Comerciantes

 

En la región de Piura, zona de obligado paso de mercaderías para el sur quiteño, existió un variado comercio que distorsionó el comportamiento de los sectores sociales propietarios, me refiero a hacendados y estancieros, que se convierten en la práctica en vendedores de su producción, confundiéndolos como comerciantes.

Desde mediados hasta finales del siglo XVIII hay un activo comerciante piurano a "tiempo completo", don Gregorio Espinoza de los Monteros Flores, "hijo legitimado por Real Rescripto de don Gregorio Espinoza de los Monteros y María Flores, soltero y no haber sido casado nunca", aunque admite tener hijos naturales: cuatro en doña Fernanda de León y dos en doña Francisca de la Peña (testamento, 1790). Don Gregorio Espinoza de los Monteros debe haberse iniciado en el comercio a mediados del siglo XVIII con bastante dedicación, disciplina y honradez, obteniendo y otorgando préstamos, comprando y vendiendo mercaderías de la región, de Lima y el sur quiteño con montos poco considerables llegando en 1769 a tener un capital que "no bajaba de veinte mil pesos libres"; siempre dentro de un pequeño y mediano giro comercial, en 1775 entregó un lote de mercaderías valorizado en 1,678 pesos a Gregorio Gutiérrez; y por 225 pesos a don Domingo Chunga, indio principal de Sechura. Como se aprecia, el dinero que se moviliza a través de las mercaderías no es nada sustantivo, sin embargo, ya por estos años don Gregorio Espinoza de los Monteros comienza a especializarse en la compraventa de cascarilla muy requerida en Europa y que se obtenía principalmente en Loja y complementariamente en Jaén, Bagua y Huancabamba. En 1783, hizo entrega de 2,011 pesos al capitán Bartolomé de Muxica para que compre: "cascarilla fina en Jaén o Bagua"52 y, en 1784, vendió 50 cajones de cascarilla puesto en Paita a don Juan Bautista Larraín. Cabe anotar que don Gregorio Espinoza venía trabajando desde 1769 con su cuñado, el peninsular don Miguel de Arméstar quien no aportó "capital alguno" como dote, es más, agrega don Gregorio: "le empecé a hacer una protección notoria, confiándole mi caudal con la mayor satisfacción", agregándose, en 1778, don Juan Miguel de Larraondo en condición de "consignatario o mandatario", al casarse con su sobrina Fernanda Guerra. En resumen, don Gregorio Espinoza trabajaba con su cuñado (Arméstar) y su sobrino político (Larraondo).

Los capitales y mercaderías que movilizó Gregorio Espinoza y sus familiares tienen que haberse incrementado y, a la vez, ampliado el territorio para su venta a partir de 1780, sin embargo, resulta contradictorio, con algunas compras de géneros que hace en Lima a don Bruno Polanco y Andrés Revoredo que apenas pasan los 2,000 pesos. Cómo entender entonces que don Gregorio Espinoza haya firmado: "a lo largo tan sólo de tres meses de 1786, cinco obligaciones por un valor total de 125,182 pesos [...] a favor de Antonio López Escudero, gran mercader limeño; la mercancía, efectos de Castilla y géneros de la China." (S. Aldana 1992: 91-153).

Sorprende que en un mercado con no mucha capacidad de compra como Piura, incluso ampliándola a Cuenca y Loja, se compre mercaderías por "cantidades astronómicas" en tres meses y para pagarse en "un año" con cascarilla; desconcierta, aunque se observa un tremendo repunte y una caída vertical en la exportación de cascarilla por Guayaquil por esos años:

Lo que nos llama la atención es que don Gregorio de Espinoza, un comerciante con 30 años en el giro comercial, para 1786 se haya comprometido a pagar tan astronómica deuda en un lapso de un año con todas las contingencias que el comercio presentaba, por ello es que no cumplió y: "huiría; de lo contrario, la cárcel por deudas y la inmovilidad [...] y quizás hasta hubiera sido trasladado a las cárceles del Tribunal del Consulado [...] y nunca se arrepentiría lo suficiente de haber tomado ese dinero ?y con interés- de López Escudero" (S. Aldana 1992: 174). ¿Y quién es "el gran mercader limeño" don Antonio López Escudero? No era desconocido para los comerciantes piuranos. En 1765 residía en Piura el oficial de la ciudad de Portobelo don Gabriel Escudero Gilón, natural de la villa de Nestosa (Vizcaya), al ser nombrado Gobernador de Oruro e ir a cumplir su destino, el barco en que viajaba zozobró frente a Cabo Blanco muriendo ahogado. Don Antonio López Escudero fue sobrino del occiso, viajó a Piura ejecutando el testamento del tío en 1765 y, años después, se involucró en un gran negocio con don Gregorio Espinoza que pasaremos a comentarlo en base a su testamento.

