy de mañana entre una menuda llovizna que
humedecía las aceras y ráfagas de viento helado; el tren nos llevaba velozmente haciendo
deslizarse, como sombras de ensueño, el río rumoroso, las blancas haciendas y los
silbadores cañaverales. Sólo un recuerdo conservo fijo y tenaz, imborrable a pesar de
mis presentes dolores: el cementerio muy basto sombreado por el ramaje de los cipreses y
geométricamente dividido en cuarteles que mostraban huecos oscuros y amenazadores; allí
dormía mi padre su postrer sueño; no le conocí bien; pero mi madre dice que me quiso
mucho.
Siento pasos. Es mi marido que llega, y como siempre contento,
ensordeciéndome con su voz timbrada y robusta. Le escucho cantar su romanza favorita: La
donna é mobile. Me hacen horrible daño esas notas de júbilo, me parece percibir en su
canción no sé qué incógnita ironía. ¿Sería capaz de burlarse de mis sufrimientos?
¡Bah!, como todos los hombres, no es más que un simple egoísta. Se aproxima a mi
estancia, ocultaré mi cuaderno...
Mayo 12
Hoy a la hora del almuerzo una crisis de nervios me sacudió
profundamente. La provocó mi marido. Estábamos frente a frente; por la abierta ventana
del comedor entraba la regocijadora luz del mediodía, que hacía espejear a las copas y
ponía fantásticas aureolas en torno de los platos. De la pulida hoja de un cuchillo,
partía un vivo fulgor que yendo a iluminar su cara acentuaba con distinción sus
vigorosas facciones. Comía con voraz apetito; sus mandíbulas se dislocaban entregadas a
la masticación y en sus ojos brillaba un grosero bie-nestar. En aquel momento se apoderó
de mí un intenso odio, y comprendí al hombre en todo lo que tiene de más abyecto y
repugnante. Después de beber el vino, limpiándose las extremidades de su bigote, me
envió una afectuosa sonrisa que sublevó mi asco, y con infinito pesar, poseído mi
espíritu por una desoladora tristeza, pensé en la multitud de veces que esos labios
sanguíneos, gruesos, relucientes por la grasa de los aliemntos, habían saciado en los
míos su sed de placer.
Me detestaba a mí misma por haber sido la esclava sumisa a sus
menores caprichos e instintivamente me miré las manos, figurándome descubrir en ellas
las máculas dejadas por su contacto. ¡Cómo me mortificaba el recordar que el mismo
espasmo, que la misma convulsión erótica había hecho vibrar nuestros organismos!
Alrededor de la mesa había un aire de combate, un espíritu de
discordia, que sellando nuestros labios tornaba penosa nuestra situación. Y el ruido de
su tenedor al chocar con el cuchillo, el argentino rumor de las botellas al ser removidas
por sus manos, despertaban en mí una sorda ira; por el lento chisporroteo de los
encendidos cirios. Y presa del desvarío creí que en medio de mi alcoba, dibujada sobre
el suelo de su rígida silueta, tapado con un blanco sudario, yacía un cadáver. ¿Era
él?, ¿era yo? No pude distinguir bien, pero un calofrío de muerte recorrió mis nervios
e hizo erizarse a mis cabellos...
Mayo 30
Algo nuevo que no sean lamentaciones de un alma enferma, tengo
hoy que escribir. Hay huésped en la casa. Llegó anoche cuando concluíamos de comer y
acababa yo de recogerme. Solamente esta mañana nos hemos conocido; su aspecto es
simpático y su rostro, afable.
Ha sido antiguo condiscípulo de mi esposo. Al recorrer estos
lugares se le había ocurrido la idea de hacer una visita al viejo amigo, cumpliendo al
mismo tiempo un encargo que para mí recibió de mi familia. Me entregó varias cartas y
un pequeño obsequio debido a la inagotable ternura maternal. Todo esto lo dijo
sonriéndose y acariciando sus finos bigotes de un intenso color negro, que resaltaba en
la blancura clorótica de su cara.
Le di las más efusivas gracias, y deseosa de leer los caros
renglones escritos por la temblona mano de mi madre, me retiré discretamente, dejándole
entregado a una amena charla con mi marido.
¡Luego, saboreé aquellas amadas frases con esa ansia febril con
la que el calenturiento bebe la pócima refrescadora. ¡Ah!, bien necesitaba yo aquel
dulce lenitivo, de la horrenda tempestad moral que había conmovido mi alma. También
había cartas de mis hermanas y una de ellas, Clarita, mi predilecta, con quien jugaba a
las muñecas a pesar de mis años, me enviaba sus primeros garrapatos gruesos, borrosos,
pintándome con sus palabras mal escritas un enternecedor cariño filial. Muchas veces
entre caricaturescos borrones de tinta, veíase repetida la frase mamita mía;
luego con esa encantadora volubilidad de la niñez, sin omitir los menores detalles de sus
aventurillas, me lo contaba todo.
