| En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura | ||
| VI La Sociedad Imperfecta
La Naturaleza no crea sociedades sino individuos. Cada ser humano es el eslabón de una cadena, ciertamente, pero es un eslabón único. Nos asombra el hecho de que entre seis mil millones o más de seres, no haya dos iguales, salvo en el caso de los gemelos idénticos, como ya lo hemos hecho notar. El cuerpo, la psique, el espíritu, tienen, en cada caso, un carácter singular. Cuando la mirada se extiende más allá del ámbito humano, si es que fuera de él se puede hablar así, nos encontramos también con individuos, palabra cuya significación extendemos a las cosas. Cada ser, cada objeto, cada minucia, es única. No hay dos galaxias iguales. No hay dos astros iguales. No lo son dos montes, dos ríos, dos lagos, dos gotas de agua, dos granos de arena. Sin embargo, la individualidad no es sinónimo de aislamiento. Hay entre las cosas y los seres una relación y una coordinación ineludible y todo lo que es, está sujeto a un orden universal. En cada hombre, en cada mujer, vive y alienta la esencia de la humanidad. Esta esencia se transmite de ser a ser. Cuando se reunen dos o más, cuando son una multitud, lo que tienen en común es su condición humana. Así, pues, cada uno debería comprender que está unido a los otros, puesto que todos han brotado de la misma fuente y llevan en sí la misma materia; que la carne, los huesos y la sangre son comunes, así como las necesidades, los sufrimientos y las alegrías; que en todos brota la vida a borbotones y subyace, crece y alienta la muerte. Es evidente que nadie puede vivir aislado y es un lugar común la afirmación de Aristóteles en su Política: «El hombre es un animal político o social»(22). Incidentalmente, la lectura de Aristóteles nos muestra la diferencia radical que hay entre su perspectiva de las cosas y la nuestra. Distinguimos, por ejemplo, entre ciudad, Estado y comunidad, que él reune en un solo concepto; discrepamos de su exaltación del Estado, al que considera como «la comunidad superior a todas y que incluye en sí todas las demás», y nos asombra y desagrada profundamente cuando afirma que «por naturaleza, bárbaro y esclavo es una sola y misma cosa». En todo caso, la sociedad, que ha desbordado el núcleo de la comunidad para extenderse y complicarse a sí misma, es imperfecta, a veces hasta bordear la arbitrariedad y caer en el absurdo, con la nota frecuente de la injusticia. El desequilibrio social se manifiesta en el hartazgo, la frivolidad y el tedio de los dominantes, y las penurias, la humillación y el odio de los dominados. Los testimonios son muchos y no hay que ir muy lejos para dar con ellos. Nosotros mismos somos testigos del maltrato constante a millones de seres, mientras un grupo minúsculo atesora riquezas y despilfarra dinero sin medida. La sociedad o, por lo menos, la parte de ella que decide y domina, piensa y actúa sujeta al egoísmo que la inclina a la indiferencia ante la desgracia ajena y a la crueldad. Por otra parte, la sociedad está integrada por gentes diversas, con apetitos, intereses, intenciones y mayor o menor capacidad para comprender, juzgar y decidir. Stendhal habla de la asfixia moral que reina en los salones del París de Luis XVIII. El conde Altamira, uno de los personajes de Rojo y Negro, dice: «En Francia, todo lo que vale, todo el que descuella por su talento, va a pudrirse en la cárcel; el pueblo aplaude. ¿Por qué? Porque vuestra sociedad decrépita (el conde es un extranjero en ese país) no piensa más que en las conveniencias. Un hombre que hablando demuestra inventiva, pronuncia con facilidad una frase poco prudente, y el dueño de la casa en que está, se considera deshonrado». Manuel González Prada vivía asqueado de la Lima de su tiempo. Horas de Lucha es un libro de ira, de imprecaciones y desprecio. Para él, «Lima es la zamba vieja que chupa su cigarro, empina su copa de aguardiente, arrastra sus chancletas fongosas y ejerce el triple oficio de madre acomodadiza, zurcidora de voluntades y mandadera del convento». Los conservadores del Perú son, según el autor, «tardígrajos a los que le falta la cabeza»(23). González Prada termina por renegar de todo, desde la Patria, «sanguinario mito», hasta la humanidad. El último de sus poemas en Trozos de Vida, el libro que siguió a Minúsculas y Exóticas, es de un desesperado clamor que va de la decepción al asco y el dicterio sin medida:
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