
Clemente Palma
( 1872 - 1946 )
Una historia vulgar
Un joven médico
francés me refirió una historia trágica de amor, que se quedó vivamente grabada en mi
memoria y que hoy refiero casi en los mismos términos en que la escuché:
Hela aquí:
Ernesto Rousselet era un muchacho que intimó conmigo en virtud
de no sé qué misteriosas afinidades. Era lorenés y de una familia protestante. Fui el
único amigo a quien amó y con quien tuvo verdadera intimidad. Era, sin embargo, de una
educación, de un carácter y de un modo de pensar muy distintos a los míos; más aún,
completamente opuestos. Ernesto era un puritano: por nada del mundo dejaba de ir los
viernes a los oficios y los domingos a oír la lectura de la Biblia en una capilla
luterana. A veces le acompañaba yo, y, a pesar de mi espíritu burlón, no podía menos
de respetar la honradota fe de mi buen amigo. Ernesto era serio, incapaz de una
deslealtad, y su alma noble de niño grande, se transparentaba en todos sus actos y
brillaba en la mirada de sus grandes ojos azules, en sus francos apretones de mano, y en
la dulzura y firmeza de su voz. Nada de esto quiere decir que Ernesto fuera bisoño y
meticuloso, ni que se asustara con las truhanadas propias de los mozos, ni que fuera un
mal compañero de diversiones. Cierto es que a muchas asistía sólo por complacerme. Uno
de los grandes placeres de Ernesto era hacer conmigo excursiones en bicicleta, de la que
era rabioso aficionado.
Por más que me esforcé en convencer a Ernesto de que el hombre
era ingénitamente perverso y de que la mujer, cuando no era mala por instinto, lo era por
dilettantismo, no lo conseguí. El buen Ernesto no creía en el mal; decía que los
hombres y las mujeres eran inmejorables, y que la maldad se revelaba en ellos como una
forma pasajera, como una condición fugaz, como una crisis efímera, debida a una
organización social deficiente; como una ráfaga que pasaba por el alma humana sin dejar
huellas; la maldad era, según él, un estado anormal como la borrachera o la enfermedad.
Nada más curioso que las discusiones que teníamos, ya en mi
cuarto, ya en el suyo; él, queriendo empapar mi alma en su condescendiente optimismo; yo,
tratando de atraerle a mi humorismo, o mejor dicho, a mi pesimismo complaciente también.
La conclusión era que nos convencíamos de la ineficacia de los esfuerzos de nuestra
dialéctica, y que encima de nuestras divergencias brillaba más que nunca la luz pura de
nuestra amistad.
Jamás se permitió Ernesto el lujo de tener una querida. Pensaba
que ello era vincular demasiado a una mujer con nosotros por medio de lazos inicuos, y una
vez dentro del laberinto impuro, ya no había más puerta de salida que la infamia del
abandono. No se cansaba de censurarme que yo tuviera una amiga.
Eres un loco me decía, en amar así con tanta
prodigalidad. Llegarás a viejo con el alma brumosa y el cerebro y los nervios agotados;
llegarás a viejo sin conocer amor puro, el verdadero amor con sus delectaciones
espirituales, más duraderas, más hondas y más nobles que el amor epidérmico de que
hablaba Chamfort. Conocer mucho a la mujer en ese aspecto es aprender a despreciarla.
Conocer el alma de la mujer le respondía yo,
es despreciarla más aún. Pero ¿crees tú, Ernesto, que una amiga es sólo un animal de
lujo, una muñeca con la que se simula el amor? He ahí tu error. Quizá lo que menos
huella hace en un hombre, es lo que tú consideras como principal fin de este género de
relaciones. El verdadero goce es el mero convencimiento de la posesión absoluta de una
mujer; es saber que somos amados y deseados; es sentir, mientras estudiamos (Ernesto y yo
éramos entonces estudiantes de medicina), el pasito menudo de una mujer joven y hermosa,
que voltejea en torno de nuestra mesa de trabajo; es la satisfacción que sentiría un
cazador de raza al dormitar con las manos metidas dentro de las lanas de su perro; es un
placer psíquico, aquel de sentir, en medio de una disertación sobre un cistosarcoma o
una mielitis, que unos brazos sedosos enlazan nuestro cuello, y una boca, sabia en amor,
nos besa en los labios; es reñir y hasta injuriar a una mujer o sufrir sus genialidades y
sus nervios, y satisfacer sus caprichos y exigencias; y más que todo eso, es tener la
conciencia de que todo ello lo soportamos porque nos da la gana, y en cualquier momento
que se nos antoje podemos poner a esa mujer de patitas en la calle. Todo esto y mucho más
es el goce que nos proporciona la querida, y que tú no conoces, Ernesto. Crees que esto
es el amor incompleto y deformado, porque no tiene la inefable ternura, la fe, el respeto
mutuo, el cariño espiritual
Convengo en algo de lo que me dices, por más que esos
elementos inmateriales del amor a la amada, no sean completamente ajenos al amor por la
querida. Pero a mi vez te pregunto yo: ¿ese cariño que tú preconizas es completo,
careciendo de aquello que censuras? Indudablemente que no. Y entre dos amores incompletos,
prefiero aquel en que lo que falta es el ensueño a aquel en que lo que falta es la
realidad.
