Comercio: Piura - Audiencia de Quito

 

En el periodo colonial la comunicación entre el sur de la Audiencia de Quito y el norte del Perú fue espontánea, natural, de mutuo beneficio, las fronteras que trazó el régimen colonial se diluyeron en la práctica, pues sus habitantes, en líneas generales, no la consideraron. Los pobladores de ambas circunscripciones cruzaron los límites sin mayor problema, llevando mercaderías, residiendo en el sur del hoy Ecuador como en el norte del Perú. Familias de extracción humilde, y también importante, contrajeron matrimonio, adquirieron bienes en ambos lugares y fue común encontrar apellidos similares en uno y otro lugar.

Personas nacidas en el sur quiteño y residentes por lazos matrimoniales y económicos con el norte del Perú, siguieron comunicándose con sus lugares de origen por múltiples razones. En 1783, Santiago Villela, residente en Piura, albacea de su madre Micaela Velásquez, nombró a su sobrino José Ruiz Díaz, vecino de Guayaquil, para que cobre parte de su herencia a su hermana Tomasa de Villela. Por estos años, 1785, testaba José Ramírez de Arellano, natural de Loja, casado con Juana Tinoco, natural de Piura y cuyos padres fueron Juan Ramírez de Arellano y Catalina de Angulo y Montesinos. No deja grandes bienes, mencionando, curiosamente, que José Jaramillo le debía dos yeguas38.

La búsqueda de trabajo, el comercio, la compra de bienes inmuebles, impulsa a pobladores de ambos lugares a radicarse tanto en el sur de la Audiencia de Quito como en el norte del Perú. Es el caso de don Agustín Zevallos Hernández, natural de Quito (sus padres fueron de allí), que se había casado en la ciudad de Ibarra con Antonia Meléndez, procreando varios hijos, enviudó y volvió a casarse con Tomasa Sotomayor, natural de Saruma (Loja), con quien no tuvo hijos. Desconocemos desde cuándo residió en la ciudad de Piura don Agustín Zevallos, pero en 1780 redactó su testamento declarando que uno de sus hijos, José, estaba viviendo en el Callao con esposa e hijos; que se dedicó al pequeño comercio de cordobanes y no hizo fortuna, pues apenas dejó una casa valorizada en 666 pesos en la calle del Playón, cerca a la Plazuela de Santa Lucía, y una masa hereditaria de 360 pesos39.

El destino de los pobladores procedentes de la Audiencia de Quito y residentes en el norte del Perú, fue variado, pues hubieron otros que si lograron hacer un respetable capital, siendo el comercio y las relaciones sociales lo que les abre las puertas del éxito. A fines del siglo XVIII vivió en Piura Juan de Torres y Arredondo, natural de Selica, Loja, casado con la dama piurana Gregoria Palacios que no aportó dote matrimonial, en cambio Torres, demostrando solidez económica, hizo un aporte de 9,000 pesos; fue comerciante de "ropa de la tierra" con destino a Lima, por lo que su giro comercial tuvo que haber sido respetable y sus relaciones sociales también; fue dueño de una casa en Piura y propietario de 4 esclavos, lo que demuestra su solvencia económica y su nivel social. Al momento de hacer su testamento en 1799, tenía hijos pequeños y sus padres residían en Loja40.

La posibilidad de superar los límites de la sobrevivencia y lograr una vida mejor, hace que esta parte norte del Perú se encuentre constantemente transitada. Como es lógico deducir, no todos consiguen una posición económica y social buena, pero, tanto originarios del norte peruano que se fueron a residir al sur quiteño, como de este lugar al norte del Perú, con su trabajo colaboraron en el desarrollo regional. En 1799 don Gervacio de Zeli, natural de Gonzama, Loja, residente en Piura, declaró en su testamento haber estado casado en primera nupcias con Lorenza Bravo y, en segunda, con Juana Landacay, pero no hizo fortuna, pues fue un modesto comerciante de poco giro. Todo lo contrario sucedió con el capitán Diego de Aguirre, natural de Loja, que a mediados del siglo XVIII era dueño de las haciendas Suyo y Yamhalay en Ayabaca.