En realidad no sabemos cuándo falleció don Antonio López, ni en qué fecha huyó don Gregorio Espinoza si damos crédito a la aseveración de S. Aldana, lo que sí hay certeza es que el 11 de junio de 1790 estaba en Piura redactando su testamento, dejando constancia de la obligación: "en favor del finado Don Antonio López Escudero por la cantidad de ciento veinte y cinco mil y más pesos"53, y aunque no detalla la negociación de la entrega de cascarilla, se refiere a ella cuando dice: "Declaro que en poder de los SS Aguado y Gruzeta hermanos y Compañía en el Puerto de Cádiz existen quinientos treinta y seis cajones de cascarilla remitidos en distintas partidas del finado Don Antonio López Escudero". Esto demostraría que don Gregorio Espinoza en 1790 estaba cumpliendo con remitir la cascarilla y que su "incumplimiento" y "huída" habría sido después de esta fecha porque no demuestra problemas económicos ni menos angustias por los compromisos adquiridos con Antonio López, incluso en su codicilo distribuye aproximadamente 20,000 pesos entre sus sobrinos, ahijados y la fundación de algunas capellanías. Con quien tiene problemas don Gregorio Espinoza es con su cuñado Miguel Arméstar, que se estaba portando mal como socio pues dice: "la última factura de cincuenta mil y más pesos que llevó en el último viaje a Cuenca, y de que aún no ha regresado, pretendiendo adjudicarse ésta y otras partidas". Si damos crédito a lo aseverado por don Gregorio Espinoza, se estaría demostrando que no siempre los familiares ?en este caso el cuñado- colaboraron para el mejor éxito de la empresa comercial.

Como la mayoría de comerciantes, don Gregorio Espinoza tenía deudas por cobrar, acreedores, cuentas que arreglar, y lo negativo es que no invirtió en la compra de tierras (apenas un solar y un molino), desapareciendo del escenario piurano a principios del siglo XIX. Nos faltan pruebas documentales que clarifiquen la vida comercial de don Gregorio Espinoza, porque nos quedan algunas interrogantes: ¿en qué fecha "huye" don Gregorio de Espinoza?, ¿pagó la deuda adquirida con López Escudero?, ¿cuándo muere?, también ¿por qué don Miguel de Arméstar, que estuvo involucrado en el negocio de cascarilla siguió su vida normal, llegando a ser miembro del Cabildo de Piura hasta las primeras décadas del siglo XIX?; ¿qué papel cumplen los comerciantes de Lima, Larreta y los hermanos Elizalde? En la medida que encontremos respuestas a éstas y otras interrogantes, conoceremos mejor el comercio y a los comerciantes piuranos, aunque, en lo que concierne a don Gregorio Espinoza de los Monteros, todo indica que vivió sus últimos años con limitaciones económicas y su apellido no trascendió en el siglo XIX.

Otro comerciante piurano, que a mediados del siglo XVIII se destaca adquiriendo presencia económica, es don Francisco Trelles. Siempre dentro del marco comercial, Trelles aparece en 1751 haciendo entrega de unos géneros de Castilla avaluados en 1,400 pesos a Francisco de Irarrazabal Andía, Alguacil Mayor de la ciudad de Piura, otorgándole un plazo de 8 meses para su cancelación sin pago de interés. Francisco Trelles tiene que haber seguido comerciando en pequeña y mediana escala, ya que no se le ubica haciendo grandes transacciones ni tampoco a su familia vinculada a la élite piurana, que era el corolario del comerciante afortunado54. Lo característico en Piura fue la existencia del mediano y pequeño comercio difundido aunque, excepcionalmente, se verifique algunas compra?venta superiores a los 5,000 pesos. La documentación nos muestra una variedad de pequeños comerciantes que trafican con mercaderías y que solicitan préstamos entre 200 y 1,000 pesos en promedio. Por supuesto que para un indio, mestizo o mulato, dedicarse al comercio, significaba mayores ingresos que los jornales que pudiera ganar en las haciendas o tinas de jabones. Incluso estos pequeños comerciantes, que fueron en realidad pulperos, en algunas oportunidades se dedicaron a comerciar fuera de los cánones que establecía la legislación colonial para aumentar sus ingresos.