Es que casándote después de haber amado con el corazón,
obtienes el complemento perfecto, salvándote de las infamias de la inmoralidad y de los
inconvenientes del vicio.
Te agradezco, Ernesto, el buen deseo, pero pienso no
seguirlo en mucho tiempo. Opto por mi sistema, que tiene los goces del amor y carece de
los horrores de la vinculación legal.
A pesar de la intimidad que nos unía, jamás había querido
Ernesto explayarse conmigo sobre sus relaciones con unas muchachas que vivían en la misma
casa que él, en la calle Marbeuf. Probablemente temía que yo formulara algún juicio
torcido o arriesgara alguna broma subida que le habría hecho sufrir. Una noche, un amigo
le hizo al respecto no sé que alusión, y Ernesto se ruborizó como una niña.
Estaba yo una tarde escribiendo a mi familia, mientras que mi
arpista, una buena muchacha que me hacía compañía, ensayaba en la alcoba un trozo
difícil de Tristán e Isolda, cuando entró Ernesto pálido y convulso. Me echó los
brazos al cuello y se puso a llorar. Nunca he oído sollozosos más angustiosos y que
expresaran un dolor más agudo.
¿Qué es eso, Ernesto, amigo mío?.. ¿Qué tienes?
¿Cartas de Lorena?.. ¿Alguna mala noticia sobre tus padres? le pregunté
consternado.
No, no
Hizo un poderoso esfuerzo para tranquilizarse y, cuando lo
consiguió, me refirió en voz baja que a ratos se enronquecía, el motivo de su
desesperación.
Hacía siete años que era amigo íntimo de dos muchachas
llamadas Margot y Suzón Gerault, muchachas muy dignas que vivían con cierta comodidad,
debido a una renta de 8,000 francos anuales que producía un inmueble rústico que tenía
su padre. Este era un buen señor que, desde que cegó, no quiso salir a la calle, y la
vida sedentaria le había hecho engordar hasta la obesidad. Sus hijas le adoraban, y su
esposa era una señora muy pequeñita y activa. Ernesto había ido a vivir al piso
superior y todas las mañanas, al dirigirse al Liceo primero, y a la Facultad después,
veía a las niñas alegres y cariñosas mirando al pobre enfermo. Al poco tiempo ya era
amigo de la familia Gerault y pronto intimó. Posteriormente, iba Ernesto todas las noches
a leerle el periódico al papá ciego. Cada vez quedaba Ernesto más hechizado de la
sencillez de esa familia, de la sincera cordialidad con que le trataban y de la ingenuidad
e inocencia de Margot y Suzón. Ernesto no tenía hermanos y se encontró con que París
le ofrecía un hogar, donde halló afectos que no tuvo en su fría Lorena.
Margot y Suzón le consultaban todo; a veces salían con él a
hacer compras, y algunos domingos iban con él y varias amigas a jugar el cricket a una
pradera en Neuilly. Margot era seria; Suzón alegre y bulliciosa, una locuela, un ángel
lleno de diablura. Margot era una rubia reflexiva de carácter enérgico; tenía unos ojos
verdes, misteriosos, de mirada dura que siempre parecían investigar la intención
recóndita de cada frase escuchada.
Como Margot tenía un criterio frío y sereno, la consultaban sus padres para todo: era en
realidad el ama de la casa. Suzón, no tan rubia, tenía dos años menos, y era alocada y
precipitada en todo: tenía encantadoras vehemencias que le iluminaban la cara y le
hacían brillar los ojos de cervatilla. A cada momento Suzón estaba haciendo jugarretas a
Ernesto, y nada había más delicioso que sus carcajadas cristalinas.
