| En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura | ||
| VIII La Sociedad y la vida instintiva
Cada uno de nosotros vive su vida y, con ella, acuna su muerte. Hemos brotado por un designio cósmico y se nos ha dado la vida como a todos los seres que pueblan este mundo y que van y vienen y acaban su ciclo en un día o en meses o en años, aunque hablar de esta medida sea impertinente, pues se trata de un fenómeno extraordinario que está por encima de medidas y clasificaciones, del que somos expresión pero que, por eso mismo, no podemos explicar satisfactoriamente. Una necesidad científica se satisface merced a la aplicación de la técnica apropiada, pero la vida es un flujo como el agua de una fuente y un río, en la infinita variedad de los seres que nacen y mueren, al impulso de una renovación interminable. César Vallejo se eleva, a veces, para mirar su cuerpo o el del vecino, consciente de esta realidad. Y está bien y está mal haber mirado La vida, de la que somos hechura y órgano, es instintiva y sensual. Su imperio lo abarca todo. Su flujo no se interrumpe nunca. Las formas que genera varían pero su sino es prolongarse indefinidamente. La vida perdura en cada especie y en cada ser y, por tanto, cada individuo actúa impulsado por esa fuerza interior que es parte de su mundo. En algunos casos, cuando se trata de la unión íntima de dos seres, las ceremonias sobran. En Asiria, el adúltero, hombre o mujer, era ahogado en el río. En Israel, según el Levítico, «si un hombre cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, el adúltero y la adúltera indefectiblemente serán muertos». En el Tahuantinsuyo, según Guamán Poma, citado por Luis E. Valcárcel, las mujeres adúlteras eran condenadas a muerte, ejecutándolas a pedradas en el sitio Uimpillay. Si la mujer no había consentido, su castigo eran 200 azotes con soga de taclla y encierro en el Acllahuasi, y pena de muerte para el varón responsable. He aquí dos mundos frente a frente: de un lado, el cosmos, la Totalidad Suprema y Absoluta; del otro, la sociedad, ciertamente pequeña y miserable, atada a costumbres, convenciones y modas. El ímpetu de la vida se manifiesta a plenitud en las zonas tropicales donde crecen y se enmarañan las plantas, se multiplican las alimañas y obliga al hombre a adaptarse a ese mundo potente y dominante para poder subsistir. El grupo primitivo vive a merced de esas fuerzas misteriosas a las que trata de aplacar merced a prácticas diversas, a sacrificios y conjuros. Los brujos desempeñan un papel importante y, a veces, decisivo. El antropomorfismo, el animismo, el mito, el tabú, permanecen en escena. Se habla, con razón, de una mentalidad primitiva. El conocido libro de Lévi-Bruhl que hemos citado antes, lleva este título. Espiguemos en él: Si la muerte sobreviene «es porque una fuerza mística ha entrado en Juego». «Cuando un hombre muere, es debido a que ha sido condenado por un hechicero». «Los muertos viven, por lo menos durante un cierto tiempo». «El presagio predice y produce el acontecimiento». «A los ojos de los primitivos, nada hay fortuito». «Todos parecen creer firmemente en la adivinación como un método de inferir el curso de los sucesos por venir» (en referencia a los habitantes de la costa occidental de África). «La ordalia parece ser un procedimiento mágico, destinado a demostrar si el acusado es inocente o culpable». «En casi todas las sociedades primitivas, la enfermedad, cuando es grave y prolongada, toma el aspecto de una mancha o de una condenación». «La disposición de la mentalidad primitiva es a considerar como real y ya presente un acontecimiento futuro del que está seguro por razones místicas». «La mentalidad primitiva, como la nuestra, se preocupa por las causas de lo que ocurre. Pero no las busca en la misma dirección. Vive en un mundo donde innumerables potencias ocultas siempre presentes, están obrando constantemente o listas para obrar». Con la superación de este estado y la desaparición del hombre primitivo ocurre un cambio profundo, pero quedan todavía rezagos importantes en la mentalidad y las costumbres de pueblos posteriores, aun de la más alta cultura. Griegos y romanos acuden a la adivinación frecuentemente y los sacrificios preceden a la toma de decisiones, sobre todo cuando se trata de la proximidad de una batalla. Aquiles recurre a Calcas, «él más grande adivino que conocía el pasado, el presente y el porvenir», para que diga cuál es la causa de la cólera de Apolo. El Oráculo de Delfos era famoso y la Pitonisa era requerida fervorosamente para que comunicara sus augurios. En Roma, donde había «más dioses que hombres», según Petronio, el culto se reducía generalmente, a una suerte de contrato entre ambas partes, el hombre y el dios. Desde luego, los sacrificios son universales en la historia antigua. Se trata de aplacar a los dioses o de obtener sus favores. ¿Qué hace la sociedad ante el poder formidable de la vida instintiva? Pues, defenderse. Hombres y mujeres se sienten atraídos mutuamente. Esta atracción podría ejercer un dominio total y la sociedad dejaría de ser, entre otras cosas, una organización, un cuerpo sometido a normas, un sujeto del orden, una suma de convenciones. En la mayor parte de los casos, si no todos, las normas establecidas fijan condiciones para que un hombre y una mujer puedan unirse. Ante todo, ¿cómo ven ciertos pueblos los cambios o las manifestaciones de este poder oculto pero presente en todo momento? «En la aldea de Bajoeng Gedé dice Margared Mead el hombre que no se casa no puede gozar de todas las prerrogativas sociales. El hombre que no tiene hijos no llega nunca a la posición suprema dentro de la jerarquía». «El matrimonio es una formalidad que la sociedad impone, un medio para tener los hijos necesarios a fin de ser una persona completa desde el punto de vista social». «Ciertas sociedades creen que el parto es por naturaleza peligroso. Otros pueblos lo consideran un hecho tan sencillo que sólo la madre calcula esperanzada si el niño va a nacer en el campamento donde puede sobrevivir o si ha de nacer durante la jornada de la marcha, muriendo, entonces, seguramente, de frío». «La primera menstruación da lugar a una importante ceremonia entre los austeros manus, que a partir de entonces ocultan la menstruación hasta el matrimonio». |
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