A fines del siglo XVIII (1794), notaron las autoridades piuranas una baja sensible en la venta de tabaco, atribuyendo su causa al contrabando y decidiendo que la "ronda volante de Tabacos" registre las pulperías y casas sospechosas. Después de algunas semanas de seguimiento, se allanó la pulpería del pardo Francisco Osorio ubicada en la calle del Playón, encontrándose: "seis ataditos de cigarrillos de papel". Preso Osorio, admitió que había comprado un mazo de tabaco en 3 reales a Manuel Palacios y habiéndolo convertido en cigarrillos, los vendió a 14 reales, casi 500% de ganancia. Esto puede graficar lo lucrativo de la venta de cigarrillos, mediando, evidentemente, el contrabando y el riesgo de ser descubierto. En la instrucción aparece una red de rnicrovendedores de cigarrillos elaborados artesanalmente con tabaco de contrabando: Manuel Poyongo, Manuel Montero, Roque Raygada y una "china nombrada Toribia Córdova". La efectividad de los interrogatorios puso al descubierto al miliciano Manuel Palacios, denunciado de haber vendido a las cinco personas, 12 mazos de tabaco y al proveedor principal, Alfonso Águila, que, por el apellido, presumimos debió ser natural de la zona de Chachapoyas, aun cuando se deslizó que el tabaco venía de Huancabamba55.

Con las reservas que nos muestran los padrones coloniales, Huancabamba es una zona relativamente bien poblada y de tránsito a Loja (norte) y Jaén (este), residiendo en ella comerciantes que se abastecieron de productos de la ciudad de Piura. En 1796, en la ciudad de Huancabamba, don Pedro Alonso de Palacios dueño de "una tienda de mercaderías", declaraba en su testamento ser natural de Talavera (España), casado con Susana Guerrero y, por el monto de sus transacciones comerciales, puede ser catalogado como un mediano comerciante con años de auge y de crisis. Palacios tuvo una serie de problemas derivados de su trabajo mercantil, los supero, pero fue descapitalizándose. Palacios tuvo relaciones mercantiles con el corregidor don Santiago de la Sota recibiendo en una oportunidad 4,550 pesos en "ropa de Castilla", pagó "poco a poco" hasta 3,800 pesos, presionado por su acreedor, le hizo entrega de un negro bozal avaluado en 400 pesos y, no pudiendo cubrir el resto de la deuda, se le embargó y remató parte de sus bienes. Posteriormente, fue garante por 3,000 pesos de un contrato que su hermano Pedro firmó con Miguel Cornejo, comerciante de Guayaquil y, al no ser cancelada la deuda, nuevamente lo embargaron y remataron sus bienes. En otra oportunidad, Palacios entregó 3,100 pesos en "ropa de Castilla" para su venta en Lima, pero fue defraudado, procediendo a otorgar poder a don Joaquín Enríquez que desapareció viajando a Chile. Esta es parte de la vida cotidiana de la mayoría de comerciantes a nivel colonial-nacional, por ello no resulta extraño que Palacios llegue a un estado de pobreza, con pequeñas deudas por cobrar en Huancabamba y Jaén, y 14 pesos de capital y pocos bienes: "platillos, tenedores, baúles, un reloj, 35 costales de trigo, 14 arrobas de cascarilla fina, 3 sombreros, una sortija, dos zarcillos ..." 56.

Las condiciones estructurales del comercio a nivel colonial?nacional, a fines de la Colonia, hizo difícil que la mayoría de comerciantes acumulasen considerables cantidades de dinero y bienes, pues, como se ha dicho anteriormente, trabajaron al "fiado", a plazos que llegaron a un año, esperando a que se vendiese la mercadería para recuperar lo invertido y reiniciar la compra y volver a vender, todo ello configuró un comercio muy sensible a una serie de contingencias. Considérese también una infraestructura vial deficiente que no permitió una rápida circulación de la producción. Se agregaba también la morosidad de los deudores que dio pase a innumerables cartas?poder que otorgaron los comerciantes para que cobren a su nombre, burocratizando las relaciones mercantiles y convirtiendo el comercio en más oneroso. Por eso es que gran parte del comercio en Piura siguió haciéndose mediante el intercambio de productos en forma directa. Claro que hubieron comerciantes que lograron considerables capitales y bienes inmuebles en Piura: Helguero, Távara, Seminario, Fernández de Otero, del Castillo, pero fueron los menos, teniendo el tino de trasladar sus ganancias y comprar tierras como única garantía para consolidar y ampliar su poder económico y social. Y es aquí donde se genera la confusión cuando el comerciante ?me refiero a los más importantes?, compra o arrienda haciendas, chacras o potreros, ¿qué es lo que prevalece como agente productivo?, ¿sus actividades mercantiles o agropecuarias? Consideramos que es la producción la que se convierte en la base, en el sustento del comercio, y por ello la tendencia es que el comerciante trate de convertirse en hacendado.