Y pensé en mi buena madre con su aire dulce y tranquilo,
lanzando aquí una expresión afectuosa, allá una suave reprensión al vigilar las
labores domésticas, siempre atareada y risueña. Veía a mis hermanas crecer en belleza y
virtudes, prontas a transformarse en amantes esposas, ingenuamente confiadas en los goces
conyugales. Enseguida, contemplaba la catástrofe subitánea e inevitable. Entonces,
sintiendo una horrible amargura, odiando la vida tan llena de iniquidades, queriendo
arrebatar a la desgracia algunas cuantas víctimas, formé el firme propósito de que esta
ligera narración de mis desdichas, como las confidencias de una amada amiga, fuese
después de mi muerte a las manos de mis hermanas.
Fui a almorzar. Una claridad radiante que hacía vibrar los
dorados átomos de polvo bañaba el comedor en una oleada de alegría. Sobre el
deslumbrador mármol del aparador, deslizándose entre los vasos, un rayo de sol se
deshacía en espesos haces de mágicos colores.
El ambiente tibio y luminoso y la dicha que brillaba en todos los
rostros, me dieron la ilusión de que aún podía ser dichosa.
Junio 16
¡Qué extraños sentimientos me han turbado estos días! Y aun
ahora mismo, rodeada de no sé qué misteriosa niebla que me impide ver claro, con suma
dificultad puedo dar una mirada retrospectiva a los sucesos acaecidos. Me ha causado
horror la contradictoria complejidad del corazón humano. Nunca puede saberse cuál será
la última pasión que conmoverá las fibras de esa entraña. ¡Qué desengaño tan
doloroso he experimentado! Y yo que había escrito que no volvería a recuperar la fe
perdida, que me consideraba con íntimo orgullo libre ya de nuevos amores, he estado a
punto de claudicar. Deben existir en el ser humano nervios indomables que le incitan
impetuosamente en presencia de las suciedades de la vida; yo he sentido algo así como un
repentino mareo, como una especie de rápida atracción.
¡Iba a caer con él! Con un cualquiera a quien apenas conozco.
Me han dicho que es un espíritu culto, un literato que viaja por la cordillera recogiendo
impresiones de esta vida agreste y dura.
Su aspecto físico es en verdad seductor; pero su alma, ¿quién
podría descifrar el enigma que encierra? Y él es muy insinuante; tiene en sus negros
ojos y en su voz de un timbre armonioso, con inflexiones casi femeninas, un encanto
singular.
Fuimos amigos íntimos. Casi todas las tardes, envueltos en esa
difusa semioscuridad de los postreros instantes crepusculares, admirando los dorados
lampos que se prendían afanosamente en los lustrosos marcos de las pinturas, colgadas en
la pared, y en la pantalla de la gran lámpara del salón, atenuando nuestras voces como
si temiésemos interrumpir no sé qué religiosa abstracción, nos confiábamos nuestros
mutuos pesares. Con acento fatigado, expresando una infinita y desgarradora melancolía,
poniendo vibraciones de alma en cada frase, narrábame él todas sus amorosas angustias,
toda su penosa existencia envenenada insensiblemente por un inexorable hastío que había
hecho palidecer su cara y puesto en sus pupilas un trémulo fulgor de fuego fatuo, que
atraía a la mente tristes recuerdos de inmensas desdichas. Y ardientes pasiones jamás
comprendidas por la frivolidad de algunas mujeres, tempestuosas crisis morales de aquellas
que matan o enloquecen, heroicas abnegaciones ante el puro culto del ideal, en una
palabra, todos sus ensueños y esperanzas pasaron delante de mis ojos, rebosantes de vida.
¿Qué rara emoción destruyó la serenidad de mi espíritu y me
hizo fijar en él una mirada tierna y compasiva? Vi un hermano en ese desventurado. Y
lentamente, a medida que transcurría el tiempo y nuestra intimidad era más dulce y
expansiva y coincidíamos mejor en sentimientos e ideas, fue naciendo en mí un vago
afecto hacia ese corazón que creía gemelo del mío. Ansiosa de felices días, esperando
una mágica resurrección en mi sentimentalismo, me aferré desesperadamente a esa idea
redentora; porque yo estaba en la misma situación horrible del náufrago a quien amenazan
de cerca las rugientes olas y que, sin embargo, no resignándose a morir, aún espera
vislumbrar en la brumosa lejanía la vela de salvación. Y era que a mí me horrorizaba
ese desencantador nihil que a manera de un broche maldito iba a cerrar mi vida; yo aún
quería creer en algo.
Estaba mi alma bastante prevenida contra el amor y sus
vulgares satisfacciones para volver a caer en él, así es que este suave afecto,
aumentando más cada día, llegó a convertirse en una dulce y casta amistad amorosa.
Quizá esta frase no baste para definir con la debida exactitud mi nuevo y extraño
sentimiento; pero la brevedad de este memorial me impide entrar en largos análisis
psicológicos. Tuve para con él todos los exquisitos cuidados y encantadoras delicadezas
que reclama el amigo cruelmente herido por incurable dolencia, siempre realzados por mis
más puras y sugerentes sonrisas, por mis más espirituales miradas engendradoras de
místicas fantasías. Estas relaciones galantemente platónicas, libres de los
remordimientos de la torturadora falta, me infundieron una especie de embriaguez
intelectual en que mi corazón, descubriendo en sí mismo desconocidas virtudes, se
conmovía y gozaba con las inefables emociones del amor exento de los transportes indignos
y de las fealdades de la pasión.