Las actividades mercantiles desarraigaron de sus pueblos a los comerciantes, suscitando problemas familiares, pues muchos tuvieron que dejar a esposas e hijos y residir por meses y aun años fuera de sus familias. ¿Cuántos se encontraron en esta situación en la región de Piura? No lo sabemos pero, a fines del siglo XVIII, tienen que haberse convertido en un problema colonial-nacional, pues la Audiencia de Lima, el 6 de junio de 1783, ordenó que todos los esposos ausentes se restituyesen a sus hogares a "hacer vida maridable". Esto conmocionó Piura, lugar de residencia de muchos forasteros, entre ellos, Juan Manuel de Espinoza, vecino de Loxa y comerciante de carrera de Quito. En escrito presentado, Espinoza argumentaba que no había abandonado a su esposa, pero que por su trabajo se veía obligado a residir en Piura negociando con algodones y, en diciembre ?fecha de la cosecha?, tenía que cobrar por las mercaderías que había dejado, configurando con sus declaraciones, un comercio de trueque41. Como el problema era general, aparece también Mariano Tapia, natural de Cajamarca, quien para justificar su no retorno al lugar de su nacimiento, aduce estar enfermo de gálico, presentando un certificado médico.

Las migraciones internas tienen muchas veces su explicación en motivos económicos, siendo el comercio la causa de una intensa relación en esta zona, aunque la documentación también registra actos jurídicos en la que aparecen naturales del sur de la Audiencia de Quito residentes en el norte peruano y que no están ligados con actividades mercantiles. En 1765 Melchora García de Ojeda, vecina de Loja y viuda del capitán Miguel de Valdivieso, declaró tener un censo de 500 pesos colocado en la hacienda Suyo (Ayabaca), de propiedad de don Diego Farfán de los Godos, ordenando su traspaso al monasterio de la Purísima Concepción de Loja y nombrando para su ejecución, como apoderado, al Maestre de Campo don Francisco Carrión y Merodio42. Si bien es cierto que 500 pesos de censo no era significativo, nos demuestra la estrecha relación entre familias de ambos lugares (Loja y Ayabaca), que por los bienes, apellidos y cargos que ostentan, pertenecen al sector dominante en sus respectivos lugares. El capital especulativo de la señora Melchora García nos demuestra que podía ser trasladado de un lugar a otro sin mayor problema de jurisdicción, pues fue suficiente nombrar un apoderado y proceder a trasladar los 500 pesos de Ayabaca (Piura), a Loja (Ecuador).

Los límites territoriales no son más que referentes convencionales y, en su accionar, los pobladores, en especial aquellos que tienen poder, transitan de Quito, Cuenca, Loja a Piura indistintamente. En 1766 el general Manuel Dassa y Tomaiya, corregidor de Loja y Zamora, residente en Piura, protocolizó un poder en favor de don Juan Gómez de Arce, capitán de infantería española, don Mariano Ruiloba, hacendado, ambos de Cuenca, y, don Manuel Machado Alvarado, comerciante, para que lo representen en el remate del cobro de los tributos de Loja, instruyéndolos a que si se presentaran otros postores, alegaran en su nombre: "el derecho de preferencia que tengo a ellos"43. Desconocemos si Dassa era de Loja, Cuenca o Quito, pero lo cierto es que vivió en Piura, lo que demuestra la importancia de esta ciudad como residencia de influyentes autoridades colonialistas y de personas con poder económico como Guillermo Valdivieso y Valdivieso, vecino de Loja (¿nacido allí?), y residente en Piura, quien otorgó poder en 1783 a don Francisco Garcés, para que haga "puja", en su nombre, por los diezmos de Ayabaca. Valdivieso, demostrando su poder económico, depositó 4,545 pesos44.