Pero los comerciantes en Piura no fueron sólo aquellos pocos que consiguieron en base a su trabajo, habilidad y relaciones sociales una respetable fortuna, sino que la característica está en la existencia del pequeño y mediano comerciante difundido a todos los sectores sociales, incluso, sin discriminación de sexo. Además de la "china Toribia Córdoba", pulpera y vendedora de cigarrillos de contrabando, se ha ubicado a otra singular señora que, por el giro de su comercio y las relaciones sociales, puede ser catalogada como mediana comerciante.

En el siglo XVIII Juana María de Urbina, piurana, casada dos veces, sin descendencia directa, viuda, con su trabajo mercantil logró hacerse de algún capital comprando la hacienda Malacasi, aunque después la vendió y se dedicó al comercio y al préstamo de dinero. Juana María de Urbina comerció una variedad de productos: costales de harina, paños de Quito, tocuyos y bayetas, botijas de aguardiente, raspaduras, etc.; y, teniendo como centro de operaciones la ciudad de Piura, sus clientes, deudores y acreedores, estuvieron diseminados en forma directa o indirecta en Quito, Huancabamba, Paita y Lima. Algunas personas importantes aparecen en sus relaciones especulativas y comerciales, así por ejemplo prestó 1,000 pesos al Maestre don Diego de Saavedra al 5% de interés anual; a Pedro García Váscones 1,000 pesos al 8% de interés anual y de manera graciosa 1,000 pesos a Francisco Garcés. En sus actividades comerciales aparecen Fernando Palacios de Huancabamba, Francisco Carrión y Merodio, María de León de Paita, Miguel Carrión y Valdivieso, Juan Matías Rodríguez de las Varillas, la mayoría de considerable prestigio económico y social en Piura. El monto que negoció Juana María de Urbina no fue significativo, pues su promedio llegó a unos 500 pesos, siendo su mayor capital los tres mil pesos invertidos en préstamos y que por indicación testamentaria se dedicarían a fundar dos capellanías que serían para los hijos de su hermana Ana de Urbina, y del matrimonio de Francisco Carrión y Merodio y Rosa de Valdivieso57. Es todo lo que dejó como patrimonio doña Juana María Urbina después de varias décadas de actividad mercantil, probablemente su condición de mujer pueda explicar la poca acumulación de capitales y bienes, pero creemos que el comercio no fue suficiente para hacer dinero.

¿Y cuál fue la clave para hacer dinero en Piura a fines de la Colonia? Se ha dicho: del comercio (compra?venta) a la producción (haciendas?estancias-tinas). Por supuesto que esto no funcionó mecánicamente, dependiendo de la habilidad del comerciante, de las relaciones sociales, del trabajo comercial familiar, etc. Tenemos el caso de don José Cárcamo (1740-1785), "hijo de padres no conocidos", piurano, pobre, pues cuando se casó con Josefa Sagarnaga, no aportó nada al matrimonio y la dote de su esposa fue apenas de 200 pesos "en cortos bienes" y, sin embargo, hicieron dinero, dedicándose al comercio, comprando en forma paralela la hacienda Parales en 12,200 pesos a doña Margarita de Quevedo. Como toda compra?venta de una hacienda, don José Cárcamo asumió los intereses de los censos y pagó la diferencia por partes. Don José Cárcamo, sin abandonar el comercio, realizó una serie de inversiones en su hacienda, comprando ganado cabrío, ovejuno, mular, yeguarizo; arrendó parte de su hacienda a lugareños para que pasten burros; tuvo "indios sirvientes" a jornal; degolló manadas de ganado cabrío (800 a 1,000 anualmente) en la tina de Silvestre del Castillo y comercializó básicamente jabones a Cuenca, Chota, Chiclayo y Lima. El promedio del giro de sus negocios sobrepasó los mil pesos y teniendo como base su hacienda, la venta de jabones se convirtió en su actividad comercial principal, pero ésta sirvió a la producción agropecuaria permitiéndole a don José Cárcamo superar la morosidad en el cobro de sus jabones. Al final de su vida, don José Cárcamo dejó alrededor de 5,000 pesos por cobrar, y deudas por 600 pesos, y aunque tuvo intenciones de vender su hacienda Parales, su viuda, Josefa Sagarnaga la conservó hasta principios del siglo XIX58. Este es el camino correcto: de comerciante a hacendado, no existe otra vía para tener riqueza y poder. Aquel que se dedicó sólo al comercio ?salvo excepciones? terminó endeudado, quebrado o con bienes modestos. A don José Cárcamo le faltó relaciones sociales, vínculos familiares a nivel de la élite, no tuvo hijos y por tanto no trascendió en el tiempo.