Junio 28
Terriblemente excitada, reprimiendo a duras penas mi ira, escribo
nerviosa estos renglones. Esta misma noche ha terminado mi ensueño; la grosería de los
instintos humanos me ha despertado bruscamente.
Recuerdo que, poseída por una súbita fantasía, le propuse dar
un paseo a orillas de la laguna Morococha, que desde nuestras ventanas veíamos
resplandecer con bizarro colorido. Por entre los agudos y altísimos picachos de los
Andes, con majestuosa lentitud, ascendía la luna pálidamente argentada. En el azul
sombrío del cielo, como soberbias rosas de luz, magníficas, centelleaban las
constelaciones.
Y al vagar en torno de la laguna, idéntica exclamación de
asombro brotó de nuestros labios: aquellas aguas oleosas, estancadas, casi sin
movimiento, se dividían en zonas irregulares decoradas con raros colores. Cerca de
nosotros, muy suave, se extendía un dulce color rosa que hacía pensar en adorables
países de ilusión; luego, un ligero matiz azul claro esparcía un leve resplandor de oro
al ser herido por los rayos de la luna; y por último, formando horizonte, un verde tenue,
casi diáfano, traía esperanzas a nuestras doloridas almas.
¡En qué pensábamos? Había en mis ademanes un encantador
abandono y apoyada en su robusto brazo seguía con maternal ternura la dirección de su
mirada entristecida y soñadora. Repentinamente, volviéndose hacia mí empezó a hablar
con insólito ardor, cogiendo con pasión una de mis manos, mientras sus pupilas
desprendían raros fulgores que me daban miedo. Y la serenidad luminosa de aquella noche,
el ambiente puro y refrescador y sobre todo su timbrada voz con dejos de cansancio y
melancolía influyeron sobre mis nervios, predisponiéndome a la piedad. Me pareció
demasiado cruel destrozar su última ilusión. Podía amarme cuando quisiese si ello
bastaba para curar su alma enferma; por lo que hacía a mí, era ya ineficaz el remedio.
¿Qué motivó en él ese impulso irreflexivo, brutal? ¿Qué
demonio de sensualidad trocó al respetuoso amante en la bestia espoleada ciegamente por
el deseo? Sólo recuerdo, así como en un sueño, una brusca presión en mi brazo, un beso
cálido y trastornador en mis labios, que encendiendo en mí una inmensa cólera hizo que
mis manos golpeasen rudamente su rostro; mientras que, olvidándome de mí misma, le
injurié con encarnizamiento. Un doble odio me dominaba: hacia mí por haber creído en
afecciones puras y elevadas, y hacia él por su indigna farsa de honradez y de virtud.
Después, me encontré sola, en pie en la orilla, entregada a melancólicas reflexiones,
mientras a lo lejos, perdiéndose lentamente en la bruma, se retiraba él pensativo.
Junio 29
Anoche mismo partió, pretextando un asunto urgentísimo. Huye a
ocultar su vergüenza y remordimiento. ¿Pudo imaginarse sinceramente que nuestras castas
relaciones iban a terminar en el adulterio banal y repugnante? Esa sola idea me da asco y
subleva mis nervios.
A pesar de todo, una honda melancolía lacera mi alma: he
fracasado lamentablemente en mi última prueba. Ahora, ya puede el desencanto tender sobre
mí su negro velo, ya pueden las desesperanzas, los amargos tedios que hacen insoportable
la existencia cuando está desprovista de alguna ilusión, empujarme con suavidad hacia la
muerte. Estoy cansada y enferma; ya no me resta ideal alguno, así es que ya puedo buscar
el consolador reposo de postrer sueño...
Así concluía bruscamente ese memorial; pero excitada mi
curiosidad, deseoso de saber el fin de aquella lama tan llena de complejos sentimientos,
procuré recoger datos. Averigüé que había muerto después de algunos meses después de
su último desengaño, víctima de una singular enfermedad que los médicos dijeron ser
una especie de anemia neurasténica.
Yo me imaginaba el doloroso desenlace y tanto más inevitable
cuanto que ella llevaba en el corazón una herida mortal. Y se dejaba morir en medio de la
imperturbable blancura de la nieve; con fúnebre gozo se sentía agonizar, encerrándose
en un orgulloso mutismo, demasiado altiva para proferir la menor queja. En esta heroica
resolución había un no sé qué de sublime y de extravagante.
Y en horrible día de invierno la llevaron en un sencillo ataúd
al humilde cementerio de Yauli. Hubo muy pocos amigos y mucha nieve. Y en la recién
abierta fosa que aguardaba sus despojos mortales, revueltos con las primeras paladas de
tierra húmeda, cayeron temblosos e invasores los copos de la nevasca lenta e incesable.
(1916)
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