Existieron muchas modalidades de vínculos económicos en esta vasta región sudamericana; no sólo diezmos, préstamos, censos, capellanías, sino también un interesante comercio de esclavos se puso de manifiesto en una y otra parte. En 1783, el varias veces citado don Miguel Serafín del Castillo vendió un esclavo a Manuel Ruiz, de Loja, en 400 pesos; años después, en 1797, el activo y poderoso comerciante español radicado en Piura, don Joaquín Helguero "comerciante a tiempo completo", aunque con intereses agrarios, compró dos esclavos de casta banguela y carabalí a María Antipara de Guayaquil en 820 pesos, pero como surgieron problemas por deficiencia en los títulos sobre los esclavos, Helguero dio poder a don José de la Peña y a don Domingo de Ordeñana para que regularicen su compra. En el "negocio" de esclavos se encontraban personas importantes: "Don Martín Chiriboga y León, Caballero de la Real Orden Americana de Isabel La Católica, Capitán Comandante de la guarnición de la plaza de Riobamba, Corregidor y Justicia Mayor", que en 1818 vendió, por intermedio de su apoderado en Piura, dos esclavos en 600 pesos a don Manuel Dieguez45. Sobre el particular, un historiador ecuatoriano manifiesta lo siguiente: "un Chiriboga (Martín), al que los documentos oficiales identifican como miembro "de una de las familias más distinguidas de aquella población y que ha obtenido varios cargos públicos fue corregidor, regidor perpetuo del ayuntamiento y administrador de tributos" (Jorge Núñez 1991: 198).

Tenemos la impresión, en base a la documentación trabajada, que del sur de la Audiencia de Quito llegó un mayor número de esclavos que los que salieron de Piura con destino a ese lugar, aunque el tráfico no fue considerable, pues la economía piurana de la Costa y las haciendas serranas no necesitaron de grandes cantidades de esclavos, pues tuvieron a la mano al campesino indígena piurano, al mestizo y negro libre como alternativa de trabajadores.

Piura prevalece sobre los pueblos y ciudades surquiteñas en la provisión de capitales y creemos que también en la venta de mercaderías. Existen pruebas documentales de familias piuranas que se convirtieron en acreedores de familias surquiteñas en el transcurso de las últimas décadas de vida colonial. En 1775, don Celedonio Blanco de Alvarado (Quito), recibió en calidad de préstamo 1,600 pesos en plata del Maestre de Campo don Francisco de la Peña Montenegro, apareciendo como fiador don Silvestre del Castillo46; un activo comerciante en el último tercio del siglo XVIII fue el capitán Gregorio Espinoza de los Monteros, que presta dinero, vende mercaderías a consignación a comerciantes piuranos y surquiteños si bien por montos no considerables, de todas formas promovió la circulación de productos en esta vasta región, así por ejemplo, en 1775 hacía entrega de 312 pesos a Juan Rojas, vecino de Loja y residente en Piura, que pagará: "en cascarilla fina de Loja" al precio de 5 pesos la arroba puesta en Piura47.

Aunque no disponemos de fuentes ecuatorianas que nos permitan saber las deudas de piuranos con el surquiteño, tenemos la impresión de que nosotros fuimos los acreedores y ellos los deudores, pues se ha ubicado un mayor número de endeudamientos de la otra parte: en 1782 Francisco Póbeda (Ambato), tenía una deuda de 24 pesos; don José Navarrete, comerciante de Guayas, también se encuentra endeudado con Juan Córdova, aunque no se menciona el monto; de modo similar, en 1813 don Domingo Méndez, comerciante de Guayaquil, debía 600 pesos a don Vicente Orzaís, vecino de Piura. Por cierto que también hay surquiteños influyentes en Piura que se convierten, en algunas oportunidades, en acreedores de comerciantes o familias piuranas. Una muestra del poder económico y de las relaciones sociales la tenemos en el comerciante guayaquileño residente en Piura en 1807, don Pedro de Otoya, que otorgó una fianza de 4,000 pesos a favor de don Manuel del Risco para que éste compre la hacienda Chiquitoy48; también en 1810, Eugenio Sandoval, comerciante piurano, recibió un lote de "ropa de la tierra" por valor de 6,600 pesos del lojano Manuel Montesinos y Carrión, cancelando la deuda en 183149.