Tampoco fue suficiente que un comerciante consiguiera casarse con una mujer integrante de la élite piurana para asegurar y acrecentar sus actividades mercantiles. Por las décadas en que hace dinero don José Cárcamo también vive don Esteban Martín Blas Fernández, natural de la Villa de Mora (Toledo), comerciante, quien a diferencia de aquél, contrajo matrimonio con una dama de la élite piurana: Lucía Farfán de los Godos y Sedamanos, que aportó una dote de 4,300 pesos y aunque el "clan" Farfán de los Godos, estaba en declive económico, siguió manteniendo su prestigio social y político. Don Blas Fernández, además de comerciante, tuvo el cargo de Alguacil Mayor del Santo Oficio en Piura y, sin embargo, no consiguió acumular grandes riquezas no obstante contar con las condiciones para ello. No trasladó parte de sus ingresos comerciales al agro y, al no hacerlo, apenas si dejó en 1783 entre sus bienes, la casa donde vivía gravada con 1,000 pesos, 7 esclavos entre grandes y chicos y 132 cajones de cascarilla59. Poco para tan importante personaje.

No siempre, pues, un buen matrimonio de un comerciante significó incremento en sus negocios y por ende de su riqueza, aunque en una sociedad como la piurana donde la élite fue moderadamente permeable, admitiendo en su seno a foráneos (españoles, limeños, surquiteños, etc.), algunos de éstos conservaron su poder económico y ascendieron socialmente trasmitiéndolo a sus herederos. Es el caso de don Pedro Martín Ramos, natural de Medina Sidonia (Cádiz), comerciante, quien contrajo matrimonio con Mariana del Castillo, de procedencia hacendaria?tinera y perteneciente a la élite piurana. Ramos aportó 2,500 pesos como dote, tenía una tienda en Piura donde comerciaba con efectos de Castilla y fue dueño de buena cantidad de ganado mular y caballar, pero tuvo la "protección" de su cuñado don Silvestre del Castillo (hacendado y tinero), que lo habilitó con 30,000 pesos como dote de su hermana pero "que se perdieron". Si bien es cierto que el comerciante Pedro Martín Ramos dejó en 1796, respetables cantidades de ganado, ropa, casa, joyas, dos esclavos bozales, dinero, algunas deudas por cobrar, la suma de todo ello no creemos que iguale los 30,000 pesos recibidos de parte de su cuñado. Pedro Martín Ramos tampoco invirtió en tierras, pero su familia trascendió debido a su vinculación con los del Castillo.