Una noche, Ernesto se sintió enfermo; pero como estaba tan
acostumbrado a ir al departamento de la familia Gerault a leer el periódico al anciano
ciego, fue también esta vez. Estaba pálido y febril, pero procuraba ocultar su malestar.
Margot le observaba atentamente y le dijo en voz baja a su hermana:
Mira, Suzón, Ernesto está enfermo y, sin embargo, ha venido a leerle el
periódico a papá
Suzón se levantó, corrió donde estaba Ernesto, y dándole un
sonoro beso en la frente le dijo con adorable vehemencia:
¡Qué bueno eres, Ernesto!..
El pobre mozo desde este momento se sintió realmente enfermo, o,
mejor dicho, comprendió que su dolencia física era insignificante al lado de la dolencia
moral que desde hacía tiempo le aquejaba sin que ello hubiera notado: el amor; estaba
enamorado, no de Margot, cuyo carácter tenía más afinidades con el suyo, sino de
Suzón, la vivaracha y revoltosa. Aquello de la fraternidad que la unía con las hermanas
Gerault, era una superchería que su pasión había inventado solapadamente para penetrar
de un modo artero en su corazón, con el objeto de prevenir los reproches que le hubiera
hecho su honradez. Sí, él amaba a Suzón, no como a hermana, sino como a amante, la
adoraba como novia, la deseaba como mujer
En los cinco días que duró su enfermedad, y en los que tuvo que guardar cama, la señora
y las señoritas Gerault le cuidaron con cariño y asiduidad. Cuando se levantó, ya
Suzón y él se habían confesado mutuamente su amor; él, con el respeto y tímida
ternura de su alma honrada; ella, con la vehemencia de su carácter, con el fogoso
apasionamiento con que lo hacía todo.
Suzón adoraba los niños; dos o tres chicuelos que vivían en
uno de los pisos de la casa, la llevaban confites al regreso de la escuela, y Suzón les
correspondía con sonoros besos en las mejillas, y llevándoles a su cuarto a jugar.
Suzón y Ernesto eran novios; se casarían cuando él se recibiera de médico. Por
aquella época llegó a París una tía de Suzón que venía de una ciudad de Auvernia.
Era una señora que hablaba un patois incomprensible. Se alojó en casa de los Gerault con
sus tres hijos: una niña de doce años, un mozalbete de quince y otro de trece. Estos
huéspedes fueron una contrariedad para Ernesto, pues los tres muchachos no estaban sino
adheridos a las faldas de su prima Suzón, cuyo carácter jovial y travieso les encantaba,
y por tanto dejaban a los novios muy pocas ocasiones de hablar de su amor y de sus
proyectos. Los tres muchachos eran algo pervertidos para su edad, pues, apenas veían que
Suzón y Ernesto conversaban en voz baja, se hacían guiños maliciosos, por lo que éste
les profesaba muy cordial antipatía.
Una noche, mientras Ernesto leía el periódico al ciego, oyó
que las señoras y las niñas concertaban una visita al Louvre y al Luxemburgo; la
provinciana quería conocer algunas de las maravillas de París para embobar allá, en su
caserío de un rincón de Auvernia, al cura, al alcalde y al boticario. Ernesto oyó con
gran gusto que su novia se quedaría con el ciego.
A las dos de la tarde del día siguiente bajó Ernesto para
charlar un rato con Suzón. Ya habían salido la provinciana con la señora Gerault,
Margot y la primita, y probablemente los dos muchachos. Ernesto entró a la sala: allí
estaba el ciego dormitando en un diván. Ernesto no quiso despertarle y penetró en las
habitaciones interiores. Llegó a la habitación de Suzón; supuso que ella estaría
también recostada dormitando. Pensó volver más tarde en consideración a su sueño;
pero ¡bah!, Suzón preferiría conversar. Empujó la puerta y entró
¡Ojalá se
hubiera caído muerto en el umbral! Regresó, pasó nuevamente cerca del ciego que
dormía, bajó las escaleras y salió a la calle como si nada hubiera pasado. Sentía, sin
embargo, que algo le hervía sordamente dentro de su ser, sentía como si algo se le
hubiera muerto y podrido en un segundo. ¡Oh puerilidades de la imaginación que evoca
asociaciones a veces ridículas hasta en las situaciones más amargas! Ernesto recordaba
persistentemente una ocasión en la que fue al gabinete de un dentista para que le
hicieran una pequeña operación en la mandíbula inferior, en donde se le había
producido una exóstosis en la raíz de un diente. El cirujano le inyectó una buena dosis
de cocaína que le anestesió completamente la región enferma. Ernesto sabía que el
bisturí y la sierra le destrozaban los huesos y los músculos y, sin embargo, no sentía
dolor alguno. Ese mismo fenómeno, pero en el orden moral, se realizaba en él. Sabía que
todas sus ilusiones las había destrozado esa mujer, y no sentía el dolor. Y mientras
Ernesto iba a la calle Marbeuf, a mi casa, pensaba en banalidades, deteniéndose en las
tiendas, observando a los ciclistas y atendiendo a los incidentes mil que se realizan en
las calles, y que en otra ocasión le encontraban distraído. Al llegar a la puerta de mi
casa, sintió como una bofetada en medio del corazón, y su alma, en una espantosa
reacción de dolor, se dio cuenta completa del cataclismo de su amor.