Las acreencias y deudas de una y otra parte en esta vasta región giran casi en su mayoría, en torno a algodones, jabones, "ropa de Castilla" y dinero de Piura; cascarilla, "ropa de la tierra" del sur quiteño, además de algunas colocaciones de dinero en calidad de censos, capellanías y traslado de capitales producto de obligaciones testamentarias. Es en este ir y venir de bienes y capitales, que la región piurana obtiene un superávit sobre la región surquiteña, aunque esta aseveración tendrá que ser corroborada o desvirtuada con documentación de los archivos de Loja y Cuenca. En 1810, los comerciantes de Cuenca, Bruno Cabrera y Miguel Vásquez, compraron al fiado un lote de jabones y algodones por valor de 3,625 pesos al hacendado tinero, don Miguel Serafín del Castillo, para pagar en un plazo de 8 meses:

El producto de mayor demanda en el mercado surquiteño fue el algodón piurano, que atrajo un enjambre de comerciantes ávidos de venderlo en Cuenca y Quito. El algodón llegó a ser un producto monopolizado por los hacendados piuranos que incluso lo comercializaron en forma directa. Piura se convirtió en un lugar de tránsito obligado de los comerciantes surquiteños que llevaban "ropa de la tierra" con destino a Lima, de donde se distribuyó al centro y sur del Perú. Deben haberse movilizado considerables cantidades de mercaderías y algunos miles de pesos involucrando a hacendados, comerciantes, arrieros piuranos y de la Audiencia de Quito, es decir, todos los sectores sociales participaron de una u otra manera, en la producción y comercialización de algodón, jabones, cordobanes, ropa de la tierra, cascarilla, aguardientes, sombreros, etc. En esta diversidad de compraventa que generalmente se hacía "al fiado", o intercambiando productos (algodón por ropa de la tierra), se cometieron algunos fraudes o estafas que cuando se denunciaban ante las autoridades, reflejaban la forma, la manera, cómo se involucraban en el comercio de la región piurana y surquiteña los comerciantes y sus agentes.

En algún año después de mediados del siglo XVIII, llegó a Cuenca el comerciante español José de Ortuzar, acompañado de su primo Bartolomé de Egurrola, dedicándose ambos, al comercio de "ropa de la tierra" con destino a Lima y a la compra de algodones en Piura. El titular del negocio fue Ortuzar, mientras que Egurrola, residió en Piura con la finalidad de facilitar el traslado de la "ropa de la tierra" con destino a Lima y adquirir algodón para ser remitido a Cuenca. En la práctica, Egurrola era empleado de Ortuzar lo que no fue un misterio para las personas involucradas en el comercio piurano. En 1779 Narciso Sandoval, piurano, denunció por deudas a Ortuzar, logrando que el corregidor de Piura don Matías de Valdivieso y Céspedes, embargara 130 cargas de algodón que había comprado Egurrola, ordenando que éste: "no salga de esta Ciudad (Piura) en los pies propios ni ajenos". Egurrola en su respuesta a la autoridad esgrimió la figura de "despojo", argumentando que el algodón era suyo y exigiendo su devolución. Sin embargo, en el proceso judicial, Egurrola admitió que Ortuzar lo había habilitado con dinero y que con ello "venía trabajando", por lo que en la práctica, Ortuzar era el dueño de los algodones que fueron rematados para el pago de los acreedores.