Con el comerciante don José de Váscones y Valdivieso (Piura), sí se da la simbiosis de un buen matrimonio y la compra de una hacienda que amplió y consolidó su riqueza. José de Váscones aportó 2,000 pesos como dote al casarse con Josefa de Taboada y ésta 9,150 pesos, más tres casas en la ciudad de Piura, joyas, un coche, 10 esclavos entre hombres y mujeres y la hacienda de caña Chapica (Yapateras). Don José de Váscones, comandante de milicias, incrementó la riqueza familiar comprando la hacienda Matanzas en 13,000 pesos, donde en 1807 tenía 8,000 cabezas de ganado cabrío y "mucho ganado mayor y menor"; también compró tres esclavos mulatos y una casa tina contigua "a la que posee el Rexidor don Diego Manuel Farfán de los Godos". Con este capital inmobiliario, la actividad comercial de don José de Váscones se potenció, vendiendo jabones y cordobanes a Lima y de aquí traía ropa de Castilla. Procede hacer una breve digresión y reflexionar sobre el hecho de cómo explicarse que el hacendado?tinero-comerciante José de Váscones se encontrase económicamente bien, cuando su actividad productiva y comercial había sufrido una de las más largas sequías (1791?1802) que asoló a la región piurana, ¿cómo explicarse que en 1807 José de Váscones tuviese en su hacienda de Matanza 8,000 cabezas de ganado cabrío, mucho ganado vacuno, ovino y otros? ¿Cómo ha logrado sortear esta larga sequía devastadora y aniquiladora? Llegadas las lluvias, José de Váscones con sus haciendas Chapica y Matanzas reinició el proceso de producción en base a éstas, confirmando que la riqueza surge de la tierra y no del comercio, recuperándose a tal punto que en 1807 no debía a nadie, dejaba 6,000 pesos en ropa de Castilla y de la tierra, 125 qq de jabones: "corte de Lima", 8,000 chivos, mucho ganado mayor y menor, 1,500 pesos por cobrar y dos haciendas61. Don José de Váscones fue cada vez más un hacendado?tinero, ingresando al circuito comercial para vender la producción de sus haciendas y tina estando aquí la base de su riqueza, permitiéndole superar crisis y sequías que desconcierta a más de un analista cuando se refieren a la realidad piurana colonial: "El inventario de 1792, indica que la hacienda Yapatera estaba en su apogeo (60 esclavos, vale 36,000 pesos); ¿cómo explicar entonces la crisis que atraviesa la propiedad: mal manejo, sequía prolongada o depresión del fin del siglo?" (J. Schlüpmann 1990: 115).

Otra familia que se consolida y expande a fines de la Colonia, económica, social y políticamente, fueron los Seminario y Jaime, fuertemente vinculados a las actividades tineras comerciales y que devinieron en hacendados, aunque el padre, don Manuel Seminario y Saldívar ?iniciador de la dinastía? ya fue dueño de la hacienda Locuto (1751). José y Fernando Seminario se dedicaron a comercializar productos de sus tinas pero, tempranamente, supieron apreciar la importancia de ser dueños de haciendas. En 1802 Fernando consiguió por remate la hacienda de Malingas, en 1807 compró una casa a doña Juana de Urbina, ubicada en el centro de la ciudad con "15 varas de ancho y 55 de fondo" en 3,072 pesos; en 1810 adquirió la mitad de: "un barco, sano de quilla, costado y demás partes" 62 en 2,400 pesos a Antonio Rodríguez y José Vía. En las últimas transacciones, Fernando Seminario y Jaime fue regidor del Cabildo. Por su parte José Victorino Seminario tenía inversiones en la hacienda Sancor renovando su representación comercial en Madrid en 1810. Como el comercio sirve a la producción de las haciendas, Fernando Seminario y Jaime en 1818 realizó una de las más grandes operaciones de compra?venta en el agro piurano: compró por 25,817 pesos las haciendas Chapairá, Terela y una casa tina con capacidad de 150 qq 63, reconociendo 14,000 pesos en censos y pagando 11,817 al contado y, con estas propiedades rurales, la familia Seminario garantizó su hegemonía social en Piura para dos generaciones.

Otro piurano que se dedica al comercio, al parecer a "tiempo completo" y que no se involucra en actividades agropecuarias, ?aunque esto no es concluyente, es don Santiago Távara, que en 1810 había consolidado su posición económica pues era propietario de algunas casas en la calle del Playón, vendiendo una de éstas a María Bermejo en 1,500 pesos64. Demostrando ser uno de los grandes comerciantes en Piura, don Santiago Távara, en 1810, era deudor de 12,031 pesos del cura de Huancabamba, Diego del Castillo, pagando 8,799 pesos en 1813 y cancelándola en 181965. La capacidad de pago de don Santiago Távara, además de su giro comercial, estaba en dos casas ubicadas en la calle del Playón y en posibles familiares que sí incursionaron en el agro. En 1823 don Mariano Távara está de arrendatario del Monte y potrero de Pueblo Nuevo. No me consta,
documentalmente, que don Santiago Távara (comerciante) haya comprado tierras en el tránsito de la Colonia a la República, aunque años después existe una referencia al respecto: "En 1835, Rita Carrasco cedió Yapateras (hacienda) a Francisco Távara por unos 30,000 pesos. Santiago Távara, su hermano, tomó las riendas de la hacienda que decaía desde 1840." (J. Schlüpmann: 116).