Después de haber sollozado un rato en mis brazos y de haberse
repuesto, me contó lo que acabo de referir. Su rostro pálido y noble tenía la
expresión de una infinita tristeza.
Durante tres días durmió Ernesto en mi casa, y obligué a mi arpista a que no viniera
por algún tiempo. Ernesto tenía horror a su cuartito del tercer piso de la calle
Marbeuf. Una noche me decía:
¿Quién le leerá el periódico al pobre viejo?.. Pero no,
no quiero ir, porque siento que la amo y que la perdonaría a pesar de todo; bastaría que
la viera para que este maldito amor me hiciera ver como cosa inocente la infamia que ha
cometido. Me volvería sutil para perdonar. Ella me diría con ese aire de ingenua
pasión: Te amo, Ernesto, y lo que tanto te ha hecho sufrir fue una calumnia de tus
sentidos. Y yo pensaría que realmente soy un calumniador. No, no quiero verla más.
¡Pobre Ernesto! No hay mayor infortunio que amar a una mujer a
quien se desprecia. Una noche no fue a dormir a casa. Pensé que mi buen amigo había
optado por creer que el alma de su novia continuaba inmaculada, a pesar de lo que había
sucedido, y que al fin había regresado a leerle el periódico al ciego. La cree un
cisne, cuyas alas blancas y oleosas ni se mojan ni se manchan en el fango. ¡Bah!
¡Debilidades humanas! Probablemente mañana escribiré a Ivette que ya puede regresar.
Mas no había sido así. Ernesto, antes que transigir con su amor, había optado por
el medio más tonto, es cierto, pero el más sencillo y eficaz para extinguirlo: matarse.
Se encerró una noche en una casa de huéspedes, tapó las rendijas de las puertas y
ventanas, puso bastante carbón en la estufa e interrumpió el tiro de la chimenea. No le
bastó eso, porque estaba resuelto a poner fin a su pasión y tomó una buena dosis de
láudano y atropina; tampoco le satisfizo: quería morir del modo más dulce posible:
colgó de la cabecera de la cama un embudo con algodones empapados en cloroformo; puso su
aparato de modo que cada 15 ó 20 segundos cayera una gruesa gota en un lienzo que ató
sobre sus narices; la absorción del líquido mortífero fue continua durante el sueño de
Ernesto, ese sueño que era la primera página de la muerte
¡Pobre Ernesto! ¡Qué
uso tan triste hizo de la terapéutica estudiada en la facultad; qué aplicación tan
extraña a la curación de las dolencias del alma, su optimismo tan brutalmente herido, la
honrada rectitud de su corazón, su idealismo sentimental le mataron más que la lujuria
hipócrita de su novia. Le enterramos en Montparnasse.
Seis años más tarde, supe que Suzón se había casado con un oficial francés, que fue
después a San Petersburgo de agregado militar en la embajada. Un día que me engañó una
mujer, se me agrió el espíritu y sin más razón que el deseo de vengarme en el sexo,
escribí al esposo de Suzón una pequeña esquela en que decía lo siguiente:
M. LUOIS HERBART.
San Petersburgo.
Soy un antiguo conocido de usted y de su estimable esposa,
y, en previsión de posibles desavenencias conyugales, me permito dedicarle un aforismo
que, probablemente, no se le ocurrió a Claude Larcher al escribir su Fisiología del
amor moderno. Helo aquí: Los pilluelos son menos inofensivos de lo que
parecen. No consienta usted que madame Herbart acaricie más chicuelos que los
propios. Madame Herbart sabe por qué doy a usted este consejo, que me lo inspiran los
manes de mi infortunado amigo Ernesto Rousselet. Créame afectísimo servidor de usted y
de su esposa.
(1904)
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