Lo destacable es que Ortuzar no sólo defraudó a don Narciso Sandoval, sino también a varios comerciantes de quienes había adquirido mercaderías con cargo a pagarlas, pero incumplió. El comercio en Piura como lo hemos dicho reiteradamente, se hacía "al fiado", con plazos que iban de 3 a 12 meses, variando de acuerdo al lugar de procedencia del comerciante que compra el producto, originándose una serie de dilaciones, fraudes y muchas veces no pagándose las deudas contraídas. Precisamente ésta es la realidad en que se encontró involucrado Egurrola y en la que las deudas se localizaron en Piura, Trujillo y Lima con montos considerables y atrasos en su pago hasta de 4 años50. Por ello es que, cuando testan, la mayoría de comerciantes en Piura y en el Perú colonial, después de 20 ó 30 años de trabajo, lo que dejan en gran porcentaje (50%?60%) son créditos por cobrar, es decir, dinero en documentos contables, pero no en metálico. He aquí un cuadro resumen de las deudas dejadas de pagar por don José de Ortuzar (Cuenca) con comerciantes peruanos:

Si bien es cierto que las actividades mercantiles en esta parte sudamericana colonial produjeron una serie de conflictos entre los comerciantes, lo positivo es que se convierte, también, en una actividad integradora, que acercó a los pueblos, que los identificó con su nuevo hogar, aunque sin olvidar sus lugares de origen. Hasta fines del periodo colonial la comunicabilidad entre la región de Piura y el sur quiteño se encontraba vigente. En 1795 doña Rosario Valdivieso, viuda del capitán Juan García Viñas, otorgó poder a don Pío Valdivieso: "del comercio de la Ciudad de Cuenca" 51, para que cobre algunas deudas dejadas por su difunto esposo. En 1807 don Francisco Seminario y doña Jacinta Silva (esposos), otorgaron poder a Guillermo Valdivieso para que los represente en la división y partición de los bienes dejados por Ignacia Mena y Tomás Pérez de Silva. En 1810 don Juan Carrasco, piurano, dio poder a Simón Vergara: "colector de diezmos de la ciudad de Quito", para que cobre una serie de deudas. En 1818 el comerciante guayaquileño Bernardino Codesido, residente por motivos de negocios en Piura, otorgaba un amplio poder a Pedro Morla, Ministro Tesorero de las Cajas Reales de Guayaquil, para que defienda sus intereses. La historia ha registrado a personas que tuvieron intereses económicos y que dejaron huellas en los libros de protocolos, en expedientes judiciales, pero cientos y quizás hasta miles de anónimos pobladores de una y otra parte tienen que haber cruzado una frontera ficticia para vivir en estos lugares, pero lamentablemente es difícil encontrar estos anónimos personajes.

 

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38. ARP. Intendencias, leg. 2, expdt. 19, año 1785.
39. ARP. Escribano Francisco Montero, leg. 50, año 1784?85, fs. 93 y ss.
40. ARP. Escribano Miguel de Arméstar, leg. 157, fs. 147. Piura, 03-09-1799.
41. ARP. Corregimientos, leg. 40, expdt. 828.
42. ALRE. PIN 23. C. 437, año 1765, fs. 224. Loja, 04 de setiembre de 1765.
43. ALRE. PIN 23 C. 437, año 1766, fs. 126-7. Piura, 05 de abril de 1766.
44. ALRE. LEA 12?50. C. 031, año 1783, fs. 323.
45. ARP. Escribano Antonio del Solar, año 1818, fs. 251. Piura, 3 de junio de 1818. ALRE.
LEA 12?50. C. 051. PIN 29 C. 439, año 1797, fs. 55 v.
46. ARP. Alcaldes Ordinarios, leg. 150, año 1775, fs. 103.
47. ARP. Alcaldes Ordinarios, leg. 150, año 1775, fs. 46 v.
48. ALRE. PIN 33, C. 441 año 1807, fs. 266.
49. ARP. Escribano Agustín del Solar, leg. 119, año 18 10, fs. 256. Piura, 13 de junio de 1810.
50. ARP. Corregimientos. Causas Ordinarias, leg.39, expdt. 786, fs.12.

 

 

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