El comerciante más prominente en Piura, a fines de la Colonia, fue el español don Joaquín de Helguero y Gorgolla, Juez Diputado del comercio por muchos años, casado con Juana Josefa Carrión e Iglesia: "rica heredera de una familia de hacendados (S. Aldana 1988: 118). Su giro comercial lo llevó a comprar, en compañía de Manuel de los Heros, el bergantín Rosita que en 1813 lo vendió al comerciante trujillano Gerónimo de Lama en 3,500 pesos: "surto y anclado en Payta con sus velas, anclas, cables y demás pertrechos"66. Helguero se convierte en un comerciante que compra y vende mercaderías de Lima, sur quiteño, Panamá, Trujillo y de la región piurana. Sin embargo, Helguero también incursionó en la compra y arrendamiento de tierras; en 1802 compraba a doña Manuela Morales unas tierras por la Rinconada de Cabrero, colindante con las tierras de los indios de Amotape, en 1,500 pesos67. Estando Helguero en esta zona, arrienda un potrero a la comunidad de Amotape por tiempo de 9 años, pagando 18 pesos anuales68, demostrando su interés por la tierra, corroborado por sus descendientes que en el siglo XIX llegaron a ser una familia de hacendados (A. Reyes Flores 1984: 57).

Existieron en Piura comerciantes que alcanzaron cierta notoriedad pero fugazmente, pues sus últimos años de existencia lo llevaron dentro de una precaria economía, incluso endeudados, como le sucedió a don Diego de Mesones y la Portilla, "Comisario del Comercio y Guarda Mayor por el Tribunal del Consulado" (S. Aldana 1992: 90), falleció en 1758 dejando una deuda a esta Institución de 14,000 pesos; 1,500 pesos al convento de la Merced, esclavos inservibles y su casa arruinada. Sus hijos tuvieron que asumir las deudas de su padre que también fue cobrador de diezmos, prestó dinero y ejerció el comercio de cascarilla dejando a su muerte varios miles de libras pero en tan mal estado, que su venta no cubrió sus deudas69, admitía amargamente uno de sus herederos.

Don Diego de Mesones se mantuvo como comerciante, no compró tierras. Ese fue su error que lo llevó a la situación antes descrita. Aunque alguno de los hijos aprendieron del padre y consiguieron ser hacendados, carecemos de información documental si previamente se dedicaron al comercio. De modo similar, don Santiago de la Sota y de la Barra, comerciante, realizó varios intentos para comprar haciendas: la de Parales que fue de don Juan Cárcamo; participó en el remate de las haciendas Libín y Aranza (Huancabamba), ofertando 13,500 pesos pero fue superado por don José Merino que ofertó 14,200 pesos70. Desconozco si posteriormente a 1784 don Santiago de la Sota logró comprar alguna hacienda, pero sí que residió por la cuadra que va del convento de Belén a la Iglesia de San Francisco.

Defendemos la tesis que los hacendados en Piura y en el Perú colonial, son el sector social hegemónico que basa su poder en la tierra, en la dependencia de los campesinos y en la propiedad sobre sus esclavos. Los hacendados que logran acumular dinero se encuentran en mejores condiciones de comprar más haciendas, esclavos, solicitar préstamos, en suma, realizar una serie de actos económico?jurídicos poniendo como garantía sus propiedades. En 1784, don José de León y Gastelú, hacendado y regidor del Cabildo de Piura conjuntamente con su esposa, doña María de Saavedra y González Carrasco, consiguió un préstamo de 4,000 pesos, poniendo como garantía su casa ubicada: "por la punta de arriba con la esquina de la Iglesia Matriz, por abajo casa de Margarita Jaime de los Ríos frente con la Plaza Mayor, por medio con la Iglesia de Belén y por la espalda casa de los herederos de Francisco Fuentes"71.

Por lo que se va exponiendo, resulta obvio que existe dinero circulante en Piura afines de la Colonia, pero monopolizado a nivel de los hacendados, de algunos exitosos comerciantes y la alta burocracia, que en buena medida se encuentran unidos por lazos de parentesco. Hasta donde se ha podido investigar, no se conoce alguna queja por la falta de dinero para el pago de deudas en los últimos cincuenta años de vida colonial. Las transacciones comerciales se realizan normalmente, las deudas se pagaron, como la efectuada en 1818 por don Fernando Seminario y Jaime, hacendado, que cancela una cuenta de 6,004 pesos; ese mismo año José Antonio López de Viveros, regidor y dueño de la hacienda Samanga (Ayabaca), avaluada en 24,000 pesos, obsequió a su hijo 4,200 pesos y, como el dinero también estaba en poder de los hacendados serranos, encontramos a don Antonio de los Ríos, prestando 2,000 pesos a su hermano Bartolomé, dueño de la hacienda Calucán, comprometiéndose éste a pagar los 2,000 pesos al año: "en buena moneda de plata u oro, y no en otra cosa, ni especie"72.

En consecuencia, hubo dinero "contante y sonante" en Piura, pero éste se encontró casi exclusivamente -como se ha expuesto-, en manos del sector de los hacendados que siguieron imponiendo (invirtiendo) en censos, fundando capellanías en las propiedades rurales y urbanas o comprando, como lo hizo en 1813 don José Ramos y Castillo (hijo del comerciante Pedro Martín Ramos y Josefa del Castillo), la hacienda Poechos en 6,757 pesos73. Ese mismo año de 1813, Carlos Ramos y Castillo, hermano de José, compró al contado, tres mulatos menores de edad en 700 pesos. Existe dinero en la alta sociedad piurana a principios del siglo XIX, tanto es así que con ocasión del Nuevo Derecho Patriótico, establecido por el Tribunal del Consulado de Lima en 1810, garantizó pagar un interés de 6% a todo aquel que invirtiera su dinero. Algunos piuranos lo hicieron atraídos por el "punto" más que iban a ganar. Una de las inversionistas, doña Rita Angel Donis, colocó 8,000 pesos cobrando de don José Ruiz Muxica, Administrador de Rentas de Paita, 240 pesos en 1813 por seis meses de intereses74. La tesis de la falta de circulante debe reconsiderarse, pues la documentación piurana, y de otros lugares a nivel colonial?nacional, demuestra que sí hay dinero, que existe circulante, pero éste circula mayoritariamente en los sectores sociales dominantes. Las pruebas documentales a las que nos remitimos demuestran que fueron los hacendados-estancieros-tineros piuranos, quienes se convirtieron de hecho en el sector social hegemónico en Piura a fines de la Colonia.

 

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51. ARP. Alcaldes Ordinarios, leg. 156, fs. 43. Piura, 28 de abril de 1795.
52. ALRE. LEA 12-50. C.31, año 1783, fs.471.
53. ALRE. PIN 25. Caja 438, año 1790, fs. 161 v.
54. ALRE. PIN? 18. C. 436, año 1751, fs. 79 v.
55. ALRE. PIRA 28. C. 429, año 1795, fs. 1 y ss.
56. ALRE. LEA 12?40. C. 29, año 1798?99, fs. 54.
57. ALRE. PIN?18. C. 436, fs. 139 y ss.
58. ALRE?LEA 12?50. C. 031, año 1783, fs. 483.
59. ARP. Escribano Francisco Montero, leg. 50, año 1784?85, fs. 410.
60. ARP. Alcaldes Ordinarios, leg. 3, año 1796, fs. 1 y ss.
61. ALRE. PIN?33, C. 441, año 1807, fs. 359 y ss.
62. ARP. Escribano Agustín del Solar, leg. 119, año 1810, fs. 154.
63. ARP. Escribano Antonio del Solar, año 1818, fs. 226 y ss.
64. ARP. Escribano Agustín del Solar, leg. 119, año 1810, fs. 27. Piura, enero 26 de 1810.
65. ALRE. PIN?34, C. 443, año 1813, fs. 345.
66. ALRE.PIN?34, C. 443, año 1813, fs. 320 y ss.
67. ARP. Escribano Antonio del Solar, fs. 601. Piura, noviembre 6 de 1802.
68. ALRE. PIN?35. C. 442, año 1817, fs. 5 v.
69. ARL. Escribano Luis Vega Bazán, año 1796, número 54, fs. 203 y ss.
70. ARP. Escribano Francisco Montero, leg. 50, año 1784?85, fs. 275 y ss.
71. ARP. Escribano Francisco Montero, leg. 50, año 1784?85, Piura, junio de 1784
72. ARP. Escribano Antonio del Solar, año 1818, fs. 184 v.
73. ALRE. PIN?34. C. 443, año 1807, fs. 180 y ss.
74. ALRE. PIN?34. C. 443, año 1813. Piura, junio 01 de 1813.

 

 

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